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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
En otro rincón
Dado los problemas de ya.com para acceder a los blogs, no me queda más remedio, muy a mi pesar, que abandonar el espacio en el que he dejado mucho de mí, he sentido mucho de vosotros, he compartido risas y girones de piel y ha sido siempre y gracias a vosotros, mis lectores, un entrañable punto de encuentro. Gracias por vuestra fidelidad, vuestros comentarios y vuestro ánimo a una mediocre como esta servidora. Las puertas de este humilde patio seguirán abiertas de par en par... cursilada más grande, pero me da la real gana ponerla, para cuando lleguen tiempos de agresividad verbal.

Un beso por aquí y un guiño y una nueva ventana abierta en http://suturasysegundasintenciones.blogspot.com
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De lógicas, caminos y renglones torcidos
La Lógica de los hombres no es la Lógica de Dios y sus caminos no son nuestros caminos.
Me voy a permitir el lujo de filosofar diciendo que la creencia en un ser superior ya lleva implícita una capacidad de abstracción fuera de toda lógica, al menos humana, y que esa creencia es capaz de mover montañas. En eso reside la fuerza del que cree ciegamente: en la Fe que mueve montañas.
Confieso que desde hace un tiempo me ronda por la cabeza la idea de practicar el autismo emocional (este mundo no merece menos, ni más), para ello estoy pensando comprarme una playStation o una wii (que no sé si es lo mismo) y un móvil última generación y me voy a aficionar a masticar chicle mientras me embebo en el tecnomundo de la idiotez... sobre todo cuando toda lógica se vuelve contra una misma y lo convierte todo en un sinsentido aplastante... ¡Joer!, si hasta las crías de las ballenas confunden a los barcos atracados en los puertos con sus madres... Los humanos nos estamos volviendo locos y los animales también.
Digamos que la excepción a la Lógica Divina (todo lo que uno no puede explicar desde su lógica creencia) es lo que yo llamo Milagro. Por ejemplo, milagro es una veintena de supervivientes en medio de un kilómetro de lengua de fuego de queroseno, y mayor milagro aún es saber volver a la vida después de eso. En cosas como ésta, la Lógica humana flaquea y la divina cobra fuerza... ¿Un renglón torcido?... No lo creo, los errores humanos han dejado de encontrar consuelo en la voluntad divina.
Admito que todo lo relacionado con lógicas y caminos teologales me producen desconcierto, pero más desconcierto aún me producen las "logicas y los caminos" de los hombres (incluyendo en el genérico hombres a los todos los seres humanos, no vaya a ser que Bibiana Aído haga comentario a mi post y me diga que y las hombras qué). Por ejemplo, que De Juana se esté paseando por donde le salga la lógica de sus pelotas con un escolta que le guarde su nuca mientras su veintena de víctimas se pudren bajo tierra, eso no hay Lógica humana que lo explique... Y ahí está, paseándose en el país de los vascos, como dice mi suegra a pesar de corregirla e insistirle en que es el país vasco, no el país de los vascos, pero ella insiste en que da lo mismo y al final va a tener razón, nadie mejor que ella define con esas palabras, en una inconsciente lógica aplastante, el nacionalismo absurdo que años ha levantaba el dedo con timidez y que ahora se caga en el resto del país sin disimulo. El propio Estado de Derecho español lo consiente y deja a sus ciudadanos, familiares de las víctimas, en la más absoluta indefensión. Habrá que pensar que semejantes cosas son un tremendo renglón torcido de los hombres, o un indescifrable reglón torcido de Dios... Claro, y digo yo que qué pinta Dios aquí... Nada.
Esta lógica humana es extensible a los políticos de EEUU, que paralizan sus campañas y las autoridades de Nueva Orleans ordenan el desalojo de la ciudad ante la llegada de Gustav. La lógica humana aplastante no es el interés en las vidas humanas que hace tres años quedó constancia de que importaban una mierda cuando llegó el Katrina, la lógica es que las elecciones están a la vuelta de la esquina y el Estado de Luisiana tiene que votar...
Lo cierto es que ya no sé de lógicas ni humanas ni divinas, ni de caminos humanos, ni mucho menos de divinos... y no digamos ya de renglones ni derechos ni torcidos... Creo que me voy a ir de ermitaña a practicar el nihilismo, claro que eso ya implica una creencia y es la de creerme (redundo) capaz de vivir sola en una ermita... y no podría ser en una ermita, porque las ermitas tienen relación con la religión, tendría que negar todo principio o creencia religiosa, tendría que ser en una cueva... ¿Y dónde coño voy yo sin principios? Ir por ahí sin principios debe de ser como ir sin bragas, que aunque vayas vestida tienes que tener la horrible sensación de que todo el mundo te sabe desnuda... Tampoco podría vivir en una cueva, me producen claustrofobía... tuve que volverme en la mismísima entrada de las del Drach con un ataque de incontrolable pánico y eso que son altísimas, grandísimas, maravillosas y llenas de gente... Solita en una cueva oscura... sólo de pensarlo me duele la barriga.Tendría que ser en una cabaña abandonada del Pirineo aragonés...Claro que si vivo sola, apartada de toda lógica humana y de la sociedad, no tengo necesidad de tener principios, sólo los necesarios para vivir en paz conmigo misma, pero si a eso ya se le llama principios aunque sean para con una misma... ¡Joder!, el nihilismo es impracticable... Voy a tener que optar por hacerme hippie... faldas largas y vaporosas con cinturones anchos de Gucci, florecitas en el pelo diseño Tous o Ruiz de la Prada, sandalias de Dior, hacer el amor aunque no haya guerras, vivir en comunas de cinco estrellas y andar de nómada por las calas de Ibiza de yate en yate... En fin, hasta los hippies han terminado viviendo como ricos y acomodados burgueses... ¡Ay, la lógica humana!... Y no digamos nada de los altruismos de pacotilla...
Creo que estoy empezando a decir incongruencias, o a escribir con renglones torcidos, quién sabe...
 
