82. Otro Año más
Mi madre me volvió a enviar otro paquete, con cosas como café, turrón, mazapanes, chupachués, ese tipo de cosas que alguna vez recuerdas que existían en tu vida y dejaron de existir. La verdad es que todo esto sin fiesta y sin mi familia de España no tenía apenas sentido. Comérmelas sola, sin más, no me hacía gracia. Excepto el café eso si me lo tomé nada mas llegó, con lo que a mi me gustaba el café. Mi suegro también se habitúo a él y es que si lo comparamos con la leche de soja que tomaban ellos para desayunar, que será todo lo sana que quieran, pero donde este un buen café……..
El turrón y demás productos navideños decidí guardarlos para comerlos el día de Año Nuevo con todos, se parecería mas a una fiesta de “algo” digo yo.
Nuestro Año Nuevo tampoco es que fuera gran cosa para ellos. Lo que contaba era el Año Nuevo chino, al fin y al cabo el otro solo se utilizaba para las relaciones comerciales internacionales. El Año Nuevo de ese año coincidiría con el 27 de enero de nuestro calendario. Entraría el año del caballo y tocaba ajuste. Así que habría dos meses de mayo o dos quintas lunas.
(La lunación dura una media de 29, 5 días, por lo que su calendario agrícola, como lo llaman ellos, tiene meses alternos de 29 y 30 días. Sumando estos días nos darían 354, por lo que la diferencia con los 365 días del ciclo solar, hace necesario añadir un mes cada 2,7 años.)


Yutan cumplía 3 años el 29 de diciembre y hablaba perfectamente chino, sin embargo no conseguía que hablara ni una palabra de español, cuando yo le hablaba en mi idioma materno no solo se reía él, los de alrededor también decían, -pero que cosas tan raras dice mama. Desistí en seguida de enseñárselo, al fin y al cabo yo tenía en la cabeza ir con el a España, ya lo aprendería cuando estuviéramos viviendo allí.
El turrón no les gustó y como era mucho para mi casi podría haberme durado hasta la Navidad siguiente. A los chinos no les gustan las cosas demasiado dulces o empalagosas. Prefieren las cosas ácidas, agrias, amargas o picantes, sabores que estallan en la boca. Pasó el Año Nuevo mío, por diferenciarlo, y nos preparábamos para el Año Nuevo de ellos.
El turrón y demás productos navideños decidí guardarlos para comerlos el día de Año Nuevo con todos, se parecería mas a una fiesta de “algo” digo yo.
Nuestro Año Nuevo tampoco es que fuera gran cosa para ellos. Lo que contaba era el Año Nuevo chino, al fin y al cabo el otro solo se utilizaba para las relaciones comerciales internacionales. El Año Nuevo de ese año coincidiría con el 27 de enero de nuestro calendario. Entraría el año del caballo y tocaba ajuste. Así que habría dos meses de mayo o dos quintas lunas.
(La lunación dura una media de 29, 5 días, por lo que su calendario agrícola, como lo llaman ellos, tiene meses alternos de 29 y 30 días. Sumando estos días nos darían 354, por lo que la diferencia con los 365 días del ciclo solar, hace necesario añadir un mes cada 2,7 años.)


Yutan cumplía 3 años el 29 de diciembre y hablaba perfectamente chino, sin embargo no conseguía que hablara ni una palabra de español, cuando yo le hablaba en mi idioma materno no solo se reía él, los de alrededor también decían, -pero que cosas tan raras dice mama. Desistí en seguida de enseñárselo, al fin y al cabo yo tenía en la cabeza ir con el a España, ya lo aprendería cuando estuviéramos viviendo allí.
El turrón no les gustó y como era mucho para mi casi podría haberme durado hasta la Navidad siguiente. A los chinos no les gustan las cosas demasiado dulces o empalagosas. Prefieren las cosas ácidas, agrias, amargas o picantes, sabores que estallan en la boca. Pasó el Año Nuevo mío, por diferenciarlo, y nos preparábamos para el Año Nuevo de ellos.
83. Fiesta de los faroles.
El 15 de enero del calendario chino, en febrero de nuestro calendario, se celebró la fiesta de los faroles. Es justo la primera luna llena después del Año Nuevo chino. Ya había pasado otro año, habíamos estrenado ropa y el exterior de las puertas aún lucía los dísticos primaverales. Los de nuestra casa por supuesto los había hecho papa, su impecable y hermosa caligrafía se podía admirar en aquellas tiras de papel rojo que se extendían a los lados de las puertas.
Y en aquellos trozos de papel en forma de rombo donde las palabras “福(fu), felicidad” y”春 (chun), primavera”, siempre emparejadas, se podían leer por doquier.
En la fiesta de los faroles, una vez anochecido, todos salíamos con faroles a la calle. Los faroles los había de muchas formas y tamaños, unos días antes habíamos ido a comprarlos. Tenían formas diversas, animales, casitas, etc. Y de un colorido vistoso, con el rojo representante del color de la suerte por excelencia, siempre como base. A Yutan le gustaban muchísimo y como no se decidía por uno determinado su abuela, faltaría más, le compró varios.
Una vez en la calle, los petardos se sucedían por todas partes sin parar y desde algunas barcas tiraban fuegos artificiales. También desde alguna azotea se podía ver como subían a toda velocidad, para después cubrir el cielo de luces multicolores. No era algo organizado, cada uno compraba, lo que quería y lo hacía estallar. Esto a mi me asustaba, me habían contado como una vez un niño se quedó ciego. Había encendido la mecha y al ver que no estallaba, se acerco a mirar que pasaba, cuando en ese momento el petardo mariposa que así se llamaba le había ido directo a un ojo. Los niños que manejaban estos petardos, petardos de todos los tipos colores y formas que os podáis imaginar, eran muy pequeños. Algunos tan solo tenían 5 o 6 años y a mi me parecía una negligencia por parte de sus padres el que les dejarán andar con ellos. Claro que por aquel entonces, no se le daba tanta importancia a los accidentes, ni a su prevención como ahora.
Otra de las costumbres en esa fiesta era comer bolitas de arroz glutinoso, y también hacer figuritas con la masa de arroz, esto último bastante entretenido, se realizaba en familia, las mujeres por supuesto. Una vez hechas, amasándolas como si fuera plastilina, las cocíamos al vapor.
En el templo se exponía una tortuga hecha de una masa dulce de arroz, a tamaño natural. Primero se ofrecía como ofrenda a los dioses del templo y después una vez terminada la ofrenda, la gente que quería, los mas supersticiosos entre ellos mi suegra, compraban trozos de esa tortuga, y se comía como postre. El sabor no estaba mal, me gustaba más que las bolitas, posiblemente porque era más dulce que éstas.


