¿Por qué no?
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'El gorrón'
-Serie de ‘EL GORRON’, publicado en el suplemento especial del CORPUS 2007 en GRANADA de IDEAL del 5 al 10 de julio-
Amigos caseteros y demás feriantes, aquí un amigo
(Martes 5 de julio, IDEAL)
Pues para empezar ha tenido su gracia, oiga. Fue despedirme de mi colega Pedro –el más y mejor informado sobre qué ofrece la feria este año-, en la Plaza de los Caseteros, y se me acerca un zagal descamisado con el pelo alborotado y las medias de color. “Amigo, me he quedao sin gasolina y mi mujer, que está preñá, me está esperando pa que me la lleve al hospital a ver si puede parir a mis hijos, gemelos parecen… ¿Me puedes dar un eurillo o dos para gasolina?” Lastima que no se pueda leer el acento, pero si le ponen el deje apropiado suena mucho mejor.
El caso, es que después de descongestionarme del grave problema del susodicho y de imaginar a una señora con un bombo de nueve meses cual botella de sidra agitada, metida en un renault 7 sin aire acondicionado, comprendí que merecía una respuesta: “Lo siento mucho, pero no puedo”. El futuro padrazo enarcó cejas y sacó pecho: “pisha, yo si quieres te dejo mi carné de conducir – comenta como el que no quiere la cosa mientras saca el permiso de un bolsillo del pantalón-, y otro día me lo devuelves”. Y por muy tentador que fuera la oferta, controlé mis impulsos primarios y repliqué: “amigo, estoy de feria y sin un duro”.
Sé que en este mundo capitalista de hoy día creer que una persona pueda sobrevivir a una semana de feria sin gastarse un céntimo y, además, comiendo y bebiendo como el que más, es difícil. Pero amigos, para eso estoy aquí, para servirle de conejillo de indias a esta sociedad poco desprendida, buscarme las habichuelas y usar todos mis encantos personales para sacar un platico de morcilla –me pirra la morcilla-. Ayer, pese a no ser un buen día para empezar el experimento –todos estaban muy liados montando casetas y con sus inauguraciones-, terminé con lo que debe ser el consabido ‘espíritu de feria’: un mareillo tonto y un sentido del humor descomunal, todo gracias a los ‘refrescos’ que tuvieron a bien invitarme algunos caseteros.
Sin embargo, a partir de hoy voy a cantar, a recitar poesía, a bailar, a contar el mejor de los chistes, a votar por la Alhambra, a besar a chicas guapas, a freir huevos, a conseguir peluches, a vomitar en los columpios y a lo que haga falta con tal de conseguir sobrevivir a la feria sin un duro - a poder ser, con la compañía de un buen plato de morcilla, ¿he dicho ya que me pirra?-. Amigos caseteros y demás feriantes, aquí un amigo. Y sí, yo también sigo preguntándome qué hubiera pasado si me llevo el carné…
El Jamón del Presidente
(Miércoles 6 de julio, IDEAL)
Puede que ahora mismo no me recuerde, pero pasadas unas líneas no podrá olvidar al abajo firmante. Fue un momento fugaz, casi mágico, como en aquellas películas en las que los protagonistas cruzan su mirada, de manera intensa, en lo que dura un solo fotograma. Usted estaba cumpliendo con el protocolo de estos actos sociales, pero yo estaba allí en calidad de pillastre y bucanero. He de admitir que no pensaba entrar en su caseta –la de su partido, claro-, pero al ver tantísima gente allí congregada, pensé que sería más fácil pasar desapercibido. Que ya lo decía mi madre, “donde fueres haz lo que vieres”, así que no tardé mucho en acercarme a la barra a por una coca cola fresquita –‘tax free’-, que hacía mucho calor, ¿verdad señor presidente? Bueno a lo que vamos. El caso, es que a ciertas horas, el cuerpo humano necesita de algo con fundamento, de calidad, que rellene el vacío estomacal que deja una mañana de feria. Encontrar algo de comer era más complicado, y no porque los camareros no dejasen constantemente platos con todo tipo de entremeses en las mesas, sino porque el contenido de los mismos no duraba ni medio segundo. Que los políticos comen mucho, señor presidente.
Y me enamoré: un plato de jamón serrano recién cortado con unas tajadas de queso curadito. Seguí su rastro hasta que acabó en una mesa. Me acerqué con sofisticado sigilo y francamente sorprendido de que nadie tocase ese plato. Lancé un primer zarpazo, que fue frenado por un asistente que arremetió por estribor. Estiré de nuevo el brazo y fue entonces cuando usted, señor presidente, se giró y descubrió que aquel plato le estaba esperando a usted y sólo a usted, señor presidente. Bajó un poco sus gafas de sol –esas que tan bien le quedan- y nos miramos a los ojos, como en el oeste, amenazadores antes de sacar el revólver. Sin embargo, tuvo usted, señor presidente, la mala suerte de que justo cuando íbamos a desenfundar, un ‘fan’ le pidió hacerse una foto con usted. Se dio la vuelta, ‘click’, volvió a la pose y, efectivamente, ya no había plato que valiese. Por mi culpa, por mi culpa, por mi santa culpa; que hice desaparecer su plato de jamón, señor presidente. Y por eso, pido perdón. Pero que sepa que aquel embutido, además de estar delicioso, me lo tomé a su salud: “¡por Manuel!”, que dije para mis adentros.
