Que tres sumen uno (Pantalones cortos)
Un primer día cuajado en el subconsciente
Los nervios transitan por la lasitud de un niño extraviado en medio de un aguacero. Las sábanas le pesan, tanto como la respiración que se le ha vuelto rugosa, lánguida y acorchada. Quiere resguardarse del miedo que le provoca la inquietud, pero la tela sedosa, de color añil, sólo pone de manifiesto su vulnerabilidad inocente, la de un niño, es un escudo inepto, desconfianza a si mismo.
La noche alquila una luna sacrílega que chapurrea en su oído, como una bruja desfachatada, psicotrópica nocturnidad, hedonista aviesa. En su regazo de nácar va acunando al niño, farfullándole palabras traicioneras. Acongojándole con sus labios de bandolera. Con la lengua navajera va recortando su confianza, su esperanza y su instinto de supervivencia.
El alba aparece de puntillas en su alcoba, sentada en el alfeizar de la ventana, contempla al niño, que ha sudado sus turbaciones en las sábanas luctuosas. Invadida por un instinto maternal sobrenatural, acaricia con sus filamentos pajizos, la cara del infante, una loa de luz en las mejillas candorosas. La calidez de su aliento va dando brío al cuerpo amainado anteriormente por la noche.
La puerta del cuarto, se abre discretamente, mordiéndose sus chirridos para no sobresaltar al pequeño, que yace en un rincón de la cama, como queriendo protegerse, acurrucado, de los excesos de su desasosiego.
La madre entra, y con ella, la luz necesaria para acobardar a la tormenta. Se acerca, como en un tango devoto y elegante, al oído del chiquillo, susurrándole consignas secretas, en un código cómplice y desnudo. Una complicidad vestida de desnudez, descalzando la complejidad, anudando sus interiores, hilvanando mitades para formar un núcleo. Con la voz clareada por el sol alcahuete que escudriña por el ventanal, va entonando una nana sonajera. A medida que el cascabeleo vocal de su garganta confitada va batiéndose en el aire, la sonrisa de él va aflorando en su boca.
“Nana del durmiente
Despierta cerca de los claveles
Que mi niño de nieve
Quiere ser sueño consciente”
Alejandro va andando por la calle, lactado por la dulzura de su madre a través de las manos. Lleva un babi a rayas, azul y blanco, con las letras cogidas de las manos, disfrazadas de ornamento azul, incrustando el nombre en la tela de prisionero infantil. Cada paso, más cerca del colegio, cada paso, más inseguridad en su cuerpo.
Su mirada se quiebra en los barrotes que cercan el colegio, las tiritonas le aprisionan la piel, se abraza a su madre en busca de analgésico de sus dolencias. Intenta en un abrazo penetrante, volver a ser feto en el vientre maternal, un resguardo intemporal. A medida que va perdiendo la mano de su madre por una distancia trapichera, las lágrimas van consumiéndose colina abajo. A diferencia de otros niños, Álex ni berrea ni monta una escena digna de Shakespeare. Llora en su silencio, como autocastigo a su cobardía. Un llanto, reflejo de su carácter inadvertido. Un sollozo amortiguado, un temor aventajado.
Alejandro es nuevo en su curso, todos se conocen, juegan escandalosamente, mientras él se ha trabado al tabique más cercano a la puerta, a su lado hay una ventanal enorme, por donde entra un rayo solar perezoso que no logra atravesar una pequeña nube otoñal. Su esmeralda mirada, se fija en las vestiduras con que se tapa la calle y el suelo del aula, en un intercambio de escenas que son mamparas donde se ampara su timidez. En todo el colegio, el mozalbete sólo conoce a dos personas, sus vecinos, que van a cursos más adelantados y apenas lo verá en el centro de estudio porque sus horarios no coincidirán, salvo a la hora de irse hacía casa.
Los niños le observan, parecen comentar algo entre susurros y risitas, una parte de si mismo cree que se están riendo de él y otra cree que hablan de cualquier cosa menos de su persona porque no es tan importante como para que se fijen en su sombra. Lo que si nota son sus miradas, que le pesan, como le pesaran las culpas infundadas.
Se le cae la mirada, se esconde su alma en el reflejo de un botón, se le achica el coraje en el equipaje de un detalle, su esperanza corre desnuda por los pechos de una luna que madruga, los momentos son tránsfugas de los puños cerrados. El tiempo se hace cómplice de las pesadillas que se arremolinan en su almohada.
Miradas que coquetean con sanguijuelas, le reprimen las esperanzas, se hunde en los brazos tabiqueros, hace un esfuerzo sobrenatural y camina hacía ellos, pero justo cuando hace el ademán, la puerta se abre, y una voz cálida les pide amablemente que se sienten.
Entre horas lectivas, su fe se muele sentada al borde de un esqueleto nostálgico. Las horas se vuelven anémicas y seniles. Al salir al patio, los espacios se le ensanchan, las distancias se acrecientan, y el valor se le merma.
Se sienta en un banco, mientras ve enfrente a los niños jugar al fútbol y a otros juegos tradicionales, muchos corretean a su lado, se mofan y se van corriendo muertos de risa, mientras él quiere salir precipitado de su cuerpo. Busca la rabia y se le debió olvidar en la placenta. Revuelve en su interior, con sus manitas toca la culpabilidad, piensa que quizás tiene algo que no les gusta, que algo debe tener mal que no puede hacer amigos nuevos. En las manos, casi derramándose, tropieza con una chispa de esperanza, estrechando la timidez debajo de sus pies, se acerca al grupo de niños, pregunta si puede jugar, le dicen que no y se van a otro lado a jugar. La esperanza ha caído muerta en las manos, el niño la mece llorando.
Su madre le llama desde el otro lado de la verja, le trae el almuerzo, no puede evitar verterse contra la alambrada, ella le anima, le recompone la indisposición, aspira sus lloros y los churretes de miedo, le entrega caricias, serenidad y lo que se le niega en un patio del colegio.
Las horas pasan con su soledad, las miradas, el silencio y las carcajadas, los recuerdos suspirando en un corazón quimérico. Ellos le dan sustento en un compartimiento sucumbido de frío.
Cuando sale a la calle, abraza a sus padres, como queriendo no separarse jamás de ellos, queriendo concebir una operación irracional, una sensación natural, que tres sumen uno.
Firmado: Alejandro
Comentario:
Maribel: Tener miedo es tener vida. Bicos.
Joana: Un abrazo epilético.
Comentario:
Esa unión de tres en uno para superar esos miedos... quien no tiene miedo ahora? todos niño todos, un abrazo grande sin miedo por supuesto.
Comentario:
Sin cerrar los ojos siquiera, puedo verte y puedo verme a mí misma también, con los mismos miedos.
Un beso
Un beso
Comentario:
Porque sino, no serían miedos. Besos de un elfo.
Comentario:
¿Por qué los miedos nos hacen percibir nuestro entorno de forma tan tenebrosa?
Besos de una maia.
Besos de una maia.





