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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
En el país de Ingrid Betancourt
La primera sensación, al bajar del avión, fue una bofetada de calor asfixiante y la piel pegajosa y húmeda de súbito. El aire, durante unos segundos, me resultó irrespirable. La segunda impresión fue de intimidación; numerosos soldados, fusil en mano, se repartían por todo el aeropuerto, los mismo que a nuestro regreso a España abrieron nuestras maletas y registraron nuestro equipaje utilizando las manos como cámara escáner. Era la primera vez que viajábamos al extranjero, y allí estaba una señorita, con nuestros nombres escritos en un cartel sobre su cabeza, para conducirnos a un minibús que nos llevaría a nuestro hotel. Durante el recorrido nos fue explicando, a los ocho o diez que íbamos dentro, todos españoles, que no nos separásemos por nada del mundo de nuestros pasaportes y no nos aventurásemos a excursiones fuera de la ciudad por nuestra cuenta, es decir, que los guías de confianza eran los referentes del hotel. Por todo lo demás, la señorita nos deseaba una feliz estancia en aquella maravillosa ciudad, al tiempo que nos comentaba sobre este o aquel edificio que acabábamos de cruzar.
Fuimos fieles a los consejos de nuestra guía, sobre todo en lo que al pasaporte se refirió.
Aún no sé cómo se nos ocurrió la idea dado el poco espíritu aventurero de ambos, tal vez pensamos que qué peligro podía haber en acercarnos a patear esa parte de la ciudad que habíamos visto al trote de una carreta tirada por una yegua percherona días antes. Aquella tarde era la última y durante nueve días habíamos disfrutado de las Islas del Rosario, de sus paradisíacas playas, de un hotel de lujo, de una discoteca exclusiva para clientes, de una deliciosa langosta recien pescada en La Barraquilla, de excursiones en chiva, de paseos en canoa llevada por un nativo a través de los exóticos manglares, de un relajante baño en barro en el crater de un pequeño volcán, de un montón de picotazos de mosquitos semejantes a elefantes voladores -todo hay que decirlo- y de un trato exquisito por parte de botones, recepcionista, camareros, guías y todo cuanto nos rodeaba en aquella burbuja de cristal.
Cartagena de Indias ofrecía el contraste de una urbe de lujo que emergía como un coloso ajena a su lado opuesto, al arrabal de chabolas en donde medio millón de personas vivían en la indigencia, en la más completa ignominia sin merecerlo. Luces y sombras de una gran ciudad.
Con aspecto de turistas despistados y entusiasmados por todo cuanto descubríamos a nuestro paso, nos paseamos por las estrechas calles de edificios de piedra de la Cartagena colonial, de bellísimos balcones y escenarios que nos trasportaban a épocas históricas que reconstruíamos en nuestra imaginación e inmortalizabamos con el objetivo de nuestra cámara. Hombres trajeados nos cogían del brazo y nos empujaban, literalmente e interrumpiendo nuestro paseo, para hacernos entrar en las joyerías, que existían allá en igual número que los bares en España, para ofrecernos oro y esmeraldas a precio de ganga. Niños, vagabundeando por las calles a cualquier hora del día y de la noche, se nos acercaban en grupo, en medio de una algarabia de la que sólo se deducía que querían unos pesos por un paquete de winston de contrabando que te ofrecían hasta metértelo por los ojos. Sorteábamos a los unos y a los otros y lográbamos escurrirnos de todos ellos, no sin esfuerzo. Nuestro paseo continuaba, a pesar de los constantes asaltos de unos y de otros.
Cuando aquella mujer apareció delante de nosotros, mi marido se adelantó un paso y me dejó tras él en un instintivo gesto de protección aún no sabía de qué. La mujer extendía las manos con insistencia hacia nosotros, sobre todo abogaba a mí, a la señora... pedía unos pesos. "Unos pesos para una mujer enferma", repetía... "por caridad"... repetía. Se llevó las manos al pecho y dejó al descubierto uno de sus senos. Atisvé, como pude, por encima del hombro. Lo que aquella mujer dejaba al descubierto horrorizaba. Era una herida repugnante; purulenta, de bordes necrosados, en forma de crater, toda la mama enrojecida e inflamada. Aquello podía ser un cancer de mama en un estadio avanzado, o cualquier otra lesión infectada y no tratada médicamente... sepa Dios. Mi marido apartó la vista, me apartó a mí, me cogió del brazo y echó a andar sin volver la vista atrás, llevándome casi en volandas. Le conozco y sé que unos segundos más le hubiesen hecho caer redondo al suelo. La mujer se quedó maldiciéndonos, echaba pestes por su boca... " Yakees, ¡fuera de mi país!, ¡fuera de mi país!...", repitió varias veces a viva voz. Yanhees... Nos insultó con la palabra yankees... ¿opresores?... tal vez.... Dimos por terminado nuestro paseo y regresamos al hotel. Allí él setenció que no volvería a salir de España.
Lo que había revuelto mis tripas no había sido aquella imagen, por mi profesión estaba acostumbrada a ello, lo que revolvió mis entrañas fue la impotencia y la voz de la conciencia. No pude reaccionar ni a sacar un puto dolar del bolsillo, aunque aquel dolar sólo hubiese matado el hambre de un par de días. El revuelto de tripas venía porque su miseria personal, y la de millones de miserables como ella, era el reflejo de otra miseria más miserable todavía: la mia propia y la de millones como yo. La miseria de la insolidaridad y la injusticia social. Esa insolidaridad que nos hace apartar la vista. Esa ceguera permanente que nos permite vivir cómodos en nuestra burbuja de cristal. Hemos creado nuestra jungla particular, en la que el que sobrevive no es precisamente el que la Naturaleza dota de más fuerza. Hemos alterado el ciclo de la vida y hemos alterado las leyes de la selección natural. El poder, llámese politico o económico, y los intereses de las llamadas grandes potencias, o de los gobiernos, son los culpables de una ley contra natura que decide quienes y cómo viven y quienes y cómo mueren.

