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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
Vacaciones...
Anhelo las vacaciones en aquel tiempo en el que eran eternas, eternas y vacaciones. El curso se terminaba, la calle se regaba con agua fresca del pozo para que la flama del día se evaporase, se refrescase la tierra y se asentara el polvo, las sillas se sacaban a la puerta para tomar el fresco por las noches (en la Mancha ha sido la práctica más saludable del mundo; tomar el fresco, indudablemente mucho más saludable que tomar el sol), la tele se trasladaba al pasillo para ver desde la calle el UN, DOS, TRES, la hora de irse a dormir no eran las nueve de la noche, y todo, todo, todo el tiempo del mundo era para jugar.
El final de cada verano siempre me producía una extraña sensación de melancolía. Era una sensación de pérdida inexplicable que aumentaba paulatinamente en la misma medida en la que se alargaban las noches y refrescaban y acortaban los días. Aun así, las vacaciones tenían sabor a vacaciones: alegría, diversión, siestas, descanso, ocio... La ociosidad creativa es maravillosa, es cuando se tiene la sensación del verdadero disfrute del tiempo libre, de la relajación y del descanso. Yo, definitivamante, afirmo que se me ha olvidado lo que es el ocio y desde hace una eternidad no sé lo que son unas vacaciones.
Las estadísticas hablan del número de separaciones que se producen en estas fechas (suele salir como noticia en el telediario cuando no tienen otras cosas más interesantes que contar). Yo siempre he pensado que es la gota de sudor que colma el vaso. De sudor... El calor despierta lo peor de mí... Pero calor ha hecho siempre, todos los veranos, ¿cierto?, cierto... Y no sólo no se despertaba lo peor sino que nacían unas ganas irrefrenables de disfrutar de los días, de las noches y del más nimio acontecimiento que surgiese en un momento determinado... ¿cierto?, cierto. Y ahora la pregunta del millón a mi otro yo con el que mantengo esta mierda de reflexión: ¿Entonces, qué es lo que convierte las vacaciones en una condena de la que estás deseando salir para volver al trabajo y a la rutina del día a día? ¿Serán los sollozos al otro lado del salón y los gritos mientras escribo estas cuatro lineas que vociferan: ¡mamá, no me deja la barbie ni al príncipe Antonio!? ¿Será que cuando estoy embebida en El juego del ángel, de Zafón, y a David Martín alguien ofrece algo de beber, David Martín en vez de contestar si tiene un vaso de agua, se lo agradecería, contesta fuera de mi cabeza, como un martillazo, que qué tenemos hoy de comida?... y la cruel realidad se manifiesta tirada en el otro lado del sofá, con el amenazador mando a distancia en la mano, sin tener en cuenta que yo leo -viajo, me evado, existo en otro mundo, he sido transportanda al Otro Lado, al mundo de las Palabras que juguetan en mi imaginación- y con un simple golpe de pulgar se profana el silencio y se desvanece mi viaje como el humo (siempre existe la opción de irse a otra habitación, pero el daño ya está hecho). ¿Será que las horas de ocio se han convertido en un ocio obligado, cuyo objetivo no es mi propio descanso ni mi disfrute personal sino el de otras que de mí dependen?. A veces, sencillamente me aborda la ociosidad en el peor de sus sentidos, pérdida de tiempo, y el único beneficio que le obtengo al día son los cuarenta minutos de marcha por la ronda, unos tramos corriendo y otros a paso ligero, para descargar la adrenalina acumulada.
Lo sé, soy egoista y nunca he considerado una virtud la abnegación de madre ni de esposa. Siempre he sido un ente independiente, sociable pero independiente, que necesita su espacio vital para crecer. La invasión de éste lo tomo como una agresión personal. Las vacaciones de verano, o de invierno, suponen reiteradas incursiones de unos y de otros, con constantes demandas que conllevan la renuncia involuntaria a unos minutos de asueto tan necesarios para el descanso del cuerpo y de la mente.
No es que yo tuviese una idea equivocada de lo que era el matrimonio y los hijos, no... ¿o sí?... Menos mal que ayer Nadal -un partido de infarto- me dió otra nueva alegría (y una contusión leve en mi mano izquierda por traumatismo contra la cabeza disecada de un jabalí que pendía casi dos metros por encima de la mía -así de grande fue el salto, puños arriba, tras el último juego del último set que le dió el titulo en Wimbledon-, pero esa es otra historia).


 
La calle, el mundo
Todas las infancias se parecen, afirmaba Terenci Moix en Extraño en el paraíso, y es cierto, todas las infancias se parecen en esencia, y todas las calles, y todos los mundos.
Entre la infancia de Juan José Millás y la mía hay dos décadas pero nada las diferencia. Su época y mi época pertenecieron a una parte de la Historia de este país en el que todo permanecía inalterable a pesar del paso del tiempo, en el que la calle era El Mundo, ajeno al resto de los otros mundos.
