TONI
Una noche cualquiera, en un bar cualquiera del centro de mi ciudad conocí a Toni, un estudiante 5 años más joven que yo. No era precisamente el estilo de hombre que a mi me atrae, pero me gustó desde el principio. Su melena rubia y su cara aniñada me hacían verle un gran parecido a Toni (hasta en el nombre coincidían) de la serie “Cuéntame cómo pasó”. Charlamos un rato y, aunque fue simpático en todo momento, no me dio la más mínima señal de que quisiera acabar aquella noche conmigo. Todo lo contrario que sus amigos, que parecían babosas alrededor de nosotras…
Antes de irme le di mi teléfono y le dije que podía llamarme cualquier día para tomar un café o algo así. Y aunque sus amigos aplaudían y le daban la enhorabuena por “la conquista”, él seguía en su línea, simpático y agradable, pero sin asomo del más mínimo interés en mi. Por eso la sorpresa fue mayúscula cuando a los tres días me llamó.
Quedamos en una conocida cafetería del centro. Cuando llegué, Toni ya estaba allí, sentado en una mesita redonda. Parecía nervioso. Pedimos un par de capuchinos y antes de que nos los sirvieran, ya me había explicado que vivía en un pequeño pueblo de la periferia de la ciudad, que estudiaba en la Universidad Autónoma 2º de Química y que me había llamado porque sus amigos habían insistido en que sería un gilipollas si no lo hacía. “Eso es iniciativa, si señor…” pensé un poco desalentada.
Pero todo aquello tenía una explicación, y llegó junto al segundo capuchino de la tarde. Toni salía desde hacía más de 4 años con Bea, una chica monísima, simpatiquísima y listísima de su pueblo. Más de media hora de halagos para aquella chica fueron suficientes para mi aguante moral y personal y estaba ya decidida a largarme de allí con cualquier excusa cuando por fin, un “pero” salió de su boca.
“Es la mujer de mi vida, la quiero como no he querido a nadie en el mundo pero ella tiene unas convicciones y unos pensamientos que yo no comparto”.
En definitiva: La estupendísima Bea, tan bonita y tan beata ella, quería llegar virgen al altar. “Yujuuu, punto para mi” pensé.
Llevé a Toni en coche hasta su pueblo, aunque tuve que dejarlo en una gasolinera de las afueras para que nadie le viera conmigo. Y allí, sentado en mi coche y con la mochila en sus rodillas le di un morreo que casi lo dejó sin aliento.
Estoy segura que aquella noche no pudo dormir solo de pensar en aquel simple beso y la culpabilidad que aquello conllevaba.
Pero volvió a llamarme. Un par de tardes de capuchinos con su correspondiente besito de despedida dentro del coche en la gasolinera de su pueblo y por fin conseguí convencerle para que viniera a cenar a mi casa.
Cuando llegó con aquella botella de vino pensé que me lo comía a besos. Pero no, la cena y el postre con café incluido transcurrió sin nada digo de mencionar en este blog. Toni seguía demasiado cohibido, asustado o lo que fuera conmigo. Así que ya no me quedó más remedio que tirar a la desesperada por el plan de emergencia: ¡¡La botella de vodka ruso!! Tres chupitos brindando por nuestra amistad y ya lo tenía tumbado encima de mi en el sofá besándome los pechos frenéticamente.
Estaba tan desesperado por tocarlos y lamerlos que no acertaba a quitarme la camiseta. Sus manos y sus dedos no eran capaces de coordinarse para desabrochar los botones de mi pantalón, así que al final lo hice yo misma mientras él miraba, incapaz de contenerse. Después hice lo propio con sus pantalones y con su camiseta.
Aún con la ropa interior, comenzamos a refregarnos el uno contra el otro y su pelvis comenzó a contornearse contra la mía. Realmente el pobre lo hacía todo instintivamente, ya que se notaba que no tenía ninguna experiencia en todo aquello. Estaba ansioso, deseoso de todo, pero sin saber bien como hacer todo aquello ni como canalizar su energía. Intenté que se relajara un poco acariciando su polla, suavemente, desde los huevos hasta la punta. Acompañé sus dedos para que supiera como acariciarme un pezón, mientras guié su cabeza para que mamara del otro. Todo aquello fue demasiado para él, y enseguida noté como un líquido caliente y pringoso muy familiar me impregnaba la mano que estaba dentro de su calzoncillo.
Intenté no reírme, pero aquello tenía su gracia ¿verdad? Así que una carcajada mía fue lo que acompañaron a sus gemidos mientras se corría sin poder evitarlo.
Poco a poco su cara se fue transformando y su mueca de placer se convirtió en una que era una mezcla de vergüenza y nerviosismo. Mi carcajada no había ayudado mucho al respecto. Así que como pude, me contuve y le dije que no se preocupara, que era normal. Intenté calmarlo besándolo tiernamente, pero su reacción fue totalmente contraria a la esperada. Se levantó de un solo bote, enfadado. Mientras se abrochaba los pantalones (aún con la corrida en los calzoncillos) me gritaba que todo era culpa mía, que él jamás debería haber venido, que yo le había engañado para hacer aquello, ¡¡¡le había emborrachado!!! y casi llorando repetía que ahora no sería capaz de mirar a su queridísima Bea a la cara. Sin mediar palabra, le abrí la puerta y Toni salió de mi casa y de mi vida para siempre, dejándome con un calentón increíble. ¡¡Y encima el enfadado era él!!
Realmente hay tíos muy raros en este mundo…
Antes de irme le di mi teléfono y le dije que podía llamarme cualquier día para tomar un café o algo así. Y aunque sus amigos aplaudían y le daban la enhorabuena por “la conquista”, él seguía en su línea, simpático y agradable, pero sin asomo del más mínimo interés en mi. Por eso la sorpresa fue mayúscula cuando a los tres días me llamó.
Quedamos en una conocida cafetería del centro. Cuando llegué, Toni ya estaba allí, sentado en una mesita redonda. Parecía nervioso. Pedimos un par de capuchinos y antes de que nos los sirvieran, ya me había explicado que vivía en un pequeño pueblo de la periferia de la ciudad, que estudiaba en la Universidad Autónoma 2º de Química y que me había llamado porque sus amigos habían insistido en que sería un gilipollas si no lo hacía. “Eso es iniciativa, si señor…” pensé un poco desalentada.
Pero todo aquello tenía una explicación, y llegó junto al segundo capuchino de la tarde. Toni salía desde hacía más de 4 años con Bea, una chica monísima, simpatiquísima y listísima de su pueblo. Más de media hora de halagos para aquella chica fueron suficientes para mi aguante moral y personal y estaba ya decidida a largarme de allí con cualquier excusa cuando por fin, un “pero” salió de su boca.
“Es la mujer de mi vida, la quiero como no he querido a nadie en el mundo pero ella tiene unas convicciones y unos pensamientos que yo no comparto”.
En definitiva: La estupendísima Bea, tan bonita y tan beata ella, quería llegar virgen al altar. “Yujuuu, punto para mi” pensé.
Llevé a Toni en coche hasta su pueblo, aunque tuve que dejarlo en una gasolinera de las afueras para que nadie le viera conmigo. Y allí, sentado en mi coche y con la mochila en sus rodillas le di un morreo que casi lo dejó sin aliento.
Estoy segura que aquella noche no pudo dormir solo de pensar en aquel simple beso y la culpabilidad que aquello conllevaba.
Pero volvió a llamarme. Un par de tardes de capuchinos con su correspondiente besito de despedida dentro del coche en la gasolinera de su pueblo y por fin conseguí convencerle para que viniera a cenar a mi casa.
Cuando llegó con aquella botella de vino pensé que me lo comía a besos. Pero no, la cena y el postre con café incluido transcurrió sin nada digo de mencionar en este blog. Toni seguía demasiado cohibido, asustado o lo que fuera conmigo. Así que ya no me quedó más remedio que tirar a la desesperada por el plan de emergencia: ¡¡La botella de vodka ruso!! Tres chupitos brindando por nuestra amistad y ya lo tenía tumbado encima de mi en el sofá besándome los pechos frenéticamente.
