Sexualidad y anticoncepción. (Tema 1)
¿Qué es un método anticonceptivo?
Se considera método anticonceptivo todo aquello que se lleva a la práctica para evitar la concepción.
* Concepción: acción o efecto de concebir.
Sería largo exponer aquí todos los métodos habidos y por haber, desde los de última generación hormonalmente hablando hasta los que se utilizan como tal y no lo son. Me voy a limitar a los más extendidos: ACO (anticonceptivos orales), preservativo y los consabidos métodos naturales.
Los ACO:
La elección de dicho anticonceptivo depende de la edad, de los factores de riesgo que se detecten en la solicitante y de la tolerancia o no a dicho método. Hay contraindicaciones absolutas para su uso, como son alteraciones genéticas de los factores de la coagulación o antecedentes de trombosis, también en cardiopatias severas. No es recomendable en mujeres mayores de 35 años ni en grandes fumadoras. Los efectos secundarios de dicho método son contrarrestados por los beneficios que proporciona y su alta eficacia en contracepción (un 99% si es correctamente utilizado). Por otra parte, no toda mujer que utiliza anticonceptivos orales los usa a priori como método, sino como tratamiento de alteraciones hormonales que llevan consigo reglas irregulares y dolorosas, o la existencia de otras patologías que requieren tratamiento hormonal. Lógicamente, cuando una mujer decide el uso de dicho método es porque sexualmente es activa, para mantenerse virgen hasta el día de la boda no es necesario, y para hacer uso del matriminio sólo para traer hijos al mundo tampoco es necesario.
La toma de ACO lleva consigo revisiones periódicas de analíticas con coagulación, niveles de colesterol y transaminasas, así como citologías.
*Nota aclaratoria: No está en el ánimo de la mujer que toma ACO rentabilizarlos con cuantos más polvos mejor, simplemente le resulta más cómodo y apropiado para ella.
Un consejo: Yo sólo me fiaría de mi pareja estable (se entiende por estable la de tiempo y confiaza, la estable de anoche y la otra estable de antesdeanoche no se considera como tal)... ante una desconocida, por mucho que os diga, chicos, el capuchón impermeable, por si las moscas.
El preservativo:
De los métodos barrera es el método estrella por su comodidad con respecto a anillos, esponjas etc, etc... y por su inocuidad. En contra tiene la consabida pérdida de sensibilidad, pero en este método sí que se puede afirmar, sin ninguna duda, que los pros superan con creces los contras. El resurgir de enfermedades de transmisión sexual de bajísima incidencia en las últimas décadas, como sífilis y gonorreas, así como la hepatitis B y la aparición del SIDA (que parece que se nos ha pasado el susto de los primeros años de insistente publicidad e información para evitar el contagio, pero que ahí sigue estando), el aumento de la promiscuidad sexual y la temprana edad de inicio de las relaciones sexuales implica una concienciación clara sobre el uso de este método que, correctamente utilizado, tiene un altísimo porcetaje de protección contra estas enfermedades y la prevención de embarazos.
Métodos naturales:
Hubo un tiempo en el que dejaron de llamarse métodos anticonceptivos por su alto porcentaje de fallo... y así es.
El coitus interruptus, o "repullo" en mi pueblo, es interrumpir de forma súbita y brusca el coito para eyacular fuera. Una frase define la eficacia de dicho método y es que antes de llover siempre chispea. No digamos nada de esos locos que se aventuran a eyacular dentro porque un termómetro vaginal ha dicho que si sube o que si baja la temperatura y no hay peligro... un suicidio. Y por si hay alguna mente calenturienta que resuelve el tema con una estupenda felación, me acuerdo yo ahora de Boris Becker, al cual le reclamaron la patenidad de un angelito que fue concebido por "fecundación invitro" con su propio semen extraído en una mamada, (de campeonato tuvo que ser la mamada y de super-espermatozoides, porque a mí que me lo cuenten cómo y de qué manera). O sea, que tras la faena, mi consejo es que la hagais escupir y lavarse la boca con Listerine para matar todo bicho viviente. Es broma... pero si se va sin haber abirto la boca tras la faena yo me mosquearía y la haría recitar el famoso trabalenguas de El arzobispo de Constantinopla...
Y hasta aquí una exposición llana, escueta y comprensible sobre este tema que me he sentido en la obligación de exponer tras leer a uno de los que más frecuento en lectura y comentarios.
Yo inicio vacaciones en la playa. Buen verano a todos y disfrutad de "las altas temperaturas", con DON preferentemente.
Se considera método anticonceptivo todo aquello que se lleva a la práctica para evitar la concepción.
* Concepción: acción o efecto de concebir.
Sería largo exponer aquí todos los métodos habidos y por haber, desde los de última generación hormonalmente hablando hasta los que se utilizan como tal y no lo son. Me voy a limitar a los más extendidos: ACO (anticonceptivos orales), preservativo y los consabidos métodos naturales.
Los ACO:
La elección de dicho anticonceptivo depende de la edad, de los factores de riesgo que se detecten en la solicitante y de la tolerancia o no a dicho método. Hay contraindicaciones absolutas para su uso, como son alteraciones genéticas de los factores de la coagulación o antecedentes de trombosis, también en cardiopatias severas. No es recomendable en mujeres mayores de 35 años ni en grandes fumadoras. Los efectos secundarios de dicho método son contrarrestados por los beneficios que proporciona y su alta eficacia en contracepción (un 99% si es correctamente utilizado). Por otra parte, no toda mujer que utiliza anticonceptivos orales los usa a priori como método, sino como tratamiento de alteraciones hormonales que llevan consigo reglas irregulares y dolorosas, o la existencia de otras patologías que requieren tratamiento hormonal. Lógicamente, cuando una mujer decide el uso de dicho método es porque sexualmente es activa, para mantenerse virgen hasta el día de la boda no es necesario, y para hacer uso del matriminio sólo para traer hijos al mundo tampoco es necesario.
