Bella chinita
¡Estoy de vuelta! El viaje ha estado genial. He pasado dos semanas increibles en China.
Veréis, es que no lo había comentado todavía pero trabajo en una productora que hace programas destinados a canales de pago. Esta vez me ha tocado grabar un documental en el gigante asiático. Qué pasada.
Me sentí como Kapuscinski, para mí, y otros tantos profesionales del medio, un modelo a seguir. Me encantan sus libros y, por fin, he podido comprobar que la descripción que hace de China en Viajes con Heródoto es estupenda. Eso sí, claro que las cosas han cambiado después de 50 años.
El equipo con el que he viajado era reducido. La productora no está pasando por un buen momento y necesita recortar gastos. Pero yo no puedo faltar. Qué le voy a hacer si tengo un carisma arrollador. Fui acompañada de tres cámaras, un realizador y una redactora. Bueno, y en compañía de mí misma que también soy redactora, además de la que se pone delante de la cámara. Me encanta ser la prota.
A tres de los compañeros ya los conocía, pero el realizador y la redactora eran nuevos en la plantilla. Qué suerte, eso sí que es llegar y besar el santo. De buenas a primeras los mandan a China. Con los gastos pagados. A más de uno le ha encabronado.

La redactora ha resultado ser una chica majísima, he hecho muy buenas migas con ella. Compartimos habitación. Empezamos a hablar en el avión y no paramos durante todo el viaje. Hay buena compenetración entre las dos, nos entendemos a la perfección. Es una hippie alocada. Está separada y tiene un niño de cinco años. Es mayor que yo, pero ni su físico ni su caracter la delatan. Estoy muy contenta de haber coincidido con ella en este documental. Y, sí, puedo decir que este es el principio de una gran amistad. Por cierto, esta tarde he quedado con ella para tomar algo en una tetería.
Con el realizador no todo ha ido tan bien. Qué coño, me cae de puto culo. Se puede ser perfeccionista, pero lo suyo roza la locura. Me he hartado de repetir y repetir las mismas secuencias. Es un cuarentón casado, pero sin hijos. Supongo que su mujer es la que lleva los pantalone en casa, lo tiene amargado la muy mandona. Entonces luego llega al trabajo y se pone las botas dirigiéndonos, a los cámaras y a mí. Y es que yo no estoy a favor de que las mujeres lleven los pantalones. No, no, no. El amor, la casa, el matrimonio, los hijos: cosa de dos. Igualdad, digo yo, vamos.
El hombre en cuestión, Juanjo, nos ha puesto la cabeza como un bombo. Más de una vez me han dado ganas de gritarle, pero me he cortado. Es que soy una señorita. Eso sí, una y no más. Si me toca hacer otro programa con él ya no podré retener mi genio.
Bueno, China genial. Estuvimos en el Tíbet, en Xi´an, Pekín y Shangai. Visitamos la Muralla (impresionante), nos dejaron pasar a un templo, mercados nocturnos, comida china (qué rica), bicicletas... Estuvimos en un karaoke por la noche acompañados de una buena botella de sake, coincidimos con una boda china y nos dejaron coger algunas imágenes. Barullo en las calles, nunca había visto tanta gente caminar por la ciudad. Hicimos yoga y tai-chi en un parque grandísimo abarrotado... Y, como no, Olga, la chica de la que os he hablado, y yo nos hemos comprado un kimono monísimo. Lo estrenaré el viernes por la noche que hemos quedado los seis viajeros para cenar y ver fotos.

Tengo ganas de ver cómo ha quedado el reportaje. Seguro que los chicos han hecho un trabajo estupendo con todas las imágenes. A ver si consiguen transmitir lo que sentimos estando allí. Aún tengo que grabar algunas locuciones de voz en off, pero prácticamente está maquetado. Grandiosa China.
Veréis, es que no lo había comentado todavía pero trabajo en una productora que hace programas destinados a canales de pago. Esta vez me ha tocado grabar un documental en el gigante asiático. Qué pasada.
Me sentí como Kapuscinski, para mí, y otros tantos profesionales del medio, un modelo a seguir. Me encantan sus libros y, por fin, he podido comprobar que la descripción que hace de China en Viajes con Heródoto es estupenda. Eso sí, claro que las cosas han cambiado después de 50 años.
El equipo con el que he viajado era reducido. La productora no está pasando por un buen momento y necesita recortar gastos. Pero yo no puedo faltar. Qué le voy a hacer si tengo un carisma arrollador. Fui acompañada de tres cámaras, un realizador y una redactora. Bueno, y en compañía de mí misma que también soy redactora, además de la que se pone delante de la cámara. Me encanta ser la prota.
