RENCORES
COSAS QUE ELLOS PODRÍAN ECHARME EN CARA (y por las cuales jamás han abierto la boca): - No haber sido capaz de ser fiel a Paco en tan solo un día y medio que duró nuestra “relación”.
- Haber echado casi a patadas a Juan de mi cama en el momento que decidí que no quería seguir con él.
- No haber acudido a aquel entierro en el que Álex me necesitaba tanto por una puñetera reunión de trabajo.
- No haber sido nunca capaz de hablar claramente con Paul.
- Haber dejado a Manu en más de una ocasión tirado,
esperándome en el aeropuerto sin siquiera una llamada para dar algún tipo de explicación.
- Haberme ido a casa andando sola aquella madrugada en la que Álex pretendía llevarme en coche y algo más…(esto no sé si realmente debería echármelo él en cara o debería hacerlo yo a mi misma).
- No haber podido contener las carcajadas el día que Edu dejó caer las palabras “vivir juntos”.
- Haberle recomendado a Iván que se hiciera una paja, mientras salía aún abrochándome el sujetador de su casa tras un semi-tanteo en su sofá.
- Haberme liado con Manuel, amigo de Álex, mientras él estaba en Soria, solo una semana después de habernos acostado por primera vez.
- El bofetón que le di a Pablo el día que apretó demasiado mi pecho.
- No haber sabido querer a Abel como él se merecía.
COSAS QUE YO PODRÍA ECHARLES EN CARA A ELLOS (y por las cuales jamás he abierto la boca):
- La bronca monumental que me lió Anselmo (con “piropos” incluidos) en medio de la calle el día que le dije que no quería verle más.
- El haber tenido que ver con mis propios ojos en aquel bar de pueblo que yo no era la única rubia en la vida de Jose Antonio.
- Escuchar a Kike decirme lo muchísimo que echaba de menos a su exnovia, tumbado en mi cama, fumando un cigarro mientras su semen aún resbalaba entre mis piernas.
- El mordisco “juguetón” (aunque a mi no me lo pareciera tanto) que me dio Ramón, por el que tuve una herida bastante fea en el labio inferior durante casi dos semanas.
- Que Domingo jamás me enviara una postal de San Valentín en los seis años que compartimos escuela en los cuales yo estaba loquita por él y en cambio, años después, pretendiera meterme la lengua hasta la campanilla sin aviso previo.
- Que Carlos me mintiera al explicarme que su desinterés por mi se debía a una supuesta novia que tenía en otra ciudad, en vez de decirme que realmente lo que pasaba es que es gay.
- Que Fernando, en su intento de su primer beso de adolescente, cerrara los ojos y solo atinara a babearme la barbilla.
- Que Paul nunca fuera capaz de hablar conmigo claramente.
- Que Joey jamás apareciera aquella tarde en aquella cafetería.
- La “broma” de Hugo, consistente en lanzar uno de mis zapatos nuevos por la ventana desde su sexto piso.
- Si empezara con cosas de Álex, esto sería un no parar…así que mejor lo dejamos aquí.
NUNCA DIGAS "DE ESTE AGUA...."
Ayer por la mañana sonó mi móvil. Cuando miré la pantalla y fui incapaz de reconocer el número, pensé en no contestar, como hago normalmente. Pero algo (quizás esa intuición femenina que dicen que tenemos) me hizo responder para escuchar una voz, que no supe reconocer. En cuanto aquella seria voz me dijo que me llamaban del Organismo de Protección Civil, Cuerpo de Bomberos de la isla en cuestión, un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Esa llamada solo podía significar una cosa: que a Manu le había pasado algo. Seguramente Manu no había explicado al citado Organismo que hace meses que habíamos zanjado definitivamente nuestra relación, que tan solo hemos cruzado un par de mensajes sobrios en todo este tiempo, que yo ya no formaba parte de su vida, ni él de la mía. Seguramente aún no había cambiado de la base de datos los número de teléfono de contacto en caso de accidente y por eso me estaban llamando a mi. Igualmente, apreté fuertemente la mandíbula esperando cualquier cosa que aquella voz me dijera. Manu se había caído desde una altura de 2 pisos durante un servicio y estaba hospitalizado. No supieron darme más datos sobre su estado, ni en el cuerpo de bomberos ni en el hospital.
