72. El bautizo
El domingo se celebró el bautizo de María Nina, la hija de Valery. Tuvo dos madrinas, yo y otra chica. Allí los bautizos eran diferentes a los de aquí. Los niños tenían dos padrinos y las niñas dos madrinas. En realidad los niños y los no tan niños, ya que se bautizaba gente de todas las edades. Los bautizos eran colectivos y las personas a bautizar se ponían en los bancos delanteros. Los padrinos (para los varones) y las madrinas (para las chicas) sostenían una vela blanca encendida en sus manos.
Pero al fin y al cabo era una ceremonia más, aunque ahí se podía notar que la fe era mucho mayor a la existente en nuestro país. La mayoría de la gente era creyente por convicción propia y no por imposición. Digo la mayoría porque ya se estaba empezando a hacer fieles desde el nacimiento como el caso de María Nina, pero el resto, los adultos, era por su propia iniciativa.
Yo me había confesado con el cura unos días antes para poder comulgar. Le conté mis pecados al cura en español. Como tampoco se me ocurría ninguno me inventé los mismos que me inventaba de niña. Digamos que tampoco eran inventados, sino de tipo general, de esos que se supone hacemos todos como………………….”digo mentiras”, “a veces soy envidiosa”, de niña añadía el “pego a mis hermanas”, las pegara o no, el caso era tener pecados que confesar. Y en esta ocasión como lo de pegar a alguien no era muy creíble, dije uno de verdad. Hacía tiempo que no iba a misa los domingos. Supongo que podría añadir un……………digo mentiras cuando me confieso y me invento pecados porque hay que tenerlos por narices. Pero creo que este cura no era como el del colegio de monjas, en cuanto empecé me dijo que muy bien que rezara y punto en boca. Incluso me llego a decir que si algún domingo no iba porque el pueblo donde yo vivía estaba muy lejos, que no importaba, Dios lo entendería. Así tenía yo domingos para pegarme un volteo.
Le escribí a mi madre contándole las nuevas noticias.

Pero al fin y al cabo era una ceremonia más, aunque ahí se podía notar que la fe era mucho mayor a la existente en nuestro país. La mayoría de la gente era creyente por convicción propia y no por imposición. Digo la mayoría porque ya se estaba empezando a hacer fieles desde el nacimiento como el caso de María Nina, pero el resto, los adultos, era por su propia iniciativa.
Yo me había confesado con el cura unos días antes para poder comulgar. Le conté mis pecados al cura en español. Como tampoco se me ocurría ninguno me inventé los mismos que me inventaba de niña. Digamos que tampoco eran inventados, sino de tipo general, de esos que se supone hacemos todos como………………….”digo mentiras”, “a veces soy envidiosa”, de niña añadía el “pego a mis hermanas”, las pegara o no, el caso era tener pecados que confesar. Y en esta ocasión como lo de pegar a alguien no era muy creíble, dije uno de verdad. Hacía tiempo que no iba a misa los domingos. Supongo que podría añadir un……………digo mentiras cuando me confieso y me invento pecados porque hay que tenerlos por narices. Pero creo que este cura no era como el del colegio de monjas, en cuanto empecé me dijo que muy bien que rezara y punto en boca. Incluso me llego a decir que si algún domingo no iba porque el pueblo donde yo vivía estaba muy lejos, que no importaba, Dios lo entendería. Así tenía yo domingos para pegarme un volteo.
Le escribí a mi madre contándole las nuevas noticias.

