Yo tarareo canciones....¿y tú?
Hay gente especial, hay gente muy especial, yo no sabría contar que hierve dentro de sus cabezas, pero esta es la historia de una de ellas.
Miguel pasa todos los días por mi calle, no se si es él quien me tiene cogida la hora o soy yo a él, porque cada día nos encontramos, aproximadamente en el mismo punto y recorremos un camino paralelo, mi punto de meta es el portal de mi casa, él continua perdiéndose en un horizonte de asfalto y amalgama de coches.
El primer día que le ves no sorprende demasiado, tal vez algo desaliñado. Pantalón de pana verde, camisa azul oscura, muy oscura, casi se podría confundir con el negro. Debajo de ella lleva una camiseta interior, tipo “Abanderado”. Tiene una estatura normal, rondando el metro con setenta, centímetro arriba, centímetro abajo. Aparenta los años que debe de tener, pelo plateado cortado a cepillo. Surcos en la cara acompañados de ojos hundidos. Los 50 ya no los cumple.
Lleva, inseparable, una mochila azul, bastante repleta a simple vista, pero el contenido, por ahora es un misterio.
Días más tarde e inconscientemente buscándolo entre los viandantes, le sigo encontrando, pero hoy me saca unos metros de distancia. Por lo que puedo observarle delante de mí, ver como camina a cortos pasitos pero de ritmo frenético e invariable. Pero reparo en más, el buen hombre (presupongo eso en todas las personas), lleva el pantalón roto, un siete bastante considerable a la altura del bolsillo trasero. ¿Sabrá que lo lleva? ¿Habrá sido un enganchon que le ha obligado a ir así hasta su casa? El no aparenta el menor disimulo en taparlo, empiezo a pensar que es inconsciente de su desgracia, no por haberse roto el pantalón, sino por el escarnio público al que, seguramente, será sometido hasta que llegue a su domicilio. Gente que se sonríe maliciosamente, aunque alguno, como si fuese una plaga, se echará mano a culo para ver que no es víctima del mismo virus.
Más encuentros fortuitos en la boca del Metro, vuelvo a verle el día siguiente. Lo primero que hace saltar la alarma en mi cabeza es que sigue con la misma ropa y sobre todo los mismos pantalones, o es que es monotemático en su vestimenta y colecciona partidas enteras del mismo color. Disimuladamente desacelero mis pasos, dejando de ir en paralelo para seguir la estela de su frenético ritmo andarín. Y ahí está, el roto, la vergüenza que me hace pensar en su condición humana y sentirme un poco ruborizado, no por el hecho del roto en sí, sino por mi curiosidad cotilla. Decido dar un paso más, siguiéndole, aunque solo sea por contacto visual hasta su casa.
Poco más de trescientos metros para. Con un ágil movimiento desplaza la mochila de su espalda al abdomen, empieza a sacar una retahíla de periódicos gratuitos que va colocando bajo su axila. Debe llevar más de veinte. Hasta que por fin encuentra un manojo de llaves que sería la envidia de un sereno. Entra en un portal de un bloque de pisos antiguos, se trata de una de las primeras urbanizaciones existentes en mi barrio, cuyo reclamo (esto me lo han contado mis padres) para su compra, era el regalo de un televisor en color.
Me quedo agarrado a la verja, con la mente en blanco, sumido en una profunda duda acerca de la vida de Miguel (aún no sabía que se llamaba así).
Pasan los días, le sigo viendo, la misma ropa y cada vez soy más consciente de pequeños detalles que pueden darme pistas sobre el porqué. Tics en su cara, sufriendo un constante parpadeo, mueve de manera nerviosa las manos. Y sus ojos reflejan una tristeza aguda, aunque en su boca siempre lleve una sonrisa. No soy psicólogo y creo que no se puede juzgar nada sin tener algo de conocimiento sobre las materias. Los juicios de valor nunca son gratuitos, dijo alguien. Pero me atrevería a vaticinar, algún tipo de enfermedad de la psique. Me siento infinitamente triste, siempre me ha producido miedo ese tipo de situaciones en las que tienes a tu yo encerrado bajo siete llaves que te deforman. Y pensar en lo que se debe sufrir ante burlas, mofas y demás miseria humana que somos capaces de crear.