Así que sin pensarlo demasiado me tragué de una vez todas mis palabras anteriores, mis promesas a mi misma (y a gente que me rodea) de que aquello se había acabado para siempre, mis convicciones creadas por mi misma de que mi vida era mejor sin él, y compré por Internet un billete solo de ida para 5 horas más tarde y con la maleta llena de la angustia propia de una esposa y algo de ropa, he vuelto a la isla que juré no pisar más, desesperada por verle.
Conseguí llegar al hospital a las 20:45. Cuando entré en la habitación, su hermana Antonia se sorprendió de verme allí (lo noté por su cara) pero, tan cauta como ha sido siempre, salió de la habitación con la excusa de ir a tomar un café. Manu estaba dormido. Aparte de la pierna escayolada y algunos moratones, no fui capaz de verle ningún daño más y aquello me tranquilizó bastante. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, acompasado con su respiración y de repente aquel pecho me pareció el mejor lugar del mundo donde cobijarme, donde apretar mi cuerpo y sentir que estoy protegida. Pero en vez de eso, solo acerté a acariciarle la mejilla. Con el simple contacto de mi mano se despertó y por su cara de sorpresa comprendí que él tampoco se acordaba que yo era una de las personas de contacto en la base de datos del Cuerpo. Intentado darle un matiz despreocupado al asunto, me agradecía mucho que hubiera venido, pero decía que no era necesario, que estaba bien, que mañana por la mañana le darían el alta a espera de operarle la pierna y que en casa ya se encargaría de él alguna de sus hermanas. No es que yo esperase que me suplicase de rodillas que me quedara con él, pero aquella insistencia por que me fuera, me dolió un poco. Así que mirándole seriamente a los ojos, le pregunté si realmente quería que me fuera y por respuesta me agarró del brazo, me atrajo hacía si mismo y me envolvió con sus brazos besándome, primero el cuello y después, haciendo una pequeña parada hasta tener mi sonrisa de aprobación, en los labios.
He dormido sola en la cama que Manu había dejado sin hacer cuando se fue 15 horas antes de guardia, en esa casa que, sin querer reconocerlo, he añorado tanto. He mirado si mi taza seguía ahí, esperándome para desayunar en ella y allí estaba. Lo que no seguía en su sitio era la foto de la estantería que nos hicimos juntos en la playa uno de los primeros veranos. Esa había desaparecido cediendo su lugar a un horrible cactus.
Esta mañana, puntual a las 10 estaba en el hospital, deseando que pasara ya el doctor para darle el alta y poder irnos a casa. Al final, cerca de las 12 él me esperaba en la puerta apoyado en las muletas mientras yo iba a buscar un taxi.
Nada más entrar en casa y acomodarnos el sofá el silencio se ha adueñado de nosotros. Ninguno de los dos sabíamos qué decir, qué hacer. Ha sido una situación incómoda, ya que es demasiado tiempo el que ha pasado como para intentar simular que nada ha cambiado. Pero hemos sido siempre tan confidentes el uno con el otro que inventar cualquier tipo de excusa, hubiera resultado ridículo.
Así que, para acercarme a él, he hecho lo que se nos da mejor hacer juntos: me he acercado lentamente y le he besado. Le he besado con todas las ganas acumuladas en este tiempo, sintiendo que volvía al punto de partida con él, que volvía a dejarme llevar por aquel torrente de emociones contradictorias que él me provoca. Manu, por su parte, ha sujetado mi cabeza con sus dos manos, casi apretándome, como si temiera que de un momento a otro yo me apartase. Ha sido tan agradable el volver a sentir su lengua jugando con la mía, el notar su aliento tragándose el mío, el sentir por fin otra vez el olor de su piel cerca de la mía. ¿Creéis que realmente se puede ser adicto a una persona?
Las manos de Manu han ido rodando por mi cuerpo, entreteniéndose como solo él sabe hacer en mis pechos mientras me besaba el cuello. Torpe por no poder moverse bien por la pierna, aunque desesperadamente me ha quitado la camiseta y el sujetador para poder besar mis pechos, esos que tantas veces han sido suyos. Quitarle los pantalones ha sido lo más costoso, pero una vez fuera, y con toda la delicadeza y cuidado que he podido, ya desnuda, me he colocado encima de él.