Mi calle ni tan siquiera estaba empedrada, mi calle era de tierra arcillosa que embarraba los zapatos pegándose a ellos como un moco cuando llovía. Las aceras sí eran de un empedrado desigual, con jorobas, ensanchamientos o estrechamientos a lo largo y ancho de su recorrido. En pimavera afloraba la hierba entre sus piedras para después, tras secarse por el sol y quebrarse por el deambular o bullir de los unos y los otros, convertirse su tallo en un arma punzante, clavándose en algún inocente pie descalzo, porque en verano no se gastaban zapatos, sólo en domingo, es más, no recuerdo más zapatillas de verano que unas chanclas de goma de la zapatería de canario (apodo del zapatero de mi infancia). Ahora las veo en las tiendas de deportes con la marca Nike o Adidas, pero antes era el calzado de los que éramos tan pobres como las ratas.
Nunca heredé ropa de mis hermanos porque, aunque fui la segunda, el primero fue varón y en mi época las niñas vestíamos mayormente falda, tanto en verano como en invierno... (es curioso, pero no tengo conciencia de haber pasado frío en aquel mundo en el que los leotardos eran un artículo de lujo, sólo había el calor de una estufa de leña en una única habitación -a mi madre nunca le gustaron los braseros por su peligrosa combustión- y en los dormitorios la humedad subía por las paredes como la hiedra por viejos muros). A mi hermana sí la recuerdo con ropa mía y también a mi hermano más pequeño con ropa de mis otros dos hermanos. No éramos nueve, fuimos cinco surgiendo a la vida y a las necesidades más básicas como el vestir y el comer en plena década de los setenta. En mi pueblo hubo quien pasó hambre real, como en la mismísima posguerra (Yo aún no sabía lo que era el hambre literal). Tengo que decir que aunque pobres como ratas no recuerdo más necesidad que la de que me comprasen una muñeca vestida de blanco y que recitaba la oración de Jesusito de mi vida eres niño como yo por eso te quiero tanto y te doy mi corazón, tómalo, tómalo, tuyo es mío no el día de mi primera comunión, pero aquella necesidad nunca se vió cubierta. Sobreviví a ella y a otras muchas que mi calle me deparó con el paso del tiempo. En mi calle, mi Mundo, nos hacíamos mujeres antes de tiempo, dejábamos de jugar antes de tiempo, en pocas palabas, nos obligaban a crecer antes de tiempo.
No tuve ninguna amiga que se asemeje al Vitaminas (siempre envidié esas amistades entre dos chicos, era la lealtad manifiesta), ni sótanos desde donde contemplar mi calle y sus moradores, al contrario, siempre fui amante de las alturas y contemplé el Mundo desde una azotea y desde los tejados de mi casa, unas veces sola y la inmensa mayoría acompañada de mi hermana. Podría ser ella el Vitaminas, tomó muchas en su infancia, pero lejos de morir, ella desapareció para resucitar en Su Mundo y a él pertenece desde entonces.
Al final de mi calle había otra calle semejante, igual de embarrada y de pobre, y después otra igual, y otra y otra... Todas las calles eran como la mía, ajenas a otros mundos y sin conciencia de la existencia de éstos y de la posibilidad de otra vida diferente. No había más aspiración para ellos, los niños convertidos en hombres, que ser algo más que un destripaterrones, albañil estaría bien, pero por aquel entonces había poco que construir porque no había nadie que lo comprara. Los más afortunados salían de la miseria a través de los seminarios (todos los mundos se parecen), y de ahí, con un poco de suerte, tras la frustrada vocación, a la universidad. No había más aspiración para nosotras, las niñas convertidas en mujeres, que echarnos un novio (a ser posible que no fuese destripaterrones, mejor de albañil para arriba. La que cazaba un estudiente era la envidia del pueblo) y dejarnos los ojos y la espalda sobre un bastidor bordando el ajuar para la boda. Aquella tediosa y frustrante tarea de preparar el ajuar se hacía tuvieses o no tuvieses novio, porque el fin último de nuestra existencia era el casamiento. La soltería era como un fracaso definitivo de toda realización personal, una sentencia de muerte en vida.
Todo intento de fuga de aquel Mundo alejado de toda civilización, aunque ésta se encontrase a treinta quilómetros, implicaba un gasto económico que sólo una o dos familias se podían permitir (toda mi vida de estudiante fui una becada - desde lo de la Lewinsky becaria suena fatal-, se lo prometí a mi madre cuando apostó por mí y no la defraudé ni un solo curso, no hubiese sido posible de otra manera), y un cambio de mentalidad revolucionario y atroz en el seno familiar rural y era la posibilidad de que una mujer fuese a la universidad. Algunas hacían un par de años de auxiliar administrativo o de auxiliar de enfermería, o iban a mecanografía para ser escribientas, eso decían sus madres a otras madres para dar envidia... ser escribienta... qué oficio sería ése, escribienta... Yo creo que se veía mucha película de Paco Martínez Soria.
