Diálogos de dos locas bajitas
SOBRE ANATOMIA, REPRODUCCIÓN, CÉLULAS O BICHOS Y OTRAS EXTRAÑAS ESPECIES O FENÓMENOS.
- Oye, Carol...
- No me llames Carol.
- Vale. Oye, Carolina, necesito saber una cosa intrigosa y preocupante... lo necesito para formar el total.
- Mmmm, que misteriosa te pones... dispara.
- En Cono, la seño nos ha explicado cómo se reproducen los mamíferos y los seres humanos.
- Claro, los humanos somos mamíferos...
- No me interrumpas, bonita, esto necesita de una breve introducción para llegar al meollo... Nos ha explicado lo del bichito ese que tiene un rabito que se mueve como el de una lagartija cuando se lo cortas y que se parece a un renacuajo... También nos ha dicho que el renacuajo en cuestión va viento en popa, a toda vela, en busca de una célula redondita y que juega al escondite, parecida a una bola de queso de Matutano, y que se da de tortas contra la pared de la bolita propiamente dicha, hasta que consigue entrar el más super-rena de todos. Entonces es cuando esa unión tan simple y tan tonta entre un renacuajo y un cheto empieza a transformarse en dos ojos con mucha cabeza, y muchas venas y huesos transparentes, de aspecto un poco asquerosillo, hasta que...
- Conchita, al grano, monina, que no tengo todo el día.
- Pero que borde... Tú lo has querido, hala, de sopetón... ¿Cómo ha llegado el renacuajo allí? Ya sabemos que a los niños no los trae nadie de París, y que lo de las cigüeñas ha sido la mentira más grande de la historia depués de lo del ratoncito Pérez, y lo de la semillita es la metáfora de lo que la seño nos han explicado del renacuajito y la bola de cheto. Pero nadie nos ha dicho como llega el renacuajo allí... Si la célula redondita está dentro, pero dentro dentro, de la barriga de las chicas, ¿cómo llega el renacuajo allí? Esa es la respuesta que me falta para completar el total.
- Schsssss... calla, insensata, ¿o quieres que nos oiga todo el mundo...? Acércate.
- ¿Y por qué bajas la voz y te metes entre las sábanas?
- ¡Métete tú también! y prométeme que no le contarás a nadie lo que te voy a contar, es un secreto del que sólo se habla en los váteres del cole... prométemelo por tu osito de peluche.
- Te lo prometo. Espera que me arropo la cabeza yo también y pongo ojos como platos... Ya, dispara.
- Pues creo que lo de los chicos no solo sirve para hacer pis...
- ¿Te refieres a...?
- A eso, sí.
- ¡No!
- Sí.
- ¿Y cómo?
- Es un arma letal, parece que no siempre tiene esa consistencia blandengue y alicaída... Es otro gran misterio de la naturaleza...
- Ahhhh...
- A veces, se pone muy, pero que muy duro, y se agranda hasta límites insospechados, más de cien veces su tamaño -bueno, tal vez exagero, pero seguro que noventa y nueve sí-, y ahí es cuando aprovechan para entrar por ese pasadizo oscuro y resbaladizo, -ése que nos explicó mamá que por ahí salíamos los bebés, ¿te acuerdas?- y entonces es cuando, en un serio problema de indecisión -los chicos en sí mismos son un serio problema de indecisión- sobre que si entro, que si salgo, que si entro, que si salgo, que si vuelvo a entrar, todos los renacuajos se vierten allí, y después vuelve a ser... ¡Conchita!...¡Conchita!... ¿qué te pasa?, estás amarilla.
- No lo sé, creo que estoy a punto de desmayarme, no puedo respirar... y se me ha puesto un extraño dolor de cabeza, ¿será un ataque de angustia vital?
- Lo sabía, sabía que sería más traumático que lo del beso con lengua.
- No, si no pasa nada. Ahora que ya lo sé, no volveré a mirar a los chicos a la cara, sólo a la entrepierna, y a la más mínima muestra de crecimiento, ¡zas!, una patada certera.
- Pero qué bruta eres, bonita, ¿te creerás que eso se pone así en cualquier parte? Ese fenómeno sólo sucede en la intimidad y si los dos quieren tener niños... si no quieres tener niños, ¿para qué?, digo yo.