“Te quiero, pequeña” ha acertado a decir antes de que mi lengua lamiera con total deseo su boca. Con miedo a hacerle daño, me he movido despacio, muy despacio, con él ya dentro de mi, penetrándome. Había olvidado lo muchísimo que me gusta cabalgar a Manu, lo increíblemente bien que se acoplan nuestros cuerpos, la manera perfecta de encajar su cuerpo entre mis piernas. Sus gemidos han subido tanto de tono que he pensado que eran de dolor, así que he parado un poco por si acaso. Pero sus manos agarrando fuertemente mi culo y empujándome contra su pelvis me ha hecho entender que los gemidos eran de placer. Así que he apretado fuertemente mis músculos interiores como sé que a él le gusta y no ha tardado mucho más en correrse. Dios, que increíble placer el volver a escuchar esos gemidos provocados por mi de su boca, volver a sentir como me abraza tiernamente después mientras besa mi frente sudorosa, sentir como su semen caliente me inunda entera...Sentirle de nuevo mío.
Como es “todo un caballero” me ha masturbado con sus dedos mientras, al oido, me susurraba lo muchísimo que me había echado de menos. Tal ímpetu le ha puesto al asunto, que al final, tras estar yo bien servida, he tenido que hundir mi cabecita en su entrepierna para acabar de satisfacerle de nuevo. Me encanta la manera que tiene de cogerme tierna, pero firmemente la cabeza para marcarme el ritmo en que quiere que lo haga…
Ahora está dormido, en el sofá, sin saber que escribo sobre él y sobre lo increíblemente sorprendida que estoy por haber tenido que esperar a que pasara algo así para volver aquí, por haberme dado cuenta ahora de lo muchísimo que le echaba de menos.
Así que sin pensarlo demasiado me tragué de una vez todas mis palabras anteriores, mis promesas a mi misma (y a gente que me rodea) de que aquello se había acabado para siempre, mis convicciones creadas por mi misma de que mi vida era mejor sin él, y compré por Internet un billete solo de ida para 5 horas más tarde y con la maleta llena de la angustia propia de una esposa y algo de ropa, he vuelto a la isla que juré no pisar más, desesperada por verle.
Conseguí llegar al hospital a las 20:45. Cuando entré en la habitación, su hermana Antonia se sorprendió de verme allí (lo noté por su cara) pero, tan cauta como ha sido siempre, salió de la habitación con la excusa de ir a tomar un café. Manu estaba dormido. Aparte de la pierna escayolada y algunos moratones, no fui capaz de verle ningún daño más y aquello me tranquilizó bastante. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, acompasado con su respiración y de repente aquel pecho me pareció el mejor lugar del mundo donde cobijarme, donde apretar mi cuerpo y sentir que estoy protegida. Pero en vez de eso, solo acerté a acariciarle la mejilla. Con el simple contacto de mi mano se despertó y por su cara de sorpresa comprendí que él tampoco se acordaba que yo era una de las personas de contacto en la base de datos del Cuerpo. Intentado darle un matiz despreocupado al asunto, me agradecía mucho que hubiera venido, pero decía que no era necesario, que estaba bien, que mañana por la mañana le darían el alta a espera de operarle la pierna y que en casa ya se encargaría de él alguna de sus hermanas. No es que yo esperase que me suplicase de rodillas que me quedara con él, pero aquella insistencia por que me fuera, me dolió un poco. Así que mirándole seriamente a los ojos, le pregunté si realmente quería que me fuera y por respuesta me agarró del brazo, me atrajo hacía si mismo y me envolvió con sus brazos besándome, primero el cuello y después, haciendo una pequeña parada hasta tener mi sonrisa de aprobación, en los labios.
He dormido sola en la cama que Manu había dejado sin hacer cuando se fue 15 horas antes de guardia, en esa casa que, sin querer reconocerlo, he añorado tanto. He mirado si mi taza seguía ahí, esperándome para desayunar en ella y allí estaba. Lo que no seguía en su sitio era la foto de la estantería que nos hicimos juntos en la playa uno de los primeros veranos. Esa había desaparecido cediendo su lugar a un horrible cactus.
Esta mañana, puntual a las 10 estaba en el hospital, deseando que pasara ya el doctor para darle el alta y poder irnos a casa. Al final, cerca de las 12 él me esperaba en la puerta apoyado en las muletas mientras yo iba a buscar un taxi.
Nada más entrar en casa y acomodarnos el sofá el silencio se ha adueñado de nosotros. Ninguno de los dos sabíamos qué decir, qué hacer. Ha sido una situación incómoda, ya que es demasiado tiempo el que ha pasado como para intentar simular que nada ha cambiado. Pero hemos sido siempre tan confidentes el uno con el otro que inventar cualquier tipo de excusa, hubiera resultado ridículo.
