Más allá de la centena
Hasta no hace mucho tiempo, cuando iba a visitarla, ya fuese invierno o verano, la encontraba en un pilón, frotando con ahínco su ropa interior. Era la única tarea que la dejaban hacer, eso y su cama. Se empecinaba en no estarse quieta, en no resignarse a esperar, sentada en una silla, a que a Átropos se le antojase cortarle su hilo. Al verme llegar se sacudía las manos, las terminaba de secar en su mandil y se dirigía hacia el comedor con pasitos muy cortos pero rápidos, como los de una perdiz, como si sus centenarios pies tuviesen que ganarle la carrera al tiempo, ese que cada día que pasa parece acabársele pero que ella estira a golpe de corazón bradicárdico y pulso debil, para ahorrar energía.
Suelo entrar por la puerta falsa o portás, así llamamos por aquí a las puertas grandes que comunican los corrales o grandes patios con la calle. Aquí siempre suelen estar entreabiertas, se presupone la buena fé del que las traspasa. Ella no sale a mi encuentro, ya no, pero la llamo, para que sepa cuál es el objeto de mi visita. De una de las puertas interiores que dan al patio sale su nuera, la que ejerce rol de cuidadora, haciéndome el reproche de siempre: ¿Por qué no llama usté por la puerta principal? no ve que por aquí hay muchas piedras y trastos puestos en medio... Trastos de labranza; bielgas, trilla, un carro con grandes ruedas de madera, me imagino que en otro tiempo tirado por yunta de bueyes, un arado... Todos ellos olvidados, amontonados contra la pared. Yo siempre le contesto lo mismo: Qué más dará, me gusta husmear en los patios y, además, así no te piso lo recien fregao (casi siempre la encuentro con la fregona en la mano). Ella se ríe y me invita a pasar, alzándome la cortina que protege la puerta del sol y de la entrada de las moscas.
Hoy la encuentro sentada en un sillón, encorvada, arrugada, más arrugada que otras veces. La saludo enérgicamente, desde hace tiempo oye mal, pero oye... y ve... y me conoce. Me devuelve el saludo. Mientras desenfundo el tensiómetro y busco el fonendo y la libretilla de anotaciones en mi maletín, no dejo de observar los rincones. ¡Toda una vida colgada en la pared! Muebles antiquísimos, con múltiples enseres, curiosamente sin mota de polvo, anacrónicos, perpetuados en el lugar eternamente asignado, día tras día, año tras año. Un par de fotos en color sepía, péndulas en la pared, que parecen secuencias de Los otros o pertenecientes a un museo de antigüedades, donde hay niñas que parecen viejas y viejos que parecen esperpertos. Un tapiz aterciopelado de grandes dimensiones ocupa el centro de otra pared, sobre el sofá , con una escena de caza... Como ése tenía uno mi abuela que, cuando era pequeña, llamaba mi atención; un perro con una liebre entre sus fauces, otros dos junto al cazador, escopeta en diposición de disparo, apoyando la culata sobre el hombro y apuntando a unas cuantas aves volando. Repetitiva imagen bucólica. Seguramente se venderían en serie allá por los cincuenta o los sesenta, que sé yo, o tal vez los traían de recuerdo del Sahara, ¿quién no tenía un hijo o un marido que no hubiese hecho la mili allí?.
Sobre un aparador más fotos, éstas en color, de nietos y biznietos, de bodas y de comuniones. Me gusta empaparme de estas imágenes, percibir toda una vida con el simple vistazo a una habitación. Me gusta encontrarme su cara lozana en alguna de esas fotos y decirle eso de ¡qué guapa, Nicolasa, las mozas de antes sí que eran buenas mozas!... Y ella me sonrie y asiente con la cabeza.
Soy consciente de que se apaga, de que su corazón alguna noche dirá ¡basta! y se irá tranquila, con ciento y algunos años a sus espaldas. Quienes viven tanto suelen morir así, sin ninguna enfermedad que los mine o los degrade, simplemente su corazón se cansa de latir.
Suelo entrar por la puerta falsa o portás, así llamamos por aquí a las puertas grandes que comunican los corrales o grandes patios con la calle. Aquí siempre suelen estar entreabiertas, se presupone la buena fé del que las traspasa. Ella no sale a mi encuentro, ya no, pero la llamo, para que sepa cuál es el objeto de mi visita. De una de las puertas interiores que dan al patio sale su nuera, la que ejerce rol de cuidadora, haciéndome el reproche de siempre: ¿Por qué no llama usté por la puerta principal? no ve que por aquí hay muchas piedras y trastos puestos en medio... Trastos de labranza; bielgas, trilla, un carro con grandes ruedas de madera, me imagino que en otro tiempo tirado por yunta de bueyes, un arado... Todos ellos olvidados, amontonados contra la pared. Yo siempre le contesto lo mismo: Qué más dará, me gusta husmear en los patios y, además, así no te piso lo recien fregao (casi siempre la encuentro con la fregona en la mano). Ella se ríe y me invita a pasar, alzándome la cortina que protege la puerta del sol y de la entrada de las moscas.
Hoy la encuentro sentada en un sillón, encorvada, arrugada, más arrugada que otras veces. La saludo enérgicamente, desde hace tiempo oye mal, pero oye... y ve... y me conoce. Me devuelve el saludo. Mientras desenfundo el tensiómetro y busco el fonendo y la libretilla de anotaciones en mi maletín, no dejo de observar los rincones. ¡Toda una vida colgada en la pared! Muebles antiquísimos, con múltiples enseres, curiosamente sin mota de polvo, anacrónicos, perpetuados en el lugar eternamente asignado, día tras día, año tras año. Un par de fotos en color sepía, péndulas en la pared, que parecen secuencias de Los otros o pertenecientes a un museo de antigüedades, donde hay niñas que parecen viejas y viejos que parecen esperpertos. Un tapiz aterciopelado de grandes dimensiones ocupa el centro de otra pared, sobre el sofá , con una escena de caza... Como ése tenía uno mi abuela que, cuando era pequeña, llamaba mi atención; un perro con una liebre entre sus fauces, otros dos junto al cazador, escopeta en diposición de disparo, apoyando la culata sobre el hombro y apuntando a unas cuantas aves volando. Repetitiva imagen bucólica. Seguramente se venderían en serie allá por los cincuenta o los sesenta, que sé yo, o tal vez los traían de recuerdo del Sahara, ¿quién no tenía un hijo o un marido que no hubiese hecho la mili allí?.
Sobre un aparador más fotos, éstas en color, de nietos y biznietos, de bodas y de comuniones. Me gusta empaparme de estas imágenes, percibir toda una vida con el simple vistazo a una habitación. Me gusta encontrarme su cara lozana en alguna de esas fotos y decirle eso de ¡qué guapa, Nicolasa, las mozas de antes sí que eran buenas mozas!... Y ella me sonrie y asiente con la cabeza.
Soy consciente de que se apaga, de que su corazón alguna noche dirá ¡basta! y se irá tranquila, con ciento y algunos años a sus espaldas. Quienes viven tanto suelen morir así, sin ninguna enfermedad que los mine o los degrade, simplemente su corazón se cansa de latir.