Por casualidad, un día voy a la consulta de mi médico de cabecera, voy volado porque me pilla a escasos metros de mi casa y ya se sabe…..cuanto más cerca, más tarde llegas. En mi carrera por no perder turno, me cruzo con él a la entrada, mirada distraída, aunque al vez sea una pose y nos vigile a todos. Sonrío sinceramente, ni siquiera habrá reparado en ello, pero las afinidades no se suelen explicar. Llego a la consulta cuando por tercera vez suena mi nombre por el altavoz, solo hay tres avisos, como en los toros. Abro la puerta sofocado y me siento frente a la mujer que lleva, desde los catorce años, aguantando lo “enfermos” que nos ponemos los hombres al mínimo catarro.
Sin dudar, disparo, “Doctora, ¿el hombre que acaba de salir….?”. Con una sonrisa, no de maldad o burla, sino de comprensión (debe ser que tengo una cara muy expresiva) me dice, “Se llama Miguel y es especial”. Aunque me haya visto hacerme un hombre, sigue teniendo detalles conmigo que me transportan a la infancia, como “es especial”, tal y como se explica a un niño. La cuento un poco la historia de lo que me ha pasado últimamente, no me aporta ningún detalle (será parte del secreto profesional) y pasamos a ver lo que realmente me llevó a la consulta.
Al cabo de la semana, regreso a por el resultado de unos análisis, está vez he ido con tiempo y espero en la sala. Cuando, se abren los ascensores y aparece Miguel, la misma ropa, los mismos gestos. Se sienta enfrente mío, a escasos dos metros. Y ya no me puedo reprimir, cierro el libro el cuál había ignorado desde que me percaté de su presencia y me siento a su lado. Le observo con una mezcla de afinidad y respeto, porque ya me lo decían de pequeño en el colegio….”No te fíes nunca de los locos, que te pueden hacer daño”.
Me mira y me decido a hablar. “¿Lleva mucho esperando?” - Que pregunta más estúpida, si estaba yo aquí antes que él!!!!!- Mueve negativamente con la cabeza mientras, hablando para el cuello de su camisa dice “Acabo de llegar”. Sigue retorciendo un periódico gratuito entre sus manos, no se que decir, ¿podré hablar del tiempo? ¿Por qué he tenido que hablarle? ¿Qué me impulsa?. Hasta que levantando un poco la vista me dice, “Vengo todos los días, por si me pasa algo”. Jodeeeer, se me empieza a poner un nudo en la garganta, aunque siempre he sido muy consciente de ello, me llega la humanidad que respira y desprende. Le respondo que está bien cuidarse, un pequeño silencio incómodo y vuelve a disparar: “Yo tarareo las canciones, ¿y tú?” Respondo que en ocasiones, cuando no se la letra. El lo hace todo el tiempo, menos en el médico que no le dejan.
FIN
Bufff, no se si he transmitido todo lo que quería, no es una historia totalmente real, pero la persona existe y es de mi barrio y sí he visto mucha crueldad de alguna gente mofándose. Por supuesto no se llama Miguel, no le sigo, ni he hablado nunca con él. Pero sí es verdad que el personaje me inspira esa ternura.
Canción del día:
“Corrientes Circulares en el Tiempo”, Los Planetas

Miguel pasa todos los días por mi calle, no se si es él quien me tiene cogida la hora o soy yo a él, porque cada día nos encontramos, aproximadamente en el mismo punto y recorremos un camino paralelo, mi punto de meta es el portal de mi casa, él continua perdiéndose en un horizonte de asfalto y amalgama de coches.
