Aquellas noches de Cierre
¿Y todavía te preguntas qué es la Arcadia?
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Me encantan cuando me preguntan quién soy. Tengo millones de respuestas preparadas y otras que están por venir...mientras que me decido por una digamos que soy El Buen Bardo...
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Hace 365 días
(Carta recibida hace exactamente un año en el número 23 de Bow Road)

Cada 30 de Noviembre

Te recuerdo, hijo, la piel
arrugada cuando despertabas
ayer. Y se lo que hicimos en tu
primer verano. Salobreña te
definió: la sonrisa al frente, la
vitalidad completa y bien.

Las hojas del calendario te
formaron en el trabajo, en la
responsabilidad, para que por
medio del conocimiento
llegaras a la libertad. Libre
como el Sol que amanece
cada día y nos guía a la
independencia

Es el momento de atisbar tu
Arcadia, de poner en su
primitivo significado a
“Trafalgar”, de criticar a los
aparentes ciudadanos, de
votar por Jano.

Cada 30 de noviembre,
como siempre en
familia, cantaremos
“Feliz, feliz, en tu día…”

Te recordamos, hijo,
cada 30 de noviembre,
todos los días del año,
23 veces al día con la
sonrisa de la libertad al
frente
 
Una vez estuve en… Ljubljana


La estación de Ljubljana no era especial. A priori. Un largo andén con espacio suficiente para que todos los viajeros pudieran esperar a sus anchas sentados en el suelo. Aquella noche, a las doce en punto de la madrugada, sólo había dos grupos de personas, incluyéndonos a nosotros. A escasos metros, cuatro europeos del este –no sabría decir nacionalidad-, tres chicos y una chica –como nosotros- ensayaban cantos antes de irse a dormir. El hecho de que llevasen unas partituras con ellos nos hizo pensar que eran miembros de un coro.

Mientras que ellos ponían la música a aquella solitaria velada en la capital eslovena, Bruno, Marina, Pepe y yo jugábamos una partida de cartas después de un agotador día de interrail. Acabábamos de cenar unos bocadillos del fiambre que pepe había traído. Delicioso. Llegados a un punto de la partida, mi cuerpo empezó a pedir a gritos que me fuera al servicio: aguas mayores. Oteé la estación y me di cuenta de que el cuarto de baño estaba justo delante de los coristas, lo que me permitía maniobrar de manera que justo en el momento en que no diera más de mí, pudiera correr al váter.

Minutos después, las cartas llegaron a su fin y consideré aquel un extraordinario momento para ir a defecar. No obstante, el destino me quería gastar una mala pasada. Agarré el pomo de la puerta del cuarto de baño y tiré. Nada. Empujé. Tampoco. Pregunté a los cantores.

-El cuarto de baño cerraba a las diez -me dijo la chica en un inglés macarrónico.
- ¡Mierda! – respondí en un penoso castellano.

Pepe se ofreció a acompañarme a un bar que había al principio de la estación, a unos 100 metros. Entramos y, oh sorpresa a la ljubljanesca, el baño está cerrado. El dueño y algunos clientes están bebiendo cerveza, pero el servicio no se podía usar. Incomprensible al tiempo que aterrador. A la vista no había ningún encargado que pudiera sugerirme una salida limpia y sin pecado. Asustado, echo a correr hacia la entrada de la estación; Pepe queda atrás.

Gracias a Dios, en la taquilla hay un guardia de seguridad. A todo esto, yo, en “def con dos”, a saber: diminutas vibraciones estomacales mezcladas con sinuosas subidas y bajadas de tensión y preocupantes tics nerviosos tanto en el cachete izquierdo como en el derecho. El embutido de mi amigo empezaba a ser algo muy cerdo… El caso, es que aquel guardia me dio la solución:

- Vete al final de la estación, cruza las vías por el subterráneo, recorre la misma distancia en dirección opuesta y allí encontrarás unos servicios abiertos.

