"Uvas con queso saben a beso"

Uvas con queso, saben a beso…
Si abuela, me saben a beso.
Dice el cronista que tienes una
belleza lorquiana y rasgos dulces
que no han borrado tus CIEN años
de existencia. Y tiene razón, has
envejecido como la niña chica y
golosa que has sido siempre,
chica por menuda, afable, con
temperamento de mujer curtida,
como muchas, en la espera.
Tengo tantos recuerdos de cómo
me llevabas al cine, de verte encerar
el suelo de rodillas y de ver contigo
una película de Cantinflas con un
bocadillo como una flauta travesera;
pero de chocolate, ¡guapa!
Y golosa porque te pierden los mimos,
no en vano llevas sobreviviendo 18
años con muchos dolores y la dedicación
de tus hijos ¿Te he dicho lo guapa que
eres?
Y que para mí, las uvas con queso,
siempre me sabrán a beso.
Te quiero abuela.
"La pesadilla de Pigmalión"

La oscuridad
cincela la noche,
amasa músicas del tamaño de mi sed.
Eso soy yo:
barro entre tus dedos,
amalgama del cénit y el nadir
cuando el prodigio laborioso de la caricia
modela el arco,
pone cuerdas al aliento
afinando el soplo que desmenuza
partículas de tierra.
Eso soy yo:
emulsión encarnecida,
tesela ósea,
terraplén
de la inmortalidad…
simulacro.
"Angel González... me pierdes"
ME BASTA ASÏ
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreir,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
- de eso estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mi mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando-luego- callas…
(Escucho tu silencio,
oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)
Ángel González. “Poemas”
Marian... mi Atlántico (2005)
"Sin Título"
Claudia poseía esa rara peculiaridad de no tener edad, o de tenerlas todas, armonizadas en el rostro. Una cierta nostalgia agravaba la sensación en sus ojos celestes, como de saberlo todo sobre la vida y desear no recordar nada.
Hay rostros difíciles de olvidar.
Solía sentarse junto al ventanal, mientras el resto de los residentes dormitaba frente al televisor o echaba una partida de parchís en la sala de juegos.
La luz le daba un aire traslúcido a su pelo castaño, recogido en la nuca en un sencillo bucle sujeto con horquillas corrientes.
El ventanal daba a un jardín, el único reducto natural del sanatorio. El resto era una mezcla añeja y aséptica de edificio al que se le negaba una jubilación merecida desde el siglo en el que dejó de llamarse “Hospital de la Reina”.

Al fondo de un camino trazado con piedras semienterradas y pintadas en blanco, surgía una buganvilla voluptuosa y preñada de flores, era la única nota de color sobre los verdes leñosos y los setos recién podados.
Claudia siempre llevaba los labios pintados del color de la buganvilla, sobre la cara lavada, aquel rosa iluminaba su piel de porcelana, perdía palidez en los pómulos dando a las mejillas un tono sofocado, casi un rubor ingenuo. Todavía conservaba el equilibrio en las facciones, debió ser muy hermosa, pensé, mientras la observaba desde la recepción.
También lo pensaba Ramón, el viejo amigo al que yo visitaba en aquel retiro solitario tras la muerte de Concha, su esposa.
Era un empedernido lector, así que le llevaba tres o cuatro libros y cuando le fallaba la salud, “todo, averías sin importancia” - me decía, para no preocuparme - yo actuaba de lazarillo lector, interpretando, como podía, ese acto íntimo que le proporcionaba gozar de la lectura con los ojos entrecerrados.
Aquel día Ramón estaba distraído… le noté raro nada más entrar.
-Qué te ocurre, “nin”, te brillan los ojos…estás …
Esbozó una sonrisa. Nos besamos.
-Sabes a vainilla…ummm...hoy os han servido ese brebaje más pronto… tengo ganas de que te suelten para irnos a tomar un chocolate con churros como Dios manda.Tienes muy buen aspecto ¿qué te ha dicho el médico?
Me quité el abrigo y dejé sobre la mesilla los libros.
