Nadie en el faro de Alejandro
Vive Loco y Muere Cuerdo
Acerca de
Mi diario no es una obra maestra, ni siquiera un ensayo magistral sobre la sociedad actual en la que vivo, es sólo la historia personal de un chico normal. No pretendo que sea un relato literario soberbio, sólo un trozo de mar donde gritar mis llantos, mis alegrías. En definitiva un pequeño faro donde alumbrar todos mis sentimientos y arrojarlos al mar.
Sindicación
 
He visto a un hombre llorar



Hoy he visto a un hombre llorar. He subido al autobús huyendo del aliento helado de la ciudad para encontrarme con la respiración desangelada e impasible de la sociedad.
He visto a un hombre llorar mientras buscaba asiento en aquel autobús agotado. Lloraba todavía cuando encontré asiento libre. Lloraba en silencio, sin ninguna vergüenza. Sin quitárselas de su mejilla, que esprintaban locamente por ver quien suicidaban antes.


Estaba sentado al lado de la ventanilla, con la mirada ausente, a su lado iba su mujer que sostenía un niño de unos dos años en su regazo. Llorando para sí mismo, en su soledad enlatada, sacando su dolor al exterior, como un volcán que esparce sus lagrimones de lava sin que nadie se percate. Ni siquiera su mujer que parecía absorta en el hijo que tenía sentado sobre ella, parecía darse cuenta que el hombre que amaba, el padre de ese niño al que abrazaba, estaba desbordándose en un asiento de plástico. Qué bonito es el lenguaje de una caricia, cuanto alivio puede calmar un simple gesto. Qué cobardes somos a veces en no ofrecerlo, qué distraídos estamos a veces para no socorrer una demanda con las palabras enmudecidas.


Hoy he visto un hombre llorar. Y me ha conmovido aunque no supiese por qué lloraba. Se le veía tan solo en la intimidad de su llanto, tan frágil como cuando uno está desnudo ante miradas extrañas, tan necesitado de un amor maternal que lo consuele y adormezca su pena en la falda veladora. Lo he visto llorar solo, como un chiquillo asustado, no le daba vergüenza llorar porque nadie se percató del rastro de saliva que dejaba el desconsuelo por sus mejillas, ni siquiera la persona que él más amaba, que estaba a su lado. Tuve ganas de levantarme y ofrecerle mi hombro, un pañuelo o la simple comparecencia de mostrar intereses por su dolor, pero me di cuenta que el hombre quizás prefería abanicar su llanto en el fragmento de su abstracción o quizás me pudo mi cobardía ante un posible rechazo.


Hoy he visto un hombre llorar. Y al salir del autobús me di cuenta que había apoyado su cabeza en el hombro de su compañera y ésta acariciaba con su cara la frente de él, en una jerga intimista que me hizo sonreír, pero durante tanto tiempo él estaba tan aislado con su propio dolor, fue tan sólo un hombre que lloraba.


Firmado: Alejandro.


 
Carta a una recién nacida





12 de diciembre de 2007

Querida Julia:

Naciste en esta gélida mañana como una brisa montañera. Naciste entre quejidos, como una algarabía, trajiste el ciclón. Cuando te conocí ya había pasado la marabunta del parto. Te vi tan serena, tan tranquila en los brazos de tu madre, que me tuve que abstraer para no llorar. Soy muy llorón, ya te darás cuenta. Eres una pompita de vida, una mirada tierna, eres una caricia sincera.

No sé si te acuerdas de mí, yo soy quien te tocaba con la guitarra las nanas cuando iba a casa de tus padres, espero no haberte asustado, también era yo quien te contaba cuentos improvisados cuando llovía y estaba en aquella casa. A tus hermanas también les gusta, aunque a la más mayor no le guste reconocerlo delante de todos. También era yo quien te hacia cosquillas cuando le dabas esos zapatazos a tu madre en pleno agosto. Y tú no lo sabes, pero ya te lo digo yo, también seré tu retratista personal.