La toma de ACO lleva consigo revisiones periódicas de analíticas con coagulación, niveles de colesterol y transaminasas, así como citologías.
*Nota aclaratoria: No está en el ánimo de la mujer que toma ACO rentabilizarlos con cuantos más polvos mejor, simplemente le resulta más cómodo y apropiado para ella.
Un consejo: Yo sólo me fiaría de mi pareja estable (se entiende por estable la de tiempo y confiaza, la estable de anoche y la otra estable de antesdeanoche no se considera como tal)... ante una desconocida, por mucho que os diga, chicos, el capuchón impermeable, por si las moscas.
El preservativo:
De los métodos barrera es el método estrella por su comodidad con respecto a anillos, esponjas etc, etc... y por su inocuidad. En contra tiene la consabida pérdida de sensibilidad, pero en este método sí que se puede afirmar, sin ninguna duda, que los pros superan con creces los contras. El resurgir de enfermedades de transmisión sexual de bajísima incidencia en las últimas décadas, como sífilis y gonorreas, así como la hepatitis B y la aparición del SIDA (que parece que se nos ha pasado el susto de los primeros años de insistente publicidad e información para evitar el contagio, pero que ahí sigue estando), el aumento de la promiscuidad sexual y la temprana edad de inicio de las relaciones sexuales implica una concienciación clara sobre el uso de este método que, correctamente utilizado, tiene un altísimo porcetaje de protección contra estas enfermedades y la prevención de embarazos.
Métodos naturales:
Hubo un tiempo en el que dejaron de llamarse métodos anticonceptivos por su alto porcentaje de fallo... y así es.
El coitus interruptus, o "repullo" en mi pueblo, es interrumpir de forma súbita y brusca el coito para eyacular fuera. Una frase define la eficacia de dicho método y es que antes de llover siempre chispea. No digamos nada de esos locos que se aventuran a eyacular dentro porque un termómetro vaginal ha dicho que si sube o que si baja la temperatura y no hay peligro... un suicidio. Y por si hay alguna mente calenturienta que resuelve el tema con una estupenda felación, me acuerdo yo ahora de Boris Becker, al cual le reclamaron la patenidad de un angelito que fue concebido por "fecundación invitro" con su propio semen extraído en una mamada, (de campeonato tuvo que ser la mamada y de super-espermatozoides, porque a mí que me lo cuenten cómo y de qué manera). O sea, que tras la faena, mi consejo es que la hagais escupir y lavarse la boca con Listerine para matar todo bicho viviente. Es broma... pero si se va sin haber abirto la boca tras la faena yo me mosquearía y la haría recitar el famoso trabalenguas de El arzobispo de Constantinopla...
Y hasta aquí una exposición llana, escueta y comprensible sobre este tema que me he sentido en la obligación de exponer tras leer a uno de los que más frecuento en lectura y comentarios.
Yo inicio vacaciones en la playa. Buen verano a todos y disfrutad de "las altas temperaturas", con DON preferentemente.
La carta
Mi querida Leonor:
Espero que a la llegada de la presente, te encuentres bien:
¿Se puede saber qué haces que no regresas, vieja del demonio? Desde que te fuiste al pueblo, allá por Navidad, sólo he recibido un par de cartas tuyas. Yo sé que a Carrascalejo no llega la telefonía móvil, y que hay una centralita para todo el pueblo pero, mujer, aunque sólo hubiese sido un fin de semana para dar una vuelta a tu pisito y ver a tus amigas del alma... No te imaginas lo que te echamos de menos en nuestras tertulias en el café de Malena... Ya, ya sé que te debo carta, dos, ni más ni menos, pero tú ya sabes que soy tan perezosa para escribir... y todo sea dicho: desde que me apunté a las nuevas tecnologías, hablo mejor por el messenger que de tú a tú... ¡Qué cosas! Pero ya ves, no me ha quedado más remedió que volver a retomar la epístola y aquí me tienes, frente a un par de cuartillas, una pluma (bueno, vale, un Bic), un sobre y un sello y escribiéndote cuatro letras. Leonor, amiga mía, ¡cuánto te echo de menos!
¡Ay, Leonor, qué desgraciada soy! Creo... creo que Jacinto ha dejado de quererme... ¡Y no me digas que ya estoy haciendo una tormenta en un vaso de agua, que te conozco! Seguro que estarás pensando que son imaginaciones mías y sin ningún fundamento (además de que soy una egoista, porque sólo me acuerdo de Santa Bárbara cuando truena... pues sí, ya lo sabes: esta Margarita acude a tí cuando está perdida... yo sé que lo entiendes y lo disculpas), pero esta vez es cierto, amiga mía, es cierto. ¿Tú que pensarías de un señor que te huye en la cama?... Últimamente siempre está cansado y se me va dormir a la hora las gallinas... y aunque yo tarde dos minutos en ir detrás, lo encuentro roncando... ¡Se hace el dormido, Leonor, se hace el dormido! ¿A que ahora si piensas que es grave el asunto? ¡Jacinto haciéndose el dormido! Otras veces, -aunque, hija, eso de irme a dormir con el sol en mitad del cielo es como si me robaran media vida- le tomo la delantera, para que me encuentre allí esperándole, con la misma pose que la Montiel en sus divanes y tarareando aquello de "Toda una vida"... y ¡qué casualidad!, le interesa el programita de la televisión, así que cansada de esperar en semejante guisa y con contracturas por medio cuerpo, me levanto sigilosa, me asomo y allí está, espanzorrao en el sofá y resoplando como Moby Dick surcando el Pacífico. Si no me da más beso que el de la paz en la misa del domingo y me lo da con miedo. ¡Ay, amiga mía, Jacinto tiene un lío, seguro! Ya no me mira con lascivia, ya no recuerdo lo que es un pellizco en el culo cuando cruzaba por su vera y me vaticinaba: esta noche no te escapas, jerezana... Ya sabes, esas cosas que a mí me hacían sentirme como una reina y despertaban mis más bajas pasiones... Ahora que pienso... ¿Porqué se llamará a la apetencia sexual baja pasión? ¿Tú lo entiendes?... ¿Cuáles serán las altas pasiones? Pues nunca tan bajas pasiones produjeron tan altas satisfacciones... Bueno, que me lío y me voy de mi disgusto... Pues eso, Leonor, pues eso, que hasta hace nada, mi Jacinto venía tras de mí como perrito faldero moviendo el rabo y estaba de un juguetón... Y de la noche a la mañana parece otro... Ya ni jaca jerezana, ni leches. No me atrevo ni a preguntar por miedo a la respuesta, pero eso se nota, se ve, se siente... se... se... ¿sabes?, teniamos que ser como las mantis religiosas; usar y comer... así, uno tras otro, y se ahorraba una este sufrimiento, pero como las mujeres somos tan tontas... siempre queremos que nos quieran para toda la vida... ¡con lo larga que es la vida!