Crisis
Hace unos días mantenía una distendida conversación con una conocida con la que, tiempos ha, compartí muchas sobremesas y alguna noche de copas. Hablábamos de conocidas comunes, qué fue de ésta, qué fue de aquella, si se casó fulanita, si tuvo hijos la menganita... " Oye, ¿cuántos años tienes ya?, ¿treinta y tantos?", interrumpió la conversación centrada en las otras para centrarla en nosotras. No sabía si darle las gracias por el cumplido de rebajarme de -ona a -ñera, o recordarle que era sólo tres años más joven que ella, es decir, cuarentonas ambas. "Cuarenta y una primaveras", dije queda. "Ay, es verdad", añadió ella. ¡Ay!...¿a qué viene esa conmiseración?... "Yo llevo fatal lo de cumplir años, creo que me va a costar una depresión", y entonces dió rienda suelta a su lengua que no dejó de escupir frustración tras frustración. Me contaba mi conocida, colega de subsistencia en los años en los que pasé los largos inviernos "de prestado" en un pueblo perdido entre montes, que estaba viviendo una verdadera crisis de identidad. Se cuestionaba el haber dejado de trabajar nada más casarse y lo exteriorizaba como un reproche a sí misma. LLevaba meses dándole vueltas y más vueltas sin encontrar una razón convincente de por qué hizo aquello. Afirmaba que los hijos nunca valoran el que una mujer abandone su trabajo para dedicarse por entero a ellos, incluso, con el tiempo, valoran más a la que trabaja fuera de casa (apreciación totalmente subjetiva por su parte, a mi manera de ver). Se miraba en un espejo y se veía vieja... Ahí no pude evitar una carcajada... "Cambia de espejo", le sugerí, "el del armario de mi dormitorio es maravilloso, pero el del cuarto de baño es criminal". Ella también rió con mi comentario. Es cierto, no sé si depende de la luz, de la posición o del acabado del mate que permite vernos reflejados, pero hay espejos de lo más indulgentes y otros que no tienen la más mínima clemencia.
Nada peor que ser licenciada en Psicología (aunque nunca llegó a ejercer en nada relacionado con la materia) para auto-psicoanálizar cada paso dado en la vida y llegar a la conclusión de que te quedaste dando saltos entre los peldaños de la mierda de la pirámide de Maslow y que el vértice que se corona con la REALIZACIÓN PERSONAL te resulta inalcanzable... Aunque, humildemente, yo llegué a la conclusión de que lo que le pasa a mi conocida-compañera de tertulias de partida de bar no era otra cosa que una terrible crisis: la de los cuarenta.
La sociedad cambia, su estructura cambia y los estereotipos se ven obligados a cambiar. Y aquí están los psicólogos y las estadisticas para decirnos cómo y cuándo hay que sufrir estas crisis. Lo que antes era la crisis del nido vacío, propia en la década de los cuarenta a los cincuenta y que, presumiblemente, sufríamos más las mujeres que los hombres, ahora se sufre en la década de los cincuenta a los sesenta por motivos obvios: somos padres en edades más tardías y/o los hijos se nos acomodan en casa hasta sus cuarenta, vamos, que algunos no se van ni aunque los eches. Además, no se sufre de igual manera, por razones también obvias: nunca se terminan de ir, son como un bumerán, van y vuelven cuando menos te lo esperas, o bien separados, o cansados de guisarse y lavarse ropa si se fueron de singles, o porque el euribor y sus sueldos de mileuristas no les permite seguir independizados. Otra razón es la incorporación de la mujer al mercado laboral (odio esta manida frase) que hace más llevadero llegar a casa y encontrarla vacía... Si se me permite la afirmación y tal y como vivo yo ahora la edad de mis hijas y sus demandas: ¡Menudo alegrón llegar a casa y encontrarse un silencio abrumador! ¡Qué gustazo de nido vacío!
La crisis de los cuarenta (de la que anecdóticamente cuento que fue pregunta de examen de oposición de DUEs en la Junta de Andalucía. El enunciado era algo así como ¿Cuál de de estas causas genera mayor estrés en el varón? A) Un divorcio B) El diagnóstico de una enfermedad crónica C) La pérdida del trabajo D) La crisis de los cuarenta. Adivinen la correcta... la D, por supuesto) también nos llega a nosotras, que tenemos trabajo, que vivimos sin depender de nadie, que viajamos solas, que vivimos solas... En fin, que empezar a vivir en "condiciones de igualdad" nos hace "padecer en igualdad", desde cánceres de pulmón, pancreatitis, cirrosis, bronquitis crónicas o IAM, hasta la crisis de los cuarenta (mira que querer igualdad en este dechado de virtudes... en fin). Y, por supuesto, nosotras también nos cuestionamos y necesitamos reafirmanos, aunque de forma diferente. A ellos les vale la conquista de una veinteañera, veinteañera conquistada crisis superada (admiro este pragmatismo en el varón). A nosotras, a nosotras toda ambición se nos queda corta, con el consiguiente desenlace en una cruenta lucha interna y en una tremenda depresión.
Consolé a mi contertulia diciéndole que a todas, en mayor o menor medida, nos llegan estos llamémosles "periodos de reflexión o crisis" , si no es sobre el trabajo, es sobre maridos, hijos, la edad, los kilos, las hipocondrías... ¡Joder!, ¡que estamos en crisis, ¿hay alguien que no se haya enterado?, pues eso, en crisis... Hasta una amiga de la adolescencia se ha separado tras dieciocho años de matrimonio, plantando a su marido por una veinteañera...¡Con un par de ovarios!, a eso lo llamo yo salir del armario con una patada al más puro estilo karateca, resolución drástica de una eterna crisis de identidad.
¡Ay, qué vida ésta! Pero vamos, para crisis, crisis, el medallero olímpico de los españoles en Pekín.
¡Vamos, Rafa!
PD: Por cierto, quienes hayan regresado de sus vacaciones no se olviden de sufrir su crisis síndrome posvacacional y súmenla y prepárense para sufrir su crisis matromonial, si es que superaron con éxito la de las vacaciones de verano, porque suele ser reincidente en Navidad.
 