Trabajar entre ellos
De unos meses a esta parte mi entorno laboral ha sufrido grandes cambios. Hemos pasado de cumplir a rajatabla, sin pretenderlo, la Ley de Paridad , en cuanto a personal sanitario se refiere (tres enfermeras y una médico por un lado y tres médicos y un enfermero por otro), a encontrarme en minoría absoluta. Ni qué decir tiene que las conversaciones inteligentes se han terminado (siento hacer tan categórica afirmación, pero así es), también el olor a mezcla de Lolita Lempicka, Adolfo Domínguez y Dior. También han desaparecido las múltiples formas de escotes, los tacones lejanos -ahora sólo resuena el eco de los míos-, los contoneos por los pasillos de la doble de Esther Cañadas -mi compañera del consultorio de al lado, a la que le debo un post que llevará por título Mi pija favorita-, las revistas de Cosmopólitan encima de la mesa de la salita de estar, la lectura del horóscopo -sinceramente, me parece una gilipollez que los astros me cuenten a mí cómo va a ser mi semana, pero la Cañadas es aficionada... "bueno, anda, lee"-, el cigarrito de la sobremesa, los comentarios al guapo de turno que aparecía en ese momento en televisión, las eternas dietas de la Jurado -la médico del centro, así apodada por la Cañadas y por mí, por su temperamento y su buena dotación no precisamente de voz-, con las que no conseguía bajar ni un gramo, las críticas al atuendo de la Igartiburu en su corazón de invierno, de verano o entretiempo...
Todo eso ha dejado paso a los piques entre uno del Barça y otro del Madrid... ¡Qué estrés monotemático a primera hora de la mañana¡, sobre todo cuando la liga, a mí, plín, prefiero el horóscopo de la Cañadas. Por los pasillos se contonean barrigas orondas sobre cuerpos de uno ochenta y tantos, eso sí, me ceden la puerta, entre otras cosas porque juntos no podríamos atravesarla al tiempo sin riesgo para mi integridad física... un riesgo laboral añadido. Podría escribir un libro de la magnitud del Codigo Da Vinci sólo de chistes verdes. Los hombres son como los niños con la caca, pedo, pis... ríen hasta saltárseles las lágrimas con los chistes sobre tetas, culos y mariconas, en el sentido más despectivo de esta última palabra.
Me llama profundamente la atención esa transformación cuando están en manada, mejor dicho, es cuando están conmigo cuando parecen transformarse, cuando están en manada son como son... en constante regresión a la pubertad. Sirva este ejemplo: al administrativo: Miguel, por favor, envíame esto cuando puedas... Me quita el papel de las manos y me contesta diligente, amable, educado, servicial: ahora mismo. Basta que esté acompañado por otro de su espicie para que parezca que todo le suda la... eso. No sé si la razón es que eso de verse subordinado a una mujer jode delante del resto de los hombres -razón de una estulticia insuperable a estas alturas de la vida- y necesita reafirmarse en su condición de... de tontaina; te coge el papel con indiferencia, lo tira con desgana en lo alto de la mesa diciendo que ya lo hará, sigue con la conversación soez que mantenía con el colega, mientras yo parezco no existir, aunque me quedo allí para asegurarme de que se cumpla mi objetivo, que la experiencia me dice que si me doy la vuelta, dejando pendiente el encargo, ese papel llegará a cualquier sitio menos a su destino.
Peor aún es cuando estás hablando con alguno de algún tema transcendente que surge no sé ni cómo -porque no los saques de los Simpson o de Cámara café, que se pierden- y de repente te deja con la palabra en la boca porque acaba de entrar el del Barça y, como poseso, empieza a corear él solo: ¡campeones, campeones oe, oe, oe! ¡Ala Madrid! ¡Ala Madrid!... Me siento como Calimero, además de cómo una idiota y un cero a la izquierda. ¿Quién osó llamarnos a nosotras el sexo qué? Prefiero ser debil que protagonizar semejante escenita...
Si no puedes con el enemigo, únete a él... que yo no tengo prejuicios en ponerme en plan tío, ellos al contrario sí, pero a mí me cuesta poco asumir el rol masculino, empezando por el vestuario y terminando por el vocabulario. Tomo unas clases intensivas de la liga, la copa, la supercopa y la madre que los parió y en dos días suelto dicharros futbolísticos por un tubo. Pero no, he pensado que no, ¿quién, si no, va a poner aquí un toque femenino? Además, necesitan asesora de imagen, porque si observaran y analizaran como lo hacemos nosotras, alguno ya le hubiese dicho a algún otro que los vaqueros no se suben hasta los sobacos...¡cachuli, que eres un cachuli! Menos hablar de fútbol y más ver revistas de moda... Claro, se ha ido el metrosexual del Madrid pues se jodió el referente. Y en honor a las que se han ido seguiré taconeando, contoneando caderas, luciendo escotes y melena y leyéndoles el horóscopo todos los lunes. ¡Sí señor!... ¡Tú!, ¿cuál eres? ¿Tauro? pues te tocó, empecemos por ti.
Todo eso ha dejado paso a los piques entre uno del Barça y otro del Madrid... ¡Qué estrés monotemático a primera hora de la mañana¡, sobre todo cuando la liga, a mí, plín, prefiero el horóscopo de la Cañadas. Por los pasillos se contonean barrigas orondas sobre cuerpos de uno ochenta y tantos, eso sí, me ceden la puerta, entre otras cosas porque juntos no podríamos atravesarla al tiempo sin riesgo para mi integridad física... un riesgo laboral añadido. Podría escribir un libro de la magnitud del Codigo Da Vinci sólo de chistes verdes. Los hombres son como los niños con la caca, pedo, pis... ríen hasta saltárseles las lágrimas con los chistes sobre tetas, culos y mariconas, en el sentido más despectivo de esta última palabra.
Me llama profundamente la atención esa transformación cuando están en manada, mejor dicho, es cuando están conmigo cuando parecen transformarse, cuando están en manada son como son... en constante regresión a la pubertad. Sirva este ejemplo: al administrativo: Miguel, por favor, envíame esto cuando puedas... Me quita el papel de las manos y me contesta diligente, amable, educado, servicial: ahora mismo. Basta que esté acompañado por otro de su espicie para que parezca que todo le suda la... eso. No sé si la razón es que eso de verse subordinado a una mujer jode delante del resto de los hombres -razón de una estulticia insuperable a estas alturas de la vida- y necesita reafirmarse en su condición de... de tontaina; te coge el papel con indiferencia, lo tira con desgana en lo alto de la mesa diciendo que ya lo hará, sigue con la conversación soez que mantenía con el colega, mientras yo parezco no existir, aunque me quedo allí para asegurarme de que se cumpla mi objetivo, que la experiencia me dice que si me doy la vuelta, dejando pendiente el encargo, ese papel llegará a cualquier sitio menos a su destino.
Peor aún es cuando estás hablando con alguno de algún tema transcendente que surge no sé ni cómo -porque no los saques de los Simpson o de Cámara café, que se pierden- y de repente te deja con la palabra en la boca porque acaba de entrar el del Barça y, como poseso, empieza a corear él solo: ¡campeones, campeones oe, oe, oe! ¡Ala Madrid! ¡Ala Madrid!... Me siento como Calimero, además de cómo una idiota y un cero a la izquierda. ¿Quién osó llamarnos a nosotras el sexo qué? Prefiero ser debil que protagonizar semejante escenita...
Si no puedes con el enemigo, únete a él... que yo no tengo prejuicios en ponerme en plan tío, ellos al contrario sí, pero a mí me cuesta poco asumir el rol masculino, empezando por el vestuario y terminando por el vocabulario. Tomo unas clases intensivas de la liga, la copa, la supercopa y la madre que los parió y en dos días suelto dicharros futbolísticos por un tubo. Pero no, he pensado que no, ¿quién, si no, va a poner aquí un toque femenino? Además, necesitan asesora de imagen, porque si observaran y analizaran como lo hacemos nosotras, alguno ya le hubiese dicho a algún otro que los vaqueros no se suben hasta los sobacos...¡cachuli, que eres un cachuli! Menos hablar de fútbol y más ver revistas de moda... Claro, se ha ido el metrosexual del Madrid pues se jodió el referente. Y en honor a las que se han ido seguiré taconeando, contoneando caderas, luciendo escotes y melena y leyéndoles el horóscopo todos los lunes. ¡Sí señor!... ¡Tú!, ¿cuál eres? ¿Tauro? pues te tocó, empecemos por ti.