Leonor, querida mía... -bueno, vale, perdona lo de vieja del demonio-, necesito que vuelvas, o que me escribas, o que me llames... Con lo bien que tú conoces a los hombres, que no se te despinta ninguno, dime, ¿qué le puede estar pasando a mi Jacinto? Y no pienses que te confundo con Elena Francis, que yo a aquella señora le escribía mucho hasta que me enteré de que era un señor... ¡Qué engaño, todas las señoras confiando a un señor nuestras intimidades más intímas! ... Leonor, necesito desesperadamente una respuesta. ¡Te necesito!
Un beso y un abrazo de tu amiga que lo es:
Margarita
Espero que a la llegada de la presente, te encuentres bien:
¿Se puede saber qué haces que no regresas, vieja del demonio? Desde que te fuiste al pueblo, allá por Navidad, sólo he recibido un par de cartas tuyas. Yo sé que a Carrascalejo no llega la telefonía móvil, y que hay una centralita para todo el pueblo pero, mujer, aunque sólo hubiese sido un fin de semana para dar una vuelta a tu pisito y ver a tus amigas del alma... No te imaginas lo que te echamos de menos en nuestras tertulias en el café de Malena... Ya, ya sé que te debo carta, dos, ni más ni menos, pero tú ya sabes que soy tan perezosa para escribir... y todo sea dicho: desde que me apunté a las nuevas tecnologías, hablo mejor por el messenger que de tú a tú... ¡Qué cosas! Pero ya ves, no me ha quedado más remedió que volver a retomar la epístola y aquí me tienes, frente a un par de cuartillas, una pluma (bueno, vale, un Bic), un sobre y un sello y escribiéndote cuatro letras. Leonor, amiga mía, ¡cuánto te echo de menos!
¡Ay, Leonor, qué desgraciada soy! Creo... creo que Jacinto ha dejado de quererme... ¡Y no me digas que ya estoy haciendo una tormenta en un vaso de agua, que te conozco! Seguro que estarás pensando que son imaginaciones mías y sin ningún fundamento (además de que soy una egoista, porque sólo me acuerdo de Santa Bárbara cuando truena... pues sí, ya lo sabes: esta Margarita acude a tí cuando está perdida... yo sé que lo entiendes y lo disculpas), pero esta vez es cierto, amiga mía, es cierto. ¿Tú que pensarías de un señor que te huye en la cama?... Últimamente siempre está cansado y se me va dormir a la hora las gallinas... y aunque yo tarde dos minutos en ir detrás, lo encuentro roncando... ¡Se hace el dormido, Leonor, se hace el dormido! ¿A que ahora si piensas que es grave el asunto? ¡Jacinto haciéndose el dormido! Otras veces, -aunque, hija, eso de irme a dormir con el sol en mitad del cielo es como si me robaran media vida- le tomo la delantera, para que me encuentre allí esperándole, con la misma pose que la Montiel en sus divanes y tarareando aquello de "Toda una vida"... y ¡qué casualidad!, le interesa el programita de la televisión, así que cansada de esperar en semejante guisa y con contracturas por medio cuerpo, me levanto sigilosa, me asomo y allí está, espanzorrao en el sofá y resoplando como Moby Dick surcando el Pacífico. Si no me da más beso que el de la paz en la misa del domingo y me lo da con miedo. ¡Ay, amiga mía, Jacinto tiene un lío, seguro! Ya no me mira con lascivia, ya no recuerdo lo que es un pellizco en el culo cuando cruzaba por su vera y me vaticinaba: esta noche no te escapas, jerezana... Ya sabes, esas cosas que a mí me hacían sentirme como una reina y despertaban mis más bajas pasiones... Ahora que pienso... ¿Porqué se llamará a la apetencia sexual baja pasión? ¿Tú lo entiendes?... ¿Cuáles serán las altas pasiones? Pues nunca tan bajas pasiones produjeron tan altas satisfacciones... Bueno, que me lío y me voy de mi disgusto... Pues eso, Leonor, pues eso, que hasta hace nada, mi Jacinto venía tras de mí como perrito faldero moviendo el rabo y estaba de un juguetón... Y de la noche a la mañana parece otro... Ya ni jaca jerezana, ni leches. No me atrevo ni a preguntar por miedo a la respuesta, pero eso se nota, se ve, se siente... se... se... ¿sabes?, teniamos que ser como las mantis religiosas; usar y comer... así, uno tras otro, y se ahorraba una este sufrimiento, pero como las mujeres somos tan tontas... siempre queremos que nos quieran para toda la vida... ¡con lo larga que es la vida!
Leonor, querida mía... -bueno, vale, perdona lo de vieja del demonio-, necesito que vuelvas, o que me escribas, o que me llames... Con lo bien que tú conoces a los hombres, que no se te despinta ninguno, dime, ¿qué le puede estar pasando a mi Jacinto? Y no pienses que te confundo con Elena Francis, que yo a aquella señora le escribía mucho hasta que me enteré de que era un señor... ¡Qué engaño, todas las señoras confiando a un señor nuestras intimidades más intímas! ... Leonor, necesito desesperadamente una respuesta. ¡Te necesito!