73. Trabajar

Quería trabajar, pero todos se habían confabulado contra mí para que no lo hiciera. Lo peor de todo es que yo quería corresponderles por su hospitalidad, por lo que pensaba que la mejor manera de hacerlo era siendo obediente.
Ellos me hacían ver que me querían como una hija, según sus costumbres debían cuidarme como tal, tenían una responsabilidad ante mi madre. De hecho cuando decidí quedarme en España un año más tarde fue lo primero que me dijeron, ¿Cómo vas a quedarte en España? ¿De qué vas a vivir? ¿Qué va a pensar tú madre? Que te tratamos mal. No puedes volverte a su casa, ahora eres nuestra hija y sería como devolverte o demostrar que no hemos sabido cuidar de ti.
Era la historia de siempre yo ya pertenecía a su familia, al casarme con su hijo así lo había aceptado.
Sin embargo para mí era peor que ser su verdadera hija, Si realmente fuera su hija cabría la protesta, yo podría ser más irrespetuosa y decirles lo que pensaba sin miramientos. Siendo la nuera, y eso es lo que era desde mi punto de vista, estaba mal que les contestara e intentara imponer mi visión de las cosas y mis deseos.
Su hija se podía quejar de lo que no le gustara, siempre sería su hija, pero yo sentía que si me quejaba sería una falta de respeto. Por lo que intentaba convencerles sutilmente de lo que me gustaba hacer.
En los días que pasé en Kauhsiung me ofrecieron trabajos. Una amiga de la familia como dependienta en una tienda de moda japonesa. Y otros también como profesora de español. Algo para lo que yo no me veía capacitada pero que todo el mundo decía que yo podía hacer. Pero eso supondría vivir allí, en aquella gran ciudad, tan peligrosa, según ellos para mí.
-¿Si era tan peligrosa por qué Tony y sus hermanos podían vivir en ella? Lo que yo pensaba era que yo tendría más oportunidades viviendo allí y eso era lo que no les agradaba. Algunos decían que en un sitio con más oportunidades, podria terminar haciendo la vida por mi cuenta y separandome de ellos. Otros decía que yo terminaría marchando igual de aburrimiento. Siempre escuchaba comentarios sobre mí cuando paseaba por el pueblo.
Mi suegra, Yutan y yo fuimos a buscar a mi cuñado el pequeño, a un edificio muy alto.
Estuvimos unos minutos en el apartamento y luego nos fuimos todos juntos. Subimos a uno de los ascensores para bajar y salir del edificio. Iríamos todos juntos a cenar fuera, a cualquier restaurante de la ciudad.
Cuando llegamos al portal me di cuenta de que me había dejado el bolso en el apartamento.
-Vaya me he dejado el bolso, voy a subir a por él.
-Espera, dijo mi suegra. No puedes subir sola puede pasarte algo.
Me fastidiaba tanta sobre protección por su parte. -¿pasarme algo? ¿Por subir en un ascensor? Venga hombre, solo me falta oír algo así.
-Mama, por favor ¿es que ni siquiera voy a poder subir en un ascensor sola?
Mi cuñado pequeño se reía, tiene razón. –venga vete, te esperamos aquí.
Llegué al piso, después de localizar mi bolso, volví a tomar el ascensor para bajar. Dos pisos mas abajo el ascensor se paró y subió un hombre. Me saludó y tocó los botones del ascensor.
No sé muy bien lo que ocurrió, pero el ascensor en vez de bajar cambió su dirección y subió.
-Oiga, yo iba para abajo, ¿Por qué ahora sube?
-eh!! Hablas chino, Y lo hablas muy bien.
-¿A que piso vamos?, le pregunté.
-Arriba, no sé lo que ha pasado, ha debido perder la memoria. Eres muy bonita, ¿De donde eres? Siguió diciendo.
-Arriba, ¿pero que piso?. Yo no conocía la palabra ático en chino, por eso cuando le preguntaba a que piso íbamos y el me decía al ático, no le entendía. Y por eso me decía después arriba
No me gustaba nada esa situación, no me gustaba aquel tipo y estaba deseando bajar de aquel ascensor. Por fin llegamos, al ático. Se puso en medio de la puerta y me preguntó -¿quieres verlo?. Ven que te enseño el ático.
Asomé la cabeza fuera del ascensor, sin salir de él, recordé las palabras de mi suegra, ¡¡¡ten cuidado!!! Me había dicho antes de subir al ascensor y yo me había reído. El hombre ya estaba fuera, en el descansillo. –vamos, ven no tengas miedo. Me decía.
Aquello no era muy normal, así que apreté el botón de cerrar el ascensor a la vez que decía –no puedo me están esperando.
Pero…………..¡oye! me dijo mientras metía el brazo entre el ascensor y la puerta. Yo no solté el botón de cerrar. A la vez que apretaba el botón del primer piso para poder bajar. La puerta le aprisionó el brazo, y terminó por sacarlo.
Mientras bajaba, pensaba.- no le puedo contar esto a mi suegra, me dejará en el pueblo para siempre.
-Has tardado mucho, me dijeron.
-Es que el ascensor es muy lento, respondí yo.
Los pisos en China empiezan desde el uno, así que lo que aquí llamamos bajo allí es un primer piso. Y un quinto piso de aquí, para ellos es un sexto. Por poner un ejemplo.
74. La suerte de la extranjera.
Organizar eventos tipo festivales, con canciones y bailes era otra de las actividades con las que disfrutaban.
De vuelta otra vez a la isla de Pescadores, asistí con el grupo de baile a una de esas actividades que se organizaba en el marco de alguna celebración a la que yo era ajena. Ósea, que ni idea de lo que allí se cocía, a parte de la carne que se solía asar para comer al aire libre en este tipo de eventos. En la mayoría de ellos al final se hacía un sorteo.
La actividad se realizaba en uno de los sitios que solía ser visitado por turistas que acudían a la isla. Una zona militar restringida, en la que se hallaba el faro y la tumba de un holandés. Y en la que había que pedir permiso para visitar o utilizar como en este caso.
Zona cercana a donde estaba situado un tanque de piedra, construido para engañar a los aviones japoneses durante la guerra y que descargaran sus bombas allí lejos de donde habitaba la población. Por esto, los alrededores de este tanque, eran un mar de socavones realizados por dichas descargas. Podría decirse que estos socavones eran donde había sido bien gastadas unas bombas que de haber caído en otros lugares hubieran sesgado vidas.