Quítate todo el metal
Me lo ha inspirado "Con la baba haciendo puenting", de mi frecuentado Julius, y lo tengo que contar. Porque no todo en mi trabajo van a ser caras de palo, ni larguísimos minutos de tensión cuando tienes a un infartado o un politraumatizado por accidente y el puto helicóptero no llega. Esos, gracias a Dios, son los menos. También hay momentos de relax... momentos caramelo, como los llamaría otro de mis frecuentados. Juro que lo que narro está basado en hecho real, sin omitir ni un punto ni una coma (salvo las que yo me trago porque dudo si van o no).
Es una mañana relajada. La sala de espera está vacia. Hora: aproximadamente las doce... pufff, tres horas todavía hasta que finalice la jornada. Ya he revisado el almacén, el botiquín, he dado una vuelta por internet, me he fumado un cigarrito...Ya no sé qué más hacer para matar el tiempo. Oigo pedir permiso para entrar a la consulta de mi compi (por entonces, mujer. No, no es que se haya travestido, es que ella se fue y ahora mi nuevo compi es varón). Me ha parecido ver uniformes verdes, intentando atisbar por mi puerta entreabierta. Anda, se trata de Julito y su compañero de merodeo, dos de la benemérita que llevan unos meses destinados aquí. Nos visita con frecuencia, siempre a deshora, y cuando no le pasa una cosa le pasa otra. Sé por las malas lenguas que trasnocha, en lo poco que hay por aquí para trasnochar... pero se corre cada juerga... Y claro, al día siguiente no puede con su alma; que si me duele la cabeza, que si parece que me mareo... Pero criatura, descansa, que aunque jovencito, veintisiete, algún día vas a reventar. En fín, hoy no sé que le pasará.
Sale de la consulta médica y se encamina, acompañado de su lapa, hacia la mía. Trae un P10 donde dice: Hacer ECG por opresión precordial. Bien, vale. Pues venga," hazme un striptis... qué digo, perdón, en qué estaría yo pensando... quiero decir... quítate la ropa de cintura para arriba (que para el caso es lo mismo) y quítate todo el metal". Julito mide 1.90, moreno, delgado, su cara no es gran cosa, pero no es feo y en todo su conjunto resulta... resulta espectacular.
¿Todo el metal?: me dice. Sí, todo el metal: reitero. Reloj, esclava de grandes eslabones de plata, cadena... todo.
No sé si todo voy a poder: responde. Y tras quitarse la camisa verde guardía civil con la profesionalidad de un estriper, (¡cómo ha cambiado el cuerpo de la benemérita!, todo hay que decirlo), aparece un pecho trabajado, despejado, acompañado de un abdomen plano y en forma de tableta de chocolate, con... con el metal que decía no poderse quitar: un piercing en cada pezón.
No puedo reprimir una sonrisa y él y su compañero, que no se separa ni medio metro del susodicho, tampoco... En fín, alzo los ojos al cielo, ¡anda hijo, ya te vale!, luego le invito a tumbarse en la camilla y él lo hace encantado. Se sabe guapo, se sabe sexi, se sabe chulo. Sus pies se salen de la camilla, éstas están pensadas para la media nacional, no para semejante especimen. Ventosas y cables por el lado derecho, ventosas y cables por el izquierdo, que me obligan a inclinarme casi encima para colocarlos... ¡joder, a ver qué escote he traído hoy, porque ahora soy yo la que puede estar dando el espectáculo!, esto va a terminar pareciendo una escena de un sexhop. No te muevas, no hables y respira tranquilo: le digo... ¡cómo me gusta ordenar eso a un tío!. Él obedece. Concluye la prueba.
Resultado del ECG: NORMAL; dice mi compi al llevárselo para que diagnostique, y añade: "si ya lo sabía yo, pero cuando le he auscultado y he visto semejante torso no he querido ser egoista, por eso te lo he pasado. Ahora que, de aquí en adelante, aunque venga por un dedo, la auscultación no se la quita nadie".
Gracias mujer, te debo una, que ya sabes, aquí la media está en los setenta y este gustazo para la vista , sólo para la vista, no se tiene todos los días.
A eso lo llamo yo solidaridad femenina y una excelente compañera de trabajo.
Es una mañana relajada. La sala de espera está vacia. Hora: aproximadamente las doce... pufff, tres horas todavía hasta que finalice la jornada. Ya he revisado el almacén, el botiquín, he dado una vuelta por internet, me he fumado un cigarrito...Ya no sé qué más hacer para matar el tiempo. Oigo pedir permiso para entrar a la consulta de mi compi (por entonces, mujer. No, no es que se haya travestido, es que ella se fue y ahora mi nuevo compi es varón). Me ha parecido ver uniformes verdes, intentando atisbar por mi puerta entreabierta. Anda, se trata de Julito y su compañero de merodeo, dos de la benemérita que llevan unos meses destinados aquí. Nos visita con frecuencia, siempre a deshora, y cuando no le pasa una cosa le pasa otra. Sé por las malas lenguas que trasnocha, en lo poco que hay por aquí para trasnochar... pero se corre cada juerga... Y claro, al día siguiente no puede con su alma; que si me duele la cabeza, que si parece que me mareo... Pero criatura, descansa, que aunque jovencito, veintisiete, algún día vas a reventar. En fín, hoy no sé que le pasará.
Sale de la consulta médica y se encamina, acompañado de su lapa, hacia la mía. Trae un P10 donde dice: Hacer ECG por opresión precordial. Bien, vale. Pues venga," hazme un striptis... qué digo, perdón, en qué estaría yo pensando... quiero decir... quítate la ropa de cintura para arriba (que para el caso es lo mismo) y quítate todo el metal". Julito mide 1.90, moreno, delgado, su cara no es gran cosa, pero no es feo y en todo su conjunto resulta... resulta espectacular.
¿Todo el metal?: me dice. Sí, todo el metal: reitero. Reloj, esclava de grandes eslabones de plata, cadena... todo.
No sé si todo voy a poder: responde. Y tras quitarse la camisa verde guardía civil con la profesionalidad de un estriper, (¡cómo ha cambiado el cuerpo de la benemérita!, todo hay que decirlo), aparece un pecho trabajado, despejado, acompañado de un abdomen plano y en forma de tableta de chocolate, con... con el metal que decía no poderse quitar: un piercing en cada pezón.
No puedo reprimir una sonrisa y él y su compañero, que no se separa ni medio metro del susodicho, tampoco... En fín, alzo los ojos al cielo, ¡anda hijo, ya te vale!, luego le invito a tumbarse en la camilla y él lo hace encantado. Se sabe guapo, se sabe sexi, se sabe chulo. Sus pies se salen de la camilla, éstas están pensadas para la media nacional, no para semejante especimen. Ventosas y cables por el lado derecho, ventosas y cables por el izquierdo, que me obligan a inclinarme casi encima para colocarlos... ¡joder, a ver qué escote he traído hoy, porque ahora soy yo la que puede estar dando el espectáculo!, esto va a terminar pareciendo una escena de un sexhop. No te muevas, no hables y respira tranquilo: le digo... ¡cómo me gusta ordenar eso a un tío!. Él obedece. Concluye la prueba.
Resultado del ECG: NORMAL; dice mi compi al llevárselo para que diagnostique, y añade: "si ya lo sabía yo, pero cuando le he auscultado y he visto semejante torso no he querido ser egoista, por eso te lo he pasado. Ahora que, de aquí en adelante, aunque venga por un dedo, la auscultación no se la quita nadie".
Gracias mujer, te debo una, que ya sabes, aquí la media está en los setenta y este gustazo para la vista , sólo para la vista, no se tiene todos los días.
A eso lo llamo yo solidaridad femenina y una excelente compañera de trabajo.
