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COSAS POR HACER EN INGLATERRA
Antes era experta en hacer planes. Ahora, en echarlos a perder.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. La que escribía listas de cosas por hacer en libretas viejas hasta que la tecnología vino a socorrerla (o no). Quienes me leyeran en el anterior blog sabrán que me iba a Australia. En pocas semanas, ese viaje se convirtió en algo que ahora parece la vida de otra persona. Lo único que tengo ahora mismo es una carrera acabada y la capacidad individual de elegir por qué camino de cabras tirar.
Sindicación
 
Dando vueltas.
... Y hasta aquí el segundo blog, porque no me casaba ya el título con las circunstancias.
Aún estoy en Richmond, London (Surrey, for the lovely classist snobs), England, United Kingdom. Físicamente.
El corazón, sin embargo, se me ha quedado en Barcelona, en una vuelta intempestiva de esas que se hacen gracias a Easyjet Todopoderoso.
Así que me reúno con mi corazón en Septiembre... y dejaré el alma aquí durante un tiempo, y la echaré muchísimo, muchísimo de menos, pero tendré que aguantarme porque toca elegir, y elijo hacer bien la cama, para poder dormir mejor, como decía mi abuela.
No se crean, aquí las camas no son malas. Pero en las de Barcelona se duerme más cómodo.
Ahora toca preparar el viaje de vuelta a casa.
... Y, por esas vueltas que da la vida, que en la mía son más frecuentes que la del Starbucks de las mañanas (como buena pseudoinglesa, cada mañana con la moneda de dos sterlings que pesa más que la humedad de esta peculiar isla)...
...¿Por dónde iba?...

Ah, sí. Volver. Iba por volver.

En fin, voilà el tercer blog... O la tercera parte de un blog que me lleva ya tres blogs relatar. Espero lograr que quede más rápido que el segundo, por la cuenta que me trae, aunque los segundos no suelen pasar del Andante. Algún día le preguntaré a Beethoven, si el Hades nos cataloga por el mal carácter, y no por el talento. De momento, seguiré escribiendo. No sé el cuándo, ni el porqué. Sé el qué, que es un comienzo como cualquier otro.
 
Y más cosas por hacer
¿Se acuerdan de cuando dije -hace un post- de la de cosas que tenía por hacer en Londres? Pues sí, en realidad aún las tengo... tendría.
Pasa que es que no me dan la gana, ya. Soy demasiado vieja y demasiado gruñona como para volverme más -both: vieja y gruñona- a velocidad de fast forward, que es lo que le ocurre a cualquiera después de demasiado tiempo aquí.
Ya he visto los museos -todos, varias veces-, ya he reflexionado, llorado y madurado lo que vine a reflexionar, llorar y madurar, y ya he mejorado mi inglés.
Me han ofrecido un trabajo imposible de rechazar. En realidad no es un trabajo cualquiera, sino EL trabajo. Para ponerlo de manera simple, no es un puesto de trabajo, sino una de esas oportunidades que sólo aparecen una vez en la vida.
Y hablando de vidas... sí, por fin conseguí tener una aquí en Londres. Por fin me he hecho un hueco, tengo un trabajo decente con sueldo decente y horarios decentes y todo eso.
Lo malo es lo inconformista que llego a ser. No me malinterpreten, creo que el incorformismo, en la mayoría de los casos, es una virtud.
En el mío no. En el mío, es causa de cambio de blog a frecuencias pasmosas.
No quiero adelantar acontecimientos porque aún no estoy segura de nada, pero mucho me da que voy a tener que empezar una lista completamente nueva de cosas por hacer.
 
Leaving Herts.
...Bueno...

Pues éste es el último post, de momento.
He estado pensando (no, era broma...)
En fin, de ahora en adelante, continuar con el título sería un tanto absurdo, ya que hoy me despido de Hertfordshire (tengo tropecientos mil millones de cosas en la puerta, esperando)...
Y sin embargo, visto lo que hay, si tengo que cambiar de blog cada vez que me mudo, a este paso va a parecer esto una colección de guías de viaje.
Pero es que tengo tantas, tantas, tantas... tantas cosas por hacer en Londres...

Hasta pronto.
A.
 
London, England, England
Pssst... Después de unas cuantas reacciones alérgicas diferentes (a un detergente, a no sé cuál de las siete bebidas alcohólicas de aquella noche, a no sé qué tejido, a no sé qué planta que había en un parque, a no sé qué sustancia del aire inglés...); de meses inciertos, de noches en vela, de velas y guitarra, de delirios de grandeza en Richmond, tropezando entre la elite británica -y española- ... aún vivo para contarlo. Pasa que es demasiado largo.
Así que lo resumo.



ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:

1. Agotada. Estoy agotada. Llevo cerca de un mes levantándome a las cinco (a.m.), acostándome a las 11 (p.m.) y repitiendo la operación, sólo para llegar al fin de semana y… ¿descansar? No, señoras y señores. Para poner lavadoras y hacer todas esas cosas que no puedo hacer durante la semana (or can’t be bothered doing, anyway). Es decir, poner lavavajillas, lavavadoras, máaaas lavavadoras, y más lavavadoras y fregar, barrer, fregar, barrer, y barrer y fregary no sé si me he dejado algo, y etc.
2. Gloriosamente feliz. Como ya se imaginarán si han seguido el curso de los acontecimientos en estos dos blogs narrados, menda no tener puntos intermedios. Menda ser un ir de la euforia al barranco continuamente, qué le vamos a hacer. En fin, ahora toca euforia tranquila, no por ello menos eufórica, y expectación… mucha expectación. En dos semanas me voy a vivir a Londres. ¿Qué? ¿Sorpresa? Vamos, pero si estaba cantao… Pues sí. Menda vuelve a London’s SW, después de cuatro años.
3. Contenta de tener, por primera vez en vida consciente, puesto de trabajo serio como Dios Manda. En los dos meses que llevar ya ser traductora medio-oficial y haber participado en proyectos de gran abasto, cuyos detalles no poder dar aquí pero asegurar que hacer muy feliz y realizada a menda. No, aún hay encarguillos administrativos que me ponen los pelos de punta, por esa inutilidad ya demostrada en todo lo referente a lidiar con burocracias… pero todo se andará.


COSAS POR HACER:

1. Abrir botella de vino y bailar a son de Sabina. Menda merecer. Menda currante infatigable.
2. Agradecer a cierto informático madrileño infinita paciencia, buen humor e impagable compañía. Informático Madrileño ser hacha de los sistemas, el RAM que castiga, etc. etc.
3. Seguir feliz, que me encanta.
 
Secretos guardados.

“I guess I should warn you. If I turn out to be particularly clear, you’ve probably misunderstood what I’ve said”
(Dr Alan Greenspan, Chairman. Federal Reserve Board.)


Mil o dos mil jueves después del jueves por la noche en que os conocisteis te ves, una noche de esas de calor en medio de Barcelona, caminando por el Raval mientras todas tus neuronas corren, desestabilizadas, haciendo que cunda el pánico en todo tu cuerpo, y tropezándote contra tu propia lengua.

-Nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿verdad? – No sabes cómo has llegado a ese punto de honestidad máxima, de desesperación por decirle lo que ni sabías que estaba ahí, y que ahora no puedes seguir negando. No tienes nada que perder. Después de todo, te vas a ir. Te vas para siempre al otro lado del mundo, y las posibilidades de que os volváis a ver se reducen con cada minuto que pasa, y que os acerca más al vuelo que lo ha de llevar de vuelta a su país. De repente, te vuelve a invadir esa sensación de los últimos días, de las últimas semanas: que te estás muriendo de algo terminal, que te quedan apenas dos semanas de vida, que te tienes que despedir de las personas que te importan y dejar las cosas claras con todo el mundo para irte en paz.
-Qué es lo que me quieres decir – te mira. Te conoce tanto, que estás segura de que al menos lo intuye. Lo tiene que intuir, como mínimo. Bastará con ser sutil, con dejarle caer una pista y esperar feedback, sea del tipo que sea. No sabes adónde te puede llevar una confesión de tan tremendo tamaño, pero la necesidad de hacerla se impone sobre lo imposible de las circunstancias (tú, casada con otro, uno bueno, uno que te adora aunque no sepa quién eres. Él, tu camarada, tu confesor, un amigo de siempre, uno con historial, con subidas y bajadas, con recuerdos perennes asociados. Uno que ha dado encanto a tu vida de una manera mágica e inexplicable) Sé sutil. Él lo entenderá.
-Que me gustas-. Le farfullas.
-Ya, y tú a mí también-, te sonríe.
-No me refiero a eso. Me atraes físicamente, también. Mucho. Desde siempre.

