Nadie en el faro de Alejandro
Vive Loco y Muere Cuerdo
Acerca de
Mi diario no es una obra maestra, ni siquiera un ensayo magistral sobre la sociedad actual en la que vivo, es sólo la historia personal de un chico normal. No pretendo que sea un relato literario soberbio, sólo un trozo de mar donde gritar mis llantos, mis alegrías. En definitiva un pequeño faro donde alumbrar todos mis sentimientos y arrojarlos al mar.
Sindicación
 
Volver a empezar


Me está entrando ganas de volver a estudiar. Si pudiera haría la licenciatura de bellas artes, la licenciatura de historia del arte y la licenciatura de humanidades. Todas me encantan. Una de las tres la empecé y no la terminé por motivos personales.


Ojalá tuviera muchas vidas, porque cada una de las licenciaturas son unos cinco años. Si cursara las tres, estaría quince años en la universidad, sin contar el tiempo que tendría para estar en mi trabajo, que me encanta, estar con mi pareja, etc.

Querer es poder, y si me propongo licenciarme en las tres... ahora no puedo pero me encantaría. Me pude licenciar en una de ellas, la que empecé, pero así es la vida.

Soy muy joven todavía, tengo 24 años, y quizás si consiga este sueño, licenciarme en las tres licenciaturas.
 
Nada
Nada, no soy nada, nada, nada, nada. Sólo un eco en un desierto desarraigado. No soy nadie, nadie, nadie. Me tortura mis complejos, me desgarran los sentidos, me apuntillan, se ríen de mí hasta las polillas. Tengo que pedir perdón, por estar vivo, por respirar, por temblar en los cóncavos de los vientos, por gimotear en los labios de los helechos, por pensar entre jirones de desechos, soy un retazo perdido entre mares de llagas que me humillan cada día. Siempre pidiendo perdón, siempre pidiendo permiso, siempre sintiendo culpa de sentir, de reír, de desgranarme por dentro. Necesito pintar las torturas que me hace mi mente. Me escarmiento con látigos de alquitrán, me censuro tiritando en cada rincón, acobardado de mis miedos, rezando para que nadie me abandone, los pasos de los adioses chirrían en mis quebradizos oídos, en mi alma, en mi ego; el que no existe, el prófugo, el que me avasalla los ratos de primavera. Me hastió, me vuelvo loco, desvarío entre los penitentes. Mi expiación es sentir demasiado, mi punición es no tener autoestima. Estoy enmarañado por mis turbaciones.
 
Día feliz
Hoy era mi aniversario con mi novia, dos años y cinco meses. Lo celebramos todos los meses, y creo que nos pasamos horas con yo te amo más, no yo, no yo... vale tú más. El amor es bonito y doloroso, tengo ganas de estar con ella toda mi vida.
 
Las tertulias
Hoy he comprado una revista de historia. Viene muy interesante: 75 años del crac del 29, en octubre se cumplen sesenta años de la invasión del val d´Aran por los maquis, Crimea, la primera guerra moderna, los viajes de Ibrahim de Tortosa, El duque de alba, un reportaje sobre la revista Life, la época dorada del Paralelo, y muchas cosas más. Me encanta la historia, en el colegio era una de mis asignaturas favoritas junto con la literatura y el arte.

Me encantaría ser un completo desconocido por entre distintas épocas, ser un oyente, sobre todo en las que existían las tertulias de café. Una pequeña historia:

Desde que se inició en España la tradición de las tertulias, a finales del siglo XVII, las ha habido de muchos tipos, de las de salón a las de café, de las científicas y literarias a las puramente políticas. Aunque se inventaron en Francia, en la Península se imitaron, se personalizaron y se convirtieron en un referente social e incluso cultural. Así eran y son las tertulias "a la española".

La primera imagen que viene a la mente cuando se habla de la historia de las tertulias es la de los cafés de principios de siglo XX, con sus reuniones de escritores y artistas sentados frente a una copa para charlar de lo divino y de lo humano, en un clima de libertad y a veces de jolgorio. Fue en Madrid donde este ambiente de bohemia caló más hondo. De hecho, en la capital de España el término tertulia cobró una significación peculiar, hasta definir todo un estilo de vida.