Cara de palo
No es que se parezca, pero su expresión me lo recuerda mucho. Es como él, como Buster Keaton, uno de mis admirados monstruos del cine mudo. Ojos grandes e inexpresivos, rostro alargado e impenetrable y un enjuto cuerpo, tarciturno y anacrónico, que es arrastrado por sus pies cansados.
Él no ha caído en el alcohol, qué más quisiera, al menos así no sería consciente de dónde ha caído en realidad; en el olvido.
No sé si ha sido buen padre, ni si fue buen marido, sólo sé que ahora está solo y abandonado. Más solo que la una.
Un día me comentaba mi compañero de trabajo, ese que empatiza tanto con la gente, que a él no le daban pena quienes dormían debajo de un puente, ni los que se ponían ciegos de heroína hasta reventar con la más pura; los primeros, según él, porque hay que ser muy hijo de puta en esta vida para que no haya nadie que te tienda una mano; y los segundos porque ¿quién no es sabedor de los estragos que causa la droga hoy en día?, si fuese en los sesenta o los setenta, cuando se creía que únicamente te hacia flotar, ¿pero hoy en día?... drogarse es de gilipollas, y el que lo haga ¡que se joda!, pero que no pidan responsabilidad social. Empatía, a eso lo llamo yo empatía.
No sé si es su caso, no sé si ha sido tan cabrón y tan mala sangre con los suyos que ahora se ve como se ve, pero eso no me lo cuestiono, me da igual, sólo sé que ha tocado fondo.
Sus hijas vienen de vez en cuando. Dan una vuelta y se van. Y vuelve a quedarse entre cuatro paredes que se le vienen encima.
No sé si en su particular película de cine mudo él es el bueno y los demás los malos, o viceversa, pero me cuenta que ya no tiene ganas de seguir viviendo, que va a ser él quién decida su final.
Una luz roja se enciende en mi cabeza y mis neuronas empiezan a buscar rápidamente las palabras adecuadas, el gesto adecuado, la actitud adecuada. Trato de ¿tranquilizarlo?...no, más tranquilo no puede estar, se hunde en la apatía. Mientras preparo la mascarilla, le pongo la mano en el hombro y le animo a que me cuente... Me dice que no tiene ganas de nada, que le cuesta salir de la cama cada día, que no quiere ver a nadie, ni hablar con nadie, que se encuentra mal... que no se aguanta ni él... Su voz sale con desgana, permaneciendo cabizbajo y mirando al suelo. No me encuentro con sus ojos, me los niega.
Le digo que, tal vez, esté mejor en Madrid, con alguna de sus hijas, al menos una temporada. Niega con la cabeza..."allí sólo soy un estorbo".
No sé qué decirle. Su soledad me sobrecoge, será porque la temo más que a la propia muerte. De la vejez lo que más me asusta es eso, verme como le veo a él ahora; sin un hombro que se arrime, sin una palabra de aliento, sin el abrazo de un ser querido, sin su compañera de toda la vida, con sus hijos lejos. Solo, solo, solo.
LLuvia de ideas de suicidio, lo percibo, lo siento. Además, sé por su Historia clínica que no sería la primera vez que se le pasa por la cabeza, aunque su propia cobardía se lo haya impedido. Pero nunca se sabe cuando aparecerá un alarde de valor.
Reinterrogo sobre su tratamiento antidepresivo y asiente con la cabeza... sí, se lo toma. Creo que me engaña.
Hoy ha venido porque dice que le tiembla todo el cuerpo, que no puede respirar, que tiene un nudo en el estómago que no le deja comer. El compañero me lo ha derivado para que le enchufe a la bala de oxígeno, (así lo pone en un papel: enchúfalo al O2 diez minutos), como un placebo, porque en realidad el aire le entra perfectamente en sus pulmones, lo que no le entra es la vida, y lo que le impide respirar es su angustia vital...
Se va como ha venido, arrastrando los pies y con su cara de palo, dándome las gracias.
Solo, tristemente solo.
Él no ha caído en el alcohol, qué más quisiera, al menos así no sería consciente de dónde ha caído en realidad; en el olvido.
No sé si ha sido buen padre, ni si fue buen marido, sólo sé que ahora está solo y abandonado. Más solo que la una.
Un día me comentaba mi compañero de trabajo, ese que empatiza tanto con la gente, que a él no le daban pena quienes dormían debajo de un puente, ni los que se ponían ciegos de heroína hasta reventar con la más pura; los primeros, según él, porque hay que ser muy hijo de puta en esta vida para que no haya nadie que te tienda una mano; y los segundos porque ¿quién no es sabedor de los estragos que causa la droga hoy en día?, si fuese en los sesenta o los setenta, cuando se creía que únicamente te hacia flotar, ¿pero hoy en día?... drogarse es de gilipollas, y el que lo haga ¡que se joda!, pero que no pidan responsabilidad social. Empatía, a eso lo llamo yo empatía.
No sé si es su caso, no sé si ha sido tan cabrón y tan mala sangre con los suyos que ahora se ve como se ve, pero eso no me lo cuestiono, me da igual, sólo sé que ha tocado fondo.
Sus hijas vienen de vez en cuando. Dan una vuelta y se van. Y vuelve a quedarse entre cuatro paredes que se le vienen encima.
No sé si en su particular película de cine mudo él es el bueno y los demás los malos, o viceversa, pero me cuenta que ya no tiene ganas de seguir viviendo, que va a ser él quién decida su final.
Una luz roja se enciende en mi cabeza y mis neuronas empiezan a buscar rápidamente las palabras adecuadas, el gesto adecuado, la actitud adecuada. Trato de ¿tranquilizarlo?...no, más tranquilo no puede estar, se hunde en la apatía. Mientras preparo la mascarilla, le pongo la mano en el hombro y le animo a que me cuente... Me dice que no tiene ganas de nada, que le cuesta salir de la cama cada día, que no quiere ver a nadie, ni hablar con nadie, que se encuentra mal... que no se aguanta ni él... Su voz sale con desgana, permaneciendo cabizbajo y mirando al suelo. No me encuentro con sus ojos, me los niega.
Le digo que, tal vez, esté mejor en Madrid, con alguna de sus hijas, al menos una temporada. Niega con la cabeza..."allí sólo soy un estorbo".
No sé qué decirle. Su soledad me sobrecoge, será porque la temo más que a la propia muerte. De la vejez lo que más me asusta es eso, verme como le veo a él ahora; sin un hombro que se arrime, sin una palabra de aliento, sin el abrazo de un ser querido, sin su compañera de toda la vida, con sus hijos lejos. Solo, solo, solo.
LLuvia de ideas de suicidio, lo percibo, lo siento. Además, sé por su Historia clínica que no sería la primera vez que se le pasa por la cabeza, aunque su propia cobardía se lo haya impedido. Pero nunca se sabe cuando aparecerá un alarde de valor.
Reinterrogo sobre su tratamiento antidepresivo y asiente con la cabeza... sí, se lo toma. Creo que me engaña.
Hoy ha venido porque dice que le tiembla todo el cuerpo, que no puede respirar, que tiene un nudo en el estómago que no le deja comer. El compañero me lo ha derivado para que le enchufe a la bala de oxígeno, (así lo pone en un papel: enchúfalo al O2 diez minutos), como un placebo, porque en realidad el aire le entra perfectamente en sus pulmones, lo que no le entra es la vida, y lo que le impide respirar es su angustia vital...
Se va como ha venido, arrastrando los pies y con su cara de palo, dándome las gracias.
Solo, tristemente solo.
Aquí no hay playa, ¡vaya, vaya!
Burócrata, conservadora, muy provinciana; así es Ciudad Real. Nada que la destaque, salvo que por aquí pasa el AVE, raudo, camino de Sevilla. No tenemos Sabinas que nos canten... pongamos que hablo.... no tenemos Machados que recuerden su infancia en nuestros patios, no tenemos Unamunos como rectores, que hagan de la nuestra una universidad universal, como Salamanca.
