El extraño del espejo
Sus ojos son blanco azulado. Al mirarlos parece verse al otro lado. Sus párpados se bordean de un rojo intenso, pareciera que está a punto de brotar sangre. Mar rojo.
Esos ojos lapislázuli intensamente rebajado parecen estar tremendamente cansados. Esos ojos casi blancos, como los de un ciego, y dos preciadas perlas negras como pupilas, pertenecen a Valeriana.
Tiene setenta y seis años. Es diminuta. La mujer de David el gnomo. Fue panadera. Ahora es jubilada. En su jubilición no le han tocado viajes semigratis del INSERSO. Le ha tocado dedicarse en cuerpo y alma a él.
Él fue panadero. Ahora es jubilado. En su hierático rostro de estáticas arrugas aun aperecen intentos de expresividad. Hálito de vida. No sabe quién es ella. No sabe si tiene hijos o no. No sabe ni recuerda si tuvo vida o no. No sabe. No recuerda.
Tiene los ojos azul cortado, cristalino azul, transparente azul, lapislázuli propiamente dicho. Al otro lado: un inmenso vacio. Ausencia total de imágenes. Árido desierto. Absoluta oscuridad de las profundidades de un óceano. Mar muerto.
No sabe hacer pan, no recuerda su fórmula: tanto de harina, tanto de agua, tanto de levadura y amasar, amasar, amasar... El olor de pan recien hecho en horno de leña ya no le evoca ningún recuerdo, no escudriña en su memoria, no viaja a través del tiempo y regresa cargado de emociones. No viaja. No recuerda. No evoca. Vilmente arrebatado todo significado. Vilmente arrebatado él, todo entero. Se llama Benito.
La tragedia de Benito: llamar asustado porque hay un hombre en el espejo, sí, al otro lado, que no deja de mirarle. No sabe quién es, un intruso en el cuarto de baño, seguro. Además, no deja de mirarle de forma desafiante el muy... "madre, ven ¡madre!" . Así la llama, a ella, a su mujer, a Valeriana. "¡Madre! ¡ayúdame!, hay un extraño en el espejo".
La tragedia de Valeriana: volver a ser madre a su edad. Madre de un niño tan grande, madre del hombre que amó y ya no está, madre del padre de sus hijos que ya no es padre, madre del que duerme a su regazo cada noche, perdiéndose, resbalándose entre inmensos agujeros, sumergido en lagunas mentales... desciende, asciende, desciende, desciende, desciende... no volverá a la superficie jamás, inmersión hacia un viaje sin retorno. Oscuridad. Ausencia total. Ausencia. Inexistencia.
Alargar la mano y sacarlo de allí sería su sueño, que regresara de su involuntario viaje trayéndose consigo, trayéndose, él.
Ella le mira a los ojos y aún cree ver, él la mira y no sabe a quién ve.
Esos ojos lapislázuli intensamente rebajado parecen estar tremendamente cansados. Esos ojos casi blancos, como los de un ciego, y dos preciadas perlas negras como pupilas, pertenecen a Valeriana.
Tiene setenta y seis años. Es diminuta. La mujer de David el gnomo. Fue panadera. Ahora es jubilada. En su jubilición no le han tocado viajes semigratis del INSERSO. Le ha tocado dedicarse en cuerpo y alma a él.
Él fue panadero. Ahora es jubilado. En su hierático rostro de estáticas arrugas aun aperecen intentos de expresividad. Hálito de vida. No sabe quién es ella. No sabe si tiene hijos o no. No sabe ni recuerda si tuvo vida o no. No sabe. No recuerda.
Tiene los ojos azul cortado, cristalino azul, transparente azul, lapislázuli propiamente dicho. Al otro lado: un inmenso vacio. Ausencia total de imágenes. Árido desierto. Absoluta oscuridad de las profundidades de un óceano. Mar muerto.
No sabe hacer pan, no recuerda su fórmula: tanto de harina, tanto de agua, tanto de levadura y amasar, amasar, amasar... El olor de pan recien hecho en horno de leña ya no le evoca ningún recuerdo, no escudriña en su memoria, no viaja a través del tiempo y regresa cargado de emociones. No viaja. No recuerda. No evoca. Vilmente arrebatado todo significado. Vilmente arrebatado él, todo entero. Se llama Benito.
La tragedia de Benito: llamar asustado porque hay un hombre en el espejo, sí, al otro lado, que no deja de mirarle. No sabe quién es, un intruso en el cuarto de baño, seguro. Además, no deja de mirarle de forma desafiante el muy... "madre, ven ¡madre!" . Así la llama, a ella, a su mujer, a Valeriana. "¡Madre! ¡ayúdame!, hay un extraño en el espejo".
La tragedia de Valeriana: volver a ser madre a su edad. Madre de un niño tan grande, madre del hombre que amó y ya no está, madre del padre de sus hijos que ya no es padre, madre del que duerme a su regazo cada noche, perdiéndose, resbalándose entre inmensos agujeros, sumergido en lagunas mentales... desciende, asciende, desciende, desciende, desciende... no volverá a la superficie jamás, inmersión hacia un viaje sin retorno. Oscuridad. Ausencia total. Ausencia. Inexistencia.
Alargar la mano y sacarlo de allí sería su sueño, que regresara de su involuntario viaje trayéndose consigo, trayéndose, él.
Ella le mira a los ojos y aún cree ver, él la mira y no sabe a quién ve.
Comentario:
En un día como hoy en el que se les recuerda especialmente a ellos, a los enfermos de Alzheimer, este post tiene mucho, pero mucho significado.
Una cruda realidad contada con una sutil delicadeza.
Una cruda realidad contada con una sutil delicadeza.
Comentario:
Ayer leí esto y me puse a llorar. Hoy lo vuelvo a leer y me recorre un escalofrío por todo el cuerpo. Porque los conozco desde niña, como a el flores, como conoceré al que llamas cara de palo, aunque no acierto a adivinar quién es, como a la tía Nicolasa, nuestra vieja más vieja. Conozco a la gente del pueblo de mis padres, del que ahora es mi pueblo. Tú las conoces de otra manera, tú nos inmortalizas. Precioso todo esto. ¡Joder!