Así que, para acercarme a él, he hecho lo que se nos da mejor hacer juntos: me he acercado lentamente y le he besado. Le he besado con todas las ganas acumuladas en este tiempo, sintiendo que volvía al punto de partida con él, que volvía a dejarme llevar por aquel torrente de emociones contradictorias que él me provoca. Manu, por su parte, ha sujetado mi cabeza con sus dos manos, casi apretándome, como si temiera que de un momento a otro yo me apartase. Ha sido tan agradable el volver a sentir su lengua jugando con la mía, el notar su aliento tragándose el mío, el sentir por fin otra vez el olor de su piel cerca de la mía. ¿Creéis que realmente se puede ser adicto a una persona? Las manos de Manu han ido rodando por mi cuerpo, entreteniéndose como solo él sabe hacer en mis pechos mientras me besaba el cuello. Torpe por no poder moverse bien por la pierna, aunque desesperadamente me ha quitado la camiseta y el sujetador para poder besar mis pechos, esos que tantas veces han sido suyos. Quitarle los pantalones ha sido lo más costoso, pero una vez fuera, y con toda la delicadeza y cuidado que he podido, ya desnuda, me he colocado encima de él.
“Te quiero, pequeña” ha acertado a decir antes de que mi lengua lamiera con total deseo su boca. Con miedo a hacerle daño, me he movido despacio, muy despacio, con él ya dentro de mi, penetrándome. Había olvidado lo muchísimo que me gusta cabalgar a Manu, lo increíblemente bien que se acoplan nuestros cuerpos, la manera perfecta de encajar su cuerpo entre mis piernas. Sus gemidos han subido tanto de tono que he pensado que eran de dolor, así que he parado un poco por si acaso. Pero sus manos agarrando fuertemente mi culo y empujándome contra su pelvis me ha hecho entender que los gemidos eran de placer. Así que he apretado fuertemente mis músculos interiores como sé que a él le gusta y no ha tardado mucho más en correrse. Dios, que increíble placer el volver a escuchar esos gemidos provocados por mi de su boca, volver a sentir como me abraza tiernamente después mientras besa mi frente sudorosa, sentir como su semen caliente me inunda entera...Sentirle de nuevo mío.
Como es “todo un caballero” me ha masturbado con sus dedos mientras, al oido, me susurraba lo muchísimo que me había echado de menos. Tal ímpetu le ha puesto al asunto, que al final, tras estar yo bien servida, he tenido que hundir mi cabecita en su entrepierna para acabar de satisfacerle de nuevo. Me encanta la manera que tiene de cogerme tierna, pero firmemente la cabeza para marcarme el ritmo en que quiere que lo haga…
Ahora está dormido, en el sofá, sin saber que escribo sobre él y sobre lo increíblemente sorprendida que estoy por haber tenido que esperar a que pasara algo así para volver aquí, por haberme dado cuenta ahora de lo muchísimo que le echaba de menos.
ELLOS SÍ QUE SON MIS HOMBRES
Sin cambiar la dinámica, aunque sí la tónica, de este blog, hoy voy a hablar de tres hombres que con total seguridad son los tres hombres más importantes de mi vida.
CHRISTIAN FRITZ (mi abuelo materno): Alemán de carácter duro y recto, nació y vivió en Bonn hasta los 12 años, fecha en la que se trasladó con sus padres a un pueblo de Sevilla. Bético a rabiar, creció sintiéndose más español que alemán. Cuando a los 17 años conoció a Carmela, supo que pasaría con ella el resto de su vida, así que el mismo año que se licenció como abogado, se casaron. Quiso a sus diez hijos por igual, aunque teniendo siempre cierta debilidad por las niñas. En los años 60 toda la familia se trasladó a la capital que sería su hogar definitivo. Coincidiendo con la llegada de los primeros nietos, decidió jubilarse para poder disfrutar de la vida con Carmela. Varios viajes los tuvieron alejados de España durante largos periodos, hasta que los achaques propios de la edad los obligaron a volver definitivamente a casa. Fue entonces cuando su carácter comenzó a suavizarse y empezó a demostrar una sensibilidad con sus nietos de la que antes se hubiera avergonzado. Cuando en el año 93 murió su Carmela, la vida acabó para él también, aunque fuera capaz de “seguir viviendo” ocho años más.
