Como un señor.
Ea. Sábado de febrero. Las 9 y pico de la mañana. Desayuno sencillo (las lentejas y el pollo que sobró de ayer, que no hay tiempo de cocinar), cafelito y, después de una breve reunión en el baño, me pongo el chándal del Real Madrid, pillo el monovolumen y… ¡al carrefour!
En el camino, insulto a dos o tres conductores cuyos coches son claramente más potentes que el mío; a uno de ellos, incluso, le amenazo de gesto y de palabra (de obra no, que es muy cansao) porque además de llevar un coche más potente, demuestra más habilidad que yo al volante y me la pega en una rotonda. Qué gran invento la rotonda, ¿eh?
Llego a las diez menos cinco al parquin del carrefú y, como me lo sé de primera, voy directamente al sector 35 impares que es donde se aparca bien, cerca de la puerta, cerca de los carritos… soy un hacha, colegas.
No me pasa lo que a los pringaos, que llegan y no tienen la moneda para el carrito, qué va. Mi llavero es de esos de carrefú que llevan la moneda incluida… es práctico y, porqué no decirlo, bastante elegante, en símil plata.
Llego a la puerta de carrefú a las 10 menos 2 minutos y allí estamos los habituales… los enrollaos, podríamos decir; todos tenemos el mismo gesto de mema satisfacción pintado en el rostro, como diciendo: prefiero madrugar un rato, dormir una hora menos, que no encontrarme luego los lineales todos sobados, sin género en buen estado y una cola de diez minutos en la caja. Je, je…
Domino el carrefú como mi segunda casa. He elaborado una lista que es el colmo de la lógica y la practicidad. Los productos que necesito, ordenados de forma que no necesite hacer paseos estériles. Mi recorrido es razonable y voy llenando el carrito con la aplastante lógica del experto: debajo los briks de leche y las latas de cerveza y PepsiMax, el pan de molde y las patatas fritas encima…
Una señora con aspecto de despistada me pregunta por el pan rallado. Seguramente se ha fijado en el impecable aspecto de mi carrito y en el aire de seguridad que desprenden mis pasos firmes, mi mirada abierta y sincera y mis gestos decididos. La buena señora, que tampoco es, digamos, una novata, se siente desorientada por culpa del cambio que ha operado el lineal por mor de “la semana de la repostería”. Con una sonrisa condescendiente le indico no sólo dónde se ubica el pan rallado, sino que, además, gratis, le doy un valioso consejo sobre qué pan rallado elegir “el de la casa”, le advierto, “es un poco más caro, pero los filetes le quedarán de fábula”. Ella, agradecida, seguramente abrumada por mi arrollador espíritu de buen samaritano, intenta esbozar una sonrisa de agradecimiento y en su rostro se dibuja una desafortunada expresión, como de pingüino, de estupidez helada. No la culpéis, amigos. No es que yo conozca el carrefú. Es que conozco su “psicología”, sé de lo que hablo.
Localizo ofertas, promociones, trespordoses, tantosporcientomásgratis, etc., con una sagacidad de gato montés. No me dejo engañar por los grandes packs: muchas veces es más barata la compra al detall… en fin, que controlo.
Cuando he terminado la “compra” propiamente dicha, me acerco a mi paraíso: el pasillo de jardinería. Ahí, entre palos con cosas de hierro que no sé cómo se llaman, abonos, sustratos, césped artificial, alpiste para perros, plantas de interior… me dejo llevar.
Dicen que un hombre enfrentado a su destino es como un pasajero en una estación de tren de un país remoto sin billete de vuelta (esto, en realidad, no lo ha dicho nadie, acabo de inventármelo, pero es un buen comienzo de párrafo); bien, yo me encuentro a mí mismo en este pasillo del carrefú. Frente al saco de 25 kg. de MenúDog, junto a los apliques para mangueras, dejándome seducir por el canto de los rastrillos de palo de bellota, me pregunto: ¿qué coño haces aquí, chaval?
¿En qué estúpido menester estás perdiendo una radiante mañana de sábado? ¿Para qué narices acumulo puntos carrefú? ¿Qué le importaba a la pobre señora de antes tu opinión sobre el pan rallado? ¿No te da vergüenza estar ahí de pie, con ese ridículo chándal, comparando precios de guantes de jardinero? ¿A qué estas jugando? ¿A qué coño estás jugando?
Con lo bien que estaría yo rascándome las pelotas en la cama…
En el camino, insulto a dos o tres conductores cuyos coches son claramente más potentes que el mío; a uno de ellos, incluso, le amenazo de gesto y de palabra (de obra no, que es muy cansao) porque además de llevar un coche más potente, demuestra más habilidad que yo al volante y me la pega en una rotonda. Qué gran invento la rotonda, ¿eh?
Llego a las diez menos cinco al parquin del carrefú y, como me lo sé de primera, voy directamente al sector 35 impares que es donde se aparca bien, cerca de la puerta, cerca de los carritos… soy un hacha, colegas.
