Crisis
Hace unos días mantenía una distendida conversación con una conocida con la que, tiempos ha, compartí muchas sobremesas y alguna noche de copas. Hablábamos de conocidas comunes, qué fue de ésta, qué fue de aquella, si se casó fulanita, si tuvo hijos la menganita... " Oye, ¿cuántos años tienes ya?, ¿treinta y tantos?", interrumpió la conversación centrada en las otras para centrarla en nosotras. No sabía si darle las gracias por el cumplido de rebajarme de -ona a -ñera, o recordarle que era sólo tres años más joven que ella, es decir, cuarentonas ambas. "Cuarenta y una primaveras", dije queda. "Ay, es verdad", añadió ella. ¡Ay!...¿a qué viene esa conmiseración?... "Yo llevo fatal lo de cumplir años, creo que me va a costar una depresión", y entonces dió rienda suelta a su lengua que no dejó de escupir frustración tras frustración. Me contaba mi conocida, colega de subsistencia en los años en los que pasé los largos inviernos "de prestado" en un pueblo perdido entre montes, que estaba viviendo una verdadera crisis de identidad. Se cuestionaba el haber dejado de trabajar nada más casarse y lo exteriorizaba como un reproche a sí misma. LLevaba meses dándole vueltas y más vueltas sin encontrar una razón convincente de por qué hizo aquello. Afirmaba que los hijos nunca valoran el que una mujer abandone su trabajo para dedicarse por entero a ellos, incluso, con el tiempo, valoran más a la que trabaja fuera de casa (apreciación totalmente subjetiva por su parte, a mi manera de ver). Se miraba en un espejo y se veía vieja... Ahí no pude evitar una carcajada... "Cambia de espejo", le sugerí, "el del armario de mi dormitorio es maravilloso, pero el del cuarto de baño es criminal". Ella también rió con mi comentario. Es cierto, no sé si depende de la luz, de la posición o del acabado del mate que permite vernos reflejados, pero hay espejos de lo más indulgentes y otros que no tienen la más mínima clemencia.
Nada peor que ser licenciada en Psicología (aunque nunca llegó a ejercer en nada relacionado con la materia) para auto-psicoanálizar cada paso dado en la vida y llegar a la conclusión de que te quedaste dando saltos entre los peldaños de la mierda de la pirámide de Maslow y que el vértice que se corona con la REALIZACIÓN PERSONAL te resulta inalcanzable... Aunque, humildemente, yo llegué a la conclusión de que lo que le pasa a mi conocida-compañera de tertulias de partida de bar no era otra cosa que una terrible crisis: la de los cuarenta.
La sociedad cambia, su estructura cambia y los estereotipos se ven obligados a cambiar. Y aquí están los psicólogos y las estadisticas para decirnos cómo y cuándo hay que sufrir estas crisis. Lo que antes era la crisis del nido vacío, propia en la década de los cuarenta a los cincuenta y que, presumiblemente, sufríamos más las mujeres que los hombres, ahora se sufre en la década de los cincuenta a los sesenta por motivos obvios: somos padres en edades más tardías y/o los hijos se nos acomodan en casa hasta sus cuarenta, vamos, que algunos no se van ni aunque los eches. Además, no se sufre de igual manera, por razones también obvias: nunca se terminan de ir, son como un bumerán, van y vuelven cuando menos te lo esperas, o bien separados, o cansados de guisarse y lavarse ropa si se fueron de singles, o porque el euribor y sus sueldos de mileuristas no les permite seguir independizados. Otra razón es la incorporación de la mujer al mercado laboral (odio esta manida frase) que hace más llevadero llegar a casa y encontrarla vacía... Si se me permite la afirmación y tal y como vivo yo ahora la edad de mis hijas y sus demandas: ¡Menudo alegrón llegar a casa y encontrarse un silencio abrumador! ¡Qué gustazo de nido vacío!
La crisis de los cuarenta (de la que anecdóticamente cuento que fue pregunta de examen de oposición de DUEs en la Junta de Andalucía. El enunciado era algo así como ¿Cuál de de estas causas genera mayor estrés en el varón? A) Un divorcio B) El diagnóstico de una enfermedad crónica C) La pérdida del trabajo D) La crisis de los cuarenta. Adivinen la correcta... la D, por supuesto) también nos llega a nosotras, que tenemos trabajo, que vivimos sin depender de nadie, que viajamos solas, que vivimos solas... En fin, que empezar a vivir en "condiciones de igualdad" nos hace "padecer en igualdad", desde cánceres de pulmón, pancreatitis, cirrosis, bronquitis crónicas o IAM, hasta la crisis de los cuarenta (mira que querer igualdad en este dechado de virtudes... en fin). Y, por supuesto, nosotras también nos cuestionamos y necesitamos reafirmanos, aunque de forma diferente. A ellos les vale la conquista de una veinteañera, veinteañera conquistada crisis superada (admiro este pragmatismo en el varón). A nosotras, a nosotras toda ambición se nos queda corta, con el consiguiente desenlace en una cruenta lucha interna y en una tremenda depresión.
