Tu cuerpo pintado de rojo
Lo reconozco, te he matado, tú no te has enterado, pero anoche conseguí que dejases de respirar en aquellas sábanas compartidas. Fueron sólo unos minutos y tu vida se me fue chorreando por entre los dedos, deprisa, vertiginosa como un orgasmo onanista. Sin embargo todos tus gestos, tus besos, tus caricias, tus lágrimas, tus risas, tu cuerpo sobre el mío pasaron por delante de mis ojos, como un cinexín sentimental.
Las sábanas con las que me arropabas cuando tenía frío y usábamos como soga enrollada entre nuestras piernas cuando formábamos una colmena de salivas, flujos y esperma. La has regado con tu sangre, primero un hilillo rojizo, pintarrajeaba en la tela unos relámpagos líquidos, ampliándose lentamente hasta formar el mar rojo en la cama, goteando como un tic tac monótono sobre el suelo.
Te ves tan linda así, adobada en tu propio liquido. Todavía sangras levemente por el cuello, mi navaja está tan fría, añorando tu suave piel sobre su viperina hoja. Qué serenidad, mi amor, refleja tu rostro, pareces mirarme con esos ojos negros que han perdido todo su color, que mis manos ensuciadas han aspirado ansiosas.
Te preparé aquella cena que tanto te gustaba, con unas velas rojas encendidas alumbrado cada dulzura que esculpió Dios en tu fisonomía. Te hablé de poesía, desnudé toda mi alma en tus labios, te mimé como nunca, te dije que te amaba con toda la intensidad de lo que jamás te había dicho. Respirábamos nuestros alientos mientras bailábamos en el balcón, nuestra canción, aquella que sonaba cuando nos conocimos hace quince años, cuando éramos unos adolescentes sostenidos por la locura. Te susurré frases de amor al oído, induciendo a tu piel a erizarse placentera. Hasta conseguí bajarte la luna al balcón. Y no te vi nunca sonreír tanto como en ese justo momento.
Nos quedamos abrazados los dos bajo aquel manto estrellado, en silencio, yo acallando mis lágrimas, tú apretando suavemente mis manos, porque te dabas cuenta de que las quería ocultar. Me agarraste de la mano, guiándome suavemente hasta el dormitorio. Para qué resistirme. Estabas tan sumamente feliz, tan radiante que no me quise negar.
Hicimos el amor como sino quisiéramos terminar nunca, sujetando la lujuria, inflando la pasión, rebosando la ternura. Ambos nos quedamos en silencio, volví a mirarte a los ojos, temblé tanto, Dios mío, temblé tanto que me abracé tan fuerte a ti, que casi te ahogo antes de tiempo. Sosegado en tu cuerpo, sintiéndote tan mía por ultima vez. Esperé a que te durmieses, para levantarme hacía la cocina. Me vestí en silencio con aquel pantalón corto que me regalaste por mi santo.
Abrí el primer cajón, cogí la navaja por el mango tan caliente. Llegué a nuestro dormitorio, y allí seguías mi niña, durmiendo tranquilamente. Saqué una jeringuilla del maletín negro que había debajo de la última repisa de la estantería donde tú guardabas aquellos vinilos de reggae que nos fuimos comprando en los mercadillos de segunda mano. Lo llené de varias ampollas, dando lugar a una mezcla potente de calmantes, somníferos, metadona y morfina. Fue sólo un pinchazo, ni lo notaste. Como tampoco aquel liquido introduciéndose en tu cuerpo. Parecías un ángel en su sueño celestial en mitad de una nube gigante como esas que nos gustaba mirar espatarrados en mitad del campo donde crecimos.
Estaba tan fría la navaja que me quemaba, era helada. Y me heló a mí cuando mis manos se fueron llenando de sangre que brotaba de tu cuello, no abriste los ojos, ni te moviste, ni un intento de lucha por sobrevivir, ni un solo grito pidiéndome que parase. Sólo yo con mis lágrimas. Sólo yo manejando la navaja sobre tu cuello, y aquella sangre saliendo de ti, como tantas veces mi secreción te habían inundado.