No obstante, el jamón no fue suficiente, señor presidente, que estoy en edad de crecer. En la caseta ‘Los que faltaban’, el que desde ahora es mi gran amigo y hermano Enrique, al verme acalorado y deseoso de un momento de paz interior, me ofreció algo que no pude negar: “Siéntate aquí y prueba estos huevos fritos con su ajillo”. Maravillosos, oigan. “Y ahora este lomo”, me dice; a lo que yo reacciono de manera educada, diciéndole que no hace falta, que ya es suficiente. Me corta y replica: “¡come hombre!”. Y comí. Estupendo también el lomo. “Y de beber, ¿qué?”… Total, una generosidad sólo comparable al plato de fideos que me metí entre pecho y espalda a la salud de ‘Los 17’… Si lo llego a saber, señor presidente, lo mismo le hubiera dejado alguna lonchita de jamón…
Las meriendas ya no son lo que eran
(Jueves 7 de julio, IDEAL)
El truco está en que crean que eres parte de su ‘club’, en no desentonar y, lo más importante, en no mirar directamente a la cara de nadie. Tres pautas sencillas en apariencia, pero que sólo los más audaces somos capaces de llevar a la práctica. Vayamos por partes. El objetivo: paella en la casa de aparejadores. Instrumentos necesarios: al parecer todos los individuos portan platos y cubiertos de plástico. Metodología: a) conseguir herramientas; b) entrar en la cola; c) elevar el plato, sonreír muchísimo, transmitir dulzura y suplicar, amablemente, una ración de arroz.
A las 15.15 una chica sale de la caseta, se sienta en un banco y disfruta de su paella. 15.20, abandona el plato a la intemperie –que hay papeleras muchacha-; disimuladamente me hago con el susodicho y, como el que no quiere la cosa, le doy un lavado en la fuente más cercana. Limpio como una patena –que uno tiene su educación-, entro a la recta casa de aparejadores. Hay un vaso con tenedores, saco uno y lo levanto hasta la altura de la cabeza. Me acerco a la enorme sartén de donde brota un olorcillo maravilloso y la cocinera me vivisecciona con la mirada. Uso la táctica del oteador: miras a izquierda, a derecha, al fondo de la sala, sonríes, saludas con la mano al infinito y vuelves a la sartén: “que bien huele esto, ¿eh?”
La paella estaba deliciosa. Aunque ahora necesitaba algo con lo que refrescar el gaznate. Fue entonces cuando me topé con el que posiblemente era el grupo de mujeres con más gracia y solera de toda la feria, yo las llamo cariñosamente ‘las maravillas’, porque llevaban unas peinetas que tenían una imagen de la Alhambra por delante y la frase “soy una maravilla” por detrás –sí, vale, no me he quebrado demasiado para elegir el nombre… pero les hace justicia-. Un derroche de simpatía después conseguí que me invitaran a un estupendo y fresquito vaso de rebujito, ¡ole!
Pero sin duda, la experiencia que cambió mi vida vino a las 18.00 de la tarde. A esa hora, por lo menos los que crecimos a la sombra de Don Pimpón y las sobremesas de dibujos animados, lo que uno hace es tomarse un bocadillo de nocilla con un colacao fresquito. ¡Pero no! La feria nos enseña a modernizarnos, a vivir el día a día y a tomarnos, con todos los gastos pagados, una pechuga de pollo con patatas a lo pobre que estaban que quitaban el sentío. No era mi intención, ustedes saben que yo soy muy recatado a la hora de aceptar invitaciones, pero oigan, aquí mi amigo Manuel de la casa de la Alpujarra insistió y no pude negarme a tan oloroso ofrecimiento. Y es que las meriendas ya no son lo que eran… son mucho mejor, ¡ole y ole!
Juan Sin Miedo
(Viernes 8 de julio, IDEAL)
Y allí estaba yo, casi un cuarto de siglo después de que mi madre me pariese, rodeado de cientos de zagales que no rozaban ni los diez años. Creo que conseguí disimularme muy bien entre los infantes que había en la caseta de ‘La Rebotica’ para disfrutar del teatro de marionetas que interpretaban la ilustrísima obra de ‘Juan Sin Miedo’. Al principio miraba el espectáculo con los ojos del adulto crítico, consecuente y responsable en el que me he convertido con el paso del tiempo. Pero un pequeño detalle hizo que volviera a mirar con los ojos del niño goloso e inocente que llevo dentro: chucherías y batidos de chocolate. Sí amigos, a todos los infantes que entraban en la caseta les entregaban una enorme –y digo enorme- bolsa repleta de gusanitos, nubecitas, regaliz, gominolas, chicles, caramelos, globos… y un fresquito batido de chocolate.
Los niños no soltaban las bolsas ni para aplaudir. De hecho, llegado el momento, tuvimos, quiero decir tuvieron, que gritar “¡salva a la princesa!” para que el malvado dragón dejase en paz al valiente Juan Sin Miedo. El caso, es que todos alzaron sus bolsas de chucherías, cual guerrero blandiendo su espada, para pedir la cabeza de la fiera mitológica. Yo quería una espada. Y como buen gorrón, me acerqué a entablar una entrañable conversación con el señor de la puerta –a partir de ahora le llamaremos Juan-. Coloqué mis manos en la espalda, puse el pie derecho de puntillas e inicié suaves giros de cintura hacia la izquierda y luego a la derecha: “Hola buenas”, dije con voz suave. “Verá –continué-, es vital que consiga una de esas bolsas… y ya que estamos un batido de chocolate”. “¿Vital?” Pregunta Juan. En aquel momento se me pasaron dos respuestas por la cabeza. Primero, decirle que había un dragón en la sala y que yo era el único que no tenía espada para defenderme y eso ‘no se vale’. Pero opté por la segunda opción: “Sí, mi sobrino, el pobre está enfermo, y se va a poner muy contento”. Juan, hombre generoso donde los haya, aceptó.
Si es que en la feria hay variedad para todas las edades, no podía ser todo sevillanas, vinitos y sartenes a rebosar –que por cierto vaya plataco de jamón que cayó ayer en ‘La Marimorena ‘by the face’-. Que a nadie le amarga un dulce, ni siquiera a mi colega Inés, fotógrafa, que también se animó a pedir su bolsa de chucherías, que recibió gracias a la inestimable ayuda de este gorrón: “¿Es para ti?”, me inquirió Juan. “Anda sí, dale una también a ella”. “Si es para ti, las que hagan falta que a gente como tu hay que darle todo lo que pidan”… Bueno, lo mismo no fue eso lo que dijo literalmente, pero estoy seguro de que esa era la intención. Aprendan todos, muchas gracias, y hasta mañana.