Quienes viven y quienes mueren.



 
El idiota
Era el niño más feo de la calle, ¡qué digo!, del barrio... me atrevería a decir que del pueblo y de todos sus alrededores. Su boca era enorme, sus ojos pequeños, de pestañas pelirrojas, cejas pelirrojas y tupido pelo pelirrojo. Era bajito y delgaducho, y su cabeza, comparada con aquel cuerpo raquítico -desalambrio, diría mi madre- sobresalía entre el resto de los demás niños del barrio.

* Desalambrío: sinónimo de desnutrido, según mi madre. Nadie lo busque en el diccionario porque no lo encontrará, ni nada que se le parezca.

Su risa era estrepitosa, un estallido contenido en esa enorme boca que se abría para dar rienda suelta a una carcajada acompañada de una orquesta de sorbos que, inútilmente, intentaban sujetar las babas que se escurrían por la comisura de sus labios.
Siempre iba con el pantalón caído, a media asta en su enjuto trasero, enseñando unas veces su rabadilla y, otras, sus calzones sucios. Las camisas o camisetas interiores siempre iban a "jarapo sacao".
Su olor era un pestilente hedor a queso de oveja.
Era otro niño raro. Era el idiota.

* Jarapo sacao: bailando por fuera, a su libre albedrío. Harapo sacado.

Su padre se pasaba la vida en una quintería, cuidando un enorme rebaño de ovejas. Dormía y cuidaba ovejas. Cuidaba ovejas y dormía. Su madre se pasaba la vida en casa de su abuela, o sentada en una silla sin hacer otra cosa en todo el santo día, salvo comer mendrugos de pan que sacaba de sus bolsillos, o trozos de salchicha previamente cortados y almacenados en su sucio mandil. Renqueaba de una pierna y se movía con torpeza, por su enorme corpulencia, en un tedioso vaivén.

Volvíamos juntos de la escuela; mi hermana, él y yo. Él se quedaba primero. Nosotras, dos puertas más abajo. A veces entrábamos a casa y se oían sus puñetazos en la puerta y sus voces llamando a la madre. Mi hermana y yo corríamos a decírselo a la nuestra:
"mama, la madre de Goyo hoy tampoco está"
Entonces mi madre salía a la puerta y le llamaba. Y Goyo, tímido o avergonzado, se venía a mi casa y comía con nosotros. Un día le dijo a su madre que había comido el cocido más rico del mundo en casa de mi madre. Y su madre fue a preguntar a la mía que qué le echaba al cocido... " vamos, mujer, ¡hay que ver lo que le gustó tu cocido!...¿ pues qué le echas tú?"... parece que estoy oyendo aquella voz que hablaba con el mismo tedio que aquellos andares.
La oronda señora se empeñaba en emparejar a mi hermana con su niño. A mí me tenía por vieja para él -yo, dos años mayor- pero, sinceramente, siempre aplaudí en mi fuero interno tal rechazo -y en el externo, vamos, que cada vez que se le adjudicaba a mi hermana yo me ponía tan contenta- porque en mis gustos y mis intereses "conyugales" nunca estuvo en la lista, ni él ni semejante suegra. A mi hermana se la llevaban los demonios cada vez que alguien insinuaba o hacía la gracia de la parejita Pedro y Heidi.

* LLevarte los demonios: cogerte un cabreo de muy señor mío.

En verano siempre andaba descalzo -todos andábamos descalzos en verano... por la casa... por los patios... por la calle... Daba igual que el terreno fuese más o menos amable con nuestros pies, en verano se andaba descalzo por todas partes. ¿Quién se resistía a semejante gozada?... A semejante liberación- y le gustaba sentarse en su acera, con una cubitera repleta de cubitos helados entre sus piernas cruzadas. Cubitos de color naranja, con un palillo mondadientes en el centro. Cubitos de gaseosa La flor de Yébenes, con sabor a naranja. Todo un manjar estival. A mi hermana y a mí nos gustaban de leche con mucho cola-cao, así quedaban bicolor, porque el cola-cao siempre terminaba posándose en el fondo, dejando el resto de color más claro. Él los engullía en su enorme boca y los relamía y deshacía en un visto y no visto ante nuestros sorprendidos ojos. Nos ofrecía, sacándoselos de la boca y riéndose divertido, babeando encima de la cubitera. Nosotras negábamos con las manos, con la cabeza, con la palabra... éramos el adverbio de negación personificado. Goyo era nuestro amigo, nuestro mejor amigo, pero de ninguna manera estábamos dispuestas a tragarnos sus babas, ni siquiera con sabor a naranja.