Un beso y un abrazo de tu amiga que lo es:
Margarita
Cerrando ciclo
Mañana terminan los quince días de descanso que, generosamente, mi empresa me ha concedido para reincorporarme a mi definitivo puesto de trabajo. ¡Por fín! concluyó definitivamente el Concurso Oposición que pasará a la historia por su demora -convocado en Noviembre de 2001 y resuelto definitivamente en Mayo de 2008-, por su ambigüedad, y en mi opinión, por su injusticia. No obstante, yo tengo lo que quería: continuar en mi zona de los Montes, entre mis octogenarios y una población infantil incipiente que, a falta de una Unidad de Pediatría, nos vemos en situación de atender y de los que no dejo de aprender; de los unos por su larga vida, y de los otros por la inocencia y la simplicidad con la que ven y resuelven el mundo. Tengo ante mí el Alfa y a la Omega y eso es un lujo, indudablemente.
El lunes conoceré a mi nuevo compañero, aunque ya quedamos un día para tomar un café en la Gerencia - en la misma Gerencia no, en un bar cercano) y vernos las caras. Él ya tenía referencias de la mía porque ha sido compañero de trabajo de mi hermano durante cuatro años, y mi hermano y yo somos como dos gotas de agua, dicen... yo discrepo. Así que el día que me vió no pudo evitar eso de "¡Joer, eres igualita que Eugenio!"... (o sea, que voy a tener que dejar de discrepar, porque en alguna reunión de coordinadores se me han acercado con un "oye, ¿tú eres...?", y antes de que terminen la frase ya contesto "Sí, la hermana de Eugenio", y añaden "es que te pareces un montón"... Bueno, en todo caso será él el que se parezca a mí, porque yo nací antes. A algunos los miro con recelo porque, todo sea dicho, mi hermano, allá por donde va, levanta odios y pasiones e intento adivinar en que bando están, si en el de los odios o las pasiones... Aunque después llego a la conclusión de que los enemigos no suelen darse a conocer, acechan y se mantienen en la sombra, pero no suelen ir con tarjeta de presentación). Aclarado este largo paréntesis, continuo:
Despedimos a Paco, aquel ya rey muerto y con otro en su puesto, con una comida de equipo en la que comimos y reímos mucho. Jaleamos y suplicamos que nos dedicara unas palabras y unas lágrimas, pero no hubo manera. Al menos, se llevó la copa de liga entre las manos y entre todos le hicimos el paseíllo -qué menos y qué a gustito se va a quedar el del barça- y le deseamos buena suerte en su nuevo puesto de trabajo: el hospital de Manzanares.
A lo largo de estos quince días he tenido tiempo de sobra para pasear, aburrirme, mal dormir, dormir demasiado, tragarme enterito - por primera vez en muchos años- el Roland Garros, escuchar música -maravillosa Amy Winehouse que ha amenizado mis caseras mañanas- y formatear el cerebro para empezar de nuevo, aunque el tiempo demuestra que, al final, todo vuelve a ser lo mismo, como cantaba Enrique Urquijo... La vida no deja de ser una sucesión de hechos concéntricos: vueltas y más vueltas para volver al punto de partida; a uno mismo. Y aquí estoy, con Back to Black de fondo, escribiendo cuatro letras en mi ventana, para después leerme... A veces es la única forma que tengo de centrar la dispersión de mi pensamiento.
Compañero nuevo, consulta nueva, vacaciones inesperadas, un verano que no termina de llegar, paseos por una ciudad que hoy estaba tomada por una manifestación, un café en la terraza de la plaza del Pilar, unas vacaciones en Salou dentro de diez días, a las que no me hago a la idea porque en este extraño Junio no se deja caer el verano, - ni la tele se lo cree, porque no veo los anuncios refrescantes de la tónica, (por favor, publicistas de la Schweppes, que vuelva Noriega,) ni de otros propios de esta época-, las niñas terminando el curso, los supermercados desprovistos de carne y pescado... ¡Pufff!... Mejor sigo escuchando a este prodigio de mujer y abro la puerta a las niñas, que intuyo que no tardarán en llamar al timbre porque oigo la algarabía de voces infantiles y el rodar de las mochilas por las aceras...
¿Qué tal me saldrá el arroz a este son? Divino, seguro.
El lunes conoceré a mi nuevo compañero, aunque ya quedamos un día para tomar un café en la Gerencia - en la misma Gerencia no, en un bar cercano) y vernos las caras. Él ya tenía referencias de la mía porque ha sido compañero de trabajo de mi hermano durante cuatro años, y mi hermano y yo somos como dos gotas de agua, dicen... yo discrepo. Así que el día que me vió no pudo evitar eso de "¡Joer, eres igualita que Eugenio!"... (o sea, que voy a tener que dejar de discrepar, porque en alguna reunión de coordinadores se me han acercado con un "oye, ¿tú eres...?", y antes de que terminen la frase ya contesto "Sí, la hermana de Eugenio", y añaden "es que te pareces un montón"... Bueno, en todo caso será él el que se parezca a mí, porque yo nací antes. A algunos los miro con recelo porque, todo sea dicho, mi hermano, allá por donde va, levanta odios y pasiones e intento adivinar en que bando están, si en el de los odios o las pasiones... Aunque después llego a la conclusión de que los enemigos no suelen darse a conocer, acechan y se mantienen en la sombra, pero no suelen ir con tarjeta de presentación). Aclarado este largo paréntesis, continuo:
Despedimos a Paco, aquel ya rey muerto y con otro en su puesto, con una comida de equipo en la que comimos y reímos mucho. Jaleamos y suplicamos que nos dedicara unas palabras y unas lágrimas, pero no hubo manera. Al menos, se llevó la copa de liga entre las manos y entre todos le hicimos el paseíllo -qué menos y qué a gustito se va a quedar el del barça- y le deseamos buena suerte en su nuevo puesto de trabajo: el hospital de Manzanares.
