EL CERRO DE SANTA BRÍGIDA
Cuando se abandona Sevilla a través del Puente del Alamillo, característico por su enhiesta torre cual monumento fálico, al cabo de unos momentos, más o menos al lado del otro monumento del camino, (el monumento a la estupidez de los políticos imbéciles, que hacen política para las empresas constructoras antes que para los ciudadanos, el Estadio Olímpico de una ciudad sin Juegos Olímpicos)...
Cuando se llega a esa altura, se puede ver el límite del Valle del Guadalquivir, la llanura donde se extiende la ciudad, y el inicio de una elevación del terreno que discurre paralela al río a todo lo largo de la capital andaluza: el Aljarafe.
El Aljarafe (nombre que nos evoca claramente su origen árabe) tiene a su vez varios picos que sobresalen, y que son las mayores alturas del área metropolitana de una ciudad sin cuestas y a pocos metros sobre el nivel del mar. Y con el Puente del Alamillo a nuestras espaldas y el Estadio cuasi-Olímpico a nuestro lado, mirando al frente mientras conducimos con precaución, podremos ver la mayor cota. Destaca por su solitario árbol casi en la cumbre, además de por ser ligeramente más alta que los otros picachitos que aparecen a su alrededor.
Se trata del Cerro de Santa Brígida.
El Cerro de Santa Brígida se eleva 115 metros sobre el nivel del mar en su punto más alto, en el cual se alzaba una ermita en honor de Santa Brígida, de ahí el nombre del promontorio. De la antigua construcción sólo queda parte del suelo, ya que durante la invasión napoleónica, fue destruida para poder montar un destacamento desde el que se dominaba toda la ciudad. A pesar de ello, a principios de octubre se sigue haciendo una romería que parte desde la ciudad de Camas, a la cual pertenece el cerro, y que sube hasta su cima.
Yo desconocía esto la primera vez que me fijé en él. Simplemente, había vivido en Sevilla durante veinte años sin haberme percatado de su existencia. Y siendo un joven conductor, deseoso de recorrer todos los caminos posibles, lo vi al pasar y me pregunté hasta qué altura podría llegar con el coche.
El primer intento, que se saldó con desastre, a pesar de contar con medios para que no fuera así, fue allá por 1998. Un amigo de un primo mío vino a visitarnos desde la capital del reino con un todoterreno sin bloqueo de diferencial ni reductora (vamos, un semi-todoterreno que ahora son tan abundantes). Había llovido bastante e intentamos un ataque “a las bravas”, por un camino de tierra que resultó ser un pozo de lodo de medio metro de alto. Quedamos atascados y para sacar el vehículo tuvimos que contar con la ayuda de dos buenos samaritanos, a los cuales invitamos posteriormente a una copa por su buena acción, y con volver hechos unas croquetas humanas.
El segundo intento fue en el verano de 2000. Pensé que no habría barro y que sería una buena ocasión para volverlo a intentar. Iba en el coche nuevo de mi padre, con mi exnovia y le dije lo que pretendía hacer. Esta vez, una exploración previa de las posibles vías de ataque me había permitido descubrir que existía una zona pavimentada y habitada por un lateral que llegaba hasta medio camino de la cumbre. Las vistas de Sevilla, una ciudad llana, que se podían contemplar desde allí merecían el intento de seguir hasta arriba.
Salimos a un camino de tierra y al llegar a un punto, la inclinación y lo polvoriento del terreno impedía que el coche pudiera avanzar. Aunque yo estaba convencido de que podría superarlo, la insistencia de mi exnovia de que lo dejara me hizo desistir.
El tercer intento, el primero con éxito, fue totalmente en solitario y no había hablado sobre él hasta ahora. Llevé a mi exnovia a una entrevista de trabajo a un polígono industrial cercano a la zona. Tenía tiempo y el coche de mi exsuegra. Aunque habían pasado dos o tres años desde la anterior vez, no lo había vuelto a intentar, pero esta vez pensé que era un momento propicio, porque tras unos días de lluvia, hacía más de una semana que lucía el sol y hacía calor. Pensé que evitaría el polvo y el barro, así que retomé la ruta que descubrí la anterior vez y llegué al punto fatídico, donde hube de rendirme anteriormente.