A veces coincidimos con un cruce de miradas, él llegando con su coche a su puerta, a la que siempre será su casa por ser hijo único y soltero, -de momento-, yo llegando a la de mi madre en el mío, acompañada de mi marido y de mis hijas. A veces se escapa un hola que a penas si se oye o se lee en los labios. Un hilo de voz que no consigue traspasar la barrera del tiempo. Otras, un simple gesto con la cabeza, a modo de saludo. No sé nada de su vida, ni creo que él sepa nada de la mía y menos de la de mi hermana. El que hoy es un extraño, hace muchos años fue nuestro mejor amigo, nuestro fiel compañero de juegos.

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El salto (Capítulo IV)
Ni una sola estrella. La noche no tenía más luces que las amarillentas del alumbrado público, las de las ventanas de los bloques cercanos -una sí, una no, una sí, dos no, dos sí, no sé cuántas no. Unos dormirían, otros dormitarían en el sillón con la televisión encendida, otros padecerían de insomnio, algún otro tendría que terminar el proyecto de trabajo que el jefe le encargó, como ultimatum, para mañana, otras esperarían levantadas a que él regresara, alguna que otra silueta tras las cortinas yendo y viniendo como animal enjaulado, otras formando a Géminis: vidas tras las ventanas encendidas y apagadas- y las cegadoras de neón de la entrada de un antro cercano, al que -ahora que caía, que caía en su pensamiento, de su palco del sexto piso no tenía intención de caerse- nunca había entrado. Pub Los anhelos, así se llamaba el antro, bajo sospecha de que allí se cocía algo más que tomarse una copa. De vez en cuando salía alguna exótica chica de color, o una espectacular rubia de bote, acompañada por algún maromo con gafas de sol, aunque fuesen las doce de la noche, y se marchaban en un coche. Un par de horas después regresaban y era ella, la exuberante o la espectacular, la que se bajaba y volvía a entrar al antro. El coche se perdía en la clandestinidad de la noche.