‘El Tirachinas’
(Sabado 9 de julio, IDEAL)
Que un gorrón entre en la zona de los columpios del ferial es como que si David Bisbal se diese un garbeo por un garito de ‘heavys’. Impensable. Nada más entrar en el recinto me sentí como una gota de ‘Fairy’ cayendo en una sartén repleta de grasa. Y es que, amigos de las ranitas felices, ollas eruptantes y norias de regurgito, no sólo es que las atracciones sean caras, es que los feriantes son seres sin alma, inaccesibles, con un corazón empobrecido por el dinero y que antes de invitarte a subir a sus columpios preferirían dedicar su vida al estudio y contemplación de la reproducción del ‘bicho bola’-ese que cuando lo tocas se convierte en una pelota, ya saben-. Tenía un conocido que una vez miró directamente a los ojos de un feriante y estuvo un año entero con diarrea crónica. No obstante, su amigo y vecino el asombroso gorrón, no cejara en su empeño de conseguir la mayor hazaña de la historia del Corpus granadino: no pagar por subir a una atracción. O al menos intentarlo.
Lo primero era decidir cual sería la víctima. A priori todos los columpios tenían algo en común: son extraordinariamente caros, todos rondan los 4 euros. Pero como ustedes saben, la vida siempre te sorprende un poquito más y no tardé mucho en encontrar la horma de mi zapato: ‘El Tirachinas’: Una megalómana y falocentrista atracción en la que dos individuos alejados de su juicio son atados en una bola de hierro y lanzados al aire sin impunidad ninguna. Diversión sin parangón que sólo cuesta un riñón: 12 euros, 2.000 pesetas, 240 chicles, un par de litros de helado de natachoc, 6 cervecitas o un parchís de los trotamúsicos. Con el mismo espíritu que inspiró la revolución de los claveles, me acerqué a la taquillera y le dije con el corazón en la mano: “Tengo que montarme en esta atracción gratis, ¿puedo?”
Cruela –que es como identificaremos a la feriante a partir de ahora-, decidió no dirigirme la palabra. Me miró desafiante y me hizo un desagradable gesto con la mano que rápidamente interpreté como un ‘no’. La señora De Vil –apellido de la susodicha- consiguió hundir mi espíritu unos segundos. Miré a mi alrededor y descubrí un tumulto de granadinos que deseaban subir al ‘Tirachinas’ pero era demasiado dinero para ellos. Mileuristas, jubilados, muchachos en el paro y estudiantes. Entonces decidí que tenía que convertirme en la inspiración del pueblo, ser la unión de todos sus esfuerzos. Era el momento de iniciar una campaña de patrocinio para demostrarle al cruel feriante que cuando Granada quiere algo, Granada lo consigue.
Uno a uno fui pidiendo a todos los presentes que me patrocinasen en mi lucha contra Cruela De Vil y su ‘Tirachinas’. Tenía que conseguir 12 euros para poder montarme en la atracción y, es para mi un honor y un orgullo nombrarles a mis benefactores: Rous, Mary, Grillo, Maxi, Rober, Ana, Carolina, Enrique, Juan Antonio, Mari Ángeles, Rafael, Ruben y Rocío. Sin olvidarme de Kiko, joven nazarí que no encontraba con quién subirse y que hizo de escudero en tal maravillosa gesta. Les aseguro que ver la cara de la señora feriante contando las monedas que había recopilado no tuvo precio.
Y bueno, ya sólo quedaba subir a la plataforma, saludar al respetable, dar las gracias a todos y disfrutar de mi lanzamiento en el testículo férreo. Aviso para navegantes: cuando el polaco –el de seguridad- os diga “pie, aquí”, hacedle caso.
Oda a la morcilla
(Domingo 10 de julio, IDEAL)
Faralá de sastre negro ceñida a la cintura. Orgullo porcino que diste la teta a la familia del Jabugo. A ti, y sólo a ti, mi gran amada morcilla, te debo estas mollas que con tanto orgullo procuro que estén siempre a rebosar de tu rebufo. Una oda que termina en este momento y lugar, porque si sigo comiendo morcilla el wáter no me va a perdonar. No es un adiós, tómalo como un “hasta luego”; al menos hasta que olvide cómo en el Corpus del año 2007 de nuestro señor, los caseteros de Granada dieron a este gorrón matarile de tu salsa con toda su bendición. Fue un acto de fe sin la corrupción del metal, movido ante todo por su coraje y su pasión, que algún día en el cielo verá su compensación.
Esta ha sido una semana especial. Tengo la sensación de que desde que llegué el lunes a primera hora de la tarde no he dejado de comer y beber a costa de otros. Y ahora me parece que llevo toda la vida de feria. Al principio pensé en contarles cuál es el secreto para mantenerse en pie después de 36 rebujitos, unos cuantos litros de cerveza y algún vinillo que otro; pero no me pareció lo suficientemente especial para terminar ésta columna. Luego estaba lo de cuando me metí en la caseta de la ‘Asociación de Vecinos’ y engullí –sí, esa es la palabra- kilos –éste también es el término correcto- de paella. O aquella vez que conseguí que una madre que estaba comprándole a su hija un algodón dulce viera justo y necesario regalarle otro a su humilde servidor. Señora, a sus pies. Y cómo olvidar los deliciosos gofres de chocolate, los roscos de azúcar y la cantidad ingente de leche pantera que bebí a salud de ‘El Farol’ el jueves por la noche. Todas son grandes epopeyas del Corpus, pero no lo bastante buenas como para poner el punto y aparte.
