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Nobleza Obliga (Diario de un Gentleman)
Comentarios sobre temas de actualidad, y sobre la orientación de la Sociedad
Acerca de
Soy Licenciado en Historia Antigua, tengo 43 años y soy Anticuario de profesión.
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Falsificador

Muchos de ustedes, han comentado a veces, el hecho de que en mi ámbito profesional, hay un alto riesgo de falsificaciones. Hoy voy a contarles un caso curioso, que bien podría titularse “El falsificador más joven del mundo”. No sé si eso será cierto, pero la verdad es que la edad del malhechor no superaba los diecisiete años.

Para conocer esta historia voy a situarles un poco. Quien más, quien menos, debe haber visto en alguna ocasión, o tener incluso, alguna moneda española de cobre de Alfonso XII, concretamente las grandes de diez céntimos; casi todas ellas gastadísimas, negras y apenas sin relieve; suelen verse en mercadillos, amontonadas en cajas con otras monedas, que se venden todas al mismo precio (no más de un euro generalmente), cuyo valor intrínseco es más bien escaso. Había unas monedas que circulaban con “el rey mirando a otro lado”, que decía la gente de aquella época. Dichas monedas, del “otro lado” o “con perilla”, no eran más que monedas de idéntico tamaño y material, pero de distinta procedencia, ya que unas eran francesas de Napoleon III y otras de Vittorio Emmanuele II de Italia. Con este detalle, quiero simplemente hacerles notar que dichas monedas eran de uso muy común, y estaban desgastadísimas en su mayoría, tanto que podían circular algunas extranjeras sin que la población en general se diera cuenta.

Pues bien, situémonos en Italia, concretamente en la Roma de finales de los cincuenta, un muchacho de unos diecisiete años, llamado Giusto Zavagno, encuentra una caja con un buen puñado de las citadas monedas de cobre del rey italiano en una buhardilla de la casa de sus abuelos. Son tiempos duros, hay gente pobre, algunos incluso muy pobres, y en cambio, también es la época en que empieza a verse la luz al final del túnel, que hace que algunos empiecen a vivir eso que se bautizó como “Dolce Vita”. Mientras esto ocurre, Giusto trabaja ya desde los quince años, como mozo de almacén de una fábrica textil. Es l segundo de siete hermanos y el dinero no sobra en casa, ya que su padre se encarga de bebérselo.

Giusto no es feliz, trabaja mucho, llega a casa deslomado, y los fines de semana sale con algunos amigos que aún tienen menos dinero que él, se emborrachan, persiguen chicas, y se emboban mirando a los que tienen más suerte que ellos, y conducen sus Lambretta’s llevando de “paquete” a las chicas más apetecibles del barrio. Es cierto que se respiran aires de bienestar…pero no alcanza ni mucho menos a todos. Un fin de semana, Giusto debía vaciar la buhardilla de trastos de casa de su abuela, que le dijo que si le gustaba algo, que se lo quedara…no había nada de valor, sólo cacharros viejos, polvo …y aquella caja. Dentro, las gastadísimas monedas, tanto que algunas no eran más que discos redondos, con alguna pequeña muesca, imposible de ver si tenían alguna cosa grabada….y había muchas. Seguro que pensó “ojalá fueran de oro”, no lo eran, pero se las quedó, con la ingenuidad del que se queda algo, sabiendo que alguna vez fue dinero.

El fin de semana siguiente, entre “birra” y “birra” (que así se dice “cerveza” en italiano, aunque el argot juvenil español lo haya asimilado) se lo comenta a un amigo, el cual le enseña un llavero con una reproducción, vagamente fiel, de un denario romano….”ojalá fueran antiguas de verdad…pero los pobres no tenemos suerte”.
No, Giusto era pobre, sin suerte, pero con ideas. De repente, en su cerebro ligeramente nebuloso por el alcohol se iba abriendo paso una idea….porqué no convertir sus sueños en realidad?. Giusto preguntó a su amigo de donde había sacado el llavero. Resultó que se lo había “mangado” a un turista, “los venden a los americanos …toda Roma se la venden a los américanos!!”, dijo su amigo justo antes de caerse al suelo debido al exceso de “birras”. Para el amigo de Giusto, cualquier turista con cámara, gafas de sol, y dinero por supuesto, era un “americano”. Esos llaveros los vendían como recuerdo en las immediaciones del Coliseo.