Dentro de este recinto militar había un túnel donde nos podíamos refugiar de los incesantes rayos de sol que caían sobre mi cabeza, y sobre las sombrillas del resto. Yo me negaba a usar sombrilla o paraguas, al fin y al cabo eran iguales. Aunque siempre había alguna espontánea que se preocupaba de proteger mi hermosa piel blanca y me cubría con su sombrilla, advirtiéndome de la desgracia que sería que el sol dañara una piel tan delicada como la mía.

Los organizadores de aquello. Personas conocidas e influyentes del lugar, compraban regalos que luego rifaban entre los allí presentes.
-ven Maria que se va a hacer una rifa con regalos para todos los asistentes. Me dijeron.
Cada personaje hacía entrega, a la persona agraciada, de un obsequio por él comprado y donado a tal efecto.
Repartían entre nosotros un número para cada uno y otro igual era depositado en una bolsita. Se iba sacando de la bolsa números y entregando los premios. Un hombre se acercó a mí.
-María, ¿qué número tienes?, me preguntó.
-No, no ha salido el mío, le contesté. Nunca me toca nada así que no creo que salga, dije.
-Dime tu número, dijo él.
-¿Por qué? le pregunté yo.
Uno de los que ha comprado el regalo quiere que su regalo sea para ti, y hacerte entrega de él. Le dije mi número, y seguí a lo mío, jugando con los niños.
Al poco rato dijeron mi número, pero yo estaba distraída.
-Maria , ¿qué número tienes?
-Anda es el mío, contesté yo
El hombre que me entregó el premio, se hizo la foto conmigo, satisfecho con una sonrisa de oreja a oreja, haciéndome entrega del regalo.
Yo también sonreía descojonandome y pensando en lo tramposos que eran.
Cuando llegué a casa, le di el regalo a mi suegra. A ella le hacía mas ilusión que a mi. Era un aparato de esos donde se podían meter los cuencos y palillos húmedos después de ser lavados, y que con el calor se secaban. Evitando a la postre por estar dentro y bien tapados que las cucarachas se dieran un paseo sobre su superficie. Pudiendo utilizarlos para comer sin tener que lavarlos de nuevo antes de su uso.

En el magazín donde publicaron la foto destacaron la alegría de la extranjera por tener la “suerte” de que saliera su número y recibir un premio.
Recordé haber estado en una situación parecida en otro momento de mi vida. Aunque en aquella ocasión yo tenía seis años, y había sido una monja, que sabiendo que en mi casa éramos pobres, había decidido que una muñeca que se rifaba fuera a parar a mis manos. Aunque en esa ocasión, la monja, lo dijo a lo alto y sin vacilar. Y por lo tanto no se podía considerar ningún engaño.
-Ésta muñeca no se rifa, se la lleva María porque quiero yo. Dijo entonces Sor Rosa. A la que jamás olvidaré porque podía sentir su cariño sincero.
De vuelta otra vez a la isla de Pescadores, asistí con el grupo de baile a una de esas actividades que se organizaba en el marco de alguna celebración a la que yo era ajena. Ósea, que ni idea de lo que allí se cocía, a parte de la carne que se solía asar para comer al aire libre en este tipo de eventos. En la mayoría de ellos al final se hacía un sorteo.
La actividad se realizaba en uno de los sitios que solía ser visitado por turistas que acudían a la isla. Una zona militar restringida, en la que se hallaba el faro y la tumba de un holandés. Y en la que había que pedir permiso para visitar o utilizar como en este caso.
Zona cercana a donde estaba situado un tanque de piedra, construido para engañar a los aviones japoneses durante la guerra y que descargaran sus bombas allí lejos de donde habitaba la población. Por esto, los alrededores de este tanque, eran un mar de socavones realizados por dichas descargas. Podría decirse que estos socavones eran donde había sido bien gastadas unas bombas que de haber caído en otros lugares hubieran sesgado vidas.

Dentro de este recinto militar había un túnel donde nos podíamos refugiar de los incesantes rayos de sol que caían sobre mi cabeza, y sobre las sombrillas del resto. Yo me negaba a usar sombrilla o paraguas, al fin y al cabo eran iguales. Aunque siempre había alguna espontánea que se preocupaba de proteger mi hermosa piel blanca y me cubría con su sombrilla, advirtiéndome de la desgracia que sería que el sol dañara una piel tan delicada como la mía.