A lo lejos, otras luces iluminaban el cielo. Un electrizante hilo que parecía morir en la invisible linea del horizonte lo cortaba en dos, o en tres, y después el sordo sonido de un trueno, cada vez más cercano. El olor a tierra mojada penetró por su nariz e, instintivamente, respiró hondo, e, instintivamente, recordó aquellas tormentas de verano, salidas de la nada, que le obligaban a refugiarse debajo de cuarquier saliente para no calarse hasta los huesos. Sintió la flama que despedía el asfalto y que hacía el aire irrespirable hasta que, en menos que canta un gallo, el agua corría turbia por las calles y las aceras, el tráfico se intensificaba, como una plaga de hormigas aladas cuando presagian tormenta. Cerró los ojos para oír el sonido del aguacero y la algarabía de unos y de otros buscando lo mismo que él: presenciar el magnánimo fenómeno bajo algún improvisado techo. Volvió a la realidad, a la noche.
Comenzó a soplar el viento como avanzadilla de cortinas de agua, de cielos revueltos deseosos de derramar su ira. Hizo un intento de abrigarse abrochando el único botón de su pijama con bolsillos. La primera gota cayó en su nariz, la segunda y la tercera sobre sus manos y la cuarta y sucesivas, muchas, cientos, las sintió traspasar el fino algodón y calar sus hombros, sus muslos... hasta resvalar por el cuerpo entero. Empapó y deshizo su porro perfectamente liado que pinzaba entre sus dedos. La tormenta estaba sobre su cabeza, y dentro de su cabeza, la tormenta se desataba fuera y también dentro de él. Con la inútil esperanza de sentirse nuevo, se dejó calar hasta los huesos, hasta el alma, hasta que el cielo se quedase a gusto, hasta que apareciese despejado, hasta que mirara arriba y pudiese ver las estrellas... hasta que la luz se hiciese también en sus adentros.
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El ama
Así era como daba un quiebro mi abuela a la conversación cuando le interesaba cambiar de tema o alimentar un bulo malintencionado: Pues dices tú. Y tú te quedabas con cara de póquer, además de con la palabra en la boca, y diciendo para tus adentros: ¡que he dicho yo qué! Ella siempre llevaba la conversación a su terreno, sobre todo cuando la edad y otra manera de vivir ya no la dejaban dominar la situación en otra cosa que no fuese una conversación.
Cuando leía el libro de Lisa See "El abanico de seda", la tuve especialmente presente, a ella y a todas las mujeres de mi familia.
Mi abuela fue la gran matriarca, no ha habido ni habrá otra como ella en el seno familiar. Era alta, fuerte, de hombros anchos, de grandes manos, de caderas anchas, de piernas robustas sin una sola variz, de ojos verdes enormes, de boca grande con dientes grandes, -todos suyos hasta el fin de sus días-, de labios gruesos, pelo largo y rizado -de ahí mi rizo-, recogido meticulosamente en la nuca, en un enorme moño del que nunca se escapaba ni un sólo mechón, yo lo recuerdo gris en mi infancia y completamente plateado el día en que murió, cuando yo tenía veinticinco años. Su piel era blanca, sin una sola mancha de hiperpigmentación de melania, ni tan siquiera en las manos. La recuerdo vestida siempre de luto, con un mándil de cuadros grises atado permanentemente a la cintura. Cuando salía a la calle iba impecablemente vestida y con olor a colonia de Myrurgia. Su imponente figura contrastaba con la de mi abuelo, al que se cogía siempre del bracete, y que me perdone Dios, pero mi abuelo parecía un apéndice con forma de Torrebruno o el bolso de la compra. Mi abuelo era un hombre menudo, delgado, de nariz aguileña, de ojos pequeños con larguísimas pestañas, de piel tremendamente blanca y pecosa -de ahí mis pecas-, quemada por el sol (de hecho, murió de un melanoma -de ahí mi acojone y mi aversión a la playa y al sol-). Su silueta era característica; siempre iba con sombrero y un bastón -cojeaba de la pierna izquiera, ¿o era la derecha?... no recuerdo-. Era tímido y reservado, y todo lo que él se guardaba a mi abuela le faltaba tiempo para airearlo a los cuatro vientos. Se llamaba José, pero ella nunca le llamaba por su nombre cuando le nombraba ante los ajenos, ella le llamaba "mi hombre". Él la llamaba "el ama". ¡Y tanto que era el ama!; el ama de su casa, de sus hijos, de la vida de sus hijos, intentó ser incluso la dueña de la vida de sus nietos, aunque ahí dió en hierro forjado... por suerte la pillamos algo minada, pero fue genio y figura hasta la sepultura, como suele decirse. Y como dice el chiste, ni el eco se atrevía a rechistarla. Lo que el ama disponía estaba bien hecho, para eso era el ama.
