Segunda parte - Leyenda de wadi al-Kabir
A Jimena, por ser mi consuelo, mi sonrisa y mis virtudes.
Lucía, hija de un cacique cristiano, ebrio de orgullo, levantando el pavimento polvoroso de los campesinos, dejando tras de sí una estela de barcos hundidos en un estanque de vomiteras, temblores, resignaciones, desprecios, rabia encogida en botijos insólitos, atropellos entre la respiración de quien empieza a crujir, en los sueños tenues de la niñez.
Lucía, murmullo acústico de las ninfas, revolotearon ligeramente, untando sus virtudes en cada base, para alumbrar lo extraordinario. No heredó el carácter sombrío y pérfido de su padre, pues era mujer dulce. Capaz de espantar el patetismo, la crueldad y los temblores, con su sola presencia. Capaz de arrancar amor de unas manos poseedoras de odio, arrugadas de ira. Capaz de hacer caminar a la fatiga sin que se arrastre con la lengua desguarecida. Capaz de menguar el sufrimiento, dotar de calma a la ansiedad, inspiración a lo vulgar, ternura a la severidad, carcajada en los llantos, esperanza en el desaliento. Lucía era, lo que todo poeta, talla en su arquitectura de papel.
Anjad, hijo de moriscos labradores, vivía en los latifundios del cacique Casio, padre de Lucía, en unas tierras fértiles, gracias a la constancia y esfuerzo de manos callosas, pero con altos tributos que había que pagar a Casio, aguantar saqueos, burlas, coacciones, ofensas, pero no quedaba más que resignarse, había que comer. A pesar de los sinsabores, intentando mantener el equilibrio en paredes resquebrajadas y apedreadas, Anjad, mantenía los ojos abiertos de la infancia, la alegría jocosa de Sevilla, el ímpetu de la juventud degradada, la vitalidad de la inocencia catalizadora. El oxigeno en la extremaunción, la rebeldía ante la injusticia estafadora, sensibilidad empotrada en los revestimientos cutáneos, escurriendo por dentro la entrega.
Anjad, bajaba a través de gotas erguidas, trigales ambarinos, estacados a un tinte sobrio, rojizo. Víctima de la represión, cantaba el ascendente del flamenco, integro en las raspaduras fervorosas. Letras con nombre propio, Lucía. Regando el oído de intimidad, enredándose las notas aventureras entre el romero. Fragmentos de probeta derretido y fructífero. Eslabón barajando miradas predestinadas, batiendo el silencio y la turbulencia de las caricias. Implantando la renovación minutera del amor. Barómetro emocional.
Las sombras de la pendiente, adquirieron de pronto, destellos dulcificados, como una rima riendo encendida. Lucía salía al encuentro de su amado, abrazados, como escorpiones inyectándose pasión por intravenosa. Dándole formas con su fervor, a la locura. Técnicas intimas de apaciguamiento internas. Profundidad carnívora entre dos almas que se aman más allá de restricciones, imposiciones, intolerancia y odios.
Años de amor a escondidas, besos furtivos, caricias abreviadas en la clandestinidad, pronombres acurrucados en los labios. Tú, yo, nosotros, rebajados en un silencio que espera poder promulgar. Insomnio lícito, vendados por los escondrijos. Acrobacias de Eros, descifrando jeroglíficos de amantes secretos. Libertad, latiendo y muriendo, en cada segundo, desertando entre los rincones que, dejan los cuerpos en madrigueras. Anjad y Lucía lamían sus huellas en la lejanía y se empachaban en la cercanía.
A los pies del refugio de nuestros amantes, se encontraba una ortiga que, se contaminaba con sus propios celos, podrida por su arrebato, aireó el secreto de los enamorados a un cardo resentido, este a una dalia inestable, que había sufrido los desvanes de un narciso estriado, así hasta llegar una albahaca cotilla que vivía en el huerto de los criados de Casio. La vieja criada, creyendo que tal chisme favorecería sus pretensiones, reposó la noticia en los oídos del cacique. Todavía hoy se escucha el gruñido de su intolerancia, su odio y su sinrazón.
Anjad y Lucía, ajenos a los acontecimientos, apuraban ávidos, los últimos sorbos para la hora de la despedida. Les costaba separarse, sin engendrar quistes en sus pieles, síndrome de abstinencia en pieles anexionadas.