A tres de los compañeros ya los conocía, pero el realizador y la redactora eran nuevos en la plantilla. Qué suerte, eso sí que es llegar y besar el santo. De buenas a primeras los mandan a China. Con los gastos pagados. A más de uno le ha encabronado.

La redactora ha resultado ser una chica majísima, he hecho muy buenas migas con ella. Compartimos habitación. Empezamos a hablar en el avión y no paramos durante todo el viaje. Hay buena compenetración entre las dos, nos entendemos a la perfección. Es una hippie alocada. Está separada y tiene un niño de cinco años. Es mayor que yo, pero ni su físico ni su caracter la delatan. Estoy muy contenta de haber coincidido con ella en este documental. Y, sí, puedo decir que este es el principio de una gran amistad. Por cierto, esta tarde he quedado con ella para tomar algo en una tetería.
Con el realizador no todo ha ido tan bien. Qué coño, me cae de puto culo. Se puede ser perfeccionista, pero lo suyo roza la locura. Me he hartado de repetir y repetir las mismas secuencias. Es un cuarentón casado, pero sin hijos. Supongo que su mujer es la que lleva los pantalone en casa, lo tiene amargado la muy mandona. Entonces luego llega al trabajo y se pone las botas dirigiéndonos, a los cámaras y a mí. Y es que yo no estoy a favor de que las mujeres lleven los pantalones. No, no, no. El amor, la casa, el matrimonio, los hijos: cosa de dos. Igualdad, digo yo, vamos.
El hombre en cuestión, Juanjo, nos ha puesto la cabeza como un bombo. Más de una vez me han dado ganas de gritarle, pero me he cortado. Es que soy una señorita. Eso sí, una y no más. Si me toca hacer otro programa con él ya no podré retener mi genio.
Bueno, China genial. Estuvimos en el Tíbet, en Xi´an, Pekín y Shangai. Visitamos la Muralla (impresionante), nos dejaron pasar a un templo, mercados nocturnos, comida china (qué rica), bicicletas... Estuvimos en un karaoke por la noche acompañados de una buena botella de sake, coincidimos con una boda china y nos dejaron coger algunas imágenes. Barullo en las calles, nunca había visto tanta gente caminar por la ciudad. Hicimos yoga y tai-chi en un parque grandísimo abarrotado... Y, como no, Olga, la chica de la que os he hablado, y yo nos hemos comprado un kimono monísimo. Lo estrenaré el viernes por la noche que hemos quedado los seis viajeros para cenar y ver fotos.

Tengo ganas de ver cómo ha quedado el reportaje. Seguro que los chicos han hecho un trabajo estupendo con todas las imágenes. A ver si consiguen transmitir lo que sentimos estando allí. Aún tengo que grabar algunas locuciones de voz en off, pero prácticamente está maquetado. Grandiosa China.
Bella en apuros
El domingo me caí. Sí. Qué vergüenza, pero creo que no me vio ningún chico joven. Ese es mi consuelo.
Veréis, cuando me desperté vi que hacía buen día así que desayuné en la terraza ante la atenta mirada de mi gato. Me tomé mi tiempo, por eso de masticar bien y porque tenía todo el día por delante, claro. Pensé que ya era hora de ir a la playa así que fui directa al cajón de los bikinis. Hice mi propio pase de modelos y al final elegí el blanco que me compré en septiembre, está prácticamente sin estrenar. Me puse un vestido para la playa de color rosa que deja entrever lo que hay debajo, unas sandalias con tacón del mismo color pero unos tonos más claritas y mis gafas de sol de los 60. Iba monísima. Preparé la bolsa con el bronceador de zanahoria, el ipod y la botella de agua. Ya estaba lista para tostarme al sol.
La verdad es que desde un principio fue un día bastante peculiar. Empezando por haberme levantado temprano un domingo. ¡Impensable!
Cuando bajé a por el coche me encontré con dos amigos que volvían de fiesta. Uno de ellos vive en mi misma calle y pude ver como había dejado su coche, mal-fatal aparcado. Y es que, aunque sean mayorcitos, no aprenden eso de que el beber y el conducir no casan. Total, le pedí las llaves para aparcárselo bien.