Nadie vaya a pensar en mi abuelo como un pobre infeliz o un pusilánime a la sombra de semejante hembra. Mi abuelo encontró la mujer que él quería; la que le guardaba el respeto como hombre de la casa, la que le vestía, y digo le vestía porque literalmente le vestía y mi abuelo no salía a la calle sin que mi abuela abrochase el último botón, la que le planchaba todas sus camisas y pantalones, la que le tenía preparado el caldero o la palangana con agua caliente cuando volvía de las faenas del campo, la que le afeitaba con mayor precisión y tiento que el mismísimo barbero, la que tenía todo como los chorros del oro y perfectamente colocado.
Mi abuela le debía al Régimen (eso creía) el que le hubiese devuelto a su marido vivo después de la guerra. Mi abuelo marchaba a la guerra a finales del treinta y seis y ella quedaba sola con un hijo de pocos meses (mi padre) y una niña de dos años (mi tía). Cuando el ejército republicano lo apresó, ella tenía dos hijos y le tocó pelear sola, su personal lucha -como tantas otras como ella de un lado y del otro- para no morirse de hambre, porque cuando el hambre devora las tripas no hay más lucha que tratar de que no te las desgarre. Tras la guerra, y con mi abuelo ya en casa, tuvo cuatro hijos más y a todos los educó en el nacionalcatolicismo y en un odio exacerbado hacía el color rojo, sobre todo desde el recuerdo de aquel día en el que una mujer con uniforme republicano apuntó a la cabeza de su hijo de tres años (mi padre) que canturreaba las palabras "cara sol, cara sol, cara sol" cuando su madre le llevaba de la mano, y le dijo que la próxima vez le volaría la cabeza al niño y después a ella. Quedaba sembrada la semilla del odio y del rencor para siempre jamás. Aquello no lo olvidaría en la vida... menuda era mi abuela para olvidar nada y menos semejante cosa. Cuando nos lo contaba a los nietos -no sé si sintiéndose heroína o con el propósito de empujarnos a la espiral del absurdo e infundado odio que se alimenta del pasado- parecía que lo estaba viviendo en ese momento, sus ojos se iluminaban con una luz que deba miedo... no le sacó las entrañas a la susodicha tras la guerra cuando se supo ganadora porque ya se había encargado la contienda de sacárselas. Así es que educó a sus hijos por y para la dictadura y a sus hijas como mujeres decentes y mujeres de su casa. Mi abuela inculcaba el respeto y la obediencia al padre. Por su parte, ella hacía y deshacía a su antojo y disponía en todo cuanto estaba bajo su dominio, es decir, todo.
Mi abuela fue mujer del Régimen, asumió su papel a la perfección. Para quienes la conocieron, mi abuela Teodora, -contundente nombre para aquella mujer de pies de plomo- siempre fue el ama, la gran matriarca. Para mí fue una superviviente como otras tantas, una mujer de armas tomar, víctima de la Historia y de las circunstancias. Aunque ella nunca se sintió víctima de nada, creo que para ella sería inconcebible que alguien la considerase víctima de nada... "vosotros sí que sois víctimas de esta Sodoma y Gomorra y esta sinvergüencería que hay ahora", seguro que diría, como si la estuviese oyendo... Vivió feliz y contenta y lloró a moco tendido cuando murió el generalísimo como si de su padre o su marido se hubiese tratado.
Siempre me he preguntado cómo hubiese sido esa arrolladora mujer si hubiese nacido hace veinte años, en este país libre y democrático, el que ella contribuyó a levantar a su manera, porque , a pesar de los pesares, también a ella y mujeres como ella les debemos lo que tenemos. ¿Cómo, qué o quién hubiese sido la gran matriarca?
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El volantón y un par de halcones
Mis niñas crecen. Avanzan, a veces con prisa a veces titubeantes, en el atrayente mundo de sentirse mayor. Es cada vez más insistente su demanda: "pues a Isabel ya la dejan ir sola a la biblioteca, pues Sandra ya queda con sus amigas en la plaza, pues Paloma ya va sola al cole y, para que te enteres, la dejan ver Física o Química... y tú... ni siquiera nos dejas ver Los Serrano..." Las demandas crecen y se acorta la frecuencia. ¡Cómo nos cuesta a los padres dejar que levanten el vuelo, aunque sea un tímido aleteo!... A mi niña mayor, este verano, empecé a mandarla a la tienda de la esquina, con pequeños recados. LLevaba, como mucho, dos cosas en la cabeza y el dinero en el bolsillo, más o menos calculado, para que no se hiciese lío con las monedas. Le di varios consejos: si hay gente en la carnicería o en la caja, guarda cola, no te cueles y pregunta quién es el último. Nada que advertir sobre el corto trayecto del camino, ¿en qué cabeza cabe que en diez metros de una céntrica y transitada calle suceda algún "imprevisto" ?(voy a llamarlo imprevisto)... Su cara era como si le estuviese contando el cuento más maravilloso del mundo y no quisiera perderse ni un punto ni una coma y como si ahí afuera la esperase la más emocionante historia de su corta vida. Cuando regresaba a casa no me cansé de mirar, queda en el umbral de la puerta, la cara de satisfación que traía por el pasillo, era como decir: lo ves, tampoco es para tanto, mi azaña ha sido todo un éxito.
