Nadie en el faro de Alejandro
Vive Loco y Muere Cuerdo
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Mi diario no es una obra maestra, ni siquiera un ensayo magistral sobre la sociedad actual en la que vivo, es sólo la historia personal de un chico normal. No pretendo que sea un relato literario soberbio, sólo un trozo de mar donde gritar mis llantos, mis alegrías. En definitiva un pequeño faro donde alumbrar todos mis sentimientos y arrojarlos al mar.
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Las tertulias
Hoy he comprado una revista de historia. Viene muy interesante: 75 años del crac del 29, en octubre se cumplen sesenta años de la invasión del val d´Aran por los maquis, Crimea, la primera guerra moderna, los viajes de Ibrahim de Tortosa, El duque de alba, un reportaje sobre la revista Life, la época dorada del Paralelo, y muchas cosas más. Me encanta la historia, en el colegio era una de mis asignaturas favoritas junto con la literatura y el arte.

Me encantaría ser un completo desconocido por entre distintas épocas, ser un oyente, sobre todo en las que existían las tertulias de café. Una pequeña historia:

Desde que se inició en España la tradición de las tertulias, a finales del siglo XVII, las ha habido de muchos tipos, de las de salón a las de café, de las científicas y literarias a las puramente políticas. Aunque se inventaron en Francia, en la Península se imitaron, se personalizaron y se convirtieron en un referente social e incluso cultural. Así eran y son las tertulias "a la española".

La primera imagen que viene a la mente cuando se habla de la historia de las tertulias es la de los cafés de principios de siglo XX, con sus reuniones de escritores y artistas sentados frente a una copa para charlar de lo divino y de lo humano, en un clima de libertad y a veces de jolgorio. Fue en Madrid donde este ambiente de bohemia caló más hondo. De hecho, en la capital de España el término tertulia cobró una significación peculiar, hasta definir todo un estilo de vida.

Pero estas tertulias de café, típicas de la bohemia fin de siècle y de las primeras vanguardias, no han sido las únicas de la historia. Anteriormente, aunque también de forma simultánea, hubo otras de carácter muy distinto: en especial, las tertulias cultas celebradas en la biblioteca de algún noble, o las de salones característicos del siglo XVIII. Con el tiempo, todas ellas fueron vistas como una tradición propia, una costumbre genuinamente española. Sin embargo, las tres habían empezado como una moda importada del exterior, que poco a poco se fue naturalizando. Muy diferentes entre sí, tanto por su ambiente como por el nivel social o las materias de conversación, lo único que tenían en común estas distintas tertulias era el nombre, un curioso término de origen bastante caprichoso.

Las primeras tertulias así denominadas aparecieron en España en las décadas finales del siglo XVII. Eran reuniones de un grupo selecto de personas, que se celebraban regularmente en casa de un notable, y en las que se discutían diversas materias culturales o de actualidad. En Madrid, las primeras de las que hay testimonios son las del marqués de Mondéjar y el duque de Montellano.

Este tipo de reuniones tenía un precedente en las academias literarias que habían proliferado desde principios del siglo XVII en diversas ciudades españolas. Estaban muy reglamentadas y dotadas de un estatuto; tenían una jerarquía interna, con presidente, secretario y tesorero, y seguían un ritual estricto en el que se sucedían las presentaciones, los discursos y los juicios (vejámenes). En eso marcaron la línea de las actuales academias, aunque las primeras se distinguían por tener un componente lúdico muy marcado, como se evidencia en los nombres adoptados (Academia de los Nocturnos, Academia Salvaje, de los Desconfiados, etcétera) y en la costumbre de que cada participante adoptara un apodo (Lope de Vega participó en la Academia Salvaje con el sobrenombre el Ardiente). Su interés se limitaba a la literatura de entretenimiento, aunque también podían tratarse temas morales.


Las tertulias de finales de siglo, en cambio, eran serias y más libres. Aunque en algunos casos se mantenía el hábito de preparar discursos, su razón de ser era la de ofrecer un espacio para una conversación franca y espontánea sobre todos los temas de interés, entre los que estaban las cuestiones literarias, pero también la actualidad política o los avances científicos. En este aspecto, entroncaban con las reuniones de eruditos frecuentes en el pasado. Es significativo, por ejemplo, que se celebraran normalmente en una biblioteca, como también que la asistencia fuera estrictamente masculina. Pero, a la vez, tenían un carácter mundano y abierto. Así, de una de ellas se dice que empezaba por la tarde después de tomar chocolate, bebida de moda por aquellos años. Entre los asistentes había eruditos, pero también clérigos, aristócratas o altos funcionarios, en una amplia representación de la alta sociedad.

