Nadie en el faro de Alejandro
Vive Loco y Muere Cuerdo
Acerca de
Mi diario no es una obra maestra, ni siquiera un ensayo magistral sobre la sociedad actual en la que vivo, es sólo la historia personal de un chico normal. No pretendo que sea un relato literario soberbio, sólo un trozo de mar donde gritar mis llantos, mis alegrías. En definitiva un pequeño faro donde alumbrar todos mis sentimientos y arrojarlos al mar.
Sindicación
 
1ª parte "Carta a mi ego"


Parte primera:



Dentro de un mes cumples veintiséis años, nunca te gustaron los cumpleaños, cuando cumpliste cinco años hiciste una fiesta donde invitaste a varios niños, no vinieron ninguno, no se acordaron, desde entonces no quisiste celebrar ninguno más, todavía recuerdas las lágrimas que henchía la falda de tu madre, ese sentimiento total de abandono y soledad que todavía te amorata los hombros, aún sientes ese fado en el pecho.


Naciste en pleno invierno, con el relente resbalando helado en las grietas de la luna, con antelación, nadie te esperaba tan pronto, quisiste sentir calor vehemente, tu primer contacto en el mundo exterior, sin contar con la comadrona, fue con tu madre, notaste su calor, su ternura desbotonada, su sonrisa serena, por poco tiempo, aquellos señores te metieron en una incubadora para que ganases peso y para que te curases bien de algunas complicaciones que notaron en la exploración, había que prepararte y coger fuerza para lo que te esperaba en la vida urbana. Tú no te acuerdas, te lo contaron tantas veces que parece que lo sientas, pero algo de aquellos meses en aquella cárcel de cristal te debió marcar el carácter.


De tu madre heredaste el azul; profundidad, serenidad, fidelidad, introversión, prudencia, altruismo, lealtad, justicia, conciencia, nobleza, espiritualidad, idealismo, intuición, la ternura. Ella educó tu alma, tu interior, te enseñó a amar, a sentir, escuchar, adorar la música, a empaparte, a ser receptivo y sensorial. Ella es tu esencia.


De tu padre heredaste el marrón; estabilidad, responsabilidad, protección, integridad, humildad, sencillez, neutralidad, moralidad, absorción, superación, compromiso, disciplina, perseverancia. Él educó tu mente, tu juicio, te enseñó a raciocinar, amar el mar, a tener fuerza interior, adaptarte a las circunstancias. Él era tu sentido común.


Ellos te mostraron tu base en una relación de pareja: comunicación, respeto, comprensión, tolerancia, sinceridad, confianza, entrega, altruismo, compenetración, lealtad, reciprocidad, integración, apoyo, amistad, empatía, compromiso.


Tuviste una infancia feliz, amamantándote de tu alrededor. Esponja de emociones, culturas, idiosincrasias, miradas obstruidas, lágrimas enflaquecidas, palabras desfiguradas, caricias huérfanas. Absorbías lo que no veías y sentías, lo que veías y estremecías. La empatía de tu locura.


De niño tenias una fijación por las manos. Ellas simbolizaban para ti el alma interna del ser humano, todo aquello que es capaz de dar el interior de un hombre a través de sus manos; ternura, protección, violencia, amor, y con tus manos desnudaras el arte.


La espalda descalza de Tierra despertando en tu torso desnudo, su alma en tu alma, tu alma en su cuerpo. Así aprendiste a arrullar la guitarra, al calor de la candela, al calor de los ojos de tu madre, al calor de la pureza, del arte, anegándote en los intestinos de madera, inhalando el alma en claves de sol.

Firmado: Alejandro


 
Fragilidad

Estela, tiene un sólo un par de horas de vida y ya se ha escurrido entre las legañas de mi alma, se ha estigmatizado a las hebras de mis vacíos. Es mi prima, hija de mi tío Juan, y la empecé a adorar meses antes de que naciese, justamente en un soplo, cuando era una célula embebida por piélago, un pequeñito fluido de esencia. A partir de hoy será algo inherente en mi vida.


Fui a verla, al final nació en España como quería mi tío, mientras mi prima Valentina se colaba en la habitación, yo me quedé encallado en la puerta como hace veintidós años atrás, cuando yo tan sólo contaba con tres años de edad, me acababa de expoliar de Alejandro con veinticinco años y estaba tapizado de Alejandro con tres años, con los mismos ojos de timidez y miedo de aquel entonces.