Los organizadores de aquello. Personas conocidas e influyentes del lugar, compraban regalos que luego rifaban entre los allí presentes.
-ven Maria que se va a hacer una rifa con regalos para todos los asistentes. Me dijeron.
Cada personaje hacía entrega, a la persona agraciada, de un obsequio por él comprado y donado a tal efecto.
Repartían entre nosotros un número para cada uno y otro igual era depositado en una bolsita. Se iba sacando de la bolsa números y entregando los premios. Un hombre se acercó a mí.
-María, ¿qué número tienes?, me preguntó.
-No, no ha salido el mío, le contesté. Nunca me toca nada así que no creo que salga, dije.
-Dime tu número, dijo él.
-¿Por qué? le pregunté yo.
Uno de los que ha comprado el regalo quiere que su regalo sea para ti, y hacerte entrega de él. Le dije mi número, y seguí a lo mío, jugando con los niños.
Al poco rato dijeron mi número, pero yo estaba distraída.
-Maria , ¿qué número tienes?
-Anda es el mío, contesté yo
El hombre que me entregó el premio, se hizo la foto conmigo, satisfecho con una sonrisa de oreja a oreja, haciéndome entrega del regalo.
Yo también sonreía descojonandome y pensando en lo tramposos que eran.
Cuando llegué a casa, le di el regalo a mi suegra. A ella le hacía mas ilusión que a mi. Era un aparato de esos donde se podían meter los cuencos y palillos húmedos después de ser lavados, y que con el calor se secaban. Evitando a la postre por estar dentro y bien tapados que las cucarachas se dieran un paseo sobre su superficie. Pudiendo utilizarlos para comer sin tener que lavarlos de nuevo antes de su uso.

En el magazín donde publicaron la foto destacaron la alegría de la extranjera por tener la “suerte” de que saliera su número y recibir un premio.
Recordé haber estado en una situación parecida en otro momento de mi vida. Aunque en aquella ocasión yo tenía seis años, y había sido una monja, que sabiendo que en mi casa éramos pobres, había decidido que una muñeca que se rifaba fuera a parar a mis manos. Aunque en esa ocasión, la monja, lo dijo a lo alto y sin vacilar. Y por lo tanto no se podía considerar ningún engaño.
-Ésta muñeca no se rifa, se la lleva María porque quiero yo. Dijo entonces Sor Rosa. A la que jamás olvidaré porque podía sentir su cariño sincero.
75. Papa y Mama.
Mi suegro era un hombre respetado y admirado, era profesor de la escuela de primaria.
Profesor allí significaba la persona en la que depositabas tu confianza para que educara a tu hijo. Si tu hijo adquiría conocimientos y se hacía un hombre de provecho era en parte gracias al profesor.

Él amaba su profesión y se sentía orgulloso. Cuando caminaba por el pueblo todos inclinaban respetuosamente la cabeza para saludarle con una sonrisa.
La escuela estaba a diez minutos caminando desde casa, pero él iba en vespa. Según decía no podía caminar mucho porque había sufrido una operación en los pies, y estos le dolían cuando caminaba por largo tiempo. Volvía a la hora de comer y después de echar una siesta cogía la moto para volver a la escuela.
Mi suegra decía que lo de los pies había sido por saltar desde un muro cuando escapaba de una redada en una casa. Una redada para pillarles en el juego y las apuestas que se realizaban en dicha casa y que estaban prohibidas. Y que por eso desde entonces odiaba el juego y no permitía que se jugara en casa, exceptuando en la fiesta del Año Nuevo chino.
Mi suegro negaba esta versión de mi suegra. –tu madre solo dice tonterías no le hagas caso, me decía.
Estaba muy contento con su rutina y muy orgulloso de su nieto, al cuál paseaba en la vespa cuando tenía ocasión, llevándolo para que lo vieran todos sus conocidos.