Divino Tesoro
Senectud, divino tesoro

Hace unas semanas me invitaron a dar una charla en el Hogar del Jubilado, con motivo de la Semana Cultural. “¿Y sobre qué?”, pregunté yo. “Sobre cualquier tema de salud, como eres sanitaria… No sé, lo que tú quieras”, respondió mi interlocutor.
Después de darle las gracias por acordarse de mi persona para dirigirme a los mayores de mi pueblo –no me gusta el vocablo jubilado- decliné la invitación. Puse como excusa la falta de tiempo, y en cierto modo así es, el verano genera mucho trabajo a los sanitarios que ejercemos nuestra profesión en los pueblos. Pero la verdadera razón no era otra que el no saber qué les podía contar a ellos que no les hubieran contado ya con respecto a sus achaques o a sus enfermedades. De lo último que quería hablar a los ancianos de mi pueblo era de las consabidas enfermedades, y en lo último que quería convertir esa charla era en un aburrido sermón.
Ésta que escribe tiene el defecto de querer hacer las cosas bien hechas y si no es posible hacer algo decente y que merezca la pena, mejor no hacerlo. No quería llenar un hueco de un Programa Cultural para salir del paso, quería dedicar a este selecto público una charla que no fuese sobre colesteroles, “azúcares”, reumas y otros etcéteras… La doctora Rosselló lo explica veinte mil veces mejor que yo, y seguro que su enfermero les da todo tipo de consejos al respecto, y de tú a tú, cada vez que van a tomarse la tensión o mirarse su azúcar. ¿Qué podía contarles yo que no supusiera eso, una tediosa charla sobre achaques o enfermedades? Y entonces apareció la frase: Senectud, divino tesoro.
No, no me he equivocado, he querido decir lo que he dicho, la senectud es un preciado -acumulado- tesoro.
Vivimos en un mundo cuyo tren de vida no repara ante la marcha de unos pies cansados. Nos falta tiempo, nos sobran prisas… Un tiempo tan fugaz para nosotros y, paradójicamente, tan dilatado para ellos, porque desde sus sillas en el quicio de sus puertas o de la del vecino, o desde el banco de la plaza o del parque, tienen todo el tiempo del mundo para contemplar la vida desde la serenidad del que ya no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Dice García Márquez que el secreto de una buena la vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.
La exultante juventud infravalora –por no utilizar el verbo despreciar- lo “viejo” por viejo, por inútil, por falto de belleza o de vigor. La cirugía estética se encarga de eliminar las arrugas -y eso que Adolfo Domínguez aseguró que la arruga era bella, pero parece ser que sólo en la ropa- , el botox deja las frentes paralizadas y los rostros pierden su expresión natural. Los implantes de silicona ponen tetas donde no las hay y la liposucción reduce caderas que hubiesen sido la envidia de la mismísima Sarita Montiel. ¡Qué le vamos a hacer!, las modas son las modas y ahora se lleva el no querer envejecer y aparentar cuerpo de quinceañera. Pero el reloj de la vida nos conduce a todos, inexorablemente, al mismo lugar: a contemplar la vida, la que nos rodea y la propia, desde la quietud de un banco.

“Atrevido será quien de prestado
aún pretenda bogar contra corriente
ignorando del tiempo su latido.”

(José Antonio Míguez)

Dieciseis años trabajando con ellos, en un pequeño pueblo de novecientos habitantes, me han enseñado que la ancianidad es un don para quienes venimos detrás, un preciado tesoro cuyo resplandor pasa inadvertido. Ellos son el reflejo de la lucha, la constancia, el coraje y el saber envejecer con dignidad. Lejos de ser parte de los enseres de un trastero, son una fuente inagotable de experiencias y de sabiduría. Mantengo que todos los mundos se parecen y el suyo no difiere tanto del nuestro, ése que nos toca recorrer y que ellos ya lo tienen más que pateado.
El tío Inés siempre se lamenta de que cuando aprendió a cogerle el paso a este fandanguillo que es la vida, resulta que le apareció la artrosis de rodilla, ¡cachín diez! Lo dice con la amarga sonrisa de la resignación, y después añade: “Hay que joderse, cómo se pasan los años, si yo pillase los tuyos con todo lo que sé ahora… pero así es la vida, cuando uno tiene edad, no sabe y cuando uno sabe mucho, ya no tiene edad”. Eso dice él, que no tiene edad, tiene ochenta y ocho y una larga vida que contar.
María, de noventa y tres años, me cuenta a voces –es sorda y cree que los demás también- cómo murió su marido en la guerra y cómo tuvo que trabajar como una mula para no morirse de hambre ni ella ni sus dos hijos pequeños. “Las mujeres de ahora vivís como marquesas”, me dice, “pero antes, sin lavadoras, ni ollas exprés, ni miconondas, ni na de na, nos pasábamos la vida esclavas de la casa y de los hijos...Y ¡ehhhh!”, ese ehhhh me atruena lo oídos, además de mandarme callar sin haber abierto la boca, “y a segar con ellos ataos a las costillas”, y retuerce su hocico como diciendo “pa que te enteres”. Siempre termina lamentándose por seguir en este mundo, que cuándo le tocará a ella irse para el otro, que noventa y tres años son muchos… Aquí, entre nos, eso se lo vengo oyendo desde sus setenta y tantos… Un repetitivo anhelo con la boca pequeña. Cuando hace ademán de ponerse en pie, apoyándose en su bastón, me dice “Pues hace muchos tiempos que me duele un poco esta rodilla, ¿de qué será?”. Y yo le contesto con guasa “ Pues no lo sé, María, a mí , alguna vez que otra, me cuesta levantarme de una silla porque me reduele la cadera. Pensaba que sería por la edad, ya sabe, la osteoporosis y esas cosas, pero en usted no tengo ni idea de qué puede ser…”
Qué necedad la de ignorar que todos llegaremos, como necio es el desprecio de la vejez, porque su desprecio supone nuestro propio desprecio.
Sí, es cierto, son tristes los muelles cuando atraca la tarde (aludiendo a Neruda), e inigualable la belleza vespertina de ese rayo de luz que resplandece en el ocaso y que, según que confabulación de nubes, montañas o llanos horizontes, ofrece sublimes espectáculos dignos de contemplar.

A la memoria de Dionisia Alañón.