Estaba yendo a por mi coche y en un semáforo vi a un mimo dentro de un taxi. Supongo que iría a alguna fiesta infantil del Ayuntamiento. Nunca había visto a un tio con la cara pintada de blanco y salpicada por lágrimas de colores dentro de un taxi. Me hizo unos cuantos gestitos antes de que pasara una señora cargada con bolsas. Ellos tenían el semáforo naranja, yo verde y me quedo ensimismada mirando al payasito. Eso sí, le guiñé un ojo, pero no me vio porque llevaba las gafas de sol puestas. Aún así sé que le gusté. Y si me hubiera visto el ojillo todavía más. Por algo me llaman monella.
Bueno, cogí el coche y en diez minutos ya estaba en la playa. Fue fácil encontrar aparcamiento porque los domingueros empiezan a llegar a partir de las doce. Lo tengo todo controlado.
Bueno, ahora es cuando llega mi aparición estelar. Tonta de mi que al bajar a la arena no me quité las sandalias. Se hundió el tacón por completo y me torcí el tobillo. Pum. Toda yo en la arena. Además tuve la torpe sensación de "toc, toc... te estás cayendo" y no pude mantener el equilibrio. Caída a cámara lenta. Que son las más patéticas, por cierto. Menos mal que no llevaba silla, sombrilla, nevera y demás porque sino hubiera sido un desastre. Me fijé si alguien miraba, pero nada, un matrimonio que caminaba por el paseo y poco más. Qué vergüenza. Llego divina, con mis andares y mi modelito y me caigo. Es bien ridículo. No me digáis que no. Porque se cae una persona normal y no pasa nada, pero se cae un intento de super top y piensas "la tonta esta de los cojones", "por creida". ¿O qué? Yo lo hubiera pensado. Incluso lo pensé de mi misma. Si hubiera llegado más tarde los grupos de amigos que van a la playa a pasar el día hubieran visto mi aterrizaje en la arena. Todo gracias a haber madrugado un domingo. Sí, sí, sí: a quien madruga dios le ayuda.
Olvidando el incidente, pasé una mañana estupenda. Cogí colorcito para empezar a sacar la ropa de verano y poder lucir escote y piernas. Pero las dos cosas a la vez no, que es hortera. Si enseñas el escote no enseñes las piernas y si enseñas las piernas... Que una ha de llamar la atención, pero con clase. Cosa de chica chic.
Veréis, cuando me desperté vi que hacía buen día así que desayuné en la terraza ante la atenta mirada de mi gato. Me tomé mi tiempo, por eso de masticar bien y porque tenía todo el día por delante, claro. Pensé que ya era hora de ir a la playa así que fui directa al cajón de los bikinis. Hice mi propio pase de modelos y al final elegí el blanco que me compré en septiembre, está prácticamente sin estrenar. Me puse un vestido para la playa de color rosa que deja entrever lo que hay debajo, unas sandalias con tacón del mismo color pero unos tonos más claritas y mis gafas de sol de los 60. Iba monísima. Preparé la bolsa con el bronceador de zanahoria, el ipod y la botella de agua. Ya estaba lista para tostarme al sol.
La verdad es que desde un principio fue un día bastante peculiar. Empezando por haberme levantado temprano un domingo. ¡Impensable!
Cuando bajé a por el coche me encontré con dos amigos que volvían de fiesta. Uno de ellos vive en mi misma calle y pude ver como había dejado su coche, mal-fatal aparcado. Y es que, aunque sean mayorcitos, no aprenden eso de que el beber y el conducir no casan. Total, le pedí las llaves para aparcárselo bien.
Estaba yendo a por mi coche y en un semáforo vi a un mimo dentro de un taxi. Supongo que iría a alguna fiesta infantil del Ayuntamiento. Nunca había visto a un tio con la cara pintada de blanco y salpicada por lágrimas de colores dentro de un taxi. Me hizo unos cuantos gestitos antes de que pasara una señora cargada con bolsas. Ellos tenían el semáforo naranja, yo verde y me quedo ensimismada mirando al payasito. Eso sí, le guiñé un ojo, pero no me vio porque llevaba las gafas de sol puestas. Aún así sé que le gusté. Y si me hubiera visto el ojillo todavía más. Por algo me llaman monella.
Bueno, cogí el coche y en diez minutos ya estaba en la playa. Fue fácil encontrar aparcamiento porque los domingueros empiezan a llegar a partir de las doce. Lo tengo todo controlado.