¿Sabes que son los votos?, pequeña. Son un conjunto de promesas que se hace a alguien que quieres, un juramento y un compromiso adquirido con esa persona. Los más habituales son los votos matrimoniales, pero estos votos que voy a escribir son votos para una recién nacida.

Quizás debería empezar por explicarte que es el amor, antes de empezar con los votos. El amor tiene tantas definiciones como personas. Los religiosos te dirán que la mejor definición del amor es la que viene en Corintios 13, y dice así:

"Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñen. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor nunca deja de ser... Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. "

Los cinéfilos te definirán el amor con la frase siguiente: "Amar significa no tener que decir nunca lo siento". Los científicos que el amor es una energía que ni se destruye ni desaparece. Los asépticos te dirán que el amor es pura química donde intervienen la dopamina, feniletilamina y ocitocina. Los literatos te dirán la definición de amor de Quevedo, o el fantástico poema si el hombre pudiera de Luis Cernuda. Cualquier pintor te dirá que el amor es la luz que fluye en las miradas del hombre.
Si me preguntas a mí que es el amor, seguramente en muchos de mis textos encuentres de varias formas escrita mi tesis del amor. El amor no entiende de egoísmos ni de circunstancias, es entrega sin importar si recibes…el amor lo es todo. El amor, Julia es creer, tener fe en alguien. Entregarte a alguien por completo, te dará igual cualquier circunstancia, porque tu amor lo superará todo, cualquier barrera, cualquier acontecimiento soportará. Pero lo más importante es que el amor no entiende egos, de exigencias, de requisitos. El amor mi niña, el verdadero amor es incondicional. Es pura fe.

Te prometo estar a tu lado tanto si me necesitas como sino es requerida mi ayuda, tanto físicamente como espiritualmente.

No puedo prometerte que no sufrirás, ni podré impedir que algo te duela, ni que te hagan daño ni que llores amargamente pero te prometo que siempre tendrás en mí un abrazo paliativo, mi apoyo ilimitado y mi comprensión.

Prometo serte sincero aunque eso te haga llorar, y si derramas una lágrima prometo tener la ternura suficiente para calmarte sus huellas y dibujarte una sonrisa sosegada.

Te prometo dedicarte calidad de mi tiempo, dejarte espacio cuando lo necesites, subrayar la poesía de tu alrededor, que dibujaré tus ojos cada día.

Te prometo un abrazo para compartir en las noches de tormenta. No puedo prometerte que solucionaré todas tus dudas y miedo pero prometo escucharte cuando lo necesites y sentarme contigo a buscar soluciones.

Prometo no juzgarte, aceptarte como seas, dejarte crecer y comprenderte, en caso de no ser posible esto último, prometo intentar entender tu postura, tus sentimientos o tus razones, pero si alguna vez no te entiendo, no te comprendo y no acepto tus acciones, prometo apoyarte aunque se den tales casos.

Te prometo ser honesto, ser humilde y trabajar todos los días nuestro vínculo. Prometo mi presencia aunque estés lejos, que me notarás cerca aunque no esté contigo, prometo esparcir mi cosmos allá donde no lleguen mis manos.

Te prometo jugar con las estrellas, a balancearse en el arco iris, a hacer globos líquidos con los charcos, a hacerle cosquillas a la luna que ella se ría y suene el sonajero de los lunares celestes. Te prometo un concierto imperecedero. Te prometo que bailaremos en la espalda de la nostalgia.

Te prometo enseñarte con argumentos, a darle emoción a la palabra. Prometo estar orgulloso de ti, a que creas en ti. Te prometo enseñarte el poder del amor, a mostrarte una amistad profunda y verdadera, a creer en las personas, a saludar amablemente a la tristeza, a luchar por tus ideales, a ser leal con los demás, a entregarte sin reparo, a pedir perdón si haces daño, a ser paciente, tolerante y a no enjuiciar a quienes no son como tu, piensan o sienten distinto a ti.