Y es que, para que haya un gorrón, tiene que haber un gorroneado. Vale, puede que sea una perogrullez, pero si algo he aprendido esta semana es que la gente, por encima de todas las cosas, prefiere una sonrisa de estómago lleno a famélicas visitas que no tienen chispa. Ahora me vienen muchas caras que no soy capaz de llamar por su nombre, ni siquiera de ubicarlas en un sitio concreto. Las caras de los que hacen de la feria un espectáculo apetecible, sano y divertido. Ojo, no quiero decir que a partir de ahora haya que ir por la vida sin pagar, eso nos está reservado a unos pocos. Quiero decir, que lo mejor de ésta nueva actitud gorrona de la vida, ha sido poder sentarme con unos ‘amigos’, charlar un rato, compartir un plato de morcilla y echarnos unas risas a costa del que pagaba. Que en la mayoría de los casos no estaba presente.
Sin embargo, me voy con una espinita clavada en el corazón, hundida en mi orgullo de trapero y embaucador: he robado a presidentes, pirateado con arquitectos, batido en duelo con espadas de gomila y conquistado la nave insignia de los feriantes; pero no he podido bajo ningún concepto, ni siquiera apelando a la generosidad intrínseca del ser humano, la bondad de María Teresa de Calcuta o a mis habilidades artísticas cantando el ‘Granada tierra soñada por mí’. Nada ha conseguido aplacar a los conductores de autobús, que después de una semana pagándoles –por cierto 20 céntimos más de lo habitual, dicen que por el aire acondicionado; yo he sudado igual- dos veces al día, no han tenido la decencia de invitarme ni una sola vez. El año que viene me vais a escuchar. Recoged el guante, pues acabáis de ser retados.
Por lo demás, sed felices, disfrutad de la morcilla sin excesos y hasta más ver. Vuestro amigo y vecino, el gorrón.
Amigos caseteros y demás feriantes, aquí un amigo
(Martes 5 de julio, IDEAL)
Pues para empezar ha tenido su gracia, oiga. Fue despedirme de mi colega Pedro –el más y mejor informado sobre qué ofrece la feria este año-, en la Plaza de los Caseteros, y se me acerca un zagal descamisado con el pelo alborotado y las medias de color. “Amigo, me he quedao sin gasolina y mi mujer, que está preñá, me está esperando pa que me la lleve al hospital a ver si puede parir a mis hijos, gemelos parecen… ¿Me puedes dar un eurillo o dos para gasolina?” Lastima que no se pueda leer el acento, pero si le ponen el deje apropiado suena mucho mejor.
El caso, es que después de descongestionarme del grave problema del susodicho y de imaginar a una señora con un bombo de nueve meses cual botella de sidra agitada, metida en un renault 7 sin aire acondicionado, comprendí que merecía una respuesta: “Lo siento mucho, pero no puedo”. El futuro padrazo enarcó cejas y sacó pecho: “pisha, yo si quieres te dejo mi carné de conducir – comenta como el que no quiere la cosa mientras saca el permiso de un bolsillo del pantalón-, y otro día me lo devuelves”. Y por muy tentador que fuera la oferta, controlé mis impulsos primarios y repliqué: “amigo, estoy de feria y sin un duro”.
Sé que en este mundo capitalista de hoy día creer que una persona pueda sobrevivir a una semana de feria sin gastarse un céntimo y, además, comiendo y bebiendo como el que más, es difícil. Pero amigos, para eso estoy aquí, para servirle de conejillo de indias a esta sociedad poco desprendida, buscarme las habichuelas y usar todos mis encantos personales para sacar un platico de morcilla –me pirra la morcilla-. Ayer, pese a no ser un buen día para empezar el experimento –todos estaban muy liados montando casetas y con sus inauguraciones-, terminé con lo que debe ser el consabido ‘espíritu de feria’: un mareillo tonto y un sentido del humor descomunal, todo gracias a los ‘refrescos’ que tuvieron a bien invitarme algunos caseteros.
Sin embargo, a partir de hoy voy a cantar, a recitar poesía, a bailar, a contar el mejor de los chistes, a votar por la Alhambra, a besar a chicas guapas, a freir huevos, a conseguir peluches, a vomitar en los columpios y a lo que haga falta con tal de conseguir sobrevivir a la feria sin un duro - a poder ser, con la compañía de un buen plato de morcilla, ¿he dicho ya que me pirra?-. Amigos caseteros y demás feriantes, aquí un amigo. Y sí, yo también sigo preguntándome qué hubiera pasado si me llevo el carné…
El Jamón del Presidente
(Miércoles 6 de julio, IDEAL)
Puede que ahora mismo no me recuerde, pero pasadas unas líneas no podrá olvidar al abajo firmante. Fue un momento fugaz, casi mágico, como en aquellas películas en las que los protagonistas cruzan su mirada, de manera intensa, en lo que dura un solo fotograma. Usted estaba cumpliendo con el protocolo de estos actos sociales, pero yo estaba allí en calidad de pillastre y bucanero. He de admitir que no pensaba entrar en su caseta –la de su partido, claro-, pero al ver tantísima gente allí congregada, pensé que sería más fácil pasar desapercibido. Que ya lo decía mi madre, “donde fueres haz lo que vieres”, así que no tardé mucho en acercarme a la barra a por una coca cola fresquita –‘tax free’-, que hacía mucho calor, ¿verdad señor presidente? Bueno a lo que vamos. El caso, es que a ciertas horas, el cuerpo humano necesita de algo con fundamento, de calidad, que rellene el vacío estomacal que deja una mañana de feria. Encontrar algo de comer era más complicado, y no porque los camareros no dejasen constantemente platos con todo tipo de entremeses en las mesas, sino porque el contenido de los mismos no duraba ni medio segundo. Que los políticos comen mucho, señor presidente.
Y me enamoré: un plato de jamón serrano recién cortado con unas tajadas de queso curadito. Seguí su rastro hasta que acabó en una mesa. Me acerqué con sofisticado sigilo y francamente sorprendido de que nadie tocase ese plato. Lancé un primer zarpazo, que fue frenado por un asistente que arremetió por estribor. Estiré de nuevo el brazo y fue entonces cuando usted, señor presidente, se giró y descubrió que aquel plato le estaba esperando a usted y sólo a usted, señor presidente. Bajó un poco sus gafas de sol –esas que tan bien le quedan- y nos miramos a los ojos, como en el oeste, amenazadores antes de sacar el revólver. Sin embargo, tuvo usted, señor presidente, la mala suerte de que justo cuando íbamos a desenfundar, un ‘fan’ le pidió hacerse una foto con usted. Se dio la vuelta, ‘click’, volvió a la pose y, efectivamente, ya no había plato que valiese. Por mi culpa, por mi culpa, por mi santa culpa; que hice desaparecer su plato de jamón, señor presidente. Y por eso, pido perdón. Pero que sepa que aquel embutido, además de estar delicioso, me lo tomé a su salud: “¡por Manuel!”, que dije para mis adentros.