Estaba tan desesperado por tocarlos y lamerlos que no acertaba a quitarme la camiseta. Sus manos y sus dedos no eran capaces de coordinarse para desabrochar los botones de mi pantalón, así que al final lo hice yo misma mientras él miraba, incapaz de contenerse. Después hice lo propio con sus pantalones y con su camiseta.
Aún con la ropa interior, comenzamos a refregarnos el uno contra el otro y su pelvis comenzó a contornearse contra la mía. Realmente el pobre lo hacía todo instintivamente, ya que se notaba que no tenía ninguna experiencia en todo aquello. Estaba ansioso, deseoso de todo, pero sin saber bien como hacer todo aquello ni como canalizar su energía. Intenté que se relajara un poco acariciando su polla, suavemente, desde los huevos hasta la punta. Acompañé sus dedos para que supiera como acariciarme un pezón, mientras guié su cabeza para que mamara del otro. Todo aquello fue demasiado para él, y enseguida noté como un líquido caliente y pringoso muy familiar me impregnaba la mano que estaba dentro de su calzoncillo. Intenté no reírme, pero aquello tenía su gracia ¿verdad? Así que una carcajada mía fue lo que acompañaron a sus gemidos mientras se corría sin poder evitarlo.
Poco a poco su cara se fue transformando y su mueca de placer se convirtió en una que era una mezcla de vergüenza y nerviosismo. Mi carcajada no había ayudado mucho al respecto. Así que como pude, me contuve y le dije que no se preocupara, que era normal. Intenté calmarlo besándolo tiernamente, pero su reacción fue totalmente contraria a la esperada. Se levantó de un solo bote, enfadado. Mientras se abrochaba los pantalones (aún con la corrida en los calzoncillos) me gritaba que todo era culpa mía, que él jamás debería haber venido, que yo le había engañado para hacer aquello, ¡¡¡le había emborrachado!!! y casi llorando repetía que ahora no sería capaz de mirar a su queridísima Bea a la cara. Sin mediar palabra, le abrí la puerta y Toni salió de mi casa y de mi vida para siempre, dejándome con un calentón increíble. ¡¡Y encima el enfadado era él!!
Realmente hay tíos muy raros en este mundo…
ERIC
En mi primer año de universidad conocí a Eric. Era el típico chico gracioso, sin ambiciones y poco llamativo físicamente, un adversario genial para jugar al ajedrez, pero al que jamás hubiera invitado a mi cama. A los dos años, yo decidí acabar mi carrera en Inglaterra y nuestros caminos se separaron sin dejar teléfonos, ni direcciones ni manera alguna de poder ponernos en contacto.
Por eso, bastantes años después, cuando yo ya volvía a residir en España me alegré enormemente de que las casualidades me hubieran llevado aquella noche a aquel bar de ambiente del centro de la cuidad donde Eric estaba trabajando como camarero. Me costó mucho reconocerle. Solamente fui capaz de ver en él a mi antiguo compañero de universidad en el momento en que él mismo me reconoció y salió de detrás de la barra corriendo a saludarme.
Aquellos ojos verdes seguían siendo los mismos, pero Eric había cambiado radicalmente su aspecto. Su rostro infantil había madurado dando paso a unas facciones adultas, pero muy suaves. La incipiente barriguita había desaparecido y en su lugar había un vientre plano muy apetecible. Sus hombros se habían ensanchado, dándole unas proporciones casi perfectas a su cuerpo. En definitiva, el patito feo se había convertido en cisne.
Encantados de volver a vernos nos explicamos un poco nuestras vidas actuales y no me extrañó cuando me comentó que hacía pocos meses que había terminado una relación de más de dos años con otro chico. Debí haberme dado cuenta antes de que Eric era homosexual.
Eric no me dejaba alejarme de su barra, siempre tenía un chupito preparado para brindar. Uno, dos tres…al cuarto chupito de tekila ya nos dimos el primer pico en plan “qué buenos amigos somos”, uno de esos besos típicos de borrachos. Las horas pasaban y seguimos bebiendo y juntado nuestros labios, solo como amigos. ¡¡Qué divertido era!!
Cuando a las 3 de la mañana cerraron el bar, a base de mimos y besos conseguí que Eric viniera a la discoteca donde iba yo con mis amigos. Bailamos juntos, muy juntos, muy borrachos los dos y nuestros labios seguían rozándose muy a menudo. Era un perversa provocación que me encantaba. Eric me miraba, me sonreía, me besaba, me acariciaba y yo le dejaba hacer. Hasta que en uno de esos picos “de amigos”, noté sus dientes clavándose con dulzura en mi labio inferior. Su lengua intentaba buscar la mía y yo, aunque sorprendida, se la ofrecí. Nos besamos ya no como amigos, sino como amantes, lamiendo cada punto de nuestras bocas y restregando nuestros cuerpos buscando la sensualidad y el erotismo. Toda aquella situación me puso muy caliente. La ambigüedad sexual de Eric era algo inusual y nuevo para mi, me gustaba, me excitaba.
Aquella noche íbamos demasiado borrachos los dos para cualquier desenlace sexual, pero al día siguiente por la tarde Eric ya estaba entre mis piernas. Llegó a mi piso sobre las 5 de la tarde, cuando aún yo dormitaba en el sofá después de comer. Al abrir la puerta no hicieron falta palabras, solamente el sofá donde tumbarnos. Su dulzura al desvestirme y la suavidad con la que me tocaba los pechos, las piernas, el culo y toda mi piel me hicieron enternecer, y en vez de querer follármelo salvajemente, como hubiera hecho la noche anterior, de lo que realmente tenía ganas era de “hacerle el amor”.
Nos desvestimos poco a poco, sin prisa, teníamos toda la tarde por delante. Eric no solo me acariciaba con las manos, también lo hacía con la mirada. Realmente me deseaba. En el momento de penetrarme la primera vez, Eric estaba sobre mi. Me gustó notar el peso de su cuerpo, lo increíblemente dura que la tenía y la fuerza con la que lo hacía. Y a partir de ahí, fueron casi 4 horas de no parar de besarnos, acariciarnos, revolcarnos entre las sábanas, reírnos, de sexo oral, de penetraciones, de miradas libidinosas, de masturbaciones…Realmente nos cogimos con ganas el uno al otro.
Una cena a base de chino a domicilio puso punto y final a aquella maratoniana sesión de sexo, aunque aquella noche Eric durmiera en mi cama abrazado a mi.
Fueron pasando las semanas y aunque entre nosotros había algo especial, nunca nos consideramos a nosotros mismo pareja formal, y ni mucho menos teníamos ningún deber de fidelidad. Una vez fuimos al cine juntos y fue una sensación tan sumamente extraña, que de mutuo acuerdo decidimos no volver a intentar hacer algo así y limitarnos solo a lo que realmente queríamos el uno del otro: sexo.
Pero poco a poco, mis sensaciones con Eric fueron cambiando. Él seguía siendo el mismo, pero yo lo percibía de otra manera. Comencé a obsesionarme con su bisexualidad. Cuando acariciaba uno de mis pechos pensaba que quizás aquellas mismas manos habrían masturbado una polla la noche anterior. Cuando yo agarraba su culo en las embestidas, no podía evitar pensar que aquel mismo culo, aquel increíble culo que en ese momento me pertenecía a mi, posiblemente había sido penetrado horas antes. Y fueron esos pensamientos, y no el propio Eric, los que me desestabilizaron e hicieron que aquello no durara ni un mes más.
Nota: Por favor, no me malinterpretéis. Esto no pretende ser un post homófogo. Desde muy pequeña mis padres se han esmerado en inculcarme una mentalidad libre de todo pensamiento homófogo, racista, fascista etc. y creo que lo han conseguido. Y desde aquí y desde dónde sea siempre he reivindicado que los derechos homosexuales han de ser equiparables a los heterosexuales. Pero lo siento, para mi cama yo necesito un tipo de hombre diferente.