Dios bendiga a Ljubljuana. Pies en polvorosa salgo disparado siguiendo al pie de la letra las indicaciones del ljubliajnés. Corrí hasta que encontré bajo una luz celestial y música angelical el cuarto de baño más sucio que había visto en mi vida. Pero daba el pego. Tras solventar inteligentemente la duda sobre cuál era el de hombres y cuál el de eslovenas, entré a una habitación con tres puertas, cada una con su respectiva taza. Ya en “def con tres” –mi cuerpo buscaba nuevos orificios por los que dejar a la naturaleza seguir su curso-, mi cerebro pensaba rápido gracias a la presión.

En la puerta número uno una taza a-b-s-o-l-u-t-a-m-e-n-t-e rebosante de TODO. Paso. En la dos, el váter estaba bastante limpio, pero no tenía papel. “Papel, Dios bendito, un milagro en la tercera” –rezaba. Sudando como un cochino empujé la puerta entre abierta número 3. Había papel. No sé por qué, empecé a reír nerviosamente como el loco satisfecho tras descubrir que en realidad es Napoleón. Me hago con papel suficiente como para reanudar la ruta comercial con China y me voy al número 2.

Entré, me di la vuelta y, cuando fui a cerrar la puerta, comprendí por qué aquel servicio estaba mucho más limpio que los otros dos. No tenía puerta. No había puerta. No podía tener un mínimo de intimidad. Pero, sinceramente, la soledad que se respiraba allí y mis impulsos nerviosos no me hicieron dudar demasiado. Tenía que hacer lo que tenía que hacer. Cerré los ojos, apreté, suspiré, abrí los ojos y allí estaba él. Frente a mí, un ljubljanés me miraba con ojos abiertos como platos. Yo, abierto de patas, casi intentado hundir el suelo, con los pantalones bajados hasta los tobillos, enarqué las cejas y sonreí al fulano.

El fulano empezó a gritar en esloveno barbaridades que nadie tuvo a bien ponerme en los subtítulos. Pero sus gestos eran bastante claros: “guarro, no te da vergüenza, tápate la churra, que pestazo, los turistas sois asquerosos…” Cuando se hubo cansado –y no negaré que aproveché su monólogo en gestos para darle un apretón al asunto-, levanté el brazo e hice el gesto de abrir y cerrar una puerta mientras decía “no hay puerta mamón, no hay, no hay puerta, no hay mamón”. A la tercera vez que lo repetí, el tipo me miró de nuevo a los ojos con un nuevo espíritu conciliador. Alzó las manos al cielo, subió los hombros y debió decir algo así como: “anda, pues es verdad… usted disculpe siga a lo suyo”. Se dio la vuelta, orinó, y con una agradable sonrisa me dijo “Bye”.

Ljubljana es preciosa.
 
Evidente
El ser humano tiene la mala costumbre de describir a una persona por las cosas evidentes. Damos por sentado cómo es alguien en función de esas cosas “especiales” que vemos en los otros. Anoche, paseando con Jano, vi al final de la calle una chica joven, bajita y enjuta, rubia, de piel clara, con el pelo recogido en una coleta; vestía un jersey verde de cuello vuelto y unos pantalones vaqueros que tapaban casi por completo unas zapatillas bastante sucias. Iba unida a un perro labrador de color negro. Fue estando a pocos metros cuando Jano y yo descubrimos unas gafas oscuras que tapaban una mirada perdida en la nada. Era ciega.

En escasos segundos creé una imagen de la chica que tenía enfrente: ciega de nacimiento, de pequeña nadie quería jugar con ella y nunca ha podido hacer una vida normal. Tuvo que ser duro no jugar con otros niños en la calle, disfrutar con Blancanieves, Bambi o Aladín. En el colegio era la alumna especial y todos la trataban así. Algunos incluso se mofaban de ella por tener que leer con los dedos. Cuando tuvo la edad suficiente comenzó a vender cupones en alguna esquina, acompañada de su perro, sin poder reconocer nunca las caras a las que atendía diariamente. Pese a rondar los 30 años, su única diversión es escuchar la radio.

