Un Cuento de Hadas
Encontró
un sendero, apenas distinguible entre la maleza, que llevaba hacia un pequeño
puente. La vieja de la cabaña con patas de gallina que le había
indicado el camino le dijo que caminara en esa dirección
hasta que encontrara un roble de colores dorado y rojo. Siguió
sus indicaciones. Se tumbó bajo el árbol y dejó que sus
pensamientos vagaran entre las ramas y las hojas que se extendían
sobre su cabeza. Oyó una voz que le preguntaba quién
era y qué buscaba. Se incorporó
pero no vio a nadie. “Estoy aquí”, dijo la voz, provinente del interior del árbol.
No daba crédito a sus oídos. Pero de
pronto, una ardillita bajó por el tronco y se puso de pie enfrente. La
ardilla y el viajero estuvieron hablando largo y tendido, mientras comían
frutos secos. Al día siguiente, las hojas del árbol
desaparecieron del paraje. La ardilla le explicó que en ese
lugar las estaciones duraban un año y que debía partir sin
demora, pues pronto se asentaría el Invierno. Eso
significaba que llegaría
La
ardilla le dio tres bellotas mágicas: la una la tenía
que lanzar entre el peligro que le acechaba y él; la otra se
la tenía que comer para poder pasar de un reino a
otro sin cruzar las fronteras oficiales (“Ten cuidado”, le dijo, “pues
si te descuidas puedes pasarte de reino y acabar en otro mundo distinto al tuyo”),
y la tercera, le concedería el don e la invisibilidad al colocarla bajo
la lengua.
Se
oyó el eco de los tintineos de varios cascabeles.
¡Las Mujeres de Hielo se acercaban! Corre,
viajero, corre, las damas te buscan. Y cuando creía que su
corazón iba a explotar por el esfuerzo, se lanzó
dentro del pequeño puente en plancha. Se arrastró
por su oscuridad hacia el resplandor que había al fondo.
Por el camino oyó varias risitas juguetonas y padeció
fuertes tirones en el pelo. Habían cositas volando a su alrededor que no
paraban de estorbarle. Atrapó a una. Era menuda, tenía
la tez verdosa y una cara fea y enfadada. Aleteó con fuerza
tratando de escapar de su puño, pero sus alas estaban enganchadas entre los
dedos y no sirvió de nada. La miró con
curiosidad. Era un hada, sin duda. Un hada de cueva, tal vez, porque parecía
desprender un fulgor tenue que iluminaba las paredes del túnel,
llenas de algunas piedras preciosas. El hada le mordió
con unos dientes afilados. Eso le molestó, pero decidió no soltarla.
La ató con un pañuelo para que
no pudiera escaparse y sacó un pico viejo que tenía
la propiedad de que con cada golpe en alguna pared, saltaban a sus manos solo
los minerales más preciosos. Fue regalo de un enano de las
Montañas Pedregosas al que salvó,
pero claro, no le preguntéis al enano, pues son un pueblo orgulloso y
jamás lo admitirá. Cuando tuvo
unas cuantas piedras de colores vivos y brillantes, desató
al hada y empaquetó el preciado material en el pañuelo.
La criaturilla feérica, al verse de nuevo en libertad, le gritó
una serenata de sonidos que parecían guijarros chocando entre ellos en un saco.
Le miró con cara enfadada, le sacó
la lengua y desapareció de su vista.
Llegó
al final del túnel. En el momento de salir, le cegó
una luz que era tan brillante como el Sol pero sin su calidez; era como mirar
una Luna que fuera tan resplandeciente como éste. Se quedó
anonadado cuando por fin pudo ver. Delante de él se extendía
un bosque inmenso de árboles con tronco y hojas plateados. Las
flores eran doradas, plateadas y púrpura metalizado, los arbustos eran de color
verdoso y tenían bayas comestibles y dulces. Todo era tal y
como había soñado. Cerca de sus pies, una familia numerosa de
setas, encabezadas por el Padre y
Decidió
entrar en el bosque. Miró atrás y vio la ranura en la roca por la que había
llegado. Verdaderamente, ¿valía la pena volver al mundo físico?
La pregunta se desvaneció de su cabeza y siguió
adelante. Visto desde dentro, el boscaje era aun más
espléndido que desde el borde, dónde
parecía la obra de un pintor que soñaba
demasiado. Al rato, se sintió cansado. Había demasiado
cosas que ver, que probar, que tocar y que conocer. Encontró
un arbusto de bayas rojas y dulces, que parecían ser tal y
como la ardilla le había descrito. Se guardó
un racimo en el zurrón y cogió otro, luego se sentó
al lado de una charca cristalina y sacó un vaso de madera tallada que se hizo él
mismo. Lo metió dentro del agua y se lo acercó
a los labios. Olía a frescura y a bosque. La advertencia de la
ardilla le hizo detenerse. “No bebas ni comas nada, pues todo se paga”.
Pero tenía que beber. Se llevó
el vaso a los labios y bebió. Era la mejor agua que había
probado jamás y le calmó la sed nada
más tocar su lengua. Después
empezó a comerse el racimo de bayas. Y ciertamente
eran dulces, aun con el punto ácido. Mientras daba cuenta de ellas, se fijó
en las sílfides y hadas azules que jugaban en la
superficie del lago. Se sumergían, salían del agua, se salpicaban y gritaban
joviales. Sus voces eran como el sonido de un riachuelo de montaña
al descender entre las rocas. Un unicornio salió de entre la
espesura. No daba crédito a sus ojos cuando éste
se acercó a la charca a beber. Tenía
un cuerpo esbelto y grácil. Poseía un porte de confianza increíble,
parecía la criatura más inocente
que hubiera visto jamás y aun así, su expresión
denotaba sabiduría ancestral. Cuando hubo bebido bastante,
levantó la cabeza y olfateó
el aire. Acto seguido, empezó a caminar lentamente otra vez hacia el
interior del bosque. El viajero emocionado por haber visto una leyenda viva se
levantó y le siguió de lejos.
Por
el camino observó una infinidad de seres que jamás
llegó ni a imaginar ver en un sueño.
El unicornio sabía que estaba siendo seguido, pues los pasos
del hombre son los más ruidosos de cualquier mundo. Llegó
a un claro lleno de flores. Había una muchacha sentada con la cabeza girada
hacia el otro lado, con una trena en el pelo azul lapislázuli,
con chispitas doradas en él, como si se trataran de estrellas. Tocaba
una especie de arpa tallada en madera blanca con unas formas deliciosas y
cantaba bajito. Pero el canto se oía en toda la explanada. Si un día
de cielo azul pudiera cantar, tendría su voz, sin lugar a dudas; mientras que su
cabellera sería la noche estrellada en la que soñar
eternamente. El unicornio se tumbó a su lado y el viajero olvidó
que no debía ser visto, como le advirtió
la ardilla, y se sentó en el suelo a contemplar la preciosa escena,
olvidándose de todo lo demás.
Inanna Pilgrim