Cavilas un segundo sobre los posibles significados del adjetivo “sutil” y si tus últimas palabras se ajustan a alguna de las definiciones.
Te sonrojas. Torpe. Culpable. Perdida.
Él deja de sonreír.
Lo que sigue es una noche que dura cinco años (de recuerdos, de palabras, de conversaciones, de recapitulación de hechos) o un minuto (fugaz, como si la felicidad que te envuelve fuera esa felicidad última de quien no necesita más en su vida y puede morir por la mañana.)
Y por la mañana, te preguntas, qué pasará. Lo pensarás mañana, cuando llegue, te dices, mientras las mejillas se te pierden entre sus manos y todo lo que habías construido, todos tus planes de futuro, todo el esfuerzo de aquellos cuatro años persiguiendo una vida que no era la tuya, ciega, inútil, necia, todo, absolutamente todo, se va borrando más rápido de lo que puedes llegar a controlar.
Por la mañana te das cuenta: le has estado poniendo los cuernos al amor de tu vida con tu propio marido. Has estado enamorada de él siempre; tan enamorada como muerta de miedo de llevarte la patada de tu vida, porque él era demasiado para ti. Demasiado de todo. No podía ser. No podía haberse fijado en ti de esa manera.
Te retuerces en la cama, qué haces, qué vas a hacer ahora. No puedes seguir y fingir que no ha pasado. Ha pasado, y ha quedado marcado. Por las paredes, por los zapatos, por los rincones, por su cara y la tuya. En tu estómago.
Te invade otro pensamiento: quizá para él era una de esas asignaturas pendientes, antes de decir adiós. Por la amistad que os ha unido.
Pasáis el día sin hablar mucho. Pasas el día sintiendo demasiado. Tanto, que crees que vas a vomitarlo todo de golpe, que es demasiado sentir para una sola persona. Empiezas a abrir los ojos a la persona que habías estado escondiendo durante tanto tiempo: tú.
Por la noche, caminando por las Ramblas, te dice, como quien no quiere la cosa:
-Perdona por no haber hablado mucho hoy… estoy intentando digerir todo esto. Llevo tantos años enamorado de ti, desde que nos conocimos, que ya había perdido toda esperanza.
Arrancas a llorar como una imbécil. Todo se ha ido a la mierda. Toda tu vida, tal como la conocías, ha dejado de existir completamente. Estás tan hundida y eres tan feliz, que se te ha dormido hasta la última terminación nerviosa. Flotas. Nadas. Existes.
-¿Por qué….? ¿Por… qué no dijiste nada antes? ¡Viniste a mi boda! ¡Con tu novia!- te oyes gritarle, en medio de las Ramblas, templadas, casi vacías.
-¿Qué querías que dijera? No quería perderte. No me lo podía permitir, y si todo lo que podía ser era tu amigo y tú eras feliz con él … aprendí a conformarme. Eras demasiado. Demasiado… de todo. Nunca pensé que te fijarías en mí de esa manera.

Luego hay meses de duda. Te tienes que marchar, no puedes seguir en ese escenario de la Barcelona de los recuerdos. Te atosigará. Te perseguirá. Te marchas, y decides fiarte de que lo que dijo era verdad.
Y unos cuantos meses y un millón de conversaciones lo devuelven a tu lado, y era verdad.
Lo que sigue, sigue siguiendo aún hoy. Vuestro conocimiento de las realidades cotidianas del otro no ha afectado ni un ápice a la magia de aquel segundo primer jueves por la noche. Es lo que te ha llevado exactamente hasta donde estás: donde querías estar. Tienes la mente clara, clarísima y el corazón lleno, llenísimo. Ocho o nueve meses después has pagado por tu error, has asumido las consecuencias, has pensado y cavilado hasta la náusea y sigues sintiéndote mal, pero sin poder arrepentirte. Sigues con la certeza de que hiciste lo que tenías que hacer, y de que ésta, la que empiezas a saborear ahora, era la vida que te tocaba; la que llamas tu casa porque al otro le querías; le quieres, pero a éste lo adoras, lo amas, admiras e idolatras cada minuto de vida con una conciencia jamás antes experimentada.
Y encuentras tu boda de verdad. La de los días, la de cada día.
 
Los versos sabáticos.

