El quince de octubre...
... de hace ya trece años (doce más uno, diría Angel Nieto), me encontraba en una peluquería de mi pueblo, con más de una docena de gruesos rulos invadiendo mi cabeza, metida bajo una rudimentaria cúpula de plástico y metacrilato, en donde se condensaba el aire caliente en forma de remolinos, y me aislaba del mundo con un ruído cansino y adormecedor. El intento por leer una revista, de esas de peluquerías: Hola, Semana o Diez minutos, o últimas tendencias de peinados y maquillaje, que siempre me han aburrido sobremanera, resultaba un tanto incómodo por la posición de la cabeza, que debía mantener erguida y lo más dentro posible de ese cascarón, para que el maremagnum que es mi cuero cabelludo se secara debidamente. Convertida por unos minutos en hija de un dios menor, con una tranquilidad pasmosa ante lo que me deparaba el resto del día, (mi hermana diría que cómo podía aparentar tal frialdad), observaba al resto de clientas, que no dejaban de mover los labios, de sonreír y de gesticular con las manos, sonando sus palabras a hueco en el interior de mi cápsula. De vez en cuando me dirigían una mirada, como si fuese posible que bajo aquel artilugio ensordecedor participara también en la conversación. Porque yo era la novia y el tema del día.
Una sesión de peluquería que duraría unas tres horas, entre lavado, puesta de rulos, secado, alisado y elaboración de un recogido, que gracias a cientos de horquillas y laca, y más laca, se mantuvo en su sitio durante toda la tarde, noche y parte de la madrugada.
El día de mi boda amaneció despejado. A medida que avanzaba la mañana, cúmulos blancos algodonados invadían el azul diáfano. Estos fueron abriendo paso, como preludio, a cirros plomizos que amenazaban en el horizonte. Y así se mantuvieron, amenazantes, lanzando mensajes en forma de hilos electrizantes, mudos, que cortaban el cielo en un haz de luz en dirección a la tierra, muriendo antes de llegar a ella.
Un vestido de seda, blanco rajado, estilo Sissí emperatriz, con escote ovalado, mangas al codo y cuerpo con brocado de flores, abotonado por la espalda hasta donde ésta pierde su nombre. Un tocado de flores en el pelo, culminando el laborioso peinado, y un velo que partía de ellas y llegaba hasta el suelo, arrastrando lo suficiente como para que mi padre lo pisara dos veces.
En la iglesia recuerdo a un novio nervioso, que no paraba de morderse los labios y levantar compulsivamente los hombros. Un improvisado coro con dos guitarras y cuatro voces; mi hermana, mi amigo Chesco, mi amigo Juan Carlos y mi amiga Pilar. Busqué sus ojos en varias ocasiones, esos en los que me había hundido cientos de veces, pero resultó inútil, los suyos no dejaban de recorrer el retablo lleno de imágenes de vírgenes, crucificados y santos, o el libreto que tenía delante y que le decía cuánto quedaba para que terminara aquel calvario. Un codazo suyo cuando se desató la tormenta sobre la cúpula de la iglesia, y un susurro... "¿Oyes?"... "Oigo"... El cielo había decidido venirse abajo, pero sólo durante la ceremonia. A la salida, el agua encharcaba las calles, pero la lluvia era sólo de arroz.
De la cena y del resto de la noche recuerdo muy poco... cansancio, aturdimiento, sonrisas, voces, música, un vals chapucero, saludos, besos y más besos, nuevos miembros de familia hasta entonces desconocidos, amigos, compañeros de trabajo... y el hombre al que había dicho Sí, quiero.
Y Sí, quería... quería ver la televisión con él, quería dormir en la misma cama, quería acostarme a su lado, quería amanecer a su lado, quería llegar de trabajar y encontrarlo durmiendo la siesta en el sofá, quería pelearme, quería reconciliarme, lavarme los dientes a un tiempo, abrirme sitio en el espejo para terminar de pintarme los labios mientras él se peinaba, echarme perfume y salpicarle, salir con amigos, salir solos, tener hijos... Quería todo eso.
Todo eso quería y todo eso es lo que tengo... nada excepcional. Sólo yo lo hago excepcional, porque así lo necesito para seguir viviendo, para no morir en la mediocridad, en la rutina, en la costumbre... para besar siempre los mismos labios como nuevos.
Tengo que reconocer que he deseado desandar el camino, que la toalla ha estado a punto, en más de una ocasión, de caer en el ring... Tanto el fracaso como el éxito han coexitido siempre en el eterno mar de las contradicciones. Porque, ¡joder!, ¿quién dijo que esto era fácil? No, no lo es. Dejar que alguien forme parte de ti es un reto. Querer formar parte de alguien es otro reto. Y en el empeño de conseguirlo hay que tratar de ganar mucho y perder lo menos posible de ti mismo. He aceptado ambos retos: dejar que me invadan e invadir.