Jano se puso a olisquear a Bono – el lázaro- y llamó la atención de la chica. Con un gesto suave y acompasado, agachó su cuerpo y acarició a Jano con dulzura. “Pero qué grande y qué guapo eres –decía la muchacha-… ¡Qué bien cuidado estás amigo! Qué suerte que tengas un dueño bueno y responsable que seguro que juega mucho contigo y hace que estés muy feliz…” Jano se siente y le da una pata. “Vaya, qué educado…y veo que estás fuerte, tienes que darle unos tirones fuertes a tu dueño, ¿eh?, menos mal que él también es grande y podrá contigo”.

No sabía qué decir. Ella, ciega, había visto más en mí con los ojos cerrados que yo con cinco sentidos. ¿¿Cómo sabía que era grande?? … El caso es que, como decía antes, todos somos especiales por algo, pero nadie lo es por lo evidente. Lo esencial es invisible a los ojos. Cruzamos algunas palabras más y nos despedimos con una sonrisa.

Por cierto, su perro se llama Bono porque ella es fan de U2.
 
Las dos espadas
Después de escuchar numerosas preguntas sin interés, un alumno consiguió llamar la atención del anciano:

- Maestro –dijo en un tono mezcla de respeto y alabanza-, ¿cómo puedo distinguir entre la Amistad y el Amor?

Y con una mirada llena de historias, comenzó a hablar:

“Tanto el amor como la amistad son dos elementos por los que hay que luchar para ser merecedor. La amistad y el amor son dos personas rodeadas por un ejército de toscos hombres equipados con corazas, armados con lanzas y espadas sangrantemente afiladas. Imagínate a ti al otro lado de la batalla, justo en la última línea de combate del enemigo, con la sola ayuda de dos espadas, una en cada mano. Tu misión es arriesgar la vida para llegar al círculo central, al corazón donde te esperan Amor y Amistad. Esa motivación haría desaparecer el miedo de tu cuerpo y guiado por un grito salido de lo más profundo de tu ser, correrías a través de las líneas enemigas blandiendo tus espadas contra todo aquel que intentare impedírtelo”.

- Pero maestro, podría caer antes de llegar allí – susurró alarmado el alumno.

“Si el amor y la amistad son sinceras, serías indestructible. Y tú y tus dos espadas llegaríais al centro para decidir”.

- ¿Decidir, maestro?

“Decidir entre tus sentimientos. Decidir quién es el Amor y quién la Amistad”.

-¿Cómo?

“Al llegar al centro de la batalla, al lugar donde todos los filos apuntan, descubres que para salvar la vida, alguien debe morir. Es necesario un sacrificio. El Amor es la persona por la que morirías por salvar su vida, lo que hace que una guerra tenga sentido. La Amistad es aquel al que darías una de tus dos espadas para morir juntos mientras abrís paso al Amor”.

El alumno meditaba las palabras del anciano, cuando una última incógnita suscitó una nueva cuestión:

- Pero maestro, ¿y si lo que para mi es Amistad para la Amistad es Amor?

“Querido aprendiz, como ya te dije antes, vivir sin Amor no tiene sentido y morir por Él lo tiene todo… La Amistad elegiría portar las dos espadas y morir como nunca nadie lo hizo antes, por su amor y tu amistad, haciendo de la bravura y la emoción los sentimientos que guiarían su cuerpo en una lucha, casi danza, entre su alma y la vida que a ti y a tu Amor os regala”.
 
El cursi dilema de Kessler


Cuando conocí a mi musa no estaba preparado. Pasó a mi lado y no tuve la decencia de mirarla a los ojos. Ahora que se ha ido, lamento cada segundo que estuve con ella sin buscarme en el reflejo de su iris. Recuerdo perfectamente aquel instante, casi por sorpresa, en que frente a frente descubrí a mi inspiración. Sí, sí, ya sé que suena profundamente cursi. Pero la vida es así a ratos, cursi y hortera; qué le vamos a hacer, yo también juego. El caso es que me quedé embobado y traumáticamente infectado por el virus de Bergerac: las palabras fluían espontáneas, mis dibujos estaban vivos, hablaba con elegancia, empatizaba con el mundo, atento a todo y a todos, repleto de consejos y dispuesto a dar mi mejor escucha. Era mejor persona.