Post publicado en la sección Artículos de la página www.fuenteelfresno.com de Fernando Izquierdo Rodríguez
 
La oveja
A esta aprendiz de la palabra le inspira poco el verano. El cegador dorado de la vasta llanura manchega, los sarmentosos latifundios que pintan de verde el tedioso paisaje y que se pierden en el horizonte, plagados de racimos hinchéndose del más exquisito jugo merced al sol del verano de mi Mancha, y los ocres y rojizos campos de Castilla que tanto inspiraron a Machado, a mí me invitan a sestear de un lado para otro, sin dejar de quejarme del maldito calor.
Es por eso que, para no perder la costumbre de la expresión y la pluma, me gusta inventar historias con mayor o menor interés o acierto que me obliguen a continuarlas, sirviendo de terapia para este perezoso cerebro. Unas cosas y otras forman este patio, más o menos ornamental, más o menos transcendente o nimio, pero siempre Mi Patio. Y capítulos como el que a continuación narro, tan real y absurdo como la vida misma, me encanta reinventarlos.

Viernes, dos de la tarde:
- Hola, buenos días. Mire, llamo del centro de salud. Es para descirles que en nuestro patio hay una oveja.
- ¿Una oveja?
- Como lo oye, una oveja.
- Será de algún vecino.
- Lo dudo, no tenemos vecinos que tengan ovejas.
- ¿Y cómo ha llegado la oveja allí?
- Pues lo ignoro, sólo sé que esta mañana no estaba y ahora está, casi me la llevo por delante con el coche de Urgencias. No para de ir de un lado a otro del patio, pero no hay manera de echarla. Ya sabe usted lo modorras que se ponen las ovejas con el calor. Y si conseguimos echarla, ya le digo, es una oveja que anda perdida y puede ir a parar a la carretera, con el consiguiente peligro. ¿Son ustedes responsables de esto o llamo al ayuntamiento?
- Pero, ¿usted quién es?
- La enfermera, ¿y usted quién es?
- El cabo.
- Ya, ¿son ustedes quienes avisan al Seprona... o a quién se avisa en estos casos? No va a estar la oveja en el patio...
- Psssss... yo que sé... ¿estorba mucho en el patio?...
- Hombre... pues más bien sí, esto es un centro de salud, ¡qué hacemos con una oveja en el patio!
- ¿Y sabe usted si la oveja está identificada...?
¿Mande?... ¡Una oveja identificada... ¿pues no son todas iguales? Y yo qué coño sé...
- ¿Cómo que si está identificada? Pues como pertenezca a un rebaño de quinientas o mil, hasta que se den cuenta de su ausencia...
- No, que si tiene una chapa en la oreja...
- Aaaahhhh... pues no me he fijado... espere que miro por la ventana.
No alcanzo a describir con palabras el espectáculo de mi compañero, el administrativo, llamando a la oveja por la ventana para ver si tenía o no chapa de identificación. Porque la oveja estaba como una reinona, con sus orejas gachas y sus ojos de oveja fijos en los dos imbéciles (nosotros dos) que intentaban atraer su atención por la ventana, rumiando a la sombrita de la zona de aparcamiento y sin ninguna intención de moverse. Ese concierto onomatopéyico (mi compañero no ha oído a un pastor en su puñetera vida, concluyo) para llamar la atención del ovino no lo olvidaré en mucho tiempo.
Respondo a mi interlocutor:
- Creo que sí, que no se trata de una ilegal... Tiene papeles, así que habrá que repatriarla a su dueño...
Al otro lado oigo risas y canchondeítos... Deduzco que el cabo, mientras tratábamos de averiguar si la oveja era realmente descarriada o tenía dueño, ha contado al compañero, o compañeros, lo de estos dos tontos en apuros.
- Vale, mira (ahora me trata de tú), pues hay que coger el número que lleva en la chapa para saber...
- ¡Que hay que coger qué! ¿Quién, yo?...
- No, nosotros bajamos ahora, en unos minutitos... la oveja no se va, ¿no?
- Hombre, pues no parece que tenga muchas intenciones de irse, por eso estoy llamando...
A las tres de la tarde nadie había aparecido, ni dueño ni benemérita, a interesarse por la oveja. El turno de las tres entraba y, tras una locuaz y rápida exposición del asunto (un viernes a las tres de la tarde no tiene una ganas de dar elaborados partes de urgencias), dejamos en sus manos la suerte que pudiese correr la inquilina del patio.
Hoy nos hemos enterado de que el exitus del pobre animal se produjo el sábado por la tarde, según el médico de urgencias, por un golpe de calor. La benemérita acudió a las seis de la tarde del viernes, tomaron los datos de la chapa de la oreja de la oveja y dijeron que iban a identificarla... Nunca se supo a quien pertenecía... El cadáver fue retirado por alguien en la clandestinadad de la noche, tras avisar de nuevo a la benemérita del fallecimiento de la susodicha...
He aquí la triste historia de una oveja que quiso romper el dicho tan popular por tierras de la Mancha y que se aplica a quien no cesa en un absurdo empeño o idea sin fundamento, dejándose llevar por los demás... a ése se le denomina ovejo modorro... Y la desgraciada encontró la muerte por ser ella misma por un día.

