DULCE CONDENA
Tengo la sospecha de que mi chica, si es que se puede llamar así, no está bien de la cabeza.
Al principio pensaba que era yo la rara, la susceptible, la insegura, la neurótica. Pero pasan los días y no hago más que llegar a la conclusión de que, a su lado, soy la persona más estable del universo.
Por suerte o por desgracia el trabajo nos unió y nos sigue uniendo para odiarnos y reconciliarnos mil veces al día. A veces me coge con fuerzas y puedo tragar sus ataques de histeria y hacer frente a sus palabras hirientes y crueles. Pero otras, me pilla tan débil, tan pequeñita y vulnerable que salto porque no puedo aguantar más sus reproches absurdos y sus críticas sin sentido.
Ella, tan perfecta aparentemente, tan admirada como envidiada, tan seria y responsable, es en realidad un laberinto sin salida, una cabeza llena de pájaros y nervios, un temporal que arrampla con todo lo que se le pone por delante cuando su cerebro se cruza y desequilibra. Soy su víctima más fácil, porque soy vulnerable, porque la quiero con locura y se aprovecha de mis sentimientos.
Es capaz de tirarse toda una mañana de trabajo sin dirigirme la palabra sólo por bromear durante menos de un minuto con otra compañera. Es capaz de provocarme ansiedad con su lengua viperina y dejarme vomitando en el baño dando tumbos suplicándole ayuda. Es capaz de desaparecer y no cogerme el teléfono durante horas y más horas. Es capaz de colgarme a gritos porque prefiere ver la tele a darme las buenas noches. Y así todos los días.
Y sobre todo, es capaz de recordarme cada día que no le gusto, que no me soporta, que me odia, aunque luego se arrodille para pedirme perdón una y otra vez y decirme que soy su vida entera, que no piensa nada de lo que dice, que no puede vivir sin mí, que se vuelve loca si la dejo.
No sé por qué me empeño en complicarme la vida y enamorarme de las personas más difíciles, con problemas y trastornos, sin las ideas claras.
Y cada noche, en mi cama, entre lágrimas, no hago más que ponerme en su lugar y justificarle, que el débil no tiene mejor arma que el ataque. Y me consuela pensar que se le pasará, otra vez, que se arrepentirá de sus palabras y volverá a mí, porque no le queda más remedio, porque soy el único aire fresco que puede respirar.
Mientras tanto, yo, sumida en la mierda absoluta, voy guardando fuerzas para hacer frente a la próxima batalla, seguramente perdida. Pero me queda la triste esperanza de que los débiles siempre vuelven a aquéllos que una vez les regalaron la vida entera. Porque volverá tantas veces como se marche y prefiero ese calvario a ir muriendo de dolor, sin ella.
MI VIDA SIN MÍ y sin ti (II)
Comienza mi vida en soledad. Cuando algo no va bien tiendo a cerrarme y encerrarme. Literalmente. Puedo pasarme días enteros en mi habitación sin hacer nada, dejando que mueran las horas, metiéndole prisa al reloj para que anochezca antes. No hablo con nadie, apago el teléfono, construyo un mundo dentro de mi caos.
No pido ayuda. Me paso horas pensando hasta que me arde la cabeza. Pienso en Leo. Me siento y me recuesto constantemente. Pienso en Leo. Escucho música. Pienso en Leo. Escribo, como ahora. Pienso en Leo. Mato cigarros que me dan asco. Pienso en Leo.
Hoy el dolor me ha dado una tregua. He reunido un par de fuerzas para levantarme, ducharme y salir a la calle. He ido al cine a despejarme. He entrado en una sala absolutamente vacía, como yo. Me he sentado en el centro y he hecho una foto con el móvil, retratando mi propia soledad. He hecho tiempo comiendo un bocata del Pan´s y una cocacola (por fin me atreví a comer algo) hasta que entrara la gente, parejas enamoradas que no hacían más que besarse y cogerse de la mano delante de mis narices, qué falta de delicadeza, por dios.