Bueno, ahora es cuando llega mi aparición estelar. Tonta de mi que al bajar a la arena no me quité las sandalias. Se hundió el tacón por completo y me torcí el tobillo. Pum. Toda yo en la arena. Además tuve la torpe sensación de "toc, toc... te estás cayendo" y no pude mantener el equilibrio. Caída a cámara lenta. Que son las más patéticas, por cierto. Menos mal que no llevaba silla, sombrilla, nevera y demás porque sino hubiera sido un desastre. Me fijé si alguien miraba, pero nada, un matrimonio que caminaba por el paseo y poco más. Qué vergüenza. Llego divina, con mis andares y mi modelito y me caigo. Es bien ridículo. No me digáis que no. Porque se cae una persona normal y no pasa nada, pero se cae un intento de super top y piensas "la tonta esta de los cojones", "por creida". ¿O qué? Yo lo hubiera pensado. Incluso lo pensé de mi misma. Si hubiera llegado más tarde los grupos de amigos que van a la playa a pasar el día hubieran visto mi aterrizaje en la arena. Todo gracias a haber madrugado un domingo. Sí, sí, sí: a quien madruga dios le ayuda.

Olvidando el incidente, pasé una mañana estupenda. Cogí colorcito para empezar a sacar la ropa de verano y poder lucir escote y piernas. Pero las dos cosas a la vez no, que es hortera. Si enseñas el escote no enseñes las piernas y si enseñas las piernas... Que una ha de llamar la atención, pero con clase. Cosa de chica chic.
Cuánto bello, por dios
¡Por fin me he sentido protagonista de una tv movie americana! Sí, sí. Qué bien sabe la miel. Lástima que solo hayan podido ser testigos un par de compañeros mios. Porque, la verdad, ¿para qué protagonizar una americanada si luego no vas a estar en boca de todos? (de todos tus conocidos: gente del trabajo, antiguas amistades, gente de tu barrio... Claro). Bueno, no importa, la próxima vez será. La verdad es que me ha faltado llevar el traje de animadora, pero ¡qué más da!
Bien, os pongo en situación. Ayer salí a cenar con una pareja, compañeros mios de trabajo, y con un amigo suyo que me presentaron hace un par de meses con el que ya he quedado varias veces para tomar un café. El chico me gusta. Cuando me conecto al msn estoy pendiente de que se conecte a ver si me abre conversación, y nunca falla. Total, que a parte de los cafés, he podido charlar con él algún que otro ratillo por mensajería instantánea (qué bien me ha quedado eso). Pero yo siempre me desconecto pasados unos veinte minutos de conversación para dejarlo con ganas de más. Y es que me gusta jugar.
En fin, fuimos los cuatro a cenar a un japonés que está cerca de una famosa zona de copas de mi ciudad. En la cena todo perfecto: comida, vino, risas y miraditas. Cuando salíamos del local, él pasó por detrás mio y me dijo algo al oído que no entendí. Como me lo dijo al oído yo di por hecho que tenía algo que ver con sexo. Sí, señor.
Y es que el chico está bárvaro. Es guapo, guapo, con los rasgos marcados, alto, ojos oscuros y una voz... Es que no había dicho que trabaja de locutor de radio. Tenía unas ganas de que me hablara al oído mientras intercambiábamos fluidos... De pensarlo me pongo leona.
Todo era estupendo. Además yo iba fantástica (no era casualidad que por la tarde hubiera ido a la peluquería, jeje). Entramos en un bar de copas que abre todos los días. Es bastante conocido. Alguna que otra vez se dejan caer famosillos por allí. Estoy segura de que más de uno de vosotros lo conoce... El ambiente estaba genial. No había mucha gente, podías bailar sin necesidad de rozarte con desconocidos. Estuvimos tomando unas copichuelas, charlando... y bailando. Que no lo he dicho pero me llaman shakira peleona. Y es que a mi eso de dar golpes de cadera se me da de miedo.
Fui un momento al baño para ver qué tal andaba mi expresión después del vino y los gin tonics y cual fue mi sorpresa al salir que me encontré con mi ex. El de los 1500 días. Hacía meses que no lo veía. Que no sabía absolutamente nada de él. Bueno, sí, lo que me cuentan las malas lenguas, pero nada más. Y ahí estaba. ¡Fiesta!
Pues el de los 1500 días iba un poco tocadito, de alcohol, digo. Lo saludé (me puse nerviosa y todo). Charlamos un par de minutos: ¿cómo tú por aquí? ¿cómo estás?, ¿qué tal te va todo? ... Y volví con mi hombre radiofónico.
El alcohol hizo sus efectos. Empezaron las palabritas al oído. Los bailes con roces, pero sin el pim pam de Pipi y Terelu. Besos, bueno, lo típico.
Estábamos dentro de una burbuja, incluso la música sonaba de fondo.