Consolé a mi contertulia diciéndole que a todas, en mayor o menor medida, nos llegan estos llamémosles "periodos de reflexión o crisis" , si no es sobre el trabajo, es sobre maridos, hijos, la edad, los kilos, las hipocondrías... ¡Joder!, ¡que estamos en crisis, ¿hay alguien que no se haya enterado?, pues eso, en crisis... Hasta una amiga de la adolescencia se ha separado tras dieciocho años de matrimonio, plantando a su marido por una veinteañera...¡Con un par de ovarios!, a eso lo llamo yo salir del armario con una patada al más puro estilo karateca, resolución drástica de una eterna crisis de identidad.
¡Ay, qué vida ésta! Pero vamos, para crisis, crisis, el medallero olímpico de los españoles en Pekín.
¡Vamos, Rafa!
PD: Por cierto, quienes hayan regresado de sus vacaciones no se olviden de sufrir su crisis síndrome posvacacional y súmenla y prepárense para sufrir su crisis matromonial, si es que superaron con éxito la de las vacaciones de verano, porque suele ser reincidente en Navidad.
Nada peor que ser licenciada en Psicología (aunque nunca llegó a ejercer en nada relacionado con la materia) para auto-psicoanálizar cada paso dado en la vida y llegar a la conclusión de que te quedaste dando saltos entre los peldaños de la mierda de la pirámide de Maslow y que el vértice que se corona con la REALIZACIÓN PERSONAL te resulta inalcanzable... Aunque, humildemente, yo llegué a la conclusión de que lo que le pasa a mi conocida-compañera de tertulias de partida de bar no era otra cosa que una terrible crisis: la de los cuarenta.
La sociedad cambia, su estructura cambia y los estereotipos se ven obligados a cambiar. Y aquí están los psicólogos y las estadisticas para decirnos cómo y cuándo hay que sufrir estas crisis. Lo que antes era la crisis del nido vacío, propia en la década de los cuarenta a los cincuenta y que, presumiblemente, sufríamos más las mujeres que los hombres, ahora se sufre en la década de los cincuenta a los sesenta por motivos obvios: somos padres en edades más tardías y/o los hijos se nos acomodan en casa hasta sus cuarenta, vamos, que algunos no se van ni aunque los eches. Además, no se sufre de igual manera, por razones también obvias: nunca se terminan de ir, son como un bumerán, van y vuelven cuando menos te lo esperas, o bien separados, o cansados de guisarse y lavarse ropa si se fueron de singles, o porque el euribor y sus sueldos de mileuristas no les permite seguir independizados. Otra razón es la incorporación de la mujer al mercado laboral (odio esta manida frase) que hace más llevadero llegar a casa y encontrarla vacía... Si se me permite la afirmación y tal y como vivo yo ahora la edad de mis hijas y sus demandas: ¡Menudo alegrón llegar a casa y encontrarse un silencio abrumador! ¡Qué gustazo de nido vacío!
La crisis de los cuarenta (de la que anecdóticamente cuento que fue pregunta de examen de oposición de DUEs en la Junta de Andalucía. El enunciado era algo así como ¿Cuál de de estas causas genera mayor estrés en el varón? A) Un divorcio B) El diagnóstico de una enfermedad crónica C) La pérdida del trabajo D) La crisis de los cuarenta. Adivinen la correcta... la D, por supuesto) también nos llega a nosotras, que tenemos trabajo, que vivimos sin depender de nadie, que viajamos solas, que vivimos solas... En fin, que empezar a vivir en "condiciones de igualdad" nos hace "padecer en igualdad", desde cánceres de pulmón, pancreatitis, cirrosis, bronquitis crónicas o IAM, hasta la crisis de los cuarenta (mira que querer igualdad en este dechado de virtudes... en fin). Y, por supuesto, nosotras también nos cuestionamos y necesitamos reafirmanos, aunque de forma diferente. A ellos les vale la conquista de una veinteañera, veinteañera conquistada crisis superada (admiro este pragmatismo en el varón). A nosotras, a nosotras toda ambición se nos queda corta, con el consiguiente desenlace en una cruenta lucha interna y en una tremenda depresión.