Esta vez, cambié la forma de atacar el punto en cuestión. En lugar de avanzar lentamente, traté de llegar con impulso para ver si así podía pasar sin perder agarre. Y esto, en combinación con el menor peso del coche de mi exsuegra respecto al de mi padre, me permitió sobrepasar ese lugar, a partir del cual el camino, si bien más empinado, era también mucho más firme. Y llegué a la cumbre.
No había nada más alto, salvo el árbol que podía verse solitario, y que descubrí que no crecía en la misma cumbre, sino justo en donde comienza la pendiente. Podía ver los aviones despegando y aterrizando en el aeropuerto, volando a mi altura, y los coches avanzar por la autovía de circunvalación. Podía ver la catedral, la Giralda, las torres de la Plaza de España, los puentes... Una vista inigualable. Me guardé aquella imagen, junto con el sabor de la victoria, para mí. No le comenté a nadie lo que había conseguido.
La siguiente vez que subí, fue la primera vez que subí acompañado, la primera que subí de noche y la primera que lo hice con mi propio coche. Llevé a la pandilla que salíamos por aquel entonces (verano de 2004), y las vistas de noche también eran preciosas. Pusimos música, bebimos refrescos y comimos patatas (somos chicos muy sanos).
La siguiente vez fue la primera que subí con pareja. Era de noche y llevé a mi novia a la sazón (verano de 2005). Estuvimos disfrutando de las vistas un momento, pero el temor a la subida y a la bajada de mi acompañante, nos hizo abandonar el lugar rápidamente.
La última vez que he subido fue con la madre de mis hijos. Fue a principios del pasado diciembre. Fue muy bonito, porque estuvimos casi toda la noche allá arriba, y muy posiblemente fuera donde encargamos nuestro chiquitín.
Al mes de subir por última vez me mudé a nuestro Hogar, Dulce Hogar. Desde una de las ventanas de nuestro dormitorio puedo ver perfectamente, a muy poca distancia, el Cerro de Santa Brígida.
Para mí, el cerro representa la felicidad que todos buscamos en la vida. Al principio, ni siquiera sabes dónde está. Un día reparas en ella, y te preguntas cómo podrías alcanzarla. Realizas aproximaciones infructuosas y fallidas, pero aunque parezca que desistes, en tu mente sigue fija la idea de alcanzarla. La felicidad no va a irse de allí, y tardes días, semanas, meses o años, al final vuelves a intentar conquistarla. Intentas nuevos caminos que jamás antes recorriste, te acercas, quedas frenado, superas las dificultades y finalmente llegas hasta ella.
Primero tú solo, por ti mismo. No se puede dar felicidad a los demás si no eres capaz de ser feliz contigo mismo. Después con los amigos. Después con las sucesivas parejas.
Y cuando encuentras a la persona adecuada, a esa persona especial, a esa persona ideal, sobre la felicidad que os une se puede construir incluso un nuevo hogar, y nuevas vidas en ese nuevo hogar. Y cada día, podrás asomarte y mirar como si de una pequeña y brillante joya se tratara, ese cerro conquistado, esa felicidad que ahora, y pase lo que pase, siempre será tuya.
PD: Este post se lo dedico a mi minipollo, que hoy cumple su primer mes de vida, por todo lo que nos está dando a su madre, a su hermano mayor y a mí, y por su primera risa, que hizo el honor de otorgárnosla a mí (y al patito de peluche con cascabel que me ayudaba, todo hay que decirlo), mientras su madre nos miraba, en la tarde de ayer.
Cuando se llega a esa altura, se puede ver el límite del Valle del Guadalquivir, la llanura donde se extiende la ciudad, y el inicio de una elevación del terreno que discurre paralela al río a todo lo largo de la capital andaluza: el Aljarafe.