Kessler dijo: “Nada ocurre por casualidad o sorpresa. La inspiración jamás viene por causa o razón de un hecho que acaece sin previo aviso. Einstein aseguró que muchas de sus ideas surgieron “de repente”, pero no, que Einstein consiguiera narrar la relatividad es consecuencia de los conocimientos que previamente había almacenado y de su propio talento no de las musas. La inspiración es siempre consecuencia del talento”.

Amigo Kessler, las musas existen, se lo aseguro. De hecho, lo maravilloso de las musas no es que te inspiren a secas, es que, sin tú saberlo, te hacen descubrir tu talento… Cuando una musa se va es como cuando dejas de ver a un amigo con el que antes compartías tu tiempo: le echas de menos, pero sabes que, en el fondo, ya no eres el mismo.

Atento.


 
Palabras huecas
Conforme recoge su maleta y ordena los papeles que tiene sobre la mesa, descubrimos a un científico metódico, un estudioso que parece que esté enfrascado constantemente con un experimento en el que hay que trabajar con mimo y religiosidad. ***** tiene 24 años y, desde hace dos, este almeriense amante de la naturaleza, es uno de los mayores expertos en agua de toda Andalucía.

Cerrada la maleta y con cada documento en su sitio, ***** se sienta y pregunta a nuestras respuestas:

-**** : Oye estuve leyendo en tu blog pero como tú dices es demasiado personal

-NochesdeCierre: aham, ¿y qué propones?

-*: Tienes que escribir sobre cosas que le interesen a la gente, los goonies están pasados de moda.

- NdeC: Hay gente que todavía aprecia los clásicos, ****. Además, hace mucho de eso, ¿no crees?

-*: Pero me parece algo infantil tu blog, si escribes sobre los goonies, pues lo vamos a pillar cuatro gatos, si quieres escribir de cine por lo menos cógete pelis de actualidad, ¿no?

- NdeC: En realidad no he escrito de “cine” nunca, escribo de mí y del mundo que me rodea.

-*: Yo quiero leerte algo que sea más comercial, algo de trabajo más periodístico

- NdeC: Pero para eso están los periódicos y demás herramientas puramente informativas, ¿no? Yo escribo en mi blog lo que siento, no quiero que nadie piense que escribo comercialmente… Me gusta lo que hago en el blog

- *: Pero yo lo leo porque te conozco. Pero cualquier otro le pones a leer eso y tus palabras le suenan a hueco.

- Ndec: Te sorprendería la cantidad de gente que lo lee sin ser amigo o familiar… no sólo en España.

- *: ¿Si lo leen?

- NdeC: Sí. Y han llegado más allá de los goonies.

- *: Tendrías que hacer algo más para la gente, que les interese de verdad. No hay nada prodigioso en las cosas sobre las que escribes, son todas cosas cotidianas, pero se supone que lo que vende es lo extraordinario, ¿no? Ya te digo, lo que vende, puedes hablar de cosas cotidianas pero nadie va a pagar por eso y el dinero siempre viene bien.

- NdeC: Es mi blog, no pretendo hacer dinero con él.


Me levanté y me fui a meditar. Aquel crítico a lo OT me había abierto los ojos. No soy un producto, así que, a partir de ahora voy a dedicarme un tiempo a escribir de cosas extraordinarias, que vendan, por las que pueda sacar dinero y, sobretodo, que no sean palabras huecas.

Tócate la *****.
 
El olor del café
Y tiré la cafetera sobre la encimera. El café se extendió rápidamente por cajones y suelo. Cogí el papel de cocina y lo empapé una y otra vez hasta que no quedó gota. Acerqué las manos hasta mi nariz y, como en uno de esos flasbacks perdidos, viajé a un pasado cercano, a la vida que llevaba antes de que el avión me devolviera a la realidad… el olor del café.

