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Cosas que siempre te dije...
... y que nunca quisiste escuchar
Acerca de
Aquí te cuento lo que siempre te dije y no quisiste escuchar. Te cuento mi día a día contigo y sin ti, cuando me amas y me odias, cuando me gritas y enmudeces. Cuando desapareces y vuelves para marcharte otra vez. Te cuento mis caos, mis vacíos, el desastre de vida que he construído sin ti. Aquí os cuento todo lo que se me pasa por la cabeza y el alma, lo que callo porque ya me cansé de gritarlo. Dudas, sugerencias, preguntas y respuestas en: nuukgroen@hotmail.com
Sindicación
 
AL BORDE DE LA LOCURA

Escribo estas líneas en un momento de desesperación. Me tiemblan los dedos, me duele el pecho, me ahogo. Esta mañana he tenido que aguantar la presencia de Leo, a escasos centímetros de mí, pidiendo guerra otra vez, metiéndome el puñal hasta el fondo, desafiándome, haciéndome ver lo feliz que es, lo desgraciada e insignificante que soy yo ante el mundo.

Ha estado tres días desaparecida. La última vez que la vi la eché de mi casa. Exploté y le grité todo aquello que llevaba guardando desde hace tiempo: que está enferma, que ojalá no la hubiera conocido nunca, que es lo peor que me ha pasado, que me ha amargado y destrozado la vida. Hasta le dije que la odiaba, aunque fuera mentira. Exploté y saqué lo peor de mí. Lo que nunca había hecho. Me desbordó tanto la situación que actué tal y como ella actúa cuando le da un brote de los suyos. Casi me comporté como una hija de puta, exactamente igual que ella. Caí en su juego habitual. Le ordené que se largara, que no quería volverla a ver ni en pintura. Lo más curioso es que, ahora que me doy cuenta, ella me ha repetido hasta la saciedad, prácticamente todos los días, las mismas palabras, los mismos insultos, los mismos reproches y desprecios.

Después de aquel fatídico acontecimiento Leo desapareció sin más. En los días siguientes no fue a trabajar y, temiendo que le hubiera pasado algo o hubiera hecho alguna tontería, la llamé insistentemente para preocuparme por ella. Nada. Hoy apareció por el trabajo como Pedro por su casa, divina ella, repartiendo sonrisas hasta a sus insoportables. Me echó de su lado cuando le pregunté cómo estaba. No nos hemos vuelto a dirigir la palabra.

Se me hace complicado trabajar con ella codo con codo. Intento centrarme en mi trabajo pero ella, más falsa que Judas, renegando de su condición de antisocial, se pasa las horas haciendo gala de una asquerosa simpatía. Habla feliz de la muerte con aquellos a los que no se cansa de criticar, habla con los lerdos que babean por ella, habla con aquellos que un día fueron mis confidentes y que, precisamente por recomendación suya (que si son malas personas, que si no confíe en ellos, que si seguro que me ponen a parir a mis espaldas), empecé a dejarles de lado. Todos los ingredientes mágicos para que yo, absolutamente derrotada por su soberbia y rencor, tenga que esconderme continuamente en el baño para echarme a llorar desesperadamente.

Hoy, por primera vez, he sentido el rechazo de mis compañeros. Nunca nadie se ha atrevido a preguntarnos nada abiertamente, pero las especulaciones están a la orden del día, los comentarios, las risitas, las miradas. Me he sentido ridícula suplicando invisiblemente a una compañera un abrazo que nunca ha llegado. Nadie sabe leer mi ansiedad. Hoy, sin duda, ha quedado bien claro que Leo y yo estamos en plena crisis.

Y yo no sé cómo puedo ser capaz de sentirme culpable. Culpable por todo lo que le dije, por la manera en la que la eché de casa. Culpable por las mismas cosas que ella lleva haciendo meses conmigo. Me pregunto si le pesa la conciencia, si realmente es tan feliz como parece, si es consciente de haber arruinado una vida que prometía ser plena.