Los políticos nos han vendido dos grandes proyectos: el llamado Reino de Don Quijote y el aeropuerto.
El primero pretende ser como Las Vegas; complejos hoteleros de cinco estrellas, grandes casinos, zonas residenciales y campos de golf... ¡aquí, en la Mancha! Y nosotros osamos llamar gilipollas a los murcianos... Está claro que aquí hay tajada inmobiliaria. Además, me pregunto qué coño tienen que ver los casinos y el golf con el reino de D. Quijote, si al menos se tratara de complejos hoteleros recreando las ventas donde hacía sus paradas nuestro hidalgo caballero, con excursiones en rocinantes y rucios, tal vez, pero campos de golf ??? Alguien no se ha leído el Quijote.
El segundo, de momento, está paralizado. Los ecologistas se han puesto en pie de guerra y defienden que la zona es el habitat natural de no sé qué aves. Yo no es que quiera entorpecer el progreso en favor de las aladas, pero me alegro. ¿Qué coño (ya van dos) pinta un aeropuerto en Ciudad Real? ¿Será para que desembarquen los jeques árabes que vendrán a nuestros casinos? ¡Joder, acabo de caer! ¡Seguro que es por eso! Como la corrupción y la decadencia los ahuyentaron de Marbella, ahora se van a venir aquí, a la Mancha manchega que hay mucho vino, mucho pan, mucho aceite y mucho tocino (letra de una jota popular). Esto va a empezar a rebosar un glamour que vamos a ser portada de revista a todas horas, seguro.
Cuando lleguen ellos no lo sé, lo que sí es cierto es que ahora... ¡ahora vivimos como dios! Y para vivir como dios, el ciudadrealeño sólo necesita la calle y una terracita de verano. ¡Cómo le gusta al culipardo la calle! En hora punta es imposible pillar silla en ninguna terraza, ni intra ni extrarradio, de manera que te paseas varias veces, merodeando como un buitre, a ver si queda alguna mesa libre porque se les antoje cambiar de sitio, y cuando ves que alguien se levanta, te vas aproximando, sin pausa pero sin prisa, para que no se note mucho que aceleras el paso hacia tu objetivo, al tiempo que tus ojos controlan a todo lo que se mueve a tu alrededor, no vaya a ser que alguien tuviera tus mismas intenciones y te la quite a traición. Y cuando llegas exitosamente a la silla y en tu interior clamas ¡ya es mía!, no das un salto como Nadal porque no te tomen por chalá, pero dan ganas.
¡Ay, el verano en la capital!, en donde no hay playa... pero sí piscinas. Hay muchas particulares, que aquí el personal tiene mucho chalecito en las afueras. Los que no tenemos chalet, ni amigo que lo tenga, nos vamos al playa park. ¡Oh, el playa park!, un oásis en medio de un desierto. Como vayas en fin de semana no encuentras un metro cuadrado de cesped donde poner una triste toalla. Y si pretendes hacerte unos largos... ¡ja!... ni hacer el muerto, so pena de que algún Moby Dick te engulla.
¿Y por qué será que en la playa los cuerpos pasan más desapercibidos?, es decir, a nadie parece importarle cómo sea o cómo vaya vestido cada uno...Pero aquí, en mi provinciana Ciudad Real, donde todo el mundo se conoce, ¡joder!... ¡no se nos pasa ni uno!: cuerpos danone, cuerpos michelín, cuerpos yogur griego (dícese de los blancuzcos blandengues), cuerpos rodolfo langostino (dícese del tontaina que se tiró todo el santo día sin protección solar), cuerpos lagarto (dícese de los que antes fueron rodolfos langostinos y ahora se están pelando)...En fín, Ciudad Real, ese lugar de la Mancha, donde aún no hay playa, (miedo me da que a los inventores del casino se les pase por la cabeza y nos pongan una artificial, como en Japón), pero hay mucha, pero que mucha, vida social.
Los políticos nos han vendido dos grandes proyectos: el llamado Reino de Don Quijote y el aeropuerto.
El primero pretende ser como Las Vegas; complejos hoteleros de cinco estrellas, grandes casinos, zonas residenciales y campos de golf... ¡aquí, en la Mancha! Y nosotros osamos llamar gilipollas a los murcianos... Está claro que aquí hay tajada inmobiliaria. Además, me pregunto qué coño tienen que ver los casinos y el golf con el reino de D. Quijote, si al menos se tratara de complejos hoteleros recreando las ventas donde hacía sus paradas nuestro hidalgo caballero, con excursiones en rocinantes y rucios, tal vez, pero campos de golf ??? Alguien no se ha leído el Quijote.
El segundo, de momento, está paralizado. Los ecologistas se han puesto en pie de guerra y defienden que la zona es el habitat natural de no sé qué aves. Yo no es que quiera entorpecer el progreso en favor de las aladas, pero me alegro. ¿Qué coño (ya van dos) pinta un aeropuerto en Ciudad Real? ¿Será para que desembarquen los jeques árabes que vendrán a nuestros casinos? ¡Joder, acabo de caer! ¡Seguro que es por eso! Como la corrupción y la decadencia los ahuyentaron de Marbella, ahora se van a venir aquí, a la Mancha manchega que hay mucho vino, mucho pan, mucho aceite y mucho tocino (letra de una jota popular). Esto va a empezar a rebosar un glamour que vamos a ser portada de revista a todas horas, seguro.
Cuando lleguen ellos no lo sé, lo que sí es cierto es que ahora... ¡ahora vivimos como dios! Y para vivir como dios, el ciudadrealeño sólo necesita la calle y una terracita de verano. ¡Cómo le gusta al culipardo la calle! En hora punta es imposible pillar silla en ninguna terraza, ni intra ni extrarradio, de manera que te paseas varias veces, merodeando como un buitre, a ver si queda alguna mesa libre porque se les antoje cambiar de sitio, y cuando ves que alguien se levanta, te vas aproximando, sin pausa pero sin prisa, para que no se note mucho que aceleras el paso hacia tu objetivo, al tiempo que tus ojos controlan a todo lo que se mueve a tu alrededor, no vaya a ser que alguien tuviera tus mismas intenciones y te la quite a traición. Y cuando llegas exitosamente a la silla y en tu interior clamas ¡ya es mía!, no das un salto como Nadal porque no te tomen por chalá, pero dan ganas.
¡Ay, el verano en la capital!, en donde no hay playa... pero sí piscinas. Hay muchas particulares, que aquí el personal tiene mucho chalecito en las afueras. Los que no tenemos chalet, ni amigo que lo tenga, nos vamos al playa park. ¡Oh, el playa park!, un oásis en medio de un desierto. Como vayas en fin de semana no encuentras un metro cuadrado de cesped donde poner una triste toalla. Y si pretendes hacerte unos largos... ¡ja!... ni hacer el muerto, so pena de que algún Moby Dick te engulla.
¿Y por qué será que en la playa los cuerpos pasan más desapercibidos?, es decir, a nadie parece importarle cómo sea o cómo vaya vestido cada uno...Pero aquí, en mi provinciana Ciudad Real, donde todo el mundo se conoce, ¡joder!... ¡no se nos pasa ni uno!: cuerpos danone, cuerpos michelín, cuerpos yogur griego (dícese de los blancuzcos blandengues), cuerpos rodolfo langostino (dícese del tontaina que se tiró todo el santo día sin protección solar), cuerpos lagarto (dícese de los que antes fueron rodolfos langostinos y ahora se están pelando)...En fín, Ciudad Real, ese lugar de la Mancha, donde aún no hay playa, (miedo me da que a los inventores del casino se les pase por la cabeza y nos pongan una artificial, como en Japón), pero hay mucha, pero que mucha, vida social.