No obstante, el jamón no fue suficiente, señor presidente, que estoy en edad de crecer. En la caseta ‘Los que faltaban’, el que desde ahora es mi gran amigo y hermano Enrique, al verme acalorado y deseoso de un momento de paz interior, me ofreció algo que no pude negar: “Siéntate aquí y prueba estos huevos fritos con su ajillo”. Maravillosos, oigan. “Y ahora este lomo”, me dice; a lo que yo reacciono de manera educada, diciéndole que no hace falta, que ya es suficiente. Me corta y replica: “¡come hombre!”. Y comí. Estupendo también el lomo. “Y de beber, ¿qué?”… Total, una generosidad sólo comparable al plato de fideos que me metí entre pecho y espalda a la salud de ‘Los 17’… Si lo llego a saber, señor presidente, lo mismo le hubiera dejado alguna lonchita de jamón…
Las meriendas ya no son lo que eran
(Jueves 7 de julio, IDEAL)
El truco está en que crean que eres parte de su ‘club’, en no desentonar y, lo más importante, en no mirar directamente a la cara de nadie. Tres pautas sencillas en apariencia, pero que sólo los más audaces somos capaces de llevar a la práctica. Vayamos por partes. El objetivo: paella en la casa de aparejadores. Instrumentos necesarios: al parecer todos los individuos portan platos y cubiertos de plástico. Metodología: a) conseguir herramientas; b) entrar en la cola; c) elevar el plato, sonreír muchísimo, transmitir dulzura y suplicar, amablemente, una ración de arroz.
A las 15.15 una chica sale de la caseta, se sienta en un banco y disfruta de su paella. 15.20, abandona el plato a la intemperie –que hay papeleras muchacha-; disimuladamente me hago con el susodicho y, como el que no quiere la cosa, le doy un lavado en la fuente más cercana. Limpio como una patena –que uno tiene su educación-, entro a la recta casa de aparejadores. Hay un vaso con tenedores, saco uno y lo levanto hasta la altura de la cabeza. Me acerco a la enorme sartén de donde brota un olorcillo maravilloso y la cocinera me vivisecciona con la mirada. Uso la táctica del oteador: miras a izquierda, a derecha, al fondo de la sala, sonríes, saludas con la mano al infinito y vuelves a la sartén: “que bien huele esto, ¿eh?”
La paella estaba deliciosa. Aunque ahora necesitaba algo con lo que refrescar el gaznate. Fue entonces cuando me topé con el que posiblemente era el grupo de mujeres con más gracia y solera de toda la feria, yo las llamo cariñosamente ‘las maravillas’, porque llevaban unas peinetas que tenían una imagen de la Alhambra por delante y la frase “soy una maravilla” por detrás –sí, vale, no me he quebrado demasiado para elegir el nombre… pero les hace justicia-. Un derroche de simpatía después conseguí que me invitaran a un estupendo y fresquito vaso de rebujito, ¡ole!
Pero sin duda, la experiencia que cambió mi vida vino a las 18.00 de la tarde. A esa hora, por lo menos los que crecimos a la sombra de Don Pimpón y las sobremesas de dibujos animados, lo que uno hace es tomarse un bocadillo de nocilla con un colacao fresquito. ¡Pero no! La feria nos enseña a modernizarnos, a vivir el día a día y a tomarnos, con todos los gastos pagados, una pechuga de pollo con patatas a lo pobre que estaban que quitaban el sentío. No era mi intención, ustedes saben que yo soy muy recatado a la hora de aceptar invitaciones, pero oigan, aquí mi amigo Manuel de la casa de la Alpujarra insistió y no pude negarme a tan oloroso ofrecimiento. Y es que las meriendas ya no son lo que eran… son mucho mejor, ¡ole y ole!
Juan Sin Miedo
(Viernes 8 de julio, IDEAL)
Y allí estaba yo, casi un cuarto de siglo después de que mi madre me pariese, rodeado de cientos de zagales que no rozaban ni los diez años. Creo que conseguí disimularme muy bien entre los infantes que había en la caseta de ‘La Rebotica’ para disfrutar del teatro de marionetas que interpretaban la ilustrísima obra de ‘Juan Sin Miedo’. Al principio miraba el espectáculo con los ojos del adulto crítico, consecuente y responsable en el que me he convertido con el paso del tiempo. Pero un pequeño detalle hizo que volviera a mirar con los ojos del niño goloso e inocente que llevo dentro: chucherías y batidos de chocolate. Sí amigos, a todos los infantes que entraban en la caseta les entregaban una enorme –y digo enorme- bolsa repleta de gusanitos, nubecitas, regaliz, gominolas, chicles, caramelos, globos… y un fresquito batido de chocolate.
Los niños no soltaban las bolsas ni para aplaudir. De hecho, llegado el momento, tuvimos, quiero decir tuvieron, que gritar “¡salva a la princesa!” para que el malvado dragón dejase en paz al valiente Juan Sin Miedo. El caso, es que todos alzaron sus bolsas de chucherías, cual guerrero blandiendo su espada, para pedir la cabeza de la fiera mitológica. Yo quería una espada. Y como buen gorrón, me acerqué a entablar una entrañable conversación con el señor de la puerta –a partir de ahora le llamaremos Juan-. Coloqué mis manos en la espalda, puse el pie derecho de puntillas e inicié suaves giros de cintura hacia la izquierda y luego a la derecha: “Hola buenas”, dije con voz suave. “Verá –continué-, es vital que consiga una de esas bolsas… y ya que estamos un batido de chocolate”. “¿Vital?” Pregunta Juan. En aquel momento se me pasaron dos respuestas por la cabeza. Primero, decirle que había un dragón en la sala y que yo era el único que no tenía espada para defenderme y eso ‘no se vale’. Pero opté por la segunda opción: “Sí, mi sobrino, el pobre está enfermo, y se va a poner muy contento”. Juan, hombre generoso donde los haya, aceptó.