El día que decidí que ya no quería ser cantante, que ahora lo que quería era ser estudiante (aún no sabía de qué, pero estudiante) mi abuela le dijo a mi padre que si lo permitía terminaría emputecía y sin oficio ni beneficio (¡emputecía!...¡yo!...¡qué cosas tenía esta matriarca!). Y entonces fue cuando mi madre sentenció "la cría va a ir a estudiar ya pueda decir tu madre misa", y mi padre, por primera y única vez en la vida, acató. En su fuero interno sabía que era la única forma de romper aquello que nos predestinaba a seguir en la miseria, y no hablo de la económica, sino de la cultural, moral, social, en definitiva, de todo lo que nos negaba Conocer... Era la única manera de irrumpir en un mundo que a ellos se les había negado pero que consciente o inconscientemente estaban preparando para nosotros. Nunca huí de aquel Mundo, me limité a transformarlo como yo creí que debía hacerlo... Esa fue mi calle, mi mundo, El Mundo, tan diferente al de mis hijas y a la vez tan idéntico, porque no deja de ser la transformación del que te dan hecho en el tuyo propio, en Tu Mundo. Posiblemente el mayor o menor sentimiento de angustia, de frustración, de miedo, de éxito o de fracaso siempre dependerá de la forma de Concebir y de Conocer, de ello depende la huida o la transformación de El mundo.
Yo necesité escribirlo para conocerlo, aún lo sigo necesitando para seguir transformándolo. La escritura.
"Escribir bien presupone escribir al dictado de aquella parte de ti que permanece dentro del delirio cuando la otra sale de él para comunicarse con los demas o para ganarse la vida" dice Juan José Millás en El mundo. Nunca escribiré para ganarme la vida, eso es obvio, y en contadas ocasiones he escrito al dictado, por tanto presupongo que no escribo bien, pero cuando me sale la palabra exacta, en la frase exacta, con la idea exacta, tengo la misma sensación que haber parido a una criatura de lo más profundo de mis entrañas y la satisfacción de que es mía y sólo mía.
Como todo lo escrito aquí, esto también lo he escrito yo.

 
Sexualidad y anticoncepción. (Tema 1)
¿Qué es un método anticonceptivo?
Se considera método anticonceptivo todo aquello que se lleva a la práctica para evitar la concepción.
* Concepción: acción o efecto de concebir.
Sería largo exponer aquí todos los métodos habidos y por haber, desde los de última generación hormonalmente hablando hasta los que se utilizan como tal y no lo son. Me voy a limitar a los más extendidos: ACO (anticonceptivos orales), preservativo y los consabidos métodos naturales.
Los ACO:
La elección de dicho anticonceptivo depende de la edad, de los factores de riesgo que se detecten en la solicitante y de la tolerancia o no a dicho método. Hay contraindicaciones absolutas para su uso, como son alteraciones genéticas de los factores de la coagulación o antecedentes de trombosis, también en cardiopatias severas. No es recomendable en mujeres mayores de 35 años ni en grandes fumadoras. Los efectos secundarios de dicho método son contrarrestados por los beneficios que proporciona y su alta eficacia en contracepción (un 99% si es correctamente utilizado). Por otra parte, no toda mujer que utiliza anticonceptivos orales los usa a priori como método, sino como tratamiento de alteraciones hormonales que llevan consigo reglas irregulares y dolorosas, o la existencia de otras patologías que requieren tratamiento hormonal. Lógicamente, cuando una mujer decide el uso de dicho método es porque sexualmente es activa, para mantenerse virgen hasta el día de la boda no es necesario, y para hacer uso del matriminio sólo para traer hijos al mundo tampoco es necesario.
La toma de ACO lleva consigo revisiones periódicas de analíticas con coagulación, niveles de colesterol y transaminasas, así como citologías.
*Nota aclaratoria: No está en el ánimo de la mujer que toma ACO rentabilizarlos con cuantos más polvos mejor, simplemente le resulta más cómodo y apropiado para ella.
Un consejo: Yo sólo me fiaría de mi pareja estable (se entiende por estable la de tiempo y confiaza, la estable de anoche y la otra estable de antesdeanoche no se considera como tal)... ante una desconocida, por mucho que os diga, chicos, el capuchón impermeable, por si las moscas.
El preservativo:
De los métodos barrera es el método estrella por su comodidad con respecto a anillos, esponjas etc, etc... y por su inocuidad. En contra tiene la consabida pérdida de sensibilidad, pero en este método sí que se puede afirmar, sin ninguna duda, que los pros superan con creces los contras. El resurgir de enfermedades de transmisión sexual de bajísima incidencia en las últimas décadas, como sífilis y gonorreas, así como la hepatitis B y la aparición del SIDA (que parece que se nos ha pasado el susto de los primeros años de insistente publicidad e información para evitar el contagio, pero que ahí sigue estando), el aumento de la promiscuidad sexual y la temprana edad de inicio de las relaciones sexuales implica una concienciación clara sobre el uso de este método que, correctamente utilizado, tiene un altísimo porcetaje de protección contra estas enfermedades y la prevención de embarazos.
Métodos naturales:
Hubo un tiempo en el que dejaron de llamarse métodos anticonceptivos por su alto porcentaje de fallo... y así es.