Ramón y yo nos queremos desde siempre, con la misma naturalidad que nos besamos en los labios desde siempre, sabemos que no hay nada oculto en ese beso….tal vez, antes de que apareciera Concha en el corazón de Ramón, esclarecimos nuestros destinos en direcciones diferentes. Siempre hemos sabido el uno del otro, intuyéndonos alegrías y miserias, lo más cerca que veinte años sin vernos, nos lo permitía. Cuando volvimos a encontrarnos, conocí a su Concha, el amor de su vida. Y él conoció a Álvaro y a mis dos hijos, los amores de la mía. Entonces supimos que no nos habíamos equivocado. Ellos no tuvieron hijos, pero supieron hacerse felices el uno al otro… hasta que ella perdió la vida en un accidente, camino del aeropuerto, iba a recoger a Ramón, regresaba de Egipto con el mejor reportaje de su vida. Ramón es fotógrafo profesional, siempre ha trabajado para publicaciones de Historia y Naturaleza. Desde entonces, abandonó la fotografía y las ganas de vivir.
-Venga, cuéntame, tienes una cara sospechosamente etrusca…
- Siempre has sido un poco bruja- se le iluminó la sonrisa- No me pasa nada, nada que tú no sepas… en un par de días me dan el alta. En estos dos meses, me he dado cuenta de que la vida sigue, aunque desde que me falta Concha haya intentado esquivarla. Han sido dos años de resistencia inútil, mi cuerpo no se quiere morir, aún me late el corazón con fuerza….
- ¿La conozco?- dije casi sin pensar, siempre he creído que sólo el amor nos redime en ese angosto espacio que es la soledad.
- Es… Claudia, algo me ha cambiado dentro desde que llegó. Permanece silenciosa en el salón, no se separa de un libro encuadernado en piel de color castaño. La mujer que siempre está a estas horas frente al ventanal, con su libro entre las manos, acariciando distraídamente el lomo y deslizando los dedos sobre las letras doradas, con la avidez de un ciego memorizando los rasgos de alguien a quien acaba de conocer. Está viva, irradia vida… lo sé desde el día que la vi absorta contemplando la buganvilla del jardín. Fue la primera vez en mucho tiempo… sentí la necesidad de fotografiar ese instante en el que no se sentía observada… ¿La has visto?... No sé, tiene algo en la mirada…algo que contagia sensaciones. Aquí todos parecemos medio muertos, ella conserva un aspecto sereno, una mirada cálida….
-La he visto, “nin”, me sonríe siempre, cuando vengo a verte…
Lo que no sabíamos ni Ramón ni yo, es que Claudia había muerto en 1962, un 25 de Marzo, a los pies de aquella buganvilla.
He dudado un poco. No me gusta poner título a nada. Es mi bautismo como "cuentista"... y lo celebro con vosotros, más que con la historia, con la música. Que disfrutéis de... de lo que sintáis más próximo.
Un abrazo
Hay rostros difíciles de olvidar.
Solía sentarse junto al ventanal, mientras el resto de los residentes dormitaba frente al televisor o echaba una partida de parchís en la sala de juegos.
La luz le daba un aire traslúcido a su pelo castaño, recogido en la nuca en un sencillo bucle sujeto con horquillas corrientes.
El ventanal daba a un jardín, el único reducto natural del sanatorio. El resto era una mezcla añeja y aséptica de edificio al que se le negaba una jubilación merecida desde el siglo en el que dejó de llamarse “Hospital de la Reina”.

Al fondo de un camino trazado con piedras semienterradas y pintadas en blanco, surgía una buganvilla voluptuosa y preñada de flores, era la única nota de color sobre los verdes leñosos y los setos recién podados.
Claudia siempre llevaba los labios pintados del color de la buganvilla, sobre la cara lavada, aquel rosa iluminaba su piel de porcelana, perdía palidez en los pómulos dando a las mejillas un tono sofocado, casi un rubor ingenuo. Todavía conservaba el equilibrio en las facciones, debió ser muy hermosa, pensé, mientras la observaba desde la recepción.
También lo pensaba Ramón, el viejo amigo al que yo visitaba en aquel retiro solitario tras la muerte de Concha, su esposa.
Era un empedernido lector, así que le llevaba tres o cuatro libros y cuando le fallaba la salud, “todo, averías sin importancia” - me decía, para no preocuparme - yo actuaba de lazarillo lector, interpretando, como podía, ese acto íntimo que le proporcionaba gozar de la lectura con los ojos entrecerrados.
Aquel día Ramón estaba distraído… le noté raro nada más entrar.