Si es que en la feria hay variedad para todas las edades, no podía ser todo sevillanas, vinitos y sartenes a rebosar –que por cierto vaya plataco de jamón que cayó ayer en ‘La Marimorena ‘by the face’-. Que a nadie le amarga un dulce, ni siquiera a mi colega Inés, fotógrafa, que también se animó a pedir su bolsa de chucherías, que recibió gracias a la inestimable ayuda de este gorrón: “¿Es para ti?”, me inquirió Juan. “Anda sí, dale una también a ella”. “Si es para ti, las que hagan falta que a gente como tu hay que darle todo lo que pidan”… Bueno, lo mismo no fue eso lo que dijo literalmente, pero estoy seguro de que esa era la intención. Aprendan todos, muchas gracias, y hasta mañana.
‘El Tirachinas’
(Sabado 9 de julio, IDEAL)
Que un gorrón entre en la zona de los columpios del ferial es como que si David Bisbal se diese un garbeo por un garito de ‘heavys’. Impensable. Nada más entrar en el recinto me sentí como una gota de ‘Fairy’ cayendo en una sartén repleta de grasa. Y es que, amigos de las ranitas felices, ollas eruptantes y norias de regurgito, no sólo es que las atracciones sean caras, es que los feriantes son seres sin alma, inaccesibles, con un corazón empobrecido por el dinero y que antes de invitarte a subir a sus columpios preferirían dedicar su vida al estudio y contemplación de la reproducción del ‘bicho bola’-ese que cuando lo tocas se convierte en una pelota, ya saben-. Tenía un conocido que una vez miró directamente a los ojos de un feriante y estuvo un año entero con diarrea crónica. No obstante, su amigo y vecino el asombroso gorrón, no cejara en su empeño de conseguir la mayor hazaña de la historia del Corpus granadino: no pagar por subir a una atracción. O al menos intentarlo.
Lo primero era decidir cual sería la víctima. A priori todos los columpios tenían algo en común: son extraordinariamente caros, todos rondan los 4 euros. Pero como ustedes saben, la vida siempre te sorprende un poquito más y no tardé mucho en encontrar la horma de mi zapato: ‘El Tirachinas’: Una megalómana y falocentrista atracción en la que dos individuos alejados de su juicio son atados en una bola de hierro y lanzados al aire sin impunidad ninguna. Diversión sin parangón que sólo cuesta un riñón: 12 euros, 2.000 pesetas, 240 chicles, un par de litros de helado de natachoc, 6 cervecitas o un parchís de los trotamúsicos. Con el mismo espíritu que inspiró la revolución de los claveles, me acerqué a la taquillera y le dije con el corazón en la mano: “Tengo que montarme en esta atracción gratis, ¿puedo?”
Cruela –que es como identificaremos a la feriante a partir de ahora-, decidió no dirigirme la palabra. Me miró desafiante y me hizo un desagradable gesto con la mano que rápidamente interpreté como un ‘no’. La señora De Vil –apellido de la susodicha- consiguió hundir mi espíritu unos segundos. Miré a mi alrededor y descubrí un tumulto de granadinos que deseaban subir al ‘Tirachinas’ pero era demasiado dinero para ellos. Mileuristas, jubilados, muchachos en el paro y estudiantes. Entonces decidí que tenía que convertirme en la inspiración del pueblo, ser la unión de todos sus esfuerzos. Era el momento de iniciar una campaña de patrocinio para demostrarle al cruel feriante que cuando Granada quiere algo, Granada lo consigue.
Uno a uno fui pidiendo a todos los presentes que me patrocinasen en mi lucha contra Cruela De Vil y su ‘Tirachinas’. Tenía que conseguir 12 euros para poder montarme en la atracción y, es para mi un honor y un orgullo nombrarles a mis benefactores: Rous, Mary, Grillo, Maxi, Rober, Ana, Carolina, Enrique, Juan Antonio, Mari Ángeles, Rafael, Ruben y Rocío. Sin olvidarme de Kiko, joven nazarí que no encontraba con quién subirse y que hizo de escudero en tal maravillosa gesta. Les aseguro que ver la cara de la señora feriante contando las monedas que había recopilado no tuvo precio.
Y bueno, ya sólo quedaba subir a la plataforma, saludar al respetable, dar las gracias a todos y disfrutar de mi lanzamiento en el testículo férreo. Aviso para navegantes: cuando el polaco –el de seguridad- os diga “pie, aquí”, hacedle caso.
Oda a la morcilla
(Domingo 10 de julio, IDEAL)
Faralá de sastre negro ceñida a la cintura. Orgullo porcino que diste la teta a la familia del Jabugo. A ti, y sólo a ti, mi gran amada morcilla, te debo estas mollas que con tanto orgullo procuro que estén siempre a rebosar de tu rebufo. Una oda que termina en este momento y lugar, porque si sigo comiendo morcilla el wáter no me va a perdonar. No es un adiós, tómalo como un “hasta luego”; al menos hasta que olvide cómo en el Corpus del año 2007 de nuestro señor, los caseteros de Granada dieron a este gorrón matarile de tu salsa con toda su bendición. Fue un acto de fe sin la corrupción del metal, movido ante todo por su coraje y su pasión, que algún día en el cielo verá su compensación.