En algún lugar del mundo, en aquel preciso momento de aquella precisa mañana de sábado, había un hombre desnudo, acostado al lado de la mujer de su vida re-hallada, después de mil años y una noche, y yacía idílico y ocioso, con las sábanas, pegajosas de sudor y de otros fluídos corporales, como único testigo del fin de su agonía amorosa.
En algún lugar del mundo, aquella misma mañana de sábado, había un gato cayendo de pie de lo alto de la copa de un árbol; un niño que corría con su pijama de spiderman por el pasillo a despertar a sus pobres padres y otro niño que moría de hambruna en los brazos de los suyos; una anciana en el váter, luchando contra la pereza de sus intestinos cansados, una pareja adúltera, un adolescente onánico, un perro exhalando sus últimas gotas de aire. Un presentador de televisión que se levantaba para ir a trabajar. Un grupo de estudiantes de tercero de carrera que se despedían hasta la próxima fiesta.
Pero tú no eras ninguno de ellos. Tú, en aquel preciso momento de aquella mañana de sábado, de todas las pieles en que habrías preferido estar (excluyendo la de la anciana; incluyendo la del perro), ibas de camino a la estación de tren, con ese paso nervioso de quien exagera movimientos para no quedarse dormido de pie. Con ese paso roído y oxidado de quien (según tu propio orden lógico del mundo) trabaja más que el psiquiatra de Britney Spears y duerme menos que la madre de Bush.
Caminas con toda la ausencia que la falta de horas de sueño te ha dejado en la cabeza (¿Chamcha, Chamcha, en qué te has convertido? ¿Me saldrán a mí patas de cabra y cuernos en las sienes?), que se ha extendido hasta los músculos, que se ha extendido hasta el buen humor que, habiéndose quedado sin sitio, ha decidido largarse y abandonarte.
Pero tienes que ir, porque si no te haces el dichoso weekly ticket tendrás que pagar veintipico libras más (por meterte en un tren una hora y media de ida, y otro tanto de vuelta, cada día. Definitivamente, tu vida es tan absurda que debe de ser que te has hecho mayor de una puñetera vez).
Veintipico libras más a las ochenta y ocho semanales que ya son es mucho dinero de dios. Es la mitad de lo que ganas, de hecho. No te importa gastártelo en otra cosa; cualquier cosa. Pero ¿en transporte? ¿dónde se ha visto? Y ha sido esa mala leche de sentir que tiras el dinero (y tu vida) al río, que te ha hecho madrugar el único día en que no tenías por qué madrugar.
Tras esquivar a un grupo de abuelos alcohólicos disfrazados del Arsenal, te plantas delante del mostrador del señor de uniforme de horrendez británica y le pides información.
Obviamente –y estás en todo tu derecho, qué carajo- quieres saber cuál es la alternativa de transporte más barata, porque estás consumiendo la poca juventud que te queda en sablazos de a veintiuna con cincuenta peniques al día.
El tipejo te mira y suelta una especie de rebuzno con sorna.
-Son ochenta y ocho con sesenta, love. Preguntes lo que preguntes. Llevo aquí muchos años y créeme, cada día hay gente que intenta lo mismo.
“Que intenta qué”, te preguntas. No pensabas colarte, ni nada de eso. ¿Será pecado querer ahorrar honestamente, encima?
Te manda a hacerte la típica fotomatona que odias y aborreces, y que odias y aborreces aún más, si cabe, en esa precisa mañana de ese preciso sábado, porque aún llevas la cara del revés y vas sin peinar, ni maquillar, ni humanizar, antes del segundo café.
Porca miseria.
Después de tener que suplicarle al geezer que te diga dónde hay un fotomatón y aguantarle que se haga más de rogar que si le hubieras pedido tabaco, resulta que hay una maquinita justo al lado de la presunta oficina de información.
Te cagas en su padre, y luego en su madre, para tus adentros.
Repites la operación.
La maquinita de marras se empeña en hacerte tres fotos tamaño mural antes de concederte las cuatro tamaño pasaporte que le pedías, con el consiguiente gasto de dinero insultante por ver la triste desfigurancia de tu cara, ampliada, y por triplicado. (No querías pan…)
Y vuelves. Vuelves armada de cabezonería, que se empeña en mantenerse firme caminando contra el vendaval y la tormenta que se acaban de desatar.
(Gibreel, préstame tu halo, que me cubra desde el cuello hasta el pelo más alto de la cabeza, que me mantenga amable, que me tenga sosegada. Come on, bibi, sé que estás en elgún lugar del mundo esta precisa mañana, y sé que tiene que ser cerca, por los inmigrantes, por los desterrados, ayúdame a mantener atada a la fiera...)

Y te plantas delante del tremendo imbécil, sin dejar de sonreír. Porque has descubierto, en el tiempo que llevas en esta tu querida isla, que si te ven siempre sonriendo se piensan que eres imbécil y te conceden todos y cada uno de los deseos que les pidas.
Así que sonríes.
-Ah, usted otra vez, Miss.
“Sí, no te jode, Miss Hertfordshire, imbécil. Si yo te contara…”, te callas, para ti.
-A ver, ¿Qué pongo, Miss, Mrs, o Ms?- te pregunta el tío, tachando Ms y Mrs y subrayando Miss, que equivale a llamarte solterona a la cara y sin miramientos.
“Para qué coño preguntas, alcornoque, si vas a poner lo que te salga de donde quiera que te pueda salir”, piensas, al ver cómo se queda contigo. Pero tú sigues sonriendo.
Y con esa misma sonrisa de sábado satánico, le dices, de todas maneras, que no eres Miss. (a no ser que te hayan nombrado sin tener la delicadeza de decírtelo, en cuyo caso ya te gustaría saber dónde carajo te han escondido la corona y las flores, y la banda con el MISS OURENSE en letras doradas bien grandes y bien vulgares)
Al tipejo se la trae floja, porque esa mañana ha decidido que no está allí para hacer su trabajo, sino para darte el día.
Entonces llega el momento del apellido. A saber: de LOS apellidos, porque claro, eres española, y ya has sufrido más de una vez las consecuencias de la imperdonable imbecilidad británica, que no se conforma con ser ignorante sino que además se regodea en el charco de la subnormalidad más apestosa de éste nuestro sub-mundo occidental.
Le empiezas a intentar decir que tienes dos apellidos, para que no te pase como te pasó aquella vez, que casi te quedas sin ir a Australia por culpa de lo mismo (un apellido en el visado, dos en el pasaporte, dos en el DNI), y luego, que casi te quedas sin regresar de Australia.
El tío te interrumpe a mitad de la segunda palabra y suelta (¡En el idioma de Shakespeare! ¡Cómo, Señor, Cómo!)
-Mira, love, si quieres vivir aquí vas a tener que acostumbrarte y adaptarte a lo que hay, ok? Que aquí no estamos en Estados Unidos. En tu tierra, como queráis.
(¿Perdón? ¿Me habré dejado puestos otra vez el burka y el chaleco con la dinamita? Si es que llevo un despiste… va a ser eso).

