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Mis Hombres
Ellos, los que han llenado mi vida hasta saciarla, Mis Hombres
Acerca de
No puedo vivir sin ellos
Sindicación
 
ÁLEX, OTRA VEZ
¿Por qué cuando creo que ya consigo dominar mis sentimientos, cuando creo que ya por fin he arrancado cada uno de tus besos y miradas de mi memoria, cuando por fin pienso que soy libre de ti, por qué entonces vuelves a aparecer en mi vida? Es que ¿acaso tú notas que me salgo de tu “redil” y por puro egocentrismo vuelves? ¿O es que realmente algo sí que te importo?

Y parece mentira que no te haga falta una gran escenografía, una actuación estelar ni nada parecido para calarme otra vez hasta los huesos. Tu mirada, tu simple mirada sobre mi me vuelve a provocar el mismo azote de sentimientos que vienes provocándome desde hace ya más de diez años.

Pero mírame, yo, la que presume en este blog de todos los hombres que han pasado por su vida, los borraría a todos, a todos sin dejar ni uno, por una simple caricia tuya. Yo, la que parece que no merma ni se asusta ante nada, siento que todo mi cuerpo tiembla al volver a tenerte delante. Yo, que me vanaglorio de no dejar que nadie me ate, de que mi libertad está por encima de todo, que presumo de independiente, yo, daría mi vida por que tú me abrazaras y no me dejaras ir nunca.

Y lo sé, sé que eres la única persona que puede llenar ese huequecito de mi corazón completamente. Son demasiados años ya buscándote en otros hombres, en otros cuerpos y jamás te he encontrado. Hace ya tiempo que llegué a la conclusión de que no sería nunca capaz de reemplazarte, pero pensé que podría sobrevivir sin ti. Pero siempre vuelves a aparecer para poner patas arriba el mundo tranquilo y sereno que yo había ido construyendo poco a poco sin ti.

¿Por qué tiene que ser todo tan cruel? Yo lo acepto, acepto la condición de tener que renunciar a lo que más quiero, a ti. Acepto que, a pesar de tener la convicción de que eres el hombre de mi vida, no voy a pasarla contigo. E incluso puedo aceptar que tú seas capaz de ser feliz sin mi. A cambio sólo pido no volver a verte jamás, pero ni eso se me concede.

Ahora hacía más de un año que no me encontraba con tus ojos. Pensaba en ti, para qué negarlo, pero siempre desde esa calma que da la lejanía, y de una manera esporádica y breve, apenas asomándome a tus recuerdos, por miedo a desatar de nuevo todo lo vivido. Pero ayer volvías a estar ahí, de pie, mirándome y no pude más que llorar.
 
VERBENA DE SAN JUAN
Aquel San Juan decidí pasar de las macrofiestas programadas a las que iban mis amigos y pasarlo con Manu. A él le encantó la idea, así que cogí los cuatro trapitos que me harían falta para pasar tres días, poca cosa, ya que sabía que más del 50% del tiempo iba a estar desnuda y vía aérea, llegué a su ciudad la misma noche de la verbena.

Ataviada con unos pantalones deportivos de talle bajo, una camiseta de tirantes y unas zapatillas deportivas, nos fuimos a la playa con toda la trupe de bomberos y amigos, dispuestos a celebrar la verbena bebiendo, bailando, saltando, bañándonos y lo que surgiera durante toda la noche.

Ya bien entrada la madrugada, me senté con un botellín de cerveza en la arena, cerca de la hoguera. Manu no tardó en estar sentado detrás de mi, abrazándome fuertemente con sus brazos y sus piernas y diciéndome al oído cositas tiernas mezcladas con deseos calientes que estaban haciendo que me subiera la temperatura.

Pero de golpe, justo en línea recta con la trayectoria de mi vista, aparecieron un par de tacones (¡¡sí, tacones en la playa!!). Alzando mis ojos, pude ver la figura de una mujer, con los brazos en garra. Llevaba un vestido veraniego de flores, por debajo de la rodilla, con una chaqueta de punto encima. Si no fuera porque la pobre no aguanta ya los tacones, hubiera jurado, por la vestimenta, que se trataba de mi abuela. Pero no, la tensión en los brazos de Manu, abrazándome más fuerte, me hizo saber que aquella mujer era conocida suya, muy conocida.

-¿Qué tal, cielo?- le dijo la mujer con cierto aire irónico.
-Genial. ¿Y tú? – respondió Manu levantándose para darle dos besos que ella fría y deliberadamente rechazó girando la cara para mirarme a mi.
-Cada vez te la buscas más jóvenes ¿no?
A esas alturas yo ya lo tenía claro, aquella mujer era su exmujer.

Sin esperar respuesta, ella se giró y se fue, dejando a Manu con la palabra en la boca.
-No merece la pena ni contestarle. A veces realmente pienso que no está bien de la cabeza.

