UN AÑO CON ALEGRÍA, UN AÑO CON MIEDO
A finales de enero de 2005 conocí a una chica en el trabajo. Durante poco menos de un mes, la traté muy de pasada, hasta que me destinaron a otro edificio de mi empresa.
A pesar del poco tiempo y de lo superficial de nuestra relación hasta ese momento, la imagen que me quedó de ella era la de una persona de trato muy agradable, con un magnífico sentido del humor y un perenne buen ánimo, cualidades éstas que siempre he admirado en mis compañeros de trabajo, porque son la base de un ambiente de trabajo óptimo.
Durante varios meses, el trato fue sólo telefónico, hasta mediados de noviembre de ese mismo año. Me impactó de tal manera verla desanimada, a ella, que era la alegría personificada, que le propuse que quedáramos para que me contara sus problemas.
Tras varias citas, empezó a ser obvio para ambos que estaba pasando algo, muy a pesar de la complicadísima situación personal de ella, lo cual hacía altamente desaconsejable para los dos iniciar cualquier tipo de relación íntima.
La relación cuajó tanto y tan rápidamente que a principios de diciembre yo lo tenía clarísimo: mi intención era vivir con ella, era cuestión de tiempo que esto ocurriera y tenía la poderosa sensación de que nos iría muy bien durante muchísimo tiempo, tal vez toda la vida.
Era una certeza absoluta, impropia de una persona reflexiva como me tienen quienes me conocen. Es cierto que no le tengo miedo a las decisiones arriesgadas, y lo saben los que me rodean, pero algunos no son conscientes de las vueltas y vueltas que le doy a cualquier tipo de decisión antes de tomarla. Quizás por ese análisis tan exhaustivo que hago de todo es por lo que no le tengo miedo a las decisiones ni a los errores, sean lo importantes que sean.
En este caso, por más que analizaba y analizaba, no había ni sombra de duda respecto a lo que quería hacer. Es más, me desconcertaba profundamente la falta de dudas razonables, pero por mucho que buscaba, seguía sin encontrarlas.
Esta certeza fue la que me permitió alegrarme tanto de la anunciada venida de mi chiquitín, hace poco más de un año. Y a los pocos días, me mudé oficialmente a la que hoy es mi casa.
En cuestión de dos meses, había pasado de ser un soltero que vivía en casa de sus padres y salía de juerga los fines de semana a ser un padre de familia. Y el único sentimiento que asocié al proceso, y que asocio ahora a su recuerdo, es el de una felicidad desbordante como una ola que impacta contra mi cuerpo. Para recordar otro periodo de mi vida más feliz, tendría que retroceder hasta la infancia.
Hace ya un año del final de este proceso. Ha sido un año fantástico, y espero que los que le sigan sean al menos igual a éste, pero creo que serán incluso mejores.
Eso sí, ha habido un cambio radical en mi forma de pensar en este año. Hasta ahora, mis decisiones, arriesgadas o certeras, estaban encaminadas a encontrar mi lugar en el mundo. Ahora ya lo he encontrado, y no me quiero mover de aquí. Antes, mi deseo era cambiar a mejor. Ahora creo sinceramente que, en lo básico, estoy más que realizado, y que lo que me toca es evolucionar suavemente.
De repente, he descubierto el miedo al cambio, porque no se me ocurre cómo podría ser mejor una situación distinta de la actual.
A pesar del poco tiempo y de lo superficial de nuestra relación hasta ese momento, la imagen que me quedó de ella era la de una persona de trato muy agradable, con un magnífico sentido del humor y un perenne buen ánimo, cualidades éstas que siempre he admirado en mis compañeros de trabajo, porque son la base de un ambiente de trabajo óptimo.
Durante varios meses, el trato fue sólo telefónico, hasta mediados de noviembre de ese mismo año. Me impactó de tal manera verla desanimada, a ella, que era la alegría personificada, que le propuse que quedáramos para que me contara sus problemas.
Tras varias citas, empezó a ser obvio para ambos que estaba pasando algo, muy a pesar de la complicadísima situación personal de ella, lo cual hacía altamente desaconsejable para los dos iniciar cualquier tipo de relación íntima.
La relación cuajó tanto y tan rápidamente que a principios de diciembre yo lo tenía clarísimo: mi intención era vivir con ella, era cuestión de tiempo que esto ocurriera y tenía la poderosa sensación de que nos iría muy bien durante muchísimo tiempo, tal vez toda la vida.
Era una certeza absoluta, impropia de una persona reflexiva como me tienen quienes me conocen. Es cierto que no le tengo miedo a las decisiones arriesgadas, y lo saben los que me rodean, pero algunos no son conscientes de las vueltas y vueltas que le doy a cualquier tipo de decisión antes de tomarla. Quizás por ese análisis tan exhaustivo que hago de todo es por lo que no le tengo miedo a las decisiones ni a los errores, sean lo importantes que sean.
En este caso, por más que analizaba y analizaba, no había ni sombra de duda respecto a lo que quería hacer. Es más, me desconcertaba profundamente la falta de dudas razonables, pero por mucho que buscaba, seguía sin encontrarlas.
Esta certeza fue la que me permitió alegrarme tanto de la anunciada venida de mi chiquitín, hace poco más de un año. Y a los pocos días, me mudé oficialmente a la que hoy es mi casa.
En cuestión de dos meses, había pasado de ser un soltero que vivía en casa de sus padres y salía de juerga los fines de semana a ser un padre de familia. Y el único sentimiento que asocié al proceso, y que asocio ahora a su recuerdo, es el de una felicidad desbordante como una ola que impacta contra mi cuerpo. Para recordar otro periodo de mi vida más feliz, tendría que retroceder hasta la infancia.
Hace ya un año del final de este proceso. Ha sido un año fantástico, y espero que los que le sigan sean al menos igual a éste, pero creo que serán incluso mejores.
Eso sí, ha habido un cambio radical en mi forma de pensar en este año. Hasta ahora, mis decisiones, arriesgadas o certeras, estaban encaminadas a encontrar mi lugar en el mundo. Ahora ya lo he encontrado, y no me quiero mover de aquí. Antes, mi deseo era cambiar a mejor. Ahora creo sinceramente que, en lo básico, estoy más que realizado, y que lo que me toca es evolucionar suavemente.
De repente, he descubierto el miedo al cambio, porque no se me ocurre cómo podría ser mejor una situación distinta de la actual.