En las noches calurosas, sacaba un sillón de mimbre fuera de casa. Lo colocaba justo fuera de la puerta, mirando hacia el televisor que se encontraba enfrente de la puerta.
Yo me sentaba en la misma puerta, en el único escalón que existía para entrar en casa.
Y así, le acompañaba a ver sus programas favoritos sobre los cuales podíamos luego dialogar.
Empezó a gustarle compartir conmigo, largas charlas sobre la vida y las costumbres. Se fue abriendo y cada vez éramos más amigos. Aunque yo no compartía algunos puntos de vista, los respetaba y aceptaba. Cada vez iba teniéndome más en consideración. Su acercamiento a mi se fue agrandando y me respetaba todo lo que su educación y cultura podía permitírselo o más, si cabe. Sé, que a pesar de ser mujer, no me veía igual que al resto de las mujeres chinas. Yo era extranjera y venía de un país para él extraño y esto hacía que pudiera hablar de cosas interesantes desconocidas para él.
Una de esas noches, sacó una botella de coñac XO. Marca, hasta entonces desconocida para mí, pero muy valorada por ellos. Copa a copa, mano a mano, nos fuimos alegrando. Entonces fue al interior de su habitación y volvió con un acordeón. Se puso allí fuera, frente a la puerta a tocar su acordeón bajo la luna y las estrellas de la noche.
De su acordeón salió una música conocida, era una canción de las que solía cantar mi madre. La tarareé mientras él tocaba.
-¡¡¡¡¡oooooohhhhhhh!!!!! Exclamó con gran sorpresa. ¿En España, también hay esta canción?
-si, es Española, dije yo sin dudarlo y por supuesto sin tener en cuenta si lo era o no.
-cántala otra vez, me dijo.
Volvió a tocar la música para mi tan familiar. Y descubrimos juntos como muchas canciones eran comunes, a pesar de estar nuestros países tan distantes.
Para mí, todas las canciones que conocía y sabía cantar eran españolas, y no sabía que existían versiones en otros idiomas. Y que en realidad, algunas eran traducciones de canciones que ya existían en inglés y viceversa. Y que las canciones en inglés a su vez habían sido traducidas al chino.
Pero a mi suegro le encantaba escucharme cantar la versión española. Así que encontramos una nueva y agradable actividad que realizar juntos en las noches calurosas de verano. Supongo que recordará y añorará esas noches tanto como yo.
Bebiendo coñac XO cantando al ritmo de su acordeón. Entre otras muchas la canción de “bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez, etc……..” Ésta, se la llego a aprender a cantar en español, era una de sus preferidas. Allí, los españoles y latinos, teníamos fama de románticos empedernidos.
Empezó a presentarme a sus amigos, el señor y la señora Hong, que vivían en Makong y de vez en cuando nos llevaba a comer con ellos. De las mujeres que iban, yo era la única que hacía “kanpei”, (vaciar la copa) como los hombres. Mi suegro les contó que me bebía a medias con él una botella de XO. Por lo que no iba a ser menos con los demás. Era, lo que ellos decían una mujer que sabía beber. Saber sabía, pero al principio me agarraba unos pedos de las mezclas de cerveza, licores y demás. Claro que eso también me daba mas chispa para después animarme a cantar en los karaokes.

Mi suegra era una mujer un poco bruta. Su hermano mayor era el director de la escuela y ella también había sido profesora. Provenía de una familia en la que todos eran profesores.
Un día me contó que en realidad ella había estado enamorada de un Pescador. Supongo que platónicamente, porque en realidad nunca habían llegado a ser novios. Era un Pescador pobre y su madre le prohibió salir con él.
Ella merecía algo mejor, un simple pescador no era suficiente, no era un pretendiente adecuado. Entonces llegó mi suegro que era de una isla cercana, era profesor, trabajaban juntos, empezó a tirarle los tejos y su madre dijo que ese era el ideal para ella. Así fue como mi suegra aceptó casarse con él. Era el tipo de pretendiente que agradaba a la familia y por lo tanto a ella. Al tener hijos dejó de ejercer como profesora, para ocuparse de estos, de su marido y de la casa.
Cuando ella salía por el pueblo no le saludaban inclinando la cabeza. Las mujeres se daban gritos unas a otras, en taiwanés.
-¿dónde vas?
-¿dónde voy? A palmarla. ¿qué estás haciendo, tú?
Y todo esto a modo de saludarse simplemente y sin más intención. Pero en plan burro, porque a ella le gustaba ser así. Era de las pocas mujeres de su edad que sabían hablar el mandarín, puesto que había tenido estudios suficientes y había sido profesora. Sin embargo le gustaba más utilizar el taiwanés, seguramente porque era lo que más hablaban el resto de las mujeres.
Yutan se había convertido en el centro de su vida, intentaba cuidarle, complacerle y protegerle, pero con una exageración tal, que a mi me exasperaba.
La compra de Coca-colas para complacerme a mí. Se convirtió en compra de botes y botes de gominolas, para complacer a su nieto. Los dientes de Yutan cada vez estaban peor, así que le amenacé con que si volvía a comprar más gominolas, las tiraría a la basura. Al principio le decía a Yutan que yo era una bruja, que no quería dejarle comer caramelos, pero en el fondo me daba la razón y dejo de hacerlo. Le gustaba el juego y las apuestas, e iba a casas donde se reunían para jugar a escondidas de mi suegro, por la mañana cuando éste estaba en la escuela. Fue la única que me enseño algún juego, no le importaba jugar conmigo sin dinero, solo por pasar el tiempo o por enseñarme algo en lo que yo mostraba interés.
Pero la relación entre mis suegros no era muy buena, se hablaban poco y solo lo necesario. Ella me contaba las cosas que no le gustaban de él y él las que no le gustaban de ella.
Desde que Yutan y yo estábamos en sus vidas, necesitaban comunicarse. Pero en cierto modo nos utilizaban de eslabón entre ambos, dile a papa que………., dile a mama que……..y nunca se hablaban directamente.
Era un matrimonio a la antigua, cuando a veces ella me decía que estaba harta, yo le decía pues pide el divorcio y ya está. -¿qué? ¿Estás loca? Jamás. Un matrimonio es para toda la vida. Además ¡¡si ya soy abuela!!, ¿qué quieres que se ría todo el pueblo de mí? Se me caería la cara de vergüenza. ¿qué hace una abuela divorciada?
-Si yo me llevara mal con tu hijo me divorciaría, le dije toda convencida.
-No digas eso, el divorcio es una deshonra, una vergüenza. Me contestó.
De todas formas ella le amaba, sentía celos cada vez que él iba a la ciudad de Makong y siempre decía, -seguro que se lía con alguna. Si me entero le pongo la maleta en la calle, me decía. A la vez siempre se preocupaba de que hubiera las cosas que a él le gustaban para comer y de tenerlo todo como el quería. Entonces me parecía una contradicción total. Me preguntaba como podía hablar mal de él y luego tratarle tan bien. Pero él hacía algo parecido con ella. Supongo que se habían acostumbrado a vivir el uno con el otro.
Profesor allí significaba la persona en la que depositabas tu confianza para que educara a tu hijo. Si tu hijo adquiría conocimientos y se hacía un hombre de provecho era en parte gracias al profesor.

