Una vez estuve en… Ljubljana
La estación de Ljubljana no era especial. A priori. Un largo andén con espacio suficiente para que todos los viajeros pudieran esperar a sus anchas sentados en el suelo. Aquella noche, a las doce en punto de la madrugada, sólo había dos grupos de personas, incluyéndonos a nosotros. A escasos metros, cuatro europeos del este –no sabría decir nacionalidad-, tres chicos y una chica –como nosotros- ensayaban cantos antes de irse a dormir. El hecho de que llevasen unas partituras con ellos nos hizo pensar que eran miembros de un coro.
Mientras que ellos ponían la música a aquella solitaria velada en la capital eslovena, Bruno, Marina, Pepe y yo jugábamos una partida de cartas después de un agotador día de interrail. Acabábamos de cenar unos bocadillos del fiambre que pepe había traído. Delicioso. Llegados a un punto de la partida, mi cuerpo empezó a pedir a gritos que me fuera al servicio: aguas mayores. Oteé la estación y me di cuenta de que el cuarto de baño estaba justo delante de los coristas, lo que me permitía maniobrar de manera que justo en el momento en que no diera más de mí, pudiera correr al váter.
Minutos después, las cartas llegaron a su fin y consideré aquel un extraordinario momento para ir a defecar. No obstante, el destino me quería gastar una mala pasada. Agarré el pomo de la puerta del cuarto de baño y tiré. Nada. Empujé. Tampoco. Pregunté a los cantores.
-El cuarto de baño cerraba a las diez -me dijo la chica en un inglés macarrónico.
- ¡Mierda! – respondí en un penoso castellano.
Pepe se ofreció a acompañarme a un bar que había al principio de la estación, a unos 100 metros. Entramos y, oh sorpresa a la ljubljanesca, el baño está cerrado. El dueño y algunos clientes están bebiendo cerveza, pero el servicio no se podía usar. Incomprensible al tiempo que aterrador. A la vista no había ningún encargado que pudiera sugerirme una salida limpia y sin pecado. Asustado, echo a correr hacia la entrada de la estación; Pepe queda atrás.
Gracias a Dios, en la taquilla hay un guardia de seguridad. A todo esto, yo, en “def con dos”, a saber: diminutas vibraciones estomacales mezcladas con sinuosas subidas y bajadas de tensión y preocupantes tics nerviosos tanto en el cachete izquierdo como en el derecho. El embutido de mi amigo empezaba a ser algo muy cerdo… El caso, es que aquel guardia me dio la solución:
- Vete al final de la estación, cruza las vías por el subterráneo, recorre la misma distancia en dirección opuesta y allí encontrarás unos servicios abiertos.
Dios bendiga a Ljubljuana. Pies en polvorosa salgo disparado siguiendo al pie de la letra las indicaciones del ljubliajnés. Corrí hasta que encontré bajo una luz celestial y música angelical el cuarto de baño más sucio que había visto en mi vida. Pero daba el pego. Tras solventar inteligentemente la duda sobre cuál era el de hombres y cuál el de eslovenas, entré a una habitación con tres puertas, cada una con su respectiva taza. Ya en “def con tres” –mi cuerpo buscaba nuevos orificios por los que dejar a la naturaleza seguir su curso-, mi cerebro pensaba rápido gracias a la presión.
En la puerta número uno una taza a-b-s-o-l-u-t-a-m-e-n-t-e rebosante de TODO. Paso. En la dos, el váter estaba bastante limpio, pero no tenía papel. “Papel, Dios bendito, un milagro en la tercera” –rezaba. Sudando como un cochino empujé la puerta entre abierta número 3. Había papel. No sé por qué, empecé a reír nerviosamente como el loco satisfecho tras descubrir que en realidad es Napoleón. Me hago con papel suficiente como para reanudar la ruta comercial con China y me voy al número 2.
Entré, me di la vuelta y, cuando fui a cerrar la puerta, comprendí por qué aquel servicio estaba mucho más limpio que los otros dos. No tenía puerta. No había puerta. No podía tener un mínimo de intimidad. Pero, sinceramente, la soledad que se respiraba allí y mis impulsos nerviosos no me hicieron dudar demasiado. Tenía que hacer lo que tenía que hacer. Cerré los ojos, apreté, suspiré, abrí los ojos y allí estaba él. Frente a mí, un ljubljanés me miraba con ojos abiertos como platos. Yo, abierto de patas, casi intentado hundir el suelo, con los pantalones bajados hasta los tobillos, enarqué las cejas y sonreí al fulano.
El fulano empezó a gritar en esloveno barbaridades que nadie tuvo a bien ponerme en los subtítulos. Pero sus gestos eran bastante claros: “guarro, no te da vergüenza, tápate la churra, que pestazo, los turistas sois asquerosos…” Cuando se hubo cansado –y no negaré que aproveché su monólogo en gestos para darle un apretón al asunto-, levanté el brazo e hice el gesto de abrir y cerrar una puerta mientras decía “no hay puerta mamón, no hay, no hay puerta, no hay mamón”. A la tercera vez que lo repetí, el tipo me miró de nuevo a los ojos con un nuevo espíritu conciliador. Alzó las manos al cielo, subió los hombros y debió decir algo así como: “anda, pues es verdad… usted disculpe siga a lo suyo”. Se dio la vuelta, orinó, y con una agradable sonrisa me dijo “Bye”.
Ljubljana es preciosa.
Comentario:
y después, te limpiaste por delante no??
Comentario:
La proxima vez te meas en su cara!!
Comentario:
EJEJEJ le tenias k haber pegado cn la churra en la cara pa k se callase... ejeje
Comentario:
JJJAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAA!!! Pero, ¿qué es esto? JAJAJAJAJA!! Así no hay quien entre en antena!!!!
JAJAJAAJ.. Pero al menos, te soltaste, amigo.
Un abrazo.
JAJAJAAJ.. Pero al menos, te soltaste, amigo.
Un abrazo.
Comentario:
Da igual cuantas veces la cuentes, esta anecdota me sigue haciendo retorcerme de la risa.
Buena manera de hacerme empezar el día^^
Gracias, mago de las palabas ;)
Buena manera de hacerme empezar el día^^
Gracias, mago de las palabas ;)





