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Textos e imágenes desordenadas
Acerca de
Un naufragio es, en principio, el inicio de un fracaso, yo propongo que el naufragio no sea más que el comienzo de algo nuevo
Sindicación
 
De esperanza no tenía más que el nombre.



Nacer en un país eminentemente católico tiene sus ventajas, te venden tus deseos por el precio de una oración. Desconozco el nombre del santo de la foto, pero si me obligaran a decir uno sin duda diría San Francisco que es de los pocos, con Santo Domingo, al que le tengo cierto cariño. Admito que tener cariño a un santo es algo decididamente absurdo, pero si uno ha visto la obra de Fo sobre el santo de Asís o todavía sueña con la existencia de ciertas playas del caribe se deben admitir también excepciones a esa regla. En fin, que me gustaría que fuera San Francesco (juglare de dio) pero no apostaría un padrenuestro por ello.

Aún desconociendo el nombre del santo, y mucho más de lo que hizo para alcanzar dicha condición, lo curioso de este santo es que, sea quién sea, la gente que visita la basílica del Trastevere tiene la costumbre (bienintencionada) de dejar un papelito alrededor de la imagen con uno o, en el caso de los más compulsivos, varios de sus deseos. Dada mi (incorruptible) naturaleza fisgona, la visita a esta iglesia, que hacía la número 40 en diez días por medio Italia, se centró en tratar de vislumbrar qué es lo que pedía toda esta gente a ese santo (para mí) desconocido.

De la lectura (maldisimulada) de alguno de los desideratum de la foto obtuve las siguientes conclusiones:

1) Que, estadísticamente, los castellano- escribientes somos los más necesitados,
2) Que la estupidez es patrimonio exclusivo del ser humano, así lo confirma el acto de haber dejado un kleenex recién usado a los pies de una imagen (por mucho que se desconozca su identidad o esté rodeada de múltiples papelitos),
3) que el japonés supera ampliamente mi (escasa) capacidad imaginativa
y 4) que debí haberme apostado ese padrenuestro.

La lectura de parte de los deseos me hizo recordar un tiempo en el que yo también pedía cosas. Cierto que no solía escribirlas (craso error, pues con los años he comprendido que no soy capaz de entender determinadas cosas hasta que las escribo), pero sí recuerdo que rezaba. Primero, de muy crío, de noche, antes (o a la vez) de dormir; costumbre que duró hasta que leí a un escritor francés que afirmaba que la esperanza es un buen desayuno pero una pésima cena. Desde entonces, y guiado por una primaveral vena racionalista, empecé a rezar por las mañanas. Fuera de día o de noche lo cierto es que rezar siempre me pareció algo próximo al chantaje, emocional, pero chantaje al fin y al cabo. Me imagino que en aquel tiempo mis oraciones no diferían de las de cualquier niño en su primera adolescencia: que mi equipo gane el domingo, que la chica más altiva de la clase me haga caso… en fin, derrotas anticipadas que intentaba esquivar hasta que comprobé que, a menudo, mis deseos y mis oraciones tomaban caminos divergentes.

Quiero a gente que, en temas religiosos, va desde el beatismo más indecoroso hasta la cuasi- herejía más insospechada; yo soy más comodón: cada día estoy a un lado de esa balanza. Aún así, durante los últimos días he disfrutado de un mismo ritual: 1) Olvidar mis antiguos prejuicios contra algunos hombres de negro que, durante siglos, han y siguen intentando (con éxito manifiesto) convertir los miedos de la gente en la única multinacional eterna, 2) Entrar en cada una de las “chiesas”, 3) Subir el volumen de mis auriculares, 4) Sentarme y mirar alrededor sin pensar en nada (algo en lo que cada día soy mejor), y 5) escuchar en paz los ecos de la esperanza acumulada que durante siglos ha sobrevolado las cabezas de los arrodillados en la madera.

Y en eso estaba mi última mañana en Roma cuando Calamaro y San Francisco (lástima de padrenuestro) cortocircuitaron en algún rincón escondido de mis entrañas.


 
Comentario:
Prefiero a Calamaro.
 
Comentario:
Tras mi paso por escuela de monjas y descubrir que la religion se basaba en cargarme de culpas cuando aun no sabia ni abrocharme el zapato, decidi que buscaria culpables en mis propias creencias.
Aun asi debo confesar que me gusta visitar las iglesias y catedrales de los lugares a los que voy, y que sigo santiguandome cuando entro en ellas, y tal vez deje caer descuidadamente un deseo a los pies de un santo.
Besos
 
Comentario:
Jajajajaja... siento romper la magia, pero el santo de la foto es San Antonio. Cerca de mi casa estaba una iglesia dedicada a esa advocación y de pequeña me gustaba ir porque era más bonita que mi parroquia y en Navidad ponían un Belén con agua y todo (¡¡venga derroche!!).

Ahora ya no es tan bonita, ni me impresiona el Belén; y aunque la iglesia no ha cambiado, yo sí. Por mi parte, la vena atea me viene del bueno de Unamuno, y debo reconocer que el año pasado, estando en la catedral de Santiago con todo el mundo rezando, sentía un puntito de envidia por todos aquellos que encomendaban parte de su vida a algo externo, dejando parte de las responsabilidades, esperanzas y peticiones a otro.

Buena mezcla esa de San Francisco y Calamaro, menos mal que no te arrancaste con palmas. ;)
Un besazo fuerte leao!
No