Estas tertulias fueron una novedad en la España del momento, pero existían desde hacía décadas en otros países de Europa, como Italia, Francia o Inglaterra. Los españoles no hicieron más que copiar la costumbre de unas naciones que les habían tomado la delantera en cuanto a dinamismo cultural y social. La transformación de estas tertulias particulares en academias oficiales siguió también el curso de lo ocurrido en otros sitios. Baste recordar la del marqués de Villena, que se convirtió en 1713 en la Academia Española, a la manera de la Academia Francesa creada en 1635. En Sevilla, una tertulia estuvo también en el origen de la Academia de Medicina, a la que en algún documento se calificó de "veneranda Tertulia Hispalense".

Al entrar en el siglo XVIII, al mismo tiempo que se multiplicaban las academias oficiales, las tertulias cultas de las que habían nacido muchas de ellas sufrieron un rápido eclipse. Así lo notaba el escritor Diego de Torres y Villarroel hacia 1730, cuando se lamentaba de que los jóvenes nobles no se dedicaran ya a domar un caballo, manejar armas, ¿ni a la asistencia a las tertulias, en donde se conferenciaba sobre varias materias¿. Se escandalizaba, además, por el avance de las modas extranjeras, especialmente las francesas, que afectaban todos los ámbitos: la lengua, el vestido y también las formas de relacionarse. De esta manera, las tertulias que Torres y Villarroel asociaba con la tradición castellana fueron reemplazadas por un tipo nuevo de reuniones, más ligeras y adaptadas a la tónica del siglo. Eran los salones, como se los denominó en Francia; curiosamente, en España se les dio el nombre de tertulias.


Cuando ellas tomaron la palabra. El paso de la tertulia antigua a la nueva se produjo con celeridad. Los viajeros franceses que vinieron a España a principios del siglo XVIII se sorprendían ante la escasa vida social de la aristocracia española. Para empezar, imperaba un exclusivismo de clase, que hacía que los nobles solo se relacionaran entre sí. Las reuniones sociales (visitas) se atenían a un protocolo bastante rígido, con la separación física de hombres y mujeres. Estas se encontraban en el estrado, sentadas sobre cojines, mientras que ellos se situaban en el resto de la sala y utilizaban sillas. Tras la llegada de los Borbones, se fue imponiendo un nuevo estilo. Desapareció el estrado (aunque se conservó el nombre para denominar la sala de recepción en su conjunto). Las reuniones se hicieron más informales y se amenizaban con entretenimientos: música, teatro, recitales... Sobre todo, cambió la relación entre los sexos, no solo por una mayor facilidad de trato, sino porque, en tales reuniones, la mujer terminó adquiriendo una posición dominante. La dueña de la casa las organizaba, distribuía las invitaciones y daba el tono de la conversación. Y en general, el mayor aliciente para los hombres era la presencia femenina, en un ambiente propicio para el galanteo o la charla ligera.

El escritor José Cadalso describió así el ambiente que reinaba en las tertulias del siglo XVIII: ¿Una señorita se iba a poner al clave; dos señoritos de poca edad leían con mucho misterio un papel en el balcón; otra dama estaba haciendo una escarapela; un oficial joven estaba vuelto de espaldas a la chimenea; uno viejo empezaba a roncar sentado en un sillón a la lumbre; un abate miraba al jardín y al mismo tiempo leía algo en un libro negro y dorado, y otras gentes hablaban¿. El texto destaca todo lo que estas reuniones tenían de frívolo y hasta de afeminado. Lo cierto es que las tertulias tuvieron mala prensa entre los intelectuales del momento, pese a que ellos eran los primeros en participar. Ramón de la Cruz, por ejemplo, les dedicó un sainete, Las tertulias de Madrid, que muestra a unos tertulianos frívolos y aprovechados que no renuncian a la merienda que les ofrece la anfitriona ni siquiera cuando el marido de esta parece estar a punto de morir. Aun así, hubo tertulias de nivel notable, como la organizada por Pablo de Olavide en Sevilla, en la que Jovellanos leyó algunas de sus obras de teatro.

Este tipo de salones sobrevivió en el siglo XIX y en las primeras décadas del siguiente, manteniendo siempre el nombre de tertulias. Mesonero Romanos, en un artículo titulado ¿Las tres tertulias?, ofrece una divertida estampa de la vida social en la década de 1830. Explica que, en una sola noche, acudió, en compañía de cierta ¿señora de gran tono¿, a tres reuniones sociales: una de las 19.00 a las 22.00 horas, otra hasta medianoche y la última hasta las 2.00 horas de la madrugada. En la última de ellas, los mayores se juntaban en una sala para jugar a cartas, mientras los jóvenes se entretenían en bailes y conversaciones insulsas.

A mediados del siglo XIX, entre las clases altas madrileñas, la tertulia era una institución. Quizás la más esplendorosa era la organizada por la condesa de Montijo. A ella acudían eminencias sociales y literarias de toda Europa, y hasta se cuenta que en una de esas reuniones la hija de la condesa, Eugenia, sedujo al entonces exiliado Luis Bonaparte, para convertirse poco después en emperatriz de Francia. También en las novelas de Emilia Pardo Bazán se recrea muy a menudo el ambiente de las tertulias, a la manera de las que ella misma presidía en su residencia de Madrid.


