ESTALLAR
Se me ha hecho eterno el viaje de vuelta a casa. A veces quiero llegar porque hace frío, o porque tengo sueño, o porque me apetece tirarme en el sofá para ver una peli o leer un buen libro. Hoy sólo deseaba llegar para llorar.
Hoy transcribo mis lágrimas mediante estas palabras, que no son más que gritos de dolor. Hoy no espero más respuesta que silencio y una buena dosis de agotamiento para caer rendida en la cama. Ya he pensado y contenido demasiado.
Me he pasado el día rodeada de gente que se supone me hace feliz. Y no he podido corresponderles de otra forma más que con un expresivo vacío.
Nueve paradas de metro a punto de vomitar rabia, mi vagón muerto. Busco la complicidad en desconocidos que duermen, beben cerveza y charlan entre ellos ajenos a mi dolor. La estúpida manía de buscar consuelo en los desconocidos, de verme reflejada en ellos por aquello de la casualidad. Pero tampoco el azar está hoy de mi parte.
Me pesa todo. Me pesan unos padres que se hacen los tontos y que no hacen méritos para abrirme la puerta del armario. Me pesa la ausencia de Eva y el amor de Bea. Me pesa el trabajo, aunque a veces sea mi refugio. Me pesa el cansancio mental. Me pesan los dolores de cabeza de tanto pensar. Me pesan las risas malgastadas con las que lucho contra la ansiedad. Me pesa andar hacia ninguna parte. Me pesa haber perdido el rumbo.
Me pesa haber olvidado qué hay que hacer para estar mejor, para ser un poquito más feliz.
Hoy estallo, por fin, sin testigos, ni siquiera conmigo.
VISITA ESPERADA
La tristeza ha venido a verme. La puerta estaba entreabierta y la he dejado pasar con los ojos cerrados, como si fuera una amiga de toda la vida.
Me dice que no voy por buen camino. Me hace llorar al recordar el último monólogo con el contestador de Eva y la última discusión con Bea.
Me hace llorar al preguntarme si cuando me hago el amor gimo de placer, dolor o rabia, rabia infinita.
Me sobran lágrimas de tristeza. Me faltan las de emoción.
Me escondo entre las sábanas tres cuartas partes del día. Quiero dormir profundamente, y despertar cuando se haya marchado de mi alma.
Maldita tristeza.
PD: ¿Y ahora qué hago con un millón de besos que no me dio tiempo a darte aquella vez?
NADA
No te das cuenta de que me ahogan tus silencios y que prefiero el veneno de tus palabras a tu dulce ausencia. Aunque tus llamadas me bajen al infierno y tu contestador automático me haga respirar en paz.
Hace seis meses que no me cruzo con tu mirada muerta de miedo, más meses todavía que no te siento. Todavía me echas en cara mi frialdad en nuestro último encuentro y, no te das cuenta de nada, no te das cuenta de que temblaba, de que era el terror a no ser correspondida lo que me hizo quedarme completamente inmóvil.
Pasa el tiempo y nos seguimos llorando al teléfono, contándonos cuánto nos echamos de menos y cuánto nos queremos. Pasa el tiempo y nada. Pasa y no perdona, y no pasa nada, ni un paso hacia delante, ni siquiera para atrás. Punto muerto. Ni el tiempo, ni la distancia, ni tu complejo mundo ni mi agotamiento pueden con tu recuerdo en mis brazos. Siempre estás, cada instante.
Hace tiempo que dejé de intentar olvidarte. Aprendo a convivir contigo en lo más profundo de mi alma. Ya no sueño con tenerte, sino con arrancarte de mis sueños.
NO ES LA SOLEDAD
Lo más fácil es pensar que estoy con Bea por no estar sola. Lo cierto es que nunca he tenido la necesidad de atarme a nadie porque sí, por pasar el rato, o como muchos creen, para evitar la soledad. Puedo presumir de haber disfrutado a fondo mi estado de soltera y sin compromiso. Y cuando hablo de disfrutar también me refiero a haberme parado a estar conmigo misma, a aprender a caerme bien, a tirar para delante con la sola fuerza de mis pasos y mis peleas contra la vida.
En general, no me gusta la gente que tiene pareja porque no soporta estar sola, aunque intento entender ese tipo de actitudes. Es el miedo, ante todo, el que nos paraliza y, como ya dije por ahí, el que nos hace actuar en contra de nuestros sentimientos más íntimos.
No pido a nadie que comprenda por qué estoy con Bea queriendo a Eva. No es un segundo plato, no es pánico a la soledad, no es dependencia, no es falta de cariño ni aburrimiento. No es consecuencia del desamor. Simplemente me sale así de dentro. A veces las cosas se dan porque sí y no tienen explicación.
Creo que no es el momento de tomar ninguna decisión si yo estoy a gusto, si Bea, a pesar de todo, está a gusto, si Eva, con su novia de mentira, está a gusto.
He puesto mi destino en manos del tiempo que es mucho más sabio que mi razón. Mientras tanto, a sufrir a ratitos, a reír por momentos, a llorar por dentro, a seguir luchando. Y a esperar, a esperar siempre.
ENTRE DOS AMORES
Bea me quiere. Yo quiero a Eva. Eva me quiere a veces y vive, al mismo tiempo, otra historia. Bea sabe que no la amo, es más, sabe con certeza que pienso en Eva. Eva no sabe que estoy con Bea. Dice que no soportaría que amara a otra, me quiere exclusivamente para ella. Y yo, me guardo mis cartas para no terminar de perderla.
