Un suspiro
Llegado el momento y, después de reflexionar durante días, el joven llegó a una conclusión:
-Casi todos mis amigos son excepcionales...
Tomó aire. Suspiró. Analizó a la gente que le rodeaba. Volvió a tomar aire y continuó:
- El resto son de verdad.
-Casi todos mis amigos son excepcionales...
Tomó aire. Suspiró. Analizó a la gente que le rodeaba. Volvió a tomar aire y continuó:
- El resto son de verdad.
"Yo me pido a..."
De pequeño, cuando iba a casa de mis primos los sábados por la tarde, una de nuestras actividades lúdicas favoritas –si no la única- era jugar con las figuras de Star Wars. Esos clásicos muñecos, que hoy costarían del orden de diez veces más de su precio original, nos hacían capaces de transmutarnos durante el rato de juego en nuestro personaje favorito. Empatizabas con él. Aquella gran frase de “yo me pido a…” se convertía en un hechizo mágico que te transportaba a un mundo lleno de reglas de plástico y fantasía sin límites.
Como decía, de pequeño, yo siempre me pedía a Chewbacca. Y es que, por aquella época toda mi familia me recriminaba lo mismo: “no sabes explicarte, no hay quien te entienda”. Cada vez que terminaba de contar algo en casa –o dónde fuera- tenía que repetirlo un par de veces. Sin duda, aquella era una de las razones por las que escogía al wookie: era un incomprendido. Por otro lado, Chewie era bravo guerrero, dominaba los entresijos del Halcón Milenario, fiel hasta la muerte, inteligente, grande, fuerte… y un sin fin de valores que atraerían a cualquier chaval fácilmente impresionable (incluida aquella capa de pelo licántropa). Pero sobre todas las cosas era “bueno”. Un bueno clásico, que no se deja corromper por el lado oscuro. Ser Chewbacca era ser de los buenos, y eso me gustaba.
En el fondo, cuando eliges “ser” un personaje ficticio eliges aquel con el que de alguna manera te sientes más unido. Quizás por las cosas que compartes o por la forma de vivir tu/su historia. Creo que por eso hoy, si volviera a jugar con mis primos, dejaría al wookie en la caja de zapatos y sacaría al contrabandista: Han Solo. Aquella incapacidad para comunicar se ha convertido en mi don y ahora soy yo el que escucha a los wookies. Miento cuando digo la verdad porque en el fondo me gusta ir de farol… aunque no me haga falta. Piloto mi propia existencia, capitán de mi vida y buscador de tesoros. Abuso de mi verborrea para hacer creer, olvidar, cambiar y confundir. Busco una princesa a la que poder rescatar de una nave imperial. Y quiero ser “malo”, pero no puedo.
Soy un quiero y no puedo. Un malo redomado. Quiero buscar broncas, robar, hablar sin pudor, pegar a quien lo merezca y escapar sin pagar por mis pecados. Un pirata sin conciencia que mate a todos los Greedos que se interpongan en el camino. Han Solo debió coger el dinero y volar libre. Pero por una extraña razón ni a Han Solo ni a mi nos dejan ser malos. En fin, así maduramos.
“Yo me pido a Han Solo”, y a jugar. Jano hará de Chewie.
Como decía, de pequeño, yo siempre me pedía a Chewbacca. Y es que, por aquella época toda mi familia me recriminaba lo mismo: “no sabes explicarte, no hay quien te entienda”. Cada vez que terminaba de contar algo en casa –o dónde fuera- tenía que repetirlo un par de veces. Sin duda, aquella era una de las razones por las que escogía al wookie: era un incomprendido. Por otro lado, Chewie era bravo guerrero, dominaba los entresijos del Halcón Milenario, fiel hasta la muerte, inteligente, grande, fuerte… y un sin fin de valores que atraerían a cualquier chaval fácilmente impresionable (incluida aquella capa de pelo licántropa). Pero sobre todas las cosas era “bueno”. Un bueno clásico, que no se deja corromper por el lado oscuro. Ser Chewbacca era ser de los buenos, y eso me gustaba.
En el fondo, cuando eliges “ser” un personaje ficticio eliges aquel con el que de alguna manera te sientes más unido. Quizás por las cosas que compartes o por la forma de vivir tu/su historia. Creo que por eso hoy, si volviera a jugar con mis primos, dejaría al wookie en la caja de zapatos y sacaría al contrabandista: Han Solo. Aquella incapacidad para comunicar se ha convertido en mi don y ahora soy yo el que escucha a los wookies. Miento cuando digo la verdad porque en el fondo me gusta ir de farol… aunque no me haga falta. Piloto mi propia existencia, capitán de mi vida y buscador de tesoros. Abuso de mi verborrea para hacer creer, olvidar, cambiar y confundir. Busco una princesa a la que poder rescatar de una nave imperial. Y quiero ser “malo”, pero no puedo.
Soy un quiero y no puedo. Un malo redomado. Quiero buscar broncas, robar, hablar sin pudor, pegar a quien lo merezca y escapar sin pagar por mis pecados. Un pirata sin conciencia que mate a todos los Greedos que se interpongan en el camino. Han Solo debió coger el dinero y volar libre. Pero por una extraña razón ni a Han Solo ni a mi nos dejan ser malos. En fin, así maduramos.
“Yo me pido a Han Solo”, y a jugar. Jano hará de Chewie.