Pero estas tertulias de café, típicas de la bohemia fin de siècle y de las primeras vanguardias, no han sido las únicas de la historia. Anteriormente, aunque también de forma simultánea, hubo otras de carácter muy distinto: en especial, las tertulias cultas celebradas en la biblioteca de algún noble, o las de salones característicos del siglo XVIII. Con el tiempo, todas ellas fueron vistas como una tradición propia, una costumbre genuinamente española. Sin embargo, las tres habían empezado como una moda importada del exterior, que poco a poco se fue naturalizando. Muy diferentes entre sí, tanto por su ambiente como por el nivel social o las materias de conversación, lo único que tenían en común estas distintas tertulias era el nombre, un curioso término de origen bastante caprichoso.

Las primeras tertulias así denominadas aparecieron en España en las décadas finales del siglo XVII. Eran reuniones de un grupo selecto de personas, que se celebraban regularmente en casa de un notable, y en las que se discutían diversas materias culturales o de actualidad. En Madrid, las primeras de las que hay testimonios son las del marqués de Mondéjar y el duque de Montellano.

Este tipo de reuniones tenía un precedente en las academias literarias que habían proliferado desde principios del siglo XVII en diversas ciudades españolas. Estaban muy reglamentadas y dotadas de un estatuto; tenían una jerarquía interna, con presidente, secretario y tesorero, y seguían un ritual estricto en el que se sucedían las presentaciones, los discursos y los juicios (vejámenes). En eso marcaron la línea de las actuales academias, aunque las primeras se distinguían por tener un componente lúdico muy marcado, como se evidencia en los nombres adoptados (Academia de los Nocturnos, Academia Salvaje, de los Desconfiados, etcétera) y en la costumbre de que cada participante adoptara un apodo (Lope de Vega participó en la Academia Salvaje con el sobrenombre el Ardiente). Su interés se limitaba a la literatura de entretenimiento, aunque también podían tratarse temas morales.


Las tertulias de finales de siglo, en cambio, eran serias y más libres. Aunque en algunos casos se mantenía el hábito de preparar discursos, su razón de ser era la de ofrecer un espacio para una conversación franca y espontánea sobre todos los temas de interés, entre los que estaban las cuestiones literarias, pero también la actualidad política o los avances científicos. En este aspecto, entroncaban con las reuniones de eruditos frecuentes en el pasado. Es significativo, por ejemplo, que se celebraran normalmente en una biblioteca, como también que la asistencia fuera estrictamente masculina. Pero, a la vez, tenían un carácter mundano y abierto. Así, de una de ellas se dice que empezaba por la tarde después de tomar chocolate, bebida de moda por aquellos años. Entre los asistentes había eruditos, pero también clérigos, aristócratas o altos funcionarios, en una amplia representación de la alta sociedad.

Estas tertulias fueron una novedad en la España del momento, pero existían desde hacía décadas en otros países de Europa, como Italia, Francia o Inglaterra. Los españoles no hicieron más que copiar la costumbre de unas naciones que les habían tomado la delantera en cuanto a dinamismo cultural y social. La transformación de estas tertulias particulares en academias oficiales siguió también el curso de lo ocurrido en otros sitios. Baste recordar la del marqués de Villena, que se convirtió en 1713 en la Academia Española, a la manera de la Academia Francesa creada en 1635. En Sevilla, una tertulia estuvo también en el origen de la Academia de Medicina, a la que en algún documento se calificó de "veneranda Tertulia Hispalense".

Al entrar en el siglo XVIII, al mismo tiempo que se multiplicaban las academias oficiales, las tertulias cultas de las que habían nacido muchas de ellas sufrieron un rápido eclipse. Así lo notaba el escritor Diego de Torres y Villarroel hacia 1730, cuando se lamentaba de que los jóvenes nobles no se dedicaran ya a domar un caballo, manejar armas, ¿ni a la asistencia a las tertulias, en donde se conferenciaba sobre varias materias¿. Se escandalizaba, además, por el avance de las modas extranjeras, especialmente las francesas, que afectaban todos los ámbitos: la lengua, el vestido y también las formas de relacionarse. De esta manera, las tertulias que Torres y Villarroel asociaba con la tradición castellana fueron reemplazadas por un tipo nuevo de reuniones, más ligeras y adaptadas a la tónica del siglo. Eran los salones, como se los denominó en Francia; curiosamente, en España se les dio el nombre de tertulias.