Él amaba su profesión y se sentía orgulloso. Cuando caminaba por el pueblo todos inclinaban respetuosamente la cabeza para saludarle con una sonrisa.
La escuela estaba a diez minutos caminando desde casa, pero él iba en vespa. Según decía no podía caminar mucho porque había sufrido una operación en los pies, y estos le dolían cuando caminaba por largo tiempo. Volvía a la hora de comer y después de echar una siesta cogía la moto para volver a la escuela.
Mi suegra decía que lo de los pies había sido por saltar desde un muro cuando escapaba de una redada en una casa. Una redada para pillarles en el juego y las apuestas que se realizaban en dicha casa y que estaban prohibidas. Y que por eso desde entonces odiaba el juego y no permitía que se jugara en casa, exceptuando en la fiesta del Año Nuevo chino.
Mi suegro negaba esta versión de mi suegra. –tu madre solo dice tonterías no le hagas caso, me decía.
Estaba muy contento con su rutina y muy orgulloso de su nieto, al cuál paseaba en la vespa cuando tenía ocasión, llevándolo para que lo vieran todos sus conocidos.

En las noches calurosas, sacaba un sillón de mimbre fuera de casa. Lo colocaba justo fuera de la puerta, mirando hacia el televisor que se encontraba enfrente de la puerta.
Yo me sentaba en la misma puerta, en el único escalón que existía para entrar en casa.
Y así, le acompañaba a ver sus programas favoritos sobre los cuales podíamos luego dialogar.
Empezó a gustarle compartir conmigo, largas charlas sobre la vida y las costumbres. Se fue abriendo y cada vez éramos más amigos. Aunque yo no compartía algunos puntos de vista, los respetaba y aceptaba. Cada vez iba teniéndome más en consideración. Su acercamiento a mi se fue agrandando y me respetaba todo lo que su educación y cultura podía permitírselo o más, si cabe. Sé, que a pesar de ser mujer, no me veía igual que al resto de las mujeres chinas. Yo era extranjera y venía de un país para él extraño y esto hacía que pudiera hablar de cosas interesantes desconocidas para él.
Una de esas noches, sacó una botella de coñac XO. Marca, hasta entonces desconocida para mí, pero muy valorada por ellos. Copa a copa, mano a mano, nos fuimos alegrando. Entonces fue al interior de su habitación y volvió con un acordeón. Se puso allí fuera, frente a la puerta a tocar su acordeón bajo la luna y las estrellas de la noche.
De su acordeón salió una música conocida, era una canción de las que solía cantar mi madre. La tarareé mientras él tocaba.
-¡¡¡¡¡oooooohhhhhhh!!!!! Exclamó con gran sorpresa. ¿En España, también hay esta canción?
-si, es Española, dije yo sin dudarlo y por supuesto sin tener en cuenta si lo era o no.
-cántala otra vez, me dijo.
Volvió a tocar la música para mi tan familiar. Y descubrimos juntos como muchas canciones eran comunes, a pesar de estar nuestros países tan distantes.
Para mí, todas las canciones que conocía y sabía cantar eran españolas, y no sabía que existían versiones en otros idiomas. Y que en realidad, algunas eran traducciones de canciones que ya existían en inglés y viceversa. Y que las canciones en inglés a su vez habían sido traducidas al chino.
Pero a mi suegro le encantaba escucharme cantar la versión española. Así que encontramos una nueva y agradable actividad que realizar juntos en las noches calurosas de verano. Supongo que recordará y añorará esas noches tanto como yo.
Bebiendo coñac XO cantando al ritmo de su acordeón. Entre otras muchas la canción de “bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez, etc……..” Ésta, se la llego a aprender a cantar en español, era una de sus preferidas. Allí, los españoles y latinos, teníamos fama de románticos empedernidos.
Empezó a presentarme a sus amigos, el señor y la señora Hong, que vivían en Makong y de vez en cuando nos llevaba a comer con ellos. De las mujeres que iban, yo era la única que hacía “kanpei”, (vaciar la copa) como los hombres. Mi suegro les contó que me bebía a medias con él una botella de XO. Por lo que no iba a ser menos con los demás. Era, lo que ellos decían una mujer que sabía beber. Saber sabía, pero al principio me agarraba unos pedos de las mezclas de cerveza, licores y demás. Claro que eso también me daba mas chispa para después animarme a cantar en los karaokes.