Bea consiente este amor no correspondido. Si de algo no puedo sentirme culpable es de estar engañándola. Nunca fui tan sincera con alguien. Bea lo sabe todo. Y aún así me aguanta.
Eva y yo coincidimos en algo: el miedo nos ha empujado a hacer cosas que no queremos y que se nos van de las manos, a establecer lazos estrechos con personas a las que no amamos. Y así nos va. Creo que en el fondo estamos amargadas por no tener lo que ansiamos.
Bea es el apoyo constante, la atención, el cariño, el abrazo mientras duermo, el beso de buenas noches, el mensaje de buenos días, el buen humor, la risa, la paciencia. Pero, sobre todo, es mi paz, mi remanso. Lo que nadie me dio. La única persona capaz de hacer que descanse tranquila. Es perfecta. Sólo hay un pequeño detalle que falla: no estoy enamorada de ella. Por más que me empeñe, por más que lo fuerce, que no, que no se pueden inventar los sentimientos de la noche a la mañana. Pensar que podría ser feliz con una persona maravillosa es algo que me atormenta cada día
Eva, sin embargo, es todo lo contrario. En una palabra, mi desesperación.
No recuerdo, no alcanzo a imaginar cómo era la sensación de estar enamorada y ser correspondida. Pero correspondida al mismo nivel, nada de ‘yo te quiero más que tú’ o ‘tú me quieres más’. No. Olvidé cómo se sienten dos personas cuando están locas de amor.
El caso es que estoy enamorada de Eva, pero tengo una especie de relación con Bea. No hace falta que nadie me diga que la mía es una actitud cobarde, una forma de intentar llenar el vacío de Eva. Lo sé, lo sé perfectamente. Sé que no es justo, sé que es egoísta, sé que es cruel, pero a veces, las circunstancias te llevan a situaciones que jamás creías que ibas a vivir.
Estoy viviendo en contra de todos los principios que he construido a lo largo de mi vida, de los cimientos sobre los que creé mi filosofía. Los esquemas rotos, los planes destrozados. Soy pura contradicción.
No sabía hasta qué punto la mente es capaz de traicionarnos, obligándonos a actuar incluso en contra de nuestras metas y deseos. Puede que esté jugando al mismo juego que practicó gente a la que critiqué por no asumir sus propias ideas ni luchar por sus objetivos. Ahora no me queda más remedio que agachar la cabeza y aprender a comprender la naturaleza del ser humano.
VIAJES A NINGUNA PARTE
Te inventas viajes sin billete de vuelta, madrugadas que no llegan, sueños imposibles, países desconocidos en los que sólo es imprescindible tenernos para siempre. Durante dos décimas de segundo, dejas entrever que aún me amas, si es que lo hiciste alguna vez.
Después de semanas sin escucharte vuelves a requerir mi presencia, y suplicas, una vez más, que me deje llevar, que te lea lo que escribo para ti, que te diga que te quiero, que te cuente las veces que pienso en ti. Utilizas tus armas de seducción para llevarme a tu terreno, para que expulse palabras tiernas, las que necesitas cuando te sientes tan sola. Y, a cambio, me das lo mismo que pides. Me vendes tu alma un rato. No paras hasta conquistarme, hasta ganarme, como siempre supiste hacerlo. Y en ese instante, me doy cuenta de que he vuelto a perder otra guerra.
Y ya intuyo lo que viene: la siguiente escena trata de promesas que vuelan, de besos imaginarios que nunca llegan, de pasión hablada. Sólo cuento con tu cálida voz cada mil años y con la aparente sinceridad con la que me declaras tu amor por esta historia imposible. Lo peor es que, para mí, son argumentos suficientes para seguir creyendo en ti y confiar en que lo nuestro, algún día, dejará de ser un sueño imposible.
MI HISTORIA
Puede ser que mi historia no sea nada del otro mundo, ni siquiera interesante, pero para mí es, cuanto menos, impresionante, emocionante y, sobre todo, viva, aunque dolorosa.
Mi historia es un continuo tormento, una eterna incógnita, un presente vacío colmado en ocasiones de efímera felicidad. Es un cuento en el que la vida podría considerarse una farsa, una mentira, pero nunca un autoengaño. En la que escasean los finales felices y nadie come perdices. Un vaivén de sentimientos que salen y se esconden, que asoman la cabeza y se entierran. El desequilibrio emocional. El caos. Las batallas más peleadas perdidas. Jamás la rendición, sí la desesperación. La esperanza asesinada. El consuelo de tontos. El amor, puro y duro, con letras mayúsculas; quizás el desamor, también con mayúsculas.
Es una historia en la que las protagonistas son casi exclusivamente mujeres, incluída yo.
Trasladarme a este rincón secreto no me dará la fuerza del olvido, pero sí la tranquilidad de gritar al vacío lo que no puedo seguir callando.
Ya no lucho por dejar de sentir sino por acostumbrarme a respirar aire fresco cada día. Sentir con las heridas bien cicatrizadas, no bajar la guardia cuando el recuerdo me invada, sobrevivir a todo lujo, dedicarme a mí, aprender a caminar sin ti pero contigo.