Cuando ellas tomaron la palabra. El paso de la tertulia antigua a la nueva se produjo con celeridad. Los viajeros franceses que vinieron a España a principios del siglo XVIII se sorprendían ante la escasa vida social de la aristocracia española. Para empezar, imperaba un exclusivismo de clase, que hacía que los nobles solo se relacionaran entre sí. Las reuniones sociales (visitas) se atenían a un protocolo bastante rígido, con la separación física de hombres y mujeres. Estas se encontraban en el estrado, sentadas sobre cojines, mientras que ellos se situaban en el resto de la sala y utilizaban sillas. Tras la llegada de los Borbones, se fue imponiendo un nuevo estilo. Desapareció el estrado (aunque se conservó el nombre para denominar la sala de recepción en su conjunto). Las reuniones se hicieron más informales y se amenizaban con entretenimientos: música, teatro, recitales... Sobre todo, cambió la relación entre los sexos, no solo por una mayor facilidad de trato, sino porque, en tales reuniones, la mujer terminó adquiriendo una posición dominante. La dueña de la casa las organizaba, distribuía las invitaciones y daba el tono de la conversación. Y en general, el mayor aliciente para los hombres era la presencia femenina, en un ambiente propicio para el galanteo o la charla ligera.

El escritor José Cadalso describió así el ambiente que reinaba en las tertulias del siglo XVIII: ¿Una señorita se iba a poner al clave; dos señoritos de poca edad leían con mucho misterio un papel en el balcón; otra dama estaba haciendo una escarapela; un oficial joven estaba vuelto de espaldas a la chimenea; uno viejo empezaba a roncar sentado en un sillón a la lumbre; un abate miraba al jardín y al mismo tiempo leía algo en un libro negro y dorado, y otras gentes hablaban¿. El texto destaca todo lo que estas reuniones tenían de frívolo y hasta de afeminado. Lo cierto es que las tertulias tuvieron mala prensa entre los intelectuales del momento, pese a que ellos eran los primeros en participar. Ramón de la Cruz, por ejemplo, les dedicó un sainete, Las tertulias de Madrid, que muestra a unos tertulianos frívolos y aprovechados que no renuncian a la merienda que les ofrece la anfitriona ni siquiera cuando el marido de esta parece estar a punto de morir. Aun así, hubo tertulias de nivel notable, como la organizada por Pablo de Olavide en Sevilla, en la que Jovellanos leyó algunas de sus obras de teatro.

Este tipo de salones sobrevivió en el siglo XIX y en las primeras décadas del siguiente, manteniendo siempre el nombre de tertulias. Mesonero Romanos, en un artículo titulado ¿Las tres tertulias?, ofrece una divertida estampa de la vida social en la década de 1830. Explica que, en una sola noche, acudió, en compañía de cierta ¿señora de gran tono¿, a tres reuniones sociales: una de las 19.00 a las 22.00 horas, otra hasta medianoche y la última hasta las 2.00 horas de la madrugada. En la última de ellas, los mayores se juntaban en una sala para jugar a cartas, mientras los jóvenes se entretenían en bailes y conversaciones insulsas.

A mediados del siglo XIX, entre las clases altas madrileñas, la tertulia era una institución. Quizás la más esplendorosa era la organizada por la condesa de Montijo. A ella acudían eminencias sociales y literarias de toda Europa, y hasta se cuenta que en una de esas reuniones la hija de la condesa, Eugenia, sedujo al entonces exiliado Luis Bonaparte, para convertirse poco después en emperatriz de Francia. También en las novelas de Emilia Pardo Bazán se recrea muy a menudo el ambiente de las tertulias, a la manera de las que ella misma presidía en su residencia de Madrid.


Pese a que en el siglo XIX el significado más habitual de tertulia era el de salón, hacia finales de la centuria se impuso con fuerza otro, hoy más reconocible: la tertulia de café. En España, la introducción de los cafés se produjo un tanto tardíamente respecto al resto de Europa, pero enseguida adquirieron protagonismo. Más respetables y abiertos que las tabernas, los cafés propiciaban las relaciones y la conversación tranquila, de modo que pronto se convirtieron en punto de reunión para todo tipo de cenáculos. Uno de los primeros testimonios de la función social del café lo ofrece Moratín en La comedia nueva o El café (1792), que se centra en las acaloradas discusiones sobre teatro en un café madrileño. En esos años de la Revolución Francesa, el café se transformó, asimismo, en espacio de conspiraciones y de agitación, a la manera de los clubes jacobinos franceses. Esa situación perduró en el Trienio Liberal (1820-1823), cuando varios cafés de Madrid albergaron clubes políticos de vida tumultuosa. El más conocido fue La Fontana de Oro, descrito por Galdós en la novela homónima. En un nuevo giro del término, también a estos clubes se los llamó tertulias, y así se hablaría de "la tertulia patriótica de La Fontana de Oro". En realidad, más que tertulias se hacían mítines.