- Me da igual, yo la patada la tendré siempre en posición de salida, por si acaso, además, creo que tú no te has enterado bien del asunto... ¿tú estás segura de que eso no se pone así en cualquier parte y sin que uno sea dueño de su persona? Porque ese extraño fenómeno de esa parte de los chicos puede que esté relacionado con una traslación del cerebro a esa parte del cuerpo que la haga actuar como un ente independiente... raro, pero posible, ¿no crees? Ahora es todo una duda, estoy hecha un lío.
- No lo sé, pero yo creo que todo este embrollo mejor que nos lo resuelva papá...
- Eso, mejor se lo preguntamos a papá.
¡¡¡Papá!!!
- Oye, Carol...
- No me llames Carol.
- Vale. Oye, Carolina, necesito saber una cosa intrigosa y preocupante... lo necesito para formar el total.
- Mmmm, que misteriosa te pones... dispara.
- En Cono, la seño nos ha explicado cómo se reproducen los mamíferos y los seres humanos.
- Claro, los humanos somos mamíferos...
- No me interrumpas, bonita, esto necesita de una breve introducción para llegar al meollo... Nos ha explicado lo del bichito ese que tiene un rabito que se mueve como el de una lagartija cuando se lo cortas y que se parece a un renacuajo... También nos ha dicho que el renacuajo en cuestión va viento en popa, a toda vela, en busca de una célula redondita y que juega al escondite, parecida a una bola de queso de Matutano, y que se da de tortas contra la pared de la bolita propiamente dicha, hasta que consigue entrar el más super-rena de todos. Entonces es cuando esa unión tan simple y tan tonta entre un renacuajo y un cheto empieza a transformarse en dos ojos con mucha cabeza, y muchas venas y huesos transparentes, de aspecto un poco asquerosillo, hasta que...
- Conchita, al grano, monina, que no tengo todo el día.
- Pero que borde... Tú lo has querido, hala, de sopetón... ¿Cómo ha llegado el renacuajo allí? Ya sabemos que a los niños no los trae nadie de París, y que lo de las cigüeñas ha sido la mentira más grande de la historia depués de lo del ratoncito Pérez, y lo de la semillita es la metáfora de lo que la seño nos han explicado del renacuajito y la bola de cheto. Pero nadie nos ha dicho como llega el renacuajo allí... Si la célula redondita está dentro, pero dentro dentro, de la barriga de las chicas, ¿cómo llega el renacuajo allí? Esa es la respuesta que me falta para completar el total.
- Schsssss... calla, insensata, ¿o quieres que nos oiga todo el mundo...? Acércate.
- ¿Y por qué bajas la voz y te metes entre las sábanas?
- ¡Métete tú también! y prométeme que no le contarás a nadie lo que te voy a contar, es un secreto del que sólo se habla en los váteres del cole... prométemelo por tu osito de peluche.
- Te lo prometo. Espera que me arropo la cabeza yo también y pongo ojos como platos... Ya, dispara.
- Pues creo que lo de los chicos no solo sirve para hacer pis...
- ¿Te refieres a...?
- A eso, sí.
- ¡No!
- Sí.
- ¿Y cómo?
- Es un arma letal, parece que no siempre tiene esa consistencia blandengue y alicaída... Es otro gran misterio de la naturaleza...
- Ahhhh...
- A veces, se pone muy, pero que muy duro, y se agranda hasta límites insospechados, más de cien veces su tamaño -bueno, tal vez exagero, pero seguro que noventa y nueve sí-, y ahí es cuando aprovechan para entrar por ese pasadizo oscuro y resbaladizo, -ése que nos explicó mamá que por ahí salíamos los bebés, ¿te acuerdas?- y entonces es cuando, en un serio problema de indecisión -los chicos en sí mismos son un serio problema de indecisión- sobre que si entro, que si salgo, que si entro, que si salgo, que si vuelvo a entrar, todos los renacuajos se vierten allí, y después vuelve a ser... ¡Conchita!...¡Conchita!... ¿qué te pasa?, estás amarilla.
- No lo sé, creo que estoy a punto de desmayarme, no puedo respirar... y se me ha puesto un extraño dolor de cabeza, ¿será un ataque de angustia vital?