El coitus interruptus, o "repullo" en mi pueblo, es interrumpir de forma súbita y brusca el coito para eyacular fuera. Una frase define la eficacia de dicho método y es que antes de llover siempre chispea. No digamos nada de esos locos que se aventuran a eyacular dentro porque un termómetro vaginal ha dicho que si sube o que si baja la temperatura y no hay peligro... un suicidio. Y por si hay alguna mente calenturienta que resuelve el tema con una estupenda felación, me acuerdo yo ahora de Boris Becker, al cual le reclamaron la patenidad de un angelito que fue concebido por "fecundación invitro" con su propio semen extraído en una mamada, (de campeonato tuvo que ser la mamada y de super-espermatozoides, porque a mí que me lo cuenten cómo y de qué manera). O sea, que tras la faena, mi consejo es que la hagais escupir y lavarse la boca con Listerine para matar todo bicho viviente. Es broma... pero si se va sin haber abirto la boca tras la faena yo me mosquearía y la haría recitar el famoso trabalenguas de El arzobispo de Constantinopla...
Y hasta aquí una exposición llana, escueta y comprensible sobre este tema que me he sentido en la obligación de exponer tras leer a uno de los que más frecuento en lectura y comentarios.
Yo inicio vacaciones en la playa. Buen verano a todos y disfrutad de "las altas temperaturas", con DON preferentemente.
 
La carta
Mi querida Leonor:
Espero que a la llegada de la presente, te encuentres bien:
¿Se puede saber qué haces que no regresas, vieja del demonio? Desde que te fuiste al pueblo, allá por Navidad, sólo he recibido un par de cartas tuyas. Yo sé que a Carrascalejo no llega la telefonía móvil, y que hay una centralita para todo el pueblo pero, mujer, aunque sólo hubiese sido un fin de semana para dar una vuelta a tu pisito y ver a tus amigas del alma... No te imaginas lo que te echamos de menos en nuestras tertulias en el café de Malena... Ya, ya sé que te debo carta, dos, ni más ni menos, pero tú ya sabes que soy tan perezosa para escribir... y todo sea dicho: desde que me apunté a las nuevas tecnologías, hablo mejor por el messenger que de tú a tú... ¡Qué cosas! Pero ya ves, no me ha quedado más remedió que volver a retomar la epístola y aquí me tienes, frente a un par de cuartillas, una pluma (bueno, vale, un Bic), un sobre y un sello y escribiéndote cuatro letras. Leonor, amiga mía, ¡cuánto te echo de menos!
¡Ay, Leonor, qué desgraciada soy! Creo... creo que Jacinto ha dejado de quererme... ¡Y no me digas que ya estoy haciendo una tormenta en un vaso de agua, que te conozco! Seguro que estarás pensando que son imaginaciones mías y sin ningún fundamento (además de que soy una egoista, porque sólo me acuerdo de Santa Bárbara cuando truena... pues sí, ya lo sabes: esta Margarita acude a tí cuando está perdida... yo sé que lo entiendes y lo disculpas), pero esta vez es cierto, amiga mía, es cierto. ¿Tú que pensarías de un señor que te huye en la cama?... Últimamente siempre está cansado y se me va dormir a la hora las gallinas... y aunque yo tarde dos minutos en ir detrás, lo encuentro roncando... ¡Se hace el dormido, Leonor, se hace el dormido! ¿A que ahora si piensas que es grave el asunto? ¡Jacinto haciéndose el dormido! Otras veces, -aunque, hija, eso de irme a dormir con el sol en mitad del cielo es como si me robaran media vida- le tomo la delantera, para que me encuentre allí esperándole, con la misma pose que la Montiel en sus divanes y tarareando aquello de "Toda una vida"... y ¡qué casualidad!, le interesa el programita de la televisión, así que cansada de esperar en semejante guisa y con contracturas por medio cuerpo, me levanto sigilosa, me asomo y allí está, espanzorrao en el sofá y resoplando como Moby Dick surcando el Pacífico. Si no me da más beso que el de la paz en la misa del domingo y me lo da con miedo. ¡Ay, amiga mía, Jacinto tiene un lío, seguro! Ya no me mira con lascivia, ya no recuerdo lo que es un pellizco en el culo cuando cruzaba por su vera y me vaticinaba: esta noche no te escapas, jerezana... Ya sabes, esas cosas que a mí me hacían sentirme como una reina y despertaban mis más bajas pasiones... Ahora que pienso... ¿Porqué se llamará a la apetencia sexual baja pasión? ¿Tú lo entiendes?... ¿Cuáles serán las altas pasiones? Pues nunca tan bajas pasiones produjeron tan altas satisfacciones... Bueno, que me lío y me voy de mi disgusto... Pues eso, Leonor, pues eso, que hasta hace nada, mi Jacinto venía tras de mí como perrito faldero moviendo el rabo y estaba de un juguetón... Y de la noche a la mañana parece otro... Ya ni jaca jerezana, ni leches. No me atrevo ni a preguntar por miedo a la respuesta, pero eso se nota, se ve, se siente... se... se... ¿sabes?, teniamos que ser como las mantis religiosas; usar y comer... así, uno tras otro, y se ahorraba una este sufrimiento, pero como las mujeres somos tan tontas... siempre queremos que nos quieran para toda la vida... ¡con lo larga que es la vida!