 
Como un aullido interminable
Los ojos de Alba

Son un cálido mar. Dos inmensos océanos de quietud, de verde cristal. Serenidad vítrea. Allí donde Dios dijo "hágase la luz" y la luz se hizo.
La he visto crecer y crecer... casi un metro setenta y cinco... Un muro de contención frente a un largo aullido interminable, y que ella devuelve con el eco de un susurro, el susurro de una voz que no necesita alzarse para detener el empuje irremediable.
No, no se lamenta de su mala suerte masticando chicle, ni fumando porros, ni abandonando estudios, ni callejeando como gata sin tejado. No es una automarginada víctima de la sociedad porque ella sabe que no es la sociedad la culpable. Ella sabe perfectamente quién tiene la culpa de que ella sea víctima, y como toda víctima, inocente.
Su padre es drogadicto: alcohólico, cocainómano, porrero... De todo un poco, ya se sabe, en la variedad está el gusto... Cuando pierde el control (porque en esto todavía hay quien piensa que tiene control) se vuelve agresivo... El cuento de siempre... Un cuento que me estomaga y me revuelve las tripas... Cuando pierde el control... ¡Será hijo puta! ¿Habrá cobardía más grande que la de ponerse hasta el culo para creerse alguien, para justificar semejante ignominia?
No, a Alba no la espera su padre de madrugada, como sí le sucede a sus amigas, acostado junto a su madre. No la oye dar la vuelta de llave con el mayor sigilo posible, deseando que el picaporte enmudezca para no delatar la hora de la llegada. Tampoco la oye desplazarse ligera como una pluma, gravitando entre pasillos hasta meterse en la cama. No cae rendida mientras el latido del corazón se debilita en los pies porque los tacones la dejaron muerta, ni sueña ajena al respirar tranquilo de sus progenitores porque la niña ya ha llegado a casa. Por el contrario, suele ser ella la que espera al padre... Ella lo intuye, lo sabe, es consciente de lo que hay, lo ha mamado desde niña, se conoce bien el percal... Su instinto de supervivencia lo olfatea... Aguarda sabedora... Aguardan sabedoras, ellas, dos, una madre y una hija que se ha convertido en un bastión frente al agravio y a la agresión. Cuando se retrasa quién sabe cómo vendrá... Y espera despierta, despierta y sabedora... Y después una vuelta de llave, y una voz que va subiendo el tono, y otra que intenta contenerla con susurros, y después los gritos, y zumbidos, y se levanta con las tripas revueltas y se pone en medio de la madre para defenderla, y, por último, una llamada al 112 de una voz joven, de diecinueve años, diciendo que su padre está agrediendo a su madre y necesita ayuda. Sin control.
Alba terminó primaria entre gritos, y sus ojos de niña eran dos serenos océanos de un verde cristalino. Terminó secundaria entre más gritos, y sus ojos seguían siendo dos serenos océanos de un verde cristalino. Ahora está en la universidad, y sus dos océanos son un golpe de mar de un sereno verde cristalino.


Los ojos de Mario

Los ojos de Mario imploraban ayuda mientras su abuelo, enfermo de un cancer de pulmón, yacía inconsciente en el suelo. Ese hombre, podrido y consumido ahora, era lo único que le quedaba en la vida.
La miseria se ceba con la miseria. La madre se había marchado un día, da igual si a la luz del alba, si en plena tarde o perdiéndose en las sombras de una noche sin luna, el caso es que huyó de su padre y así también abandonaba a su suerte a lo único que podía servirle de reclamo; a él. No se llevó nada que pudiera recordarle el más mínimo detalle de esa parte de su vida, ni tan siquiera lo que era de sus entrañas. Su padre era el rey de un suburbio de Madrid, experto traficante de papelinas, heroínomano, y seropositivo. Por aquel entonces, hará unos cuatro años, estaba cumpliendo condena por tráfico de drogas. Mario era hijo único de hijo único, lo que le convertía para sus abuelos paternos en nieto único. El día que su abuela reventó, sentada en una taza de un wc de un bar de barrio, de una cirrosis hepática fulminante, su abuelo le prometió que nunca lo abandonaría, y así fue.
La vida también empujaba a Mario como un aullido interminable y Mario respondió a la vida con un rugido inquebrantable.
Pero todo lo que el mar se traga, un día de inquieto oleaje lo devuelve... Lo empuja tierra adentro, con insistencia, como resto de naufragio, inservible, sin sombra de lo que fue... Y el padre de Mario apareció, y se vino al pueblo, tras el abuelo y el nieto. Primero se presentó sumiso, luego, impaciente y en busca de dinero. Pero su mirada hundida y esquiva se encontró con otra sostenida, tal vez desafiante, tal vez pidiendo cuentas, y que ya no era la de un niño perdido: la del hijo, los grandes ojos negros de Mario, los que vi derramarse cuando creía a su abuelo muerto.
Hace meses que murió el abuelo, y Mario ya tiene veinte años. Vive de nuevo en Madrid, en un piso compartido con amigos. Estudia primero de periodismo. Trabaja de vigilante varias noches a la semana y de camarero durante el día, o la tarde. Está opositando para el cuerpo de policía. Su padre sigue merodeando por el pueblo... De los ojos de Mario, de Mario, me habló su tía abuela cuando pregunté qué sería ahora de él. Ni la más remota idea de que aquel aparente adolescente desvalido era un héroe anónimo de esta perra vida, de su perra vida.

Y hasta aquí la historia de los ojos de Alba y los ojos de Mario, que bien podrían ser maliciosos, amenazantes, esquivos, de animal herido... Por el contrario son océanos en donde fluye la vida.
 
