Mystic Dream: ¡tu blog multimedia y cada día el de más gente! (o algo)
Pos eso, que este blog ha dado un paso adelante y ahora es multimedia! Y si no os lo creeis, pinchad en este enlace de videoaudio...
¡La chorradilla del día!
Houston, tenemos problemas
(Si no sale el enlace, cosa posible, copiad esto a la barra de dirección del explorer: http://www.grapheine.com/bombaytv/play.php?id=80233 )
¡La chorradilla del día!
Houston, tenemos problemas
(Si no sale el enlace, cosa posible, copiad esto a la barra de dirección del explorer: http://www.grapheine.com/bombaytv/play.php?id=80233 )
Camino. Cambio. ¿Camino en el cambio?, ¿cambio en el camino?
Barquitos en el horizonte.
Lucecitas extraviadas.
Sueños inconexos en la mar.
Esperanzas destrozadas a la par.
Neblina y bruma frente a la luz
que cede terreno a la oscuridad.
Mañana será otro día;
será de día, será de mañana.
Habrá Sol.
Mañana será distinto al hoy.
Hora de partir,
se dice el peregrino.
Nunca tiene calma
una inquieta alma.
Buscando una mañana,
diferente y mejor,
que la hasta ahora encontrada.
Todo el mundo decide irse a casa.
La Posada
Como no sé que escribir y últimamente tengo esto un poco abandonado, he decicido subir los primeros párrafos de la historia que estoy escribiendo desde hace unos meses.
¿Qué os parece?
Inanna
En noches como esta me parece vivirlo de nuevo. Frío siberiano, sin nieve. Tiempo malo. Malo porque era principios de primavera, y el viento y el frío podían hacer desaparecer la cosecha. He visto muy pocas tormentas de nieve sin nieve en mi vida. Son algo espantoso, creedme. Hace años, cuando me pasó todo aquello, era un aprendiz de mercader. Un carro, una mula, utensilios que vender, mi maestro y yo. Y un bosque.
La Posada
Estábamos cruzando el bosque por un camino sinuoso de tierra seca que picaba en los ojos si los abrías demasiado. El viento soplaba muy fuerte. Lo recuerdo bien. Y nosotros íbamos en contra suyo. Incluso a la mula le costaba caminar. El maestro me dijo que no temiera nada, que ya había hecho esa ruta en un par de ocasiones hacía años, llegaríamos al poblado al día siguiente, por la mañana al amanecer si no nos deteníamos; a mediodía si montábamos un campamento. Deseé seguir, no quería hacer campamentos ni parar en aquel paraje. El bosque que nos rodeaba era negro, profundo, con ojos que nos acechaban desde la oscuridad a la espera de que nos desviáramos del camino, pues allí aun estábamos a salvo. El maestro me contó historias de aquel lugar. Historias espeluznantes. Secretos de gente muerta, cuentos que oyó de niño en algún lugar que no recordaba o que le pareció oír en sueños. A las pocas horas, me sabía de memoria el folklore de esa tierra, bueno, lo que ahora se llama folklore, o tradición o cuentos de hadas; por aquel entonces eran tan reales como lo podemos ser tú y yo. Había historias de toda clase, de gente que se perdió y no se volvió a saber, de los que parecían ser hijos de seres del bosque y al cabo de los años retornaban a él, de campesinos, cazadores o leñadores que se enamoraban de alguna ninfa, dríade o hada y les juraban amor eterno… y también había los horrendos. Los que tenían a Baba Yaga como co-protagonista, con su cabaña de patas de gallina persiguiendo a algún pobre chiquillo que no sabía dónde se había metido, o un Phooka (o el, pues no sé si sólo hay uno o son una raza), comitivas nocturnas de almas en pena, hadas maliciosas, fuegos fatuos que buscan la perdición de los viajeros… Durante el camino me pareció ver a algún fuego fatuo, pero no se lo dije al maestro. Al igual que tampoco mencionamos ninguno de los dos los numerosos ojos que parecían vigilarnos desde la espesura o ese ser peludo, grande y feroz que cruzó el camino a unas decenas de pies enfrente nuestro. Son cosas que no las dices en voz alta en ese momento. No hay necesidad para ello. Todos los presentes saben lo que han visto y saben que es desagradable. Da miedo. Por eso no lo decimos en alto. Si nos lo guardamos para nosotros, parece que haya sido una visión o un sueño; en caso contrario, compartirlo con el resto, es aceptar que eso, sea lo que sea, es real. Aunque de alguna forma ya lo sabemos. Es complicado. O no. En realidad es más sencillo. Pero sí que hay un momento en que está permitido explicar estas cosas. Es una ley. Aunque nadie la creó. Nació por si misma. El momento para contar estas historias es siempre en una posada, con una hoguera delante. ¿Y por qué en una posada? Muy fácil. Los viajeros extraviados que llegan a una posada o a algo que se le parezca –es decir, un refugio dónde alguien te ofrezca su hospitalidad- no tienen dinero pero sí moneda de cambio, algo valioso: las historias. Una historia por noche de hospedaje o por tormenta. Oí de una posada en el fin del mundo, donde van a parar todos los extraviados en las tormentas. Me pregunto si fue allí donde estuve entonces. Lo dudo. Ese lugar no parecía llamarse el fin del mundo.