El Aljarafe (nombre que nos evoca claramente su origen árabe) tiene a su vez varios picos que sobresalen, y que son las mayores alturas del área metropolitana de una ciudad sin cuestas y a pocos metros sobre el nivel del mar. Y con el Puente del Alamillo a nuestras espaldas y el Estadio cuasi-Olímpico a nuestro lado, mirando al frente mientras conducimos con precaución, podremos ver la mayor cota. Destaca por su solitario árbol casi en la cumbre, además de por ser ligeramente más alta que los otros picachitos que aparecen a su alrededor.
Se trata del Cerro de Santa Brígida.
El Cerro de Santa Brígida se eleva 115 metros sobre el nivel del mar en su punto más alto, en el cual se alzaba una ermita en honor de Santa Brígida, de ahí el nombre del promontorio. De la antigua construcción sólo queda parte del suelo, ya que durante la invasión napoleónica, fue destruida para poder montar un destacamento desde el que se dominaba toda la ciudad. A pesar de ello, a principios de octubre se sigue haciendo una romería que parte desde la ciudad de Camas, a la cual pertenece el cerro, y que sube hasta su cima.
Yo desconocía esto la primera vez que me fijé en él. Simplemente, había vivido en Sevilla durante veinte años sin haberme percatado de su existencia. Y siendo un joven conductor, deseoso de recorrer todos los caminos posibles, lo vi al pasar y me pregunté hasta qué altura podría llegar con el coche.
El primer intento, que se saldó con desastre, a pesar de contar con medios para que no fuera así, fue allá por 1998. Un amigo de un primo mío vino a visitarnos desde la capital del reino con un todoterreno sin bloqueo de diferencial ni reductora (vamos, un semi-todoterreno que ahora son tan abundantes). Había llovido bastante e intentamos un ataque “a las bravas”, por un camino de tierra que resultó ser un pozo de lodo de medio metro de alto. Quedamos atascados y para sacar el vehículo tuvimos que contar con la ayuda de dos buenos samaritanos, a los cuales invitamos posteriormente a una copa por su buena acción, y con volver hechos unas croquetas humanas.
El segundo intento fue en el verano de 2000. Pensé que no habría barro y que sería una buena ocasión para volverlo a intentar. Iba en el coche nuevo de mi padre, con mi exnovia y le dije lo que pretendía hacer. Esta vez, una exploración previa de las posibles vías de ataque me había permitido descubrir que existía una zona pavimentada y habitada por un lateral que llegaba hasta medio camino de la cumbre. Las vistas de Sevilla, una ciudad llana, que se podían contemplar desde allí merecían el intento de seguir hasta arriba.
Salimos a un camino de tierra y al llegar a un punto, la inclinación y lo polvoriento del terreno impedía que el coche pudiera avanzar. Aunque yo estaba convencido de que podría superarlo, la insistencia de mi exnovia de que lo dejara me hizo desistir.
El tercer intento, el primero con éxito, fue totalmente en solitario y no había hablado sobre él hasta ahora. Llevé a mi exnovia a una entrevista de trabajo a un polígono industrial cercano a la zona. Tenía tiempo y el coche de mi exsuegra. Aunque habían pasado dos o tres años desde la anterior vez, no lo había vuelto a intentar, pero esta vez pensé que era un momento propicio, porque tras unos días de lluvia, hacía más de una semana que lucía el sol y hacía calor. Pensé que evitaría el polvo y el barro, así que retomé la ruta que descubrí la anterior vez y llegué al punto fatídico, donde hube de rendirme anteriormente.
Esta vez, cambié la forma de atacar el punto en cuestión. En lugar de avanzar lentamente, traté de llegar con impulso para ver si así podía pasar sin perder agarre. Y esto, en combinación con el menor peso del coche de mi exsuegra respecto al de mi padre, me permitió sobrepasar ese lugar, a partir del cual el camino, si bien más empinado, era también mucho más firme. Y llegué a la cumbre.
