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Mis Hombres
Ellos, los que han llenado mi vida hasta saciarla, Mis Hombres
Acerca de
No puedo vivir sin ellos
Sindicación
 
CONVERSACIONES
Suena mi móvil. Lo oigo desde la sala de juntas donde estoy reunida. Sé que no me dará tiempo a llegar a tiempo para cogerlo, así que simplemente lo dejo sonar, ya llamaré yo después. Pero en menos de un minuto, vuelve a sonar otra vez. Debe ser importante. Me disculpo y salgo de la sala hacia mi despacho. El móvil refleja dos llamadas perdidas del mismo número, el cual es totalmente desconocido para mi. Levanto el auricular del teléfono de mi empresa (que paguen ellos) selecciono una línea móvil y marco el número. En dos tonos una voz masculina contesta:

-¿Hola? – me dice
- Hola. Me has llamado a mi móvil hace un momento y no sé quién eres.
-¿He llamado yo a este móvil desde el que llamas ahora?
-Ahh no perdona. Me has llamado al mío personal, este es el de la oficina ¿Quién eres?
-Ahhh vale…¿No sabes quién soy? – me pregunta divertido.
-No, no sé quien eres.
-Soy Álex.
-¿Álex? – pregunto petrificada con un nudo en la garganta - ¿Qué Álex?
-¿Cuántos Álex conoces tú?
-Pues varios – miento.
-¿Y cuántos de ellos te han comido el chocho en el cine mientras veías el Diario de Bridget Jones II?

Me quedo helada, boquiabierta, patidifusa…He hecho muchas cosas en mi vida con Álex, pero algo así jamás. Además, esa voz no era la de “mi Álex.

-¿Cómo? – pregunto intentando dejar clara mi total confusión con ese asunto.
- ¿Tú no eres la Conchi?
-¿La Conchi? No…Yo me llamo Lucía G.
-¿Lucía G.?
-Sí.

Se oyen unos murmullos de fondo acompañados de unas risas por parte de terceros. Y con voz temblorosa, vuelve a hablarme:

-Perdón Srta. Lucía. Soy Álex de la empresa XX. Sólo la llamaba para avisarla de que acabamos de descargar y montar en su piso el cabecero de cama de hierro forjado que nos encargó hace 4 semanas. La factura se la hemos dejado a un carpintero que tiene usted allí trabajando. Gracias.

Y cuelga….
 
LA EXCEPCIÓN QUE CONFIRMA LA REGLA...
Ana y yo nos conocemos desde el parvulario. Ella siempre fue una niña más bien pequeñita y poca cosa, hasta que entre los 15 y 16 años desarrolló el increíble cuerpo que tiene ahora y que le ha valido como llave para conseguir el trabajo de camarera de noche y ocasional modelo publicitaria que tiene actualmente. Nunca había sido mi mejor amiga, pero dentro del grupo de amigas, siempre nos habíamos llevado francamente bien.

Como tradición, cada agosto íbamos todas las chicas a la casa de su abuela en el pueblo a pasar unos días todas juntas. Nosotras lo pasamos genial todas juntas y a la abuela de Ana le encantaba que estuviéramos allí. Aquel año, debido a nuestros calendarios laborales, Ana y yo viajaríamos un día antes que las demás. Así que, a las siete de la tarde, tras casi diez horas de viaje en coche, turnándonos para conducir, llegamos las dos cansadísimas a casa de su abuela. La buena mujer nos esperaba en el caserón ilusionadísima, como cada año y nos animó a subir a refrescarnos y descansar un poco antes de cenar.