Esta ha sido una semana especial. Tengo la sensación de que desde que llegué el lunes a primera hora de la tarde no he dejado de comer y beber a costa de otros. Y ahora me parece que llevo toda la vida de feria. Al principio pensé en contarles cuál es el secreto para mantenerse en pie después de 36 rebujitos, unos cuantos litros de cerveza y algún vinillo que otro; pero no me pareció lo suficientemente especial para terminar ésta columna. Luego estaba lo de cuando me metí en la caseta de la ‘Asociación de Vecinos’ y engullí –sí, esa es la palabra- kilos –éste también es el término correcto- de paella. O aquella vez que conseguí que una madre que estaba comprándole a su hija un algodón dulce viera justo y necesario regalarle otro a su humilde servidor. Señora, a sus pies. Y cómo olvidar los deliciosos gofres de chocolate, los roscos de azúcar y la cantidad ingente de leche pantera que bebí a salud de ‘El Farol’ el jueves por la noche. Todas son grandes epopeyas del Corpus, pero no lo bastante buenas como para poner el punto y aparte.
Y es que, para que haya un gorrón, tiene que haber un gorroneado. Vale, puede que sea una perogrullez, pero si algo he aprendido esta semana es que la gente, por encima de todas las cosas, prefiere una sonrisa de estómago lleno a famélicas visitas que no tienen chispa. Ahora me vienen muchas caras que no soy capaz de llamar por su nombre, ni siquiera de ubicarlas en un sitio concreto. Las caras de los que hacen de la feria un espectáculo apetecible, sano y divertido. Ojo, no quiero decir que a partir de ahora haya que ir por la vida sin pagar, eso nos está reservado a unos pocos. Quiero decir, que lo mejor de ésta nueva actitud gorrona de la vida, ha sido poder sentarme con unos ‘amigos’, charlar un rato, compartir un plato de morcilla y echarnos unas risas a costa del que pagaba. Que en la mayoría de los casos no estaba presente.
Sin embargo, me voy con una espinita clavada en el corazón, hundida en mi orgullo de trapero y embaucador: he robado a presidentes, pirateado con arquitectos, batido en duelo con espadas de gomila y conquistado la nave insignia de los feriantes; pero no he podido bajo ningún concepto, ni siquiera apelando a la generosidad intrínseca del ser humano, la bondad de María Teresa de Calcuta o a mis habilidades artísticas cantando el ‘Granada tierra soñada por mí’. Nada ha conseguido aplacar a los conductores de autobús, que después de una semana pagándoles –por cierto 20 céntimos más de lo habitual, dicen que por el aire acondicionado; yo he sudado igual- dos veces al día, no han tenido la decencia de invitarme ni una sola vez. El año que viene me vais a escuchar. Recoged el guante, pues acabáis de ser retados.
Por lo demás, sed felices, disfrutad de la morcilla sin excesos y hasta más ver. Vuestro amigo y vecino, el gorrón.
Einauldi, Siles y Stevens
Decía Kandisky que la música tiene el poder de mezclar todos los sentidos en uno sólo. Así, el goteo de una guitarra te transporta a una tarde de julio que huele a humo de tren, sentado en un bello puente de Florencia, mientras los colores de la luz y la noche se funden sobre las ondas de un río que se agita al vaivén de unos remeros.
Ludovico Einauldi, Carlos Siles y Sufjan Stevens. A ellos les debo un mundo. El silencio es terrible, es mudo y adormece la vida. La música te hace soñar y, como decía Kandisky, te hace volar. El piano de Einauldi acompañaba mis épicos paseos a la tienda de cómics y me reconfortaba después de un duro día de tazas y cafés. Sufjan fue la persona con la que compartí sonrisas y lagrimas -como un imbécil- delante de la pantalla del ordenador, en la biblioteca, mientras chateaba con el resto de la Arcadia. Y Carlos, esa voz por descubrir, se convirtió en una religiosa costumbre para entretener a las musas antes de ponerme a escribir.
Ayer no podía dormir. Tumbado en mi cama, puse el portátil sobre mis piernas, como solía hacerlo en Londres, y dejé sonar las canciones de una época. Y juro que el escalofrío que sentí al cerrar los ojos hizo que el vello de mi cuerpo se erizase. Y juro que mis manos olían a café. Juro que noté los pies cansados y saboreé el perfume de las culturas que paseaban por Swaton Road. Y juro, a todos vosotros y a mí mismo, que por un momento, por un solo instante, no recordaba dónde quería estar.
Ludovico Einauldi, Carlos Siles y Sufjan Stevens. A ellos les debo un mundo. El silencio es terrible, es mudo y adormece la vida. La música te hace soñar y, como decía Kandisky, te hace volar. El piano de Einauldi acompañaba mis épicos paseos a la tienda de cómics y me reconfortaba después de un duro día de tazas y cafés. Sufjan fue la persona con la que compartí sonrisas y lagrimas -como un imbécil- delante de la pantalla del ordenador, en la biblioteca, mientras chateaba con el resto de la Arcadia. Y Carlos, esa voz por descubrir, se convirtió en una religiosa costumbre para entretener a las musas antes de ponerme a escribir.
Ayer no podía dormir. Tumbado en mi cama, puse el portátil sobre mis piernas, como solía hacerlo en Londres, y dejé sonar las canciones de una época. Y juro que el escalofrío que sentí al cerrar los ojos hizo que el vello de mi cuerpo se erizase. Y juro que mis manos olían a café. Juro que noté los pies cansados y saboreé el perfume de las culturas que paseaban por Swaton Road. Y juro, a todos vosotros y a mí mismo, que por un momento, por un solo instante, no recordaba dónde quería estar.
Así, como un caracol
Dicen que la vida es una enorme y kilométrica línea dibujada en nuestra mano izquierda y que la felicidad, ese suspiro que da sentido a la historia, aparece en pequeñas ocasiones ocupando diminutos centímetros de esa línea. Por eso, los caracoles, aunque tarde, cuando llegan, lo disfrutan mucho más. Lo aprecian. Lo saborean. Y cada paso tiene sentido... Entonces, ¿por qué arrepentirse de ser caracol?