Es difícil aconsejar a nuestros niños, -siempre serán nuestros niños, aun cuando se vayan de casa a vivir su vida-, sobre los supuestos peligros que aguardan o que acechan. Es complicado elegir las palabras en su justo significado para que en la mente de un niño no se llegue a sembrar el miedo y no afloren inseguridades y fobias injustificadas. Eso es lo último que quisiera: generar miedo a vivir. Por otra parte, dejar que sean ellos los que se topen de bruces con la cara más oscura de la vida también tiene sus riesgos. Así que nosotros, los pobres padres, nos convertinos en unos cansinos para que nada cause daño gratuitamente a la carne de nuestra carne. Es como una eterna letanía que deseamos se inscriba a fuego en su inocente pensamiento: no os acerqueis a nadie desconocido que os llame con insistencia, mucho menos si lo hace desde un coche en marcha, corretear siempre donde nosotros no os perdamos de vista, no acepteis ninguna chuche de extraños, cuando jugueis al escondite no os metais donde nadie os pueda ver ni oír... Entonces es cuando mi niña interrumpe con cara de ¡¡¡ya está bien!!! y me dice: "mamá, ¿tú estás tonta?, si juego al escondite, ¿qué quieres, que me esconda donde me vean?... desde luego... los mayores decis unas cosas más raras. Parece que no habeis jugado al escondite en la vida." Y le da a su cabeza... "Vale, pues entonces prohibido jugar al escodite, jugar al tú la llevas". Sentencio yo.
Ayer por la tarde, mientras yo trabajaba a cien kilómetros de mi casa, mi niña, con el permiso de su padre, salió a la papelería que hay una manzana más abajo, a escasos cien metros, a comprar material escolar. A la salida, -el volantón se topó de bruces con un par de halcones-, fue asaltada por dos mujeres que se pararon frente a ella y le pidieron dinero. Ella dijo que no tenía dinero. Las dos la acorralaron, la zarandearon y metieron las manos por los bolsillos de su abrigo hasta encontrar los euros que llevaba sueltos. Mi niña dice que rieron mientras ella echó a correr. Su padre dice que entró a casa blanca, nerviosa y con su corazón golpeándole su pequeña caja torácica a cien por hora, que creía que de un momento a otro se iba a desmayar. Después, a medida que narraba su desafortunado encuentro (voy a llamarlo desafortunado encuentro) se fue envalentonando y dijo que la próxima vez que le pasara les iba a hacer una llave de yudo (no sabe yudo), que se iban a enterar. A su padre le asalta el sentimiento de culpa, y el pánico inventa imágenes que nunca existieron y que hacen sufrir tontamente: que la hubiesen amenazado con una navaja, que la hubiesen pegado, que la hubiesen metido en unos segundos en un coche y nadie se hubiese enterado... ¡Qué horror!, mejor no pensarlo para no enloquecer o para no alimentar sentimientos infundados de odio, esto último lo digo porque se trataba de inmigrantes; Ciudad Real no iba a ser menos que el resto del país, aunque sin puerto y sin aeropuerto aquí también llegan en busca de oportunidades que les permitan vivir, no subsistir. Nuestros ancianos son conducidos en sus sillas de ruedas por ellos, ellas más bien, nuestros niños son cuidados por ellas. Son camareros, albañiles y temporeros en los pueblos de alrededor, pero también nuestras plazas y parques están plagados de inmigrantes ociosos que vagabundean de un lado para otro. Yo, yo estoy indignada... vamos, que hoy creo firmemente que la violencia genera violencia, porque si aparezco en ese momento por la esquina, a los dos halcones (inmigrantes o no) no sé yo si les iba a quedar alguna pluma encima, sin más armas que mis uñas y mis dientes y hasta que me hubiese quedado el más mínimo aliento... así, desde las tripas... eso tan seguro como que soy su madre... ¡me cago en la p...! Pero sigo en mis trece: no hay peor cárcel que vivir con miedo . Seguiré aconsejando a mis polluelas, siempre desde la precaución y la cautela, nunca desde el miedo. No pasó nada, sólo un susto y tres o cuatro euros menos... Si todo en la vida fuese eso...