A día de hoy canto lo mismo que Aute. No puedo decir otra cosa.
Así lo siento, así soy, así respiro, así me expreso, así le quiero, así vivo y así seguiré viviendo.
Una sesión de peluquería que duraría unas tres horas, entre lavado, puesta de rulos, secado, alisado y elaboración de un recogido, que gracias a cientos de horquillas y laca, y más laca, se mantuvo en su sitio durante toda la tarde, noche y parte de la madrugada.
El día de mi boda amaneció despejado. A medida que avanzaba la mañana, cúmulos blancos algodonados invadían el azul diáfano. Estos fueron abriendo paso, como preludio, a cirros plomizos que amenazaban en el horizonte. Y así se mantuvieron, amenazantes, lanzando mensajes en forma de hilos electrizantes, mudos, que cortaban el cielo en un haz de luz en dirección a la tierra, muriendo antes de llegar a ella.
Un vestido de seda, blanco rajado, estilo Sissí emperatriz, con escote ovalado, mangas al codo y cuerpo con brocado de flores, abotonado por la espalda hasta donde ésta pierde su nombre. Un tocado de flores en el pelo, culminando el laborioso peinado, y un velo que partía de ellas y llegaba hasta el suelo, arrastrando lo suficiente como para que mi padre lo pisara dos veces.
En la iglesia recuerdo a un novio nervioso, que no paraba de morderse los labios y levantar compulsivamente los hombros. Un improvisado coro con dos guitarras y cuatro voces; mi hermana, mi amigo Chesco, mi amigo Juan Carlos y mi amiga Pilar. Busqué sus ojos en varias ocasiones, esos en los que me había hundido cientos de veces, pero resultó inútil, los suyos no dejaban de recorrer el retablo lleno de imágenes de vírgenes, crucificados y santos, o el libreto que tenía delante y que le decía cuánto quedaba para que terminara aquel calvario. Un codazo suyo cuando se desató la tormenta sobre la cúpula de la iglesia, y un susurro... "¿Oyes?"... "Oigo"... El cielo había decidido venirse abajo, pero sólo durante la ceremonia. A la salida, el agua encharcaba las calles, pero la lluvia era sólo de arroz.
De la cena y del resto de la noche recuerdo muy poco... cansancio, aturdimiento, sonrisas, voces, música, un vals chapucero, saludos, besos y más besos, nuevos miembros de familia hasta entonces desconocidos, amigos, compañeros de trabajo... y el hombre al que había dicho Sí, quiero.
Y Sí, quería... quería ver la televisión con él, quería dormir en la misma cama, quería acostarme a su lado, quería amanecer a su lado, quería llegar de trabajar y encontrarlo durmiendo la siesta en el sofá, quería pelearme, quería reconciliarme, lavarme los dientes a un tiempo, abrirme sitio en el espejo para terminar de pintarme los labios mientras él se peinaba, echarme perfume y salpicarle, salir con amigos, salir solos, tener hijos... Quería todo eso.
Todo eso quería y todo eso es lo que tengo... nada excepcional. Sólo yo lo hago excepcional, porque así lo necesito para seguir viviendo, para no morir en la mediocridad, en la rutina, en la costumbre... para besar siempre los mismos labios como nuevos.
Tengo que reconocer que he deseado desandar el camino, que la toalla ha estado a punto, en más de una ocasión, de caer en el ring... Tanto el fracaso como el éxito han coexitido siempre en el eterno mar de las contradicciones. Porque, ¡joder!, ¿quién dijo que esto era fácil? No, no lo es. Dejar que alguien forme parte de ti es un reto. Querer formar parte de alguien es otro reto. Y en el empeño de conseguirlo hay que tratar de ganar mucho y perder lo menos posible de ti mismo. He aceptado ambos retos: dejar que me invadan e invadir.
A día de hoy canto lo mismo que Aute. No puedo decir otra cosa.
Así lo siento, así soy, así respiro, así me expreso, así le quiero, así vivo y así seguiré viviendo.
Comentario:
Pues qué bonito no? Sobre todo tus ganas y tu empeño por no hacerlo rutinario, por no hacerlo mediocre sino especial cada día. Mucha gente tira la toalla y vive por vivir. Qué triste eso. La vida es un regalo y hay que vivirla como tal. Me alegro de que tú lo hagas.
Un besazo!
Un besazo!
Comentario:
¡Chapeau!
Y yo, cual cura en femenino, bendigo hoy nuevamente vuestra unión.
¡Sed felices, please!
Y yo, cual cura en femenino, bendigo hoy nuevamente vuestra unión.
¡Sed felices, please!