Mi suegra era una mujer un poco bruta. Su hermano mayor era el director de la escuela y ella también había sido profesora. Provenía de una familia en la que todos eran profesores.
Un día me contó que en realidad ella había estado enamorada de un Pescador. Supongo que platónicamente, porque en realidad nunca habían llegado a ser novios. Era un Pescador pobre y su madre le prohibió salir con él.
Ella merecía algo mejor, un simple pescador no era suficiente, no era un pretendiente adecuado. Entonces llegó mi suegro que era de una isla cercana, era profesor, trabajaban juntos, empezó a tirarle los tejos y su madre dijo que ese era el ideal para ella. Así fue como mi suegra aceptó casarse con él. Era el tipo de pretendiente que agradaba a la familia y por lo tanto a ella. Al tener hijos dejó de ejercer como profesora, para ocuparse de estos, de su marido y de la casa.
Cuando ella salía por el pueblo no le saludaban inclinando la cabeza. Las mujeres se daban gritos unas a otras, en taiwanés.
-¿dónde vas?
-¿dónde voy? A palmarla. ¿qué estás haciendo, tú?
Y todo esto a modo de saludarse simplemente y sin más intención. Pero en plan burro, porque a ella le gustaba ser así. Era de las pocas mujeres de su edad que sabían hablar el mandarín, puesto que había tenido estudios suficientes y había sido profesora. Sin embargo le gustaba más utilizar el taiwanés, seguramente porque era lo que más hablaban el resto de las mujeres.
Yutan se había convertido en el centro de su vida, intentaba cuidarle, complacerle y protegerle, pero con una exageración tal, que a mi me exasperaba.
La compra de Coca-colas para complacerme a mí. Se convirtió en compra de botes y botes de gominolas, para complacer a su nieto. Los dientes de Yutan cada vez estaban peor, así que le amenacé con que si volvía a comprar más gominolas, las tiraría a la basura. Al principio le decía a Yutan que yo era una bruja, que no quería dejarle comer caramelos, pero en el fondo me daba la razón y dejo de hacerlo. Le gustaba el juego y las apuestas, e iba a casas donde se reunían para jugar a escondidas de mi suegro, por la mañana cuando éste estaba en la escuela. Fue la única que me enseño algún juego, no le importaba jugar conmigo sin dinero, solo por pasar el tiempo o por enseñarme algo en lo que yo mostraba interés.
Pero la relación entre mis suegros no era muy buena, se hablaban poco y solo lo necesario. Ella me contaba las cosas que no le gustaban de él y él las que no le gustaban de ella.
Desde que Yutan y yo estábamos en sus vidas, necesitaban comunicarse. Pero en cierto modo nos utilizaban de eslabón entre ambos, dile a papa que………., dile a mama que……..y nunca se hablaban directamente.
Era un matrimonio a la antigua, cuando a veces ella me decía que estaba harta, yo le decía pues pide el divorcio y ya está. -¿qué? ¿Estás loca? Jamás. Un matrimonio es para toda la vida. Además ¡¡si ya soy abuela!!, ¿qué quieres que se ría todo el pueblo de mí? Se me caería la cara de vergüenza. ¿qué hace una abuela divorciada?
-Si yo me llevara mal con tu hijo me divorciaría, le dije toda convencida.
-No digas eso, el divorcio es una deshonra, una vergüenza. Me contestó.
De todas formas ella le amaba, sentía celos cada vez que él iba a la ciudad de Makong y siempre decía, -seguro que se lía con alguna. Si me entero le pongo la maleta en la calle, me decía. A la vez siempre se preocupaba de que hubiera las cosas que a él le gustaban para comer y de tenerlo todo como el quería. Entonces me parecía una contradicción total. Me preguntaba como podía hablar mal de él y luego tratarle tan bien. Pero él hacía algo parecido con ella. Supongo que se habían acostumbrado a vivir el uno con el otro.
76. La playa
Los alumnos de mi suegro eran unos niños encantadores de vez en cuando mi suegro llevaba a Yutan con él y estos se volcaban. Le cogían en cuello todo eran atenciones, quizá demasiadas, porque Yutan terminaba cansándose de que todos quisieran cogerle.