Leonor, querida mía... -bueno, vale, perdona lo de vieja del demonio-, necesito que vuelvas, o que me escribas, o que me llames... Con lo bien que tú conoces a los hombres, que no se te despinta ninguno, dime, ¿qué le puede estar pasando a mi Jacinto? Y no pienses que te confundo con Elena Francis, que yo a aquella señora le escribía mucho hasta que me enteré de que era un señor... ¡Qué engaño, todas las señoras confiando a un señor nuestras intimidades más intímas! ... Leonor, necesito desesperadamente una respuesta. ¡Te necesito!

Un beso y un abrazo de tu amiga que lo es:

Margarita
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Cerrando ciclo
Mañana terminan los quince días de descanso que, generosamente, mi empresa me ha concedido para reincorporarme a mi definitivo puesto de trabajo. ¡Por fín! concluyó definitivamente el Concurso Oposición que pasará a la historia por su demora -convocado en Noviembre de 2001 y resuelto definitivamente en Mayo de 2008-, por su ambigüedad, y en mi opinión, por su injusticia. No obstante, yo tengo lo que quería: continuar en mi zona de los Montes, entre mis octogenarios y una población infantil incipiente que, a falta de una Unidad de Pediatría, nos vemos en situación de atender y de los que no dejo de aprender; de los unos por su larga vida, y de los otros por la inocencia y la simplicidad con la que ven y resuelven el mundo. Tengo ante mí el Alfa y a la Omega y eso es un lujo, indudablemente.
El lunes conoceré a mi nuevo compañero, aunque ya quedamos un día para tomar un café en la Gerencia - en la misma Gerencia no, en un bar cercano) y vernos las caras. Él ya tenía referencias de la mía porque ha sido compañero de trabajo de mi hermano durante cuatro años, y mi hermano y yo somos como dos gotas de agua, dicen... yo discrepo. Así que el día que me vió no pudo evitar eso de "¡Joer, eres igualita que Eugenio!"... (o sea, que voy a tener que dejar de discrepar, porque en alguna reunión de coordinadores se me han acercado con un "oye, ¿tú eres...?", y antes de que terminen la frase ya contesto "Sí, la hermana de Eugenio", y añaden "es que te pareces un montón"... Bueno, en todo caso será él el que se parezca a mí, porque yo nací antes. A algunos los miro con recelo porque, todo sea dicho, mi hermano, allá por donde va, levanta odios y pasiones e intento adivinar en que bando están, si en el de los odios o las pasiones... Aunque después llego a la conclusión de que los enemigos no suelen darse a conocer, acechan y se mantienen en la sombra, pero no suelen ir con tarjeta de presentación). Aclarado este largo paréntesis, continuo:
Despedimos a Paco, aquel ya rey muerto y con otro en su puesto, con una comida de equipo en la que comimos y reímos mucho. Jaleamos y suplicamos que nos dedicara unas palabras y unas lágrimas, pero no hubo manera. Al menos, se llevó la copa de liga entre las manos y entre todos le hicimos el paseíllo -qué menos y qué a gustito se va a quedar el del barça- y le deseamos buena suerte en su nuevo puesto de trabajo: el hospital de Manzanares.
A lo largo de estos quince días he tenido tiempo de sobra para pasear, aburrirme, mal dormir, dormir demasiado, tragarme enterito - por primera vez en muchos años- el Roland Garros, escuchar música -maravillosa Amy Winehouse que ha amenizado mis caseras mañanas- y formatear el cerebro para empezar de nuevo, aunque el tiempo demuestra que, al final, todo vuelve a ser lo mismo, como cantaba Enrique Urquijo... La vida no deja de ser una sucesión de hechos concéntricos: vueltas y más vueltas para volver al punto de partida; a uno mismo. Y aquí estoy, con Back to Black de fondo, escribiendo cuatro letras en mi ventana, para después leerme... A veces es la única forma que tengo de centrar la dispersión de mi pensamiento.
Compañero nuevo, consulta nueva, vacaciones inesperadas, un verano que no termina de llegar, paseos por una ciudad que hoy estaba tomada por una manifestación, un café en la terraza de la plaza del Pilar, unas vacaciones en Salou dentro de diez días, a las que no me hago a la idea porque en este extraño Junio no se deja caer el verano, - ni la tele se lo cree, porque no veo los anuncios refrescantes de la tónica, (por favor, publicistas de la Schweppes, que vuelva Noriega,) ni de otros propios de esta época-, las niñas terminando el curso, los supermercados desprovistos de carne y pescado... ¡Pufff!... Mejor sigo escuchando a este prodigio de mujer y abro la puerta a las niñas, que intuyo que no tardarán en llamar al timbre porque oigo la algarabía de voces infantiles y el rodar de las mochilas por las aceras...
¿Qué tal me saldrá el arroz a este son? Divino, seguro.