A lo largo de estos quince días he tenido tiempo de sobra para pasear, aburrirme, mal dormir, dormir demasiado, tragarme enterito - por primera vez en muchos años- el Roland Garros, escuchar música -maravillosa Amy Winehouse que ha amenizado mis caseras mañanas- y formatear el cerebro para empezar de nuevo, aunque el tiempo demuestra que, al final, todo vuelve a ser lo mismo, como cantaba Enrique Urquijo... La vida no deja de ser una sucesión de hechos concéntricos: vueltas y más vueltas para volver al punto de partida; a uno mismo. Y aquí estoy, con Back to Black de fondo, escribiendo cuatro letras en mi ventana, para después leerme... A veces es la única forma que tengo de centrar la dispersión de mi pensamiento.
Compañero nuevo, consulta nueva, vacaciones inesperadas, un verano que no termina de llegar, paseos por una ciudad que hoy estaba tomada por una manifestación, un café en la terraza de la plaza del Pilar, unas vacaciones en Salou dentro de diez días, a las que no me hago a la idea porque en este extraño Junio no se deja caer el verano, - ni la tele se lo cree, porque no veo los anuncios refrescantes de la tónica, (por favor, publicistas de la Schweppes, que vuelva Noriega,) ni de otros propios de esta época-, las niñas terminando el curso, los supermercados desprovistos de carne y pescado... ¡Pufff!... Mejor sigo escuchando a este prodigio de mujer y abro la puerta a las niñas, que intuyo que no tardarán en llamar al timbre porque oigo la algarabía de voces infantiles y el rodar de las mochilas por las aceras...
¿Qué tal me saldrá el arroz a este son? Divino, seguro.
Tarde de domingo
Como cada domingo, mi hermana y yo subíamos a la plaza con nuestras cinco pesetas en el bolsillo o en nuestras sudorosas manos. Subíamos la calle Colón, cruzábamos la esquinilla en donde, con toda seguridad, mi tía estanquera cosía alguna sábana, sentada en su escalón. Entre puntada y puntada, miraba por encima de sus gafas, y cuando nos veía, vociferaba "¡Eh!, ¿adónde vais?!", "En´ca la Herminia", decíamos nosotras, acelerando el paso como si llevásemos prisa, "Venid a darme un beso, so pellejas", y mi hermana y yo nos acercábamos refunfuñando entre dientes y con un gesto de fastidio, lamentando en nuestro fuero interno no habernos ido por la otra calle, por la que nunca nos dejaba ir mi madre por ser más desierta y porque en ella vivían unas señoras de dudosa reputación. Confieso que en más de una ocasión, tanto para ir a la plaza como para ir a la escuela, cogíamos esa otra ruta y pasábamos delante de la puerta de las susodichas, no sin mirar de soslayo aquella casa prohibida y a sus misteriosas moradoras. Aquella prohibición, como toda prohibición, era un desafio.
Cuando, por fin, llegábamos a la tienda de "la Herminia", en la que además de chucherías, se vendía tabaco a mayores y a niños (sí, en la tienda de tabaquillo, así se apodaba el marido de Herminia, y en alguna otra, se vendían cigarrillos sueltos a los niños. Lo que hoy sería un delito contra la salud pública, con el agravante de tratarse de niños, allá por el 74 era una forma lícita de sacar más beneficio al negocio) y se jugaba a los futbolines a duro la partida, nos solíamos comprar una bolsa de pipas de a peseta, una bolsa de quicos también de a peseta, una peseta de bolillas de anís (dos por peseta) y... " a ver, una de pipas, otra de quicos... bolillas... tres pesetas... ummmm, pues un palote de regaliz rojo y otro negro". Con cinco pesetas nos dábamos un suculento banquete que condurábamos a lo largo de la tarde.
Fue por entonces cuando apareció, en medio de la tradicional oferta de chucherías, un extraño chuche de color rosaceo, de consistencia blandengue que, al morderlo y mojarse en la lengua, desaparecía misteriosamente. Aquello se llamaba nube y valía dos pesetas la unidad (sería por ser la primera chuchería de diseño, digo yo), pero no gozó de la simpatía de los niños y niñas de mi época, salvo de algún paladar exquisito, como el de la hija del banquero y sus dos o tres amiguitas, porque aquella cosa era demasiado cara para el efímero placer que proporcionaba. Nosotras seguimos con nuestras pipas, nuestros quicos y, de vez en cuando, sacrificábamos algún regaliz para comprarnos una canica nueva, porque la que teníamos estaba ya más minada que los yacimientos de Almadén.
Una canica nueva era como tener un tesoro. Yo no dejaba de mirar y de admirar aquella diminuta bola de cristal con ese estallido de color en su interior. Y cuando jugaba la primera partida con ella y la bruta de mi hermana le cascaba un tute y la dejaba mellada, aquello dolía... dolía... dolía como cuando estrenabas un estuche y tu hermano pequeño lo rayajeaba con un rotulador.
* Rayajear: hacer rayajos.
* Rayajo: rayas que se hacen a diestro y siniestro, intencionadamente, presionando fuertemente con el instrumento en cuestión, ya sea lápiz, bolígrafo, rotulador o color, con o sin punta, con el objeto de guarrear. o romper, la hoja o superficie sobre la que se hace.
No llegamos a imaginar, en nuestra más tierna infancia, cuánto se echa de menos esos tipos de dolor. Yo, sin ninguna duda, cambiaría muchos de los sufridos después por aquellos otros. Siento nostalgia de aquellas tardes de domingo, en las que mi madre nos ponía el hato estrenado en la feria y que quedaba reservado para esas bulliciosas tardes de paseo por las calles de mi pueblo natal. Detesto la desidia y el desierto de los domingos de la ciudad y el haber cambiado los zapatitos de charol y el vestido con remate de puntillas y canesú por las zapatillas de estar en casa, la bata y el pijama. Pero aquellos eran otros tiempos.