A la flor que quise siempre en mi jardín: fuera ese susto con un poquito de buena música.
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Te doy mis ojos
Hoy, jornada de reflexión, leía en esta página el post ¿Quieres reflexión? del polifacético Jimmy Barnatán (que yo siempre me empeño en decir Baratán, resulta más fácil de pronunciar)
Hace un rato mi post era un lazo negro con una inscripción como repulsa, no sólo al horrible atentado del viernes, sino a todos los horribles atentados a lo largo de la historia de ETA. Ahora este post va por ellas , por sus verdugos -que sepan que no quedarán impunes-, por todos nosotros que asistimos, unos impotestes y otros indiferentes a esta barbarie, y por un incompetente gobierno que hace la vista gorda ante semejante atrocidad (éste y los de anteriores).
Tengo que dedir que en quince años de profesión (DUE) sólo me he encontrado en una ocasión ante este horror, ante un cuerpo magullado a golpes y un espíritu doblegado, aniquilado, despersonalizado, humillado y vejado por la violencia física, moral y anímicamente destrozado. No tengo palabras para describir lo que se siente delente de un ser humano en semejantes condiciones. No tengo palabras para expresar lo que unos ojos y unas mejillas, reventadas a golpes, transmiten... cómo mira, cómo se pone en pie, cómo se quita la ropa para mostrar sus heridas, cómo habla, cómo llora, cómo se pierde su mirada en el vacío y cómo guarda silencio. Espeluznante. Tremendo.
Y sí, la familia es el pilar del Estado, entiéndase a la familia como se quiera. En nuestra plural sociedad tiene cabida, cada vez menos, la niña de Rajoy, con o sin piscina climatizada... Tiene cabida Zerolo y sus orgarmos, los que le proporciona su pareja y los que le proporciona ZP (dicho por él, yo no invento nada). Tiene cabida la familia de padres separados con hijos únicos o con la parejita, tienen cabida las de los inmigrantes, que nos llegan con familias numerosas de las de antes, igual a la mía, a la que yo he pertenecido: mis padres y cinco hermanos. Tiene cabida la pareja gay con sus perros, gatos y periquitos, o los que han conseguido adoptar y forman su propia familia, tiene cabida el llamado single o caprichoso solitario. Pues claro que todas estas multiples familias o entidades independientes (singles) forman el pilar del Estado, son su sociedad, su presente y su futuro, con un pasado personal e Histórico del que aprender de sus propios errores. Una sociedad que genera valores, una sociedad tan plural que tiene desencuentros, choque de intereses, diferencias propias de la diversidad, pero una sociedad que debe aprender a convivir, so pena de autodestruirse, y cuyo secreto se encierra en dos palabras: Respeto y tolerancia
La igualdad de derechos entre ambos sexos la presupongo. Me niego a reivindicar lo que me pertenece.
Una semana antes, nos abatían a tiros desde las ventanas, como Pérez Reverte nos abatía semanas antes, metafóricamente -no faltaba más-, porque no le gustaban nuestros andares, nos quemaban vivas, nos apuñalaban... y la vida trascurrió con la misma normalidad de siempre; nadie se echó a las calles con las manos pintadas de blanco, no hubo minutos de silencio en ningún ayuntamiento del país... No sé si habló Fernandez de la Vega o lo he soñado, algo al respecto. Algún psicólogo se permitió afirmar alguna cosa como que se trataba de un "efecto imitación"... ¡ya es que te cagas!
Edúcame en la creencia de que eres mi esclava y creeré que todas las mujeres son mis esclavas. PRIMER ESLABÖN DE LA CADENA: roles de familia. Craso error eso de los roles. Educación familiar.
Utiliza los medios para enviar mensajes subliminales de discriminación sexual como el menosprecio de la libertad sexual de la mujer, creando la conciencia del clines o de objeto sexual: "usar y tirar". Constantes bombardeos publicitarios y programitas de televisión que subestiman nuestra inteligencia e infravaloran nuestra condición. Con todo, convence a unas de su papel de mujer jarrón y a los otros de que sin tetas no hay paraíso, (me permito jugar con el titulito, la serie no sé de lo que va), la palabra mujer se traduce en la mente de algunos en un par de tetas y unas piernas abiertas y algunas (sólo algunas) no sueñan con más futuro que ser descerebradas chicas de pasarela (eso sí, las clínicas de estética se están poniendo las botas con adolescentes tontas y padres más tontos todavía). SEGUNDO ESLABON DE LA CADENA: los medios de comunicación y su influencia en los adolescentes.
Mantener habilitados a jueces cuyas sentencias son un auténtico desprecio de los derechos de la mujer, tomándose las agresiones, no sólo domésticas, sino incluso de violaciones consumadas y desmostradas, como si se tratara de una provocación voluntaria, es constatar el desamparo de la mujer ante las leyes y el poder judicial. Urge una reforma del código penal en cuanto a esta materia se refiere, con endurecimiento de las penas y cumplimiento íntegro de las condenas y de las sentencias, así como la verificación de que la ley se está cumpliendo, por ejemplo, ante las órdenes de alejamiento. Burocráticamente hablando, desde que una mujer pone una denuncia por malos tratos hasta que se ve en un centro de acogida o de ayuda a la mujer, le da tiempo a su pareja a pegarle veinte palizas más, y ahora con más ensañamiento, porque se sabe señalado. ¿Cómo puede una mujer acudir a una comisaría a poner una denuncia, si además de la cadena de servicios (sanitarios, sociales...) a los que debe acudir, o se la deriva, para contar su humillación una y otra vez a perico de los palotes para demostrar su verdad, esa misma noche no le queda más remedio que dormir bajo el mismo techo? TERCER ESLABÓN: la Justicia, las Leyes y los Servicios Sociales.
Agacha la cabeza y guarda silencio cuando tu pareja te levanta la voz, o te insulta, o te amenaza y tus hijos crecerán en la creencia de que así son las cosas. ÚLTIMO ESLABON DE LA CADENA: ante la humillación y la vejación NO GUARDES SILENCIO.
La educación sexista empieza en casa, continua y se mantiene en el colegio, aparece en los medios de comunicación, en internet, en videojuegos, se apoya en una ley benevolente con el maltratador, se reafirma cuando no hay repulsa ni condena, cuando la sociedad pasa de largo, y se mantiene y adquiere la condición de normalidad cuando son ellas, las víctimas, las que guardan silencio, a veces por cobardía, y siempre por el miedo y por el desamparo.
Aire y humo Te doy mis ojos
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El salto (capítulo III)
" ¡Oye,tú!, ¿qué haces ahí colgado? Los hay que están locos de atar". Dijo balbuceando y sin dejar de tambalearse. El cinturón de su gabardina le arrastraba tras de sí. Había aflojado la corbata hasta desanudarla por completo y el pico de su camisa asomaba por encima de su cinturón Gucci.