 
Segundos decisivos
A lo largo de los dieciseis años de vida laboral que llevo a mis espaldas, sólo en dos ocasiones he vivido una huelga del gremio, y ni siquiera podía vivirse como tal porque siempre se nombraban servicios mínimos que de manera impepinable había que cumplir. Por tanto no sé lo que es que te retengan o descuenten sueldo por luchar por mejoras laborales, al contrario, nuestras huelgas -me refiero a las de los sanitarios- siempre han sido, en mayor o menor medida, exitosas. No sé lo que es sentir la adrenalina corriendo por las venas cuando se avanza en grupo por una avenida para plantarse delante de un ministerio, vociferando pareados en contra del presidente de gobierno o ministro de turno. No sé lo que se siente frente a una brigada de policías, con aspecto de los de la triada de La Guerra de las galaxias, con porra en mano y bombas lacrimógenas, que están allí para impedir el paso o dispersar a los huelguistas de manera intimidatoria.
Está en su pleno derecho de defender su pan y el de su familia el colectivo de transportistas que ve cómo se hunden sus negocios por el aumento abusivo de los impuestos y del crudo (el tanque de mi coche ha llegado a pasar de 45 € lleno total hace un año, a 75 € la semana pasada )... y también está en su derecho de ir a trabajar el que estime que no puede dejar de hacerlo porque si lo hace, mañana, sus hijos no comen, la hipoteca no se pueda pagar, o el jefe lo pone de patitas en la calle. Desgraciadamente, los unos y los otros se encuentran, se enfrentan, se calienta la boca, fluye la adrenalina en cantidades industriales a la vez que los insultos, se porfían... y hay unos segundos decisivos en los que, uno u otro, intuye que no debe seguir en sus trece porque la vida corre peligro y es momento de abandonar, hacerse a un lado y dejar pasar. No está hecha nuestra sociedad para los valientes, o para los imbéciles, diría Pérez Reverte. Hay quien mata por dinero, hay quien mata por placer, hay quien mata para defenderse, y los hay que se convierten en homicidas en una inoportuna mañana en la que la razón se cegó por la obcecación.
Cuando sueceden estas cosas me pregunto si verdaderamente todos llevamos un asesino dentro en espera de esos segundos decisivos, en el lugar decisivo y frente a alguien decisivo. El depredador sigue viviendo en nosotros como instinto de supervivencia, autoafirmación y selección natural, y evidentemente, surge cuando menos te lo esperas. ¿Quién osó definirnos como sociedad, comunidad o civilización?
La historia se repite, las actitudes de los políticos se repiten, los ciudadanos siente la mismas inseguridades, y desgraciadamente, siempre habrá inocentes víctimas y verdugos que ni en sus peores pesadillas hubieran soñado serlo.
Y se me viene a la memoria aquella canción de Victor Manuel que dedicó a los de la mina: En la planta 14.
 
Tarde de domingo
Como cada domingo, mi hermana y yo subíamos a la plaza con nuestras cinco pesetas en el bolsillo o en nuestras sudorosas manos. Subíamos la calle Colón, cruzábamos la esquinilla en donde, con toda seguridad, mi tía estanquera cosía alguna sábana, sentada en su escalón. Entre puntada y puntada, miraba por encima de sus gafas, y cuando nos veía, vociferaba "¡Eh!, ¿adónde vais?!", "En´ca la Herminia", decíamos nosotras, acelerando el paso como si llevásemos prisa, "Venid a darme un beso, so pellejas", y mi hermana y yo nos acercábamos refunfuñando entre dientes y con un gesto de fastidio, lamentando en nuestro fuero interno no habernos ido por la otra calle, por la que nunca nos dejaba ir mi madre por ser más desierta y porque en ella vivían unas señoras de dudosa reputación. Confieso que en más de una ocasión, tanto para ir a la plaza como para ir a la escuela, cogíamos esa otra ruta y pasábamos delante de la puerta de las susodichas, no sin mirar de soslayo aquella casa prohibida y a sus misteriosas moradoras. Aquella prohibición, como toda prohibición, era un desafio.
Cuando, por fin, llegábamos a la tienda de "la Herminia", en la que además de chucherías, se vendía tabaco a mayores y a niños (sí, en la tienda de tabaquillo, así se apodaba el marido de Herminia, y en alguna otra, se vendían cigarrillos sueltos a los niños. Lo que hoy sería un delito contra la salud pública, con el agravante de tratarse de niños, allá por el 74 era una forma lícita de sacar más beneficio al negocio) y se jugaba a los futbolines a duro la partida, nos solíamos comprar una bolsa de pipas de a peseta, una bolsa de quicos también de a peseta, una peseta de bolillas de anís (dos por peseta) y... " a ver, una de pipas, otra de quicos... bolillas... tres pesetas... ummmm, pues un palote de regaliz rojo y otro negro". Con cinco pesetas nos dábamos un suculento banquete que condurábamos a lo largo de la tarde.