Después de colocar toda nuestra ropa en los grandes armarios de la habitación, le dije a Ana que me iba a bañar. Me encantaba aquel baño. Consistía en una estancia de unos 15 metro cuadrados presididos por una enorme bañera antigua de patas, de esas que ahora se llevan tanto de moda. Llené la bañera con agua casi hirviendo, me desnudé y me sumergí en ella, relajando totalmente todos los músculos de mi cuerpo, tensos a causa del largo viaje. Y allí estaba yo, en ese relajado duermevela hasta que Ana entró en el baño como un estruendo exigiendo cómicamente su parte de bañera, ya que ella también tenía ganas de relajarse. Así que antes de que pudiera ni siquiera protestar, Ana se había desnudado. Creo que esa fue realmente la primera vez que tuve consciencia de la belleza del cuerpo de Ana. A pesar de no ser excesivamente alta, su cuerpo es todo armonía. Esos ojos negros rasgados, esa melena castaña, esa cintura curvilínea, esos pechos redondos y firmes, esos muslos prietos…Todos ellos se metieron conmigo en la bañera haciendo rozar su piel con la mía.

No es que fuera una situación nueva, ya que miles de veces habíamos estado desnudas una frente a la otra en las duchas del gimnasio, pero jamás nuestros cuerpos desnudos habían estado tan pegados y una vez sumergida, Ana se dio cuenta de aquello. Pero en vez de incitarme a salir o actuar de manera incómoda, se colocó detrás de mi rodeando mi cuerpo con sus piernas y diciéndome que era un desastre, cogió uno de los botes de champú que había en la repisa cercana y se comenzó a lavarme el pelo. El masaje capilar me fue relajando cada vez más, haciendo que mi cuerpo se recostara contra el suyo, notando sus firmes pechos apretándose contra mi espalda. La espuma de jabón fue resbalando desde mi nuca hacia abajo por todo mi cuerpo haciéndome cosquillas y provocando que mi piel se erizara. Por eso, cuando sus labios acariciaron mi cuello, mi piel respondió al estímulo, enviándome señales inequívocas de deseo hacia esos labios que me besaban.

Ana, aún sentada detrás de mi, bajó una de sus manos totalmente enjabonada hacia uno de mis pechos. La suavidad de la espuma mezclada con la de sus dedos rozando mi pezón mientras sus labios y su lengua seguían acariciando la curva de mi cuello, me excitaron tanto que fui yo misma quien atrapó su otra mano y la hizo bajar hasta mi entrepierna. Sus suaves dedos acariciándome hacían que mi cuerpo se convulsionara hacía atrás, buscando el suyo, mientras ellas, aún a mis espaldas, seguía besándome el cuello y mordisqueándome la oreja.

Mi mente intentaba analizar lo que estaba sucediendo en aquella bañera, pero el placer lo nublaba todo. Sus delicadas manos, mis pechos, los suyos, la espuma de jabón, sus labios carnosos, mi clítoris, su piel suave…Todo ello mezclado era placer puro y sin poder contenerme más, llegué al orgasmo mientras ella me tapaba la boca suavemente con su mano para intentar acallar mis gemidos.

Cuando por fin cesaron los espasmos propios, mi mente, ya despejada, comenzó a ser capaz de analizar lo que había pasado: una de mis amigas acababa de masturbarme en la bañera de casa de su abuela. Y a mi me había encantado. No me dio tiempo a analizar mucho más, ya que Ana, grifo en mano, me dirigió el chorro de agua directamente a mi cabeza para aclararme la cabeza, diciéndome divertida y como si no hubiera pasado nada, que ya era tarde, que teníamos que bajar a cenar.

Durante la cena la abuela de Ana comentaba lo distraídas y calladas que estábamos las dos y lo achacó al cansancio propio del viaje. Por eso, la buena mujer no entendió que acto seguido, después de cenar, nos vistiéramos y nos fuéramos a los bares de copas del pueblo. Yo me enfundé mi mini vaquera desgastada con una camiseta de tirantes blanca y Ana con sus vaqueros apretados y su camisa negra estaba increíble, guapísima, preciosa

La verdad es que llamábamos bastante la atención, ya que éramos dos “turistas” en aquel pequeño pueblo en el que se conocían casi todos. También ayudaba bastante el contraste de la preciosa larga melena castaña de Ana y la mía rubia y rizada. El caso es que en menos de media hora ya teníamos a varios chicos bastante interesados alrededor. Ana y yo nos comportamos como siempre, como buenas amigas, cuchicheando entre nosotras y riéndonos, aunque a veces, cuando nuestras miradas se encontraban de manera fortuita las dos sabíamos exactamente que lo que teníamos en la cabeza era lo sucedido en la bañera aquella tarde.