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Cómo conseguí mis superpoderes
No recuerdo el año exacto en el que María Luisa dejó de venir a trabajar a casa, aunque por alguna extraña circunstancia soy incapaz de olvidar lo mucho que odié a su sustituta, Sonia: una rubia cuya imagen se asemeja a la tradicional mujer de conciencia liberal del este, pero más fea -y que no sabía hacer unas patatas fritas dignas-. María Luisa nos llevaba al colegio, realizaba las tareas propias del hogar y nos rescataba de las monjas y sus diabólicos trajes-babero (algún día hablaré de aquella traumática experiencia). Era nuestra Mary Poppins 2 particular –la número uno es mamá-.
El caso, es que hay dos escenas que tengo grabadas a fuego que marcaron el resto de mi existencia, en las que ella tuvo mucho que ver. La primera sucedió en la cocina. Era la hora de comer y había garbanzos. Odio los garbanzos. Los odio. A muerte. Y ella quería convencerme para que me los comiese. La mesa de la cocina estaba abierta –es de estas que tienen alas, no para volar mamelucos-, y el resto de los comensales los conformaban mis hermanos y dos primos. Claro está, a esas edades los niños no pueden almorzar sin madres y tías vigilando, así que la habitación se había convertido en todo un teatro. María Luisa usó todas sus artes: cucharas convertidas en divertidos aviones que flotaban el cielo y buscaban apresuradamente aterrizar en mis exquisitas papilas gustativas, amenazas con llamar al médico (siempre me han dado pánico, y ella solía llamar a mi tío y me decía que era “el doctor”… sí, esto también tengo que contároslo algún día), con dejarme sin postre, con no dejarme jugar, “no te levantarás de la mesa hasta que los pruebes por lo menos…”
No fui capaz de probarlos. Y eso provocó la primera imagen que se mantuvo absolutamente nítida en mi memoria de ella en casa: tenía que ser un gran actor y vivir del cuento. Así que, con suma elegancia, empujé el plato hacia el centro de la mesa. Aparté la servilleta de mi cuello con una delicadeza tan sólo comparable al cura que limpia el cáliz antes de la comunión. Retiré la silla el espacio suficiente como para poder colocarme a su izquierda, firme, impertérrito. Miré a los ojos del público y, con la soberbia de Gary Cooper, me arrodillé en el suelo extendí los brazos y supliqué a Dios: “¡Por favor no me hagáis comer esto, no puedo, es imposible, por lo que más queráis dejadme vivir en paz!” Ni mi madre ni María Luisa ni nadie nunca más volvió a ofrecerme contra voluntad una sola cucharada de ese asqueroso y vomitivo potingue.
En realidad esa historia no tiene nada que ver con cómo conseguí mis superpoderes. Os decía antes que ella nos llevaba al colegio por la mañana, pero antes también nos acicalaba y nos ponía guapos. Y allí estaba yo, subido al taburete del cuarto de baño para que mi cara llegase a la altura del espejo, dejando a María Luisa luchar contra mis rizos. Todo para atrás, le decía. “Mejor te hago la ralla, ¿no?”. Jamás, la ralla no me gusta. “Entonces todo para atrás”. Pero siempre, cuando terminaba de peinarme, entrelazaba su dedo anular con el rizo del flequillo y le daba vueltas hasta que conseguía hacerlo caer por delante: “Ya está, como Superman”. Era genial.
Y así conseguí mis superpoderes.
El caso, es que hay dos escenas que tengo grabadas a fuego que marcaron el resto de mi existencia, en las que ella tuvo mucho que ver. La primera sucedió en la cocina. Era la hora de comer y había garbanzos. Odio los garbanzos. Los odio. A muerte. Y ella quería convencerme para que me los comiese. La mesa de la cocina estaba abierta –es de estas que tienen alas, no para volar mamelucos-, y el resto de los comensales los conformaban mis hermanos y dos primos. Claro está, a esas edades los niños no pueden almorzar sin madres y tías vigilando, así que la habitación se había convertido en todo un teatro. María Luisa usó todas sus artes: cucharas convertidas en divertidos aviones que flotaban el cielo y buscaban apresuradamente aterrizar en mis exquisitas papilas gustativas, amenazas con llamar al médico (siempre me han dado pánico, y ella solía llamar a mi tío y me decía que era “el doctor”… sí, esto también tengo que contároslo algún día), con dejarme sin postre, con no dejarme jugar, “no te levantarás de la mesa hasta que los pruebes por lo menos…”
No fui capaz de probarlos. Y eso provocó la primera imagen que se mantuvo absolutamente nítida en mi memoria de ella en casa: tenía que ser un gran actor y vivir del cuento. Así que, con suma elegancia, empujé el plato hacia el centro de la mesa. Aparté la servilleta de mi cuello con una delicadeza tan sólo comparable al cura que limpia el cáliz antes de la comunión. Retiré la silla el espacio suficiente como para poder colocarme a su izquierda, firme, impertérrito. Miré a los ojos del público y, con la soberbia de Gary Cooper, me arrodillé en el suelo extendí los brazos y supliqué a Dios: “¡Por favor no me hagáis comer esto, no puedo, es imposible, por lo que más queráis dejadme vivir en paz!” Ni mi madre ni María Luisa ni nadie nunca más volvió a ofrecerme contra voluntad una sola cucharada de ese asqueroso y vomitivo potingue.
En realidad esa historia no tiene nada que ver con cómo conseguí mis superpoderes. Os decía antes que ella nos llevaba al colegio por la mañana, pero antes también nos acicalaba y nos ponía guapos. Y allí estaba yo, subido al taburete del cuarto de baño para que mi cara llegase a la altura del espejo, dejando a María Luisa luchar contra mis rizos. Todo para atrás, le decía. “Mejor te hago la ralla, ¿no?”. Jamás, la ralla no me gusta. “Entonces todo para atrás”. Pero siempre, cuando terminaba de peinarme, entrelazaba su dedo anular con el rizo del flequillo y le daba vueltas hasta que conseguía hacerlo caer por delante: “Ya está, como Superman”. Era genial.
Y así conseguí mis superpoderes.