La sra. Alañón
A través de la puerta entreabierta de mi consulta, vislumbro el largo y estrecho pasillo que lleva hasta la sala de espera. Su estrechura no permite el paso de la nueva camilla de urgencias, unos cuatro centímetros más ancha que el ancho de las dos puertas que debería atravesar hasta llegar a su destino: la sala de urgencias. He terminado con los crónicos y aún no han aparecido los programados de las once. Hoy ha sido el primer día tras las vacaciones y para ser Julio y lunes no he visto a ningún desafortunado desplazado. Raro, raro, raro.
Intento, en este rato, entrar en las páginas de La Junta, para ver cómo va el proceso de la OPE. Tarea imposible. ¡Joder!, ¡qué negada soy para encontrar algo en internet!, me sale de todo menos lo que busco. Nada, desisto. Ya lo buscará ése que me acompaña día tras día. El trabajo sucio para él, éso y llevar el coche al taller cuando toca, más el 50% del resto de esta empresa en común.
Me miro el reloj, son las once menos diez. Hago ademán de levantarme, me da tiempo a fumarme un cigarrillo. Sí, fumo. Hubo un tiempo en el que fumaba cuando quería y lo dejaba cuando me venía en gana. Ahora me resulta imposible, no sé si será por llevarle la contraria a lo que se impone...No, no soy tan necia, sé que fumar sólo me lleva a una bronquitis crónica, como poco, pero no tengo más vicio. Además, tampoco fumo tanto, lo preciso para matar el mono y acallar a la puñetera nicotina dentro de mis venas.
No me ha dado tiempo a ponerme en pie cuando la veo por el pasillo. La veo y la oigo aproximarse, porque es imposible no verla ni oírla. Su corpulento cuerpo se balancea al caminar. Su respiración se entrecorta y jadea. Su voz resuena por el pasillo como un huracán, preguntándole a nadie si ha venido ya la practicanta " si no, me voy". Yo permanezco sentada, con una sonrisa en los labios porque sé lo que me va a decir sin que yo abra la boca, porque ella es siempre así, igual de borde y antipática, pero totalmente previsible.
" ¿Se puede?" mientras abre la puerta de par en par. "Ya sé que no es la hora, pero no me regañes". Sus ojos grandes, su boca grande, con una separación entre incisivos similar al Gran Cañón, su cuerpo grande, grandísimo...todo ello toma asiento sin que yo se lo diga. " ¿Qué tal tus vacaciones, hermosa?, bien, ¿verdad?, mejor que aquí". No me deja responder. Sigo mirándola sin dejar de sonreir, a ver cuándo le da la gana de callar. Se agacha a un bolso enorme, de múltiples colorines, y saca no sé qué cosa que lanza (ella, de sutilezas nada) en lo alto de mi mesa..." Toma, unas judías verdes. ¿Te gustan las judías verdes?. Y si no te gustan te va a dar igual, porque yo no me las voy a volver a llevar. Y éstas para el médico". Saca una bolsa más que lanza de igual manera.
Le doy las gracias y la invito a que deje su monólogo. Retiro las dos bolsa, poniéndolas debajo de mi mesa y me veo obligada a coger una gamuza para limpiar el espacio que nos separa, esa mesa de confidente, de restos de tierra y agua.
Me explica su problema, de familia, según ella...En ella todo es de familia: su rebelde hipertensión, sus trescientos de glucemia, sus piernas que le estallan literalmente por su obesidad...todo lo heredó de su padre. Nada de hipertensiones esenciales o secundarias, ni de diabetes mellitus tipo I ni II, según la sra. Alañón todo tiene su origen en la herencia y no hay que darle más vueltas. Ella es uno de mis caso omiso, de mis predícame padre, pero es de esas pacientes que me dan vida, por su peculiaridad; tan enorme por dentro como por fuera, a pesar de su mal genio.
Mientras curo las ampollas de sus piernas y le hago un vendaje de compresión, le pregunto si sigue mis consejos para paliar el problema. Resopla y se va por la tangente mientras me suelta lo que, tal vez, pretendía ser un gesto amable, pero que resulta ser un zarpazo en el hombro que, además de doler, casi me hace perder el equilibrio. "Esta mujer no mide sus fuerzas", pienso entre mí mientras ella me sujeta, riéndose a carcajadas. "Uy, qué floja vienes"...no para de reir y yo...yo termino riéndome con ella. El día menos pensado me rompe una costilla sin querer. La próxima vez guardaré distancias ante el abrazo de la osa madre. La cito para dentro de tres días. Se levanta con dificultad y se encamina hacia la puerta, se vuelve torpemente y clavándome sus grandes ojos, añade como enfadada, como siempre..." Ahhh, so pendón, me han dicho que te vas. ¿Te creerás que te van a tratar por ahí mejor que aquí?, anda y no te vayas. ¿Dónde vas a ir que más valgas?".
Intento, en este rato, entrar en las páginas de La Junta, para ver cómo va el proceso de la OPE. Tarea imposible. ¡Joder!, ¡qué negada soy para encontrar algo en internet!, me sale de todo menos lo que busco. Nada, desisto. Ya lo buscará ése que me acompaña día tras día. El trabajo sucio para él, éso y llevar el coche al taller cuando toca, más el 50% del resto de esta empresa en común.
Me miro el reloj, son las once menos diez. Hago ademán de levantarme, me da tiempo a fumarme un cigarrillo. Sí, fumo. Hubo un tiempo en el que fumaba cuando quería y lo dejaba cuando me venía en gana. Ahora me resulta imposible, no sé si será por llevarle la contraria a lo que se impone...No, no soy tan necia, sé que fumar sólo me lleva a una bronquitis crónica, como poco, pero no tengo más vicio. Además, tampoco fumo tanto, lo preciso para matar el mono y acallar a la puñetera nicotina dentro de mis venas.
No me ha dado tiempo a ponerme en pie cuando la veo por el pasillo. La veo y la oigo aproximarse, porque es imposible no verla ni oírla. Su corpulento cuerpo se balancea al caminar. Su respiración se entrecorta y jadea. Su voz resuena por el pasillo como un huracán, preguntándole a nadie si ha venido ya la practicanta " si no, me voy". Yo permanezco sentada, con una sonrisa en los labios porque sé lo que me va a decir sin que yo abra la boca, porque ella es siempre así, igual de borde y antipática, pero totalmente previsible.
" ¿Se puede?" mientras abre la puerta de par en par. "Ya sé que no es la hora, pero no me regañes". Sus ojos grandes, su boca grande, con una separación entre incisivos similar al Gran Cañón, su cuerpo grande, grandísimo...todo ello toma asiento sin que yo se lo diga. " ¿Qué tal tus vacaciones, hermosa?, bien, ¿verdad?, mejor que aquí". No me deja responder. Sigo mirándola sin dejar de sonreir, a ver cuándo le da la gana de callar. Se agacha a un bolso enorme, de múltiples colorines, y saca no sé qué cosa que lanza (ella, de sutilezas nada) en lo alto de mi mesa..." Toma, unas judías verdes. ¿Te gustan las judías verdes?. Y si no te gustan te va a dar igual, porque yo no me las voy a volver a llevar. Y éstas para el médico". Saca una bolsa más que lanza de igual manera.
Le doy las gracias y la invito a que deje su monólogo. Retiro las dos bolsa, poniéndolas debajo de mi mesa y me veo obligada a coger una gamuza para limpiar el espacio que nos separa, esa mesa de confidente, de restos de tierra y agua.