Uno de los chicos que teníamos alrededor me pidió que fuera a una de las barras con él, que quería invitarme a una copa, a lo que accedí, quedándome unos diez minutos hablando con él para no parecer demasiado grosera. Cuando volví a donde estábamos, un chico rodeaba la cintura de Ana con sus manos y le hablaba al oído mientras ella me miraba entre divertida y desafiante. Aquello no me gustó, no me gustó nada, así que sin pensarlo y mientras ella seguía mirando risueña, me giré y sin mediar palabra besé vulgarmente al chico que me había invitado a la copa, que aún seguía a mi lado. Este, sorprendido, reaccionó torpemente a mis besos, metiendo desesperadamente su lengua en mi boca. Y así, jugando con nuestras lenguas casi por fuera de los labios, seguí mirando, ahora yo, desafiante a Ana. Ella, como yo esperaba, no tardó en reaccionar y bastante malhumorada, me apartó del chico y me dijo que nos íbamos a casa, que estaba cansada y que mañana ya continuaría mi sesión con mi “Romeo”.

Casi no mediamos palabras en los 10 minutos de paseo que teníamos hasta la casa de la abuela. Subimos en silencio las escaleras hasta la habitación donde dormíamos para no despertar a la mujer. Y una vez allí, deliberadamente sólo me puse unos pequeños shorts para meterme en la cama, mientras Ana, casi sin mirarme se acostaba con unas bragas blancas de algodón. Dormíamos en dos camas pequeñas separadas tan solo por unos 50 centímetros, pero desde que apagamos la luz, Ana no tardó ni 5 minutos en levantarse y meterse en mi cama. Su piel estaba fresca y lo primero que busqué fue el contacto de sus pies con los míos, enredándose.

-Ahora me toca a mi ¿no?- Dijo solamente antes de besarme. Yo, con mis labios, aprisionaba suavemente los suyos, mientras los recorría con la punta de mi lengua. Me encantó en tacto suave de aquella boca carnosa, sin rastro alguno de ese rasgo tan masculino que es la barba. Era extraño, pero a la vez placentero. Mis piernas buscaron el contacto de las suyas mientras con mis brazos la atraía hacia mi. Quería sentir todo su suave cuerpo acariciando el mío, quería sentir el aroma de su pelo en mi cara, quería besar cada centímetro de su piel…pero lo que más quería, lo que deseaba con urgencia en aquel momento era tocar sus pechos, acariciar aquella parte tan especial de Ana, aquellos pechos firmes y redondos. Los rodeé con mis manos y el suave tacto elástico de la piel me hicieron enloquecer y querer más. Ana, divertida, observaba como yo estaba adorando sus pechos y, con una ternura infinita, colocó su mano en mi nuca, acercándome la cara contra ellos para que pudiera lamerlos. No tengo palabras para describir el placer que sentí al hacerlo, al acariciar con mis labios aquellos pezones rosados mientras mis manos aprisionaban el pecho entero. Mi boca fue de un pecho al otro, alternativamente, los quería a ambos, y me desquiciaba el hecho de no ser capaz de abarcarlos a ambos a la vez.