Fue por entonces cuando apareció, en medio de la tradicional oferta de chucherías, un extraño chuche de color rosaceo, de consistencia blandengue que, al morderlo y mojarse en la lengua, desaparecía misteriosamente. Aquello se llamaba nube y valía dos pesetas la unidad (sería por ser la primera chuchería de diseño, digo yo), pero no gozó de la simpatía de los niños y niñas de mi época, salvo de algún paladar exquisito, como el de la hija del banquero y sus dos o tres amiguitas, porque aquella cosa era demasiado cara para el efímero placer que proporcionaba. Nosotras seguimos con nuestras pipas, nuestros quicos y, de vez en cuando, sacrificábamos algún regaliz para comprarnos una canica nueva, porque la que teníamos estaba ya más minada que los yacimientos de Almadén.
Una canica nueva era como tener un tesoro. Yo no dejaba de mirar y de admirar aquella diminuta bola de cristal con ese estallido de color en su interior. Y cuando jugaba la primera partida con ella y la bruta de mi hermana le cascaba un tute y la dejaba mellada, aquello dolía... dolía... dolía como cuando estrenabas un estuche y tu hermano pequeño lo rayajeaba con un rotulador.
* Rayajear: hacer rayajos.
* Rayajo: rayas que se hacen a diestro y siniestro, intencionadamente, presionando fuertemente con el instrumento en cuestión, ya sea lápiz, bolígrafo, rotulador o color, con o sin punta, con el objeto de guarrear. o romper, la hoja o superficie sobre la que se hace.

No llegamos a imaginar, en nuestra más tierna infancia, cuánto se echa de menos esos tipos de dolor. Yo, sin ninguna duda, cambiaría muchos de los sufridos después por aquellos otros. Siento nostalgia de aquellas tardes de domingo, en las que mi madre nos ponía el hato estrenado en la feria y que quedaba reservado para esas bulliciosas tardes de paseo por las calles de mi pueblo natal. Detesto la desidia y el desierto de los domingos de la ciudad y el haber cambiado los zapatitos de charol y el vestido con remate de puntillas y canesú por las zapatillas de estar en casa, la bata y el pijama. Pero aquellos eran otros tiempos.

 
Arde París... ¡arde!, París
Dice mi madre que es de bien nacido el ser agradecido, por tanto, el que mal hace su parte saca. Cómo me gusta hacer uso de nuestro refranero... Si no quieres caldo, toma tres tazas... en este caso, cuatro; la cuarta vez consecutiva que Nadal hace brillar el sol en el plomizo cielo de París. La cuarta vez consecutiva que los franceses se tragan su orgullo al son del himno español. Una azaña más del coraje español, de la fuerza mental, de la deportividad, de la proeza, de la inteligencia y de una izquierda diestra con la precisión de un obús teledirigido. ¡Cómo he disfrutado!, no por ver a Federer rendido a la evidencia en un mal día que le ha hecho jugar el peor partido de todo el torneo, precisamente hoy y, fatídicamente, frente a nuestro monstruo sobre tierra batida, sino por ver esa copa -la que todo francés desea ver en manos de cualquiera que no sea español- en brazos del que ya es uno de los mejores tenistas de la historia.

Hoy la pista se volcaba ante un Federer irreconocible, que dos días antes apeaba del torneo a la última esperanza francesa: Monfils, que a su vez apeó a nuestro Ferrer, pero así es el juego. Sólo le hubiese faltado a Nadal haber sido él quien hubiese eliminado al francés... para qué hubiésemos querido más... Pero es difícil abatir la moral de nuestro gigante. Y hoy, con estos falsetes gabachos en contra -y es que lo de "Curro Jiménez" no nos lo perdonarán en la vida-, que aplaudían a rabiar cada punto del suizo, con la esperanza de que remontara un vuelo que nunca llegó, sobre la tierra batida de París se ha deslizado, como en pista sobre hielo, la magia de un español, sí señor, ¡¡¡con dos cojones!!!
Ahí queda eso, París... Vuestras palmas han ardido, resignadas, para aplaudirle a él, al mejor, al grande entre los grandes, a Rafael Nadal.

Joer, ¡qué a gusto me he quedao...! ¡Cómo no iba a dedicarle un post a mi admiradísimo Rafita y a su gran azaña: su cuarta conquista de París sin más arma que una raqueta! ¡Maravilloso!

 
El salto (Capítulo VII)
Últimamente, su escenario nocturno era una eterna cortina de agua. Finísima lluvia que acababa calándole hasta los huesos y le obligaba a abandonar su palco y meterse en la cama, desnudo y aterido de frío. Era una sensación única e indescriptible la que sentía, envuelto entre sábanas quietas, hasta entrar en calor. Era como salir de un estado de hibernación; el corazón se aceleraba y los latidos retumbaban en su torax que ahogaba el endemoniado eco...bumbum... bumbum...bumbum... La sangre retornaba a los confines de su cuerpo insensible por el frío y la vasodilatación producía un cosquilleo, a la vez que un placentero dolor, en sus manos y sus pies. El vello se erizaba y su pene emergía como acero incandescente, deseando ser abrazado y desbordarse fuere como fuere. Era como volver a la vida sin haber muerto. Era su resurrección.

