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Mis Hombres
Ellos, los que han llenado mi vida hasta saciarla, Mis Hombres
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No puedo vivir sin ellos
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CON MANU EN EL AEROPUERTO
Para saber cómo conocí a Manu, pincha aquí

Hacía más de 3 meses que no nos veíamos. Alguna charla subida de tono por teléfono con su correspondiente calentón era todo lo que habíamos tenido en esos meses. Manu y yo hacía ya más de 1 año que nos conocíamos y sus visitas a la península o las mías a su isla habían sido bastante frecuentes. Pero por circunstancias adversas, ahora hacía tiempo que no nos veíamos.

Pero ahí estaba yo, esperándolo esa mañana en el aeropuerto de mi ciudad. Era sólo una escala en su viaje, ya que en cuanto llegara el grupo de bomberos, los meterían en un autocar y viajarían al norte donde iban a hacer unos cursos de “puesta a punto”. Pero quizás nos diera tiempo a tomar un café y charlar un rato.

Fue uno de los primero en salir, se notaba que tenía prisa por verme. Era la primera vez que lo veía uniformado y estaba INCREIBLE!! Se acercó sonriéndome y, tirando su mochila por el suelo, me abrazó a mi hasta alzarme del suelo. Sus ojos, sus gestos y sus besos denotaban que estaba encantadísimo de verme…y por si aún tuviera dudas, el bulto que noté en su entrepierna al abrazarnos, me lo dejó clarísimo.

Nos dirigimos bastante acelerados hacia la cafetería. Teníamos menos de 20 minutos para estar juntos. Nos sentamos en unas mesitas altas. Sus risas al comprobar que yo no llegaba al suelo con los pies sentada sobre el taburete me hicieron mirarle con “ojitos tiernos” y, sin que él hubiera parado de reír, comencé a besarle. Parecíamos dos quinceañeros que se besan por primera vez, profundamente, casi sin respirar. Nuestras piernas se rozaban, buscándose y sus brazos eran incapaces de dejar de acariciar los míos. La temperatura subió en pocos minutos a pesar de estar en una cafetería y ser solo las 10:30 de la mañana.

Pero esta vez fue Manu quién lo decidió tajantemente. De repente, cogió su mochila, me cogió de la mano y me dirigió directamente a los baños del aeropuerto. Entramos en el de caballeros y encerrados en un habitáculo dimos rienda suelta al calentón. Sin ni siquiera desvestirnos, solamente subiendo mi corta falda y apartando mis bragas, me penetró desde atrás mientras mi cuerpo formaba un ángulo de 90º apoyando mis manos contra la puerta. Una de sus manos acariciaba mi pecho por debajo de la camiseta y la otra me sujetaba de la cadera, atrayéndome hacia su pelvis fuertemente. Cachondo como estaba, no tardó mucho correrse, entre gemidos de placer que no contuvo. Y para mi, aquellos gemidos suyos fueron el “empujoncito” que me hizo falta. Me encantó oírle gemir, me puso a mil el saber que se estaba corriendo gracias a mi y yo también llegué al orgasmo extasiada.

A los 10 minutos, Manu ya estaba montado en su autocar, rumbo al norte. Y yo, sentada en mi coche, aún en el parking del aeropuerto leía sonriendo el sms que acababa de recibir:

“CREO Q STO S + Q SEX. T STOY MPEZAND A KERER, PRECIOSA. ¿S ESO MALO? 1 BSO AMOR"

NOTA: No penséis que Manu y yo sólo lo hacemos en baños públicos…
 
JESÚS
Cuando conocí a Jesús lo primero que hice fue mentirle. Él era camarero de la discoteca que yo frecuentaba y no podía confesarle que aún era menos de edad (17 años). Además, él a sus 28 años habría salido huyendo y jamás se hubiese fijado en mi. Así que no tuve más remedio que decirle que tenía 22 años. Fue solo una mentirijilla piadosa. A mi me gustaba él y yo sabía que él no era indiferente ante mi, así que solo “cambié” un pequeño dato que nos podía perjudicar a los dos.