Belleza, sexo y dinero
Ayer leía una entrevista a una de las grandes de la música: Madonna. Madonna decía que su ritmo de trabajo es imparable, que a sus cincuenta años (y un minicuerpo de escándalo y bisturí, diga ella lo que diga) no puede quedarse en casa para terminar siendo una gorda... ¡Con lo bien que iba la entrevista, cachin diez! ¡Estas divas! Madonna dedica tres horas de gimnasio al día, tiene su preparador físico personal, dice no tomar nunca el sol, y no beber alcohol ni consumir ninguna otra droga... Mi madre tampoco ha tomado alcohol en su vida, ni ninguna otra droga y el sol le ha dado lo justo y puedo asegurar que con cincuenta años no estaba como Madonna. Estaba gorda, aunque a los veinte pesara cuarenta y cinco kilos. Mi madre no ha tenido preparador físico, ni tiempo ni dinero para ir tres horas a un gimnasio, tampoco ha tenido un regimiento de personal a su servicio que hiciesen el trabajo sucio, ése que te pone al borde de una crisis de nervios, te sume en la ansiedad, produce frustración y auto-infravaloración y desemboca en que te de igual estar o no gorda. Ése que, salvo excepciones, nadie valora y que todos aprendemos a valorar cuando nos vemos en idéntica situación. Esa es la gran diferencia entre mi madre y Madonna: lo que el dinero es capaz de comprar; tiempo, belleza (relativa, siempre relativa) y salud (al menos en apariencia).
Dicen las feas que lo importante es la belleza interior. Las guapas y guapos descerebrados (a los guapos y guapas inteligentes se les omite la pregunta), que los hay y mucho, también dicen que la belleza está en el interior y que no son importantes unas buenas... piernas y un buen... cuerpo de impresión para triunfar en la vida. No sé si con eso nos quieren decir, los muy cabrones, que además de bellos por fuera, lo son por dentro. Yo, chica del montón, siempre he creído que el ser guapa o guapo facilita las cosas, aunque no se tengan dos dedos de frente. La apariencia física importa y mucho. Todo nos entra por los ojos (que nadie me diga que con lo primero que desea darse un revolcón es en con la belleza interior)...
Según mi compañero (al que animo a que desarrolle su teoría y publique en alguna revista como Muy Interesante o por el estilo), los hombres se fijan en determinadas partes del cuerpo, normalmente sutilezas curvilíneas. Las mujeres, seguimos en según mi amigo, nos fijamos en tonterías del estilo de cómo mueve las manos, cómo le sonríen los ojos, cómo cambía su peso de un pie a otro, y gilipolleces similares que hacen el que un hombre resulte más o menos interesante (identifíquese interesante con apetecible sexualmente hablando). A ellos les da igual que la Pataki y otros productos tales sean bellos animales siliconados con ausencia de la costilla flotante, a ellos lo que les interesa es el resultado final, qué más les da costilla más que costilla menos... Y el resultado final, al menos de la Pataki, es espectacular. Y aquí estamos nosotras, si seremos gilipollas, contentándonos con la belleza interior...
Cierto día me comentaba mi ex-compañero Paco (qué mal suena eso de mi EX, aunque vaya acompañado de compañero en vez de novio o marido) que no entendía porqué nos fijábamos tanto en ese tipo de mujeres divinas de la muerte a todas horas, que nosotras, pobres mortales de andar por casa, no podríamos nunca llegar a ser como ellas... "Además-, me decía, -hace un tiempo coincidí en la estación del Ave de Sevilla con Juncal Rivero y es como un poste de la luz... Si a ésa (y perdón por la frasecita que transcribo, pero fue lo que él dijo) me la follo, seguro que se rompe". "Pues, querido,- le dije yo, sintiendo que ahora era la mía,- no te preocupes, porque una como ésa nunca te dará oportunidad de que tú la rompas, a no ser que tengas una cuenta corriente como la de Fernández Tapias o similares".
Y es cierto que lo que Natura no da, Salamanca no presta, aludo a aquella del candelabro y que admiraba a Vargas Llosa sin haber leído ni un párrafo en su vida del susodicho... Pero con lo que a algunas les ha dado Natura (o bisturí más silicona) no han necesitado que Salamanca les prestase nada.
Verdad es, amigo Sancho, que dos tetas siempre tirarán más que dos carretas.
 
El salto (Capítulo VIII)
En realidad no sabía porqué razón no tragaba al del tercero; no le gustaba su mirada esquiva... ni su cara... Era el primero que salía por la mañana al trabajo -debía de ser al trabajo-, y siempre lo hacía sobre las cuatro y media de la madrugada y en días alternos. No sabía sobre qué hora regresaba porque, si alguna vez coincidían entrando a un tiempo, uno subía siempre por las escaleras y el otro tomaba el ascensor hasta el sexto piso. Vivía en el bloque desde hacía dos o tres años, no sabría precisar, pero en ese tiempo se había ganado el apodo de el hurón, así lo llamó doña Virtudes, su vecina de enfrente, el día que tocó su timbre para perdirle un poco de sal y, abriendo apenas cinco centímetros la puerta, le dijo que no tenía y cerró en sus mismísimas narices sin mediar más conversación. No se sabe si lo que ofendió a doña Virtudes fue el portazo en las narices o que no pudo husmear lo que a ella le hubiese gustado por no haber tenido el detalle -y la educación- de invitarla a pasar. Posiblemente fueron ambas cosas las que hicieron que la lengua viperina de la señora envenenara todo su rellano y los superiores e inferiores a él, colgándole el san benito de mal educado y de que "seguramente se trataba de un tipo de poco fiar... un terrorista o alguien por el estilo, porque ya digo, no asomó ni la nariz y parecía ocultar algo. Vamos, a mí me va a decir que no tiene sal... ¿Quién no tiene sal en casa?"... Eso traía y llevaba doña Virtudes como un chisme a todo el que abordaba en la escalera, bajando su tono de voz y dándole otro un tanto misterioso y suspicaz. Todos sabían de la capacidad de invención de la señora Virtudes y, la verdad sea dicha, a nadie importaba la vida de nadie. Otra gran tragedia de la vida de la gran ciudad: la libertad del anonimato y el riesgo de la indiferencia y la invisibilidad. El paraíso de los malhechores y el infierno de los indigentes.
A todos pilló por sorpresa la llegada de aquella furgoneta con una brigada de policías dentro. En pocos segundos ocuparon la escalera, el ascensor y las salidas de emergencia. Atisbaban en las esquinas de los pasillos, obligando a los curiosos a encerrarse tras sus puertas y no salir hasta que se les diera orden. Así fue como abortaron un intento suicida de fuga por la ventana de un tercer piso.Todos quedaron consternados y boquiabiertos cuando lo vieron bajar esposado, queriendo cubrir su cara inútilmente con el cuello de su camisa, con un policía a cada lado y otro guardándole la espalda, mientras otros tantos bajaban ordenadores, cientos de CDs, cámaras de video y un arsenal de material informático como si se desmantelase el mismísimo Banco Central. Habían dado con un pederasta al que seguían pista a través de la red desde hacía meses. Eso dijeron en el telediario de las nueve. A todos sorprendió la revelación de la doble vida de su vecino, a todos menos a doña Virtudes, claro, que se enjuagaba la boca con unos y con otros con un rotundo Ya lo sabía yo. ¿Qué os había dicho?, si a mí esta gentuza no me engaña...
Había sido una tarde extraordinaria, se había vivido in situ aún no sabía si una secuencia de Los hombres de Paco o la dura y pura realidad sucediendose al otro lado de su puerta, tres piso más abajo. Una cosa sabía seguro: ese tonto de los cojones ya no sería el primero que se lo encontraría si algún día daba el salto.
La quietud de la noche sobrecogía. El silencio de la ciudad sobrecogía. La oscuridad de un cielo sin luna sobrecogía. El frío de aquella noche de verano sobrecogía.
Cuando un hombre tirado por un perro apareció tras volver la esquina, decidió irse a dormir. Mañana será otro día.