Cuando, por fin, llegábamos a la tienda de "la Herminia", en la que además de chucherías, se vendía tabaco a mayores y a niños (sí, en la tienda de tabaquillo, así se apodaba el marido de Herminia, y en alguna otra, se vendían cigarrillos sueltos a los niños. Lo que hoy sería un delito contra la salud pública, con el agravante de tratarse de niños, allá por el 74 era una forma lícita de sacar más beneficio al negocio) y se jugaba a los futbolines a duro la partida, nos solíamos comprar una bolsa de pipas de a peseta, una bolsa de quicos también de a peseta, una peseta de bolillas de anís (dos por peseta) y... " a ver, una de pipas, otra de quicos... bolillas... tres pesetas... ummmm, pues un palote de regaliz rojo y otro negro". Con cinco pesetas nos dábamos un suculento banquete que condurábamos a lo largo de la tarde.
Fue por entonces cuando apareció, en medio de la tradicional oferta de chucherías, un extraño chuche de color rosaceo, de consistencia blandengue que, al morderlo y mojarse en la lengua, desaparecía misteriosamente. Aquello se llamaba nube y valía dos pesetas la unidad (sería por ser la primera chuchería de diseño, digo yo), pero no gozó de la simpatía de los niños y niñas de mi época, salvo de algún paladar exquisito, como el de la hija del banquero y sus dos o tres amiguitas, porque aquella cosa era demasiado cara para el efímero placer que proporcionaba. Nosotras seguimos con nuestras pipas, nuestros quicos y, de vez en cuando, sacrificábamos algún regaliz para comprarnos una canica nueva, porque la que teníamos estaba ya más minada que los yacimientos de Almadén.
Una canica nueva era como tener un tesoro. Yo no dejaba de mirar y de admirar aquella diminuta bola de cristal con ese estallido de color en su interior. Y cuando jugaba la primera partida con ella y la bruta de mi hermana le cascaba un tute y la dejaba mellada, aquello dolía... dolía... dolía como cuando estrenabas un estuche y tu hermano pequeño lo rayajeaba con un rotulador.
* Rayajear: hacer rayajos.
* Rayajo: rayas que se hacen a diestro y siniestro, intencionadamente, presionando fuertemente con el instrumento en cuestión, ya sea lápiz, bolígrafo, rotulador o color, con o sin punta, con el objeto de guarrear. o romper, la hoja o superficie sobre la que se hace.
No llegamos a imaginar, en nuestra más tierna infancia, cuánto se echa de menos esos tipos de dolor. Yo, sin ninguna duda, cambiaría muchos de los sufridos después por aquellos otros. Siento nostalgia de aquellas tardes de domingo, en las que mi madre nos ponía el hato estrenado en la feria y que quedaba reservado para esas bulliciosas tardes de paseo por las calles de mi pueblo natal. Detesto la desidia y el desierto de los domingos de la ciudad y el haber cambiado los zapatitos de charol y el vestido con remate de puntillas y canesú por las zapatillas de estar en casa, la bata y el pijama. Pero aquellos eran otros tiempos.

Arde París... ¡arde!, París
Dice mi madre que es de bien nacido el ser agradecido, por tanto, el que mal hace su parte saca. Cómo me gusta hacer uso de nuestro refranero... Si no quieres caldo, toma tres tazas... en este caso, cuatro; la cuarta vez consecutiva que Nadal hace brillar el sol en el plomizo cielo de París. La cuarta vez consecutiva que los franceses se tragan su orgullo al son del himno español. Una azaña más del coraje español, de la fuerza mental, de la deportividad, de la proeza, de la inteligencia y de una izquierda diestra con la precisión de un obús teledirigido. ¡Cómo he disfrutado!, no por ver a Federer rendido a la evidencia en un mal día que le ha hecho jugar el peor partido de todo el torneo, precisamente hoy y, fatídicamente, frente a nuestro monstruo sobre tierra batida, sino por ver esa copa -la que todo francés desea ver en manos de cualquiera que no sea español- en brazos del que ya es uno de los mejores tenistas de la historia.
Hoy la pista se volcaba ante un Federer irreconocible, que dos días antes apeaba del torneo a la última esperanza francesa: Monfils, que a su vez apeó a nuestro Ferrer, pero así es el juego. Sólo le hubiese faltado a Nadal haber sido él quien hubiese eliminado al francés... para qué hubiésemos querido más... Pero es difícil abatir la moral de nuestro gigante. Y hoy, con estos falsetes gabachos en contra -y es que lo de "Curro Jiménez" no nos lo perdonarán en la vida-, que aplaudían a rabiar cada punto del suizo, con la esperanza de que remontara un vuelo que nunca llegó, sobre la tierra batida de París se ha deslizado, como en pista sobre hielo, la magia de un español, sí señor, ¡¡¡con dos cojones!!!
Ahí queda eso, París... Vuestras palmas han ardido, resignadas, para aplaudirle a él, al mejor, al grande entre los grandes, a Rafael Nadal.
Joer, ¡qué a gusto me he quedao...! ¡Cómo no iba a dedicarle un post a mi admiradísimo Rafita y a su gran azaña: su cuarta conquista de París sin más arma que una raqueta! ¡Maravilloso!

Hoy la pista se volcaba ante un Federer irreconocible, que dos días antes apeaba del torneo a la última esperanza francesa: Monfils, que a su vez apeó a nuestro Ferrer, pero así es el juego. Sólo le hubiese faltado a Nadal haber sido él quien hubiese eliminado al francés... para qué hubiésemos querido más... Pero es difícil abatir la moral de nuestro gigante. Y hoy, con estos falsetes gabachos en contra -y es que lo de "Curro Jiménez" no nos lo perdonarán en la vida-, que aplaudían a rabiar cada punto del suizo, con la esperanza de que remontara un vuelo que nunca llegó, sobre la tierra batida de París se ha deslizado, como en pista sobre hielo, la magia de un español, sí señor, ¡¡¡con dos cojones!!!