Entonces, apareció él. Empezó la típica situación que yo pensaba surrealista. Era una película. Dos bellos hombres discutiendo por mí. No podía estar pasando. Sentía vergüenza, pero luego pensé "¡qué coño! ya quisiera más de una". Y disfruté de la escena. Y la verdad es que no todos los días dos chicos guapos, aunque uno de ellos sea un indeseable (pero da igual, eso la gente no lo sabe), discuten por ti.

Seguro que fui envidiada por las lobas que dentro del local mordieron con la mirada a mi ex y a mi nuevo amiguito. Yujuuuuuuuuu. Qué bellos, por dios.
Al final la cosa quedó en palabras e insultos. Salieron del local para "aclarar las cosas", la típica pelea de gallitos... Subió el tono de voz. Empezaron los empujoncitos. Y los amigos de mi ex se lo llevaron. Así que la cosa no llegó a las manos. Fue un duelo verbal. Todo estuvo en su punto para sentirme deseada, envidiada y popular. Lástima que no llevara pompones. Tal vez a la próxima.
Bien, os pongo en situación. Ayer salí a cenar con una pareja, compañeros mios de trabajo, y con un amigo suyo que me presentaron hace un par de meses con el que ya he quedado varias veces para tomar un café. El chico me gusta. Cuando me conecto al msn estoy pendiente de que se conecte a ver si me abre conversación, y nunca falla. Total, que a parte de los cafés, he podido charlar con él algún que otro ratillo por mensajería instantánea (qué bien me ha quedado eso). Pero yo siempre me desconecto pasados unos veinte minutos de conversación para dejarlo con ganas de más. Y es que me gusta jugar.
En fin, fuimos los cuatro a cenar a un japonés que está cerca de una famosa zona de copas de mi ciudad. En la cena todo perfecto: comida, vino, risas y miraditas. Cuando salíamos del local, él pasó por detrás mio y me dijo algo al oído que no entendí. Como me lo dijo al oído yo di por hecho que tenía algo que ver con sexo. Sí, señor.
Y es que el chico está bárvaro. Es guapo, guapo, con los rasgos marcados, alto, ojos oscuros y una voz... Es que no había dicho que trabaja de locutor de radio. Tenía unas ganas de que me hablara al oído mientras intercambiábamos fluidos... De pensarlo me pongo leona.
Todo era estupendo. Además yo iba fantástica (no era casualidad que por la tarde hubiera ido a la peluquería, jeje). Entramos en un bar de copas que abre todos los días. Es bastante conocido. Alguna que otra vez se dejan caer famosillos por allí. Estoy segura de que más de uno de vosotros lo conoce... El ambiente estaba genial. No había mucha gente, podías bailar sin necesidad de rozarte con desconocidos. Estuvimos tomando unas copichuelas, charlando... y bailando. Que no lo he dicho pero me llaman shakira peleona. Y es que a mi eso de dar golpes de cadera se me da de miedo.
Fui un momento al baño para ver qué tal andaba mi expresión después del vino y los gin tonics y cual fue mi sorpresa al salir que me encontré con mi ex. El de los 1500 días. Hacía meses que no lo veía. Que no sabía absolutamente nada de él. Bueno, sí, lo que me cuentan las malas lenguas, pero nada más. Y ahí estaba. ¡Fiesta!
Pues el de los 1500 días iba un poco tocadito, de alcohol, digo. Lo saludé (me puse nerviosa y todo). Charlamos un par de minutos: ¿cómo tú por aquí? ¿cómo estás?, ¿qué tal te va todo? ... Y volví con mi hombre radiofónico.
El alcohol hizo sus efectos. Empezaron las palabritas al oído. Los bailes con roces, pero sin el pim pam de Pipi y Terelu. Besos, bueno, lo típico.
Estábamos dentro de una burbuja, incluso la música sonaba de fondo.
Entonces, apareció él. Empezó la típica situación que yo pensaba surrealista. Era una película. Dos bellos hombres discutiendo por mí. No podía estar pasando. Sentía vergüenza, pero luego pensé "¡qué coño! ya quisiera más de una". Y disfruté de la escena. Y la verdad es que no todos los días dos chicos guapos, aunque uno de ellos sea un indeseable (pero da igual, eso la gente no lo sabe), discuten por ti.

Seguro que fui envidiada por las lobas que dentro del local mordieron con la mirada a mi ex y a mi nuevo amiguito. Yujuuuuuuuuu. Qué bellos, por dios.