La divertida expresión de Ana de hacía unos minutos había cambiado para convertirse en una dulce mueca contraída por el placer que le estaba dando. Ella, mientras tanto, no estaba quieta y mientras con una de sus manos acariciaba y apretaba mi culo por dentro del short, la otra se dirigía por delante hacia mi entrepierna para acariciarme como lo había hecho antes en la bañera. Sentí envidia de aquello, así que con sus pechos aún en mi boca, bajé una de mis manos hacia sus muslos. Ella reaccionó obediente, abriendo las piernas para dejarme tocarla, dejar que mis dedos apartaran sus bragas para jugar con su clítoris mientras mi lengua seguía lamiendo sus jugosos pezones. Me estaba volviendo loca de placer al oír su respiración entrecortada entre gemidos. Su clítoris estaba inflado y toda ella se deshacía en humedad cuando por fin le bajé las bragas e introduje dos de mis dedos dentro de ella. Fue una sensación rara, pero muy placentera el verla arquear la espalda de placer al ser penetrada por mis dedos. Ummm como me gusto sentir que en esos momentos era completamente mía, que la tenía sumida ante mi y ante el placer que le estaba dando. Ana cada vez apretaba más con su manos mi cabeza contra sus pechos, para que los lamiera más ferozmente, con más brusquedad, mientras mis dedos entraban y salían de ella cada más rápido y con más fuerza, mientras con el pulgar seguía masajeándole el clítoris. Dios, qué gozada cuando la vi correrse con mis dedos dentro, gracias a mi, notando esos pezones suyos tan duros dentro de mi boca, saboreándolos, disfrutando del momento en que Ana no podía reprimirse más y rompía el silencio de la noche con un gutural gemido animal, que, aunque tarde, intenté ahogar enlazando mi lengua con la suya en un beso en la boca. Como digo, fue tarde y tras unos silenciosos momentos en los que Ana, desnuda y abrazada a mi aún temblaba de pies a cabeza, oímos como su abuela se acercaba por el pasillo.

-¿Niñas, estáis bien?- preguntó la mujer en un susurro sin abrir la puerta.

-Si abuela - contestó Ana, mirándome sonriendo divertida y aún con la respiración entrecortada mientras distraídamente me acariciaba un pecho.- Es que me he caído de la cama.

-¿Pero te has hecho daño, cariño? - insistía la mujer.

-No abuela, de verdad. Vete a dormir que no a sido nada.

Y así, mientras Ana y yo, seguíamos desnudas y tocándonos en la pequeña cama, la abuela volvió tranquila a su cama.