Leo se fue de mi cabeza durante dos horas y vuelve nada más terminar la película. Cojo el coche y voy dando tumbos por las calles de Madrid. Subo a casa, me encierro en la habitación y enciendo el ordenador. Escribo, pienso en Leo, sigo escribiendo, sigo pensando en Leo. Aparece otra vez en el Messenger pero continúa bloqueada.
Me muero por abrazarla, por decirle cuánto la quiero. Pero no se lo merece. No quiero volver a verla. Quiero tenerla conmigo para siempre.
Es demasiado pronto para acostarme, sin embargo, deseo que el tiempo vuele para meterme en la cama con la pastilla de Morfeo y descansar en paz, sin padecer, sin sentir, sin que nada duela.
Aún sabiendo que mañana no será un día mejor.
MI VIDA SIN MÍ y sin ti (I)
Tengo cinco minutos para decirte todo lo que me salga del alma. Te suplico una vez que lo intentemos, pero tú ya estás inmersa en el trabajo y me ignoras. Te dejo allí, sentada entre papeles, rodeada de gente que observa con ganas de morbo y salgo por la puerta entre lágrimas. Acto seguido rompo a llorar. Camino a marchas forzadas pero tengo que parar porque la ansiedad me hace vomitar. Me duele el pecho, no puedo respirar. Estoy sola en mitad del parque. Me siento el ser más desgraciado del planeta.
Llego a casa y me encierro en mi habitación. Me paso horas tirada en la cama, con los ojos abiertos como platos pensando, tratando de averiguar tus pensamientos, intentando ahondar en tu infierno. No encuentro respuestas ni saco conclusiones. Sólo me queda esperar que sea tarde para meterme en la cama y esperar un nuevo día. Me trago una pastilla para descansar y caigo rendida a las pesadillas de cada noche.
Amanece y todo sigue igual. Tú no estás a mi lado, el móvil no sabe nada de ti. Me incorporo y empiezo a llorar. No tengo fuerzas para levantarme y termino derrengada, exhausta, víctima de la tristeza y el dolor. No quiero vivir en los próximos días. Quiero desaparecer, pero dónde me voy, qué hago, cómo ordeno mi cabeza si no es contigo. Me ducho por inercia, cojo el coche y empiezo a dar vueltas. Te veo en todas partes, te imagino paseando de la mano con tu ex novio, te recuerdo con una nostalgia asfixiante. Compro algunas cosas de supervivencia y vuelvo a casa.
Me acuerdo de Eva. Ella es quien más y mejor puede ayudarme, ella es la única persona en este mundo que sabe cómo y cuánto puedo llegar a amar y a sufrir. Le mando un sms y no me falla. Me llama después de más de medio año sin marcar mi teléfono, me calma, me abraza en la distancia. Vomito mi mierda y me aconseja: “aléjate de quien no te conviene, de quien puede hacerte daño, de quien no está emocionalmente estable, aunque la quieras con locura”. Por primera vez en casi tres años, siento a Eva como una amiga.
Me meto en la cama antes de lo que acostumbro. Estoy sin comer, sin cenar, no recuerdo la última vez que probé bocado. Me meto otra pastilla y me trago un peliculón sobre la esquizofrenia. Una amiga aparece por el Messenger borracha perdida para recordarme cuánto me quiere y para decirme que “aunque no estoy, estoy” ¿¿¿???. También está Leo, pero la tengo bloqueada, no podría soportar otro golpe. Agradezco los efectos de la droga, que me invaden por completo hasta quedarme dormida.
Espero sin ganas el nuevo día, que, intuyo, estará vacío de esperanza.
PUZZLES
Se acaba de ir por la puerta. Sin portazos, despacio, hasta suave, sin mirarnos a los ojos. No nos hemos dicho adiós pero tampoco hasta pronto. No quiere llamadas ni mensajes. Quiere tiempo y, a pesar de haberme dejado llorando a moco tendido, se lo he concedido. Puede que también le haya estado rogando la misma distancia o incluso más estos últimos días pero sin decírselo, en silencio.