Cosas que le debo: El apodo “Mein kleiner Engel”, las clases de flamenco desde los 4 años, mis rasgos áridos, lo terco de mi carácter.
MATÍAS (mi abuelo paterno): Granadino con raíces arabescas, sensible y bonachón, nació y creció en un pequeño pueblo de la sierra, donde su familia poseía casi la mitad del pueblo en tierras. La otra mitad pertenecía a una familia vecina, con la cual se emparentaban a través de matrimonios. Así que ya dieron por sentado que Jose Antonio se casaría con Teresa, la hija de la familia vecina con la que solo se llevaba un año. Pero en vez de eso y por simple rebeldía juvenil, lo que hicieron fue fugarse e irse a vivir juntos a la capital granadina sin antes casarse. Aquello provocó un gran escándalo en ambas familias, pero al final, consiguieron que entraran en razón y se casaran dos meses antes de que naciera su primer hijo. A los pocos años, mi abuelo decidió venderle a uno de sus hermanos su parte de las tierras y probar suerte en la capital donde vive actualmente. Al poco tiempo de llegar consiguió un puesto en la misma multinacional en la que 35 años más tarde se jubilaría. Lloró de emoción en los nacimientos de todos sus nietos. Fumador de 2 paquetes diarios, finalmente le ha pasado factura el tiempo y la salud. Aun es capaz de reconocer a las personas que quiere, aunque solo sea capaz de demostrarlo con esa preciosa y amplia sonrisa suya, ya que hace tiempo que casi dejó de hablar. Pero pronto no será capaz de hacerlo, aunque eso no achaca los ánimos de Teresa por cuidar a su novio, como ella le llama, mientras cariñosamente le limpia la cara con un pañuelo.
Cosas que le debo: La ilusión por la Navidad, mi pelo rizado, la sensibilidad por los animales.
JULIÁN (mi padre): Nació en Granada, aunque desde que tiene uso de razón vive en nuestra capital. Fue un niño demasiado movido en comparación con sus dos hermanos, pero lo compensaba al ser el más cariñoso. Con 18 años, la carrera a medias y habiendo tonteado con más de una droga, se volvió loco al conocer a Inés, mi madre. Lo dejó todo por ella (incluida la carrera) y a los 8 meses de verla por primera vez en una discoteca, se casaron. No tardaron en tener a sus dos hijas (lo que más quiere en el mundo, según él) y con 24 años fue capaz de retomar su carrera y acabarla. Tras 30 años de matrimonio y siendo una persona de principios muy rectos y coherentes, los olvidó todos cuando en un viaje de negocios conoció a Eva, una inmigrante de los países nórdicos, 25 años menor que él. Hoy en día, viven juntos, aunque la inestabilidad puede hasta palparse en esa casa.
Cosas que le debo: El hacerme ver que nadie es perfecto, el respaldo y apoyo que siempre tengo por su parte, el darme la independencia que siempre he necesitado, el amor incondicional que siento por él, mi vida entera.
CHRISTIAN FRITZ (mi abuelo materno): Alemán de carácter duro y recto, nació y vivió en Bonn hasta los 12 años, fecha en la que se trasladó con sus padres a un pueblo de Sevilla. Bético a rabiar, creció sintiéndose más español que alemán. Cuando a los 17 años conoció a Carmela, supo que pasaría con ella el resto de su vida, así que el mismo año que se licenció como abogado, se casaron. Quiso a sus diez hijos por igual, aunque teniendo siempre cierta debilidad por las niñas. En los años 60 toda la familia se trasladó a la capital que sería su hogar definitivo. Coincidiendo con la llegada de los primeros nietos, decidió jubilarse para poder disfrutar de la vida con Carmela. Varios viajes los tuvieron alejados de España durante largos periodos, hasta que los achaques propios de la edad los obligaron a volver definitivamente a casa. Fue entonces cuando su carácter comenzó a suavizarse y empezó a demostrar una sensibilidad con sus nietos de la que antes se hubiera avergonzado. Cuando en el año 93 murió su Carmela, la vida acabó para él también, aunque fuera capaz de “seguir viviendo” ocho años más.
Cosas que le debo: El apodo “Mein kleiner Engel”, las clases de flamenco desde los 4 años, mis rasgos áridos, lo terco de mi carácter.