El caso es que por fin una noche, Jesús se envalentonó, salió de detrás de la barra, vino a donde yo estaba bailando y me preguntó si lo esperaría hasta las 6 de la mañana, hora que él saldría de trabajar. Yo acepté y me dijo mientras sonreía de oreja a oreja que no me preocupara, que él me llevaría a casa en coche.

Y allí estaba yo, a las 6 de la mañana en la puerta de la discoteca ya vacía, con un frío invernal que se calaba en los huesos, en minifalda y esperándole. En cuanto salió por la puerta y se dio cuenta de la baja temperatura, corrió a abrazarme para intentar mitigar un poco el frío entre los dos. “Estás preciosa con los labios azules” bromeó. Se quitó su gorrito de lana y me lo caló a mi hasta las cejas al tiempo que me daba un beso en los labios, que más que un beso fue un dulce roce.

La calefacción del coche nos hizo mucho bien y cuando llegamos a la puerta de mi casa y paramos, la temperatura dentro ya era la adecuada. Sin la menor dilación, nos besamos apasionadamente, revolcando su lengua contra la mía. Notaba su barbita de tres días haciéndome cosquillitas en mi barbilla y eso hizo que se me pusieran los pezones duros. Él los tocaba y masajeaba mientras Michael Stipe y cantaba aquello de “losing my religión”. Fue él quién paro, dándome un casto besito en la nariz y diciéndome que al día siguiente podríamos ir a dar una vuelta, al cine o algo así. Claro está, acepté encantadísima.

Pero al día siguiente, domingo, ni hubo paseo, ni hubo cine ni nada parecido. Acabamos en la residencia de verano de mi familia (vacía entonces) follando. No nos andamos con rodeos y antes de cerrar la puerta, ya estábamos desvistiéndonos. La primera vez lo hicimos en el sofá, muy cómodo para la postura del misionero. Jesús resoplaba desnudo encima de mi mientras me penetraba fuertemente y, aunque a mi no me dio tiempo a correrme, disfruté viendo su cara estremecerse al hacerlo él.

Como hacía frío y en aquella casa solo hay aire acondicionado, cogí una manta para cubrir nuestros cuerpos desnudos. Un par de cigarros acompañados con una conversación banal y pronto estuvimos otra vez haciéndolo, envueltos en la manta en el suelo. Esta vez, ya con más calma, fui yo la que se colocó encima de él. Me encanta esta posición en la que soy yo la que marca el ritmo y en la que mis pechos pueden ser acariciado y comidos fácilmente. Lo hicimos, poco a poco, sin prisas, sin desesperos. Jesús sabía dónde tocárme y cómo hacerlo y me puso cachondísima enseguima. Sus manos apretando mi culo hacia abajo hacían que me incara en su polla fuertemente en cada embestida que yo daba. Todo fue despacio, con movimientos lentos pero con fuerza y al corrernos volvimos a quedarnos tumbados en la manta, medio dormidos después de tanto éxtasis.

Fue una tarde/noche que dio mucho de si, ya que volvimos a repetir en la ducha, pero esta vez de pie y colocándose Jesús detrás de mi. El agua y el jabón daban mucho juego y frotar nuestros cuerpos desnudos y mojados fue increible. Cuando me dejó en casa cerca de las 12 de la noche estaba tan cansada que ni cené y directamente me fui a dormir.

Jesús y yo estuvimos viéndonos durante unos 3 meses en los que él jamás sospechó nada sobre mi edad. Venía a buscarme a la universidad donde yo era una novata pensando que recogía a una chica de 3º. Era rara la vez que no nos viéramos y acabáramos follando en mi residencia de verano o en su piso compartido con un amigo. Hasta que un día me llamó, y sin dejarme mediar palabra me dijo que era una mentirosa y que no quería volver a verme.