El primer día que le ves no sorprende demasiado, tal vez algo desaliñado. Pantalón de pana verde, camisa azul oscura, muy oscura, casi se podría confundir con el negro. Debajo de ella lleva una camiseta interior, tipo “Abanderado”. Tiene una estatura normal, rondando el metro con setenta, centímetro arriba, centímetro abajo. Aparenta los años que debe de tener, pelo plateado cortado a cepillo. Surcos en la cara acompañados de ojos hundidos. Los 50 ya no los cumple.
Lleva, inseparable, una mochila azul, bastante repleta a simple vista, pero el contenido, por ahora es un misterio.
Días más tarde e inconscientemente buscándolo entre los viandantes, le sigo encontrando, pero hoy me saca unos metros de distancia. Por lo que puedo observarle delante de mí, ver como camina a cortos pasitos pero de ritmo frenético e invariable. Pero reparo en más, el buen hombre (presupongo eso en todas las personas), lleva el pantalón roto, un siete bastante considerable a la altura del bolsillo trasero. ¿Sabrá que lo lleva? ¿Habrá sido un enganchon que le ha obligado a ir así hasta su casa? El no aparenta el menor disimulo en taparlo, empiezo a pensar que es inconsciente de su desgracia, no por haberse roto el pantalón, sino por el escarnio público al que, seguramente, será sometido hasta que llegue a su domicilio. Gente que se sonríe maliciosamente, aunque alguno, como si fuese una plaga, se echará mano a culo para ver que no es víctima del mismo virus.
Más encuentros fortuitos en la boca del Metro, vuelvo a verle el día siguiente. Lo primero que hace saltar la alarma en mi cabeza es que sigue con la misma ropa y sobre todo los mismos pantalones, o es que es monotemático en su vestimenta y colecciona partidas enteras del mismo color. Disimuladamente desacelero mis pasos, dejando de ir en paralelo para seguir la estela de su frenético ritmo andarín. Y ahí está, el roto, la vergüenza que me hace pensar en su condición humana y sentirme un poco ruborizado, no por el hecho del roto en sí, sino por mi curiosidad cotilla. Decido dar un paso más, siguiéndole, aunque solo sea por contacto visual hasta su casa.
Poco más de trescientos metros para. Con un ágil movimiento desplaza la mochila de su espalda al abdomen, empieza a sacar una retahíla de periódicos gratuitos que va colocando bajo su axila. Debe llevar más de veinte. Hasta que por fin encuentra un manojo de llaves que sería la envidia de un sereno. Entra en un portal de un bloque de pisos antiguos, se trata de una de las primeras urbanizaciones existentes en mi barrio, cuyo reclamo (esto me lo han contado mis padres) para su compra, era el regalo de un televisor en color.
Me quedo agarrado a la verja, con la mente en blanco, sumido en una profunda duda acerca de la vida de Miguel (aún no sabía que se llamaba así).
Pasan los días, le sigo viendo, la misma ropa y cada vez soy más consciente de pequeños detalles que pueden darme pistas sobre el porqué. Tics en su cara, sufriendo un constante parpadeo, mueve de manera nerviosa las manos. Y sus ojos reflejan una tristeza aguda, aunque en su boca siempre lleve una sonrisa. No soy psicólogo y creo que no se puede juzgar nada sin tener algo de conocimiento sobre las materias. Los juicios de valor nunca son gratuitos, dijo alguien. Pero me atrevería a vaticinar, algún tipo de enfermedad de la psique. Me siento infinitamente triste, siempre me ha producido miedo ese tipo de situaciones en las que tienes a tu yo encerrado bajo siete llaves que te deforman. Y pensar en lo que se debe sufrir ante burlas, mofas y demás miseria humana que somos capaces de crear.
Por casualidad, un día voy a la consulta de mi médico de cabecera, voy volado porque me pilla a escasos metros de mi casa y ya se sabe…..cuanto más cerca, más tarde llegas. En mi carrera por no perder turno, me cruzo con él a la entrada, mirada distraída, aunque al vez sea una pose y nos vigile a todos. Sonrío sinceramente, ni siquiera habrá reparado en ello, pero las afinidades no se suelen explicar. Llego a la consulta cuando por tercera vez suena mi nombre por el altavoz, solo hay tres avisos, como en los toros. Abro la puerta sofocado y me siento frente a la mujer que lleva, desde los catorce años, aguantando lo “enfermos” que nos ponemos los hombres al mínimo catarro.