El espectador de la noche contemplaba ahora su escenario desde su privilegiado palco acristalado. Al lado, una mesa con un ordenador apagado y un cenicero, aunque él no fumaba, sólo lo hacía de vez en cuando. Una noche más, las aceras, bañadas por el agua, resplancedían con brillo opaco a la luz de las farolas. La lluvia había cesado. Por la calle no había más transeúnte que un gato sin tejado -son esas cosas terribles que suceden en las ciudades- Abrió la ventana y apoyó los codos en su aféizar. Respiró el aire húmedo y excepcionalmente limpio, al menos por unas horas, hasta que los tubos de escape de los coches se encargaran de volver a intoxicarlo. Observó al felino, pardo, como todos los gatos en la noche, merodeando de puerta en puerta. Era gato callejero, con toda seguridad un superviviente de cloacas y contenedores de basura. Husmeaba y continuaba camino con el rabo alzado.
Miró al final de la calle, desde donde se aproximaban voces y risas y dos siluetas de mujer, una más alta que la otra, ambas sobre plataformas que alargaban sus piernas y acortaban sus toscos pasos. Las dos con sendas minifaldas de una cuarta por debajo de la cadera, o dos cuartas por encima de las rodillas. Las dos con camisetas ajustadas y generosos escotes. Ambas de piel blanca como la Inmaculada. Una rubia y la otra pelirroja. De labios rojos y risa escandolosa.
"¡Oye, guapo!, ¿qué haces ahí? ¿No puedes dormir?, pues vente con nosotras".
"Lo siento, princesas, tendrá que ser otro día. No es por inapetencia, es más bien pereza".
"¡Princesas!, nos ha llamado princesas..." Las dos estallaron en un ataque de risa. Sus pies sobre las enormes plataformas perdieron el equilibrio. Se sujetaron la una a la otra y, en un alarde de destreza motriz, no llegaron a besar el suelo.
"Oye, príncipe..." dijo ahora la más baja y pelirroja, "... no te arrepentirás, te lo aseguro. Es que el negocio va fatal, ya sabes, la crisis ha llegado a todos los sectores, a los privados y a nosotras, las públicas... a las privadas todavía les va bien". Reían a carcajadas, con la desvergüenza propia del que siente que nada tiene ya que perder cuando todo está perdido. Prosiguió: "Te propongo un barato: por cincuenta euros nos tendrás a las dos en un ménage à trois inolvidable... ¿qué nos dices?".
Una tímida sombra, tirada por un perro, se aproximaba a las dos mujeres. Ellas desviaron su atención de la ventana de aquel sexto piso y atraparon a la presa entre sus brazos. "Dinos, chiquitín, ¿necesitas algo?" El hombre frenaba al can, al tiempo que se escusaba e intentaba escabullirse del inesperado ataque. "Perdonen, señoritas, pero llevo prisa... Sólo he sacado a pasear a Satanás. ¡Satanás!, quieto, Satanás... maldito chucho. Además, ¿no ven el cielo?, parece que volverá a llover y ustedes no deberían estar en la calle a estas horas y tan desabrigadas". El hombre carraspeó y recolocó sus lentes. "Ahora, si son tan amables, déjennos pasar. Vamos, Satanás". Y pidiendo disculpas, tímidamente retomó su marcha. Aceleraba su paso a medida que se alejaba, contoneando caderas, como si de una escultura praxiteliana que hubiese cobrado vida se tratara y, por fin, llegó al final de la bocacalle, entró en su portal, subió a un 4º E sin ascensor y abrió la puerta con tres vueltas de llave. Hombre y perro recorrieron el largo y estrecho pasillo de tarima flotante. Abrió la puerta de la terracilla y allí ató a Satanás, ordenándole que guardara silencio. Fue hasta el dormitorio, se desnudó y se escurrió entre las sábanas quedándose quieto. En la penumbra, dos siluetas sobre la misma cama, espalda contra espalda. "Joaquín, es la última vez que salgo de noche con este chucho caprichoso, que mee y cague antes de acostarse". "Jodido maricón... para una vez que lo haces... ya lo haré yo. Duérmete". Y volteándose, se aferró al pecho de su amante, se impregnó de su olor y besó su cuello y, en la quietud de aquella alcoba, susurró su nombre.
Dos mujeres reían, pidiéndose disculpas la una a la otra por ser tan putas y llamándose de usted y señorita. Se agarraron del brazo y buscaron al del sexto.
"Hasta otro día, guapo, y no sabes lo que te pierdes".
"Sí, sí lo sé. Adios, princesas, y mucha suerte."
"¿Suerte?..." Siguieron riendo. "¿Y quién necesita suerte? lo que buscamos es otra cosita, querido, pero gracias de todos modos. Ya sabes, si nos necesitas, en el pub Anhelos... Hoy es que tenemos la noche libre". Y sin dejar de vociferar y reír, continuaron camino hasta perderse en las sombras de la gran avenida que conducía hasta el parque.
Comenzó a llover, primero con timidez, después con decisión y, por último, con insolencia. Una noche más, el cielo era un oscuro mar boca abajo. Una noche más, la vida se paseaba de puntillas, o sobre plataformas, entre las sombras de la gran ciudad.
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