Al margen de estas tertulias-clubes, desde la instauración del régimen liberal en 1833 los cafés acogieron tertulias estrictamente literarias, marcadas por el tono del romanticismo. La más célebre fue El Parnasillo, en el café del Príncipe, frecuentada, entre otros, por Mesonero Romanos y Larra. Estas reuniones, más sosegadas y amigables, se hicieron también en otros espacios, como ateneos, redacciones de periódicos, librerías o salones de los teatros.

La etapa de gloria del café literario fue el medio siglo comprendido entre la Restauración (1875) a la guerra de 1936. Madrid se pobló de cafés de todo tipo, sobre todo en la zona de la Puerta del Sol. Cada cual elegía su preferido, aunque solía hacerse un recorrido por varios. En ese ambiente apareció uno de los grandes protagonistas de la vida de café en Madrid, Valle-Inclán, quien, según la leyenda, se quedó manco a raíz de una pelea con un contertuliano. Ramón Gómez de la Serna, unos años más joven, aportó a la bohemia de café madrileña un toque vanguardista, con su célebre tertulia del café Pombo.

La tertulia se convirtió en un modo de vida y la valía de cada cual se medía por la capacidad de brillar en ella, hasta el punto que de alguien inteligente pero sin ingenio ni don de gentes se podía decir: "Le falta café". La misma competencia verbal revirtió en la literatura. Pero las tertulias también tenían sus críticos. Unamuno, muy aficionado a ellas, las consideraba una tentación casi pecaminosa, mientras que Ortega y Gasset criticaba la inclinación a opinar de todo, sin información ni sentido del equilibrio, que tenían "las veinte mil tertulias" que cada día había en Madrid.


Tras la Guerra Civil los cafés literarios entraron en decadencia. La mayoría se cerró, aunque algunos, como el Café Gijón, sobrevivieron. El Ateneo de Madrid, centro de debate brillantísimo, también sucumbió. En los años 60 y 70, la politización antifranquista trajo, en cierto modo, un retorno de los clubes revolucionarios, mientras que en las grandes conurbaciones triunfaban las diversiones modernas, ruidosas y masificadas, que eclipsaron los viejos cafés. Hoy, el individualismo y el culto a la vida privada, junto con el auge de la televisión, parecen ir en contra de la tradición. En lugar de las tertulias de siempre, se encuentran las virtuales de la radio o la televisión, o los chats de Internet. Pero es discutible que todo esto suponga la desaparición de la vieja tertulia. El gusto por la conversación y por el intercambio es un rasgo universal que, en cada lugar y en cada época, encuentra su vía de expresión.

Me encantaría que esa época se reviviera, aunque últimamente la gente piensa que una tertulia es ver a dos personas tirándose los trastos a la cabeza y llamarse todos los improverbios que se les ocurra. Menos mal que aún hay gente por el gusto de las tertulias, buenas se entiende.

 
Un día muy extraño


Hoy ha sido un día muy raro. Vamos que no ha sido un día nada común.

Para empezar, me ha costado muchísimo dormirme anoche. De normal me cuesta dormir cuando tengo alguna preocupación, cuando estoy apesadumbrado, cuando hay algo que me carcome por dentro hasta que mis rincones están llenos de destrozos. Pero anoche no me pasaba eso. No podía dormir porque estaba feliz. ¿Qué como es posible? Estaba como hundido en las manos de la felicidad, mecido por la alegría. No puedo explicar porque estaba tan dichado.

En el trabajo, a punto de salir porque había acabado mí turno. Me dispongo a salir cuando escucho a mi jefe que me dice:

Jefe: Álex, ya que últimamente estás tan experimental… ¿podrías experimentar con algo exótico para añadirlo a la carta?

Yo: (Cara de estupefacción) ¿Algo exótico?

Jefe: Sí, algo muy exótico.

Yo: (Con prisas porque tenía que llamar a mi novia por teléfono) ¿Exótico para ti o para los clientes?