Por eso, bastantes años después, cuando yo ya volvía a residir en España me alegré enormemente de que las casualidades me hubieran llevado aquella noche a aquel bar de ambiente del centro de la cuidad donde Eric estaba trabajando como camarero. Me costó mucho reconocerle. Solamente fui capaz de ver en él a mi antiguo compañero de universidad en el momento en que él mismo me reconoció y salió de detrás de la barra corriendo a saludarme.
Aquellos ojos verdes seguían siendo los mismos, pero Eric había cambiado radicalmente su aspecto. Su rostro infantil había madurado dando paso a unas facciones adultas, pero muy suaves. La incipiente barriguita había desaparecido y en su lugar había un vientre plano muy apetecible. Sus hombros se habían ensanchado, dándole unas proporciones casi perfectas a su cuerpo. En definitiva, el patito feo se había convertido en cisne.
Encantados de volver a vernos nos explicamos un poco nuestras vidas actuales y no me extrañó cuando me comentó que hacía pocos meses que había terminado una relación de más de dos años con otro chico. Debí haberme dado cuenta antes de que Eric era homosexual.
Eric no me dejaba alejarme de su barra, siempre tenía un chupito preparado para brindar. Uno, dos tres…al cuarto chupito de tekila ya nos dimos el primer pico en plan “qué buenos amigos somos”, uno de esos besos típicos de borrachos. Las horas pasaban y seguimos bebiendo y juntado nuestros labios, solo como amigos. ¡¡Qué divertido era!!
Cuando a las 3 de la mañana cerraron el bar, a base de mimos y besos conseguí que Eric viniera a la discoteca donde iba yo con mis amigos. Bailamos juntos, muy juntos, muy borrachos los dos y nuestros labios seguían rozándose muy a menudo. Era un perversa provocación que me encantaba. Eric me miraba, me sonreía, me besaba, me acariciaba y yo le dejaba hacer. Hasta que en uno de esos picos “de amigos”, noté sus dientes clavándose con dulzura en mi labio inferior. Su lengua intentaba buscar la mía y yo, aunque sorprendida, se la ofrecí. Nos besamos ya no como amigos, sino como amantes, lamiendo cada punto de nuestras bocas y restregando nuestros cuerpos buscando la sensualidad y el erotismo. Toda aquella situación me puso muy caliente. La ambigüedad sexual de Eric era algo inusual y nuevo para mi, me gustaba, me excitaba.
Aquella noche íbamos demasiado borrachos los dos para cualquier desenlace sexual, pero al día siguiente por la tarde Eric ya estaba entre mis piernas. Llegó a mi piso sobre las 5 de la tarde, cuando aún yo dormitaba en el sofá después de comer. Al abrir la puerta no hicieron falta palabras, solamente el sofá donde tumbarnos. Su dulzura al desvestirme y la suavidad con la que me tocaba los pechos, las piernas, el culo y toda mi piel me hicieron enternecer, y en vez de querer follármelo salvajemente, como hubiera hecho la noche anterior, de lo que realmente tenía ganas era de “hacerle el amor”. Nos desvestimos poco a poco, sin prisa, teníamos toda la tarde por delante. Eric no solo me acariciaba con las manos, también lo hacía con la mirada. Realmente me deseaba. En el momento de penetrarme la primera vez, Eric estaba sobre mi. Me gustó notar el peso de su cuerpo, lo increíblemente dura que la tenía y la fuerza con la que lo hacía. Y a partir de ahí, fueron casi 4 horas de no parar de besarnos, acariciarnos, revolcarnos entre las sábanas, reírnos, de sexo oral, de penetraciones, de miradas libidinosas, de masturbaciones…Realmente nos cogimos con ganas el uno al otro.
Una cena a base de chino a domicilio puso punto y final a aquella maratoniana sesión de sexo, aunque aquella noche Eric durmiera en mi cama abrazado a mi.
Fueron pasando las semanas y aunque entre nosotros había algo especial, nunca nos consideramos a nosotros mismo pareja formal, y ni mucho menos teníamos ningún deber de fidelidad. Una vez fuimos al cine juntos y fue una sensación tan sumamente extraña, que de mutuo acuerdo decidimos no volver a intentar hacer algo así y limitarnos solo a lo que realmente queríamos el uno del otro: sexo.
Pero poco a poco, mis sensaciones con Eric fueron cambiando. Él seguía siendo el mismo, pero yo lo percibía de otra manera. Comencé a obsesionarme con su bisexualidad. Cuando acariciaba uno de mis pechos pensaba que quizás aquellas mismas manos habrían masturbado una polla la noche anterior. Cuando yo agarraba su culo en las embestidas, no podía evitar pensar que aquel mismo culo, aquel increíble culo que en ese momento me pertenecía a mi, posiblemente había sido penetrado horas antes. Y fueron esos pensamientos, y no el propio Eric, los que me desestabilizaron e hicieron que aquello no durara ni un mes más.
Nota: Por favor, no me malinterpretéis. Esto no pretende ser un post homófogo. Desde muy pequeña mis padres se han esmerado en inculcarme una mentalidad libre de todo pensamiento homófogo, racista, fascista etc. y creo que lo han conseguido. Y desde aquí y desde dónde sea siempre he reivindicado que los derechos homosexuales han de ser equiparables a los heterosexuales. Pero lo siento, para mi cama yo necesito un tipo de hombre diferente.
ENTRE LAS SÁBANAS DE ENRIQUE
(Para leer la primera parte, pincha aquí)
Sin demasiadas contemplaciones, Enrique y yo nos despedimos de los demás. Enrique ya le dejó claro a Kiko que esa noche, la habitación que compartían en su hotel estaría “ocupada” y que debía buscarse la vida para encontrar una cama. Pero mis chicas no me defraudaron y le abrieron las puertas (y alguna hasta las piernas) al pobre Kiko.
Casi corríamos por las calles de Florencia rumbo a su hotel, cercano al Duomo y al llegar allí, nos pareció una eternidad lo que tardaba aquella fea recepcionista en darnos la llave de la habitación.
El ascensor se convirtió en un improvisado “priveé” en el que Enrique hasta lamió uno de mis pechos. Al entrar en la habitación me sorprendió lo ordenado que estaba todo. Para ser dos chicos solos, de vacaciones, aquello estaba impoluto: nada de ropa tirada por ahí, ni un zapato perdido por el suelo, los ceniceros completamente limpios…¡¡Increíble!!
Aquello hizo que yo me sintiera muy a gusto en aquella habitación de cortinas de lino blancas. Casi, sin dejar de besarme, fuimos hacia la cama, pero nos quedamos allí, de pie. De pronto todo se ralentizo. Ya no teníamos aquel ansia descontrolado, ahora lo que queríamos era disfrutar de cada momento. Con mucha delicadeza, Enrique me quitó la camiseta. Al tener mis pechos al descubierto, comenzó a besarlos, morderlos y lamerlos a la vez que yo acariciaba su cabeza y mis dedos se perdían entre su pelo negro.
Finalmente, acabó arrodillándose ante mi sin dejar de besar mis pechos. Pero a la vez, fue desabrochando mi pantalón y mis bragas, dejándome totalmente desnuda, de pie, frente a él. Colocando sus brazos en mi vientre y en mi espalda y haciendo una leve presión hacía atrás con ellos, me hizo entender que lo que quería era que me tumbara en el borde de la cama y así lo hice, dejando mis piernas aún apoyadas en el suelo. Y como no podía ser de otra manera, su cabeza, sus labios y su lengua se dirigieron a mi entrepierna.