Consolé a mi contertulia diciéndole que a todas, en mayor o menor medida, nos llegan estos llamémosles "periodos de reflexión o crisis" , si no es sobre el trabajo, es sobre maridos, hijos, la edad, los kilos, las hipocondrías... ¡Joder!, ¡que estamos en crisis, ¿hay alguien que no se haya enterado?, pues eso, en crisis... Hasta una amiga de la adolescencia se ha separado tras dieciocho años de matrimonio, plantando a su marido por una veinteañera...¡Con un par de ovarios!, a eso lo llamo yo salir del armario con una patada al más puro estilo karateca, resolución drástica de una eterna crisis de identidad.
¡Ay, qué vida ésta! Pero vamos, para crisis, crisis, el medallero olímpico de los españoles en Pekín.
¡Vamos, Rafa!
PD: Por cierto, quienes hayan regresado de sus vacaciones no se olviden de sufrir su crisis síndrome posvacacional y súmenla y prepárense para sufrir su crisis matromonial, si es que superaron con éxito la de las vacaciones de verano, porque suele ser reincidente en Navidad.
Divino Tesoro
Senectud, divino tesoro
Hace unas semanas me invitaron a dar una charla en el Hogar del Jubilado, con motivo de la Semana Cultural. “¿Y sobre qué?”, pregunté yo. “Sobre cualquier tema de salud, como eres sanitaria… No sé, lo que tú quieras”, respondió mi interlocutor.
Después de darle las gracias por acordarse de mi persona para dirigirme a los mayores de mi pueblo –no me gusta el vocablo jubilado- decliné la invitación. Puse como excusa la falta de tiempo, y en cierto modo así es, el verano genera mucho trabajo a los sanitarios que ejercemos nuestra profesión en los pueblos. Pero la verdadera razón no era otra que el no saber qué les podía contar a ellos que no les hubieran contado ya con respecto a sus achaques o a sus enfermedades. De lo último que quería hablar a los ancianos de mi pueblo era de las consabidas enfermedades, y en lo último que quería convertir esa charla era en un aburrido sermón.
Ésta que escribe tiene el defecto de querer hacer las cosas bien hechas y si no es posible hacer algo decente y que merezca la pena, mejor no hacerlo. No quería llenar un hueco de un Programa Cultural para salir del paso, quería dedicar a este selecto público una charla que no fuese sobre colesteroles, “azúcares”, reumas y otros etcéteras… La doctora Rosselló lo explica veinte mil veces mejor que yo, y seguro que su enfermero les da todo tipo de consejos al respecto, y de tú a tú, cada vez que van a tomarse la tensión o mirarse su azúcar. ¿Qué podía contarles yo que no supusiera eso, una tediosa charla sobre achaques o enfermedades? Y entonces apareció la frase: Senectud, divino tesoro.
No, no me he equivocado, he querido decir lo que he dicho, la senectud es un preciado -acumulado- tesoro.
Vivimos en un mundo cuyo tren de vida no repara ante la marcha de unos pies cansados. Nos falta tiempo, nos sobran prisas… Un tiempo tan fugaz para nosotros y, paradójicamente, tan dilatado para ellos, porque desde sus sillas en el quicio de sus puertas o de la del vecino, o desde el banco de la plaza o del parque, tienen todo el tiempo del mundo para contemplar la vida desde la serenidad del que ya no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Dice García Márquez que el secreto de una buena la vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.
La exultante juventud infravalora –por no utilizar el verbo despreciar- lo “viejo” por viejo, por inútil, por falto de belleza o de vigor. La cirugía estética se encarga de eliminar las arrugas -y eso que Adolfo Domínguez aseguró que la arruga era bella, pero parece ser que sólo en la ropa- , el botox deja las frentes paralizadas y los rostros pierden su expresión natural. Los implantes de silicona ponen tetas donde no las hay y la liposucción reduce caderas que hubiesen sido la envidia de la mismísima Sarita Montiel. ¡Qué le vamos a hacer!, las modas son las modas y ahora se lleva el no querer envejecer y aparentar cuerpo de quinceañera. Pero el reloj de la vida nos conduce a todos, inexorablemente, al mismo lugar: a contemplar la vida, la que nos rodea y la propia, desde la quietud de un banco.
“Atrevido será quien de prestado
aún pretenda bogar contra corriente
ignorando del tiempo su latido.”
(José Antonio Míguez)
Dieciseis años trabajando con ellos, en un pequeño pueblo de novecientos habitantes, me han enseñado que la ancianidad es un don para quienes venimos detrás, un preciado tesoro cuyo resplandor pasa inadvertido. Ellos son el reflejo de la lucha, la constancia, el coraje y el saber envejecer con dignidad. Lejos de ser parte de los enseres de un trastero, son una fuente inagotable de experiencias y de sabiduría. Mantengo que todos los mundos se parecen y el suyo no difiere tanto del nuestro, ése que nos toca recorrer y que ellos ya lo tienen más que pateado.