Ahí queda eso, París... Vuestras palmas han ardido, resignadas, para aplaudirle a él, al mejor, al grande entre los grandes, a Rafael Nadal.
Joer, ¡qué a gusto me he quedao...! ¡Cómo no iba a dedicarle un post a mi admiradísimo Rafita y a su gran azaña: su cuarta conquista de París sin más arma que una raqueta! ¡Maravilloso!

El salto (Capítulo VII)
Últimamente, su escenario nocturno era una eterna cortina de agua. Finísima lluvia que acababa calándole hasta los huesos y le obligaba a abandonar su palco y meterse en la cama, desnudo y aterido de frío. Era una sensación única e indescriptible la que sentía, envuelto entre sábanas quietas, hasta entrar en calor. Era como salir de un estado de hibernación; el corazón se aceleraba y los latidos retumbaban en su torax que ahogaba el endemoniado eco...bumbum... bumbum...bumbum... La sangre retornaba a los confines de su cuerpo insensible por el frío y la vasodilatación producía un cosquilleo, a la vez que un placentero dolor, en sus manos y sus pies. El vello se erizaba y su pene emergía como acero incandescente, deseando ser abrazado y desbordarse fuere como fuere. Era como volver a la vida sin haber muerto. Era su resurrección.
El espectador de la noche contemplaba ahora su escenario desde su privilegiado palco acristalado. Al lado, una mesa con un ordenador apagado y un cenicero, aunque él no fumaba, sólo lo hacía de vez en cuando. Una noche más, las aceras, bañadas por el agua, resplancedían con brillo opaco a la luz de las farolas. La lluvia había cesado. Por la calle no había más transeúnte que un gato sin tejado -son esas cosas terribles que suceden en las ciudades- Abrió la ventana y apoyó los codos en su aféizar. Respiró el aire húmedo y excepcionalmente limpio, al menos por unas horas, hasta que los tubos de escape de los coches se encargaran de volver a intoxicarlo. Observó al felino, pardo, como todos los gatos en la noche, merodeando de puerta en puerta. Era gato callejero, con toda seguridad un superviviente de cloacas y contenedores de basura. Husmeaba y continuaba camino con el rabo alzado.
Miró al final de la calle, desde donde se aproximaban voces y risas y dos siluetas de mujer, una más alta que la otra, ambas sobre plataformas que alargaban sus piernas y acortaban sus toscos pasos. Las dos con sendas minifaldas de una cuarta por debajo de la cadera, o dos cuartas por encima de las rodillas. Las dos con camisetas ajustadas y generosos escotes. Ambas de piel blanca como la Inmaculada. Una rubia y la otra pelirroja. De labios rojos y risa escandolosa.
"¡Oye, guapo!, ¿qué haces ahí? ¿No puedes dormir?, pues vente con nosotras".
"Lo siento, princesas, tendrá que ser otro día. No es por inapetencia, es más bien pereza".
"¡Princesas!, nos ha llamado princesas..." Las dos estallaron en un ataque de risa. Sus pies sobre las enormes plataformas perdieron el equilibrio. Se sujetaron la una a la otra y, en un alarde de destreza motriz, no llegaron a besar el suelo.
"Oye, príncipe..." dijo ahora la más baja y pelirroja, "... no te arrepentirás, te lo aseguro. Es que el negocio va fatal, ya sabes, la crisis ha llegado a todos los sectores, a los privados y a nosotras, las públicas... a las privadas todavía les va bien". Reían a carcajadas, con la desvergüenza propia del que siente que nada tiene ya que perder cuando todo está perdido. Prosiguió: "Te propongo un barato: por cincuenta euros nos tendrás a las dos en un ménage à trois inolvidable... ¿qué nos dices?".
Una tímida sombra, tirada por un perro, se aproximaba a las dos mujeres. Ellas desviaron su atención de la ventana de aquel sexto piso y atraparon a la presa entre sus brazos. "Dinos, chiquitín, ¿necesitas algo?" El hombre frenaba al can, al tiempo que se escusaba e intentaba escabullirse del inesperado ataque. "Perdonen, señoritas, pero llevo prisa... Sólo he sacado a pasear a Satanás. ¡Satanás!, quieto, Satanás... maldito chucho. Además, ¿no ven el cielo?, parece que volverá a llover y ustedes no deberían estar en la calle a estas horas y tan desabrigadas". El hombre carraspeó y recolocó sus lentes. "Ahora, si son tan amables, déjennos pasar. Vamos, Satanás". Y pidiendo disculpas, tímidamente retomó su marcha. Aceleraba su paso a medida que se alejaba, contoneando caderas, como si de una escultura praxiteliana que hubiese cobrado vida se tratara y, por fin, llegó al final de la bocacalle, entró en su portal, subió a un 4º E sin ascensor y abrió la puerta con tres vueltas de llave. Hombre y perro recorrieron el largo y estrecho pasillo de tarima flotante. Abrió la puerta de la terracilla y allí ató a Satanás, ordenándole que guardara silencio. Fue hasta el dormitorio, se desnudó y se escurrió entre las sábanas quedándose quieto. En la penumbra, dos siluetas sobre la misma cama, espalda contra espalda. "Joaquín, es la última vez que salgo de noche con este chucho caprichoso, que mee y cague antes de acostarse". "Jodido maricón... para una vez que lo haces... ya lo haré yo. Duérmete". Y volteándose, se aferró al pecho de su amante, se impregnó de su olor y besó su cuello y, en la quietud de aquella alcoba, susurró su nombre.
Dos mujeres reían, pidiéndose disculpas la una a la otra por ser tan putas y llamándose de usted y señorita. Se agarraron del brazo y buscaron al del sexto.
"Hasta otro día, guapo, y no sabes lo que te pierdes".