Supongo que era obvio que tarde o temprano se iba a enterar, el mundo no es tan grande, pero su manera de reaccionar me dolió. Quizás yo esperaba que no le importara, que yo le gustase tantísimo como para olvidar edades y engaños. Pero no fue así. Así que su enfado hizo que, como rebote, yo me enfadara con él por no ser capaz de entenderlo y no volviera a llamarlo jamás para darle ninguna explicación.

Desde entonces, ni siquiera me saluda por la calle. Es más, cuando me ve, me mira como con cara de acongojado… ¿tendrá miedo a que le denuncie? ¡¡Qué cosas!!
 
ALEX II
(Para leer la primera parte de Alex, pincha aquí)

Aquella misma noche celebramos el cumpleaños de Mayca. La noticia de mi ruptura con Juan se había corrido como la pólvora y cuando llegué al restaurante, todos lo sabían ya, incluido Álex. No hizo falta dar ninguna explicación, solo con la mirada lo decía todo.

Durante la cena, las miradas, las indirectas y los leves roces fueron continuos. Alex no podía disimular la satisfacción que le producía mi nuevo estatus social de “soltera” y a mi me embargaba el placer de saber que él seguiría cualquier paso que yo diera.

Al salir del restaurante, nos dirigimos todos al mismo bar de copas que la noche anterior. Vodka, risas, juegos y una rumba bailada muy pegados dio como resultado el primero de tantísimos besos que compartiríamos. No recuerdo el momento exacto, no recuerdo por donde me agarraba él, no recuerdo si tenía los ojos abiertos o cerrados, solo recuerdo la canción que sonaba (¡¡maldita!!) y la sensación de amor subiendo desde mis entrañas hasta salir por mi boca hacia él en forma de movimientos de mi lengua jugueteando con la suya.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, bailando y besándonos, pero de repente una idea entró como un rayo en mi cabeza: Seguro que Juan iba a pasarse por allí para felicitar a Mayca. Lo conocía bien y sabía que esa sería su excusa perfecta para tratar de acercarse a mi. Yo no quería a Juan, es más, tenía al hombre de mi vida en ese momento a mi lado, pero nunca me he considerado mala persona y no me gusta hacer daño gratuitamente a los demás, así que le pedí a Alex que nos fuéramos de allí, no quería que Juan nos viera juntos.

Salimos de aquel bar y nos alejamos un poco de la zona de bares, para acabar sentados en un banco de un parque. Él me besaba, besaba mi boca, mi oreja, mi cuello…Sus manos bajo mi blusa acariciando mis pechos me hacían sentir realmente viva y me hacían apretarlo contra mi cuerpo. Pero estaba claro que, esa noche, no podríamos llegar más allá: estábamos en medio de un parque en plena madrugada y no disponíamos de ningún lugar privado donde “desfogarnos”. Así que, para “calmarnos” un poco, le propuse que nos hiciéramos un porro. Además, había una conversación que quería mantener con él mientras fumábamos.

Lucía: -Oye Alex, voy a ser sincera contigo. Me gustas mucho, muchísimo, pero me gustaría tener claro qué significa esto para ti. Principalmente porque va a ser inevitable vernos durante estos días y me gustaría saber cómo debo reaccionar mañana al verte.

Él me miró seriamente, pensando y analizando cada una de las palabras que iba a decirme.

Alex: -Luci, cariño, esto quizás sea un poco brusco para ti, pero mañana, cuando nos veamos sólo quiero que me des dos besos.

Intenté que no se notara mucho mi frustración (el orgullo es lo primero en estas situaciones) así que bajé la vista para que él no fuera capaz de intuirla ni siquiera en mis ojos.

Lucía: - Vale. Me gustan las cosas así, bien claras, para que después no hayan sorpresas - mentí.