Ahí es donde la sonrisa que forzabas decide largarse a buscar al buen humor que se te largó horas ha, que debe de estar ya muy, muy, muy lejos del punto exacto en que se encuentra tu propio cuerpo en esos momentos, y de perdida al río, recuerdas aquello que te decían en catequesis que la honestidad sube puntos en el Cielo.
-Look, love -le dices, con el “love” acentuado y una dulzura casi pornográfica, reclinándote levemente sobre el mostrador, para que te oiga mejor -, pago setenta libras de impuestos a la semana, ciento cuarenta de tasas municipales al mes, trabajo bastantes más horas que tú y llevo desde que nací, en España, aguantando a tus compatriotas cuando vienen a ensuciar las calles de mi ciudad y a meterse en peleas. Me he acostumbrado al clima, a la mierda de luz natural, a la mierda de verdura, a la mierda de fruta y a la mierda de carne; a la mierda de servicio que tenéis por transporte público y a setecientos borrachos incultos con los que casi me tengo que pelear a diario por las calles de este sitio inmundo que, dicho sea de paso, se merece todo mi cariño. Creo que un poco más de respeto, de verdad, no te vendría nada, pero que nada mal. Y ahora ponme el nombre que te dé la gana y give me the fucking card, if you don’t mind.
Sí, claro. Ya sabes lo que viene después. Después de ver la cara del cabrito ése transformarse completamente, irse de un sonrosado etílico a un lívido mórbido, de una locuacidad impertinente a un silencio abrupto… te sientes mal. Porque no quieres rendirte. No quieres creerte que vayas donde vayas, viajes a dónde viajes, siempre tengas que ir a darte de bruces con el 10% de hijoputismo autóctono.
Eso sí, Mister Farishta, Mister Chamcha, dejaste el pabellón bien alto.

Aquel preciso sábado por la noche, en algún lugar del mundo había gente en un bar, celebrando un cumpleaños atrasado o adelantado. Seguramente, en algún lugar del mundo de aquella noche de sábado, también había un hombre conviertiéndose en ángel y otro en diablo, vivos o muertos, y una niña con dolor de muelas, una flor que se marchitaba al sol abrasador de verano del hemisferio sur, y un tiburón comiéndose una foca a dentadas hiperbólicas.
Pero tú no eras ninguno de ellos. Tú, aquella precisa noche de sábado, te fuiste a la cama y dormiste como una campeona.


 
Soldier on. (To my great old pal Uncle Lou)

When you are sad -- I will help you get drunk and plot revenge against the sorry bitch, who made you sad.
When you are blue -- I will try to dislodge whatever is choking you.
When you smile -- I will know you finally got laid.
When you are scared -- I will rag on you about it every chance I get.
When you are worried -- I will tell you horrible stories about how much worse it could be... until you quit whining.
When you are confused -- I will use little words.
When you are sick -- Stay the hell away from me until you are well again. I don't want whatever you have.
When you fall -- I will point and laugh at your clumsy ass.
This is my oath..... I pledge it to the end. "Why?" you may ask;
Because you are my friend.

The best must be yet to come, then. Or maybe you're just bound to get fuck all in return for all the soddin' trouble. Life's a byotch.
Chin up, mate.
 
Paredofagia.

Cuando tenía seis años me comí una pared.