Al final la cosa quedó en palabras e insultos. Salieron del local para "aclarar las cosas", la típica pelea de gallitos... Subió el tono de voz. Empezaron los empujoncitos. Y los amigos de mi ex se lo llevaron. Así que la cosa no llegó a las manos. Fue un duelo verbal. Todo estuvo en su punto para sentirme deseada, envidiada y popular. Lástima que no llevara pompones. Tal vez a la próxima.
Bellas y bellos hintelijentes
Vivimos en la era de la invasión de las gafas de pasta. Y es que quienes tienen la vista intacta y tienen cierto poder adquisitivo también las llevan. Son un complemento más: bolso, zapatos, pashmina y gafas de pasta. Qué divertido mirar el mundo tras los cristales. A lo mejor es que quieren deformar la realidad (más aún). Quizá intentan experimentar un esperpento emocional.
Aunque yo me decanto por pensar que es un modo más de alardeo. Muchísima gente lleva gafas con cristales sin graduación. Quienes lo hacen no llevan gafas disimuladas, NO. Son de pasta blanca o negra, con las varillas bien anchas para que se lea claramente la marca. Tommy, Ralph, Vogue, DKNY, Burberry, Armani. Por dios, cuánta pedantería.
Y es que, hace unos años, si llevabas gafas de pasta, eras un gafotas. Era un castigo. Tu madre te decía que te iban a poner gafas y tú pensabas "¡noooooo!". Era peor castigo que la ortodoncia, porque, a una mala, cerrabas la boca y nadie se daba cuenta, pero las gafas estaban ahí, de escaparate. Te exponías a ser un blanco fácil para los jocosillos de turno: lupas, cuatro ojos, mosca, manolito, empollón...
Lo peor era los primeros días cuando te decían "uy, ¿te has puesto gafas?", y pensabas "no, son de adorno"; cosa que ahora sí puedes decir porque ¡es verdad! Esa pregunta era tan temida... es como cuando te haces un corte de pelo poco favorecedor, que temes la hora de la sociabilidad porque con ella llega la PREGUNTA: ¿te has cortado el pelo? Sí, hijo de puta. ¿No lo ves? Pues no preguntes.
LLevar gafas era un distintivo despectivo como ser gordo o feo, aunque por aquel entonces, a veces, llevar gafas te enlazaba a la fealdad. Cuando te nombraba alguien que no te conocía, no te asociaba por el nombre sino por las gafas:
- Ayer Jose Vicente se peleó con Eduardo.
- ¿Quién es Jose Vicente?
- El que siempre va con Maite.
- ¿El gafudo?
- Sí, ese.
Las gafas eran del empollón, del feo, del friki. Se llevaban las gafas de metal, disimuladas, para que no llamaran la atención. Cuando ibas a la óptica a elegir gafas y tu madre cogía unas de pasta diciendo "mira qué monas", tú decías "no, por favoooor". Y, si hacía falta, recurrías al lagrimeo. Todo por no ser un gafotas.
¿Y ahora qué? Se ha olvidado todo el sufrimiento de aquellos que en su día fueron unos gafudos. Eran el blanco perfecto para los chistes fáciles relacionados con la ONCE, los murciélagos, los culos de vaso. Y ahora, las gafas de las que huimos (sí, ha llegado la hora de incluirme en el lote) están de moda. Son fashion. Son chic.
Quienes se las ponen sin ton ni son pretenden tener un aire más cool. Un cariz serio. Aparentar intelectuales. Darse un aire de misterio. Ser interesantes. Y, como no, verse guapos y guapas. Bellas y bellos. Queremos ser guapos, inteligentes y con dinero. Y las gafas de pasta te ayudan a parecerlo.

Y, yo, que fui blanco de burlas en mi infancia y pre-adolescencia, he vuelto a las andadas. Cuando no utilizo lentillas llevo unas gafas de pasta que me costaron una pasta. Y molan que te cagas. ¡Pero yo sí las necesito! Espero no parecer una hintelijente.
Aunque yo me decanto por pensar que es un modo más de alardeo. Muchísima gente lleva gafas con cristales sin graduación. Quienes lo hacen no llevan gafas disimuladas, NO. Son de pasta blanca o negra, con las varillas bien anchas para que se lea claramente la marca. Tommy, Ralph, Vogue, DKNY, Burberry, Armani. Por dios, cuánta pedantería.
Y es que, hace unos años, si llevabas gafas de pasta, eras un gafotas. Era un castigo. Tu madre te decía que te iban a poner gafas y tú pensabas "¡noooooo!". Era peor castigo que la ortodoncia, porque, a una mala, cerrabas la boca y nadie se daba cuenta, pero las gafas estaban ahí, de escaparate. Te exponías a ser un blanco fácil para los jocosillos de turno: lupas, cuatro ojos, mosca, manolito, empollón...