Me senté a tu lado cogiéndote la mano hasta que ya no tenías pulso. Te besé por última vez, cuando aún todavía estabas caliente, ahora te beso y estás tan helada.
Me pongo unos guantes y limpio todas mis huellas por toda la casa, incluso friego los platos de nuestra cena y eso que odio fregar ya lo sabes. Me cambio de ropa y me pongo el traje de viudo que compramos la tarde anterior. Salgo a la calle y fuerzo la puerta trasera de nuestro hogar, que tanto nos costó pagar desde que nos casamos aquella primavera. Al entrar simulo que ha habido un forcejeo por la casa, revuelvo un poco nuestras cosas.
Te he quitado la alianza que jamás te has quitado desde que dimos el sí quiero delante del párroco que nos bautizó a los dos. Me la he puesto con la mía. Te beso en la frente y la cerrar la puerta detrás de mí he notado que he muerto contigo.
Quemé la ropa a cien kilómetros de distancia. Y me deshice de la navaja tirándola al mar por donde hemos paseado cogidos de la mano estos años.
He hecho todo lo que me has pedido mi amor, absolutamente todo, pero no soy capaz de despedirme de ti, no puedo. Y aquí estoy llorándote sobre tu ataúd. Sólo lamento que tu enfermedad degenerativa no me hubiese tocado a mí y así jamás me habrías pedido esta eutanasia. Sé que lo querías así, haciéndolo pasar por asesinato. Sólo deseo que alguien tenga la misma compasión y amor por mí, acabe con mi vida, ya que te prometí no suicidarme después de matarte.
Deseo que Dios se apiade de mí y sea consciente que lo hice por amor, que al morir pueda volver a tu lado, contigo y sin tu enfermedad, para estar juntos, todo lo que quede de eternidad.
Firmado: Alejandro
II Uxio y el unicornio
A mi padre
El unicornio emergió de la frondosidad del bosque, elegante y majestuoso, haciendo cabriolas lentas, un hipnotismo acompasado cada casco descargada al suelo subía como un lazo níveo trazado al aire, volviendo a golpear el suelo con una coquetería intima, como si estuviese tocando un cajón flamenco y rivalizase en inspiración con una guitarra.
El resplandor que desprendía el ejemplar, trinchaba el desmayo de la niebla sobre la amplia vegetación. Uxio abrió sus ojos ante aquella obertura de luz, le recordaba a un candil en medio de una lluvia fina.
Uxio se atrevió, por fin, a acariciar al unicornio, con sus pequeñas manos, vistiendo del pelaje blanco la piel infantil. La dulzura del niño se amplificaba entre aquel manojo albino de hebras. El cuerno del animal transmutaba de color, únicamente en gamas azuladas. Lo efectuaba por simple recreo para el pequeño y sobretodo por el vaivén emocional que iba montado en el traqueteo de los arrumacos.
Niño y unicornio viajaban por aquellos espacios humidificadores, con el auxilio del crepúsculo, premiándoles con un poco de intimidad para fraguar una amistad de leyenda. Conversaciones al trote tardo, risas al galope, complicidad en cada travesura, comprensión en cada aire, comunicación en cada mirada, nobleza en cada mimo. A veces se sumaba la luna a esta relación amistosa, bromeaba con ellos en los balancines que formaban las hojas practicaban parapente con Xaloc, Poniente, Tramontana y Gregal. Habitualmente la princesa de la bóveda nocturna, dialogaba con ellos, en una tertulia de verano sempiterno, eran como serenatas bajo la luz vaporosa de las estrellas. Por las noches cuando el crío se acostaba, el unicornio lograba hacerse incorpóreo para todos los demás hermanos que dormían con él en una pequeña habitación del humilde pazo, le revelaba la magia de su cuerno, velaba el sueño del niño y se desvanecía cuando atestiguaba la paz del neno.