Estaba en el patio, a la hora del recreo, y organicé un tren de esos que empiezan con tres niñas y van a su ritmo hasta que se le añaden los niños detrás, la historia adquiere velocidades peligrosas y pringa, sin lugar a dudas, el elemento de delante (id est, menda).
Me comí una pared de lleno, y me empezó a sangrar la nariz. A mí, que en toda la vida (de seis años) nunca me había sangrado la nariz, aquel borbotón torrencial se me apareció letal y, dramática como soy empecé a chillar. Supongo que pensé que si había de morir, al menos que se enterara todo el mundo. Una profesora vino corriendo en mi auxilio, y ni que decir tiene que al olor de la sangre acudió el alumnado en pleno de 1º de EGB y se reunió en corrillo para no perder detalle. “¡Sangre!” gritaban.
A mi madre no le tocaba vigilar patio aquel día, y yo necesitaba mimitos maternos más que nunca. Aquella vez me los merecía. Aquella vez, había motivos más que de sobras para que una madre le diera mimos a su hija hemorrágica terminal. Recuerdo que miré instintivamente hacia arriba, buscando la ventana de la clase, y la vi mirándome, pero sin pinta de ir ni a mover un dedo para bajar a socorrerme.
Saqué la conclusión que se esperaba de mi cabeza de seis años: “A mi madre le importo un rábano”. Estuve semanas con una depresión que seguramente provocó que hoy, a mis veintinueve, aún recuerde aquella mañana.
Y… hoy, a mis veintinueve, entiendo perfectamente la situación y de hecho, de estar en su lugar, habría actuado igual que ella: las criaturas tienen que espabilarse ellas solas. Aquí soy profesora, no madre, de modo que no voy a hacer diferencias, y la profesora a la que le toca vigilar ya se está ocupando de ella.

Es por eso por lo que no entiendo que a mis seis años mi madre tuviera eso tan claro y ahora, a mis veintinueve, no le de la gana de ver que cada uno se tiene que comer sus propias paredes, en esta vida, y se las tiene que comer solito/a. Y que aún así, la necesito por si me sale sangre; la necesito para darme mimitos y no decirme “ya te dije que no corrieras tanto, que te la ibas a dar”, que es algo de lo que ya me puedo dar cuenta yo.

…Y es por eso por lo que no acabo de mirarme al espejo y ver ninguna mujer ni nada que se le parezca. Esto de conseguir que mi madre adorada, admirada y cabezota entre en razón se me está convirtiendo en una misión vital. No quiero ni pensar en tener hijos hasta que las dos lleguemos a un acuerdo saludable acerca de qué hacer con el cordón umbilical, que se nos está alargando ya demasiado. Tanto, que inconscientemente se convierte en algo normal y tengo un 100% de posibilidades de hacer lo mismo con mi descendencia, y me da un miedo atroz. Y como hasta ahora aún soy hija, que no madre, soy consciente de la distancia que pondré entre mis hijos y yo, y de la de cosas que me perderé por cabezota.

Fíjense. Veintinueve años. Esta mañana, al despertarme, me sangraba la nariz. A mí no me sangra la nariz casi nunca, y menos sin motivo; pero me sangraba y se me ha presentado la madalena de Proust en estado líquido, pastoso, rojo oscuro. Y lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido llamar a mi madre.
Luego he recordado que no nos hablamos.
No hemos evolucionado. No señor.

Llevo desde los seis años tan consciente de que comerse alguna pared que otra es inevitable, como obsesionada con que ella no me esté mirando desde la ventana de su clase.
 
Little Miss Chaos



Recuerdo un tiempo en que consideraba ridículas a las personas que calificaban a la gente de veintipico tirando a treinta y treinta y treinta y algos como “chicos” o “chicas”. Los miraba con el menosprecio de quien está en plena cosecha de espinillas, protuberancias y pelos nuevos en rincones inhóspitos, con cada nuevo amanecer y, creyéndose ya en edad adulta, no concibe cómo alguien aún más adulto pueda ser clasificado dentro del mismo cajón que ella.
Ahora que tengo veintinueve, me la suda.
(Para qué andarnos con rodeos.)