Cuando hacían salidas con la escuela, nos decían que Yutan y yo les acompañáramos. Con el buen tiempo se aprovechaba las salidas para ir a la playa.

No estaba segura de si podría ponerme el traje de baño pero por si acaso lo llevé puesto debajo de la ropa. Allí eso de mostrar cuerpo no estaba muy bien visto, igual que en España en tiempos pasados. Por eso todos estaban acostumbrados a bañarse vestidos pero esta vez una de las profesoras que nos acompañaban también trajo traje de baño, y se lo puso. Era la primera vez que veía a una china en bañador, así que yo también me animé. Por fin alguien normal, aunque no duró mucho tiempo enseguida se volvió a vestir, y yo acabé poniéndome una camiseta por encima, pues eso de desentonar no está bien.

Con el tiempo empezarían a no tener tantos remilgos y actualmente ya enseñan sin reservas.
Los niños también se bañaban en camiseta y pantalón corto, a mi vuelta a España alguna vez pensé en bañarme vestida, después de todo no estaba tan mal. Me imagino a la gente de aquí también sorprendida por lo contrario, por ver a alguien bañándose vestido. Se lo pasaron a lo grande en el agua jugando y dando gritos. Después asamos carne para comer, como era costumbre.

Imagino que lo de bañarse vestidos se puede comparar con los tiempos pasados vividos en España, solo hay que mirar las normas de baño de 1877 en mi ciudad.

Y las crónicas de épocas pasadas.
"Deben abolirse desde luego las telas delgadas o malas que al mojarse modelan el cuerpo de manera indiscreta y escandalosa. La hechura sencilla y práctica: Un pantalón hasta las rodillas y una túnica floja sujeta con un cinturñon" . Leonor Olózaga. Crónica femenina veraniega. 1920

Cuando hacían salidas con la escuela, nos decían que Yutan y yo les acompañáramos. Con el buen tiempo se aprovechaba las salidas para ir a la playa.

No estaba segura de si podría ponerme el traje de baño pero por si acaso lo llevé puesto debajo de la ropa. Allí eso de mostrar cuerpo no estaba muy bien visto, igual que en España en tiempos pasados. Por eso todos estaban acostumbrados a bañarse vestidos pero esta vez una de las profesoras que nos acompañaban también trajo traje de baño, y se lo puso. Era la primera vez que veía a una china en bañador, así que yo también me animé. Por fin alguien normal, aunque no duró mucho tiempo enseguida se volvió a vestir, y yo acabé poniéndome una camiseta por encima, pues eso de desentonar no está bien.

Con el tiempo empezarían a no tener tantos remilgos y actualmente ya enseñan sin reservas.
Los niños también se bañaban en camiseta y pantalón corto, a mi vuelta a España alguna vez pensé en bañarme vestida, después de todo no estaba tan mal. Me imagino a la gente de aquí también sorprendida por lo contrario, por ver a alguien bañándose vestido. Se lo pasaron a lo grande en el agua jugando y dando gritos. Después asamos carne para comer, como era costumbre.

Imagino que lo de bañarse vestidos se puede comparar con los tiempos pasados vividos en España, solo hay que mirar las normas de baño de 1877 en mi ciudad.

Y las crónicas de épocas pasadas.
"Deben abolirse desde luego las telas delgadas o malas que al mojarse modelan el cuerpo de manera indiscreta y escandalosa. La hechura sencilla y práctica: Un pantalón hasta las rodillas y una túnica floja sujeta con un cinturñon" . Leonor Olózaga. Crónica femenina veraniega. 1920