Uxio se fue haciendo mayor, adquiriendo más responsabilidades, formándose como hombre, trabajando poco a poco con sus hermanos en el campo o en el mar, soportando el peso proporcionado de la casa que le iba tocando. Poco a poco, el unicornio dejo de formar parte de su vida cotidiana, de su mundo, de su realidad, para formar parte del zurrón de la morriña, de la infancia, de los recuerdos amables, de las sonrisas a media tarde descansando en la cubierta del barco.
La situación de necesidad en su familia, hizo que Uxio se echara al oleaje, como pescador de alta mar. De niño había hecho las labores de mariscador, al crecer pescaba cerca de la costa con su abuelo, padre y hermanos un poco más mayores que él, mientras los hermanos más mayores se dosificaban entre trabajar en alta mar, la ganadería y la agricultura como muchas otras familias gallegas, como hacía el cabeza de familia, que por edad le era cada vez más pesado compaginar los trabajos del campo, de las reses y el mar. Se acostumbró de bien niño a organizar estas tres faenas, según la temporada alta de cada cual, si se podía, para poder sustituir lo más holgadamente posible, porque en Galicia habían muchos brazos y mucha penuria para renunciar a un trabajo que garantizase un plato de comida caliente en la casa.
Los habitantes de la aldea que salían a faenar solían hacerlo cerca de la costa, a veces bordaban la costa hasta aguas portuguesas o de otras regiones gallegas como Pontevedra y Lugo, pero siempre bordeando la costa, sin alejarse demasiado, siempre que sus ojos pudiesen ver el litoral. De normal solían volver a casa el mismo día, al día siguiente de madrugada o como mucho tres días. Le tenían mucho respeto al mar que tantos muertos y tragedias habían asolado a muchas familias en el municipio y pueblos colindantes. Por eso sólo la urgencia obligaba a enrolarse en alta mar durante unos meses o más y si se podía evitar… era el último recurso para una familia. El mar era amable y les proveía con cuantiosos recursos como un galán complaciente pero también podía ser cruel y quitarles con la misma crueldad todo cuanto recibían más intereses, la propia vida.
Uxio llevaba cinco años trabajando en alta mar, añorando aquellos parajes donde de niño se había criado, a veces pasaban meses hasta que podía regresar a puerto pero hacía cinco años que no veía a su familia, ni olfateaba aquellos aromas que tanto extrañaba. Evocaba muchas veces a su unicornio que de chaval tanta felicidad le había aportado, como un recuerdo templado en aquella humedad concentrada y salada. Ocasionalmente creía verlo fugazmente o escucharlo zapatear como un bailarín superdotado por la cubierta e incluso llego a sentir sus abrazos en sus sueños.
Una noche, una gran tormenta asoló el barco, la embarcación era un caos, con la tripulación de un lado para el otro intentando domar la situación y a sus propios miedos. La tragedia estaba a punto de consumarse. Cuando la luna se desgarró el camisón y de su pecho brotó un gran foco de luz, como si fuese un faro imaginario, galopando por aquel carril de luz aparecía un corcel nacarado con un cuerno azul que relampagueaba ráfagas moradas como un castillo de fuegos artificiales en mitad de una borrasca.
El unicornio fue avanzando por aquella alfombra de luz hasta llegar a un Uxio que apenas le quedaban fuerzas para seguir sujetándose a lo que quedaba del pesquero. Con mucho esfuerzo consiguió subirse a la grupa de su amigo y abrazarse a él. Se acomoda para subir por la rampa luminosa del faro quimérico que sus dos amigos fieles han inventado. Cuando están a punto de desaparecer entre el camisón de la luna, Uxio le susurra algo al oído. El unicornio se gira sobre si mismo y una gran luz violeta invade absolutamente todo.
El pesquero apareció después de la tormenta disipada atracado en el puerto de la aldea con todos los pescadores dormidos sanos y salvos en sus camarotes. Todos excepto Uxio que cuenta la leyenda que en las noches de niebla y atardeceres con bruma, va acoplado en un unicornio blanco con un cuerno azul y que se oye su risa resonando en la noche gallega.
Firmado: Alejandro
Nota: Desafío 3





