Nadie en el faro de Alejandro
Vive Loco y Muere Cuerdo
Acerca de
Mi diario no es una obra maestra, ni siquiera un ensayo magistral sobre la sociedad actual en la que vivo, es sólo la historia personal de un chico normal. No pretendo que sea un relato literario soberbio, sólo un trozo de mar donde gritar mis llantos, mis alegrías. En definitiva un pequeño faro donde alumbrar todos mis sentimientos y arrojarlos al mar.
Sindicación
 
Carta de un poeta a una invitada



Hoy te voy a contar algo que me ha dado mucha pena. No te preocupes intentaré que al susurrártelo no se desborden tus lágrimas entre mis dedos que caigan a ese gran espejo que el cielo coqueto ha confeccionado artesanalmente para ensayar roncerías de madrugada.

Ha sido ayer tarde mientras el colorete del rocío bostezaba entre el brasero del humo de los cigarros gastados en los andenes. Yo caminaba entre el ruido de los recuerdos, en el silencio de los versos, cobijado por la vaga pasión de la respiración de la luna.

He visto una hoja sollozar, ¿te puedes creer semejante crimen? Estaba asustada en un tercio de oscuridad que le proveía un ciprés, el mismo desde donde se había precipitado, una caída perpetuada con el tiempo callado se transmutó en una mariposa otoñal. Qué congoja me entró verla bañada en lagrimas, lloraba sin consuelo, tiritando tanto que sus bordes se agitaban, tanto que parecía el aletear de un colibrí patoso. Lo que más pena me dio no fue aquellas lágrimas marrones que ensuciaban las palmas de sus manos. Fue que sólo yo parecía darse cuenta de aquel melodrama en ese resquicio reducido del parque.

Al arrimarme mansamente me di cuenta de las risotadas de sus congéneres que le ridiculizaban columpiadas en las intersecciones del ciprés. En ese momento quise abrir de par en par mi santuario, dejarle que traspasara mi alma y se refugiase allí. Pero me abrazó sin ni siquiera darme tiempo a que mi voz trenzara un verso hilvanado por mi espíritu. Emborronado por la nostalgia inusitada. Escuché un quejido del arte y el silencio de las cucarachas que penduleaban en el árbol. Todo amainó.

- Yo te conozco me dijo mientras miraba distraído los churretes pardos en mi ropa, su estampa de desdicha.

- ¿A mí? Logré articular mientras ella se acomodaba en mi regazo y enjuagaba su agonía en mi cuerpo.

- Tú eres quien colorea el novilunio, el que se acuna en las estrellas para contarles un cuento, el que juega con las luciérnagas al teatro de sombras, el que duerme la siesta en los parpados del silencio, el que le abrocha con la boca las hebillas de la luna. A quien da de mamar la demencia de las azucenas. El que le escribe poemas surrealistas en el liguero de la soledad. El que besa con dulzura la cojera de la melancolía. Quien abraza desnudo los pechos duros de la escarcha. El que navega sobre un piélago ensamblado a una guitarra. Quien gatea por el vientre de las palabras… el que me abrazaba en la lejanía cuando era murciélago castaño.

Un golpe de viento la arrancó de mis brazos y mientras se alejaba de mí, eche a correr hacia ella, pero su sonrisa, de verse por fin libre, de dejarse llevar por el contoneo del viento, me hizo desistir.

Llevo toda la noche pensando en ella. Y he aquí la gran tragedia, me enamoré de ella mientras administraba su alma en mis venas. Y sólo fue un abrazo. Qué gran pena siento. Me enamoré del delirio de una tarde en el parque de Maria Luisa. Y sólo fue un abrazo. Creo que la conocí en otra vida. Y sólo fue un abrazo. Ya le he entregado mi vida entera. Y sólo fue un abrazo. Y ahora me muero aquí de pena. Pero si sólo fue un abrazo.


Firmado: Alejandro