Prometo no evitar que no te equivoques, que te confundas y que elijas mal, prometo ayudarte a sacar una lección de todo ello. Te prometo creer en tu intuición. Te prometo sonreírte cuando me abraces, desnudar mi alma cada segundo que pase contigo.
Te prometo ser un niño cada atardecer, ser adulto cuando lo requiera la situación. Te prometo tragarme mi orgullo si me equivoco. Prometo ser mejor persona y crecer cuando te agarre de la mano.

Prometo, más que nada, quererte sin límites. Bienvenida a este mundo, Julia.

Te quiero.

Firmado: Alejandro


 
La petite boîte à musique




A Vale: Un esquimal perdut en el desert

La esperanza ve lo invisible, siente lo intangible y logra lo imposible. Robert Frost


Me llamo Álvaro Riera. Desde niño tuve un don; un enorme poder de observación. Un sueño; ser escritor. Un objetivo; Salir de este pequeño pueblo de la comarca de Alt Urgell y un recuerdo que siempre me ha acompañado desde mi mas tierna infancia; La canción dulce y triste que surfeaba como una aparición melancólica en el ambiente. Llenando de una mezcla de añoranza ortodoxa, tristeza ingénita y dulzura endógena que convertía a mi corazón, sin motivo aparente, en su súbito impregnado en lágrimas.


Por mi ventana salpicaba los pentagramas donde dormían, serenas, las notas de una cajita de música que caminaba cabizbaja desde la panadería que estaba enfrente de mi casa hasta mi cuarto infantil, que más tarde se mudaría en habitación adolescente y luego en los primeros compases de la madurez. Todo era mutable a mí alrededor, exceptuando el soniquete triste de la caja de música de Martín Serrano, el panadero.


Desde mi ventana escribía los mejores versos urbanos, costumbristas, sociales, de amor… A través de los silencios transparentes, los llantos disimulados, las sonrisas que tomaban el sol desnudas, las palabras amortiguadas por las paredes gruesas de los caseríos de la plaza Blas Infante, configuré las huellas dactilares de mi prosa, con sus miradas encogidas aprendí a dibujar pinacogramas retratistas pero sobretodo armé mi alma poética.

Recorrí con mi centrifugadora quijotesca cada gemido encerrado; las heridas que amordazadas intentan gritar el miedo, se tornan minas reprimidas en las sábanas epidérmicas, con las bocas abiertas, esperando un leve rocío para destrozarse en silencio. El dolor mecido por las manos del balancín, el recuerdo camuflado en las miradas peinándole el tiempo. La mañana retiene el murmullo del latido de los sueños muertos. El azahar ronda por debajo de las enaguas de las campanillas. La sangre se encadena al acero y al frío. La resignación duerme dentro de un cacho de pan duro. Rozar el vacío con el cuerpo, consintiendo pecados capitales a la soledad. La aurora se desnuda con la escarcha tendida en los pezones mientras la esperanza se muere al despertar el amanecer con babero refrigerado. Suspirando a sorbos la eternidad de un reloj suicidado. La seducción concentrada en las esquinas furtivas, pasiones desatadas a escondidas en los jadeos de la noche.