Me explica su problema, de familia, según ella...En ella todo es de familia: su rebelde hipertensión, sus trescientos de glucemia, sus piernas que le estallan literalmente por su obesidad...todo lo heredó de su padre. Nada de hipertensiones esenciales o secundarias, ni de diabetes mellitus tipo I ni II, según la sra. Alañón todo tiene su origen en la herencia y no hay que darle más vueltas. Ella es uno de mis caso omiso, de mis predícame padre, pero es de esas pacientes que me dan vida, por su peculiaridad; tan enorme por dentro como por fuera, a pesar de su mal genio.
Mientras curo las ampollas de sus piernas y le hago un vendaje de compresión, le pregunto si sigue mis consejos para paliar el problema. Resopla y se va por la tangente mientras me suelta lo que, tal vez, pretendía ser un gesto amable, pero que resulta ser un zarpazo en el hombro que, además de doler, casi me hace perder el equilibrio. "Esta mujer no mide sus fuerzas", pienso entre mí mientras ella me sujeta, riéndose a carcajadas. "Uy, qué floja vienes"...no para de reir y yo...yo termino riéndome con ella. El día menos pensado me rompe una costilla sin querer. La próxima vez guardaré distancias ante el abrazo de la osa madre. La cito para dentro de tres días. Se levanta con dificultad y se encamina hacia la puerta, se vuelve torpemente y clavándome sus grandes ojos, añade como enfadada, como siempre..." Ahhh, so pendón, me han dicho que te vas. ¿Te creerás que te van a tratar por ahí mejor que aquí?, anda y no te vayas. ¿Dónde vas a ir que más valgas?".
Como la farsa monea
" No sabes, Leonor, lo que agradezco que estés conmigo, que no me dejes sola con mi pena".
" Pero Margarita, ¿cómo quieres que te deje así?. Si te pasas el día como la zarzamora: llora que llora por los rincones."
" Como la zarzamora no, querida, como la zarzamora no...como la farsa monea, que de mano en mano va y ninguno se la quea...¡Ay, Leonor, qué desgraciada soy! ¡Qué mala suerte tengo con los hombres!"
" Ya estamos. Supongo que decir que ya te lo decía yo no sirve de nada...pero ¡ya te lo decía yo! ¡Joder, Margarita, si estaba cantao, vesubio 75 y pompeya 73 no podían tener futuro!...Pompeya 73, ¡qué imaginación tienes, Margarita!"
" Y tú siempre tan asquerosamente realista, querida. No pensarás que si a un chat entras como Leonor Rodriguez te vas a comer un colín. Hay que buscar nombres enigmáticos, con misterio, con morbo...Lo ves, nada más encontrarse Vesubio con Pompeya no pudo resistir la tentación y luego me decía unas cosas...¡qué cosas!...pompeya 73, te voy a hacer arder en medio de mi lava...Y yo contestaba: estoy deseosa de ver como entra en erupción ese volcán..."
" ¡Madre mía del amor hermoso!, cuántas tonterías hay que oír. Pero Margarita, querida, ¿un volcán a los 75?... como mucho, las chispitas de una bengala, o el fogonazo de una triste cerilla. Eso y la socorrida viagra pa prenderla. Además, yo no me fío de ésos que fogan tanto cuando no se les ve, que luego, cara a cara, ya vienen fogaos.
Y perdoname, pero tu pompeya hace ya mucho que es un desierto de arena, pena, pena...dicho por ti,eh, que yo no me invento nada. Y también me dirás que te preguntaba de qué color tenías el tanga...y tú le dirías la verdad, supongo; que la faja era de color carne, con unas puntillitas rematando las patitas...¡eso debe ser de un morboso...!
Mira Margarita, nos conocemos desde hace muchos años y tu Ildefonso, que en gloria esté, decía que tú eras mucha mujer, y a la vista está, que tú a la Loren no le tienes nada que envidiar, pero yo sé que tú no buscabas morbo, ni calentones a destiempo, que eso es pan pa hoy y hambre pa mañana...Tú buscabas compañía, aliviar tu soledad, tener un poquito de cariño o de amor, ratitos de conversación cara a cara y un poquito de calor en en el alma y, por qué no, también en la cama, que a los 70 se tiene frío siempre...No salió bien, otra vez será, pero que no sea por un chat.
Oye, Margarita...se me está ocurriendo...¿Tú recuerdas a Jacinto?, sí mujer, el estanquero...¡Ése!. Nooooo, de sarasilla nada, habladurías de la gente, menudo hombretón. Te sorprenderías. Mañana te invito a tomar un cafetito con él, verás que entretenido y que simpático es. ¡Hecho! Mañana, en mi casa, a las cuatro. No faltes."
Tener que andar yo de alcahueta, Felipe, tiene guasa. Pero como me salga bien la jugada, mato dos pájaros de un tiro.
Buenas noches, vida mía. Te espero mañana, como siempre.
" Pero Margarita, ¿cómo quieres que te deje así?. Si te pasas el día como la zarzamora: llora que llora por los rincones."
" Como la zarzamora no, querida, como la zarzamora no...como la farsa monea, que de mano en mano va y ninguno se la quea...¡Ay, Leonor, qué desgraciada soy! ¡Qué mala suerte tengo con los hombres!"
" Ya estamos. Supongo que decir que ya te lo decía yo no sirve de nada...pero ¡ya te lo decía yo! ¡Joder, Margarita, si estaba cantao, vesubio 75 y pompeya 73 no podían tener futuro!...Pompeya 73, ¡qué imaginación tienes, Margarita!"
" Y tú siempre tan asquerosamente realista, querida. No pensarás que si a un chat entras como Leonor Rodriguez te vas a comer un colín. Hay que buscar nombres enigmáticos, con misterio, con morbo...Lo ves, nada más encontrarse Vesubio con Pompeya no pudo resistir la tentación y luego me decía unas cosas...¡qué cosas!...pompeya 73, te voy a hacer arder en medio de mi lava...Y yo contestaba: estoy deseosa de ver como entra en erupción ese volcán..."
" ¡Madre mía del amor hermoso!, cuántas tonterías hay que oír. Pero Margarita, querida, ¿un volcán a los 75?... como mucho, las chispitas de una bengala, o el fogonazo de una triste cerilla. Eso y la socorrida viagra pa prenderla. Además, yo no me fío de ésos que fogan tanto cuando no se les ve, que luego, cara a cara, ya vienen fogaos.
Y perdoname, pero tu pompeya hace ya mucho que es un desierto de arena, pena, pena...dicho por ti,eh, que yo no me invento nada. Y también me dirás que te preguntaba de qué color tenías el tanga...y tú le dirías la verdad, supongo; que la faja era de color carne, con unas puntillitas rematando las patitas...¡eso debe ser de un morboso...!
Mira Margarita, nos conocemos desde hace muchos años y tu Ildefonso, que en gloria esté, decía que tú eras mucha mujer, y a la vista está, que tú a la Loren no le tienes nada que envidiar, pero yo sé que tú no buscabas morbo, ni calentones a destiempo, que eso es pan pa hoy y hambre pa mañana...Tú buscabas compañía, aliviar tu soledad, tener un poquito de cariño o de amor, ratitos de conversación cara a cara y un poquito de calor en en el alma y, por qué no, también en la cama, que a los 70 se tiene frío siempre...No salió bien, otra vez será, pero que no sea por un chat.
Oye, Margarita...se me está ocurriendo...¿Tú recuerdas a Jacinto?, sí mujer, el estanquero...¡Ése!. Nooooo, de sarasilla nada, habladurías de la gente, menudo hombretón. Te sorprenderías. Mañana te invito a tomar un cafetito con él, verás que entretenido y que simpático es. ¡Hecho! Mañana, en mi casa, a las cuatro. No faltes."
Tener que andar yo de alcahueta, Felipe, tiene guasa. Pero como me salga bien la jugada, mato dos pájaros de un tiro.
Buenas noches, vida mía. Te espero mañana, como siempre.
Y dejar de ver mi árbol
Es la segunda vez, en lo que va de año, en la que tengo que tomar la decisión de cambiar de destino o de continuar en el mismo.