No me he visto así desde hace tiempo. No recuerdo la última vez que tuve ansiedad, no quiero recurrir a pastillas que me drogan y me hacen olvidar un rato. Mi médico me dice que no me ve bien, que tengo que controlar mis nervios, que la tensión me sube por segundos. Me falla la cabeza.
Me he perdido, sin duda. El puzzle que estaba a medio montar se me ha ido a la mierda. Las pocas piezas unidas que llevaba se caen al suelo y desaparecen, parece que jamás volveré a encontrarlas, y mi puzzle jamás podrá ser el mismo, aunque me pase la vida empeñándome en reconstruirlo.
Leo me dice que le falta el aire, que no está bien con ella misma, que cree que está entrando en una depresión. Por más que lo he intentado, creo que no le aporto lo que necesita, que no le hago feliz. No puedo meterme en su cabeza y regalarle fórmulas mágicas para hacerle sentir mejor. Y la consecuencia de todo esto es que me ha robado la energía, la fuerza, casi la vida entera.
Y no puedo más. No puedo cargar con su pena y la mía. Ojalá tuviera espalda para soportar el peso de sus problemas. Pero me está afectando demasiado. Y os juro que no puedo más.
No sé por dónde empezar ni por dónde seguir caminando. He perdido el norte. Busco soluciones imposibles pero, hoy por hoy, soy consciente de que nada podrá cambiar la situación. Y no quiero caer en la jodida realidad de pensar que tal vez las cosas no funcionen, y que, simplemente, las piezas de nuestro puzzle no hayan encajado ni encajen nunca.
NAUFRAGIOS
Llevo todo el santo día comiéndome la cabeza. Apenas me he movido del lado izquierdo del sofá. Estoy sola en casa y se me cae el techo encima. El viaje me regaló un esguince en toda regla y no puedo andar si no es a la pata coja. Siento claustrofobia.
No hago otra cosa que pensar. Creo que pienso tonterías. Ayer por la tarde Leo y yo tuvimos una discusión absurda de adolescentes y llevamos más de 24 horas desaparecidas. Desde entonces tengo palpitaciones, cefaleas y pesadillas. Siempre la misma historia. Y estoy cansada de ceder. No soporto que me hable así ni que me cuelgue el teléfono de repente, que es su práctica más habitual. Es capaz de tirarse días sin hablarme, yo soy capaz de arrastrarme como un gusano para que las aguas vuelvan a su cauce. Me muero si estamos mal y daría la vida cada segundo por evitar discutir.
Entre tanta incertidumbre, me cruzo con Eva vía sms, que no hace más que arrepentirse de sus pecados, pedirme perdón por sus “atrocidades” y darme las gracias. No es para menos. Tras otro de mis naufragios con Leo me dejo llevar, no sé si por la pena o por el corazón, e invito a Eva a encontrarnos en Madrid. Acepto su eterna excusa de “no merezco verte” y la olvido otra vez en cuestión de segundos.
El dolor me ciega por completo, hasta dudar de mis propios sentimientos. Me pregunto por qué tengo la asquerosa manía de buscar a Eva cuando algo va mal con mi pareja. Me pregunto por qué, a estas alturas, Eva se está permitiendo cometer el error? de estar ahí siempre que la reclamo, sea la hora que sea. Y sobre todo me pregunto por qué soy tan inconsciente, estúpida y retorcida tratando de encontrar cariño o lo que sea en la persona que más daño me ha hecho en mis treinta años de vida.
Quiero estar con Leo, por la que me muero. He olvidado a Eva, a la que utilizo para mis escarceos emocionales.
Sin embargo, siento que empiezo una nueva etapa en mi vida, tormentosa, como la última vez.