Pero, de repente, una gran carcajada suya me hizo alzar la vista otra vez hacia él. Y, aunque estaba dolida, no pude más que admirar lo guapísimo que era y lo adorable que estaba riéndose.

Alex: - Pero dos besos así - dijo justo antes de plantarme dos besazos en los morros que me supieron a gloria.

Vaya, parecía que al chico le gustaban las bromas…Y a mi me encantaba él.

Empezó a amanecer y llegó la hora de volver a casa. Llevábamos dos noches seguidas despidiéndonos al amanecer…Me acompañó hasta casa y con un increíble beso nos despedimos hasta el día siguiente.

Me metí en la cama, cansada pero demasiado feliz como para poder dormir enseguida. Vinieron malos pensamientos a mi cabeza (¿habría ido Juan a felicitar a Mayca? ¿Cómo habría reaccionado al no verme allí? ¿Qué pasaría cuando Alex volviera a su ciudad después de vacaciones?) pero los deseché todos. Solo quería recordar cada uno de los momentos de aquella noche junto a Álex.

(Continuará)
 
ABEL
No quedan días de verano para pedirte perdón
para borrar del pasado el daño que te hice yo
Sin besos de despedida y sin palabras bonitas
porque te miro a los ojos y no me sale la voz

Si pienso en ti siento que esta vida no es justa
Si pienso en ti y en la luz
de esa mirada tuya

No quedan días de verano el viento se los llevó
un cielo de nubes negras cubría el último adiós
fue sentir de repente tu ausencia como un eclipse de sol
¿por qué no vas a mi vera?

Si pienso en ti siento que esta vida no es justa
Si pienso en ti y en la luz de esa mirada tuya
esa mirada tuya...

Es de esos días de verano
vivo en el reino de soledad
nunca vas a saber como me siento
nadie va a adivinar como te recuerdo

Si pienso en ti y siento que esta vida no es justa
si pienso en ti...
esa mirada tuya
No quedan días de verano





Desde que tengo uso de conciencia Abel ha estado en mi vida. Él era el hijo de los mejores amigos de mis padres. Vivíamos casi puerta con puerta y, al tener la misma edad, desde niños salíamos siempre juntos a jugar a la calle con los demás chicos del barrio.

Pero crecimos y a los 16 años se nos empezaron a revolucionar las hormonas al uno por el otro. Quizás empezamos a mirarnos más de lo habitual, nos rozábamos con cualquier excusa y nos buscábamos mutuamente. Era muy obvio lo que estaba pasando, así que a nadie le extraño que una tarde de finales de abril, Abel me diera un beso en la boca mientras jugueteábamos tirados por el césped del parque. Y aquello fue el principio, el principio de una relación que a los dos nos quedaba grande a pesar de lo mucho que nos queríamos.

Fueron muchas tardes de muchos días de muchas semanas de muchos meses juntos. Ojala ahora pudiera recordar cada una de ellas con todos sus detalles…Tan compenetrados estábamos y tanta solidez tenía la pareja que incluso nuestros padres comenzaron a ilusionarse con ello. Nuestros amigos ya nos veían en unos años casados y felices. Éramos la pareja perfecta para todos. Bueno, para todos menos para mi.

Quería a Abel todo lo que se puede querer a alguien y me hacía feliz, pero sentía que me estaba perdiendo cosas. Éramos muy jóvenes y ya nos estaban encasillando en un canon de adultos que me asustaba. Quería moverme, conocer gente nueva, salir de esa dulce rutina que Abel significaba. Sabía que tenía lo mejor del mundo, pero aún así, necesitaba experimentar otras cosas.

Y así se lo hice saber a él mismo. Esperé una mala reacción por su parte, enfado, rabia, incluso reproches. Pero en vez de eso se limitó a enarcar la ceja, mirarme y decirme: “Ya sabía yo que te perdería”, partiéndome él a mi el corazón.