Dije, hace ya muchas líneas abajo, que llevo quince años aquí, perdida entre montes, en donde el viajero llega por equivocación. Es cierto que el turismo rural le está dando un poco de vida en estos últimos años, eso y El Parque Nacional de Cabañeros, que está ahí al lado. Por aquí buscan refugio los ricachones, en sus grandes fincas, esas que les permite alejarse del mundanal ruído, trayéndose a sus amigos, de similar pelaje, a pegar cuatro tiros a los venaos. Díganse los Albertos y los Mario Conde, entre otros, este último lo tiene más complicadillo, pero también se divierte.
Este Centro es de los que se califican como tranquilo, eso significa que la presión asistencial es inexistente. El de cabecera, que es donde me encuentro ahora, donde se encuentra el Centro como tal y, además de las consultas de mañanas, se hace la llamada Atención continuada (guardias), atiende a una población de apenas 1000 habitantes, eso sumándole los inmigrantes, que esos sí que llegan, incluso aquí. Ahora son ellos los que trabajan en las fincas, desplazando a los andaluces. El otro pueblo que forma parte de la zona está a 12 km, adentrándose más todavía entre montes de jara y romero, de alcornoques y fresnos, situándose en las navas del río que le da nombre. Tiene unos 400 habitantes. En él viví durante seis años: crudos inviernos, larguísimos veranos, partiditas y cigarrito diariamente en el bar, a las cuatro de la tarde, con dos o tres amigas (la hija de mi casera, la mujer del médico y una amiga de ésta...¡vaya cuatro!), haciéndonos sitio entre una veintena de jubilados echando su tute.
Guardo un grato recuerdo de aquellos años. Aún hoy, cuando tengo que ir por allí a alguna urgencia, en mis días de guardia, siento que se me recibe con familiaridad y con aprecio, que a pesar del tiempo, nueve años ya, aún se me recuerda. Eso me halaga y me hace pensar que, a pesar de las dudas que me asaltan de vez en cuando sobre si lo estaré haciendo cómo lo debo hacer, creo que siempre trabajé con ellos desde la profesionalidad, la confianza y el afecto. De eso no me arrepentiré nunca.
Siempre es difícil poner un punto y aparte, dar puerta a quince años en un mismo lugar, donde conozco y me conocen, donde he vivido tanto, más bueno que malo. Es tremendamente duro y arriesgado. Tengo encima de la mesa un folio con 69 plazas, a las que no dejo de darle vueltas. " Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer", esa es la frase que más oigo ultimamente a mi alrededor y tal vez lleven razón. Yo siento que debo quemar una etapa y abrir otra. Ese navegar entre mares inciertos me produce zozobra, me hace sentirme insegura y vulnerable. La duda, siempre la duda.
El día 9 vuelvo, concluye mi primer periodo de vacaciones, el segundo lo guardo para finales de Agosto. Por entonces ya sabré si continuo o no aquí, si seguiré haciendo los 90 km de ida y los otros 90 de vuelta durante otros cuantos años más, recorriendo eternamente el mismo paisaje que me acoge como si formara parte de él, como ese árbol. La primera vez que reparé en él sólo tenía un nido de cigüeña, al año siguiente dos, luego tres, luego cuatro...hasta convertirse en el árbol más bello y enigmático del lugar. Sus ramas, peladas y muertas, esperan siempre la llegada de sus pobladoras, esas que le dan vida año tras año. Y yo asisto al milagro... año tras año.
Perderé el privilegio de contemplar espectaculares amaneceres, esos que suceden siempre atravasendo el pantano de La Torre, cuando empieza a alargarse el día y cuando la noche, esa que me acompaña siempre, en la ida, durante el crudo invierno, se acorta. Durante unos días, sucede siempre en el mismo tramo, totalmente sincronizado mi paso con el despuntar del día. Otro milagro, día tras día.
He puesto otra zona de primera opción pero no estoy segura de querer dejar de ver mi árbol.
Dije, hace ya muchas líneas abajo, que llevo quince años aquí, perdida entre montes, en donde el viajero llega por equivocación. Es cierto que el turismo rural le está dando un poco de vida en estos últimos años, eso y El Parque Nacional de Cabañeros, que está ahí al lado. Por aquí buscan refugio los ricachones, en sus grandes fincas, esas que les permite alejarse del mundanal ruído, trayéndose a sus amigos, de similar pelaje, a pegar cuatro tiros a los venaos. Díganse los Albertos y los Mario Conde, entre otros, este último lo tiene más complicadillo, pero también se divierte.
Este Centro es de los que se califican como tranquilo, eso significa que la presión asistencial es inexistente. El de cabecera, que es donde me encuentro ahora, donde se encuentra el Centro como tal y, además de las consultas de mañanas, se hace la llamada Atención continuada (guardias), atiende a una población de apenas 1000 habitantes, eso sumándole los inmigrantes, que esos sí que llegan, incluso aquí. Ahora son ellos los que trabajan en las fincas, desplazando a los andaluces. El otro pueblo que forma parte de la zona está a 12 km, adentrándose más todavía entre montes de jara y romero, de alcornoques y fresnos, situándose en las navas del río que le da nombre. Tiene unos 400 habitantes. En él viví durante seis años: crudos inviernos, larguísimos veranos, partiditas y cigarrito diariamente en el bar, a las cuatro de la tarde, con dos o tres amigas (la hija de mi casera, la mujer del médico y una amiga de ésta...¡vaya cuatro!), haciéndonos sitio entre una veintena de jubilados echando su tute.
Guardo un grato recuerdo de aquellos años. Aún hoy, cuando tengo que ir por allí a alguna urgencia, en mis días de guardia, siento que se me recibe con familiaridad y con aprecio, que a pesar del tiempo, nueve años ya, aún se me recuerda. Eso me halaga y me hace pensar que, a pesar de las dudas que me asaltan de vez en cuando sobre si lo estaré haciendo cómo lo debo hacer, creo que siempre trabajé con ellos desde la profesionalidad, la confianza y el afecto. De eso no me arrepentiré nunca.
Siempre es difícil poner un punto y aparte, dar puerta a quince años en un mismo lugar, donde conozco y me conocen, donde he vivido tanto, más bueno que malo. Es tremendamente duro y arriesgado. Tengo encima de la mesa un folio con 69 plazas, a las que no dejo de darle vueltas. " Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer", esa es la frase que más oigo ultimamente a mi alrededor y tal vez lleven razón. Yo siento que debo quemar una etapa y abrir otra. Ese navegar entre mares inciertos me produce zozobra, me hace sentirme insegura y vulnerable. La duda, siempre la duda.
El día 9 vuelvo, concluye mi primer periodo de vacaciones, el segundo lo guardo para finales de Agosto. Por entonces ya sabré si continuo o no aquí, si seguiré haciendo los 90 km de ida y los otros 90 de vuelta durante otros cuantos años más, recorriendo eternamente el mismo paisaje que me acoge como si formara parte de él, como ese árbol. La primera vez que reparé en él sólo tenía un nido de cigüeña, al año siguiente dos, luego tres, luego cuatro...hasta convertirse en el árbol más bello y enigmático del lugar. Sus ramas, peladas y muertas, esperan siempre la llegada de sus pobladoras, esas que le dan vida año tras año. Y yo asisto al milagro... año tras año.
Perderé el privilegio de contemplar espectaculares amaneceres, esos que suceden siempre atravasendo el pantano de La Torre, cuando empieza a alargarse el día y cuando la noche, esa que me acompaña siempre, en la ida, durante el crudo invierno, se acorta. Durante unos días, sucede siempre en el mismo tramo, totalmente sincronizado mi paso con el despuntar del día. Otro milagro, día tras día.
He puesto otra zona de primera opción pero no estoy segura de querer dejar de ver mi árbol.