A Yutan le llamaba mucho la atención la bola que estaba introducida en la boca de los chilin, una especie de dragón-león que se situaban en la entrada de las puertas de los templos taoístas. A mi me parecían guardianes del templo, pero en realidad eran símbolos de buena suerte. Chi se llamaba al macho y Lin era el nombre de la hembra. Se supone que este animal legendario tenía el don de la adivinación y que aparecía en los años en los que reinaba la paz y la prosperidad.

Siempre introducía su mano en el interior intentando sacar la bola de su boca, y nosotros nos reíamos porque hasta se enfadaba al ver que era imposible.

Y en aquellos trozos de papel en forma de rombo donde las palabras “福(fu), felicidad” y”春 (chun), primavera”, siempre emparejadas, se podían leer por doquier.
En la fiesta de los faroles, una vez anochecido, todos salíamos con faroles a la calle. Los faroles los había de muchas formas y tamaños, unos días antes habíamos ido a comprarlos. Tenían formas diversas, animales, casitas, etc. Y de un colorido vistoso, con el rojo representante del color de la suerte por excelencia, siempre como base. A Yutan le gustaban muchísimo y como no se decidía por uno determinado su abuela, faltaría más, le compró varios.
Una vez en la calle, los petardos se sucedían por todas partes sin parar y desde algunas barcas tiraban fuegos artificiales. También desde alguna azotea se podía ver como subían a toda velocidad, para después cubrir el cielo de luces multicolores. No era algo organizado, cada uno compraba, lo que quería y lo hacía estallar. Esto a mi me asustaba, me habían contado como una vez un niño se quedó ciego. Había encendido la mecha y al ver que no estallaba, se acerco a mirar que pasaba, cuando en ese momento el petardo mariposa que así se llamaba le había ido directo a un ojo. Los niños que manejaban estos petardos, petardos de todos los tipos colores y formas que os podáis imaginar, eran muy pequeños. Algunos tan solo tenían 5 o 6 años y a mi me parecía una negligencia por parte de sus padres el que les dejarán andar con ellos. Claro que por aquel entonces, no se le daba tanta importancia a los accidentes, ni a su prevención como ahora.
Otra de las costumbres en esa fiesta era comer bolitas de arroz glutinoso, y también hacer figuritas con la masa de arroz, esto último bastante entretenido, se realizaba en familia, las mujeres por supuesto. Una vez hechas, amasándolas como si fuera plastilina, las cocíamos al vapor.
En el templo se exponía una tortuga hecha de una masa dulce de arroz, a tamaño natural. Primero se ofrecía como ofrenda a los dioses del templo y después una vez terminada la ofrenda, la gente que quería, los mas supersticiosos entre ellos mi suegra, compraban trozos de esa tortuga, y se comía como postre. El sabor no estaba mal, me gustaba más que las bolitas, posiblemente porque era más dulce que éstas.


A Yutan le llamaba mucho la atención la bola que estaba introducida en la boca de los chilin, una especie de dragón-león que se situaban en la entrada de las puertas de los templos taoístas. A mi me parecían guardianes del templo, pero en realidad eran símbolos de buena suerte. Chi se llamaba al macho y Lin era el nombre de la hembra. Se supone que este animal legendario tenía el don de la adivinación y que aparecía en los años en los que reinaba la paz y la prosperidad.

Siempre introducía su mano en el interior intentando sacar la bola de su boca, y nosotros nos reíamos porque hasta se enfadaba al ver que era imposible.