Lo peor era los primeros días cuando te decían "uy, ¿te has puesto gafas?", y pensabas "no, son de adorno"; cosa que ahora sí puedes decir porque ¡es verdad! Esa pregunta era tan temida... es como cuando te haces un corte de pelo poco favorecedor, que temes la hora de la sociabilidad porque con ella llega la PREGUNTA: ¿te has cortado el pelo? Sí, hijo de puta. ¿No lo ves? Pues no preguntes.
LLevar gafas era un distintivo despectivo como ser gordo o feo, aunque por aquel entonces, a veces, llevar gafas te enlazaba a la fealdad. Cuando te nombraba alguien que no te conocía, no te asociaba por el nombre sino por las gafas:
- Ayer Jose Vicente se peleó con Eduardo.
- ¿Quién es Jose Vicente?
- El que siempre va con Maite.
- ¿El gafudo?
- Sí, ese.
Las gafas eran del empollón, del feo, del friki. Se llevaban las gafas de metal, disimuladas, para que no llamaran la atención. Cuando ibas a la óptica a elegir gafas y tu madre cogía unas de pasta diciendo "mira qué monas", tú decías "no, por favoooor". Y, si hacía falta, recurrías al lagrimeo. Todo por no ser un gafotas.
¿Y ahora qué? Se ha olvidado todo el sufrimiento de aquellos que en su día fueron unos gafudos. Eran el blanco perfecto para los chistes fáciles relacionados con la ONCE, los murciélagos, los culos de vaso. Y ahora, las gafas de las que huimos (sí, ha llegado la hora de incluirme en el lote) están de moda. Son fashion. Son chic.
Quienes se las ponen sin ton ni son pretenden tener un aire más cool. Un cariz serio. Aparentar intelectuales. Darse un aire de misterio. Ser interesantes. Y, como no, verse guapos y guapas. Bellas y bellos. Queremos ser guapos, inteligentes y con dinero. Y las gafas de pasta te ayudan a parecerlo.

Y, yo, que fui blanco de burlas en mi infancia y pre-adolescencia, he vuelto a las andadas. Cuando no utilizo lentillas llevo unas gafas de pasta que me costaron una pasta. Y molan que te cagas. ¡Pero yo sí las necesito! Espero no parecer una hintelijente.
No me digas, bella
El teléfono vuelve a ser un vicio. Mientras hipotequé mi vida al lado del falso amor que no cumplía el quid pro quo, olvidé este gran invento. 1500 días prescindiendo de él. Que el bello de Bell me perdone.
El fijo apenas lo utilizaba y el teléfono móvil era exclusivo de mi chico. La bandeja de entrada de los sms era una cansina repetición de su nombre. Vamos, que nadie se interesaba por coger mi teléfono para cotillear los mensajes porque ya sabía lo que se encontraría. Las perdidas ni las conocía, y más me valía porque ya sabía el bombardeo que supondría.
Pues bien: ha vuelto. Y con él las largas conversaciones con mis amigas, mis amigos y mi hermana. Me siento como una adolescente. Durante la edad del pavo sentía una atracción fatal por el teléfono. Incluso conseguí convencer a mis padres para que pusieran uno en mi habitación. Las tardes las pasaba colgada a él. Hablando de mil tonterías con mis compañeras de clase, pero por aquel entonces cada palabra de la conversación tenía una importancia vital. Me pregunto qué habrá sido de Raquel. A veces hacíamos los deberes juntas, por teléfono. Lo amaba tanto como yo. Fue mi alma gemela telefonista en el periodo acnéico.

Me encanta llamar a esos amigos que hace mucho que no ves, pero que sabes que siempre estarán ahí y que nada ha cambiado. Les pregunto cómo les va la vida para después empezar con la lluvia de preguntas cotillas. Disfruto preguntando por mis ex (que, anque sea en plural, no son muchos: más de 3 pero menos de 5). Me cuentan con quien andan, si siguen evolucionando en la escala de indeseables, si se están echando a perder, si preguntan por mí... Si es que no se puede estar toda la vida en el mismo sitio. Ya lo decía el anuncio: o te mueves o caducas.
También me intereso por la vida de mis antiguas compañeras de instituto y de universidad. Las amigas que mantengo del periodo estudiantil me regalan información de primera mano. My own source. Qué esnob me ha quedado.
Hablo a menudo con aquellas con las que compartí largas horas en la fila de atrás, apuntes, secretos y complicidad. Siempre todo en pettit comité. Es lo que de verdad funciona: todo lo demás, falsedad.