Pese a que en el siglo XIX el significado más habitual de tertulia era el de salón, hacia finales de la centuria se impuso con fuerza otro, hoy más reconocible: la tertulia de café. En España, la introducción de los cafés se produjo un tanto tardíamente respecto al resto de Europa, pero enseguida adquirieron protagonismo. Más respetables y abiertos que las tabernas, los cafés propiciaban las relaciones y la conversación tranquila, de modo que pronto se convirtieron en punto de reunión para todo tipo de cenáculos. Uno de los primeros testimonios de la función social del café lo ofrece Moratín en La comedia nueva o El café (1792), que se centra en las acaloradas discusiones sobre teatro en un café madrileño. En esos años de la Revolución Francesa, el café se transformó, asimismo, en espacio de conspiraciones y de agitación, a la manera de los clubes jacobinos franceses. Esa situación perduró en el Trienio Liberal (1820-1823), cuando varios cafés de Madrid albergaron clubes políticos de vida tumultuosa. El más conocido fue La Fontana de Oro, descrito por Galdós en la novela homónima. En un nuevo giro del término, también a estos clubes se los llamó tertulias, y así se hablaría de "la tertulia patriótica de La Fontana de Oro". En realidad, más que tertulias se hacían mítines.


Al margen de estas tertulias-clubes, desde la instauración del régimen liberal en 1833 los cafés acogieron tertulias estrictamente literarias, marcadas por el tono del romanticismo. La más célebre fue El Parnasillo, en el café del Príncipe, frecuentada, entre otros, por Mesonero Romanos y Larra. Estas reuniones, más sosegadas y amigables, se hicieron también en otros espacios, como ateneos, redacciones de periódicos, librerías o salones de los teatros.

La etapa de gloria del café literario fue el medio siglo comprendido entre la Restauración (1875) a la guerra de 1936. Madrid se pobló de cafés de todo tipo, sobre todo en la zona de la Puerta del Sol. Cada cual elegía su preferido, aunque solía hacerse un recorrido por varios. En ese ambiente apareció uno de los grandes protagonistas de la vida de café en Madrid, Valle-Inclán, quien, según la leyenda, se quedó manco a raíz de una pelea con un contertuliano. Ramón Gómez de la Serna, unos años más joven, aportó a la bohemia de café madrileña un toque vanguardista, con su célebre tertulia del café Pombo.

La tertulia se convirtió en un modo de vida y la valía de cada cual se medía por la capacidad de brillar en ella, hasta el punto que de alguien inteligente pero sin ingenio ni don de gentes se podía decir: "Le falta café". La misma competencia verbal revirtió en la literatura. Pero las tertulias también tenían sus críticos. Unamuno, muy aficionado a ellas, las consideraba una tentación casi pecaminosa, mientras que Ortega y Gasset criticaba la inclinación a opinar de todo, sin información ni sentido del equilibrio, que tenían "las veinte mil tertulias" que cada día había en Madrid.


Tras la Guerra Civil los cafés literarios entraron en decadencia. La mayoría se cerró, aunque algunos, como el Café Gijón, sobrevivieron. El Ateneo de Madrid, centro de debate brillantísimo, también sucumbió. En los años 60 y 70, la politización antifranquista trajo, en cierto modo, un retorno de los clubes revolucionarios, mientras que en las grandes conurbaciones triunfaban las diversiones modernas, ruidosas y masificadas, que eclipsaron los viejos cafés. Hoy, el individualismo y el culto a la vida privada, junto con el auge de la televisión, parecen ir en contra de la tradición. En lugar de las tertulias de siempre, se encuentran las virtuales de la radio o la televisión, o los chats de Internet. Pero es discutible que todo esto suponga la desaparición de la vieja tertulia. El gusto por la conversación y por el intercambio es un rasgo universal que, en cada lugar y en cada época, encuentra su vía de expresión.

Me encantaría que esa época se reviviera, aunque últimamente la gente piensa que una tertulia es ver a dos personas tirándose los trastos a la cabeza y llamarse todos los improverbios que se les ocurra. Menos mal que aún hay gente por el gusto de las tertulias, buenas se entiende.

 
Comentario:
Sabía un poco de la historia de las tertulias pero no con tantos datos ni tan extenso. Al leerlo me he acordado de las pequeñas historias que nos contaba mi profesor de literatura sobre las tertulias de los escritores de la época.
Esas tertulias de antaño se han perdido, toda una pena. Hoy, si preguntas a alguien por las tertulias, posiblemente te conteste –como bien dices- con referencia a las de la televisión donde cuatro mangarranes se ponen a despotricar entre ellos.
No