Nadie en el faro de Alejandro
Vive Loco y Muere Cuerdo
Acerca de
Mi diario no es una obra maestra, ni siquiera un ensayo magistral sobre la sociedad actual en la que vivo, es sólo la historia personal de un chico normal. No pretendo que sea un relato literario soberbio, sólo un trozo de mar donde gritar mis llantos, mis alegrías. En definitiva un pequeño faro donde alumbrar todos mis sentimientos y arrojarlos al mar.
Sindicación
 
Arroro de plumas



Ariel preparaba sus alas, acariciándolas mientras les susurraba, dándoles brío, como animándose a sí mismo ante el vuelo inminente. Sus manos, regadas con la inocencia de sus seis años, temblaban en el algodón de las alas. La esperanza chorreaba con mayor intensidad que el miedo en sus ojos. Soplándoles una brisa ligera, que salía de su alma, el penacho de plumas parecía sonreírle con una ternura arrullada. Se colocó las alas en su fragilidad, mientras la efusión cosquilleaba las paredes de los tejidos.


El aire le recibía con un balbuceo esponjoso, un nudo etéreo, un chapoteo aéreo. Ariel cerró las cortinas de sus ojos, alzó las manos, aupándose a los brazos evaporados.


Las ganas le alzaban, lentamente las alas se desplegaban alrededor del anhelo, pavoneándose en todo su esplendor nacarado. Al contacto con los filamentos oxigenados, las plumas sonreían cascabeladas, silbando burbujas aireadas, campanillas revoloteando cerca del arcén. Potrillos brincando biombos anublados. Ariel sonreía mientras el aura lo trasportaba en un canasto trenzado de suspiros.


Su mirada se iluminaba a medida que se acercaba, sus lágrimas campaban por las mejillas parvularias. Su madre le esperaba al otro lado, sujetando la cuna vacía que formaban sus brazos, esperando la tez infantil. La calidez deambulaba en el atardecer, nanas maternas. Chupetes tiernos succionados del cordón umbilical. Amamantados con pezones devotos.


La criatura se aproximaba mansamente a los brazos de su madre, que le mimaba en la distancia, con arrumacos apalabrados, refugio ecuménico. El amor puro, sin etiquetas, rezumaba cada poro, cada migaja se hinchaba, gritaba el amor, las manos, esponjas de emociones, ofrenda de locura.


En cada zancada hacía aquellos brazos, el corazón zapateaba en la sangre, cada intervalo recolectado era un vuelco incesante, un beso dado, un abrazo sentido, una caricia soñada, una lágrima enjuagada, un dolor dormido, una tristeza derrocada, una soledad acompañada, una ternura adherida, gestos inmensos.


“Te quiero mamá, te echo de menos, la mirada de la comprensión, cada palabra de aliento, ya no me basta con pensar en ti, estoy envejeciendo sin tus abrazos, quiero quedarme para siempre contigo. Abrázame, protégeme, acaríciame, siénteme, cálmame, bésame. Quiero estar contigo, abrázame, abrázame, abrázame mamá. Por favor”. Ariel sollozaba entre los ruegos, tan cerca de su madre que podía sentirla. El batir de las alas suspiraba.


“Ven hijo, mamá también te quiere y te añora mucho. Yo te abrazo, mi alma en la tuya, siempre estoy contigo. Te adoro mi niño.”


Ambos se abrazaron, el amor les sumergió, y todo desapareció menos el amor. Tronó una pompa, las alas se desnutrieron, los abrazos se desvanecieron. Ariel abrazaba el silencio del orfanato entre lloros. “Llévame contigo mamá, llévame.”

Firmado: Alejandro

 
Metáforas nocturnas


El hospital San Justo era un edificio rococó, delicado en su arquitectura, con una ornamentación que aunque churrigueresca era armoniosa, con sus guiños arabescos desenrizando la lengua al transeúnte, filigranas abigarradas, cimentación de oxímoron.

San Justo, estaba hemiaislado de la ciudad, lugar de enfermos arrinconados de todo y de todos, fuliginosas carcajadas se desmenuzaban en el aire. El hospital era galano exteriormente pero felónico entre lo residentes. Tensión en celdas repeinadas, madrugadas de goznes intrínsecos, miedos diseminados en camisones, soledades licuadas en goteros, impaciencia trémula en el cardiograma, inspiraciones abasteciendo radiografías filológicas. Procesiones hematófagas en los laboratorios.

Aisha era una de las residentes de San Justo, su estado comatoso le protegía de los aullidos de los marcapasos de algún paciente. Sufrió una aparatosa caída mientras asistía al instituto de secundaria García Lorca, un colegio laico en el modesto barrio del Viejo, uno de los suburbios más seráficos de la ciudad. La caída sobrecogió al suelo, que todavía sigue temblando arrebujado en la acera. Todavía se escucha la risa felona de la grieta que Aisha no vio, muerta de celos porque la muchacha era una autentica hurí.

La adolescente apenas absorbía visitas, sus padres tenían que trabajar quince horas diarias para dar sustento y educación a su progenie, tenía cinco hermanos, dos de ellos, mayores de edad que trabajaban en el campo a unos ochocientos kilómetros de allí. Samira, madre de Aisha, sólo podía visitarla los domingos, luego regresaba antes de la cena. Pobreza coagulada en los callos. Resignación noctívaga. Dilección aguijada. Sólo una persona asistía todos los días, nunca faltaba, sólo se disolvía cuando los médicos revolvían con sus batas el silencio, y cuando Samira aparecía cada domingo.

Hazm, sentando en el quicio de la ventana, junto a la cama de Aisha, la contemplaba circunspecto, nanas resbaladizas sobre la espalda de la introspección. Correspondencia taciturna. Dicción tintineante. Retraimiento espulgado en aquellas hebras.

