¡Jo, tía!
Las mujeres somos así, nos gusta sacarle los defectos a todas las que nos parecen más guapas que nosotras, no tardamos ni un minuto en despedazarlas vivas. Reconozco que este defecto no deja de ser una clara manifestación de nuestra inseguridad y un atisbo de infravaloración de una misma... o pura envidia, llamémosle a las cosas por su nombre.
El caso es que la primera vez que apareció por la puerta del centro de salud, tan conjuntada, sin faltarle detalle alguno en su vestimenta, rematada con un estilo impecable en complementos, a cual más pijo, y colores en perfecta armonía, glamurosa toda ella, rubia mechada de larga melena recogida en la nuca con desenfado, y dejando algún mechón suelto juguetando a su libre albedrio por su cara, con paso firme de botas altas y bolso colgado al hombro... ¡espectacular, cojones, espectacular!... fue como el calambrazo entre dos bornes totalmente incompatibles.
El prejuicio es una mordaza, y el principio inequívoco de la intolerancia. De mi relación con ella he aprendido eso. No entraba en mis planes ser la compañera de trabajo de una enfermera pija con aspecto de modelo de pasarela.
Dos centímetros de café con leche en el fondo de un vaso, un chicle nadando en un mar de cenizas y de colillas marca Nóbel, mancilladas de rojo carmín, revistas de decoración de interiores, de Cosmopólitan o de Voge, abiertas siempre por la sección horóscopos, restos de maquillaje en las toallas, alguna muestra gratuita de crema para el cutis abierta sobre el espejo del cuarto de baño, olor a perfume caro..., todo eso como sello de su presencia. Todo eso, ahora inexistente, como evidencia de su ausencia.
Y sus andares de pasarela, contoneando caderas, sacudiendo melena, taconeando botas de marca, abrazando bolsos de marca, luciendo gafas de sol de marca, enfundada en vaqueros de marca, ceñida por cinturanes de marca, derrochando glamour por rústicas dependencias... ¡no te jode!... Permíteme hacer uso de tu coletilla cuando estabas cabreada, ¡no te jode!
Y después de aquel frío encuentro, en el que me dieron ganas de decirte que en el almacén no había zuecos marca Nike, y que el logotipo del Sescam en nada se parecía a un cocodrilito, y que no te dije por prudencia y por prejuicio, ¿a qué viene esta necesidad de rememorarte y de dejarlo por escrito, Natalita?... pues ya ves, ni yo misma me lo explico, será que con la edad me estoy volviendo sentimentalona, o ñoña, o gilipollas, pero ahí queda eso, compañera, ahí queda la nostalgia, una vez más, y la añoranza de tu complicidad, de tus cabreos, de tus momentos de gloria y de "tu mala suerte", de tu sonrisa de niña grande, y de tus ojos de mar inexplorable.
Y ahora toca pasar página y seguir... ya sabes. Pero el Miami siempre tendrá las puertas abiertas para nosotras, cuando quieras...
El caso es que la primera vez que apareció por la puerta del centro de salud, tan conjuntada, sin faltarle detalle alguno en su vestimenta, rematada con un estilo impecable en complementos, a cual más pijo, y colores en perfecta armonía, glamurosa toda ella, rubia mechada de larga melena recogida en la nuca con desenfado, y dejando algún mechón suelto juguetando a su libre albedrio por su cara, con paso firme de botas altas y bolso colgado al hombro... ¡espectacular, cojones, espectacular!... fue como el calambrazo entre dos bornes totalmente incompatibles.
El prejuicio es una mordaza, y el principio inequívoco de la intolerancia. De mi relación con ella he aprendido eso. No entraba en mis planes ser la compañera de trabajo de una enfermera pija con aspecto de modelo de pasarela.
Dos centímetros de café con leche en el fondo de un vaso, un chicle nadando en un mar de cenizas y de colillas marca Nóbel, mancilladas de rojo carmín, revistas de decoración de interiores, de Cosmopólitan o de Voge, abiertas siempre por la sección horóscopos, restos de maquillaje en las toallas, alguna muestra gratuita de crema para el cutis abierta sobre el espejo del cuarto de baño, olor a perfume caro..., todo eso como sello de su presencia. Todo eso, ahora inexistente, como evidencia de su ausencia.
Y sus andares de pasarela, contoneando caderas, sacudiendo melena, taconeando botas de marca, abrazando bolsos de marca, luciendo gafas de sol de marca, enfundada en vaqueros de marca, ceñida por cinturanes de marca, derrochando glamour por rústicas dependencias... ¡no te jode!... Permíteme hacer uso de tu coletilla cuando estabas cabreada, ¡no te jode!
Y después de aquel frío encuentro, en el que me dieron ganas de decirte que en el almacén no había zuecos marca Nike, y que el logotipo del Sescam en nada se parecía a un cocodrilito, y que no te dije por prudencia y por prejuicio, ¿a qué viene esta necesidad de rememorarte y de dejarlo por escrito, Natalita?... pues ya ves, ni yo misma me lo explico, será que con la edad me estoy volviendo sentimentalona, o ñoña, o gilipollas, pero ahí queda eso, compañera, ahí queda la nostalgia, una vez más, y la añoranza de tu complicidad, de tus cabreos, de tus momentos de gloria y de "tu mala suerte", de tu sonrisa de niña grande, y de tus ojos de mar inexplorable.
Y ahora toca pasar página y seguir... ya sabes. Pero el Miami siempre tendrá las puertas abiertas para nosotras, cuando quieras...
Comentario:
Gracias a ti, sin duda.
Enorme cuento el de la estrella.
Ya sabes porqué lo digo. Yo creo que la tengo y a veces me da miedo no merecerla.
Cuando lo injusto del mundo te da más que a otros que consideras que sí se lo han ganado, el desasosiego es gordo.
Mil besos, enfermera.
Enorme cuento el de la estrella.
Ya sabes porqué lo digo. Yo creo que la tengo y a veces me da miedo no merecerla.
Cuando lo injusto del mundo te da más que a otros que consideras que sí se lo han ganado, el desasosiego es gordo.
Mil besos, enfermera.
Comentario:
¡Qué bonito! ¡Y qué ojazos, la Natalia! No me extraña el "¡no te jode!"... Pero espectacular también la transformación del primer prejuicio a amistad entrañable.
No eres ñoña... Eres una gran mujer.
No eres ñoña... Eres una gran mujer.





