5. El viaje en avión
El taxi me llevó hasta el aeropuerto de Barajas, donde tomé un avión hasta París. Descubrí la importancia de saber idiomas. Sobre todo en un país en el que los españoles no éramos bien vistos. No fui capaz de que nadie me hablara en español, me sentí ignorada.
Después de hacer cola para cambiar la tarjeta de embarque, mal entendiendo en el poco francés que yo chapurreaba, la chica que me atendió me dijo que tenía que coger un autobús para otro aeropuerto. Sin embargo, no me dió el billete para el autobús que por lo visto iba incluido en el precio del vuelo.
Me fui a la puerta de donde salía el autobús y cuando llegó subí en él. El conductor me dijo que tenía que “payer” y claro no tenía francos. Mientras me fui a cambiar se fue, y me tocó esperar al siguiente. Por fin llegué al aeropuerto y conseguí coger mi avión a tiempo.
El avión iba París-Hong-kong, haciendo dos escalas para repostar. Una en Bombay, donde después de aterrizar, entraron unos hombres vestidos de blanco y con turbante, armados con aspiradoras. Una vez limpio el avión, entraron nuevos pasajeros.
Uno de ellos me dejo sorprendida, me recordaba al cuento de “Ali-baba y los cuarenta ladrones” (al malo, ósea al jefe de los ladrones) iba vestido con ese tipo de ropas y llevaba un criado con él, (digo criado porque le obedecía en todo). Le tocó sentarse en los asientos contiguos a los míos, los del centro del avión.
Estaba muy gordo y le daban de comer más veces que a los demás y era muy exigente con los auxiliares de vuelo. El que yo consideraba el criado, cada poco pedía bebidas para su amo y miraba hacia mi con una sonrisa burlona y maliciosa.
En la siguiente escala en Bangkok no subió nadie mas raro, (bueno después de ese tipo ya no los había más).
Por fin llegué a Hong-kong, ya no sabía en que día u hora estábamos, demasiadas horas de vuelo.
Me fui a cambiar otra vez la tarjeta de embarque, (cosas del pasado, en cada aeropuerto había que ir a cambiar una hojita del billete por una de esas. Ahora ya no ocurre eso, te las dan todas al principio).
Una vez en el mostrador las cosas se complicaron, me hablaban en “inglis”. Yo muy tranquila, le dije -¿espanis? (Bueno al menos eso si sabía decirlo, para eso era mi idioma). Ella me respondió muy seria “inglis”.
Yo: espanis
Ella: inglis
Yo: espanis
Y así fue como nos enzarzamos en un “espanis”, “inglis” interminable.
Creo que se dio por vencida, me cogió del brazo y me llevó hasta la misma puerta de embarque. No vaya a ser que me quedara en tierra y tuviera que soportarme de por vida. Así fue como no perdí mi avión Hong-kong-Taipei, por fin el último vuelo de apenas dos horas.
Cada vez estaba mas cerca el momento del encuentro y cuanto más cerca, más intranquila. Las preguntas empezaban a asaltarme. ¿Y si no estaba esperándome? ¿Qué haría? Además no recordaba muy bien como era. Saqué su foto de entre las páginas del diccionario Chino-inglés que él me había regalado (para que fuera repasando seguro).
Bueno era un chino, como todos los que iban sentados a mi lado en el avión. Al menos el tenía el pelo rizado y todos los demás que había visto lo tenían liso. Lo conocería por eso. Me fijaría si había algún chino rizoso.
Después de hacer cola para cambiar la tarjeta de embarque, mal entendiendo en el poco francés que yo chapurreaba, la chica que me atendió me dijo que tenía que coger un autobús para otro aeropuerto. Sin embargo, no me dió el billete para el autobús que por lo visto iba incluido en el precio del vuelo.
Me fui a la puerta de donde salía el autobús y cuando llegó subí en él. El conductor me dijo que tenía que “payer” y claro no tenía francos. Mientras me fui a cambiar se fue, y me tocó esperar al siguiente. Por fin llegué al aeropuerto y conseguí coger mi avión a tiempo.
El avión iba París-Hong-kong, haciendo dos escalas para repostar. Una en Bombay, donde después de aterrizar, entraron unos hombres vestidos de blanco y con turbante, armados con aspiradoras. Una vez limpio el avión, entraron nuevos pasajeros.
Uno de ellos me dejo sorprendida, me recordaba al cuento de “Ali-baba y los cuarenta ladrones” (al malo, ósea al jefe de los ladrones) iba vestido con ese tipo de ropas y llevaba un criado con él, (digo criado porque le obedecía en todo). Le tocó sentarse en los asientos contiguos a los míos, los del centro del avión.
Estaba muy gordo y le daban de comer más veces que a los demás y era muy exigente con los auxiliares de vuelo. El que yo consideraba el criado, cada poco pedía bebidas para su amo y miraba hacia mi con una sonrisa burlona y maliciosa.
En la siguiente escala en Bangkok no subió nadie mas raro, (bueno después de ese tipo ya no los había más).
Por fin llegué a Hong-kong, ya no sabía en que día u hora estábamos, demasiadas horas de vuelo.
Me fui a cambiar otra vez la tarjeta de embarque, (cosas del pasado, en cada aeropuerto había que ir a cambiar una hojita del billete por una de esas. Ahora ya no ocurre eso, te las dan todas al principio).
Una vez en el mostrador las cosas se complicaron, me hablaban en “inglis”. Yo muy tranquila, le dije -¿espanis? (Bueno al menos eso si sabía decirlo, para eso era mi idioma). Ella me respondió muy seria “inglis”.
Yo: espanis
Ella: inglis
Yo: espanis
Y así fue como nos enzarzamos en un “espanis”, “inglis” interminable.
Creo que se dio por vencida, me cogió del brazo y me llevó hasta la misma puerta de embarque. No vaya a ser que me quedara en tierra y tuviera que soportarme de por vida. Así fue como no perdí mi avión Hong-kong-Taipei, por fin el último vuelo de apenas dos horas.
Cada vez estaba mas cerca el momento del encuentro y cuanto más cerca, más intranquila. Las preguntas empezaban a asaltarme. ¿Y si no estaba esperándome? ¿Qué haría? Además no recordaba muy bien como era. Saqué su foto de entre las páginas del diccionario Chino-inglés que él me había regalado (para que fuera repasando seguro).
Bueno era un chino, como todos los que iban sentados a mi lado en el avión. Al menos el tenía el pelo rizado y todos los demás que había visto lo tenían liso. Lo conocería por eso. Me fijaría si había algún chino rizoso.
Comentario:
Vaya odisea con el idioma...supongo que en un momento como ese dan ganas de volver a casa,jejeje. Uy! que curioso un chino con pelo rizado!me ha llamado la atención.