“Buenas noches, un día más”, le dijo sin voz, tan dulcemente que hasta las sábanas hospitalarias se conmovieron. No supo que decir cuando la vio parpadear involuntariamente. Parecía un saludo bordado de sus nervios. El alma de Aisha engullía más de lo que él era capaz de remangar.

La noche, con la luna desabrochada del corsé, diáfana para un amor incólume. La locura olfatea el colirio del amanecer en los átomos de un enamorado. Hazm estaba enamorado de Aisha desde el primer día que la vio, cuando leía versos de Kahlil Gibran, en el alfeizar de su timidez. Toda su vida se sintió como un gorgojo, pero ese día la heliosis de aquellos ojos, provocó una insolación perpetua en la vida de Hazm, todo dejó de tener sentido, toda ella se convirtió en su desecativo. La hiperestesia de él, ya de por si estentórea, incrementó sin control. Todas sus células estaban enhebradas por ella.

Su estado derrelicto perpetuo, adquirió una calma lisonjera que hacía vibrar los sonajeros de las estrellas. Seguía sentado a una distancia prudencial, tan cerca de ella, que se despertaban los retales de la almohada, tan lejos de ella, que cuando comenzó el soliloquio, los susurros llegaban a los oídos exámines y con las palabras viradas.

“Todo lo que hay en la vida tiene tu sabor, todas las formas materiales tienen tus perfiles, todos mis garabatos tienen tu caligrafía, todos mis cromosomas tienen tus genes desperezando mi organismo, todos los credos me recitan sobre ti. No hables, déjame amar a través de la opacidad, déjame ser rapsoda de tus virtudes, déjame tener la libertad, señera de amarte, sin más”, dijo mezclando la saliva con las alegorías, una cópula soñolienta en ocasos. “Me basta con amarte”.

Una lágrima se encanilló en una pestaña, arropándose mientras un muecín serenaba las líneas del vacío. Aisha permanecía inmóvil, durmiendo sin dormir, sin hablar, sin sentir. Hazm le tapaba con las telas sacarosas. Su corazón zozobraba por los acantilados del mechón de ella. Acariciaba su pelo como si fuera lluvia inmanente que se tamizase por sus dedos.

Con la misma ternura Hazm, jugueteaba con las metáforas que se balanceaban de su boca y correteaba alrededor de Aisha. Antitesis de los antojos de la pasión, tenía agua en las mejillas, fuego en las arterias. Ella era la antonomasia de él, no había nada de ella que él no se hubiese impregnado. Era el símil menguante y Aisha la luna llena. Metáforas retozando del pecho al suelo, se le extravían y las compone al albedrío del albur. Hipérboles trenzadas entre el cuerpo y el alma. Sinestesia entre el silencio y los dedos. Interrogaciones lamiendo afirmaciones. Hazm se agotaba abatiéndose en la retórica, mecido en versos, hablaba con Aisha hasta que se le agotaban las palabras, le cantaba al oído, le dejó que le conociese entre los escalofríos del ausente.

Aisha despertó un domingo, mientras Samira le contaba que la pobreza seguía ingénita a sus arrugas, la luz volvió ardua. Aisha regresó a su vida cotidiana sin ninguna secuela. Cada vez que miraba sin mirar le faltaba algo. El suelo pareció respirar de nuevo, la grieta se quedó muerta en el quejido. Nunca vio a Hazm, jamás supo de su existencia ni siquiera que había vivido en el piso de abajo. Hazm murió en la misma cama del hospital de San Justo, el mismo día que Aisha cayó por la zancadilla de una grieta.

Firmado: Alejandro.



 
Lazarillo de posguerra


A mi abuelo

Nodo en cines de barrio
panes negros desmigados en el Guernica
censura en las alegorías de sombreros
sangre en las camisas chorreadas
estraperlo de vianda
gramola cicatrizada
vermú entre el yugo y susurros
verbena, maquillaje en corchetes
hambre de contrabando
dignidad arrugada en cartillas de racionamiento
tabaco reliado, el reconcomio
mascadas al céfiro
desperados, enrejados de correas
voces contra el olvido
Andalucía mugía en eriales sangrantes
emigrantes oxidados entre lágrimas
melancolía escurrida
peteneras de libertad
salvoconductos, cerote y anhelo
agonía conforme
puñaditos de saetas
nostalgias aderezadas
perra chica y grande
olivos entre sardanas
sedición de la cognición
soledad simétrica
hiato en la faja
iris inerte
fusilados en zanjas
huérfanos y viudas
compositor de inclinación
gurú subterráneo
republicano subrepticio
hogaza con tomate
impotencia mojada en achicoria
azadas rumiando bulerías
campos de concentración
corpúsculo roído
trabajos forzosos
terrorismo de estado
corazón desquiciado
bestias de carga
pescadores de injusticias
agricultores de enjundias
cristales rotos, interrogatorios
albedrío en los bolsillos
taranta sutil
invierno en abril
Lazarillo de posguerra
resistencia encriptada en arandela
cartas amarillas en las trincheras
cartas de carbón en un cajón
promesas hundidas en las alcantarillas
consignas muertas en las acequias
mecenas antisepsia
mece la angustia epiléptica
calma la rabia arrítmica
futuro incierto
apostasía de la violencia
Lázaro democrático
metafísico cromático
rabadán conversador
vendimia del embrión
abuelo de la republica
padre de la guerra
hijo de la posguerra
nieto de la democracia
ránulas en la tempestad
seny en la claridad
sentimientos incrustados en el ranzal
paseos por las Ramblas
trenes rielando en la boina.

La Historia la escribe los vencedores
los perdedores tienen memoria.

Firmado: Alejandro