Febrero de 1983, tenía tres años recién estrenados, durante los meses anteriores sabía que iba a tener una primita, salvo mis padres todos creían que podría sufrir los celos típicos de quien lo van a sustituir como el centro de atención, pero yo ya era tímido de recién nacido y ser el centro de atención no era lo mío. Siempre pedía para mi cumpleaños un hermanito o una hermanita, y mi educación ya me había preparado para no sufrir los celos y sí ser consciente de la responsabilidad que tendría cuando viniese al mundo el nuevo miembro de la familia, como bien significa mi nombre, sería el protector de la cascarita de canela que nacería. Siempre fui un niño reflexivo y no tuve ningún brote de celos el día que me dijeron que había nacido mi prima y que se llamaría Valentina.

Nunca tuve un hermano o una hermana, pero mi prima Valentina ocupa ese hueco con toda la naturalidad del mundo. Hasta que no fui más mayorcito no dejé de pedir un hermano para mi cumpleaños, pero me trajeron lo mejor parecido: Valentina.

Mi madre me llevaba de la mano y me decía cosas lindas para que me relajase porque estaba muy nervioso, tenía miedo de hacerle daño a alguien tan frágil. Mi padre me daba ánimos mientras subíamos hacía la habitación donde mi tía descansaba después de haber dado a luz.

Mis padres se internaron en la habitación atestada de gente, mi tía reposaba en la cama con un cinturón de personas alrededor que hablaban y sonreían. Tenia cara de extenuación, al lado en una especie de cuna se movía algo en su interior, al llegar a la habitación me solté de la mano de mi madre, me agazapé escoltado por el resquicio de la puerta, mi madre no insistió mucho, mi introversión siempre ganaba. Mis padres saludaban al bebé y a mis tíos, como a todos los presentes.

Con mucho sigilo y retraimiento, me fui arrastrando por la pared con mucho cuidado hasta llegar a la cuna, me quedé un rato mirando una maraña de piel que se movía en su interior.

Mis padres me miraban con una sonrisa soldada en los labios igual que mis tíos, me quedé un rato nutriendo la pared y fomentando una tertulia en elipsis con el tabique y la cosita que reburujaba la cuna. Cuando dejé de ser el centro de atención, mal disimulado por parte de los mayores, me acerque temblando hasta un taburete y con mucho cuidado me subí para ver al bebé.

Era una niña muy dulce, frágil, con unos enormes ojos que parecían mirarme, incluso me pareció que me sonreía, con mucho miedo por si le hacía daño, resbalé uno de mis dedos por su carita, su cabecita, sus manitas y de repente, por sorpresa me cogió el dedo con su mano, me quedé muy quieto, empedrado en un abrazo de dedos.

Mi madre se acercó y me dijo que ya nos queríamos y que ahora la tendría que cuidar mucho que era muy pequeña y que yo sería su primo mayor. Luego corrí a abrazar a mi tía mientras lloraba y le preguntaba si estaba enferma, que no quería que estuviese malita. Llevo veintidós años cuidando a Valentina.

Cuatro de noviembre 2005, me quedé mirando casi el mismo escenario, casi los mismos protagonistas y como hace años mi reserva hizo estragos, reptando cerca de la pared me planté delante de la niña, dormía placidamente en su cuna esterilizada. Le acaricie suavemente la cara y las manitas, por puro instinto remangó mi dedo. Miré a mis tíos ahora divorciados, a la actual pareja de mi tío y madre de la pequeña, a mi prima Valentina que me miraba igual que el día que nos conocimos, una mirada triste me aderezó los ojos, en esa estampa faltaban mis padres, todos se dieron cuenta.

Daniella: Puedes cogerla si quieres.

Juan: Cógela Alejandro, sé que lo estás deseando –dice mientras se acerca a mí y me abraza cuando mis lágrimas comenzaban a manar- Ellos estarían muy orgullosos de ti, están presentes dentro de ti, siempre, vayas donde vayas, vas a cuidar de la niña igual de bien que cuidaste a Valentina. Vamos abraza a tu prima Estela.

Mientras la cojo con mucho cuidado y la abrazo le susurró frágilmente en su oído.

-Hola Estela, soy tu primo y te voy a querer siempre.

Valentina se acerca y rodea con sus brazos a la pequeña y a mí.

-T´estimo molt, i ella també et voldrà, el meu petit protector
-Jo també a tu, la meva fràgil noia.



Firmado: Alejandro