-Quiero hacerte una cosa - me dijo ella y sin decir nada más, la ví desaparecer por debajo de las sábanas. Yo ya sabía hacia donde se dirigía, así que aparté de un manotazo toda la ropa de cama y encendí la luz. Ya todo me daba igual, yo solo quería ver como Ana me lamía el coño, como su melena se desperdiga sobre mi vientre. Quería ver su lengua mientras me penetraba. Y no me defraudó y tras varios besos jugosos en mis inglés y mirándome a los ojos, comenzó a lamer mi clítoris tranquila y pausadamente. Yo no iba a tardar mucho en correrme ya que todo aquello me había puesto cachonda como nunca lo había estado en mi vida. Notaba mis pezones duros, tan duros que hasta me dolían, así que intenté alzar mi mirada buscando las manos de Ana para dirigirlas hacia mis pechos, pero me di cuenta que las tenía las dos ocupadas: con una me acariciaba y penetraba a mi y con la otra se estaba masturbando ella misma. Ohh dios, la imagen fue erotismo en estado puro: Ana masturbándome con su dulce lengua y sus suaves dedos mientras hacia lo propio con ella misma. Ante aquello noté que me humedecía más aún hasta el punto que podía oír como Ana se relamía mis fluidos. Ohh qué sonido más agradable. El dolor de mis pezones había aumentado, así que intenté calmarlo yo misma, acariciándome los pechos hasta llegar casi a estrujarlos. El placer físico era infinito, indescriptible, pero más aún era el mental, el que me proporcionaba el morbo de ser consciente de que mi amiga de la infancia y yo estábamos viviendo aquel episodio lésbico en el que ella estaba lamiendo mi clítoris mientras me penetraba con sus dedos a la vez que se masturbaba y yo misma me acariciaba los pechos. Y todo ello en la casa de su abuela, con ésta durmiendo al otro lado de la pared. Todos estos pensamientos y un desenfreno abrumador fueron subiendo por todo mi cuerpo hasta llegar a convertirse en una explosión de placer indescriptible que, sin tener ninguna contemplación con ella, me hicieron apretar fuerte y bruscamente su cara contra mi coño, para que chupara y lamiera más fuertemente, para que mi orgasmo llegase a lo más alto posible. Y esta acción mía que podría haberle provocado un enfado debido a lo egoísta que fue, contra todo pronostico, lo que consiguió fue que, mezclada con el gustazo que le daba verme corriéndome, la pusiera tan cachonda que, hasta yo, en mi propio trance de mi orgasmo me diera cuenta de lo desesperado de sus gestos masturbándose. Aquello me enterneció, así que en cuando mi cuerpo dejó de temblar, intentando que su estado caliente no se apagara, me incorporé rápidamente a la vez que la tumbé a ella e hundí mi cara en su entrepierna. No esperaba que aquel sabor agridulce de sus fluidos me fuera a gustar tanto. Tanto fue así que, aún con mi coño palpitando del orgasmo que acababa de sentir, comencé a recorrer con mi lengua toda aquella parte de su cuerpo recién depilada frenéticamente. La lástima fue que, Ana estaba ya tan caliente, que no tardó ni un minuto en tener su segundo orgasmo de la noche. Suavemente, dulcemente, sin gritos ni aullidos, simplemente temblando con esa sonrisa suya de placer en los labios. Sinceramente, a pesar de la satisfacción que me pudiera dar el haberle provocado tan fácilmente aquel segundo orgasmo, me decepcionó un poco el hecho de no poder seguir explorándola con mi lengua. Me quedé con las ganas de más…

Tanto Ana como yo, con el pelo alborotado y cansadas pero sonrientes, buscamos nuestra ropa interior entre risas de confusión. Sus bragas seguían enredadas en medio de la ropa de cama, mientras mis short dormían tirados por el suelo de la habitación. Tras ponérnoslos, Ana, de pie me miró tiernamente, me dio un dulce besito en uno de mis pezones acompañándolo con una suave caricia con su lengua, un piquito en la boca y dándome las buenas noches, se metió en su cama, dejándome allí, de pie, sin moverme. No, no estaba dispuesta a dormir sola tras aquello. Yo quería dormir abrazada a su dulce cuerpo, así que sin decirle nada, me metí en su cama. Ella, muy receptiva a mi petición, me recibió dulcemente y me quedé dormida abrazada a su cuerpo, con sus labios en mi frente y sus pechos contra los míos.

Cuando a la mañana siguiente llegaron el resto de las chicas y nos despertaron a voz en grito y dando alegres botes en la cama, a ninguna le extrañó que estuviéramos las dos dormidas medio desnudas en la misma cama. Y no se dieron cuenta o no le dieron gran importancia al hecho de que Ana y yo evitáramos quedarnos a solas durante el resto de los días de nuestras vacaciones. Tampoco nunca han caído en la conclusión de que, tras aquel veranos, el último en que fuimos a casa de la abuela de Ana, ella y yo hemos ido distanciándonos, hasta el punto de que ella se casa el año que viene y yo aún ni conozco al afortunado. Por mi parte, además de conservar la amistad, me hubiera gustado repetir la experiencia con ella, aunque tampoco hice nada por evitar el distanciamiento, por miedo al rechazo, a que me dijera que aquello había sido un error. No sé si ella pensará lo mismo, pero creo que se asustó. Se asustó ante aquello que le gustó tanto y que rompía con todos los estereotipos concebidos por ella durante nuestros largos años de colegio religioso. Fue ella quien me buscó en primer lugar y creo que no se puede ni imaginar como me gustó que lo hiciera.