Ellas todavía tienen contacto con las niñas de papá, los raritos, los pedantes, los yupis... y todos los componentes de aquella clasificación aristotélica que fuimos desarrollando a lo largo de los años.
- ¿Qué ha sido de Javi?
- Está con una chica que, por lo que he oído, conoció en el trabajo, era la nueva becaria.
- NO ME DIGAS. Bueno, esperaré..., ya sabes... jaja
Me cuentan todo lo que saben sobre sus líos amorosos, las parejas que surgieron en clase, si fulanito se ha casado, si menganita está embarazada, donde trabajan, si saben algo de aquel erasmus tan guapo que estuvo en tercero...
- ¿Sabes algo de Carol?
- La vi el otro día en el centro.
- ¿Qué dices?
- Sí, sí.
- ¿Te dijo algo?
- No se dio cuenta. Madre mía si la vieras...
No es maldad, es curiosidad. Y es que el teléfono es una forma de ejercitar la mente, recordando viejos tiempos, nombres de antiguas amistades y enemistades... Un buen modo de reforzar las relaciones sociales. De estrechar lazos. De regalar confidencias. De echarte unas risas. De criticar. De afilar la lengua. De mantener intensas conversaciones. De confesión.
Bendito teléfono.
El fijo apenas lo utilizaba y el teléfono móvil era exclusivo de mi chico. La bandeja de entrada de los sms era una cansina repetición de su nombre. Vamos, que nadie se interesaba por coger mi teléfono para cotillear los mensajes porque ya sabía lo que se encontraría. Las perdidas ni las conocía, y más me valía porque ya sabía el bombardeo que supondría.
Pues bien: ha vuelto. Y con él las largas conversaciones con mis amigas, mis amigos y mi hermana. Me siento como una adolescente. Durante la edad del pavo sentía una atracción fatal por el teléfono. Incluso conseguí convencer a mis padres para que pusieran uno en mi habitación. Las tardes las pasaba colgada a él. Hablando de mil tonterías con mis compañeras de clase, pero por aquel entonces cada palabra de la conversación tenía una importancia vital. Me pregunto qué habrá sido de Raquel. A veces hacíamos los deberes juntas, por teléfono. Lo amaba tanto como yo. Fue mi alma gemela telefonista en el periodo acnéico.

Me encanta llamar a esos amigos que hace mucho que no ves, pero que sabes que siempre estarán ahí y que nada ha cambiado. Les pregunto cómo les va la vida para después empezar con la lluvia de preguntas cotillas. Disfruto preguntando por mis ex (que, anque sea en plural, no son muchos: más de 3 pero menos de 5). Me cuentan con quien andan, si siguen evolucionando en la escala de indeseables, si se están echando a perder, si preguntan por mí... Si es que no se puede estar toda la vida en el mismo sitio. Ya lo decía el anuncio: o te mueves o caducas.
También me intereso por la vida de mis antiguas compañeras de instituto y de universidad. Las amigas que mantengo del periodo estudiantil me regalan información de primera mano. My own source. Qué esnob me ha quedado.
Hablo a menudo con aquellas con las que compartí largas horas en la fila de atrás, apuntes, secretos y complicidad. Siempre todo en pettit comité. Es lo que de verdad funciona: todo lo demás, falsedad.
Ellas todavía tienen contacto con las niñas de papá, los raritos, los pedantes, los yupis... y todos los componentes de aquella clasificación aristotélica que fuimos desarrollando a lo largo de los años.
- ¿Qué ha sido de Javi?
- Está con una chica que, por lo que he oído, conoció en el trabajo, era la nueva becaria.
- NO ME DIGAS. Bueno, esperaré..., ya sabes... jaja
Me cuentan todo lo que saben sobre sus líos amorosos, las parejas que surgieron en clase, si fulanito se ha casado, si menganita está embarazada, donde trabajan, si saben algo de aquel erasmus tan guapo que estuvo en tercero...
- ¿Sabes algo de Carol?
- La vi el otro día en el centro.
- ¿Qué dices?
- Sí, sí.
- ¿Te dijo algo?
- No se dio cuenta. Madre mía si la vieras...
No es maldad, es curiosidad. Y es que el teléfono es una forma de ejercitar la mente, recordando viejos tiempos, nombres de antiguas amistades y enemistades... Un buen modo de reforzar las relaciones sociales. De estrechar lazos. De regalar confidencias. De echarte unas risas. De criticar. De afilar la lengua. De mantener intensas conversaciones. De confesión.
Bendito teléfono.