-Qué te ocurre, “nin”, te brillan los ojos…estás …
Esbozó una sonrisa. Nos besamos.
-Sabes a vainilla…ummm...hoy os han servido ese brebaje más pronto… tengo ganas de que te suelten para irnos a tomar un chocolate con churros como Dios manda.Tienes muy buen aspecto ¿qué te ha dicho el médico?
Me quité el abrigo y dejé sobre la mesilla los libros.
Ramón y yo nos queremos desde siempre, con la misma naturalidad que nos besamos en los labios desde siempre, sabemos que no hay nada oculto en ese beso….tal vez, antes de que apareciera Concha en el corazón de Ramón, esclarecimos nuestros destinos en direcciones diferentes. Siempre hemos sabido el uno del otro, intuyéndonos alegrías y miserias, lo más cerca que veinte años sin vernos, nos lo permitía. Cuando volvimos a encontrarnos, conocí a su Concha, el amor de su vida. Y él conoció a Álvaro y a mis dos hijos, los amores de la mía. Entonces supimos que no nos habíamos equivocado. Ellos no tuvieron hijos, pero supieron hacerse felices el uno al otro… hasta que ella perdió la vida en un accidente, camino del aeropuerto, iba a recoger a Ramón, regresaba de Egipto con el mejor reportaje de su vida. Ramón es fotógrafo profesional, siempre ha trabajado para publicaciones de Historia y Naturaleza. Desde entonces, abandonó la fotografía y las ganas de vivir.
-Venga, cuéntame, tienes una cara sospechosamente etrusca…
- Siempre has sido un poco bruja- se le iluminó la sonrisa- No me pasa nada, nada que tú no sepas… en un par de días me dan el alta. En estos dos meses, me he dado cuenta de que la vida sigue, aunque desde que me falta Concha haya intentado esquivarla. Han sido dos años de resistencia inútil, mi cuerpo no se quiere morir, aún me late el corazón con fuerza….
- ¿La conozco?- dije casi sin pensar, siempre he creído que sólo el amor nos redime en ese angosto espacio que es la soledad.
- Es… Claudia, algo me ha cambiado dentro desde que llegó. Permanece silenciosa en el salón, no se separa de un libro encuadernado en piel de color castaño. La mujer que siempre está a estas horas frente al ventanal, con su libro entre las manos, acariciando distraídamente el lomo y deslizando los dedos sobre las letras doradas, con la avidez de un ciego memorizando los rasgos de alguien a quien acaba de conocer. Está viva, irradia vida… lo sé desde el día que la vi absorta contemplando la buganvilla del jardín. Fue la primera vez en mucho tiempo… sentí la necesidad de fotografiar ese instante en el que no se sentía observada… ¿La has visto?... No sé, tiene algo en la mirada…algo que contagia sensaciones. Aquí todos parecemos medio muertos, ella conserva un aspecto sereno, una mirada cálida….
-La he visto, “nin”, me sonríe siempre, cuando vengo a verte…
Lo que no sabíamos ni Ramón ni yo, es que Claudia había muerto en 1962, un 25 de Marzo, a los pies de aquella buganvilla.
He dudado un poco. No me gusta poner título a nada. Es mi bautismo como "cuentista"... y lo celebro con vosotros, más que con la historia, con la música. Que disfrutéis de... de lo que sintáis más próximo.
Un abrazo
"Entrevias"
Todo duerme,
el zumbido agarrota el ángulo de la última sombra
golpeándose contra las paredes del vagón vacío,
blanquecina ráfaga nocturna
que desfigura el rostro pegado al cristal,
anticipando el túnel.
Qué incierto es el sueño
en la osamenta de las traviesas,
no abraza el hueco en el alma,
y se duele la respiración desabrigada
persiguiendo al traqueteo temblón de la maleta.
La verbena del silencio rebota en el techo,
recorta siluetas de trenes,
sabe a insomnio de apeaderos,
a soledad sobre los hombros…
Se desmayan los paisajes ,
borrones de sombra zarandeándose
mientras queda beso de despedida en los labios,
cuando se debilitó la voz en el andén
_ ¿Lo llevas todo?_
No… se me queda TODO…
(pero no lo oíste)
Así que no puedo saber
si pareces venir del horizonte,
porque el silencio aturde todas las preguntas