Era un amante experimentado y lo noté porque no tuvo ninguna duda o problema en encontrar el camino con su lengua. Aquellos leves movimientos en círculos de su lengua lamiendo mi clítoris me estaban volviendo loca. Una de sus manos seguía acariciando mis pechos, mientras que los dedos de la otra jugueteaban por el interior de mis muslos, recorriendo desde las ingles hasta casi las rodillas.
Enrique seguía arrodillado en el suelo. Tenía mis piernas apoyadas en sus hombros a la vez que con ellas apretaba su cabeza contra mi, para que no parar de hacer aquello con su lengua hasta que yo me corriera. Y siguió jugando con sus dedos y metiéndomelos a la vez que seguía lamiendo mi clítoris cada vez con más rapidez, con más frenesí, acelerando el ritmo cada vez que yo apretaba más su cabeza entre mis piernas. Estaba llegando, notaba los cosquilleos propios de antes de correrme así que ya incluso con mis manos, apreté fuertemente su cabeza contra mi entrepierna, pidiéndole que no parara, que lo hiciera con más fuerza, gimiendo como una perra solo por él, por el increíble orgasmo que me estaba proporcionado.
Aún estaban temblándome las piernas, cuando vi aparecer la cara sonriente de Enrique por encima de mi vientre.
“Te ha gustado, ¿verdad? “
Su sonrisa era tan sincera que se notaba que era feliz simplemente por el hecho de haberme proporcionado placer a mi. Ahora le tocaba a él, era lo justo. Me incorporé, sentándome en la cama e invitándole a que hiciera lo mismo. Una vez que estuvo a mi lado, lo tumbé con gestos cariñosos y le quité la camisa. Mis labios recorrieron sus pechos, deteniéndome y recreándome en sus pezones. Tal y como hizo él conmigo, desabroché sus pantalones e intenté quitárselos, aunque al final tuvo que ayudarme él, ya que era tal el grado de empalme que tenía que me fue imposible hacerlo sola. Sus calzoncillos volaron por encima de mi cabeza y cuando tuve delante de mi y al descubierto aquella polla tan grande, tan dura tan firme y tan rosada me lancé a lamerla como si se tratara de un caramelo dulce, muy dulce.
Me encantó la sensación de metérmela entera en la boca a la vez que mi lengua jugaba en su punta y mis manos acariciaban sus huevos. Su respiración entrecortada y sus gemidos no se hicieron de esperar y yo volvía a estar otra vez muy cachonda. Sus manos aferraron mi cabeza, atrayéndola aún más contra su pelvis. Mi cabeza y sus caderas se acompasaron a un ritmo en el que realmente Enrique me estaba follando por la boca. Sus gemidos aumentaron de tono y yo me notaba cada más húmeda y excitada. Con un movimiento rápido y sin sacar su polla de mi boca, me coloqué a un lado de él y desplace una de sus manos hacía mi coño. Necesitaba que me acariciara, que me masturbara. Yo misma me acariciaba mis pezones. Aquello puso más cachondo aún si cabe a Enrique que no tardó en correrse en mi boca a la vez que no podía parar de decir “Joder, jodeeeeeer”. Ver su cara, oír sus gemidos, notar aquel líquido caliente en la comisura de mis labios y sus dedos masturbándome frenéticamente consiguieron hacerme llegar otra vez al orgasmo.
“Después de tanto sudar, necesitamos una ducha” - me dijo Enrique con la mejor de sus sonrisas, acariciándome tiernamente.
Nos duchamos juntos. Con movimientos cargados de cariño me enjabonó mientras yo hacia lo propio con él. En ese momento no había nada erótico, nada excitante, simplemente mucha ternura en nuestras miradas y gestos. Al salir de la ducha, me envolvió en una toalla muy suave y esponjosa. Me encantó que me tratara así, con mucho mimo.
Y completamente relajados, nos volvimos a meter en la cama. Durante más de tres horas estuvimos dormitando abrazados, simplemente oyéndonos respirar el uno al otro, sintiendo el olor de nuestra piel y abrazándonos fuertemente.
Sí, por la mañana, muy temprano, volvimos a hacerlo, muy lentamente, muy tiernamente, cubriendo de besos cada movimiento. Él me penetró sin preservativo (¡¡locos!!) y fue increíble. Después, llamada de mis chicas al móvil para decirme que ya han recogido mis cosas y que nos vemos directamente en el aeropuerto, Rosi que me dice: "Lucy, que Amparo se ha desmelenado con Kiko y Ramón ya tiene sus primeros cuernos, jeje”, Enrique que se empeña en acompañarme en taxi al aeropuerto, promesas de llamarnos y vernos pese a la distancia en España…Todo demasiado rápido en la despedida.
Y una Feria de abril que estaba por venir….
Sin demasiadas contemplaciones, Enrique y yo nos despedimos de los demás. Enrique ya le dejó claro a Kiko que esa noche, la habitación que compartían en su hotel estaría “ocupada” y que debía buscarse la vida para encontrar una cama. Pero mis chicas no me defraudaron y le abrieron las puertas (y alguna hasta las piernas) al pobre Kiko.
Casi corríamos por las calles de Florencia rumbo a su hotel, cercano al Duomo y al llegar allí, nos pareció una eternidad lo que tardaba aquella fea recepcionista en darnos la llave de la habitación.
El ascensor se convirtió en un improvisado “priveé” en el que Enrique hasta lamió uno de mis pechos. Al entrar en la habitación me sorprendió lo ordenado que estaba todo. Para ser dos chicos solos, de vacaciones, aquello estaba impoluto: nada de ropa tirada por ahí, ni un zapato perdido por el suelo, los ceniceros completamente limpios…¡¡Increíble!!
Aquello hizo que yo me sintiera muy a gusto en aquella habitación de cortinas de lino blancas. Casi, sin dejar de besarme, fuimos hacia la cama, pero nos quedamos allí, de pie. De pronto todo se ralentizo. Ya no teníamos aquel ansia descontrolado, ahora lo que queríamos era disfrutar de cada momento. Con mucha delicadeza, Enrique me quitó la camiseta. Al tener mis pechos al descubierto, comenzó a besarlos, morderlos y lamerlos a la vez que yo acariciaba su cabeza y mis dedos se perdían entre su pelo negro.
Finalmente, acabó arrodillándose ante mi sin dejar de besar mis pechos. Pero a la vez, fue desabrochando mi pantalón y mis bragas, dejándome totalmente desnuda, de pie, frente a él. Colocando sus brazos en mi vientre y en mi espalda y haciendo una leve presión hacía atrás con ellos, me hizo entender que lo que quería era que me tumbara en el borde de la cama y así lo hice, dejando mis piernas aún apoyadas en el suelo. Y como no podía ser de otra manera, su cabeza, sus labios y su lengua se dirigieron a mi entrepierna.
Era un amante experimentado y lo noté porque no tuvo ninguna duda o problema en encontrar el camino con su lengua. Aquellos leves movimientos en círculos de su lengua lamiendo mi clítoris me estaban volviendo loca. Una de sus manos seguía acariciando mis pechos, mientras que los dedos de la otra jugueteaban por el interior de mis muslos, recorriendo desde las ingles hasta casi las rodillas.
Enrique seguía arrodillado en el suelo. Tenía mis piernas apoyadas en sus hombros a la vez que con ellas apretaba su cabeza contra mi, para que no parar de hacer aquello con su lengua hasta que yo me corriera. Y siguió jugando con sus dedos y metiéndomelos a la vez que seguía lamiendo mi clítoris cada vez con más rapidez, con más frenesí, acelerando el ritmo cada vez que yo apretaba más su cabeza entre mis piernas. Estaba llegando, notaba los cosquilleos propios de antes de correrme así que ya incluso con mis manos, apreté fuertemente su cabeza contra mi entrepierna, pidiéndole que no parara, que lo hiciera con más fuerza, gimiendo como una perra solo por él, por el increíble orgasmo que me estaba proporcionado. Aún estaban temblándome las piernas, cuando vi aparecer la cara sonriente de Enrique por encima de mi vientre.