MATÍAS (mi abuelo paterno): Granadino con raíces arabescas, sensible y bonachón, nació y creció en un pequeño pueblo de la sierra, donde su familia poseía casi la mitad del pueblo en tierras. La otra mitad pertenecía a una familia vecina, con la cual se emparentaban a través de matrimonios. Así que ya dieron por sentado que Jose Antonio se casaría con Teresa, la hija de la familia vecina con la que solo se llevaba un año. Pero en vez de eso y por simple rebeldía juvenil, lo que hicieron fue fugarse e irse a vivir juntos a la capital granadina sin antes casarse. Aquello provocó un gran escándalo en ambas familias, pero al final, consiguieron que entraran en razón y se casaran dos meses antes de que naciera su primer hijo. A los pocos años, mi abuelo decidió venderle a uno de sus hermanos su parte de las tierras y probar suerte en la capital donde vive actualmente. Al poco tiempo de llegar consiguió un puesto en la misma multinacional en la que 35 años más tarde se jubilaría. Lloró de emoción en los nacimientos de todos sus nietos. Fumador de 2 paquetes diarios, finalmente le ha pasado factura el tiempo y la salud. Aun es capaz de reconocer a las personas que quiere, aunque solo sea capaz de demostrarlo con esa preciosa y amplia sonrisa suya, ya que hace tiempo que casi dejó de hablar. Pero pronto no será capaz de hacerlo, aunque eso no achaca los ánimos de Teresa por cuidar a su novio, como ella le llama, mientras cariñosamente le limpia la cara con un pañuelo.
Cosas que le debo: La ilusión por la Navidad, mi pelo rizado, la sensibilidad por los animales.
JULIÁN (mi padre): Nació en Granada, aunque desde que tiene uso de razón vive en nuestra capital. Fue un niño demasiado movido en comparación con sus dos hermanos, pero lo compensaba al ser el más cariñoso. Con 18 años, la carrera a medias y habiendo tonteado con más de una droga, se volvió loco al conocer a Inés, mi madre. Lo dejó todo por ella (incluida la carrera) y a los 8 meses de verla por primera vez en una discoteca, se casaron. No tardaron en tener a sus dos hijas (lo que más quiere en el mundo, según él) y con 24 años fue capaz de retomar su carrera y acabarla. Tras 30 años de matrimonio y siendo una persona de principios muy rectos y coherentes, los olvidó todos cuando en un viaje de negocios conoció a Eva, una inmigrante de los países nórdicos, 25 años menor que él. Hoy en día, viven juntos, aunque la inestabilidad puede hasta palparse en esa casa.
Cosas que le debo: El hacerme ver que nadie es perfecto, el respaldo y apoyo que siempre tengo por su parte, el darme la independencia que siempre he necesitado, el amor incondicional que siento por él, mi vida entera.
APARIENCIAS
Las fiestas de mi pueblo nunca han sido gran cosa, pero me gustan porque es la única ocasión del año en la que nos volvemos a juntar todos los amigos de siempre. No es que nos llamemos y quedemos de acuerdo para vernos en ese chiringuito al aire libre en concreto, pero año tras año, seguimos encontrándonos allí. Así que, cuando hace un par de años llegué con Meri, no me sorprendió para nada ver que allí estaba Álex. Lo que sí que me sorprendió fue que estuviera acompañado por su mujer y por un carricoche de bebé en el que debía estar su hija durmiendo. Como era su costumbre desde que se había casado, Álex ni se acercó a saludarme, ni me miró, ni nada de nada, nulo, cero total, como si yo no existiese. Y a pesar de que aquello me dolía horrores, ya eran un par de años de aguantar aquella demostración de indiferencia por su parte, así que ya estaba acostumbrada y me limité a intentar pasarlo bien con el resto de la gente.
No eran ni las 11 de la noche cuando ví a Álex y su mujer alejarse rumbo a casa empujando el carrito de la niña. “Qué le den por el culo” Oí a Meri susurrarme al oído disimuladamente al ver que yo era incapaz de apartar la vista de ellos. Pero tengo que reconocer que a partir de ese momento me sentí mucho más relajada, más dispuesta a pasarlo bien.