No había nada más alto, salvo el árbol que podía verse solitario, y que descubrí que no crecía en la misma cumbre, sino justo en donde comienza la pendiente. Podía ver los aviones despegando y aterrizando en el aeropuerto, volando a mi altura, y los coches avanzar por la autovía de circunvalación. Podía ver la catedral, la Giralda, las torres de la Plaza de España, los puentes... Una vista inigualable. Me guardé aquella imagen, junto con el sabor de la victoria, para mí. No le comenté a nadie lo que había conseguido.
La siguiente vez que subí, fue la primera vez que subí acompañado, la primera que subí de noche y la primera que lo hice con mi propio coche. Llevé a la pandilla que salíamos por aquel entonces (verano de 2004), y las vistas de noche también eran preciosas. Pusimos música, bebimos refrescos y comimos patatas (somos chicos muy sanos).
La siguiente vez fue la primera que subí con pareja. Era de noche y llevé a mi novia a la sazón (verano de 2005). Estuvimos disfrutando de las vistas un momento, pero el temor a la subida y a la bajada de mi acompañante, nos hizo abandonar el lugar rápidamente.
La última vez que he subido fue con la madre de mis hijos. Fue a principios del pasado diciembre. Fue muy bonito, porque estuvimos casi toda la noche allá arriba, y muy posiblemente fuera donde encargamos nuestro chiquitín.
Al mes de subir por última vez me mudé a nuestro Hogar, Dulce Hogar. Desde una de las ventanas de nuestro dormitorio puedo ver perfectamente, a muy poca distancia, el Cerro de Santa Brígida.
Para mí, el cerro representa la felicidad que todos buscamos en la vida. Al principio, ni siquiera sabes dónde está. Un día reparas en ella, y te preguntas cómo podrías alcanzarla. Realizas aproximaciones infructuosas y fallidas, pero aunque parezca que desistes, en tu mente sigue fija la idea de alcanzarla. La felicidad no va a irse de allí, y tardes días, semanas, meses o años, al final vuelves a intentar conquistarla. Intentas nuevos caminos que jamás antes recorriste, te acercas, quedas frenado, superas las dificultades y finalmente llegas hasta ella.
Primero tú solo, por ti mismo. No se puede dar felicidad a los demás si no eres capaz de ser feliz contigo mismo. Después con los amigos. Después con las sucesivas parejas.
Y cuando encuentras a la persona adecuada, a esa persona especial, a esa persona ideal, sobre la felicidad que os une se puede construir incluso un nuevo hogar, y nuevas vidas en ese nuevo hogar. Y cada día, podrás asomarte y mirar como si de una pequeña y brillante joya se tratara, ese cerro conquistado, esa felicidad que ahora, y pase lo que pase, siempre será tuya.
PD: Este post se lo dedico a mi minipollo, que hoy cumple su primer mes de vida, por todo lo que nos está dando a su madre, a su hermano mayor y a mí, y por su primera risa, que hizo el honor de otorgárnosla a mí (y al patito de peluche con cascabel que me ayudaba, todo hay que decirlo), mientras su madre nos miraba, en la tarde de ayer.
MI PARTO (UN PARTO DE HOMBRE)
Por fin encuentro un momento de tranquilidad para poder plasmar lo que tantos me pedíais desde hace tanto tiempo (sí, Almu, sí, aquí lo tienes...).
Las primeras señales de que aquel domingo no iba a ser un domingo cualquiera las dieron las contracciones de las cuatro y veinte y las cinco y veinte. Estábamos de tapeo con mi hermana y su pareja. Tras los habituales chascarrillos (ya había habido alguna que otra falsa alarma), les preguntamos que si querían subir a casa a merendar y a esperar a las seis y veinte. Por supuesto, nos dijeron que sí.
Pasaron las seis y veinte sin que ocurriera nada especial. Transcurrió el derbi Sevilla-Betis y la idea de una nueva falsa alarma ya había calado. Un amigo me envió un SMS “No estaría de Dios que naciera hoy”. Sabía de mis ganas de ser padre, y al retraso, que ya duraba diez días, le estaba sacando la punta suficiente.