“Te ha gustado, ¿verdad? “
Su sonrisa era tan sincera que se notaba que era feliz simplemente por el hecho de haberme proporcionado placer a mi. Ahora le tocaba a él, era lo justo. Me incorporé, sentándome en la cama e invitándole a que hiciera lo mismo. Una vez que estuvo a mi lado, lo tumbé con gestos cariñosos y le quité la camisa. Mis labios recorrieron sus pechos, deteniéndome y recreándome en sus pezones. Tal y como hizo él conmigo, desabroché sus pantalones e intenté quitárselos, aunque al final tuvo que ayudarme él, ya que era tal el grado de empalme que tenía que me fue imposible hacerlo sola. Sus calzoncillos volaron por encima de mi cabeza y cuando tuve delante de mi y al descubierto aquella polla tan grande, tan dura tan firme y tan rosada me lancé a lamerla como si se tratara de un caramelo dulce, muy dulce.
Me encantó la sensación de metérmela entera en la boca a la vez que mi lengua jugaba en su punta y mis manos acariciaban sus huevos. Su respiración entrecortada y sus gemidos no se hicieron de esperar y yo volvía a estar otra vez muy cachonda. Sus manos aferraron mi cabeza, atrayéndola aún más contra su pelvis. Mi cabeza y sus caderas se acompasaron a un ritmo en el que realmente Enrique me estaba follando por la boca. Sus gemidos aumentaron de tono y yo me notaba cada más húmeda y excitada. Con un movimiento rápido y sin sacar su polla de mi boca, me coloqué a un lado de él y desplace una de sus manos hacía mi coño. Necesitaba que me acariciara, que me masturbara. Yo misma me acariciaba mis pezones. Aquello puso más cachondo aún si cabe a Enrique que no tardó en correrse en mi boca a la vez que no podía parar de decir “Joder, jodeeeeeer”. Ver su cara, oír sus gemidos, notar aquel líquido caliente en la comisura de mis labios y sus dedos masturbándome frenéticamente consiguieron hacerme llegar otra vez al orgasmo.
“Después de tanto sudar, necesitamos una ducha” - me dijo Enrique con la mejor de sus sonrisas, acariciándome tiernamente.
Nos duchamos juntos. Con movimientos cargados de cariño me enjabonó mientras yo hacia lo propio con él. En ese momento no había nada erótico, nada excitante, simplemente mucha ternura en nuestras miradas y gestos. Al salir de la ducha, me envolvió en una toalla muy suave y esponjosa. Me encantó que me tratara así, con mucho mimo.
Y completamente relajados, nos volvimos a meter en la cama. Durante más de tres horas estuvimos dormitando abrazados, simplemente oyéndonos respirar el uno al otro, sintiendo el olor de nuestra piel y abrazándonos fuertemente.
Sí, por la mañana, muy temprano, volvimos a hacerlo, muy lentamente, muy tiernamente, cubriendo de besos cada movimiento. Él me penetró sin preservativo (¡¡locos!!) y fue increíble. Después, llamada de mis chicas al móvil para decirme que ya han recogido mis cosas y que nos vemos directamente en el aeropuerto, Rosi que me dice: "Lucy, que Amparo se ha desmelenado con Kiko y Ramón ya tiene sus primeros cuernos, jeje”, Enrique que se empeña en acompañarme en taxi al aeropuerto, promesas de llamarnos y vernos pese a la distancia en España…Todo demasiado rápido en la despedida.
Y una Feria de abril que estaba por venir….
ENRIQUE
El viaje a Florencia estaba siendo toda una experiencia para nosotras. La Piazza del Duomo, el Ponte Vecchio y la Piazza de la Signora me habían enamorado, pero lo que realmente había hecho conmoverse a mi corazoncito fueron los Jardines del Bóboli. Todas aquellas esculturas en completa armonía con la jardinería renacentista hicieron que, el último atardecer, antes de volver a España al día siguiente, lo pasáramos paseando por aquellos jardines admirando todo el arte y la historia que derrochaban. Amparo, Marta y Tere caminaban un par de metros más adelantadas, mientras Rosi y yo más rezagadas, comentábamos lo increíble de aquel lugar. Cuando de repente una voces justo detrás de nosotras nos sorprendieron por lo familiar del acento:
“Pero cuánta estatua suerta hay por aquí, ¡la leshe!”- decía riendo Enrique, un morenazo claramente sevillano a su amigo.
Los dos caminaban a paso ligero y no tardaron en ponerse a nuestra altura por aquel paseo. Al pasar justo a mi lado, no pude evitar quedarme mirando a aquellos dos simpáticos andaluces que seguían riendo. Creo que mi mirada fue demasiado descarada, pero es que al descubrir los ojazos azules que tenía Enrique y que me miraban a mi, no fui capaz de apartarla. Hasta que, sonriendo me dijo:
“Ciao bella bambina”- claramente confundido con mi nacionalidad.
“Creo que te confundes. Somos más españolas que la mantilla de Lola Flores” - le contestó Marta, metiéndose entre él y yo.
Aquel divertido error por su parte nos dio pie a entablar una conversación con aquellos dos sevillanos, Enrique y Kiko, sobre nuestras ciudades de origen, el turismo que hacíamos en Florencia y algunos detalles personales de cada uno. Y de repente, nos vimos animándonos unos a otros para quedar para cenar todos juntos aquella noche.
Acordamos vernos en un pequeño restaurante toscano en la vía San Niccolò donde nosotras ya había cenado un par de días antes. Y con la mirada de Enrique clavada en mi, nos despedimos por unas horas.
En la habitación del hotel, mientras nos duchábamos y nos arreglábamos para “la cita” toda la conversación giró en torno a Enrique y Kiko, a sus ojos, a sus cuerpos y a lo que podría pasar aquella noche. Pero era un problema matemático todo aquello: ellos eran dos y nosotras cinco. Bueno, cuatro, porque Amparo jamás le hubiera sido infiel a Ramón, su novio desde los 14 años. El caso es que superábamos la cifra y, claro está, a todas nos habían encantado aquellos dos sevillanos. Pero Marta y yo éramos las que claramente nos habíamos decantado por Enrique y sus ojos azules. Ante todo éramos amigas, pero un cierto aire de rivalidad surgió entre nosotras. Mientras ella se vestía con su mejor falda y camisa escotada, yo me ceñía mis vaqueros de talle más bajo, aquellos que casi dejan al descubierto el borde superior de mis bragas y mi camiseta más corta y ceñida. Aquello era pura competición.
Cuando llegamos al restaurante, Enrique y Kiko ya estaban allí esperándonos, comiendo aquellos palitos de pan que siempre dejan en las mesas. Nuestra mesa para siete era redonda y como no podía ser de otra manera, Marta se colocó a un lado de Enrique y yo al otro. Pero en menos de media hora, yo ya tenía claro que aquella noche sería yo la que durmiera con él. Sus miradas, sus piernas rozando las mías y aquella sonrisa me lo decían claramente. Pero aún así, Marta seguía en el empeño de llamar su atención, rodeándole con los brazos y besándolo en la mejilla a la menor oportunidad. “Este vino que se me sube a la cabeza” decía.
Antes de salir del restaurante, ya que era nuestra última noche en la ciudad, decidimos ir a un bar de copas cercano a acabar de emborracharnos. Mientras caminábamos todos juntos por las calles mojadas, muy sutilmente Enrique rodeó mi cintura con su brazo y poco a poco nos fuimos quedando unos pasos atrás del grupo. Y en una intersección con una callejuela, dio un quiebro rápidamente tirando de mi por la cintura y quedamos fuera del alcance de visión de cualquiera.
“Me gustas tú, Lucía”- me dijo por si me quedaba alguna duda.
Acto seguido y sin esperar respuesta alguna por mi parte, me dio uno de esos besos que hacen que te pongas de puntillas y que todos los músculos de tu cuerpo tiemblen. Un beso suave, fresco, tierno y tremendamente húmedo. Su lengua acarició la mía como si se tratara de un cremoso helado que hay que saborear y paladear lentamente.