Serían cerca de las 6 de la mañana cuando Meri y yo bajábamos por la calle que lleva a mi casa. Aún llevábamos cada una en la mano un vaso de esos de plástico de litro de calimocho y nos reíamos (nos descojonábamos) con ese tipo de risas etílicas contagiosas de cualquier tontería que se nos hubiera ocurrido. Giré la esquina de mi edificio tan torpemente que entre las risas, los calimochos y la naturalaza torpe de mis pies, estuve a punto de caer, lo cual provocó más risas entre nosotras. Risas hasta que ví a Álex sentado en los escalones de mi portal, mirándonos entre divertido y atónito. La cara de Meri fue un poema que dejaba claro que aquella aparición inesperada no le gustaba nada. Meri es siempre tan protectora conmigo…
-No seas tonta ehh – me advirtió al oído.
La miré de manera serena para tranquilizarla. Ella asintió y empezó a despedirse alejándose hacia su casa. Y mientras lo hacía, con ese tono irónico tan hiriente que tiene, a modo de despedida le dijo a Álex:
-Tú, anda y date prisa, que ya pronto tu hija te pide el biberón del desayuno…
Álex la miró, pero en vez de contestarle a ella, me dijo a mi:
-Nunca le he gustado a Meri, ¿verdad?
Ni siquiera le contesté y, llave en mano preparada para dejarle claro que mi intención era que aquella conversación no durara mucho, le pregunté qué coño hacía esperándome en mi portal a esas horas. Quería hablar conmigo, necesitaba hablar conmigo, yo era la única persona capaz de entenderlo, siempre lo había hecho. Yo era la única capaz de pasar con él por ese mal rato. “Eres mi mejor amiga, mi niña, mi vida”. Él me quería tánto, tánto…¿Después de dos años y pico sin ni siquiera saludarme? Es que su mujer era mala, malísima. No le dejaba acercarse a mi. Era tan tan mala que él se asfixiaba en aquella relación. ¡¡Qué infeliz que era!! Por eso necesitaba hablar conmigo, necesitaba que yo le dejara mi hombro para llorar, para llorar por lo desgraciada que era su vida sin mi, junto a aquella horripilante mujer con la que seguía viviendo solamente por el bienestar de su hija. Necesitaba mi hombro para llorar, y si, ya que estaba, de paso podía acariciarme el pecho, mejor. Eso conseguiría calmarlo, siempre lo había hecho. Y el conseguir entrar conmigo en mi portal a oscuras y besarme y tocarme con el ansia de quien tiene los botones de los vaqueros a punto de reventar de la erección que sufre, eso le hizo sentir muchísimo mejor. Y menos mal que yo era una buena persona y le dejaba subir a mi piso, mientras a cada peldaño de la escalera sus manos buscaban desesperadas mi cuerpo. Y por eso sonrió cuando, ya tumbado y desnudo en mi cama, vio como me desnudaba yo lentamente delante de él, como yo sé que le gusta que haga. “Cariño, solo tú sabes hacérmelo como realmente me gusta, eres perfecta. No sabes cómo te he echado de menos. Te quiero tanto, pequeña” decía mientras acababa de quitarme las bragas y me colocaba encima de él…
Casi dos horas después, con el sol entrando ya por la ventana, Álex me miraba relajado y sonreía. Ahora por fin ya era feliz.
Me levanté de la cama para dirigirme al baño y en el quicio de la puerta me paré y con un tono más despreocupado y seco que pude, le dije:
-Voy a ducharme. No olvides cerrar bien la puerta ahora cuando te vayas.
Su cara tenía ese gesto que tan bien conozco que denota que está intentando analizar mis palabras para saber si hablo en serio o de broma. Así que como aclaración, cometé:
-Esto es lo que querías, ¿no? Follarme. Pues alá, ahora que lo has hecho. ya no tienes nada más que hacer aquí.
Su cara pasó de la sorpresa inicial, al entendimiento para luego dejar paso al enfado. Por eso no le di tiempo ni a contestar y antes de que pudiera abrir la boca, yo ya estaba cerrando la puerta del baño, dejándolo allí, desnudo aun en mi cama, perplejo, herido en su orgullo y con la palabra en la boca.
Esperé bajo el chorro de agua caliente hasta oír el portazo que me indicaba que había salido de mi casa. Fue entonces cuando, por fin, pude llorar.
No eran ni las 11 de la noche cuando ví a Álex y su mujer alejarse rumbo a casa empujando el carrito de la niña. “Qué le den por el culo” Oí a Meri susurrarme al oído disimuladamente al ver que yo era incapaz de apartar la vista de ellos. Pero tengo que reconocer que a partir de ese momento me sentí mucho más relajada, más dispuesta a pasarlo bien.
