Nadie en el faro de Alejandro
Vive Loco y Muere Cuerdo
Acerca de
Mi diario no es una obra maestra, ni siquiera un ensayo magistral sobre la sociedad actual en la que vivo, es sólo la historia personal de un chico normal. No pretendo que sea un relato literario soberbio, sólo un trozo de mar donde gritar mis llantos, mis alegrías. En definitiva un pequeño faro donde alumbrar todos mis sentimientos y arrojarlos al mar.
Sindicación
 
Metáforas nocturnas


El hospital San Justo era un edificio rococó, delicado en su arquitectura, con una ornamentación que aunque churrigueresca era armoniosa, con sus guiños arabescos desenrizando la lengua al transeúnte, filigranas abigarradas, cimentación de oxímoron.

San Justo, estaba hemiaislado de la ciudad, lugar de enfermos arrinconados de todo y de todos, fuliginosas carcajadas se desmenuzaban en el aire. El hospital era galano exteriormente pero felónico entre lo residentes. Tensión en celdas repeinadas, madrugadas de goznes intrínsecos, miedos diseminados en camisones, soledades licuadas en goteros, impaciencia trémula en el cardiograma, inspiraciones abasteciendo radiografías filológicas. Procesiones hematófagas en los laboratorios.

Aisha era una de las residentes de San Justo, su estado comatoso le protegía de los aullidos de los marcapasos de algún paciente. Sufrió una aparatosa caída mientras asistía al instituto de secundaria García Lorca, un colegio laico en el modesto barrio del Viejo, uno de los suburbios más seráficos de la ciudad. La caída sobrecogió al suelo, que todavía sigue temblando arrebujado en la acera. Todavía se escucha la risa felona de la grieta que Aisha no vio, muerta de celos porque la muchacha era una autentica hurí.

La adolescente apenas absorbía visitas, sus padres tenían que trabajar quince horas diarias para dar sustento y educación a su progenie, tenía cinco hermanos, dos de ellos, mayores de edad que trabajaban en el campo a unos ochocientos kilómetros de allí. Samira, madre de Aisha, sólo podía visitarla los domingos, luego regresaba antes de la cena. Pobreza coagulada en los callos. Resignación noctívaga. Dilección aguijada. Sólo una persona asistía todos los días, nunca faltaba, sólo se disolvía cuando los médicos revolvían con sus batas el silencio, y cuando Samira aparecía cada domingo.

Hazm, sentando en el quicio de la ventana, junto a la cama de Aisha, la contemplaba circunspecto, nanas resbaladizas sobre la espalda de la introspección. Correspondencia taciturna. Dicción tintineante. Retraimiento espulgado en aquellas hebras.

“Buenas noches, un día más”, le dijo sin voz, tan dulcemente que hasta las sábanas hospitalarias se conmovieron. No supo que decir cuando la vio parpadear involuntariamente. Parecía un saludo bordado de sus nervios. El alma de Aisha engullía más de lo que él era capaz de remangar.

La noche, con la luna desabrochada del corsé, diáfana para un amor incólume. La locura olfatea el colirio del amanecer en los átomos de un enamorado. Hazm estaba enamorado de Aisha desde el primer día que la vio, cuando leía versos de Kahlil Gibran, en el alfeizar de su timidez. Toda su vida se sintió como un gorgojo, pero ese día la heliosis de aquellos ojos, provocó una insolación perpetua en la vida de Hazm, todo dejó de tener sentido, toda ella se convirtió en su desecativo. La hiperestesia de él, ya de por si estentórea, incrementó sin control. Todas sus células estaban enhebradas por ella.

Su estado derrelicto perpetuo, adquirió una calma lisonjera que hacía vibrar los sonajeros de las estrellas. Seguía sentado a una distancia prudencial, tan cerca de ella, que se despertaban los retales de la almohada, tan lejos de ella, que cuando comenzó el soliloquio, los susurros llegaban a los oídos exámines y con las palabras viradas.

“Todo lo que hay en la vida tiene tu sabor, todas las formas materiales tienen tus perfiles, todos mis garabatos tienen tu caligrafía, todos mis cromosomas tienen tus genes desperezando mi organismo, todos los credos me recitan sobre ti. No hables, déjame amar a través de la opacidad, déjame ser rapsoda de tus virtudes, déjame tener la libertad, señera de amarte, sin más”, dijo mezclando la saliva con las alegorías, una cópula soñolienta en ocasos. “Me basta con amarte”.

Una lágrima se encanilló en una pestaña, arropándose mientras un muecín serenaba las líneas del vacío. Aisha permanecía inmóvil, durmiendo sin dormir, sin hablar, sin sentir. Hazm le tapaba con las telas sacarosas. Su corazón zozobraba por los acantilados del mechón de ella. Acariciaba su pelo como si fuera lluvia inmanente que se tamizase por sus dedos.

Con la misma ternura Hazm, jugueteaba con las metáforas que se balanceaban de su boca y correteaba alrededor de Aisha. Antitesis de los antojos de la pasión, tenía agua en las mejillas, fuego en las arterias. Ella era la antonomasia de él, no había nada de ella que él no se hubiese impregnado. Era el símil menguante y Aisha la luna llena. Metáforas retozando del pecho al suelo, se le extravían y las compone al albedrío del albur. Hipérboles trenzadas entre el cuerpo y el alma. Sinestesia entre el silencio y los dedos. Interrogaciones lamiendo afirmaciones. Hazm se agotaba abatiéndose en la retórica, mecido en versos, hablaba con Aisha hasta que se le agotaban las palabras, le cantaba al oído, le dejó que le conociese entre los escalofríos del ausente.

Aisha despertó un domingo, mientras Samira le contaba que la pobreza seguía ingénita a sus arrugas, la luz volvió ardua. Aisha regresó a su vida cotidiana sin ninguna secuela. Cada vez que miraba sin mirar le faltaba algo. El suelo pareció respirar de nuevo, la grieta se quedó muerta en el quejido. Nunca vio a Hazm, jamás supo de su existencia ni siquiera que había vivido en el piso de abajo. Hazm murió en la misma cama del hospital de San Justo, el mismo día que Aisha cayó por la zancadilla de una grieta.

Firmado: Alejandro.



 
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No sé que decir, malamala, gracias. Besos.
 
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Mágica historia, un ensueño, un delirio.. y bien distinta la dedicada a tu abuelo, bastante desgarradora, tienes la gran virtud de expresarte divinamente, Alex, en todos los palos..
 
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Gracias invitada por pasarte. Y por el elogio. Muxus.
 
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Historia triste pero preciosa. Sigue escribiendo ;-)
Musus, cuídate.
 
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Big: Lo hice para eso, para que sorprendiese, no siempre todo termina bien.

Maribel: El amor siempre es algo poderoso, que está por encima de todo, incluso de la tragedia.

Agnes: Hay una cosa que se llama sombreado, y solo tienes que coger el puntero y resaltar el texto. Si todo tuviese una solución tan sencilla.

 
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la luz del faro no me deja leerrrrrrrrrrr!!!!!!!!! una lástima, me hubiera gustado snif!
 
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A pesar de que esas vidas paralelas no lleguen nunca a cruzarse en la realidad, me gusta la idea de un ser cuidando de otro en la distancia.

Precioso cuento, Álex :)

Besos
 
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La final me ha sorprendido. No sé si para bien o para mal, pero no me lo esperaba. Bueno, no estuvo sola.
Besos xxxxxxxxxxxxxxxx
No