- Lo sabía, sabía que sería más traumático que lo del beso con lengua.
- No, si no pasa nada. Ahora que ya lo sé, no volveré a mirar a los chicos a la cara, sólo a la entrepierna, y a la más mínima muestra de crecimiento, ¡zas!, una patada certera.
- Pero qué bruta eres, bonita, ¿te creerás que eso se pone así en cualquier parte? Ese fenómeno sólo sucede en la intimidad y si los dos quieren tener niños... si no quieres tener niños, ¿para qué?, digo yo.
- Me da igual, yo la patada la tendré siempre en posición de salida, por si acaso, además, creo que tú no te has enterado bien del asunto... ¿tú estás segura de que eso no se pone así en cualquier parte y sin que uno sea dueño de su persona? Porque ese extraño fenómeno de esa parte de los chicos puede que esté relacionado con una traslación del cerebro a esa parte del cuerpo que la haga actuar como un ente independiente... raro, pero posible, ¿no crees? Ahora es todo una duda, estoy hecha un lío.
- No lo sé, pero yo creo que todo este embrollo mejor que nos lo resuelva papá...
- Eso, mejor se lo preguntamos a papá.
¡¡¡Papá!!!
Sara
Nos aproximábamos a la rotonda de El Molinillo. Mi compañero y yo elucubrábamos sobre lo que nos encontraríamos allí. El aviso del 112 era inespecífico, ambiguo y sin mucha información al respecto, sólo sabíamos que una mujer de treinta y dos años, que padecía esquizofrenia, se encontraba sola en la gasolinera sita en esa rotonda y que, según la persona que avisó al 112 (su madre), no había tomado su medicación habitual y solicitaba que fuese atendida.
A escasos metros del lugar, escudriñé todo lo que mi campo visual era capaz de alcanzar... sólo encontré al gasolinero, al que conozco como paciente del Centro, a un pintor que rotulaba el frontal de los surtidores y a una mujer que saltaba, de un lado para otro, entre las pequeñas zonas ajardinadas que rodean, y separan, la gasolinera de la gran rotonda.
"Ésa va a ser", dije a mi compañero.
Cuando llegamos a su altura, bajé la ventanilla unos cuatro centímetros y sus manos se asieron al cristal como el náufrago al único resto de su naufragio. "¿Son ustedes los que me van a ayudar? ¿Me van a llevar a Madrid?" Esas fueron sus dos frases, demandantes y desesperadas, antes de que nos identificásemos y antes de identificarse.
"Hola, ¿tú eres Sara -no recuerdo sus apellidos ahora, ayer sí los recordaba porque los llevaba escritos en un papel-?" Ella asintió con la cabeza, con premura, y añadió un pero y, de nuevo, su interrogante: "pero, ¿son ustedes los que me van a llevar a Madrid?"
Quería subirse al coche a toda consta. La convencimos para que nos dejase aparcar y poder hablar con ella, con tranquilidad. El bar de la gasolinera había cerrado (no sé si para que ella no estuviese dentro o porque era su hora de cierre), en él había tomado un café, era lo único que había tomado en todo el día. Vestía mallas negras, camiseta negra, chaqueta negra de Mango (colgaban las letras MNG en un apéndice de su cremallera) y otra chaqueta verde caza encima de ésta. Su pelo, largo y moreno. Su aspecto general era como el de alguien que no ha dormido en toda la noche y no ha tenido ocasión de lavarse la cara, ni de peinarse, el aspecto de quien no ha tenido tiempo de despejarse... de quien no ha despertado en su cama, en su casa, en su rutina diaria... el aspecto de quien ha perdido el norte de su propia vida y, en medio del aturdimiento y la desorientación, sólo desea volver a ella.
Volver a Madrid, eso quería Sara.