Al poco de terminar el partido, cuando mi hermana y su novio estaban a punto de marcharse, una fuerte contracción hizo doblarse a mi amada en el sofá. Algo en la duración, en la cara que puso ella, me hizo ponerme en guardia mentalmente, con ese despliegue mental y sensorial que el nerviosismo contenido origina en mí, y que hace que me crezca cuando estoy bajo presión. El reloj marcaba las nueve menos diez.
La siguiente, igualmente fuerte, llegó a las nueve y cinco, quince minutos más tarde. Las anteriores nunca habían sido tan seguidas ni tan duraderas. Llamé a mi madre, a mi suegra y a mi cuñada, que era la que se quedaría con el mayor cuando tuviéramos que ir al hospital. Les avisaba que si la cosa seguía así hasta las diez de la noche, iríamos a maternidad. Terminando las llamadas llegó la contracción de las nueve y veinticinco. Diez minutos.
A las diez de la noche, mi suegra ya estaba allí. Ella nos llevó al lugar donde nacería nuestro pequeñín. Entramos por urgencias, tras pasar el siempre divertido trámite burocrático (“¿motivo del ingreso?”, “contracciones”, dije; “que se ha tragado un melón, no te jode”, pensé, “¿por qué demonios crees que hemos venido al hospital maternal con un barrigón de este calibre, cegata?”).
El médico, un chico joven, rompió el saco amniótico, del cual surgió líquido lleno de meconio (la primera cacota del bebé). Esto, que parecía algo poco importante, determinaría el desarrollo de los acontecimientos durante la siguiente semana.
La madre entró a monitores. Pude visitarla una vez, antes de que me anunciaran que el niño debía salir por cesárea. Se dice que hoy en día se practican muchas cesáreas, pero luego se confirmó que el bebé, debido al meconio que había inhalado e ingerido, no hubiera superado un parto vaginal. De nuevo, viva la ciencia.
Momentos más tarde de la una y media de la mañana, mientras la madre se recuperaba de la anestesia de la operación, me permitieron compensar el no haber podido ver el nacimiento dejándome ver a mi pequeño.
Jamás en la vida olvidaré aquel momento. Lo estaban lavando cuando entré, pues estaba llenito de caquita por todas partes, el pobre. Lo pude sostener un par de minutos bajo un foco de calor.
¿Sabéis eso de que los padres ven a sus hijos siempre guapos? El mío estaba gris y lleno de mierda, pero en ese momento para mí era la cosa más bonita que había visto en mi vida.
Tenía los ojitos abiertos y me miraba. A lo largo de mi vida mucha gente me ha mirado mientras esperaba algo de mí, o mientras me criticaban, o mientras me alababan, y cada mirada tiene un efecto sobre mí. Incluso antes de que alguien te hable, la mirada es el primer contacto inteligente que establecen dos personas, en la que se puede leer bondad, maldad, inteligencia, simpatía...
Bueno, pues esos ojos no esperaban nada de mí, ni me criticaban, ni me halagaban. Simplemente me miraban y me aceptaban. Supongo que ni comprendían quien era yo, pero esa mirada era la primera de millones. Esos ojos me mirarían de mil maneras a lo largo de decenas de años. Vi esos ojos mirándome el primer día de colegio, el primer día que montara en bicicleta, el primer día que trajera una chica a casa, el primer día que volviera de su primer día de trabajo. Vi esos ojos sobre un cuerpo joven y fuerte mirándome cuando yo no sea más que un saco de piel y huesos marchito. Vi esos ojos mirando el mundo por mí cuando yo ya no pueda verlo.
Y sentí que debía ser digno de esa mirada. Muchos me han dicho después que se me ve más maduro desde que nació mi pequeño, pero pocos saben que ésta es la causa.
Luego vino el desbarajuste. La pediatra recomendó el ingreso del “minipollo” en neonatología, porque su sistema digestivo no se recuperaba bien del daño que le había ocasionado la caca que había tragado. Así que a las tres horas de vida, los tres kilos cuatrocientos sesenta gramos y cincuenta y tres centímetros de reluciente humanidad que me miraba fueron ingresados en el hospital infantil aledaño.