Y con la misma velocidad que nos colamos por la angosta calleja, volvimos a salir a la calle principal donde el grupo seguía rumbo al pub. Aceleramos el paso y casi al llegar a la entrada, conseguimos alcanzarles. Marta miraba con suspicacia, intentado ver en nuestras caras el motivo del retraso, pero tanto Enrique como yo, no le dimos la más mínima pista de lo que había pasado. Creo que a los dos nos daba muchísimo morbo el mantener aquello en secreto, al menos durante un rato más.
El pub era un sitio oscuro, con varias barras y una pequeña pista de baile, donde nos fuimos las cinco chicas nada más llegar. Enrique se quedó con Kiko en una de las barras, pidiendo las bebidas para todos, pero sus miradas me llegaban desde allí. Miraba mis ojos, mis brazos, mis pechos, mi vientre, mi culo, mis piernas. Recorría con su mirada cada centímetro de mi anatomía mientras yo bailaba.
Marta, al finalizar la canción que sonaba, nos abandonó y volvió “al ataque” con Enrique en la barra. Yo, divertida, miraba como ella le hablaba al oído, se le colgaba del cuello en abrazos no correspondidos e intentaba hacerse la interesante bailando junto a él. Enrique me miraba con esos ojazos suyos, haciéndome gestos para que le “salvara” de aquello. Pero como a mi toda aquella situación me estaba divirtiendo bastante, fue él el que tuvo que ponerle cualquier excusa a Marta, para abandonarla en la barra y venir a la pista con las demás.
Nada más llegar, se colocó detrás de mi, muy pegado. Notar su entrepierna rozándose contra mi culo mientras bailábamos me puso muy caliente y por lo que podía notar, a él también le estaban gustando aquellos movimientos. Cada vez se pegaba más a mi. Sus brazos me rodeaban por la cintura aunque uno de ellos estaba peligrosamente cerca de mi pecho. Hice un amago de darme media vuelta para poder tenerlo frente a frente, pero Enrique me agarró más fuertemente inmovilizándome contra su cuerpo.
“No te muevas ahora, preciosa quédate ahí. Me tienes excitadísimo y si te apartas lo va a notar hasta el camarero que hay en barra de enfrente. ¿No ves mi entrepierna?”.
No pude más que reír y, pese a su oposición, darme media vuelta. Ahora volvía a pegarse fuertemente a mi, para tratar de disimular su abultadísimo paquete pegándolo a mi pelvis. Pero los movimientos y los roces seguían y ahora cara a cara y los dos con el calentón fue imposible no besarnos. Fue otro de esos interminables besos en los que ni oyes la música, ni notas el suelo a tus pies y todos tus sentidos se concentran en saborear esa boca que te ofrecen, esa lengua que deseas y esos jugosos labios.
Aunque los demás seguían bailando a nuestro alrededor como si tal cosa, no pudieron evitar miradas curiosas. Incluso Marta, que ya había vuelto sola a la pista, se acercó a mi, con esa sonrisa suya para susurrarme al oído: “Cacho perra, al final hoy eres tú la que folla”, a la vez que me daba un cachete en el culo a modo de reprimenda.
Enrique y yo bailando abrazados y sin parar de besarnos nos fuimos desplazando poco a poco hacia un lateral de la pista, hasta quedar en un rincón de semipenumbra. Apoyada contra la pared, su cuerpo me envolvía totalmente y sus manos recorrían mi cuerpo delicada pero firmemente. Mis brazos alzados alrededor de su cuello, le dejaron el hueco preciso para que pudiera acariciar mis pechos. Sus caricias pasaban de apretarlos fuertemente a ser un leve roce con la yema de uno de sus dedos en mi pezón, haciéndolo endurecer. Me estaba volviendo loca. Notaba cada vez más fuerte la excitación en todo mi cuerpo, pero sobretodo entre mis piernas. Enrique cada vez estaba más pegado a mi, y sus movimientos cada vez eran más contundentes, con más fuerza. Nuestras bocas parecían solo una, lamiéndose, mordiéndose y chupándose. Pero aparté la mía y la coloqué justo en su oído, para que pudiera oír mis gemidos entrecortados. Esto pareció volverle loco, y comenzó a tocarme y a besarme de una manera incontrolada. Podía oír sus gemidos perfectamente a pesar de lo alta que estaba la música en aquel lugar. Y de repente, en medio de aquel frenesí descontrolado de manos, lenguas, roces y apretones, se apartó, me miró fijamente y con la voz entrecortada, jadeando y sin respiración casi por lo acelerado que tenía el corazón me dijo:
“Lucía, te necesito entre las sábanas de mi cama desnuda YA!!”.
Próximo post: Entre las sábanas de Enrique.
“Pero cuánta estatua suerta hay por aquí, ¡la leshe!”- decía riendo Enrique, un morenazo claramente sevillano a su amigo.
Los dos caminaban a paso ligero y no tardaron en ponerse a nuestra altura por aquel paseo. Al pasar justo a mi lado, no pude evitar quedarme mirando a aquellos dos simpáticos andaluces que seguían riendo. Creo que mi mirada fue demasiado descarada, pero es que al descubrir los ojazos azules que tenía Enrique y que me miraban a mi, no fui capaz de apartarla. Hasta que, sonriendo me dijo:
“Ciao bella bambina”- claramente confundido con mi nacionalidad.
“Creo que te confundes. Somos más españolas que la mantilla de Lola Flores” - le contestó Marta, metiéndose entre él y yo.
Aquel divertido error por su parte nos dio pie a entablar una conversación con aquellos dos sevillanos, Enrique y Kiko, sobre nuestras ciudades de origen, el turismo que hacíamos en Florencia y algunos detalles personales de cada uno. Y de repente, nos vimos animándonos unos a otros para quedar para cenar todos juntos aquella noche.
Acordamos vernos en un pequeño restaurante toscano en la vía San Niccolò donde nosotras ya había cenado un par de días antes. Y con la mirada de Enrique clavada en mi, nos despedimos por unas horas.
En la habitación del hotel, mientras nos duchábamos y nos arreglábamos para “la cita” toda la conversación giró en torno a Enrique y Kiko, a sus ojos, a sus cuerpos y a lo que podría pasar aquella noche. Pero era un problema matemático todo aquello: ellos eran dos y nosotras cinco. Bueno, cuatro, porque Amparo jamás le hubiera sido infiel a Ramón, su novio desde los 14 años. El caso es que superábamos la cifra y, claro está, a todas nos habían encantado aquellos dos sevillanos. Pero Marta y yo éramos las que claramente nos habíamos decantado por Enrique y sus ojos azules. Ante todo éramos amigas, pero un cierto aire de rivalidad surgió entre nosotras. Mientras ella se vestía con su mejor falda y camisa escotada, yo me ceñía mis vaqueros de talle más bajo, aquellos que casi dejan al descubierto el borde superior de mis bragas y mi camiseta más corta y ceñida. Aquello era pura competición.
Cuando llegamos al restaurante, Enrique y Kiko ya estaban allí esperándonos, comiendo aquellos palitos de pan que siempre dejan en las mesas. Nuestra mesa para siete era redonda y como no podía ser de otra manera, Marta se colocó a un lado de Enrique y yo al otro. Pero en menos de media hora, yo ya tenía claro que aquella noche sería yo la que durmiera con él. Sus miradas, sus piernas rozando las mías y aquella sonrisa me lo decían claramente. Pero aún así, Marta seguía en el empeño de llamar su atención, rodeándole con los brazos y besándolo en la mejilla a la menor oportunidad. “Este vino que se me sube a la cabeza” decía.