Jefe: Para los clientes, claro está.

Compañero1: Para los clientes cualquier cosa que no sea la comida que les preparen en casa ya les resulta exótico.

Se escucha las carcajadas generalizadas, y yo pensando en mi novia, ¿habrá terminado de caminar y estará en casa o tendré que llamar más tarde? Escucho la conversación que va cogiendo tintes surrealista y no se en que momento a empezado a hablar de perros.

Compañero2: Vos loco, los chinos comen perros y allá es algo normal. En África comen gusanos. Para vos es exótico y para ellos es algo cotidiano como acá el arroz.

Jefe: Si les ponemos perro al chilindrón son capaces de lincharnos a todos.

Compañero1: Pobres perros, yo nunca abandonaría a mi perro ni a ningún animal. Ellos nunca lo harían y además no son juguetes. ¿Tú que opinas Álex?

Yo: (¿Qué me ha dicho? Algo de perros) Yo no opino nada, tengo prisa, he de llamar a mi niña. Investigaré lo de la comida exótica. Gracias por la charla. Adeu.

Compañero1: Estas muy enamorado, date un descanso que no se te va a ir.

Yo ya no escucho nada más, mi atención se centra en llamar a mi novia, mi adorable niña, el hilo de mis entrañas que me mantienen con vida, la dulzura que emerge de mis poros, ella es mi vida.

La llamo sentado en un banco que he encontrado, me lo coge su hermana, la niña se ha ido a comprar que no tarda que si me quiero esperar o llamar más tarde. Las emergencias de amor me hacen elegir lo primero, decido esperar. M, su hermana, deja el teléfono en algún lugar y se va a despachar a su clientela. Me quedo esperando, se me hacen eternos, demasiados eternos para unos cuantos minutos. El reloj me pesa sobre mis sienes, empiezo a pensar que tengo verdadera dependencia de mi novia, necesito escuchar urgentemente su voz. Agudizo el oído por si la escucho llegar al teléfono. Sólo escucho la radio de fondo y al sobrino de mi niña, que estaría jugando. Por fin alguien se pone, es M, me dice que intento alcanzarla pero que ya había entrado, habla conmigo para que no me sienta tan solo. Hablamos de la diferencia horaria, allí han adelantado una hora el reloj, me pongo a pensar en el dicho aquel que dice que cuando estás con alguien que amas las horas parecen segundos, cuando no están los segundos parecen horas interminables, que pesan, que te degollan lentamente los nervios. Le digo la hora que era en España, ahora tenemos cinco horas de diferencia. Me dice, ya llegó ella, ahora se pone, se despide de mí muy cariñosamente. Se pone mi niña, mi corazón se dispara. Hemos hablado durante hora y media. Me he reído mucho con ella. Mi niña es tan cariñosa conmigo. Me hacía mucha falta vivir algo tan dulce en mi vida.


Mientras caminaba de camino a casa, he visto unos niños jugando con unos aviones, son tan felices. No se como me he encontrado en la edad de cinco años jugando al lado de un charco, con mi baby azul y mis botas catiuscas negras. Mirando ensimismado un barquito de papel que navegaba orgulloso por el charquito. De repente un señor mayor con mucha prisa no ve mi pequeño barco frágil que deambula por los surcos de un charco en la calle, al lado de una escuela. Lo pisa, pero el hombre grande no le da importancia y reanuda su marcha. Mi pobre barco se ha quedado aplastado y el agua empieza a empaparlo ligeramente hasta encharcar todas las paredes, que se desmoronan ante mis ojos. Me pongo hacer pucheros, mientras me quedo desolado mirando mi barquito en la deriva del sucio charco que acaba de masacrar aquel hombre. La señorita me dice que no me preocupe que el hombre llevaba mucha prisa y que no lo hizo a propósito. Mientras yo empiezo a mirar el barquito con otros ojos, buscándole formas en mi pequeña imaginación como cuando miramos y esculturizamos las nubes en pequeñas obras de arte de nuestra infancia. Le contesto a mi señorita profesora. Los mayores siempre con tanta prisa y nunca se paran a ver lo más importante.

Me quedé a cuadros al recordar algo tan lejano y más sorprendido a contestarle semejante cosa con aquella edad. Luego me he parado a pensar que con aquella edad estaba muy influenciado por el libro el principito que mi madre me leía todas las noches y que no era nada raro que le hubiese contestado eso justamente. Lo invisible es esencial a los ojos.

