PONTE DE ULLA

y por Ribadulla sólo cruzaban tres puentes.
Nos dirigíamos a la boca del lobo sí, pero con los brazos bien abiertos
e intentando olvidar que aquel tren se desemperezaba en su cueva.
En nuestro camino hacia el túnel encontré gente en la creer,
gente que pintaba colores en sonrisas ajenas,
gente que desde el fracaso de su bata blanca
trataba que el alma de sus enfermos desapareciera invicta,
algunos que escucharon antes a mis ojos que a su cuenta corriente,
y alguien que aún llora cuando bajo la cabeza.
Verdad que son pocos, pero la búsqueda continua.
La mañana que llegó el tren lo esperábamos juntos,
tras el paso asíncrono de su último eje
escuché el “gracias” más bonito de mi vida
y la lluvia compartida acalló el eco de su estela de vapor.
Aunque dicen que el que resiste vence
a veces hay una visión que no puedo apartar de mi mente:
ésa de un ingenuo que se repite “por ahora todo va bien”
mientras la gravedad le acerca vertiginosa al suelo.
Las fotografías tienen cualidades ocultas,
hoy esta me susurró que buscar el equilibrio no sirve de nada si no sabes caer.
La cesta de la compra.
Primero perdí los limones, no sé porqué pero siempre los he asociado con la familia, desde crío he creído que los limones son mi fruta preferida pero lo cierto es que sólo los uso cuando lo exige el alimento preciso. Mucha gente no puede vivir sin este cítrico: una vez vi como una amiga aderezaba un bistec con un limón verde y algo seco y no pude sino pensar en que hacía demasiado que no hablaba con mi madre.
Cuando todavía no me había percatado de lo de los limones noté como los dos botes de atún que compro todas las semanas iban saliendo cuidadosamente de la bolsa. Esta vez sí me di cuenta pero no me afligí. Al fin y al cabo el trabajo es algo que nunca debería suponer más que una mala excusa con la acallar la conciencia. Sin familia y sin trabajo empezó a llover.
Entonces intenté mantener la calma, pensé que en el fondo el atún nunca fue verdaderamente importante para mi dieta y que en la nevera siempre guardaba un par de limones para las emergencias. Además, en mi bolsa todavía quedaba lo justo para cenar: unos tomates (el amor), unas cervezas (el dinero) y una cebolla (mis amigos).
Ensimismado en las gotas de lluvia que caían desde las hojas del árbol que me cobijaba perdí las seis cervezas que compro todos los miércoles. Aunque no las necesite, es una manía compulsiva, ya puedo tener latas y latas en la nevera que ese ansia que todos llevamos dentro me obliga a renunciar a zumos y otras bebidas que seguro resultan más sanas.
Sin dinero pensé en todos los que no pueden hacer una compra tan variada como la que vengo haciendo yo desde hace años y en sus contrarios, aquellos que en vez de comprar cada semana los mismos seis o siete artículos pueden permitirse comprar cada día cosas diferentes en diferentes establecimientos. En fin, mi bolsa cada vez era más ligera. Fue entonces cuando perdí a mis amigos, sí, dicen que las cebollas te hacen llorar pero no es cierto: lloras si las cortas, si las deshaces y sobre todo cuando usas sus rodajas sólo para cocinar alimentos que no compartes con otros. Las cebollas, nos ha jodido, no tienen ninguna vocación de servir únicamente para satisfacerte a ti y a tus necesidades.
La cena se me había complicado seriamente, iluso de mí pensaba que aún me quedaban esos tomates de rama, sí, esos que aunque resultan algo sosos sin condimentar seguro que aportan todos los nutrientes necesarios. Eso es, el amor sería mi salvación, me permitiría aguantar hasta que la mañana siguiente pudiera visitar la tienda de comestibles de la esquina.
Pero no, cuando el sol se ponía definitivamente una gota de lluvia cayó en mi bolsa y me percaté de que estaba totalmente vacía. Durante un instante caí en la desesperación, sólo me quedaba una bolsa de la compra vacías (las palabras). Desde entonces las uso de paraguas hasta que pueda reunir fuerzas y salir a por nuevos alimentos.