Siento estar al borde de la locura. Siento que necesito ayuda. Siento que cualquiera dará la razón a una loca incapaz de expresar el más mínimo sentimiento de dolor al lado de alguien como yo, impulsiva, a la que se le nota enseguida el estado de ánimo. Porque, de cara al mundo, encima ella se presenta como la víctima.

Estoy completamente desbordada. Estoy enganchada, obsesionada. Daría la vida por un segundo bien a su lado. Compensaría todos estos meses por una mirada de amor.

Y lo peor es que no sé cómo tengo cojones de pensar en mandarle un sms invitándola a pasar el fin de semana en cualquier rincón perdido del mundo para recuperar un gramo de esperanza, si es que queda alguna. Supongo que es una manera de darme yo misma una patada en la cabeza para empezar a asumir, de una puta vez, que tengo que empezar a olvidarla YA.

Puede que, quizás, seguramente, la loca sea yo.
 
EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

Quise contener el llanto mientras hacíamos el amor, pero era demasiado evidente la angustia acumulada en las últimas semanas, tanto que hasta sentí diferente su cuerpo, su tacto al acariciarme, sus besos, rotos, regalados al aire. Cuando terminé, exhausta y bañada en sudor y tristeza, no podía dejar de abrazarla, como si estuviera contando los segundos para que se marchara, como si estuviera a punto de presenciar su despedida definitiva. Y lloraba más y más. De fondo, sus torpes palabras – joder, siempre igual – me decía.

Y es que, cuando hago el amor poniendo el alma entera, siempre termino empapada en pasión y lágrimas, suplicando abrazos fuertes, de los que duran una eternidad.

Mi relación con Leo se encuentra en punto muerto. Aún siento que la quiero al tiempo que descubro que estoy haciendo avances en lecciones de indiferencia, o mejor dicho, en no dejar que todo me afecte tanto. Pero no es fácil. Leo sabe bien como hacérmelo pasar mal, sabe atacarme en los puntos débiles, sabe conquistarme y luego despreciarme, sabe acercarse, alejarse y hacer que corra a sus brazos.

A veces me desquicia, otras me tranquiliza, pero nunca me estabiliza. Sin duda, esta es la relación más tormentosa que jamás he tenido. Las broncas en el parking del trabajo son ya una constante, las miradas asesinas delante de los compañeros, los insultos de siempre, las veinte mil formas de reinventarse ofensas de las que hunden. Y así, cada día.

Mientras tanto, intento concentrarme en mis oposiciones, ya a la vuelta de la esquina, sacando fuerzas de la nada y energías para enfrentarme al dolor que me causa, entre apuntes de colores. Estudiar es mi prioridad, más que perder las tardes tumbada en el sofá con la mantita y su compañía.

Puede que Leo sea la persona más desequilibrada que he conocido nunca. Un día me dice que me ama, al siguiente que me odia; al siguiente que soy la mujer de su vida, al siguiente que no le gusta como soy; al siguiente que soy su chica, al siguiente que le doy asco; al siguiente que no puede vivir sin mí, al siguiente que quiere salir de mi vida; al siguiente que sueña con compartir una casa conmigo, al siguiente que soy lo peor que le ha pasado; al siguiente me suplica que sea su novia y al siguiente me dice que no hay nada entre nosotras; al siguiente que intentará cambiar y al siguiente que no me haga ilusiones, que ni loca volvería a estar conmigo.

Es la historia de todos los días.

A veces pienso en ella con pena. Trato de encontrar maneras de ayudarla sin que me escueza. Pero no hay forma de arreglar esa cabeza, destrozada, frustrada, insegura, acomplejada, miedosa, manipuladora. Su extrema vulnerabilidad la convierte en un ser agresivo y cruel. Sí, puedo comprender su actitud, pero sus problemas con el mundo y consigo misma no los puede focalizar contra mí. Ya he arrastrado su mierda demasiado tiempo. Creo que es el momento de pensar un poquito en mí. Aunque esta decisión, en el fondo, me duela y no la lleve estrictamente a la práctica.

(Intentaré actualizar más a menudo pero, a mi últimamente estresado ritmo de vida, se le ha unido el factor mortal: de momento, no tengo conexión a Internet, arggggg!!!)
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