Antes de salir del restaurante, ya que era nuestra última noche en la ciudad, decidimos ir a un bar de copas cercano a acabar de emborracharnos. Mientras caminábamos todos juntos por las calles mojadas, muy sutilmente Enrique rodeó mi cintura con su brazo y poco a poco nos fuimos quedando unos pasos atrás del grupo. Y en una intersección con una callejuela, dio un quiebro rápidamente tirando de mi por la cintura y quedamos fuera del alcance de visión de cualquiera.
“Me gustas tú, Lucía”- me dijo por si me quedaba alguna duda.
Acto seguido y sin esperar respuesta alguna por mi parte, me dio uno de esos besos que hacen que te pongas de puntillas y que todos los músculos de tu cuerpo tiemblen. Un beso suave, fresco, tierno y tremendamente húmedo. Su lengua acarició la mía como si se tratara de un cremoso helado que hay que saborear y paladear lentamente.
Y con la misma velocidad que nos colamos por la angosta calleja, volvimos a salir a la calle principal donde el grupo seguía rumbo al pub. Aceleramos el paso y casi al llegar a la entrada, conseguimos alcanzarles. Marta miraba con suspicacia, intentado ver en nuestras caras el motivo del retraso, pero tanto Enrique como yo, no le dimos la más mínima pista de lo que había pasado. Creo que a los dos nos daba muchísimo morbo el mantener aquello en secreto, al menos durante un rato más.
El pub era un sitio oscuro, con varias barras y una pequeña pista de baile, donde nos fuimos las cinco chicas nada más llegar. Enrique se quedó con Kiko en una de las barras, pidiendo las bebidas para todos, pero sus miradas me llegaban desde allí. Miraba mis ojos, mis brazos, mis pechos, mi vientre, mi culo, mis piernas. Recorría con su mirada cada centímetro de mi anatomía mientras yo bailaba.
Marta, al finalizar la canción que sonaba, nos abandonó y volvió “al ataque” con Enrique en la barra. Yo, divertida, miraba como ella le hablaba al oído, se le colgaba del cuello en abrazos no correspondidos e intentaba hacerse la interesante bailando junto a él. Enrique me miraba con esos ojazos suyos, haciéndome gestos para que le “salvara” de aquello. Pero como a mi toda aquella situación me estaba divirtiendo bastante, fue él el que tuvo que ponerle cualquier excusa a Marta, para abandonarla en la barra y venir a la pista con las demás.
Nada más llegar, se colocó detrás de mi, muy pegado. Notar su entrepierna rozándose contra mi culo mientras bailábamos me puso muy caliente y por lo que podía notar, a él también le estaban gustando aquellos movimientos. Cada vez se pegaba más a mi. Sus brazos me rodeaban por la cintura aunque uno de ellos estaba peligrosamente cerca de mi pecho. Hice un amago de darme media vuelta para poder tenerlo frente a frente, pero Enrique me agarró más fuertemente inmovilizándome contra su cuerpo.
“No te muevas ahora, preciosa quédate ahí. Me tienes excitadísimo y si te apartas lo va a notar hasta el camarero que hay en barra de enfrente. ¿No ves mi entrepierna?”.
No pude más que reír y, pese a su oposición, darme media vuelta. Ahora volvía a pegarse fuertemente a mi, para tratar de disimular su abultadísimo paquete pegándolo a mi pelvis. Pero los movimientos y los roces seguían y ahora cara a cara y los dos con el calentón fue imposible no besarnos. Fue otro de esos interminables besos en los que ni oyes la música, ni notas el suelo a tus pies y todos tus sentidos se concentran en saborear esa boca que te ofrecen, esa lengua que deseas y esos jugosos labios.
Aunque los demás seguían bailando a nuestro alrededor como si tal cosa, no pudieron evitar miradas curiosas. Incluso Marta, que ya había vuelto sola a la pista, se acercó a mi, con esa sonrisa suya para susurrarme al oído: “Cacho perra, al final hoy eres tú la que folla”, a la vez que me daba un cachete en el culo a modo de reprimenda. Enrique y yo bailando abrazados y sin parar de besarnos nos fuimos desplazando poco a poco hacia un lateral de la pista, hasta quedar en un rincón de semipenumbra. Apoyada contra la pared, su cuerpo me envolvía totalmente y sus manos recorrían mi cuerpo delicada pero firmemente. Mis brazos alzados alrededor de su cuello, le dejaron el hueco preciso para que pudiera acariciar mis pechos. Sus caricias pasaban de apretarlos fuertemente a ser un leve roce con la yema de uno de sus dedos en mi pezón, haciéndolo endurecer. Me estaba volviendo loca. Notaba cada vez más fuerte la excitación en todo mi cuerpo, pero sobretodo entre mis piernas. Enrique cada vez estaba más pegado a mi, y sus movimientos cada vez eran más contundentes, con más fuerza. Nuestras bocas parecían solo una, lamiéndose, mordiéndose y chupándose. Pero aparté la mía y la coloqué justo en su oído, para que pudiera oír mis gemidos entrecortados. Esto pareció volverle loco, y comenzó a tocarme y a besarme de una manera incontrolada. Podía oír sus gemidos perfectamente a pesar de lo alta que estaba la música en aquel lugar. Y de repente, en medio de aquel frenesí descontrolado de manos, lenguas, roces y apretones, se apartó, me miró fijamente y con la voz entrecortada, jadeando y sin respiración casi por lo acelerado que tenía el corazón me dijo:
“Lucía, te necesito entre las sábanas de mi cama desnuda YA!!”.
Próximo post: Entre las sábanas de Enrique.
MEL
No hacía ni un mes que vivía en Inglaterra cuando mi amiga Tere decidió venir a visitarme. El inglés es un pueblo muy hermético y muy poco dado a abrirse a nuevas amistades, así que llevaba todo ese tiempo prácticamente sola. Llegó un viernes por la tarde, y esa misma noche, decidimos salir a ver que nos ofrecía la ciudad nocturna.
Fuimos a cenar y en el mismo restaurante nos recomendaron un bar de copas latino muy cerca de allí. No lo dudamos y allí que nos fuimos las dos. Pero nada más bajar las escaleras de la entrada ya nos percatamos de la clase de sitio donde nos habíamos metido. Aquello era un antro, todo estaba demasiado oscuro, la gente bailaba demasiado pegada y demasiado sudada, la música era horrible y Teresa y yo parecíamos dos pececillos perdidos en medio de aquel desierto asqueroso.
Pero en vez de salir corriendo de allí, nos lo tomamos con buen sentido del humor y decidimos tomarnos la copa gratis que teníamos con la entrada y reírnos un rato de toda aquella situación. Fuimos observando uno a uno a los personajillos que habían allí y llegamos a la conclusión de que eran todos feos!!! ¿Cómo era posible? ¿Todos?
Y con aquellas risas estábamos, cuando de entre medio de toda aquella masa de gente apareció Mel. Parecía tan descolocado en aquel lugar como nosotras. Miraba a su alrededor con aquella cara mezcla de asombro y miedo con la que habíamos entrado un rato antes Tere y yo. Pero aquellos rasgos morenos y esos ojazos verdes me dejaron a mi boquiabierta. Mel se dirigió a la barra y yo, que ya había acabado mi copa, fui detrás a pedir otra a pesar de las quejas de Tere que quería irse ya de allí.
Mel no dejó de observarnos y tras varias miradas cruzadas, me cogió de la cintura para que bailase con él. Yo no podía dejar de mirar esos ojazos verdes, mientras él sonreía y acercaba sus labios a los míos. Pero entonces, de repente y justo antes de que nuestros labios se juntaran, un movimiento raro a mi derecha me desconcentró: justo a mi lado, en medio de la pista una chica, de rodillas en el suelo, le practicaba una felación a su chico. Aquello era lo más, y en vez de besarnos, Mel y yo volvimos a mirarnos con cara de estupefacción y un ataque de risa cómplice nos inundó.