Rápidamente Giusto lo vio claro, aprovechando el estado de embriaguez de su amigo, se quedó con el llavero que reproducía esa moneda, metálica y en relieve. Se fue a su casa y cogió unas pocas monedas de la caja, un martillo y volvió a salir a la calle, en la soledad del barrio, puso la moneda del llavero sobre una de cobre, y de un golpe seco dejó marcada la moneda del llavero en la moneda de cobre, repitió la operación en la otra cara, y luego otra moneda más, y otra…a la quinta moneda, el llavero era ya inservible. La imagen grabada no es que fuera muy buena, pero podría pasar por antigua a ojos de turistas crédulos.

El fin de semana siguiente, por la mañana temprano, un muchacho vendía monedas antiguas a los turistas, preferentemente americanos, les decía que la moneda era verdadera, no de mucho valor ya que era de cobre, pero que las encontraban por el campo, que no eran robadas. El precio no era excesivo, y algunos turistas compraron esas monedas, que valían cinco veces más que esos llaveros con una ridícula moneda de metal, y aunque no fueran tan brillantes, por lo menos eran “históricas de verdad” se decían a ellos mismos.

Giusto vendió cuatro monedas, con el precio de una compró cinco llaveros más….y durante meses repetía la operación….buscaba monedas bien gastadas, y las transformaba en monedas romanas antiguas.

Siete meses después, una Lambretta de segunda (o quizá cuarta) mano perdió la rueda trasera y el muchacho que la conducía cayó al suelo, con tan mala fortuna que se abrió la cabeza. Mirando en su cartera para ver quien era se encontraron con más de treinta dólares americanos, y algunos billetes de Libras Esterlinas. En la caída, la caja que llevaba en la cesta delantera se abrió y se desparramaron un buen puñado de antiguas monedas romanas.

Cada vez que miro mi denario falso, comprado en la Plaza Real por cien pesetas (de las de 1.978), me pregunto si sería “acuñado” en una oscura noche, en la acera de una oscura calle romana.

Sean felices

Adrià Urpí

 
Comentario:
¡Qué buenas historias cuentas!

Muchísimas gracias por "seguirme"

Un abrazo
 
Comentario:
Que historia tan interesante!!
Un beso
 
Comentario:
Y luego dicen que se echa mucha imaginación en el cine y en las novelas y ya ves, la vida real nos obsequia con historias como esta. Lo siento por el pobre chico, el tesoro de sus monedas "romanas" no le sirvió para mucho.
Muy interesante tu relato. Un abrazo
 
Comentario:
He leído tu historia dos veces antes de poder comentar, de ella sacaría varias lecturas. La primera es que en esta vida a veces hay que saber ser creativo sin hacer daño a los demás y creo que igual los turistas tampoco esperaban en realidad que esas monedas tuvieran más valor que el que en sí tenían. No voy a juzgar la actitud del muchacho pero cuantas veces el timado en realidad es el timador o lo son a partes iguales.

Por otro lado ese final, es que sea uno de sus sueños quien le lleve al sueño eterno, cuantas veces sucede.. por desgracia eso..

En fin siempre me atrapas con tus historias.. :)
Peto-net¡
 
Comentario:
Hola Adrià:
Ya dicen bien que el hambre agudiza el ingenio y el chaval tenía buenas ideas.
El mindo de las falsificaciones es amplio y como el de los timos se nutre de personas ávidas de cosas buenas por poco dinero, vamos duros a cuatro pesetas.
Un abrazo
José
 
Comentario:
Me cae bien ese muchacho...;)
He estado "out" el finde, saludos
Bego
 
Comentario:
Es una buena historia, el hambre y la necesidad agudiza los sentidos ¿no? jejeje

Un abrazo.
 
Comentario:
Una historia interesante...para disfrutar este fin de semana!

Mil bikiños ;)biko azul
 
Comentario:
hay que ver lo que inventa la gente, por lo menos en esta estafa, no hay grandes perjuios para la gente.
Un abrazo.
 
Comentario:
Curiosa historia!!
Me ha gustado, que tengas un buen fin de semana.
Saludos
No