El tío Inés siempre se lamenta de que cuando aprendió a cogerle el paso a este fandanguillo que es la vida, resulta que le apareció la artrosis de rodilla, ¡cachín diez! Lo dice con la amarga sonrisa de la resignación, y después añade: “Hay que joderse, cómo se pasan los años, si yo pillase los tuyos con todo lo que sé ahora… pero así es la vida, cuando uno tiene edad, no sabe y cuando uno sabe mucho, ya no tiene edad”. Eso dice él, que no tiene edad, tiene ochenta y ocho y una larga vida que contar.
María, de noventa y tres años, me cuenta a voces –es sorda y cree que los demás también- cómo murió su marido en la guerra y cómo tuvo que trabajar como una mula para no morirse de hambre ni ella ni sus dos hijos pequeños. “Las mujeres de ahora vivís como marquesas”, me dice, “pero antes, sin lavadoras, ni ollas exprés, ni miconondas, ni na de na, nos pasábamos la vida esclavas de la casa y de los hijos...Y ¡ehhhh!”, ese ehhhh me atruena lo oídos, además de mandarme callar sin haber abierto la boca, “y a segar con ellos ataos a las costillas”, y retuerce su hocico como diciendo “pa que te enteres”. Siempre termina lamentándose por seguir en este mundo, que cuándo le tocará a ella irse para el otro, que noventa y tres años son muchos… Aquí, entre nos, eso se lo vengo oyendo desde sus setenta y tantos… Un repetitivo anhelo con la boca pequeña. Cuando hace ademán de ponerse en pie, apoyándose en su bastón, me dice “Pues hace muchos tiempos que me duele un poco esta rodilla, ¿de qué será?”. Y yo le contesto con guasa “ Pues no lo sé, María, a mí , alguna vez que otra, me cuesta levantarme de una silla porque me reduele la cadera. Pensaba que sería por la edad, ya sabe, la osteoporosis y esas cosas, pero en usted no tengo ni idea de qué puede ser…”
Qué necedad la de ignorar que todos llegaremos, como necio es el desprecio de la vejez, porque su desprecio supone nuestro propio desprecio.
Sí, es cierto, son tristes los muelles cuando atraca la tarde (aludiendo a Neruda), e inigualable la belleza vespertina de ese rayo de luz que resplandece en el ocaso y que, según que confabulación de nubes, montañas o llanos horizontes, ofrece sublimes espectáculos dignos de contemplar.
A la memoria de Dionisia Alañón.
Post publicado en la sección Artículos de la página www.fuenteelfresno.com de Fernando Izquierdo Rodríguez
Hace unas semanas me invitaron a dar una charla en el Hogar del Jubilado, con motivo de la Semana Cultural. “¿Y sobre qué?”, pregunté yo. “Sobre cualquier tema de salud, como eres sanitaria… No sé, lo que tú quieras”, respondió mi interlocutor.
Después de darle las gracias por acordarse de mi persona para dirigirme a los mayores de mi pueblo –no me gusta el vocablo jubilado- decliné la invitación. Puse como excusa la falta de tiempo, y en cierto modo así es, el verano genera mucho trabajo a los sanitarios que ejercemos nuestra profesión en los pueblos. Pero la verdadera razón no era otra que el no saber qué les podía contar a ellos que no les hubieran contado ya con respecto a sus achaques o a sus enfermedades. De lo último que quería hablar a los ancianos de mi pueblo era de las consabidas enfermedades, y en lo último que quería convertir esa charla era en un aburrido sermón.
Ésta que escribe tiene el defecto de querer hacer las cosas bien hechas y si no es posible hacer algo decente y que merezca la pena, mejor no hacerlo. No quería llenar un hueco de un Programa Cultural para salir del paso, quería dedicar a este selecto público una charla que no fuese sobre colesteroles, “azúcares”, reumas y otros etcéteras… La doctora Rosselló lo explica veinte mil veces mejor que yo, y seguro que su enfermero les da todo tipo de consejos al respecto, y de tú a tú, cada vez que van a tomarse la tensión o mirarse su azúcar. ¿Qué podía contarles yo que no supusiera eso, una tediosa charla sobre achaques o enfermedades? Y entonces apareció la frase: Senectud, divino tesoro.
No, no me he equivocado, he querido decir lo que he dicho, la senectud es un preciado -acumulado- tesoro.