No me pasa lo que a los pringaos, que llegan y no tienen la moneda para el carrito, qué va. Mi llavero es de esos de carrefú que llevan la moneda incluida… es práctico y, porqué no decirlo, bastante elegante, en símil plata.
Llego a la puerta de carrefú a las 10 menos 2 minutos y allí estamos los habituales… los enrollaos, podríamos decir; todos tenemos el mismo gesto de mema satisfacción pintado en el rostro, como diciendo: prefiero madrugar un rato, dormir una hora menos, que no encontrarme luego los lineales todos sobados, sin género en buen estado y una cola de diez minutos en la caja. Je, je…
Domino el carrefú como mi segunda casa. He elaborado una lista que es el colmo de la lógica y la practicidad. Los productos que necesito, ordenados de forma que no necesite hacer paseos estériles. Mi recorrido es razonable y voy llenando el carrito con la aplastante lógica del experto: debajo los briks de leche y las latas de cerveza y PepsiMax, el pan de molde y las patatas fritas encima…
Una señora con aspecto de despistada me pregunta por el pan rallado. Seguramente se ha fijado en el impecable aspecto de mi carrito y en el aire de seguridad que desprenden mis pasos firmes, mi mirada abierta y sincera y mis gestos decididos. La buena señora, que tampoco es, digamos, una novata, se siente desorientada por culpa del cambio que ha operado el lineal por mor de “la semana de la repostería”. Con una sonrisa condescendiente le indico no sólo dónde se ubica el pan rallado, sino que, además, gratis, le doy un valioso consejo sobre qué pan rallado elegir “el de la casa”, le advierto, “es un poco más caro, pero los filetes le quedarán de fábula”. Ella, agradecida, seguramente abrumada por mi arrollador espíritu de buen samaritano, intenta esbozar una sonrisa de agradecimiento y en su rostro se dibuja una desafortunada expresión, como de pingüino, de estupidez helada. No la culpéis, amigos. No es que yo conozca el carrefú. Es que conozco su “psicología”, sé de lo que hablo.
Localizo ofertas, promociones, trespordoses, tantosporcientomásgratis, etc., con una sagacidad de gato montés. No me dejo engañar por los grandes packs: muchas veces es más barata la compra al detall… en fin, que controlo.
Cuando he terminado la “compra” propiamente dicha, me acerco a mi paraíso: el pasillo de jardinería. Ahí, entre palos con cosas de hierro que no sé cómo se llaman, abonos, sustratos, césped artificial, alpiste para perros, plantas de interior… me dejo llevar.
Dicen que un hombre enfrentado a su destino es como un pasajero en una estación de tren de un país remoto sin billete de vuelta (esto, en realidad, no lo ha dicho nadie, acabo de inventármelo, pero es un buen comienzo de párrafo); bien, yo me encuentro a mí mismo en este pasillo del carrefú. Frente al saco de 25 kg. de MenúDog, junto a los apliques para mangueras, dejándome seducir por el canto de los rastrillos de palo de bellota, me pregunto: ¿qué coño haces aquí, chaval?
¿En qué estúpido menester estás perdiendo una radiante mañana de sábado? ¿Para qué narices acumulo puntos carrefú? ¿Qué le importaba a la pobre señora de antes tu opinión sobre el pan rallado? ¿No te da vergüenza estar ahí de pie, con ese ridículo chándal, comparando precios de guantes de jardinero? ¿A qué estas jugando? ¿A qué coño estás jugando?
Con lo bien que estaría yo rascándome las pelotas en la cama…
Comentario:
jajaja...que buenooooo. Te has currado un artículo de matricula de honor, joder esto deberia leerlo toda España, divertidisimo.
Saludos.
Saludos.
Comentario:
Pero que apañadito eres!! Si es que así da gusto.
Un beso
Un beso
Comentario:
Joé... vaya sitio de cuestionarse la vida... yo lo suelo hacer metida en la cama (y lo siento, pero no tengo pelotas que arrascarme).
Pues bueno, la verdad sea dicha... mientras no se la cuestiones a tu mujer como lo hacían conmigo.
Besos de una maia.
Pues bueno, la verdad sea dicha... mientras no se la cuestiones a tu mujer como lo hacían conmigo.
Besos de una maia.
Comentario:
Real como la vida misma, oyes, cada uno es feliz como quiere. Yo prefiero mandar a Gustavo, el mayordomo, mientras se doy un baño en el yacussi. Se siente.
Besos en desorden.
Besos en desorden.
Comentario:
Poderoso caballero es Don Oferta. Poderosa dama Doña Mierda que pisaste esa mañana.
P.D: Las gatas bailan cumbias al son del ronroneo. Las Gatas bailamos tangos en Alaridos.FM. La Gata baila flamenco si saben tocarle las palmas.
P.P.D: la versión de tu cuñado la discutimos cuando quieras. Me mira y se calla.
Miaaaaaauu!!
P.D: Las gatas bailan cumbias al son del ronroneo. Las Gatas bailamos tangos en Alaridos.FM. La Gata baila flamenco si saben tocarle las palmas.
P.P.D: la versión de tu cuñado la discutimos cuando quieras. Me mira y se calla.
Miaaaaaauu!!