Anjad, acompañaba a Lucía a las cercanías de su cortijo, calculando que eran no vistos, hasta que fueron asaltados, por secuaces de Casio. La luna, chillaba enjaulada en una camisa de fuerza cuando Anjad, fue apaleado, apedreado, fustigado y encarcelado en una mazmorra, condenado a muerte, a la horca, en cuanto diese sus primeros bostezos el alba. El viento, lloriqueaba muerto de miedo abrazado a los olivos, cuando Lucía fue azotada y recluida, en los sótanos de una ermita abandonada a las afueras de Sevilla, repudiada, condenada a morir de hambre, de sed, desesperación, de amor. Llevando en sus hombros el desprecio de su padre, llevando en su corazón la entrega superlativa de Anjad, carcomiendo la soledad injertada en su piel, aliviándose con los recuerdos de él, las pústulas de la crueldad. La ortiga se relamía obscenamente. El cardo se quedó agonizando una escarcha condensada, la dalia sufrió neurosis, suicidándose en un estanque, la albahaca se quedó muda entre los escalofríos de su inconsciencia. La tierra, se fue resecando, al no quedarle más lágrimas que llorar.
Anjad, se arropaba con la sonrisa de ella en sus entrañas, meciéndose con la voz de Lucía enroscada en sus orejas, anestesiando las heridas con los mimos que todavía estaban frescos en su piel, sedimentos de ella en él. Tortura del miedo en su mente, por el porvenir de la niña de sus pupilas. Estremecimientos de la angustia, por no estar con ella, sosiego en sus dolores, al proyectarse en su calidez, su sonrisa, en todo lo que el amaba, toda ella.
La luna alumbró la mazmorra, guiñándole un ojo al destino, flirteando con la esperanza, retozando con la fe, recomponiendo las cicatrices. Ay, luna, luna, lloraras al compás del soniquete. La ortiga va afilando los machetes.
El viento, suspiró desde la rabia, desde un corazón que carecía, desde el firmeza, desde su audacia, desde su razón. Abriendo la puerta de las mazmorras y acallando los grilletes, irritando su furia para regalar abrazos. Ay, viento, viento, te enroscaras roto entre la hojalata. La ortiga ya prepara la guadaña enajenada.
Las estrellas orientaron al amante, la lluvia encubrió su silueta, la luna evaporó su bombilla azucarada, el viento enmudeció sus pisadas, sus llamadas, el trueno amortiguó la rotura de la puerta de la ermita, todos se conmovieron con el reencuentro de los amantes. La luna mecía en su cuna al viento que volvía a su niñez. El trueno abrazaba a la lluvia que absorbía calidez en sus dedos. La ortiga no intercepta sus celos blasfemos.
Huyendo van los enamorados, monte arriba, monte abajo, huyendo del odio, huyendo de la intransigencia, huyendo de los prejuicios, huyendo huyendo, con los machetes cercándolos, con la animadversión tras sus pasos, la luna y el viento se miran asustados, corren colina arriba, colina abajo, la furia de Casio los persigue, tiene los dedos amoratados, de tener siempre el puño tan cerrado, ay, los amantes, ay, el amor, ay, luna y viento no podéis forrarlos del sosiego.
A la altura de la sierra Cazorla, son alcanzados, la ortiga machaca a machetazos a Anjad, cayendo muerto en brazos de Lucía, la sangre brota sierra abajo, dibujando un río rojo, teñido de la rabia de padre, de los prejuicios, la sangre serpentea toda la superficie, empapando una cuna de tierra, mientras Lucía llora desconsolada abrazada a su amado, siguiendo la estela de la sangre, enjuagando con su amor, lo que el odio va estampando, llenando con ternura lo que la incomprensión ha provocado, regando caricias lo que la envidia se ha cobrado. Convirtiendo la sangre derramada en un río símbolo de la esperanza, tolerancia, amor, comprensión, unión y solidaridad. Lucía cae muerta de amor en los brazos de Anjad, uniéndose eternamente, en un amor más allá de circunstancias, más allá de la muerte, en un amor sin condiciones, en un amor verdadero. Las lágrimas que Lucía derramó eliminando la sangre, es lo que hoy conocemos como el Guadalquivir. De la contracción de Anjad y Lucía, de su amor, dio lugar al nombre de Andalucía. Teniendo como lema, la esperanza, la unión, solidaridad y tolerancia.
Firmando: Alejandro
Nota: Esta leyenda es fruto de mi imaginación, ni el Guadalquivir tuvo esta leyenda, ni Andalucía proviene de mis personajes.