Llevo desde que me salió el último pelo en rincón inhóspito tambaleándome sobre mis propias creencias, con la cuestión existencial acechándome: “Y yo, ¿cuándo dejaré de ser una chica y seré una mujer?” Cuestión a la que no faltaron aportaciones variopintas de mentes expertas, tales que:
1. mi abuela paterna: “Cuando te venga la regla”
2. mi Sra. Madre: “Cuando razones. O sea, nunca.”
3. mis compañeros de escuela: “Jjjmmmfff, tetaaaas” (¿querían decir “ya eres”? Nunca lo sabré)
4. mi padre: “Cuando te veas asomar los pelillos de la nariz” (teoría que me costó un trauma de infancia que ya expliqué)
5. todo el mundo, hace un año y un mes justo: “¡Hoy, hoy!” (el día de mi boda. Si ya sé que no lo hacían por herir mi orgullo femenino, pero si de estar casada dependía mi condición de mujer, digo yo que me habré rejuvenecido diez años de golpe, y ya manda hu…)
En fin, la historia es que más o menos me los fui creyendo a todos, pero cada vez que ocurrían aquellas cosas que se suponía que me iban a hacer saltar la verja y colarme en El Patio De Los Mayores (e.g., el viernes de mi primera regla, el día que tomé mi primera decisión importante Chispas; la mañana en que descubrí que me habían salido bultos a la altura de los pulmones; el día de mi boda), me quedaba igual. Me miraba en el espejo y seguía viendo algo que no llegaba a mujer ni de lejos, por mucho que me lo intentara repetir.
Así, decidí no hace mucho configurar mis propios planteamientos acerca del momento en que dejaré de ser chica y me convertiré en mujer:
1. Cuando lleve más de un año sin fumar. (La descarté por temor a acabar como esas setentonas que salen en las revistas del corazón disfrazadas de Lolita XXXL. No dejar de fumar, que será lo más tristemente probable, y no darme cuenta de que el tiempo pasa igualmente, de que no es que se me haya pasado el arroz, sino que ha criado hongos, se ha descompuesto, se ha convertido en humus, lo ha absorbido la tierra, se ha convertido en árbol, el árbol en papel, y el papel en el periódico donde se ha publicado mi esquela. Y yo ahí, en la cajapino y creyéndome la chica Yeyé )
2. Cuando sea capaz de llevar una alimentación sana y equilibrada sin considerarme a dieta ni cagarme en el Sr. Cadbury a una velocidad media de diez veces por minuto.
3. Cuando tenga hijos.
4. Cuando tenga un trabajo decente a jornada completa.

Bien, lo único que parece, por el momento, que voy a tener, es un trabajo digno. El lunes entro a formar parte de la sucursal inglesa de una supercompañía española importantísima (que sí, gente sin fe, que en España tenemos de eso). Estaré hasta el mes que viene de prueba, con un contrato temporal, y si la cosa funciona, me quedo.
No sé si celebrarlo o no. Primero, porque llevo tanto tiempo corriendo de un lado para el otro como una loca buscando trabajo decente, que es como cuando llevas tanto rato con hambre que llega un punto en el que se te pasa. Segundo, porque la oficina está en Londres, lo que quiere decir que antes o después (más antes que después) si me hacen fija tendré que mudarme a Londres. Y les he cogido un anticariño especial a las mudanzas, desde el verano pasado. Anticariño más o menos proporcional al cariño que le estaba cogiendo a Londres, y que no quiero que se me estropee ahora por tener que vivir allí.
Y luego están Catherine, Max, el loro excéntrico y el perro alcohólico, y los clientes del pub, a los que evidentemente voy a echar de menos (aunque lo superaré fácilmente al darme cuenta de que no tengo que hacer albóndigas ni tortillas ni trabajar doce horas diarias como una loca)
A la tía Winnie no, sin embargo… porque (redoble de tambores) la tía Winnie vive muy cerca de la oficina (las cosas que tiene la vida) y mal que bien, si acabo viviendo en Londres, espero poder verla más a menudo.
En fin… no soy capaz aún de sonreír sin cierto temor a que todo se derrumbe antes ni de empezar, (conociendo mi mala estrella…) pero algo es algo.
Ver la tele comiendo chocolate: Nunca Máis.






 
BAFTA YA

Qué noche emotiva la de ayer, con la entrega de los BAFTA. Qué lujos, qué trajes, qué londinense el ambiente, qué… qué ridículo espantoso, la Penélope, con ese acento castizo de Iunit uán, lesson faif. No si… que digo yo que podría haber tenido la decencia de otras, de salir a la palestra y decir “No speak English, grasias”, pero claro, a algún mameluco (o a alguna mameluca) se le ocurrió la feliz idea de que presentara uno de los premios. Menudos profesionales, los de la industria de eventos cinematográficos:

-Here put to the Peneloupei, que la gentei iá estarrá bourracha a esas horras y nou se enterarán de lou mal ke habla, la very blowfemalechickens condeneited.
-Okei Peneloupe, then.

Lo más cachondo es que cuando llevas en el Reino Unido lo suficiente como para haberte acoplado –aunque no del todo, para qué engañarnos- a la sociedad, la cultura, y demás, la ves ahí, con ese acento cañí, de aguár gous tuuuu… y te das cuenta de que en realidad a la población inglesa le resulta exótico, hasta sexy, oírla hablar. Fíjense. Y la menda sin curro digno. Quién me mandaba a mí ser decente, carazos, que valgo por tres de la tía ésa. (literalmente, además). También estaba Pedro (Piiiiiidrrrrooooo), que se parecía más a David Lynch que a sí mismo (¿se estará heterosexualizando, a estas alturas?) pero por suerte, no le hicieron hablar en público.
Así no me extraña que me resulte tan difícil encontrar curro serio, conchasumadre, con la imagen que debemos de estar dando “los latinos” en el exterior… ya puede ir menda con la trompeta por el desierto, ya, que lo único que se le queda a la gente es lo cabestrillos que somos.
En fin… la noche fue espectacular, menda siguió hasta el último segundo desde el sofá, comiendo chocolate (motivo principal por el que nunca me invitarán a presentar ni el telediario, porque si hay que hacerme un vestidito como el que llevaba la Pene, casi que necesitarían el triple de paño, pero bueno…) y me emocioné mucho con el discurso de Helen Mirren, la reina (literalmente) de la gala, que no sabía si temblar, llorar, reír, o qué, la mujer. Me habría gustado que se lo hubiera llevado la Dench, pero no se puede tener todo.

ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:

1. Ansioso cual yorkshire con sobredosis de Happy Hippos. No me he pasado mucho por aquí últimamente (y agradezco muchísimo los comentarios, de verdad. No es un decir: agradezco una barbaridad todo tipo de comunicación inteligente en la lengua de Cervantes, en contraposición a la de Beckham, que vale que no entiendan el español, pero es que la mayoría no habla bien ni su propio idioma, y miren que el inglés es fácil)
Ansia provocada por el mismo tematemitatema de siempre: las entrevistas de trabajo. Les juro que me estoy planteando estudiar psicología (si salgo de ésta para contarlo) con el único objetivo de escribir una tesis (dolorosamente larga) sobre las entrevistas de trabajo en Inglaterra.

2. Cosmopolitan. Que no tiene nada que ver con la revista (¡que una tiene un caché!), sino con mis paseos interminables y solitarios por Londres la semana pasada. Paseos que me di aprovechando que ya estaba allí, después de un par de entrevistas de trabajo. Fíjense que aquí la menda estaba convencida de que Londres no le gustaba, y cuánto he llegado a disfrutar la semana pasada de museos y caminatas río arriba, río abajo. Igual es que Londres es como sus habitantes. Igual necesita tiempo para conocerte y desplegar su encanto tímido y serio, al contrario que París, donde todo son luces y colores y la gente pasea a microperros imposibles con una baguette debajo del brazo (la gente, no los microperros.)
El Tate Modern es una auténtica joya por sí solo, con esas exposiciones que combinan la psicología con la filosofía con la sociología con el pensamiento con un ladrillo con una pared a rayajos con un bocatanchoas. Mi favorito: Juan Muñoz, sin lugar a dudas. No sólo por su española condición, sino por sus intenciones, por ese giño casi antipático repelente que pretendió dejar en todos y cada uno de sus hombrecillos de papier maché.
El Natural History Museum es como meter en un bote una clase de ciencias naturales y Hollywood y remover durante horas. ¡Qué decorados, qué luces, qué manera de explicarlo todito tan, tan bien, que hasta los cacahuetes se lo pasan bien en el museo! (Qué tiranosauro, qué acojone, qué bien articuladito que lo han hecho, que me metió un susto que casi hice el ridículo entre una manada de cacahuetes de primaria, que con tanta pleisteixon ya están de vuelta de tó y querían montarse en el bicho, los muy insensatos.)
En fin, luego me fui a babear al Victoria and Albert, que es como si de repente se te tragara una revista de muebles y antigüedades, y había una cola of the Big Cup en la entrada. Y yo pensando: “¿Regalarán tapices del Imperio Otomano?” Pues no. Resulta que al llegar a casa por la noche me entero de que la troupe que había allá anclada esperaba nada menos que a Kylie Minogue, que estaba al caer para presentar su exposición (ultrajante) de vestiditos y modelitos. Ya hay que jod…robarse.
Bah, algún día expondré yo en el Tate Modern mi colección de tejanos con lamparones de aceite de oliva y salsa de tomate de las albóndigas, con un letrerito tope fashion, eso sí, que diga que con esto la autora pretendía expresar gráficamente el sufrimiento de una generación entera de licenciados de letras sin trabajo de lo suyo. Y apareceré el día de la presentación en una limusina de esas con piscina dentro, y en traje de Armani, casual, y me curraré un discurso super left-wing.


COSAS POR HACER:

1. Bajarme de la cosmonube antes de que decida deshacerse y menda se pegue la Milk Father (que viene siendo lo que en España se conoce como la Leche Padre).
2. Dejar de rezar avemarías carentes del tercer verso (que nunca recuerdo) visto que no aportan nada más que una pérdida de tiempo un tanto ridícula. Comprobado que funciona mejor “con el mazo dando” que “a dios rezando”. Recordar que hace tiempo que me declaré agnóstica y que dios no olvida.
3. Dejar de sacudir teléfono y móvil para ver si es que no funcionan. Cuando me llamen, me llamarán.
4. Configurar lista de buenos propósitos de año nuevo (que no he tenido tiempo).
5. Agradecerles que sigan ahí en ocasiones, como la del último post, en que no me aguanto ni yo.