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Vacaciones...
Anhelo las vacaciones en aquel tiempo en el que eran eternas, eternas y vacaciones. El curso se terminaba, la calle se regaba con agua fresca del pozo para que la flama del día se evaporase, se refrescase la tierra y se asentara el polvo, las sillas se sacaban a la puerta para tomar el fresco por las noches (en la Mancha ha sido la práctica más saludable del mundo; tomar el fresco, indudablemente mucho más saludable que tomar el sol), la tele se trasladaba al pasillo para ver desde la calle el UN, DOS, TRES, la hora de irse a dormir no eran las nueve de la noche, y todo, todo, todo el tiempo del mundo era para jugar.
El final de cada verano siempre me producía una extraña sensación de melancolía. Era una sensación de pérdida inexplicable que aumentaba paulatinamente en la misma medida en la que se alargaban las noches y refrescaban y acortaban los días. Aun así, las vacaciones tenían sabor a vacaciones: alegría, diversión, siestas, descanso, ocio... La ociosidad creativa es maravillosa, es cuando se tiene la sensación del verdadero disfrute del tiempo libre, de la relajación y del descanso. Yo, definitivamante, afirmo que se me ha olvidado lo que es el ocio y desde hace una eternidad no sé lo que son unas vacaciones.
Las estadísticas hablan del número de separaciones que se producen en estas fechas (suele salir como noticia en el telediario cuando no tienen otras cosas más interesantes que contar). Yo siempre he pensado que es la gota de sudor que colma el vaso. De sudor... El calor despierta lo peor de mí... Pero calor ha hecho siempre, todos los veranos, ¿cierto?, cierto... Y no sólo no se despertaba lo peor sino que nacían unas ganas irrefrenables de disfrutar de los días, de las noches y del más nimio acontecimiento que surgiese en un momento determinado... ¿cierto?, cierto. Y ahora la pregunta del millón a mi otro yo con el que mantengo esta mierda de reflexión: ¿Entonces, qué es lo que convierte las vacaciones en una condena de la que estás deseando salir para volver al trabajo y a la rutina del día a día? ¿Serán los sollozos al otro lado del salón y los gritos mientras escribo estas cuatro lineas que vociferan: ¡mamá, no me deja la barbie ni al príncipe Antonio!? ¿Será que cuando estoy embebida en El juego del ángel, de Zafón, y a David Martín alguien ofrece algo de beber, David Martín en vez de contestar si tiene un vaso de agua, se lo agradecería, contesta fuera de mi cabeza, como un martillazo, que qué tenemos hoy de comida?... y la cruel realidad se manifiesta tirada en el otro lado del sofá, con el amenazador mando a distancia en la mano, sin tener en cuenta que yo leo -viajo, me evado, existo en otro mundo, he sido transportanda al Otro Lado, al mundo de las Palabras que juguetan en mi imaginación- y con un simple golpe de pulgar se profana el silencio y se desvanece mi viaje como el humo (siempre existe la opción de irse a otra habitación, pero el daño ya está hecho). ¿Será que las horas de ocio se han convertido en un ocio obligado, cuyo objetivo no es mi propio descanso ni mi disfrute personal sino el de otras que de mí dependen?. A veces, sencillamente me aborda la ociosidad en el peor de sus sentidos, pérdida de tiempo, y el único beneficio que le obtengo al día son los cuarenta minutos de marcha por la ronda, unos tramos corriendo y otros a paso ligero, para descargar la adrenalina acumulada.
Lo sé, soy egoista y nunca he considerado una virtud la abnegación de madre ni de esposa. Siempre he sido un ente independiente, sociable pero independiente, que necesita su espacio vital para crecer. La invasión de éste lo tomo como una agresión personal. Las vacaciones de verano, o de invierno, suponen reiteradas incursiones de unos y de otros, con constantes demandas que conllevan la renuncia involuntaria a unos minutos de asueto tan necesarios para el descanso del cuerpo y de la mente.
No es que yo tuviese una idea equivocada de lo que era el matrimonio y los hijos, no... ¿o sí?... Menos mal que ayer Nadal -un partido de infarto- me dió otra nueva alegría (y una contusión leve en mi mano izquierda por traumatismo contra la cabeza disecada de un jabalí que pendía casi dos metros por encima de la mía -así de grande fue el salto, puños arriba, tras el último juego del último set que le dió el título en Wimbledon-, pero esa es otra historia).