Sin dudar, disparo, “Doctora, ¿el hombre que acaba de salir….?”. Con una sonrisa, no de maldad o burla, sino de comprensión (debe ser que tengo una cara muy expresiva) me dice, “Se llama Miguel y es especial”. Aunque me haya visto hacerme un hombre, sigue teniendo detalles conmigo que me transportan a la infancia, como “es especial”, tal y como se explica a un niño. La cuento un poco la historia de lo que me ha pasado últimamente, no me aporta ningún detalle (será parte del secreto profesional) y pasamos a ver lo que realmente me llevó a la consulta.
Al cabo de la semana, regreso a por el resultado de unos análisis, está vez he ido con tiempo y espero en la sala. Cuando, se abren los ascensores y aparece Miguel, la misma ropa, los mismos gestos. Se sienta enfrente mío, a escasos dos metros. Y ya no me puedo reprimir, cierro el libro el cuál había ignorado desde que me percaté de su presencia y me siento a su lado. Le observo con una mezcla de afinidad y respeto, porque ya me lo decían de pequeño en el colegio….”No te fíes nunca de los locos, que te pueden hacer daño”.
Me mira y me decido a hablar. “¿Lleva mucho esperando?” - Que pregunta más estúpida, si estaba yo aquí antes que él!!!!!- Mueve negativamente con la cabeza mientras, hablando para el cuello de su camisa dice “Acabo de llegar”. Sigue retorciendo un periódico gratuito entre sus manos, no se que decir, ¿podré hablar del tiempo? ¿Por qué he tenido que hablarle? ¿Qué me impulsa?. Hasta que levantando un poco la vista me dice, “Vengo todos los días, por si me pasa algo”. Jodeeeer, se me empieza a poner un nudo en la garganta, aunque siempre he sido muy consciente de ello, me llega la humanidad que respira y desprende. Le respondo que está bien cuidarse, un pequeño silencio incómodo y vuelve a disparar: “Yo tarareo las canciones, ¿y tú?” Respondo que en ocasiones, cuando no se la letra. El lo hace todo el tiempo, menos en el médico que no le dejan.
FIN
Bufff, no se si he transmitido todo lo que quería, no es una historia totalmente real, pero la persona existe y es de mi barrio y sí he visto mucha crueldad de alguna gente mofándose. Por supuesto no se llama Miguel, no le sigo, ni he hablado nunca con él. Pero sí es verdad que el personaje me inspira esa ternura.
Canción del día:
“Corrientes Circulares en el Tiempo”, Los Planetas

Comentario:
Una vez más lo has vuelto a conseguir... me meto en la historia tan profundamente! ME ENCANTA
besitos
besitos
Comentario:
La historia preciosa, poco más puedo comentarte, pues como tú mejor q nadie sabes.. hay un "miguel" en mi vida y sé lo de las burlas de la gente en primera persona.. y eso me ha hecho leer y sobretodo terminar el relato con lágrimas en los ojos...
Gracias por tu sensibilidad... besos
Gracias por tu sensibilidad... besos
Comentario:
Precioso.
A veces pasa que nosotros mismos creamos una historia sobre alguien, ese alguien que te cruzas todos los días en el autobús, en el metro, en la calle, en el supermercado, etc.
Pero te ha quedado precioso.
Un beso
A veces pasa que nosotros mismos creamos una historia sobre alguien, ese alguien que te cruzas todos los días en el autobús, en el metro, en la calle, en el supermercado, etc.
Pero te ha quedado precioso.
Un beso
Comentario:
Me encantan tus relatos, a partir de ahora me acordare de este cuando vea a alguien solitario como el que describes.
Muchos besos.
Muchos besos.
Comentario:
ufff--- vaya relato... es genial como completas con tu imaginacion las historias reales. estoy conociendo a gente muy creativa por aqui. da gusto! ciaooo