En Café Nero la jornada empezaba muy temprano, a las 5.30 de la mañana. Cuando te tocaba abrir la tienda madrugar adoptaba un nuevo significado (los despertadores deberían tener prohibido sonar tan pronto). Por otro lado, ver amanecer en Londres es algo precioso ya que, en una ciudad donde hay movimiento constante, las calles vacías y los primeros y escasos rayos de luz te hacen sentir especial. Lo primero era colocar la bollería en los estantes, arrancar la máquina y comprobar que la temperatura y el sabor del café se correspondiesen con los cánones de “el mejor café a este lado de Milán”. Una vez terminados los preparativos, bajabas a la oficina y te ponías el disfraz: pantalones negros, delantal negro y camiseta negra (para los suspicaces, Nero = negro). Volvías arriba y esperabas a la hora de apertura con Laura o Flor –las jefas- mientras te tomabas un café y charlabas de las tonterías típicas que le dan a uno por pensar a las 5.50 de la mañana. A las 6 en punto el primer puto inglés entraba por la puerta y ya era un no parar. Luego, hicieras lo que hicieras, las manos apestaban a café y todos nos quejábamos de nuestro eterno hedor.

Cuando derramé el café por la cocina le dije a mi madre sonriendo: “hacía tiempo que mis manos no olían así…que gusto”
 
Lo que nunca supimos de Lex Luthor


Superman representa al líder perfecto. Al parabólico ser de cinco talentos que además los aprovecha al máximo. Vuela sobre nuestras cabezas para poder vigilarnos a todos. Tiene la fuerza de mil astros y la resistencia de lo irrompible. Puede ver lo que se esconde tras los muros del ser humano, derretir las barreras con una sola mirada y de un leve soplido dejaría en la calle a los tres cerditos y a su descendencia. Sin embargo, su capacidad no se ciñe a los límites de lo físico, pues valora la justicia por encima de todo, elige proteger al débil, cobija al moribundo, no hace distinciones por cuestiones de raza o sexo… Es perfecto. Simple y asquerosamente perfecto.

¿Qué hubiera sido del mundo sin Superman? ¿Y si nunca hubiera existido? Yo tengo una teoría: Lex Luthor hubiera sido el héroe. El calvo sin excentricidades físicas es el prototipo de hombre del renacimiento. Un creativo intelecto capaz de transformar el carbón en oro. Luthor representa lo que, centurias atrás, conocimos como Leonardo, Miguel Ángel, Galileo, Bruneleschi, Goya, Shakespeare, Cervantes, Beethoven, Mozart, Lumiere, Darwin… y tantos otros poderosos que se valieron del intelecto para convertirse en héroes venciendo a la perfección. El hombre como centro de la vida, capaz de crear belleza y destruir la ignorancia: Lex Luthor.

Un genio ansía conseguir algo grandioso que sea recordado por siempre. Destruir a Superman era vencer a la máquina, poner una vez más al hombre por encima de todo, cediéndole el resto de la eternidad como el ser capaz de controlar su destino sin necesidad de dotes físicas y con el único poder del cerebro. Luthor tiembla, duda, codicia, presiona, miente y castiga, alopécico y con kilos de más. Porque es humano. La ambiciosa y variable debilidad humana contra la perfección y la falsa deidad.

Si Superman no hubiera existido, quizás el periódico de Metrópolis abriría portadas con descubrimientos científicos, invenciones geniales, curas para enfermedades mortales, obras de arte rescatadas de tumbas bajo tierra de las manos de Luthor. No obstante, la presencia de la perfección en la Tierra le hicieron sentir inferior y, por tanto, incapaz. El mundo como lo conocemos hoy no aprecia la cultura. Prefiere a un musculitos de apariencia perfecta que dé bien en cámara. Si superman no hubiera existido hubiéramos creído más en nuestros iguales.

Lo que no nos dijeron de Lex Luthor es que Lex Luthor es la parte más humana y real de Superman.
 