Yo la observé mientras se alejaba, caminando torpemente con aquellos tacones. Pero no fue muy lejos, se quedó a unos 200 metros, con un grupo de gente, supongo sus amigos. Durante toda la noche, seguí notando cómo nos miraba. A veces, la miraba yo directamente, entonces era cuando ella, apartaba la vista. Toda aquella situación ya me estaba haciendo sentir bastante incómoda, así que respiré aliviada cuando vi que ella y todo su grupo recogían sus cosas y se marchaban.

Desde ese momento, Manu y yo ya nos sentimos más relajados y comenzó entre nosotros ese juego que me encanta: él me mira, yo lo miro. Él sabe perfectamente lo que estoy pensando y lo que quiero y yo, sólo con verle la cara ya sé que se muere de ganas de tocarme, de besarme y de follarme donde sea. Y sin tener que mediar palabra entre nosotros, nos levantamos para marcharnos, no sin antes despedirnos de los demás.

Pero nada más meternos en el coche y sentir esa “seguridad” que te da un espacio cerrado (aunque estuviera aparcado en pleno paseo marítimo y ya casi estuviera amaneciendo) no lo pudimos evitar: empezamos a besarnos jugueteando con nuestras lenguas, mientras sus manos acariciaban mis pechos, poniendo un especial énfasis en mis pezones, bastante duros ya. Sus bermudas no eran capaces de ocultar la erección que estaba creciendo por momentos en su entrepierna. Yo quería que él disfrutara, así que se la saqué de las bermudas y comencé a acariciarla suavemente, despacio, para que saboreara cada momento de placer. Ya no había marcha atrás, íbamos a acabar lo que habíamos empezado. Al mismo tiempo, Manu ya estaba metiendo una de sus manos entre mis piernas. Mis pantalones se deslizaron hacia abajo sin problemas y no tuvo mucha dificultad en apartar mi bikini para acariciarme. Sus labios se cerraban entorno a uno de mis pezones, pero aún así podía oír sus gemidos ahogados. Él me estaba masturbando a mi y yo a él, nos dábamos placer mutuamente.

Yo notaba su polla cada vez más dura y firme entre mis manos y a mi me estaban volviendo loca sus dedos, entrando, saliendo y acariciándome. Estaba ya muy muy mojada cuando con un movimiento rápido y seco, Manu me apartó y con una agilidad increíble se pasó al asiento de atrás, sentándose y abriéndome los brazos a modo de invitación a sentarme entre sus piernas. Así que con un movimiento aún más ágil (supongo que motivado por las ganas que tenía de él) me pasé atrás y me senté encima de él. Al momento ya la tenía metida y a pesar de que los movimientos eran limitados por el poco espacio que teníamos, las embestidas eran fuertes y muy penetrantes. Movíamos las pelvis acompasadas, en una especie de baile sincronizado, mientras él seguía jugando con su lengua en mis pezones. Yo con mis manos apretaba su cabeza contra mi pecho.

-Más fuerte, mi amor. Muérdeme, quiero que me duela- me oí a mi misma decirle casi a voz en grito.

Manu me obedecía y yo cada vez aumentaba más el ritmo, necesitaba sentir su polla entrando y saliendo de mi más rápido, más fuerte. Sus gemidos me ponían más cachonda aún si cabe y sus manos en mi culo apretándome contra su cuerpo no eran capaces de seguir el ritmo que mi cuerpo estaba marcando. Necesitaba más, lo necesitaba todo de él. Y así, en ese frenesí de movimientos rápidos noté como Manu se corría dentro de mi, sus convulsiones, sus gemidos guturales y sus ansias de metérmela mucho más fuerte lo delataron.

-Ahhgghh, sí cariño, me corro. Ummm como me gustas- me decía con la voz ahogada de placer

¿Quién puede resistirse a eso? Me corrí yo también con aquellas ansias que me llevaron a clavar mis uñas en sus hombros, haciendo el intento de atraerlo más hacia mi, de sentir su cuerpo más cerca y más dentro del mío. Aullé como una perra mientras él me miraba divertido y riendo y con un beso en la boca ahogaba mis gritos.

Ya con los músculos relajados, abrazados y semitumbados en los asientos traseros, sonreíamos como dos niños traviesos que han hecho algo que no debían hacer. Pero los dos estábamos cansados después de toda la noche de verbena con esa “traca final” tan especial, así que no tardamos en desperezarnos par irnos.

Y cuando estaba ya en la parte delantera del coche, colocándome mi camiseta, juro que creí ver a la exmujer de Manu detrás de unos bancos mirándonos fijamente. No puedo asegurar al 100% que fuera ella, pero¡¡ que sensación más mala me dio!!