Serían cerca de las 6 de la mañana cuando Meri y yo bajábamos por la calle que lleva a mi casa. Aún llevábamos cada una en la mano un vaso de esos de plástico de litro de calimocho y nos reíamos (nos descojonábamos) con ese tipo de risas etílicas contagiosas de cualquier tontería que se nos hubiera ocurrido. Giré la esquina de mi edificio tan torpemente que entre las risas, los calimochos y la naturalaza torpe de mis pies, estuve a punto de caer, lo cual provocó más risas entre nosotras. Risas hasta que ví a Álex sentado en los escalones de mi portal, mirándonos entre divertido y atónito. La cara de Meri fue un poema que dejaba claro que aquella aparición inesperada no le gustaba nada. Meri es siempre tan protectora conmigo…
-No seas tonta ehh – me advirtió al oído.
La miré de manera serena para tranquilizarla. Ella asintió y empezó a despedirse alejándose hacia su casa. Y mientras lo hacía, con ese tono irónico tan hiriente que tiene, a modo de despedida le dijo a Álex:
-Tú, anda y date prisa, que ya pronto tu hija te pide el biberón del desayuno…
Álex la miró, pero en vez de contestarle a ella, me dijo a mi:
-Nunca le he gustado a Meri, ¿verdad?
Ni siquiera le contesté y, llave en mano preparada para dejarle claro que mi intención era que aquella conversación no durara mucho, le pregunté qué coño hacía esperándome en mi portal a esas horas. Quería hablar conmigo, necesitaba hablar conmigo, yo era la única persona capaz de entenderlo, siempre lo había hecho. Yo era la única capaz de pasar con él por ese mal rato. “Eres mi mejor amiga, mi niña, mi vida”. Él me quería tánto, tánto…¿Después de dos años y pico sin ni siquiera saludarme? Es que su mujer era mala, malísima. No le dejaba acercarse a mi. Era tan tan mala que él se asfixiaba en aquella relación. ¡¡Qué infeliz que era!! Por eso necesitaba hablar conmigo, necesitaba que yo le dejara mi hombro para llorar, para llorar por lo desgraciada que era su vida sin mi, junto a aquella horripilante mujer con la que seguía viviendo solamente por el bienestar de su hija. Necesitaba mi hombro para llorar, y si, ya que estaba, de paso podía acariciarme el pecho, mejor. Eso conseguiría calmarlo, siempre lo había hecho. Y el conseguir entrar conmigo en mi portal a oscuras y besarme y tocarme con el ansia de quien tiene los botones de los vaqueros a punto de reventar de la erección que sufre, eso le hizo sentir muchísimo mejor. Y menos mal que yo era una buena persona y le dejaba subir a mi piso, mientras a cada peldaño de la escalera sus manos buscaban desesperadas mi cuerpo. Y por eso sonrió cuando, ya tumbado y desnudo en mi cama, vio como me desnudaba yo lentamente delante de él, como yo sé que le gusta que haga. “Cariño, solo tú sabes hacérmelo como realmente me gusta, eres perfecta. No sabes cómo te he echado de menos. Te quiero tanto, pequeña” decía mientras acababa de quitarme las bragas y me colocaba encima de él…Casi dos horas después, con el sol entrando ya por la ventana, Álex me miraba relajado y sonreía. Ahora por fin ya era feliz.
Me levanté de la cama para dirigirme al baño y en el quicio de la puerta me paré y con un tono más despreocupado y seco que pude, le dije:
-Voy a ducharme. No olvides cerrar bien la puerta ahora cuando te vayas.
Su cara tenía ese gesto que tan bien conozco que denota que está intentando analizar mis palabras para saber si hablo en serio o de broma. Así que como aclaración, cometé:
-Esto es lo que querías, ¿no? Follarme. Pues alá, ahora que lo has hecho. ya no tienes nada más que hacer aquí.
Su cara pasó de la sorpresa inicial, al entendimiento para luego dejar paso al enfado. Por eso no le di tiempo ni a contestar y antes de que pudiera abrir la boca, yo ya estaba cerrando la puerta del baño, dejándolo allí, desnudo aun en mi cama, perplejo, herido en su orgullo y con la palabra en la boca.
Esperé bajo el chorro de agua caliente hasta oír el portazo que me indicaba que había salido de mi casa. Fue entonces cuando, por fin, pude llorar.