Cuando pudimos parar de reír, se presentó “formalmente”, diciéndome que se llamaba Mel, que era belga y que era piloto de British Airways y yo le contesté presentándome yo misma. Mantuvimos una conversación banal sobre lo asqueroso de aquel lugar hasta que Tere, con su cara de pocos amigos, me indicó que debíamos irnos. Pobrecita, tenía razón, ella había venido desde España a verme y yo le debía toda mi atención, aunque aquel belga tuviera los ojos más increíbles que había visto en mi vida. Así que, apuntándole mi móvil en un papel y con un casto piquito, me despedí de Mel.
Y para mi sorpresa me llamó a los pocos días, cuando ya Tere había regresado a su casa. Quedamos en el centro de la ciudad y, nada más vernos, nos dimos el beso que dejamos a medias, un beso largo, húmedo y frenético. Como se acercaban las Navidades, estuvimos todo el día de compras. Eran tan guapo, tan atento y encima le gustaba ir de compras, que realmente creo que en aquellas horas con él, llegó a enamorarme.
Y llegó la noche, y tras cenar en un buen restaurante, me convenció para tomar la última copa en su casa. Nada más entrar, nos fuimos a su cama. No tardó nada en desvestirse él y desvestirme a mi, pero el detalle de dejarse los calcetines puestos ya debió indicarme que aquello no acabaría bien…Con demasiada precipitación y sin preliminares que valgan, se puso un preservativo y tumbándome en la cama, se colocó encima de mi, penetrándome sin la más mínima contemplación. Dos, tres cuatro embestidas y¡¡ ya está!! Se corrió tan deprisa que a mi ni me dio tiempo a calentarme. Bastante decepcionada, le pedí que se quitara de encima de mi. Yo esperé ver vergüenza en su cara, culpabilidad por haberlo hecho de aquella manera, pero para mi sorpresa se levantó y me comentó, tan tranquilo y normal que podríamos ver una película. “No se atreve ni ha hablar del tema. Quiere evitar hablar de ello”, pensé y accedí a sentarme con él y ver el film.
La película no pudo ser más horrible: COBRA. Así que como podéis imaginar, tras casi dos horas de ver a Silvestre Stallone pegando tiros a diestro y siniestro por la selva, aquello era insoportable para mi y decidí “animar un poco el asunto” a ver si se podía salvar algo de aquella primera noche con Mel. Con desplazamientos lentos y casi imperceptibles, acerqué mi manos a su entrepierna y comencé a masajearla poco a poco, lentamente, como yo quería que se hicieran esta vez las cosas. Pero con un movimiento rápido y seco de muñeca y sin siquiera dejar de mirar el televisor, me apartó las manos diciéndome que quería ver acabar la película. Le pregunté donde estaba el baño, me di una ducha y sin ni tan siquiera volver a su habitación donde seguía viendo Cobra a despedirme, me fui de aquella casa.
No me volvió a llamar nunca más…Supongo que no le gustó mi sorpresita de dejarle escrito con pintalabios y letras bien grandes “BASTARD” en la pared del pasillo.
Nota: Dani, gracias por esos preliminares....
Fuimos a cenar y en el mismo restaurante nos recomendaron un bar de copas latino muy cerca de allí. No lo dudamos y allí que nos fuimos las dos. Pero nada más bajar las escaleras de la entrada ya nos percatamos de la clase de sitio donde nos habíamos metido. Aquello era un antro, todo estaba demasiado oscuro, la gente bailaba demasiado pegada y demasiado sudada, la música era horrible y Teresa y yo parecíamos dos pececillos perdidos en medio de aquel desierto asqueroso.
Pero en vez de salir corriendo de allí, nos lo tomamos con buen sentido del humor y decidimos tomarnos la copa gratis que teníamos con la entrada y reírnos un rato de toda aquella situación. Fuimos observando uno a uno a los personajillos que habían allí y llegamos a la conclusión de que eran todos feos!!! ¿Cómo era posible? ¿Todos?
Y con aquellas risas estábamos, cuando de entre medio de toda aquella masa de gente apareció Mel. Parecía tan descolocado en aquel lugar como nosotras. Miraba a su alrededor con aquella cara mezcla de asombro y miedo con la que habíamos entrado un rato antes Tere y yo. Pero aquellos rasgos morenos y esos ojazos verdes me dejaron a mi boquiabierta. Mel se dirigió a la barra y yo, que ya había acabado mi copa, fui detrás a pedir otra a pesar de las quejas de Tere que quería irse ya de allí.
Mel no dejó de observarnos y tras varias miradas cruzadas, me cogió de la cintura para que bailase con él. Yo no podía dejar de mirar esos ojazos verdes, mientras él sonreía y acercaba sus labios a los míos. Pero entonces, de repente y justo antes de que nuestros labios se juntaran, un movimiento raro a mi derecha me desconcentró: justo a mi lado, en medio de la pista una chica, de rodillas en el suelo, le practicaba una felación a su chico. Aquello era lo más, y en vez de besarnos, Mel y yo volvimos a mirarnos con cara de estupefacción y un ataque de risa cómplice nos inundó.
Cuando pudimos parar de reír, se presentó “formalmente”, diciéndome que se llamaba Mel, que era belga y que era piloto de British Airways y yo le contesté presentándome yo misma. Mantuvimos una conversación banal sobre lo asqueroso de aquel lugar hasta que Tere, con su cara de pocos amigos, me indicó que debíamos irnos. Pobrecita, tenía razón, ella había venido desde España a verme y yo le debía toda mi atención, aunque aquel belga tuviera los ojos más increíbles que había visto en mi vida. Así que, apuntándole mi móvil en un papel y con un casto piquito, me despedí de Mel.
Y para mi sorpresa me llamó a los pocos días, cuando ya Tere había regresado a su casa. Quedamos en el centro de la ciudad y, nada más vernos, nos dimos el beso que dejamos a medias, un beso largo, húmedo y frenético. Como se acercaban las Navidades, estuvimos todo el día de compras. Eran tan guapo, tan atento y encima le gustaba ir de compras, que realmente creo que en aquellas horas con él, llegó a enamorarme.
Y llegó la noche, y tras cenar en un buen restaurante, me convenció para tomar la última copa en su casa. Nada más entrar, nos fuimos a su cama. No tardó nada en desvestirse él y desvestirme a mi, pero el detalle de dejarse los calcetines puestos ya debió indicarme que aquello no acabaría bien…Con demasiada precipitación y sin preliminares que valgan, se puso un preservativo y tumbándome en la cama, se colocó encima de mi, penetrándome sin la más mínima contemplación. Dos, tres cuatro embestidas y¡¡ ya está!! Se corrió tan deprisa que a mi ni me dio tiempo a calentarme. Bastante decepcionada, le pedí que se quitara de encima de mi. Yo esperé ver vergüenza en su cara, culpabilidad por haberlo hecho de aquella manera, pero para mi sorpresa se levantó y me comentó, tan tranquilo y normal que podríamos ver una película. “No se atreve ni ha hablar del tema. Quiere evitar hablar de ello”, pensé y accedí a sentarme con él y ver el film. La película no pudo ser más horrible: COBRA. Así que como podéis imaginar, tras casi dos horas de ver a Silvestre Stallone pegando tiros a diestro y siniestro por la selva, aquello era insoportable para mi y decidí “animar un poco el asunto” a ver si se podía salvar algo de aquella primera noche con Mel. Con desplazamientos lentos y casi imperceptibles, acerqué mi manos a su entrepierna y comencé a masajearla poco a poco, lentamente, como yo quería que se hicieran esta vez las cosas. Pero con un movimiento rápido y seco de muñeca y sin siquiera dejar de mirar el televisor, me apartó las manos diciéndome que quería ver acabar la película. Le pregunté donde estaba el baño, me di una ducha y sin ni tan siquiera volver a su habitación donde seguía viendo Cobra a despedirme, me fui de aquella casa.
No me volvió a llamar nunca más…Supongo que no le gustó mi sorpresita de dejarle escrito con pintalabios y letras bien grandes “BASTARD” en la pared del pasillo.
Nota: Dani, gracias por esos preliminares....