 
La calle, el mundo
Todas las infancias se parecen, afirmaba Terenci Moix en Extraño en el paraíso, y es cierto, todas las infancias se parecen en esencia, y todas las calles, y todos los mundos.
Entre la infancia de Juan José Millás y la mía hay dos décadas pero nada las diferencia. Su época y mi época pertenecieron a una parte de la Historia de este país en el que todo permanecía inalterable a pesar del paso del tiempo, en el que la calle era El Mundo, ajeno al resto de los otros mundos.
Mi calle ni tan siquiera estaba empedrada, mi calle era de tierra arcillosa que embarraba los zapatos, pegándose a ellos como un moco, cuando llovía. Las aceras sí eran de un empedrado desigual, con jorobas, ensanchamientos o estrechamientos a lo largo y ancho de su recorrido. En pimavera afloraba la hierba entre sus piedras para después, tras secarse por el sol y quebrarse por el deambular o bullir de los unos y los otros, convertirse su tallo en un arma punzante, clavándose en algún inocente pie descalzo, porque en verano no se gastaban zapatos, sólo en domingo, es más, no recuerdo más zapatillas de verano que unas chanclas de goma de la zapatería de canario (apodo del zapatero de mi infancia). Ahora las veo en las tiendas de deportes con la marca Nike o Adidas, pero antes era el calzado de los que éramos tan pobres como las ratas.
Nunca heredé ropa de mis hermanos porque, aunque fui la segunda, el primero fue varón y en mi época las niñas vestíamos mayormente falda, tanto en verano como en invierno... (es curioso, pero no tengo conciencia de haber pasado frío en aquel mundo en el que los leotardos eran un artículo de lujo, sólo había el calor de una estufa de leña en una única habitación -a mi madre nunca le gustaron los braseros por su peligrosa combustión- y en los dormitorios la humedad subía por las paredes como la hiedra por viejos muros). A mi hermana sí la recuerdo con ropa mía y también a mi hermano más pequeño con ropa de mis otros dos hermanos. No éramos nueve, fuimos cinco surgiendo a la vida y a las necesidades más básicas como el vestir y el comer en plena década de los setenta. En mi pueblo hubo quien pasó hambre real, como en la mismísima posguerra (Yo aún no sabía lo que era el hambre literal). Tengo que decir que aunque pobres como ratas no recuerdo más necesidad que la de que me comprasen una muñeca vestida de blanco y que recitaba la oración de Jesusito de mi vida eres niño como yo por eso te quiero tanto y te doy mi corazón, tómalo, tómalo, tuyo es mío no el día de mi primera comunión, pero aquella necesidad nunca se vió cubierta. Sobreviví a ella y a otras muchas que mi calle me deparó con el paso del tiempo. En mi calle, mi Mundo, nos hacíamos mujeres antes de tiempo, dejábamos de jugar antes de tiempo, en pocas palabas, nos obligaban a crecer antes de tiempo.
No tuve ninguna amiga que se asemeje al Vitaminas (siempre envidié esas amistades entre dos chicos, era la lealtad manifiesta), ni sótanos desde donde contemplar mi calle y sus moradores, al contrario, siempre fui amante de las alturas y contemplé el Mundo desde una azotea y desde los tejados de mi casa, unas veces sola y la inmensa mayoría acompañada de mi hermana. Podría ser ella el Vitaminas, tomó muchas en su infancia, pero lejos de morir, ella desapareció para resucitar en Su Mundo y a él pertenece desde entonces.
Al final de mi calle había otra calle semejante, igual de embarrada y de pobre, y después otra igual, y otra y otra... Todas las calles eran como la mía, ajenas a otros mundos y sin conciencia de la existencia de éstos y de la posibilidad de otra vida diferente. No había más aspiración para ellos, los niños convertidos en hombres, que ser algo más que un destripaterrones, albañil estaría bien, pero por aquel entonces había poco que construir porque no había nadie que lo comprara. Los más afortunados salían de la miseria a través de los seminarios (todos los mundos se parecen), y de ahí, con un poco de suerte, tras la frustrada vocación, a la universidad. No había más aspiración para nosotras, las niñas convertidas en mujeres, que echarnos un novio (a ser posible que no fuese destripaterrones, mejor de albañil para arriba. La que cazaba un estudiente era la envidia del pueblo) y dejarnos los ojos y la espalda sobre un bastidor, bordando el ajuar para la boda. Aquella tediosa y frustrante tarea de preparar el ajuar se hacía tuvieses o no tuvieses novio, porque el fin último de nuestra existencia era el casamiento. La soltería era como un fracaso definitivo de toda realización personal, una sentencia de muerte en vida.
Todo intento de fuga de aquel Mundo alejado de toda civilización, aunque ésta se encontrase a treinta quilómetros, implicaba un gasto económico que sólo una o dos familias se podían permitir (toda mi vida de estudiante fui una becada - desde lo de la Lewinsky becaria suena fatal-, se lo prometí a mi madre cuando apostó por mí y no la defraudé ni un solo curso, no hubiese sido posible de otra manera), y un cambio de mentalidad revolucionario y atroz en el seno familiar rural y era la posibilidad de que una mujer fuese a la universidad. Algunas hacían un par de años de auxiliar administrativo o de auxiliar de enfermería, o iban a mecanografía para ser escribientas, eso decían sus madres a otras madres para dar envidia... ser escribienta... qué oficio sería ése, escribienta... Yo creo que se veía mucha película de Paco Martínez Soria.
El día que decidí que ya no quería ser cantante, que ahora lo que quería era ser estudiante (aún no sabía de qué, pero estudiante) mi abuela le dijo a mi padre que si lo permitía terminaría emputecía y sin oficio ni beneficio (¡emputecía!...¡yo!...¡qué cosas tenía esta matriarca!). Y entonces fue cuando mi madre sentenció "la cría va a ir a estudiar ya pueda decir tu madre misa", y mi padre, por primera y única vez en la vida, acató. En su fuero interno sabía que era la única forma de romper aquello que nos predestinaba a seguir en la miseria, y no hablo de la económica, sino de la cultural, moral, social, en definitiva, de todo lo que nos negaba Conocer... Era la única manera de irrumpir en un mundo que a ellos se les había negado pero que consciente o inconscientemente estaban preparando para nosotros. Nunca huí de aquel Mundo, me limité a transformarlo como yo creí que debía hacerlo... Esa fue mi calle, mi mundo, El Mundo, tan diferente al de mis hijas y a la vez tan idéntico, porque no deja de ser la transformación del que te dan hecho en el tuyo propio, en Tu Mundo. Posiblemente el mayor o menor sentimiento de angustia, de frustración, de miedo, de éxito o de fracaso siempre dependerá de la forma de Concebir y de Conocer, de ello depende la huida o la transformación de El mundo.
Yo necesité escribirlo para conocerlo, aún lo sigo necesitando para seguir transformándolo. La escritura.
"Escribir bien presupone escribir al dictado de aquella parte de ti que permanece dentro del delirio cuando la otra sale de él para comunicarse con los demas o para ganarse la vida" dice Juan José Millás en El mundo. Nunca escribiré para ganarme la vida, eso es obvio, y en contadas ocasiones he escrito al dictado, por tanto presupongo que no escribo bien, pero cuando me sale la palabra exacta, en la frase exacta, con la idea exacta, tengo la misma sensación que haber parido a una criatura de lo más profundo de mis entrañas y la satisfacción de que es mía y sólo mía.
Como todo lo escrito aquí, esto también lo he escrito yo.