J., el Ogro
Eran las 8 de la mañana y estabamos todos en el instituto dado clase de matemáticas con J., el profesor más antipático que he conocido nunca. J. estaba explicando nosequé de el coseno de un triangulo rectangulo cuando entró a clase otro profesor para decirle una cosa que parecía importante. Estubieron un largo rato hablando y, mientras tanto, nosotros nos pusimos a hacer el tonto. Estabamos tan distraidos que no nos dimos cuenta de que el otro profesor ya se había marchado y J. nos había llamado la atención 2 veces para proseguir con la clase. Cuando nos dimos cuenta, el se puso a gritarnos. Entonces A., una compañera de clase y amiga mía, me dijo:
-Yo ya estoy cansada de que nos trate tan mal, voy a decirle cuatro palabritas…
-¿Estas loca? Si haces eso va a suspenderte- contesté yo.
- Me da igual, yo estoy suspendida igualmente en matematicas.
A. se levantó de la silla y le dijo lo que todos pensamos de él, sin cortarse un pelo con los insultos. J. no podia creer lo que oía, se acercó a A. y comenzó a pegarla. Su cara roja reflejaba una rabía y una furia que daba miedo mirarla. Yo y el resto de mi clase pensamos que ya era hora de hacer algo y nos levantamos a ayudar a A., sin importarnos el posible suspenso. Le dijimos a J. que ibamos a denuniarlo al director, que se quedaría sin trabajo y comenzamos todos a insultarlo a la vez. Los gritos se hacían cada vez más y más fuertes, y el se arrinconaba tratando de esconderse. Parecía como si estubiera encogiendo. De repente todos nos callamos a la vez y yo me he despertado dando un respingo.
-Yo ya estoy cansada de que nos trate tan mal, voy a decirle cuatro palabritas…
-¿Estas loca? Si haces eso va a suspenderte- contesté yo.
- Me da igual, yo estoy suspendida igualmente en matematicas.
A. se levantó de la silla y le dijo lo que todos pensamos de él, sin cortarse un pelo con los insultos. J. no podia creer lo que oía, se acercó a A. y comenzó a pegarla. Su cara roja reflejaba una rabía y una furia que daba miedo mirarla. Yo y el resto de mi clase pensamos que ya era hora de hacer algo y nos levantamos a ayudar a A., sin importarnos el posible suspenso. Le dijimos a J. que ibamos a denuniarlo al director, que se quedaría sin trabajo y comenzamos todos a insultarlo a la vez. Los gritos se hacían cada vez más y más fuertes, y el se arrinconaba tratando de esconderse. Parecía como si estubiera encogiendo. De repente todos nos callamos a la vez y yo me he despertado dando un respingo.