"Sí, sí lo sé. Adios, princesas, y mucha suerte."
"¿Suerte?..." Siguieron riendo. "¿Y quién necesita suerte? lo que buscamos es otra cosita, querido, pero gracias de todos modos. Ya sabes, si nos necesitas, en el pub Anhelos... Hoy es que tenemos la noche libre". Y sin dejar de vociferar y reír, continuaron camino hasta perderse en las sombras de la gran avenida que conducía hasta el parque.
Comenzó a llover, primero con timidez, después con decisión y, por último, con insolencia. Una noche más, el cielo era un oscuro mar boca abajo. Una noche más, la vida se paseaba de puntillas, o sobre plataformas, entre las sombras de la gran ciudad.
El espectador de la noche contemplaba ahora su escenario desde su privilegiado palco acristalado. Al lado, una mesa con un ordenador apagado y un cenicero, aunque él no fumaba, sólo lo hacía de vez en cuando. Una noche más, las aceras, bañadas por el agua, resplancedían con brillo opaco a la luz de las farolas. La lluvia había cesado. Por la calle no había más transeúnte que un gato sin tejado -son esas cosas terribles que suceden en las ciudades- Abrió la ventana y apoyó los codos en su aféizar. Respiró el aire húmedo y excepcionalmente limpio, al menos por unas horas, hasta que los tubos de escape de los coches se encargaran de volver a intoxicarlo. Observó al felino, pardo, como todos los gatos en la noche, merodeando de puerta en puerta. Era gato callejero, con toda seguridad un superviviente de cloacas y contenedores de basura. Husmeaba y continuaba camino con el rabo alzado.
Miró al final de la calle, desde donde se aproximaban voces y risas y dos siluetas de mujer, una más alta que la otra, ambas sobre plataformas que alargaban sus piernas y acortaban sus toscos pasos. Las dos con sendas minifaldas de una cuarta por debajo de la cadera, o dos cuartas por encima de las rodillas. Las dos con camisetas ajustadas y generosos escotes. Ambas de piel blanca como la Inmaculada. Una rubia y la otra pelirroja. De labios rojos y risa escandolosa.
"¡Oye, guapo!, ¿qué haces ahí? ¿No puedes dormir?, pues vente con nosotras".
"Lo siento, princesas, tendrá que ser otro día. No es por inapetencia, es más bien pereza".
"¡Princesas!, nos ha llamado princesas..." Las dos estallaron en un ataque de risa. Sus pies sobre las enormes plataformas perdieron el equilibrio. Se sujetaron la una a la otra y, en un alarde de destreza motriz, no llegaron a besar el suelo.
"Oye, príncipe..." dijo ahora la más baja y pelirroja, "... no te arrepentirás, te lo aseguro. Es que el negocio va fatal, ya sabes, la crisis ha llegado a todos los sectores, a los privados y a nosotras, las públicas... a las privadas todavía les va bien". Reían a carcajadas, con la desvergüenza propia del que siente que nada tiene ya que perder cuando todo está perdido. Prosiguió: "Te propongo un barato: por cincuenta euros nos tendrás a las dos en un ménage à trois inolvidable... ¿qué nos dices?".
Una tímida sombra, tirada por un perro, se aproximaba a las dos mujeres. Ellas desviaron su atención de la ventana de aquel sexto piso y atraparon a la presa entre sus brazos. "Dinos, chiquitín, ¿necesitas algo?" El hombre frenaba al can, al tiempo que se escusaba e intentaba escabullirse del inesperado ataque. "Perdonen, señoritas, pero llevo prisa... Sólo he sacado a pasear a Satanás. ¡Satanás!, quieto, Satanás... maldito chucho. Además, ¿no ven el cielo?, parece que volverá a llover y ustedes no deberían estar en la calle a estas horas y tan desabrigadas". El hombre carraspeó y recolocó sus lentes. "Ahora, si son tan amables, déjennos pasar. Vamos, Satanás". Y pidiendo disculpas, tímidamente retomó su marcha. Aceleraba su paso a medida que se alejaba, contoneando caderas, como si de una escultura praxiteliana que hubiese cobrado vida se tratara y, por fin, llegó al final de la bocacalle, entró en su portal, subió a un 4º E sin ascensor y abrió la puerta con tres vueltas de llave. Hombre y perro recorrieron el largo y estrecho pasillo de tarima flotante. Abrió la puerta de la terracilla y allí ató a Satanás, ordenándole que guardara silencio. Fue hasta el dormitorio, se desnudó y se escurrió entre las sábanas quedándose quieto. En la penumbra, dos siluetas sobre la misma cama, espalda contra espalda. "Joaquín, es la última vez que salgo de noche con este chucho caprichoso, que mee y cague antes de acostarse". "Jodido maricón... para una vez que lo haces... ya lo haré yo. Duérmete". Y volteándose, se aferró al pecho de su amante, se impregnó de su olor y besó su cuello y, en la quietud de aquella alcoba, susurró su nombre.
Dos mujeres reían, pidiéndose disculpas la una a la otra por ser tan putas y llamándose de usted y señorita. Se agarraron del brazo y buscaron al del sexto.
"Hasta otro día, guapo, y no sabes lo que te pierdes".
"Sí, sí lo sé. Adios, princesas, y mucha suerte."
"¿Suerte?..." Siguieron riendo. "¿Y quién necesita suerte? lo que buscamos es otra cosita, querido, pero gracias de todos modos. Ya sabes, si nos necesitas, en el pub Anhelos... Hoy es que tenemos la noche libre". Y sin dejar de vociferar y reír, continuaron camino hasta perderse en las sombras de la gran avenida que conducía hasta el parque.
Comenzó a llover, primero con timidez, después con decisión y, por último, con insolencia. Una noche más, el cielo era un oscuro mar boca abajo. Una noche más, la vida se paseaba de puntillas, o sobre plataformas, entre las sombras de la gran ciudad.
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