Los días siguientes transcurrieron intentando dormir en el sillón más resbaladizo que alguna vez haya tenido la desgracia de ocupar y el hospital infantil para poder tocar a través de una incubadora a mi renacuajo, con pequeñas pausas para poder asearme. Y cuidando de su mamá, por supuesto.
Y por fin, llegó del día de dormir en casa los cuatro, la familia completa. El pequeñajo, asombrosamente, duerme toda la noche sin parar, come bien y apenas llora. Eso sí, come con tan ansia que se llena de gases como un zeppelín, y como no los eche, luego le duelen lo suyo. Nuestro pollo mayor está contentísimo con su hermano pequeño, hasta el punto que quiere que duerma con él en su cama. En cuanto pueda, les dejaremos dormir juntos.
Y mi amor eterno y yo... Pues cuando ya pensábamos que era imposible más felicidad, más felices aún somos.
Así da gusto dejar de ser golferas. Aunque ella me sigue disfrutando como si fuera el mismo melocotoncito de siempre. Tiene la exclusiva. Y yo, encantado.
Tres pares de ojos me acompañan ahora en cada momento, tres preciosos pares, tengo que añadir (¡lo cual me recuerda que tengo que trabajar!). Así es imposible no ser cada día mejor, y no sentirse cada día mejor.
Seguiremos informando desde La Casa de la Pradera: P Un saludo. (Perdonad la longitud del post, pero es que había mucho que contar, y eso que es un resumen muy resumido)
Las primeras señales de que aquel domingo no iba a ser un domingo cualquiera las dieron las contracciones de las cuatro y veinte y las cinco y veinte. Estábamos de tapeo con mi hermana y su pareja. Tras los habituales chascarrillos (ya había habido alguna que otra falsa alarma), les preguntamos que si querían subir a casa a merendar y a esperar a las seis y veinte. Por supuesto, nos dijeron que sí.
Pasaron las seis y veinte sin que ocurriera nada especial. Transcurrió el derbi Sevilla-Betis y la idea de una nueva falsa alarma ya había calado. Un amigo me envió un SMS “No estaría de Dios que naciera hoy”. Sabía de mis ganas de ser padre, y al retraso, que ya duraba diez días, le estaba sacando la punta suficiente.
Al poco de terminar el partido, cuando mi hermana y su novio estaban a punto de marcharse, una fuerte contracción hizo doblarse a mi amada en el sofá. Algo en la duración, en la cara que puso ella, me hizo ponerme en guardia mentalmente, con ese despliegue mental y sensorial que el nerviosismo contenido origina en mí, y que hace que me crezca cuando estoy bajo presión. El reloj marcaba las nueve menos diez.
La siguiente, igualmente fuerte, llegó a las nueve y cinco, quince minutos más tarde. Las anteriores nunca habían sido tan seguidas ni tan duraderas. Llamé a mi madre, a mi suegra y a mi cuñada, que era la que se quedaría con el mayor cuando tuviéramos que ir al hospital. Les avisaba que si la cosa seguía así hasta las diez de la noche, iríamos a maternidad. Terminando las llamadas llegó la contracción de las nueve y veinticinco. Diez minutos.
A las diez de la noche, mi suegra ya estaba allí. Ella nos llevó al lugar donde nacería nuestro pequeñín. Entramos por urgencias, tras pasar el siempre divertido trámite burocrático (“¿motivo del ingreso?”, “contracciones”, dije; “que se ha tragado un melón, no te jode”, pensé, “¿por qué demonios crees que hemos venido al hospital maternal con un barrigón de este calibre, cegata?”).
El médico, un chico joven, rompió el saco amniótico, del cual surgió líquido lleno de meconio (la primera cacota del bebé). Esto, que parecía algo poco importante, determinaría el desarrollo de los acontecimientos durante la siguiente semana.