Vivimos en un mundo cuyo tren de vida no repara ante la marcha de unos pies cansados. Nos falta tiempo, nos sobran prisas… Un tiempo tan fugaz para nosotros y, paradójicamente, tan dilatado para ellos, porque desde sus sillas en el quicio de sus puertas o de la del vecino, o desde el banco de la plaza o del parque, tienen todo el tiempo del mundo para contemplar la vida desde la serenidad del que ya no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Dice García Márquez que el secreto de una buena la vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.
La exultante juventud infravalora –por no utilizar el verbo despreciar- lo “viejo” por viejo, por inútil, por falto de belleza o de vigor. La cirugía estética se encarga de eliminar las arrugas -y eso que Adolfo Domínguez aseguró que la arruga era bella, pero parece ser que sólo en la ropa- , el botox deja las frentes paralizadas y los rostros pierden su expresión natural. Los implantes de silicona ponen tetas donde no las hay y la liposucción reduce caderas que hubiesen sido la envidia de la mismísima Sarita Montiel. ¡Qué le vamos a hacer!, las modas son las modas y ahora se lleva el no querer envejecer y aparentar cuerpo de quinceañera. Pero el reloj de la vida nos conduce a todos, inexorablemente, al mismo lugar: a contemplar la vida, la que nos rodea y la propia, desde la quietud de un banco.
“Atrevido será quien de prestado
aún pretenda bogar contra corriente
ignorando del tiempo su latido.”
(José Antonio Míguez)
Dieciseis años trabajando con ellos, en un pequeño pueblo de novecientos habitantes, me han enseñado que la ancianidad es un don para quienes venimos detrás, un preciado tesoro cuyo resplandor pasa inadvertido. Ellos son el reflejo de la lucha, la constancia, el coraje y el saber envejecer con dignidad. Lejos de ser parte de los enseres de un trastero, son una fuente inagotable de experiencias y de sabiduría. Mantengo que todos los mundos se parecen y el suyo no difiere tanto del nuestro, ése que nos toca recorrer y que ellos ya lo tienen más que pateado.
El tío Inés siempre se lamenta de que cuando aprendió a cogerle el paso a este fandanguillo que es la vida, resulta que le apareció la artrosis de rodilla, ¡cachín diez! Lo dice con la amarga sonrisa de la resignación, y después añade: “Hay que joderse, cómo se pasan los años, si yo pillase los tuyos con todo lo que sé ahora… pero así es la vida, cuando uno tiene edad, no sabe y cuando uno sabe mucho, ya no tiene edad”. Eso dice él, que no tiene edad, tiene ochenta y ocho y una larga vida que contar.
María, de noventa y tres años, me cuenta a voces –es sorda y cree que los demás también- cómo murió su marido en la guerra y cómo tuvo que trabajar como una mula para no morirse de hambre ni ella ni sus dos hijos pequeños. “Las mujeres de ahora vivís como marquesas”, me dice, “pero antes, sin lavadoras, ni ollas exprés, ni miconondas, ni na de na, nos pasábamos la vida esclavas de la casa y de los hijos...Y ¡ehhhh!”, ese ehhhh me atruena lo oídos, además de mandarme callar sin haber abierto la boca, “y a segar con ellos ataos a las costillas”, y retuerce su hocico como diciendo “pa que te enteres”. Siempre termina lamentándose por seguir en este mundo, que cuándo le tocará a ella irse para el otro, que noventa y tres años son muchos… Aquí, entre nos, eso se lo vengo oyendo desde sus setenta y tantos… Un repetitivo anhelo con la boca pequeña. Cuando hace ademán de ponerse en pie, apoyándose en su bastón, me dice “Pues hace muchos tiempos que me duele un poco esta rodilla, ¿de qué será?”. Y yo le contesto con guasa “ Pues no lo sé, María, a mí , alguna vez que otra, me cuesta levantarme de una silla porque me reduele la cadera. Pensaba que sería por la edad, ya sabe, la osteoporosis y esas cosas, pero en usted no tengo ni idea de qué puede ser…”
Qué necedad la de ignorar que todos llegaremos, como necio es el desprecio de la vejez, porque su desprecio supone nuestro propio desprecio.
Sí, es cierto, son tristes los muelles cuando atraca la tarde (aludiendo a Neruda), e inigualable la belleza vespertina de ese rayo de luz que resplandece en el ocaso y que, según que confabulación de nubes, montañas o llanos horizontes, ofrece sublimes espectáculos dignos de contemplar.
A la memoria de Dionisia Alañón.
Post publicado en la sección Artículos de la página www.fuenteelfresno.com de Fernando Izquierdo Rodríguez