He descubierto un nuevo autor, al menos para mí. El señor José Carlos Somoza, escritor cubano. Me ha llamado la atención la cantidad de premios que tiene y las buenas críticas que tienen sus obras.

Premios de las librerías independientes de Francia Initiales y Mille Pages 2003 por "Clara y la penumbra". Recibió el Premio Margarita Xirgu de guiones dramáticos de radio, convocado por Radio Exterior de España y el Instituto de Cooperación Iberoamericana, en 1994 por su guión, “Langostas”. Este mismo año gana el Segundo Premio “Gabriel Sijé” de novela corta por “Planos”. En 1996, gana con “Silencio de Blanca” el premio de novela erótica “La Sonrisa Vertical” convocado por la editorial Tusquets. En 1997 su obra de teatro “Miguel Will” consigue el Premio Cervantes de Teatro (INAEM). En 1998, su novela “La ventana pintada” obtiene el Premio Café Gijón. En enero de 2000 su novela “Dafne desvanecida” queda finalista del Premio Nadal. En 2001 gana el Premio Fernando Lara con su novela “Clara y la penumbra”. En 2002 gana el Premio Hammett de novela negra con “Clara y la penumbra”. En 2002 su novela “La caverna de las ideas” gana el Premio The Macallan Gold Dagger For Fiction 2002, otorgado por la Asociación de Escritores de Misterio del Reino Unido.

"La caja de marfil" es su última novela. Voy a intentar conseguir alguna de sus obras. Parece muy interesante este escritor.


 
Las cinco del viernes; un domingo.

Me apunto a este juego para enriquecer los blogs, aunque llevo leyendolo mucho tiempo y contestando mentalmente a cada cuestionario. Me estreno en mi recien estrenado blog.


1) ¿Te gusta el teatro? ¿Vas a menudo, o todo el teatro que has visto son los matrimonios de Noche de fiesta?

Sí, me gusta muchísimo el teatro. Voy regularmente, siempre que puedo.

2) ¿Alguna vez has visto una obra que no te haya gustado nada? ¿Has salido del teatro con la sensación que has tirado el dinero?

No, nunca me ha pasado. De normal sé lo que voy a ver, me informo sobre las obras que hay en la cartelera. El teatro es algo inmenso, una sensación que no te la dá otro espectáculo.

3) ¿Cuál es la primera obra que recuerdas haber visto? ¿Y una de las que te haya gustado más?

No recuerdo la primera obra a la que fui, fue en el colegio. La que más me ha gustado, son muchas, pero cualquiera que haya protagonizado Rafael Álvarez el brujo. Ahora mismo recuerdo una obra sobre Lazarillo de Tórmes en el que actuaba solo.

4) ¿Has llegado a irte lejos para ver una obra que sabías que no iba a venir a tu ciudad?

Sí, sobre todo obras de teatro clásico.

5) ¿Por qué crees que va poca gente al teatro? ¿Crees que es caro?

Porque la gente asocia al teatro con gente literata, con intelectuales, con gente de poder y creen que a ellos no le va con su modo de vida. La falta de un marketing que sí beneficia al cine, la falta de grandes productoras. En defenitiva, inversión.


 
Este es mi pequeño universo
Buenas noches:

Es la primera vez que escribo un diario, al menos de este modo. Antes mis poemas, mis partituras y mis cuadros era el diario de mi vida, mis silencios y mis gritos ahogados, que siempre chocaban contra los miedos, los que no querían escuchar, incluso con mi timidez.

Hoy es un día normal, un domingo cualquiera en la vida de cualquier hombre o mujer que habitan en una pequeña casa, o un piso grande o viceversa, en un mundo rico y desnutrido de cosas, carente de sensaciones que echan en falta y también de sentimientos que los llevan al éxtasis sentimental, los llenan de amor durante un rato, pequeños ratos que muchos poetas le han denominado; felicidad. Para mí es el día que comienzo este diario, deseo que me sirva como terapia, como un bálsamo, como un vaivén dulce en mitad de una borrasca invernal.

Si alguien lee a este pobre mortal, deseo que le sea grato. Que nos una la mirada a unos sentimientos que todavía hoy en día, entre los chorreos del mundo interactivo y la vida rápida y consumista, aún haya un hueco para los valores, el sentir y la ternura.