La madre entró a monitores. Pude visitarla una vez, antes de que me anunciaran que el niño debía salir por cesárea. Se dice que hoy en día se practican muchas cesáreas, pero luego se confirmó que el bebé, debido al meconio que había inhalado e ingerido, no hubiera superado un parto vaginal. De nuevo, viva la ciencia.
Momentos más tarde de la una y media de la mañana, mientras la madre se recuperaba de la anestesia de la operación, me permitieron compensar el no haber podido ver el nacimiento dejándome ver a mi pequeño.
Jamás en la vida olvidaré aquel momento. Lo estaban lavando cuando entré, pues estaba llenito de caquita por todas partes, el pobre. Lo pude sostener un par de minutos bajo un foco de calor.
¿Sabéis eso de que los padres ven a sus hijos siempre guapos? El mío estaba gris y lleno de mierda, pero en ese momento para mí era la cosa más bonita que había visto en mi vida.
Tenía los ojitos abiertos y me miraba. A lo largo de mi vida mucha gente me ha mirado mientras esperaba algo de mí, o mientras me criticaban, o mientras me alababan, y cada mirada tiene un efecto sobre mí. Incluso antes de que alguien te hable, la mirada es el primer contacto inteligente que establecen dos personas, en la que se puede leer bondad, maldad, inteligencia, simpatía...
Bueno, pues esos ojos no esperaban nada de mí, ni me criticaban, ni me halagaban. Simplemente me miraban y me aceptaban. Supongo que ni comprendían quien era yo, pero esa mirada era la primera de millones. Esos ojos me mirarían de mil maneras a lo largo de decenas de años. Vi esos ojos mirándome el primer día de colegio, el primer día que montara en bicicleta, el primer día que trajera una chica a casa, el primer día que volviera de su primer día de trabajo. Vi esos ojos sobre un cuerpo joven y fuerte mirándome cuando yo no sea más que un saco de piel y huesos marchito. Vi esos ojos mirando el mundo por mí cuando yo ya no pueda verlo.
Y sentí que debía ser digno de esa mirada. Muchos me han dicho después que se me ve más maduro desde que nació mi pequeño, pero pocos saben que ésta es la causa.
Luego vino el desbarajuste. La pediatra recomendó el ingreso del “minipollo” en neonatología, porque su sistema digestivo no se recuperaba bien del daño que le había ocasionado la caca que había tragado. Así que a las tres horas de vida, los tres kilos cuatrocientos sesenta gramos y cincuenta y tres centímetros de reluciente humanidad que me miraba fueron ingresados en el hospital infantil aledaño.
Los días siguientes transcurrieron intentando dormir en el sillón más resbaladizo que alguna vez haya tenido la desgracia de ocupar y el hospital infantil para poder tocar a través de una incubadora a mi renacuajo, con pequeñas pausas para poder asearme. Y cuidando de su mamá, por supuesto.
Y por fin, llegó del día de dormir en casa los cuatro, la familia completa. El pequeñajo, asombrosamente, duerme toda la noche sin parar, come bien y apenas llora. Eso sí, come con tan ansia que se llena de gases como un zeppelín, y como no los eche, luego le duelen lo suyo. Nuestro pollo mayor está contentísimo con su hermano pequeño, hasta el punto que quiere que duerma con él en su cama. En cuanto pueda, les dejaremos dormir juntos.
Y mi amor eterno y yo... Pues cuando ya pensábamos que era imposible más felicidad, más felices aún somos.
Así da gusto dejar de ser golferas. Aunque ella me sigue disfrutando como si fuera el mismo melocotoncito de siempre. Tiene la exclusiva. Y yo, encantado.
Tres pares de ojos me acompañan ahora en cada momento, tres preciosos pares, tengo que añadir (¡lo cual me recuerda que tengo que trabajar!). Así es imposible no ser cada día mejor, y no sentirse cada día mejor.
Seguiremos informando desde La Casa de la Pradera: P Un saludo. (Perdonad la longitud del post, pero es que había mucho que contar, y eso que es un resumen muy resumido)