LLevaba una bolsa de plástico con un arsenal de pastillas que inspeccionamos con sumo cuidado. Ella aseguró haberse tomado todo debidamente. Nos contó que había llegado allí con un chico, su novio, que habían discutido y él se había marchado... "Ha pasao de mí", dijo. Su relato, en el que iba y venía reiteradamente sobre la misma idea, y en el que afirmaba que su novio estaba loco y que tenía un plan para matarla a ella y a su hermano, era interrumpido una y otra vez por la misma pregunta: ¿Me van a llevar a Madrid? De repente, calló. Nos miró. Le pregunté qué tal se encontraba... me preguntó cómo me llamaba, sin contestar a mi pregunta. Respondí a la suya. "Ya no te acuerdas cómo me llamo yo, ¿a que no?", me dijo. "Sara", le dije. Me sonrió desde su particular trapecio en el que su mente la había subido y en el que ella no dejaba de columpiarse.
Le pregunté si su madre podría venir a por ella, dijo que no, que su madre vivía en no sé qué pueblo con su actual pareja. A su padre no lo mencionó. Su hermano estaba en Madrid y no quería saber nada de ella porque la culpaba de no sé qué cosas... Relataba y relataba, como si el tiempo no existiese para ella, tan sólo existía una idea: volver a Madrid. Nosotros estábamos a 17 kilómetros de nuestro Centro de Atención, en medio de un cruce de caminos en donde alguien había apeado a Sara, aunque hacia tiempo que Sara se había apeado del resto del mundo. Sería por eso que a mí se me antojaba que absolutamente todo cuanto la rodeaba permanecía ajeno a ella: un bar de carretera cerrado a las cinco de la tarde, un gasolinero y un pintor que ignoraban su presencia, los coches que iban y venían de Madrid y que ignoraban si ella pertenecía, o no, a aquella jungla a la que anhelaba volver. En aquel lugar que la separaba kilómetros y kilómetros de su casa, sólo un médico y una enfermera escuchábamos su realidad, posiblemente fraguada en su mente enferma, una invención para el resto del mundo, aunque al resto del mundo su invención o su realidad le importase lo más mínimo, ni le importase.
No había problema de salud que resolver... Sara sólo quería volver a Madrid.
Tras quince minutos, aparecía un coche de la guardia civil, también alertados por el 112. Ellos se pondrían en contacto con algún familiar para que fuesen a recogerla, o esa noche dormiría en un albergue de Porzuna y ya se vería qué hacer al día siguiente.
Ella pareció conforme, desconfiada pero conforme... no le quedaba otra, a pesar de su insistencia a los señores policias (así los llamó varias veces) de que fuesen ellos quienes la llevasen a Madrid. Agradecimos su ayuda a los guardia civiles, nos despedimos de Sara, asegurándole que los amables señores policias la ayudarían en lo que estuviese en su mano.
Volvemos a nuestro punto de Atención y, desde hace unos kilómetros, llueve, y un precioso arcoiris salta la carretera de lado a lado, en medio de un cielo plomizo en donde un rayo de sol ha irrumpido, abriéndose paso entre dos nubes, sin que el dios de la lluvia le haya invitado, haciendo posible el maravilloso espectáculo.
Hoy sólo recuerdo que se llama Sara, y espero que la niña que nunca quiso ser princesa esté a salvo en su Madrid.
A escasos metros del lugar, escudriñé todo lo que mi campo visual era capaz de alcanzar... sólo encontré al gasolinero, al que conozco como paciente del Centro, a un pintor que rotulaba el frontal de los surtidores y a una mujer que saltaba, de un lado para otro, entre las pequeñas zonas ajardinadas que rodean, y separan, la gasolinera de la gran rotonda.
"Ésa va a ser", dije a mi compañero.
Cuando llegamos a su altura, bajé la ventanilla unos cuatro centímetros y sus manos se asieron al cristal como el náufrago al único resto de su naufragio. "¿Son ustedes los que me van a ayudar? ¿Me van a llevar a Madrid?" Esas fueron sus dos frases, demandantes y desesperadas, antes de que nos identificásemos y antes de identificarse.
"Hola, ¿tú eres Sara -no recuerdo sus apellidos ahora, ayer sí los recordaba porque los llevaba escritos en un papel-?" Ella asintió con la cabeza, con premura, y añadió un pero y, de nuevo, su interrogante: "pero, ¿son ustedes los que me van a llevar a Madrid?"
