Túnez (I): Los oasis de Nefta
05:00 horas. Douz (Dûz). Llamada también "La Puerta del Desierto". Nos levantamos para continuar nuestro agotador viaje por el sur de Túnez. Mi hotel, sacado de un cuento de "Las Mil y Una Noches", cuenta con todas las comodidades. Piscina de agua dulce (¿o es salobre? Lo cierto es que está saladita y se flota mejor, ¡demasiado, o sea!), piscina de aguas termales, baño completo, buffet libre de comida internacional, etc. Calculo que he consumido entre 300 y 400 litros de agua, escasamente potable para los locales, intragablemente asquerosa para mí, durante mis escasas horas de estancia.
13:00 horas. Nefta (Neftah). Hacemos un alto en nuestro largo viaje para visitar esta ciudad-oasis a caballo entre dos desiertos. La foto muestra un oasis precioso... y una fuente seca. Le pregunto a Bèshir, nuestro guía, que ocurre aquí y su respuesta me sume en la tristeza. Parece que el cambio climático también llega al simpático país de Túnez. Béshir nos explica:

En Nefta, población a las puertas del desierto del Sáhara de unos 20.000 habitantes, se dan circunstancias especiales por las que un cambio climático puede ser nefasto. Nefta posee alrededor de medio millón de palmeras datileras repartidas entre sus oasis. Los dátiles representan, junto con el turismo, la principal fuente de ingresos de los oasis del Sur de Túnez y, por ende, de todo Túnez.

El desierto ha sido horadado con el beneplácito del gobierno por multitud de pozos artesianos para aumentar la superficie datilera y satisfacer la ingente demanda de agua de unos turistas fatigados por el calor del desierto. Turistas como yo que gastan con dos tiradas de la cisterna toda el agua que consume un neftaliano en un día. Estos pozos se alimentan de yacimientos de agua fósil, es decir, se trata de agua difícilmente renovable por las lluvias. Así que, a medida que se extrae agua de los acuíferos, la salinidad aumenta y el agua es cada vez menos apta para el riego, no digamos ya para ser bebida.
Estas circunstancias son fácilmente explicables por la enorme demanda de agua. El cambio climático no debería salir a colación en este problema. Sin ambargo, es precisamente el cambio climático lo que explica que Nefta esté cada vez más cercada por sus desiertos contiguos, uno de arena al norte continuación del Gran Erg Oriental argelino, cuyas dunas se dirigen progresivamente hacia el sur, y otro salado situado al sur, el Chott-el-Djerid. De hecho, aunque en el mapa, algo antiguo, figure el Chott-el-Djerid al este de Nefta, lo cierto es que este desierto salado se encuentra ya envolviendo al oasis tanto por el sur como por el oeste.
Bèshir sentencia:
No quisiera volver a Nefta y encontrarme con palmeras secas, agua salada y desierto en lugar de una preciosa ciudad del desierto, no quisiera. Pero mucho me temo que este oasis es digno merecedor de un viaje imposible a mediados del siglo XXI.
15:00 horas. Tozeur (Tazwar). Estoy reventado, que duro es viajar con aire acondicionado en autobús mientras niños descalzos que no robarían ni para comer te intentan vender "Rosas del Desierto" de todo tamaño ¡jo!. Tras un copioso almuerzo regado con abundante agua mineral pagada a precio de vino tinto me dispongo a dar cuenta de una provechosa siesta. A los cinco minutos de haber adoptado la horizontal comienzo a luchar contra las lágrimas que pugnan por asomar, y es que me he percatado de que he tirado tres veces de la cisterna desde que llegué hace media hora a la habitación. Para acallar mi conciencia y despertar las de otros prometo escribir este artículo mientras Gaia me permite caer rendido.
13:00 horas. Nefta (Neftah). Hacemos un alto en nuestro largo viaje para visitar esta ciudad-oasis a caballo entre dos desiertos. La foto muestra un oasis precioso... y una fuente seca. Le pregunto a Bèshir, nuestro guía, que ocurre aquí y su respuesta me sume en la tristeza. Parece que el cambio climático también llega al simpático país de Túnez. Béshir nos explica:

El patrón de precipitaciones en este país suele ser el siguiente: 3 años húmedos, 2 ó 3 años regulares y 3 años de sequía. Túnez ya lleva 13 años consecutivos de años malos o regulares. Son demasiados años de sequía. Incluso en un entorno tan acostumbrado a la falta de agua como es el desierto, esta anomalía provoca impactos de todo tipo. Por ejemplo, la fuente seca. Hace ya muchos años que no proporciona agua
En Nefta, población a las puertas del desierto del Sáhara de unos 20.000 habitantes, se dan circunstancias especiales por las que un cambio climático puede ser nefasto. Nefta posee alrededor de medio millón de palmeras datileras repartidas entre sus oasis. Los dátiles representan, junto con el turismo, la principal fuente de ingresos de los oasis del Sur de Túnez y, por ende, de todo Túnez.

El desierto ha sido horadado con el beneplácito del gobierno por multitud de pozos artesianos para aumentar la superficie datilera y satisfacer la ingente demanda de agua de unos turistas fatigados por el calor del desierto. Turistas como yo que gastan con dos tiradas de la cisterna toda el agua que consume un neftaliano en un día. Estos pozos se alimentan de yacimientos de agua fósil, es decir, se trata de agua difícilmente renovable por las lluvias. Así que, a medida que se extrae agua de los acuíferos, la salinidad aumenta y el agua es cada vez menos apta para el riego, no digamos ya para ser bebida.
Estas circunstancias son fácilmente explicables por la enorme demanda de agua. El cambio climático no debería salir a colación en este problema. Sin ambargo, es precisamente el cambio climático lo que explica que Nefta esté cada vez más cercada por sus desiertos contiguos, uno de arena al norte continuación del Gran Erg Oriental argelino, cuyas dunas se dirigen progresivamente hacia el sur, y otro salado situado al sur, el Chott-el-Djerid. De hecho, aunque en el mapa, algo antiguo, figure el Chott-el-Djerid al este de Nefta, lo cierto es que este desierto salado se encuentra ya envolviendo al oasis tanto por el sur como por el oeste.
Bèshir sentencia:
Nefta acabará tragada por el desierto con el beneplácito de una prolongada sequía.
No quisiera volver a Nefta y encontrarme con palmeras secas, agua salada y desierto en lugar de una preciosa ciudad del desierto, no quisiera. Pero mucho me temo que este oasis es digno merecedor de un viaje imposible a mediados del siglo XXI.
15:00 horas. Tozeur (Tazwar). Estoy reventado, que duro es viajar con aire acondicionado en autobús mientras niños descalzos que no robarían ni para comer te intentan vender "Rosas del Desierto" de todo tamaño ¡jo!. Tras un copioso almuerzo regado con abundante agua mineral pagada a precio de vino tinto me dispongo a dar cuenta de una provechosa siesta. A los cinco minutos de haber adoptado la horizontal comienzo a luchar contra las lágrimas que pugnan por asomar, y es que me he percatado de que he tirado tres veces de la cisterna desde que llegué hace media hora a la habitación. Para acallar mi conciencia y despertar las de otros prometo escribir este artículo mientras Gaia me permite caer rendido.





