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Cosas que siempre te dije...
... y que nunca quisiste escuchar
Acerca de
Aquí te cuento lo que siempre te dije y no quisiste escuchar. Te cuento mi día a día contigo y sin ti, cuando me amas y me odias, cuando me gritas y enmudeces. Cuando desapareces y vuelves para marcharte otra vez. Te cuento mis caos, mis vacíos, el desastre de vida que he construído sin ti. Aquí os cuento todo lo que se me pasa por la cabeza y el alma, lo que callo porque ya me cansé de gritarlo. Dudas, sugerencias, preguntas y respuestas en: nuukgroen@hotmail.com
Sindicación
 
"NO QUIERO SABER NADA MÁS DE TI"

Necesitaba decírtelo: que ya no sabía si te quería, que no sentía lo mismo, que ya no me dolías ni te pensaba tanto.

Me quitaba un gran peso del alma al tiempo que me cargaba con otro aún mayor: el de la realidad. Crucé la delgadísima línea que separa la esperanza del olvido porque la honestidad me obligó a plantarte cara para susurrarte al oído las palabras más tristes de la historia. Llorabas y lloraba. Te diste cuenta, por fin, de que estabas a dos segundos de perderme, y me di cuenta de que acababa de dictar mi sentencia cuya pena no sería otra que enterrar para siempre nuestro amor imposible.

Me cuelgas el teléfono y desapareces de mi vida. Sólo aciertas a escribirme, unas horas más tarde, una frase que jamás había escuchado de tus labios y que suena a pura verdad: “No quiero saber nada más de ti”.

Me muero por dentro y en silencio al lado de un café y una servilleta, que destrozo a golpe de tinta y tachones:

“Es como enamorarse pero al revés. Me tortura el peso de la liberación. No quiero ser aliada de la paz ni cómplice de la tranquilidad. Sólo encuentro sosiego en seguir esperando, como hasta ahora, sin dolor, con algún que otro sobresalto, pero con la esperanza e incertidumbre unidas, con la duda que imponen tus silencios, con creer que cualquier día te atreverás a arriesgar. Puede que, hoy por hoy, sea la manera más sensata de seguir adelante. Sin miedo a perder, con la ventaja de intuir que será un sueño hecho realidad, por fin. No soportaría que el destino me hiciera salir corriendo. Pido a Dios que no me robe este sentimiento que me invadió hace ya más de dos años, cuando empecé a amarte.”

Te juro que ya no sé nada.

Si ya no te quiero, ¿por qué te acabo de mandar un sms diciéndote que te amo?
 
QUIERO MORIR EN TU VENENO

(Mi ausencia durante estos días se ha debido, entre otras cosas, a lo liada que he estado con la mudanza. Que sí, que sí, que me he ido a vivir al lado de la clínica odontológica para poder prepararle cada mañana el desayuno a mi querida dentista… Ufff, creo que estoy empezando a delirar…)

Y ahora toca ponerme seria:

Ya no recordaba cómo funcionaba el procedimiento del llanto. Hasta anoche, que entendí que no hay que forzar ninguna máquina para que te caigan las lágrimas, sino que, de repente, se puede llorar de tristeza o alegría, sin más. A mí me tocaron las de tristeza.

Y hoy, para no perder las malas costumbres, me sorprendo a moco tendido frente a la pantalla del ordenador, papel higiénico en mano (porque los clínex se me quedan cortos), contándole a Eva que ya no sé lo que siento, que me estoy despistando, que ya no me muero de amor. O tal vez sí. Pero es tan inquebrantable el muro que he levantado entre su corazón y el mío que confundo lo real con los recuerdos y la verdad con las cenizas, aún encendidas.

Es como si, después de tanto tiempo sufriendo, luchando por quitarme a Eva de la cabeza y casi consiguiéndolo, no fuera capaz de darme el último empujón para apartarla de mi lado. Es como si deseara con todas mis fuerzas seguir amándola, a pesar de todo. Me sentiría culpable de abandonarla a su suerte. Ahora que tengo absoluta libertad y energía para marcharme, no quiero hacerlo.

Cómo era eso de Alejandrito Sanz… “quiero morir en tu veneno, que sufro más sin tu sufrir”.

Pues eso, que creo que soy masoca por naturaleza… ¿o acaso la sigo queriendo?
 
MI NUEVA DENTISTA

Si hay algo que me pone de los nervios es ir al dentista. Pero últimamente mis visitas al odontólogo tienen un gran (grandísimo) aliciente. La chica que me trataba terminó su contrato con la clínica, así que tuvieron que asignarme a otra (odio cambiar de dentista como de bragas). Ya me cabreó la idea de perder a Fátima, con la que me sentía muy a gusto y a la que podía mirar con cara de psicópata cada vez que me hacía daño, sin acritud, claro.