Quería subirse al coche a toda consta. La convencimos para que nos dejase aparcar y poder hablar con ella, con tranquilidad. El bar de la gasolinera había cerrado (no sé si para que ella no estuviese dentro o porque era su hora de cierre), en él había tomado un café, era lo único que había tomado en todo el día. Vestía mallas negras, camiseta negra, chaqueta negra de Mango (colgaban las letras MNG en un apéndice de su cremallera) y otra chaqueta verde caza encima de ésta. Su pelo, largo y moreno. Su aspecto general era como el de alguien que no ha dormido en toda la noche y no ha tenido ocasión de lavarse la cara, ni de peinarse, el aspecto de quien no ha tenido tiempo de despejarse... de quien no ha despertado en su cama, en su casa, en su rutina diaria... el aspecto de quien ha perdido el norte de su propia vida y, en medio del aturdimiento y la desorientación, sólo desea volver a ella.
Volver a Madrid, eso quería Sara.
LLevaba una bolsa de plástico con un arsenal de pastillas que inspeccionamos con sumo cuidado. Ella aseguró haberse tomado todo debidamente. Nos contó que había llegado allí con un chico, su novio, que habían discutido y él se había marchado... "Ha pasao de mí", dijo. Su relato, en el que iba y venía reiteradamente sobre la misma idea, y en el que afirmaba que su novio estaba loco y que tenía un plan para matarla a ella y a su hermano, era interrumpido una y otra vez por la misma pregunta: ¿Me van a llevar a Madrid? De repente, calló. Nos miró. Le pregunté qué tal se encontraba... me preguntó cómo me llamaba, sin contestar a mi pregunta. Respondí a la suya. "Ya no te acuerdas cómo me llamo yo, ¿a que no?", me dijo. "Sara", le dije. Me sonrió desde su particular trapecio en el que su mente la había subido y en el que ella no dejaba de columpiarse.
Le pregunté si su madre podría venir a por ella, dijo que no, que su madre vivía en no sé qué pueblo con su actual pareja. A su padre no lo mencionó. Su hermano estaba en Madrid y no quería saber nada de ella porque la culpaba de no sé qué cosas... Relataba y relataba, como si el tiempo no existiese para ella, tan sólo existía una idea: volver a Madrid. Nosotros estábamos a 17 kilómetros de nuestro Centro de Atención, en medio de un cruce de caminos en donde alguien había apeado a Sara, aunque hacia tiempo que Sara se había apeado del resto del mundo. Sería por eso que a mí se me antojaba que absolutamente todo cuanto la rodeaba permanecía ajeno a ella: un bar de carretera cerrado a las cinco de la tarde, un gasolinero y un pintor que ignoraban su presencia, los coches que iban y venían de Madrid y que ignoraban si ella pertenecía, o no, a aquella jungla a la que anhelaba volver. En aquel lugar que la separaba kilómetros y kilómetros de su casa, sólo un médico y una enfermera escuchábamos su realidad, posiblemente fraguada en su mente enferma, una invención para el resto del mundo, aunque al resto del mundo su invención o su realidad le importase lo más mínimo, ni le importase.
No había problema de salud que resolver... Sara sólo quería volver a Madrid.
Tras quince minutos, aparecía un coche de la guardia civil, también alertados por el 112. Ellos se pondrían en contacto con algún familiar para que fuesen a recogerla, o esa noche dormiría en un albergue de Porzuna y ya se vería qué hacer al día siguiente.
Ella pareció conforme, desconfiada pero conforme... no le quedaba otra, a pesar de su insistencia a los señores policias (así los llamó varias veces) de que fuesen ellos quienes la llevasen a Madrid. Agradecimos su ayuda a los guardia civiles, nos despedimos de Sara, asegurándole que los amables señores policias la ayudarían en lo que estuviese en su mano.
Volvemos a nuestro punto de Atención y, desde hace unos kilómetros, llueve, y un precioso arcoiris salta la carretera de lado a lado, en medio de un cielo plomizo en donde un rayo de sol ha irrumpido, abriéndose paso entre dos nubes, sin que el dios de la lluvia le haya invitado, haciendo posible el maravilloso espectáculo.
Hoy sólo recuerdo que se llama Sara, y espero que la niña que nunca quiso ser princesa esté a salvo en su Madrid.
Armas de mujer
Tras el estrepitoso fracaso del Plan "A", puse en marcha el Plan "B". El Plan "A" consistió en lógicas argumentaciones que naufragaron, una tras otra, en el decepcionante mar del adverbio de negación.