Martín Serrano, era el propietario de la panadería que había en la calle Ricardo Viñes, justo enfrente de mi casa, desde mi ventana podía ver en sus ojeras las mordidas de la rutina, el peso de la soledad de las madrugadas envueltas en halitos escarchados. Esa nostalgia arrastrada al mismo compás que sus movimientos pausados, como si una gran pena le hiciese funcionar a cámara lenta. Esa mirada triste que se escondía de otras miradas pero que se explayaba sin grilletes en el amparo de la oscuridad mortecina que proveía dos candiles prendidos. Amasaba el pan con una ternura exquisita como si debajo de sus manos no se contornease una masa inerte de harina y agua, sino el cuerpo tembloroso de una mujer asustada, con el que el panadero conseguía a través de la dulzura de sus manos que ella dejase de temblar y tiritase de entrega. Moldeaba la masa como si moldease un recuerdo, o al menos siempre tuve esa sensación mientras lo observaba a través de mi ventana de colegial, cuando la ventana de la panificadora estaba abierta, con lo que me regalaba una parte de su intimidad que nunca fue olvidada, sobretodo cuando se sentaba en una silla de madera vieja mientras los panes se formaban en aquel horno uterino, al calor de unas rejillas maternas, despedía un olor a pan recién hecho que se expandía por la calle Ricardo Viñes y que corría revoltoso hasta la plaza Blas Infante. Martín sostenía en su regazo una pequeña caja azul anochecido, con miles de estrellas engarzadas por toda su superficie, chispeaban aletargadas en la penumbra de su sala de trabajo. En la tapa estaba dibujada una luna plena maquillada con un tono rojizo que daba mucho más énfasis a la tristeza de aquella escena. El panadero acariciaba la caja con una mezcla de melancolía, sensibilidad y un dolor cóncavo, como el que deja el vacío de un adiós. Al abrir aquella tapa, una bella canción salió de sus intestinos rectangulares. Aquella melodía, durante años estuve buscando a que interprete pertenecía, pero no era de ningún artista reconocido. A Serrano le producía la misma mezcla de estremecimientos cutáneos, encogimiento anímico y una nostalgia espesa en los pulmones y unas lágrimas que esquiaban por las mejillas al mismo compás lento que aquellas notas delicadas.

En mi familia el día que Martín Serrano cerró la panificadora y se marchó del pueblo de un día para otro, se tomó con una mezcla de alivio, incertidumbre y morriña que en mi plena adolescencia nunca pude averiguar el por qué de aquel cóctel y baturrillo sensorial. La verdad es que aquel hombre despertaba en mi familia sentimientos encontrados y reacciones que cogían a uno por sorpresa, sobretodo a mí. Al llegar la noche del día que dejé de escuchar el cantar apenado de la caja de música del panadero, mi abuela Simona musitó mientras se mecía en la mecedora junto al fuego de la chimenea; extrañaré el aroma de su ternura. Mirándole a aquellos ojos que se habían vuelto perezosos con la edad, caí en la cuenta que se refería al pan recién hecho, aunque también fantasee en su momento que ella conocía como yo, aquella forma sensorial que tenía el tahonero de realizar su trabajo.

Martín Serrano se fue del pueblo cuando tenía unos cuarenta años cálculo, no volví a saber nada de él, aunque todavía podía escuchar en mi imaginación aquellas notas de la caja de música impregnado mi alma y aunque me fui haciendo adulto seguía cuchicheando por la ventana la intimidad oculta del pueblo, más de una vez mi mirada se desviaba descontrolada buscando algo en aquella vieja panadería. Conseguí graduarme en periodismo con mucho esfuerzo y sacrificio y más tarde después de trabajar en algunos periódicos locales de la zona, me empleé en una revista de actualidad mensual. Aquel empleo me gustaba y me dejaba tiempo para escribir mis novelas, cuentos, relatos, novelas cortas… en mis ratos libres. Logré publicar alguno de mis textos en antologías y con mucho esfuerzo me financiaba para editar en alguna editorial modesta.

Una mañana fría de invierno llegó a mi mesa del trabajo, un paquete con mi nombre; Álvaro Riera escrito con una caligrafía bien cuidada. Esperé a llegar a casa para abrirlo, dentro había varios cassettes con un número escrito con la misma letra, había cuatro cintas con sus respectivos cifras sucesivas. En el paquete también llevaba una grabadora para poder escuchar las cintas. Sorprendido vi que no tenía remitente y que en el matasellos pude averiguar que venía de Toulouse, Francia. Movido por la curiosidad puse la cinta con el número uno en la grabadora y le di al play.

Hola Álvaro, me llamo Martín Serrano….

Continuará….


Nota: Desafío 6