A menos de diez casillas de completar mi Sudoku, en la sala de espera, escucho mi nombre. Con la cabeza baja, persigo a la chica de blanco por unos eternos pasillos hasta que nos topamos con la camilla de la tortura. Mientras me pone el mantelito de plástico alrededor del cuello aparece ella, mi nueva dentista: “Hola, soy Carla, a partir de ahora yo me encargaré de ti”. Y la tortura empezó a dejar de ser tortura.

Mi táctica para no sufrir en las sesiones es cerrar los ojos, intentar calmarme, apretar los puños y pensar en cosas bonitas. Pero Carla me rompió los esquemas en medio segundo, y como una adolescente en su primera cita, me eché a temblar como una idiota sin dejar de mirarla. Enseguida se puso manos a la obra: “abre un poquito más la boca, pon la lengüita un poco a la izquierda, ¿te duele cariño?, tranquila, lo vamos a hacer muy despacio, si te hago daño dímelo, todo saldrá bien, relájate bonita…” Argggg!!! Y yo allí, tumbada en esa cama de piedra, sin poder articular palabra y dando gracias al aspirador que permanentemente tenía en la boca recogiendo no sólo saliva sino baba de tonta de remate.

Se acercaba, se alejaba, se acercaba más… Diossss! Nos separaban apenas tres o cuatro centímetros, yo tenía los ojos como platos y no podía estarme quietecita, y es que no estoy muy acostumbrada a que me estudien tan detenida y profundamente: “no te pongas nerviosa, ya casi está” – me decía.

Después de hacer un ejercicio de suma concentración y rezar hasta a las piedras, conseguí bajar un pelín mi frecuencia cardíaca. Y entonces llegó el amago de infarto, cuando Carla no encontraba uno de esos instrumentos tan horribles que no te caben en la boca y que lo tenía, vaya por Dios, al otro lado de la camilla. Y como buena dentista, en vez de dar la vuelta y rodearme, me atraviesa el cuerpo (y casi el alma): su pecho sobre el mío, separado tan sólo por el estúpido plástico. Coge el aparato en cuestión, me mira y, clavándome la mirada, me suelta: “tienes unos ojos preciosos”.

Y entonces llegó el infarto, acompañado de previas convulsiones, enrojecimiento intenso de la piel, náuseas, cefalea y taquicardia, entre otros síntomas.

En ese instante morí de pasión y a punto estuve de comerle la boca, pero conseguí controlar mi instinto y quedarme tumbadita, no fuera a destrozar su obra maestra (llámese empaste). Cerré los ojos, me relajé, cerré los puños y me puse a pensar en cosas bonitas. En ella, por supuesto…
 
ABSTINENCIA, ¿ELECCIÓN U OBLIGACIÓN?

Lo cierto es que no recuerdo cuándo fue la última vez que me quedé más a gusto que un arbusto (llámese, vulgarmente, buen polvo). Podría remontarme a hace más de un año, cuando me encerraba con Eva en su habitación y no salíamos hasta el instante en el que me tenía que volver a Madrid.

La verdad es que echo de menos ese tipo de hazañas, rozar el cielo, cerrar los ojos, gritar de placer, que no exista nada más, temblar hasta tener espasmos incontrolables. O soy demasiado exigente en la cama o es que desde entonces no he tenido entre mis brazos a la persona adecuada. Tras mis paseos a la gloria con Eva, nadie ha superado el aprobado. Puede ser que dejara el listón muy alto. O tal vez que me gusta recibir tanto como doy, que es como más disfruto. Calidad más que cantidad. Armonía, complicidad, reciprocidad ante todo.

Sin embargo, y no sé cómo me las apaño, soy bastante tolerante a la abstinencia. Y eso que el sexo me vuelve loca. Debe ser que me estoy haciendo mayor y que ya no tengo cuerpo para meterme en cualquier cama que no sea la mía. Supongo que necesito algo más que una simple atracción física. A estas alturas de mi vida, después de hacer el amor quiero besos, abrazos y compañía al despertar. Y para eso necesito sentir mucho más.

O será que me estoy volviendo una ameba, completamente asexual.

¿Alguna voluntaria para resolverme esta duda, por favor? (Se aceptan respuestas prácticas y prácticas explícitas… ejem… hoy estoy más tonta de lo normal, qué le vamos a hacer).