Mi objetivo: Un ansiado viaje por Europa.
La eterna negativa y la excusa de que "ya habrá tiempo de viajar al extranjeroy de que en la península hay mucho por ver y repetir", me obligaban a buscar razones -de lo más razonables- para conseguir mi propósito (a mí, a cabezona sólo me gana mi hermana, ya lo he dicho en alguna ocasión)... "Vamos, hombre, ¿es que entre col y col, no puede ser una lechuga? Mañana, Madrid, y al otro, París... Además, cuanto más mayores seamos, peor. Tú no te imaginas lo que ocupan las Tena Lady en la maleta... mucho más que las extraplanas de Evax y los tampones. No te quiero ni contar lo incómodo que resulta ir pendiente de tomar tu medicación correspondiente (sé de buena tinta que siempre se termina olvidando alguna); el diurético antihipertensivo de por la mañana, que no te permite retirarte ¡en tres horas! del WC más cercano, la pastillita del azucar al medio día... ¡veinte minutos antes de empezar a comer!... y si hubiera una larga cola en el comedor, ¿qué?... hipoglucemia segura, y habría que andar a caminos y carreras por algún centro hospitalario en el extranjero... y a saber cómo nos atiendan, das con un House y te diagnostica lo que no tengas... quita, hombre. No te digo nada si tienes que llevarte el Duphalac, que ya sabes tú que esa cuestión se altera cuando se sale de casa, y cuanto más mayor, más riesgo de estreñimiento... En el extranjero y estriñido...
Yo sé que la verdadera razón es el pánico al gigantesco pájaro de acero a muchos pies de altura, y no saber más idioma que el castellano, con el consiguiente problema de no hacernos entender. Esto último no es insalvable, ¡con lo bien que se me da a mí el lenguaje de los signos!, si es herencia de familia eso de la escenificación cuando contamos algo, o sea, que sin problemas. Me ofrezco voluntaria para convertirme en hija de un dios menor, como Mecano en Nueva York, cuantas veces sea necesario. Sólo necesito un plano de la ciudad, un circulito en cada lugar a visitar, un transeúnte o policía simpático, mi dedo índice y mi desparpajo expresivo. En el peor de los casos, siempre terminaríamos en Roma, por aquello de que todos los caminos conducen allí.
Lo del avión se arregla con un Diazepam en la zona de embarque y, hala, a volar por el maravilloso mundo de Morfeo.
Dado el extraño fenómeno de hipoacusia severa transitoria, o síndrome autista, de mi receptor al tocar el tema, decidí pasar al plan "B": contraataque con mis armas de mujer.
"Cielito (quien me conoce sabe que yo no soy amiga de zalamerías verbales), ni te imaginas que Último tango te iba a bailar yo en París... Acuérdate de Salamanca... pues aquello iba a ser de principiantes comparado con lo que allí te espera."
Respuesta: arqueo de ceja (al más puro estilo Sobera) y sonido gutural indescifrable, sin dejar de levantar los ojos de una revista sobre "La enfermería de hoy", que yo nunca leo.
Continuo con mi ataque, para terminar de minarlo, que yo sé que se tambalea, aunque lo disimula estupendamente..: "¿Te imaginas una habitación de hotel, con vistas a la Plaza de San Marcos? ¡Venecia!... es inexcusable un viajecito a Venecia antes de que termine como la Atlántida... ¿No sabes que el cambio climático está acelerando su hundimiento bajo el agua? Pues el numerito de Nueve semanas y media de la Basinger va a ser una tontería comparado con el que yo te voy a montar entre cortina y cortina... Y después, fresas con nata..." Ahí creo apuntillarlo definitivamente.
Respuesta: Ligero carraspeo de garganta, para después recordarme que en el frigorífico de casa también hay fresas, y que no hace falta irse tan lejos para hacer uso de ellas... ni de la nata...
Conclusión: El tango y el numerito entre cortinas, aunque sea sin fresas y sin nata, lo llevaré a cabo en una habitación, maravillosa también, de un céntrico hotel cacereño el próximo fin de semana. Además, el extremeño creo dominarlo más o menos bien.