¿Qué os parece?
Inanna
En noches como esta me parece vivirlo de nuevo. Frío siberiano, sin nieve. Tiempo malo. Malo porque era principios de primavera, y el viento y el frío podían hacer desaparecer la cosecha. He visto muy pocas tormentas de nieve sin nieve en mi vida. Son algo espantoso, creedme. Hace años, cuando me pasó todo aquello, era un aprendiz de mercader. Un carro, una mula, utensilios que vender, mi maestro y yo. Y un bosque.
La Posada
Estábamos cruzando el bosque por un camino sinuoso de tierra seca que picaba en los ojos si los abrías demasiado. El viento soplaba muy fuerte. Lo recuerdo bien. Y nosotros íbamos en contra suyo. Incluso a la mula le costaba caminar. El maestro me dijo que no temiera nada, que ya había hecho esa ruta en un par de ocasiones hacía años, llegaríamos al poblado al día siguiente, por la mañana al amanecer si no nos deteníamos; a mediodía si montábamos un campamento. Deseé seguir, no quería hacer campamentos ni parar en aquel paraje. El bosque que nos rodeaba era negro, profundo, con ojos que nos acechaban desde la oscuridad a la espera de que nos desviáramos del camino, pues allí aun estábamos a salvo. El maestro me contó historias de aquel lugar. Historias espeluznantes. Secretos de gente muerta, cuentos que oyó de niño en algún lugar que no recordaba o que le pareció oír en sueños. A las pocas horas, me sabía de memoria el folklore de esa tierra, bueno, lo que ahora se llama folklore, o tradición o cuentos de hadas; por aquel entonces eran tan reales como lo podemos ser tú y yo. Había historias de toda clase, de gente que se perdió y no se volvió a saber, de los que parecían ser hijos de seres del bosque y al cabo de los años retornaban a él, de campesinos, cazadores o leñadores que se enamoraban de alguna ninfa, dríade o hada y les juraban amor eterno… y también había los horrendos. Los que tenían a Baba Yaga como co-protagonista, con su cabaña de patas de gallina persiguiendo a algún pobre chiquillo que no sabía dónde se había metido, o un Phooka (o el, pues no sé si sólo hay uno o son una raza), comitivas nocturnas de almas en pena, hadas maliciosas, fuegos fatuos que buscan la perdición de los viajeros… Durante el camino me pareció ver a algún fuego fatuo, pero no se lo dije al maestro. Al igual que tampoco mencionamos ninguno de los dos los numerosos ojos que parecían vigilarnos desde la espesura o ese ser peludo, grande y feroz que cruzó el camino a unas decenas de pies enfrente nuestro. Son cosas que no las dices en voz alta en ese momento. No hay necesidad para ello. Todos los presentes saben lo que han visto y saben que es desagradable. Da miedo. Por eso no lo decimos en alto. Si nos lo guardamos para nosotros, parece que haya sido una visión o un sueño; en caso contrario, compartirlo con el resto, es aceptar que eso, sea lo que sea, es real. Aunque de alguna forma ya lo sabemos. Es complicado. O no. En realidad es más sencillo. Pero sí que hay un momento en que está permitido explicar estas cosas. Es una ley. Aunque nadie la creó. Nació por si misma. El momento para contar estas historias es siempre en una posada, con una hoguera delante. ¿Y por qué en una posada? Muy fácil. Los viajeros extraviados que llegan a una posada o a algo que se le parezca –es decir, un refugio dónde alguien te ofrezca su hospitalidad- no tienen dinero pero sí moneda de cambio, algo valioso: las historias. Una historia por noche de hospedaje o por tormenta. Oí de una posada en el fin del mundo, donde van a parar todos los extraviados en las tormentas. Me pregunto si fue allí donde estuve entonces. Lo dudo. Ese lugar no parecía llamarse el fin del mundo.

A butterfly...






