Aquellas noches de Cierre
¿Y todavía te preguntas qué es la Arcadia?
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Me encantan cuando me preguntan quién soy. Tengo millones de respuestas preparadas y otras que están por venir...mientras que me decido por una digamos que soy El Buen Bardo...
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Un camarote de los baratos
Cuando desperté, Jano estaba encasquillado en mi costado. Dormía en la misma postura cenital que yo, casi parecía que seguía soñando por donde lo había dejado. Sin embargo, desconozco si tenía la vejiga en el mismo quejumbroso estado que la mía. Odio despertarme por tan líquidas razones. Y odio aún más poner los pies en el suelo y descubrir que mi casa se inunda.

El agua llegaba hasta los tobillos. Mis calcetines chorreaban mientras Jano volvía de aquel sueño nuestro. Sin duda, algún barco enemigo había aprovechado nuestro letargo para clavarnos un balazo en toda la popa. Miré el reloj, eran las 5.15. “Maldita sea, hora capicúa”, pensé. “Seguro que eso significa algo…qué rabia me dan estas extrañas coincidencias…últimamente siempre miró el reloj en una hora capicúa... ¿Cómo sería una hora capicúa en un reloj de arena? Tengo que escribir de esto en el blog...” De repente el agua consiguió despertarme de tan estúpido y absurdo maleficio que mantenía mi inconsciente ego observando puntos luminosos en el tradicional despertador de mesita de noche marca SAMI que ya anunciaba las 5.17. Lamentable.

El teléfono suena mientras me abro paso por el pasillo. Descuelgo. “¡¿Diga?!”. Hola soy la vecina, ¿sabes?, no dejan de caer gotas del techo, ¡qué problema!, mira a ver si hay algo raro en tu casa. “Como no sea que hay un palmo de agua en el suelo, no se me ocurre qué puede ser”. Aham, pues mira a ver si puedes hacer algo por ahí, a ver qué se te ocurre. “¿Puedo colgar?”. Vale, vale, pues ya me contarás como os va, ¿vale?, ¿y tus padres como siguen? “Tus muertos”, y cuelgo.

Después de despertar al contramaestre y al resto de la tripulación nos pusimos manos a la obra. Por lo visto, en una extraordinaria estratagema llevada a cabo por el enemigo, la lavadora se había abierto en funcionamiento. Tiene cojones. Nos preparamos para el contraataque con todo el arsenal del que disponíamos: fregonas, recogedores, toallas y periódicos. Jano se dispuso en una habitación desde la que dictaba órdenes a todos. No se movió de allí, dando ejemplo.

Llegado el momento, y cuando ya estaba el suelo de la cocina prácticamente seco, nos acercamos a la lavadora. Bajo ella había uno de esos charcos que se forman en la calle cuando llueve. Suena el teléfono. “¡¿Diga?!”- pregunto con toda la amabilidad que el momento disponía-. Hola, mira, que soy la vecina, que sigue cayendo agua, a ver si es que todavía tenéis por ahí algo mal. “Sí”. Eso me imaginaba yo, que algo raro pasaba… bueno, que antes se ha cortado, te decía que cómo siguen tus padres… “Tus muelas”, y cuelgo.

Recupere la fregona y seguí escurriendo agua. Aquello empezaba a ser una de esas situaciones en las que te pones a hacer algo mecánicamente mientras te dedicas a pensar en otras cosas. Yo no podía quitarme de la cabeza el hecho de que tenía tanta orina almacenada como agua había salido de la lavadora. Mi imaginación me gastaba malas pasadas mostrándome un video mental en el que mi vejiga explotaba y el pis arrollaba todas las esquinas secas que quedaban en casa… Se me ocurrió que si meaba en el suelo no se notaría nada en absoluto. Después de todo, era agua “fertilizada”. Agua a fin de cuentas. Seguro que los pasajeros del Titanic cuando veían que se hundía el barco no les dio por pensar en la higiene. Total, se iban a morir ahogados allí, mejor hacerlo sin agobios ni estresses provocados por la micción. Además, en un camarote de los baratos -que es donde se murió la gente-, más de uno se meó en el honor del padre y la madre de algún ingeniero ricachón. Fijo.

Miré a mí alrededor y me di cuenta de que todos estaban a lo suyo, nadie me prestaba atención. "Esta va por ustedes", dije pensando en los pasajeros del Titanic mientras alzaba la izquierda al cielo como lo haría un torero en la plaza y, con la otra, agarraba el "capote". Ese hubiera sido el momento preciso y precioso en el que hubiera meado en el suelo de no ser por el teléfono: “¡¡¿¿Diga??!!” Hola, mira, que soy la vecina, que ya no sale agua y me voy a la calle, luego cuando vuelva os llamo otra vez, ¿os hace falta algo? “Sí”. ¿Qué? “Mear”.


Al final, tapamos el agujero y todo volvió a la normalidad. Fui al water.


(Puede que la historia real diste en mucho de lo aqui narrado...pero se parecen en un 99%)
 
Comentario:
Como dirían los canarios... ÑOSSSS!!

Es que mientras lo leo, yo estoy pa reventar, con la consiguiente imposibilidad de levantarme a ningún sitio... Y mientras pienso... "pa lo que me pagan..."

Un abrazo, amigoooo
 
Comentario:
Me he reído muchísimo con la historia... a mi me pasó algo parecido el año pasado, aprendiendo a poner la lavadora aparte de medio inundarse el lavadero tinté de rosa fucsia toda la ropa..que horror, odio el rosa fucsia xDD. Creo que ha sido uno de los pocos momentos en los que he echado e menos a mi madre..

Aunque no nos conozcamos mucho me gussta mucho cómo escribes.. y lo que cuentas de Londres, yo he vivido un año allí y es una ciudad que le acabas cogiendo cariño.. a pesar de que te detengan por hacer un "grafitti" con un pilot, (me pasó la última noche antes de venirme a España).

Punellye

 
Comentario:
Cuan interesante aventura mi capitan!!

Me recuerda a cierta situacion en que mi barco en tenerife sufrio inundaciones a causa deu n amargo temporal
 
Comentario:
ajajjajajaja aqlo que me he reido en la biblioteca del pueblo xDDDDD

toda una historia, la vecina oportuna como debe ser xDDD
No