Mientras tanto, ya estoy dándole vueltas al Plan "C".
Mi objetivo: Un ansiado viaje por Europa.
La eterna negativa y la excusa de que "ya habrá tiempo de viajar al extranjeroy de que en la península hay mucho por ver y repetir", me obligaban a buscar razones -de lo más razonables- para conseguir mi propósito (a mí, a cabezona sólo me gana mi hermana, ya lo he dicho en alguna ocasión)... "Vamos, hombre, ¿es que entre col y col, no puede ser una lechuga? Mañana, Madrid, y al otro, París... Además, cuanto más mayores seamos, peor. Tú no te imaginas lo que ocupan las Tena Lady en la maleta... mucho más que las extraplanas de Evax y los tampones. No te quiero ni contar lo incómodo que resulta ir pendiente de tomar tu medicación correspondiente (sé de buena tinta que siempre se termina olvidando alguna); el diurético antihipertensivo de por la mañana, que no te permite retirarte ¡en tres horas! del WC más cercano, la pastillita del azucar al medio día... ¡veinte minutos antes de empezar a comer!... y si hubiera una larga cola en el comedor, ¿qué?... hipoglucemia segura, y habría que andar a caminos y carreras por algún centro hospitalario en el extranjero... y a saber cómo nos atiendan, das con un House y te diagnostica lo que no tengas... quita, hombre. No te digo nada si tienes que llevarte el Duphalac, que ya sabes tú que esa cuestión se altera cuando se sale de casa, y cuanto más mayor, más riesgo de estreñimiento... En el extranjero y estriñido...
Yo sé que la verdadera razón es el pánico al gigantesco pájaro de acero a muchos pies de altura, y no saber más idioma que el castellano, con el consiguiente problema de no hacernos entender. Esto último no es insalvable, ¡con lo bien que se me da a mí el lenguaje de los signos!, si es herencia de familia eso de la escenificación cuando contamos algo, o sea, que sin problemas. Me ofrezco voluntaria para convertirme en hija de un dios menor, como Mecano en Nueva York, cuantas veces sea necesario. Sólo necesito un plano de la ciudad, un circulito en cada lugar a visitar, un transeúnte o policía simpático, mi dedo índice y mi desparpajo expresivo. En el peor de los casos, siempre terminaríamos en Roma, por aquello de que todos los caminos conducen allí.
Lo del avión se arregla con un Diazepam en la zona de embarque y, hala, a volar por el maravilloso mundo de Morfeo.
Dado el extraño fenómeno de hipoacusia severa transitoria, o síndrome autista, de mi receptor al tocar el tema, decidí pasar al plan "B": contraataque con mis armas de mujer.
"Cielito (quien me conoce sabe que yo no soy amiga de zalamerías verbales), ni te imaginas que Último tango te iba a bailar yo en París... Acuérdate de Salamanca... pues aquello iba a ser de principiantes comparado con lo que allí te espera."
Respuesta: arqueo de ceja (al más puro estilo Sobera) y sonido gutural indescifrable, sin dejar de levantar los ojos de una revista sobre "La enfermería de hoy", que yo nunca leo.
Continuo con mi ataque, para terminar de minarlo, que yo sé que se tambalea, aunque lo disimula estupendamente..: "¿Te imaginas una habitación de hotel, con vistas a la Plaza de San Marcos? ¡Venecia!... es inexcusable un viajecito a Venecia antes de que termine como la Atlántida... ¿No sabes que el cambio climático está acelerando su hundimiento bajo el agua? Pues el numerito de Nueve semanas y media de la Basinger va a ser una tontería comparado con el que yo te voy a montar entre cortina y cortina... Y después, fresas con nata..." Ahí creo apuntillarlo definitivamente.
Respuesta: Ligero carraspeo de garganta, para después recordarme que en el frigorífico de casa también hay fresas, y que no hace falta irse tan lejos para hacer uso de ellas... ni de la nata...
Conclusión: El tango y el numerito entre cortinas, aunque sea sin fresas y sin nata, lo llevaré a cabo en una habitación, maravillosa también, de un céntrico hotel cacereño el próximo fin de semana. Además, el extremeño creo dominarlo más o menos bien.
Mientras tanto, ya estoy dándole vueltas al Plan "C".