¿Por qué Dios nos dio el raciocinio?
Iba yo como buen arriero por la vereda cuando me crucé con la moza en cuestión. Una bue-e-e-e-ena moza (a buen entendedor de “es” pocos adjetivos bastan). La zagala, rubia con ojos marroncitos esculpida bajo una sudadera verde –que te quiero verde- y unos vaqueros, paseaba a su perrita…creo que era negra y chica… no me acuerdo mucho. El caso es que, como yo apenas me di cuenta de su angelical presencia al fondo de la calle que destacaba tanto como una rosa entre espinas, Jano se sentó para hacerme ver que quería jugar con el animal. La perra, claro. A mi no me importó demasiado.

Cuando te encuentras con otro paseador de perros hay unas reglas que se dan por entendido. Es como cuando dos camioneros se cruzan en sus respectivos vehículos por la autovía y tocan sendas sirenas. Así, y en este orden, saludas con un “¿qué tal?” como coletilla, preguntas por la edad del perro, sonríes un par de veces, acaricias al animal contrario, dices algo así como “qué bonito/a es” y fuera. A mear en otra esquina. Sin embargo, en esta ocasión, la chica de verde gustó en darle más a la sin hueso –a lo lejos- y no dejó de hablar. El problema es que sólo presumía de su perrita: “Es bonita, ¿verdad?, yo creo que es lo más bonito del mundo y es una alegría cuando llegas a casa y te saluda con su patita –dijo con el tono más pasteloso del mundo mientras engurruñía la cara de la perra entre sus manos-…ainnnsss si es que no hay cosa más bonita en el mundo…”

(Ella seguía hablando y yo, la verdad, es que abandoné mi capacidad de escuchar en pos de la capacidad de observar. Y claro, pasa lo que pasa)

“…es que con estos ojitos de lucero que me lleva la chiquitita –seguía sin parar la tía- es como para amarla, ¿verdad?”

Y yo, sin darme cuenta de lo que me había preguntado, analicé mi cerebro al más puro estilo Homer buscando una respuesta acorde a lo que acababa de decir. “Perro”. “Amor”. “¿Verdad?” Y sin apartar mis ojos de los suyos –o casi- respondí:

- Sí, es como para hacerse zoofílico.





Nunca digáis eso mirando a los ojos de nadie. Raciocinio, por favor.



 
Mi vocación perdida

Si le preguntas a alguien cual es su vocación es posible que, después de un momento para pensarse la respuesta, te lo diga dubitativamente. Puede que se base en lo que estudia o en su trabajo. En muchas ocasiones, no tendrás respuesta. Sin embargo, si la cuestión fuera cuál es tu vocación perdida, todos, todos, todos seríamos capaces de dar una respuesta sincera, absoluta y, probablemente, rápida.

La vocación perdida. El camino en el que te gustaría estar caminando, la historia que debería ser contada cuando todo termine... ¿No deberían coincidir ambas?

Yo tengo una. ¿Tú?
 
Magia
A veces creer en la magia es cuestión de una carta que engaña a los ojos en una maraña de dedos hábiles. Otras es más parte de una tradición, de un día, una hora, un momento.

Recuerdo como paseando por Covent Garden, en Londres, un mago acaparaba la atención de unas cincuenta personas. Entre el público un niño pequeño lloraba porque el mago no le había sacado para hacer un truco. “Eres muy pequeño para éste”, le dijo. El zagal se apartó del grupo y se sentó en un bordillo dando la espalda al público, a su familia y al artista. A mitad del espectáculo, el mago reparó en el muchacho y paró en seco. Tras un largo segundo en silencio, soltó las cartas que tenía en la mano quedando estas repartidas por el suelo. Se acercó a la acera y se sentó junto al chico. El pequeño miró a su lado y no pudo evitar sorprenderse. “Necesito lo que me has robado para hacer magia”, le dijo el mago en tono acusativo. El niño abrió los ojos hasta no poder más y respondió: “pero yo no tengo nada”. El mago se incorporó y se puso en cuclillas, frente a frente, colocando su mano junto a la oreja del niño. Aleteó la mano y, cuando todos esperábamos ver una carta saliendo del cogote del chaval, puso su dedo índice en la comisura de la boca del niño y empujó hasta que consiguió una sonrisa. “Mi pequeño amigo, soy un ilusionista y necesito ilusión para trabajar”.

Jalogüin o no, disfrutad de la ilusión.