" Joder, no me lleva tajada", pensó el de la ventana. Estaba en pijama, como siempre, con la mano derecha jugueteaba con un mechero y con la izquierda se acercaba un porro, perfectamente liado, a los labios. Encendió la llama y dió la primera calada con tan mala fortuna que el pitillo resbaló de entre sus labios.
"¡Me cago en la p... ¿Será posible?, llevo yo la negra para fumarme una mierda porro" Miró abajo, intentando ver donde había caído.

" Oye, capullo, ¿es que piensas volarme vivo? No tengo bastante con que hoy me hayan puesto de patitas en la calle, después de que esas sanguijuelas me han chupado la sangre durante quince años... ¡Quince años trabajando para que ahora no te den ni las gracias!... y, encima, un tarado como tú me quema la gabardina". Se balanceó hasta perder casi el equilibrio. Buscó asiento a tientas: una papelera. Prosiguó hablando con su lengua de trapo y salpicando babas:
" Y ni siquiera tienen cojones a decírtelo en persona, a la cara, como hacen los hombres que son hombres... ¡nenazas!... Te lo dejan en tu casillero, en un sobre de papel reciclado en el que te dan las gracias por precindir de tus servicios". Se cansó de mirar hacia arriba e hizo un gesto con la mano que significaba algo así como: y a ti qué cojones te importa lo que te estoy contando. Volvió a mirar hacia arriba:
" Oye, deja de moverte, me estás mareando"
" Es mi hermano gemelo. Es un poco inquieto", dijo el de arriba.
" Ah, pues dile que se esté quietecito y se siente de una vez.
¿Sabes?, me dieron ganas de ir a su despacho, abrir la puerta de par en par y decirle que a su mujer se la está tirando el jefe de sección... ¡qué se joda!" Estalló en una carcajada que se fue apagando hasta terminar en un carraspeo de garganta. Prosiguió:
" Pero luego pensé que eso lo sabe toda la oficina, no iba a enterar a nadie de nada nuevo. Además, yo no soy un hijo de puta, soy un buen tío... un buen tío..." La risa tonta dió paso al desconsolado llanto de un niño.
" Vamos, hombre, no llores. Claro que eres un buen tío, un tío cojonudo. Seguro que mañana tienes a veinte empresas llamando a tu puerta... eh, vamos, joder... ¿voy a tener que bajar?..."
Se limpió las lágrimas y los mocos con lo que le quedaba de orgullo. Rebuscó su rolex bajo la manga de su camisa. Vaciló hacia atrás, después hacia adelante.
" ¡Joder!, la hemos cagado. Se me ha estropeado el reloj... tiene cuatro agujas y cada una marca una hora..." farfulló.
" Prueba a cerrar un ojo y enfocar con el otro, verás como se arregla solo". Dijo el de arriba.
" Anda, coño, ahora son los números los que no dejan de dar vueltas. Nada, mañana lo llevaré a la relojería". Y con un gesto de fastidio, sacudió la muñeca y volvió a guardar el reloj bajo la manga.
Volvió a reír compulsivamente mientras miraba al suelo y negaba con la cabeza. El sonido de un móvil le hizo vaciar los bolsillos de su pantalón. Nada. Después vació los de su gabardina, hasta que dió con él. El nombre de la pantalla también daba vueltas. Aquella noche todo daba vueltas. Consiguió pulsar el botón descolgar:
"¿Sí?. Laurita, mi cielito, ¿no te lo vas a creer?: llevo media noche hablando con un tío sentado en la ventana de un sexto piso. Tengo que aconsejarte que no lo hagas nunca, entra un dolor de cuello que te cagas... ¿que si estoy borracho?, ah, que no lo preguntas... lo afirmas... Creo que... sí, creo que un poco sí... bueno, un poco no... bastante... Ya, ya iba, pero no entiendo esa manía que teneis las mujeres de esperarnos siempre levantadas. Venga, métete en la cama que ya estoy llegando. Voy a decirle adios al tipo este..." Pulsó el botón colgar con dificultad, mordiéndose la lengua.
" Bueno, colega, tengo que irme, se me hace muy tarde. Si tienes la costumbre andar por ahí arriba, tal vez nos veamos alguna que otra noche... Despídeme de tu hermano, que parece que se ha ido a dormir sin despedirse". Y bajando la cabeza, echó a andar.
El joven de la ventana del sexto piso miraba al borracho que serpenteaba acera abajo mientras sus balbuceos se perdían en aquella dilatada noche que parecía llegar a su fin. Recogió un pie, después el otro y, dejándose caer dentro, se metió en la cama y apagó la tenue luz de su lamparilla de noche.
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El Salto (capítulo II)
Anoche volvió a colgarse en la ventana. No sabe porqué lo hace, es un deseo irrefrenable, se sienta y punto. Se siente bien allí arriba. Sale de su habitación en penumbra, donde sólo la tenue luz de un flexo sobre su mesilla de noche ilumina un libro entreabierto; una novela de Cortázar. Un cenicero con cuatro o cinco colillas Marlboro, aunque su madre le ha dicho, cientos de veces, que no fume en la cama. Abre la ventana, cierra los ojos y atrapa todo el aire de la ciudad en sus pulmones. Asoma una pierna -larga y fibrosa-, luego la otra -igual de larga e igual de fibrosa- y se acomoda en su asiento de espectador de la noche. Desde allí, además de la cúpula de la catedral y del enorme reloj del que no consigue ver las agujas, vislumbra El parque de los Descubrimientos. Adivina sombras quedas de los árboles y paseos desiertos, iluminados por farolas de diseño. Bancos ahora mudos, hace unas horas bulliciosos. Luces de farolas de diseño y sombras de luna llena. Silencio.
Echó mano al bolsillo de su pijama y sacó un mechero. Rebuscó en el otro..."¡Me cago en la p...!", dijo entre dientes; un porro, perfectamnete liado, descansaba al lado de Cortazar. Miró a un lado y al otro de la calle: Desierto. El semáforo de la esquina parpadeaba en ambar. Le recordó a las luces de una sala de fiesta, la que visitó el último sábado en una cita a ciegas... "Qué gran invento lo del messenger, gran parte del trabajo -es duro esto de trabajarse un polvo- ya está hecho... eso que llevas de adelanto".
Dejaba caer su peso sobre su mano izquierda, que apoyaba en la pared. En la derecha, un Brugal con limón. Entre su metro ochenta y cinco y la pared, una rubia gatuna a la que le dedicaba la mejor de sus sonrisas y su labia, comiéndole la oreja. "Lo reconozco, por el ciberespacio se me da mejor esto del ligoteo, pero la noche promete y el tercer Brugal tiene mucho que ver en esta elocuencia que derrocho... ", pensaba mientras se embebía en los ojos de gata de su plan.
Recordó su primer polvo, el primero compartido, claro. " Creo que tenía... ¿diecisiete?, sí, creo que ya los había cumplido... ¿y cómo se llamaba ella?... joder, no me acuerdo...¿Eva?, sí, creo que se llamaba Eva. Era verano y pasaba las vacaciones en el pueblo de mis abuelos, ella era la amiga, o la prima, o yo qué sé, de mi amigo Sergio. Sergio, el muy cabrón, ¿qué tal le irá en Londres?"
Agachó la cabeza, sintió frío. Después volvió a llenar sus pulmones con todo el aire de la ciudad y, aún así, parecía faltarle el aliento. Un nombre ocupó todo su pensamiento:Cecilia. Con ella hizo el amor por primera vez, con ella hizo el amor cientos de veces como si fuese la primera vez. A nadie había querido como a ella. Estaba seguro de que no volvería a querer a nadie como a ella. Categóricamente, la palabra amor siempre se escribiría con C.
Se acordó de su último polvo, ¡increíble!, fue el sábado por la noche, en los asientos traseros de un C4, con una rubia con ojos de gata de la que sólo sabe su nick: samantha83. No quiere saber más, ni sintió la necesidad de llamarla por su verdadero nombre en toda la noche. La necesidad de llamarla por su verdadero nombre.
Esbozó una sonrisa, después sintió caer el peso de la noche sobre su espalda y le abordó el cansancio revestido de tristeza. Recogió un pie, luego el otro, se dejó caer dentro y buscó el calor del algodón para abrigar el alma. En medio del silencio un largo suspìro, un nombre que se escapa entre dientes y un joven vertiéndose entre sábanas blancas.

Dentro (Luis Eduardo Aute)
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