En los días posteriores yo me limité a hacer lo que me había propuesto: conocer gente nueva, salir y disfrutar de mi nuevo estatus de “soltera”, aunque por el rabillo del ojo vigilaba todos los movimientos de Abel. Realmente él me importaba mucho.

Pasaron algunas semanas y un amigo común decidió celebrar su cumpleaños invitándonos a todos a una fiesta en la playa de noche. Yo llegué con unas amigas y lo primero que hice fue buscar a Abel con la mirada. Y allí estaba. Estaba charlando y riendo con los demás, con una lata de cerveza en la mano. Lo miré y me di cuenta que era increíblemente guapo. ¿Cómo no me había dado cuenta hasta ese momento de lo muchísimo que Abel significaba para mi? De repente él se dio cuenta que yo estaba allí, mirándole. Con paso lento y una media sonrisa se acercó y con un par de besos en las mejillas nos saludamos y desde ese momento no nos separamos. Primero estuvimos un rato sentados en la arena hablando de cosas banales y después nos unimos a los demás para bañarnos en el mar. Al salir del agua, nos arropamos los dos con la misma toalla y allí, mojados y tan juntos fue imposible frenar el impulso de besarnos. Le besé porque le quería, porque necesitaba sentirle cerca.

Pasamos el resto de la noche besándonos, tocándonos pero sobretodo mirándonos. Cuando el sol salió nos pilló casi dormidos en la arena, abrazados y arropados por la misma toalla. La gente ya comenzaba a recogerlo todo para volver a casa. Fue perfecto, todo fue perfecto hasta que a Abel se le ocurrió comentar lo contentos que se pondrían nuestros padres al saber que volvíamos a estar juntos. En ese momento me di cuenta que teníamos una percepción distinta de lo que estaba pasando y una brecha se volvió a abrir entre nosotros. La noche había sido perfecta, quería a Abel con locura, pero no quería volver con él, al menos por ahora. No quería volver a la posición de pareja inseparable y él se dio cuenta de todo lo que estaba pasando por mi cabeza con solo mirarme. Dio un respingo hacia atrás, como si el solo contacto con mi piel le quemara y me miró con esa mirada que no olvidaré nunca, mezcla de rabia, pena y sobretodo incomprensión.

No supe qué decir. Ahí estaba, rompiéndole el corazón por segunda vez a la persona que yo quería. ¿Tan mala persona era yo? Me daba hasta vergüenza de mi misma, así que sin mediar palabra, me metí en uno de los coches y esperé a que nos fuéramos. Abel, claro está, se metió en el otro coche para evitar cualquier situación incómoda. Durante los 15 minutos de trayecto no pude evitar mirar atrás, hacia el coche donde iba Abel, para tratar de verle, tratar de intuir cómo se sentía en ese momento, pero me era imposible verle entre las cabezas de los demás ocupantes del coche.

Llegamos a la calle donde vivíamos todos, bajé del coche y ví llegar el otro. Venía un poco rápido, así que al intentar parar, dio un bordillazo y rebotó un poco hacia atrás como un auto-choque. Todos salieron riendo del coche, como si golpear el morro del coche y las ruedas delanteras contra el bordillo fuera lo más divertido del mundo…Todos salieron menos Abel. Él seguía allí sentado, sin moverse y a partir de ese momento todo pasó tan deprisa que no me dio tiempo a reaccionar: gritos de Chema llamando a Abel desesperado, una ambulancia, gente con petos apartándonos a empujones, Borja que llora solo sentada en el bordillo, Tina, la madre de Abel, corre hacia nosotros en pijama, seguida de su marido, gritando y llorando, se me abraza, mi madre está muy pálida y me dice que no mire hacia atrás, que lo están sacando del coche, yo me pregunto ¿a quién? ¿qué pasa?, sigo sin reaccionar, la ambulancia se aleja pero ya no lleva la sirena, ya no tiene prisa…

Los médicos dijeron que fue un golpe seco y rápido, que seguro que ni él mismo se enteró.

(Te quiero)